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sábado, 13 de enero de 2024

NO HAY RESPUESTAS - Antonio Las Heras, Buenos Aires, Argentina

 









NO HAY RESPUESTAS


Enhebrados en luces del amanecer
tenues, difusas, apenas atisbadas,
se abren ciertos pensamientos
e insospechadas mágicas intuiciones
sorprendiendo a ese hombre aún somnoliento.

¿Serán, acaso, producto de sueños
o búsquedas que su mente viene haciendo?
No hay respuestas. Sólo hay silencio.


ANTONIO LAS HERAS, Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA


EL TANGO Y LA PAYADA - César Tamborini Duca, León, España

 




EL TANGO Y LA PAYADA

El suburbio alimentado por los gauchos

 

Un fenómeno de transmigración se confabulo –desde adentro- para dar al caos humano de nuestras ciudades su definitivo aspecto: en tanto el campo adquirió con el clavaje de alambradas su gran tono feudal, su habitante trashumante y rebelde o lo que de él quedaba –si no se reclutó en el régimen degradatorio del peonaje- se vio forzado a bajar a la ciudad.

El gaucho, estropeado por una circunstancia que no entendía y despojado de su libertad, de sus bienes, de sus amores y su pasado, se atrincheró en el irremediable presente, y toda la violencia de su desarraigo vino a gotear, desde su soledad y su introspección, sobre los bordes de la ciudad, el suburbio.

Decía Martínez Estrada que “Hacia el oeste y el sur, quedaba la Pampa sin vencer; no se la desalojó al edificar, quedó agazapada. Quedó allí el compadre de pañuelo y cuchillo que un buen día se juzgó ciudadano de la urbe, quiso entrar en derecho de esa ciudadanía y se afirmó como ente de la frontera. La Pampa era irremediablemente invadida, pero el hombre de la Pampa quedó irremediablemente apresado entre la expansión de la ciudad y la resistencia del campo.” (El Tango. Su historia y evolución. Horacio A. Ferrer)


Tango y payada. Luis A. Sierra daba esta semblanza: “Cuando Pascual Contursi aparece en el escenario del tango, su estructura cambia fundamentalmente. Da el paso trascendental, rectificando su línea primitiva de danza canallesca. ¿Y cuál es la influencia que decide esa transformación? La payada. Sin duda alguna, hay en Contursi raigambre de payador. Ya Villoldo, guitarrero y cantor, quiso darle versos al tango, pero le puso letra de cuplé a “La Morocha” de Saborido. Y el mismo Contursi fue payador. La payada y el tango están hermanados en su auténtica expresión de pueblo”.

Tango. Es indudable que “La Morocha” es lo más parecido a un cuplé que a un tango, pero los versos que le puso Villoldo acompañaron la música de Saborido; más bien creo que es la música y no los versos los que representan aquél género musical. De todos modos debemos admitir que el tango tiene el mérito de reunir en su genealogía más de un ancestro. La evolución se va produciendo de a poco (como todo fenómeno evolutivo) y por esa razón es casi imposible dar una fecha exacta para su nacimiento.

Payada. ¿Es muy antigua la “payada”? Como antecedentes, solemos mencionar a los trovadores. Sin embargo un tema que solicitó mi atención “pampeana” ocurre en la página 35 del verso CXLV, en “La Eneida”, de Publio Virgilio Marón (Editorial Alba, Madrid, 2001) cuando relata sobre el ‘crinado’ Yópas (supuse que se refería a lo que en tierra de gauchos se denomina ‘crinudo’).

Dice de él: El cual describe con laúd divino / lo que Atlas le enseñó por gran fortuna: / Cómo el sol desfallece en su camino; / porqué altera su faz la móvil luna; / dónde la bestia de los campos vino; / cuál fue del hombre la primera cuna; / qué fuente al mundo suministra el agua; / dó está de los relámpagos la fragua”…

    


Se me ocurre pensar en el Martín Fierro, en Santos Vega, pues con esta descripción Yópas parece ser el ancestro de nuestros PAYADORES que describían el mundo y los fenómenos de la naturaleza. Estamos hablando del siglo I a.C. dos mil cien años atrás.

