EL
LÚCIDO Y SIEMPRE PRESENTE GEORGE ORWELL -
En un texto autobiográfico, Eric Arthur Blair,
famoso en el mundo literario como George Orwell, (nacido en la India en
1903, cuando su padre era funcionario del gobierno británico, y fallecido en
Londres en 1950), considerado hoy como uno de los críticos más lúcidos e
implacables del imperialismo, imaginó en sus fábulas a un siniestro personaje omnipresente
y solapado, que bautizó como Gran Hermano (o Hermano Mayor), que actúa
reduciendo y manifestándose desde una forma represiva, forjadora de un léxico
diseminado por el mundo bajo el principio intelectual de que “Lo que no
forma parte de la lengua no puede ser pensado”.
En
“Rebelión en la granja” y en “1984”, sus dos últimos y
famosos libros, la visión profética de George Orwell, se centra en los avances
de una sociedad totalitaria situada en un futuro cercano a la época que él
vivió. Allí describe un mundo distópico, empobrecido y dividido por guerras
permanentes y sin tregua entre grandes superpotencias que ejercen un control
absoluto sobre los pueblos; en especial sobre los más débiles e indefensos.
La metáfora deja al descubierto la hipocresía de las dirigencias totalitarias
que