 


CÉSAR TAMBORINI DUCA, León, España

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

Académico Correspondiente para León

Academia Porteña del Lunfardo


EL RETRATO OVAL - Edgar Allan Poe, EE-UU

 





EL RETRATO OVAL

 

El castillo al cual mi criado se había atrevido a entrar por la fuerza antes de permitir que, gravemente herido como estaba, pasara yo la noche al aire libre, era una de esas construcciones en las que se mezclan la lobreguez y la grandeza, y que durante largo tiempo se han alzado cejijuntas en los Apeninos, tan ciertas en la realidad como en la imaginación de mistress Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recién abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en uno de los aposentos más pequeños y menos suntuosos. Hallábase en una apartada torre del edificio; sus decoraciones eran ricas, pero ajadas y viejas. Colgaban tapices de las paredes, que engalanaban cantidad y variedad de trofeos heráldicos, así como un número insólitamente grande de vivaces pinturas modernas en marcos con arabescos de oro. Aquellas pinturas, no solamente emplazadas a lo largo de las paredes sino en diversos nichos que la extraña arquitectura del castillo exigía, despertaron profundamente mi interés, quizá a causa de mi incipiente delirio; ordené, por tanto, a Pedro que cerrara las pesadas persianas del aposento -pues era ya de noche-, que encendiera las bujías de un alto candelabro situado a la cabecera de mi lecho y descorriera de par en par las orladas cortinas de terciopelo negro que envolvían la cama. Al hacerlo así deseaba entregarme, si no al sueño, por lo menos a la alternada contemplación de las pinturas y al examen de un pequeño volumen que habíamos encontrado sobre la almohada y que contenía la descripción y la crítica de aquéllas.

Mucho, mucho leí… e intensa, intensamente miré. Rápidas y brillantes volaron las horas, hasta llegar la profunda medianoche. La posición del candelabro me molestaba, pero, para no incomodar a mi amodorrado sirviente, alargué con dificultad la mano y lo coloqué de manera que su luz cayera directamente sobre el libro.

El cambio, empero, produjo un efecto por completo inesperado. Los rayos de las numerosas bujías (pues eran muchas) cayeron en un nicho del aposento que una de las columnas del lecho había mantenido hasta ese momento en la más profunda sombra. Pude ver así, vívidamente, una pintura que me había pasado inadvertida. Era el retrato de una joven que empezaba ya a ser mujer. Miré presurosamente su retrato, y cerré los ojos. Al principio no alcancé a comprender por qué lo había hecho. Pero mientras mis párpados continuaban cerrados, cruzó por mi mente la razón de mi conducta. Era un movimiento impulsivo a fin de ganar tiempo para pensar, para asegurarme de que mi visión no me había engañado, para calmar y someter mi fantasía antes de otra contemplación más serena y más segura. Instantes después volví a mirar fijamente la pintura.

Ya no podía ni quería dudar de qué estaba viendo bien, puesto que el primer destello de las bujías sobre aquella tela había disipado la soñolienta modorra que pesaba sobre mis sentidos, devolviéndome al punto a la vigilia.

Como ya he dicho, el retrato representaba una mujer joven. Sólo abarcaba la cabeza y los hombros, pintados de la manera que técnicamente se denomina vignette, y que se parecía mucho al estilo de las cabezas de Sully. Los brazos, el seno y hasta los extremos del radiante cabello se mezclaban imperceptiblemente en la vaga pero profunda sombra que formaba el fondo del retrato. El marco era oval, ricamente dorado y afiligranado en estilo morisco. Como objeto de arte, nada podía ser tan admirable como aquella pintura. Pero lo que me había emocionado de manera tan súbita y vehemente no era la ejecución de la obra, ni la inmortal belleza del retrato. Menos aún cabía pensar que mi fantasía, arrancada de su semisueño, hubiera confundido aquella cabeza con la de una persona viviente. Inmediatamente vi que las peculiaridades del diseño, de la vignette y del marco tenían que haber repelido semejante idea, impidiendo incluso que persistiera un solo instante. Pensando intensamente en todo eso, quedeme tal vez una hora, a medias sentado, a medias reclinado, con los ojos fijos en el retrato. Por fin, satisfecho del verdadero secreto de su efecto, me dejé caer hacia atrás en el lecho. Había descubierto que el hechizo del cuadro residía en una absoluta posibilidad de vida en su expresión que, sobresaltándome al comienzo, terminó por confundirme, someterme y aterrarme. Con profundo y reverendo respeto, volví a colocar el candelabro en su posición anterior. Alejada así de mi vista la causa de mi honda agitación, busqué vivamente el volumen que se ocupaba de las pinturas y su historia. Abriéndolo en el número que designaba al retrato oval, leí en él las vagas y extrañas palabras que siguen.

“Era una virgen de singular hermosura, y tan encantadora como alegre. Aciaga la hora en que vio y amó y desposó al pintor. Él, apasionado, estudioso, austero, tenía ya una prometida con el Arte; ella, una virgen de sin igual hermosura y tan encantadora como alegre, toda luz y sonrisas, y traviesa como un cervatillo; amándolo y mimándolo, y odiando tan sólo al Arte, que era su rival; temiendo tan sólo la paleta, los pinceles y los restantes enojosos instrumentos que la privaban de la contemplación de su amante. Así, para la dama, cosa terrible fue oírle hablar al pintor de su deseo de retratarla. Pero era humilde y obediente, y durante muchas semanas posó dócilmente en el oscuro y elevado aposento de la torre, donde sólo desde lo alto caía la luz sobre la pálida tela. Mas él, el pintor, gloriábase de su trabajo que avanzaba hora a hora y día a día. Y era un hombre apasionado, violento y taciturno, que se perdía en sus ensueños; tanto, que no quería ver cómo esa luz que entraba, lívida, en la torre solitaria, marchitaba la salud y la vivacidad de su esposa, que se consumía a la vista de todos salvo de la suya. Mas ella seguía sonriendo sin exhalar queja alguna, pues veía que el pintor, cuya nombradía era alta, trabajaba con un placer fervoroso y ardiente, bregando noche y día para pintar a aquélla que tanto le amaba y que, sin embargo, seguía cada vez más desanimada y débil. Y, en verdad, algunos que contemplaban el retrato hablaban en voz baja de su parecido como de una asombrosa maravilla, y una prueba tanto de la excelencia del artista como de su profundo amor por aquélla a quien representaba de manera tan insuperable. Pero, a la larga, a medida que el trabajo se acercaba a su conclusión, nadie fue admitido ya en la torre, pues el pintor habíase exaltado en el ardor de su trabajo y apenas si apartaba los ojos de la tela, ni siquiera para mirar el rostro de su esposa. Y no quería ver que los tintes que esparcía en la tela eran extraídos de las mejillas de aquella mujer sentada a su lado. Y cuando pasaron muchas semanas y poco quedaba por hacer, salvo una pincelada en la boca y un matiz en los ojos, el espíritu de la dama osciló, vacilante como la llama en el tubo de la lámpara. Y entonces la pincelada fue puesta y aplicado el matiz, y durante un momento el pintor quedó en trance frente a la obra cumplida. Pero, cuando estaba mirándola, púsose pálido y tembló mientras gritaba: «Ciertamente ésta es la Vida misma». Y volvióse de improviso para mirar a su amada. ¡Estaba muerta!».

 

EDGAR ALLAN POE, Estados Unidos

 1809 /1849


sábado, 6 de enero de 2024

MUJER - INGIBJÖRG HARASDÓTTIR, Islandia

 









MUJER

 
Cuando todo ha sido dicho
Cuando los problemas del mundo se han pesado y asentado
Cuando por fin los ojos se han encontrado
Y también las manos que han estado atrapadas

En el preciso instante
—siempre dimana una mujer
Que al levantarse de la mesa
Barre el suelo y abre las ventanas
Para permitir al humo del cigarro liberarse.

 
Y nunca responde.

 

KONA

 

Þegar allt hefur verið sagt
þegar vandamál heimsins eru
vegin metin og útkljáð
þegar augu hafa mæst
og hendur verið þrýstar
í alvöru augnabliksins
– kemur alltaf einhver kona
að taka af borðinu
sópa gólfið og opna gluggana
til að hleypa vindlareyknum út.

Það bregst ekki.

 


INGIBJÖRG HARASDÓTTIR, Islandia


(1942, Reikiavik).


HAY UN TIEMPO - Carlos Román Ramírez, Puerto Rico

 
















HAY UN TIEMPO


de vivir y morir determinado
entre los dos el recuerdo
de lo amado, lo odiado
lo apetecido, lo sufrido
la herida, el abrazo
la fragmentada verdad
la absoluta mentira.
Aficionados actores somos
de un drama profundo y misterioso
en el teátrico palpitar de la vida.
Tiempo en que venimos
tiempo en que nos vamos
tiempo en que somos
refulgente palabra cimera
y en otro no somos
ni recuerdan que fuimos.
Lejanía es emoción, nunca espacio
cercanía otro tanto.
Memoria, umbral al que entramos
y salimos sin dar un paso
tiempo que deja de ser
para ser olvido.
Existencia de lienzo y mármol
sin pincel dibujamos
sin cincel esculpimos...
Dante y Picasso atrapante.
Aunque no comprendamos
hay horas que semejan siglos
y eternidad en un instante.



CARLOS ROMÁN RAMÍREZ, Puerto Rico

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

LA GULA - Norberto Pannone, Buenos Aires, Argentina

 



LA GULA

            

Agrhú cerró la válvula principal, había exceso de Argón en la cápsula y su ojo superior comenzaba a molestarle. Lo roció levemente con gas Henol, sintiendo de inmediato algún alivio. Sorbió con ansiedad de su tubo alimentario e, ingiriendo las últimas sustancias que quedaban, se quedó aletargado como era su costumbre después de la ingesta.

Afuera, en la intensa inmensidad del espacio, la ignota negrura se acentuaba en las distancias prodigiosas. Sólo el brillo de la estrella más cercana se dejaba ver apenas como el diminuto punto de la cabeza de un alfiler. Era la única luz enseñoreada en el tiempo y en el espacio que aparentemente transcurría.

El silencio y la quietud reinaban en el habitáculo, de tanto en tanto, cronometralmente, se interrumpían por algún sonido emergente del mando primordial. Quizás, esta eufonía indicaba algún tiempo o posición.

      Agrhú salió de su letargo y miró hacia afuera con ansiedad. Sus vísceras se removían impacientes. Tenía hambre y debía comer cuanto antes. Su sistema alimentario era enormemente insaciable y la ingesta que había tomado hacía unos momentos no era suficiente. Apuntó hacia el sitio de luz y con las garras de su brazo central, aceleró hasta alcanzar un par de Sarsk de velocidad. En instantes giraría cerca del astro. Conocía perfectamente que, cerca de aquellas estrellas solitarias, giraban los llamados “planetas de succión”, donde no faltaría, con seguridad, alguna especie para alimentarse.

   Rápidamente lo vio. Allí estaba, pequeño e insignificante. Indefenso, pero azul... impecablemente azul.

Se asustó mucho cuando entró en una zona de nubes. Nunca había visto aquello. Consultó su instrumental y notó que había allí mucha humedad, “Es casi como agua”, pensó aterrado. Tal fue su asombro, que sintió temor y casi optó por acelerar otra vez en actitud de apurado escape hacia el espacio.

El hambre pudo más y bajó hasta la superficie. Afuera, había también alguna oscuridad sólo atenuada por luces de superficie muy exiguas y conglomeradas. Sin entender aquel agrupamiento, sintió aullidos y pensó que allí había vida, esto era suficiente.

Satisfecho, elevó su nave con bastante lentitud, disfrutando la pesadez de la pereza postprandial. Eructó y, con la uña más larga y afilada de su zarpa derecha, extrajo un cinturón y un par de zapatos charolados de entre sus asquerosos dientes.

 

©2003 NORBERTO PANNONE, Buenos Aires, Argentina

Del libro “El ojo de la tormenta”.


ENTRE SUEÑO Y VIGILIA - Xiul Lasopat, Buenos Aires, Argentina

 













ENTRE SUEÑO Y VIGILIA


Fue saliendo a la calle una mañana,
dispuestos a pasear, él y su perro. ,.
Al llegar a la esquina la vio a ella
-la de vivaces ojos y sonrisas-,
radiante y expresiva en el saludo.
Luego cruzó y entró al supermercado
del que salió llevando su comida.
¡Fue cuando despertó! y vio sólo trapos,
personas que webeaban...
y una lata vacía.


XIUL LASOPAT - Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


EL SUEÑO - Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina

 



LUIS ALPOSTA - Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA

RENOVAR LA ESPERANZA - Irene Mercedes Aguirre, Buenos Aires, Argentina

 












RENOVAR LA ESPERANZA


Desde el origen mismo, cada día,
abrió Dios el camino a nuestros pasos
azarosa y compleja travesía
amasada con dichas y fracasos.

Cruzamos una extraña geografía
de materia y espíritu, en traspasos
de frágil equilibrio y sintonía
donde triunfa el acierto o los acasos.

El Año Nuevo llega y nos amplía
la cuota de esperanza y de Parnasos,
un mundo más humano con su guía.

El milagro se impone, sin ocasos
que puedan perturbar nuestra alegría
¡El brindis es la alianza entre los vasos!

Buenos Aires, Argentina, 30/12/2023


IRENE MERCEDES AGUIRRE, Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

MATUFIAS (O EL ARTE DE VIVIR) - Ángel Villoldo, Buenos Aires, Argentina

 
















MATUFIAS (O EL ARTE DE VIVIR)


Es el siglo en que vivimos
de lo más original
el progreso nos ha dado
una vida artificial.
Muchos caminan a máquina
porque es viejo andar a pie,
hay extractos de alimentos
y hay quien pasa sin comer.
Siempre hablamos de progreso
buscando la perfección
y reina el arte moderno
en todita su extensión.
La chanchulla y la matufia
hoy forman la sociedad
y nuestra vida moderna
es una calamidad.
De unas drogas hacen vino
y de porotos café,
de maní es el chocolate
y de yerbas es el té.
Las medicinas veneno
que quitan fuerza y salud,
los licores vomitivos
que llevan al ataúd.
Cuando sirven algún plato
en algún lujoso hotel
por liebre nos dan un gato
y una torta por pastel.
El aceite de la oliva
hoy no se puede encontrar
pues el aceite de potro
lo ha venido a desbancar.
El tabaco que fumamos
es "habano pour reclam"
pues así lo bautizaron
cuando nació en Tucumán.
La leche se "pastoriza"
con el agua y almidón
y con carne de ratones
se fabrica el salchichón.

Los curas las bendiciones
las venden y hasta el misal
y sin que nunca proteste
la gran corte celestial.
Siempre suceden desfalcos
en muchas reparticiones,
pero nunca a los rateros
los meten en las prisiones.
Se presenta un candidato,
diputado nacional,
y a la faz de todo el mundo
compra el voto popular.
Se come asado con cuero
y se chupa a discreción
celebrando la matufia
de una embrollada elección.
Hoy la matufia está en boga
y siempre crecerá más
y mientras el pobre trabaja
y no hace más que pagar.
Señores, abrir el ojo
y no acostarse a dormir,
hay que estudiar con provecho
el gran arte de vivir.


Año aprox. de la composición: 1903

ÁNGEL VILLOLDO, Buenos Aires, Argentina

Ángel Villoldo cuyo nombre completo era Ángel Gregorio Villoldo Arroyo, fue un músico argentino, uno de los compositores más característicos de las primeras épocas del tango, también considerado como uno de los pioneros del tango en Buenos Aires. Nació al sur de la Ciudad de Buenos Aires. Wikipedia
Nacimiento: 16 de febrero de 1861, Buenos Aires
Fallecimiento: 14 de octubre de 1919, Buenos Aires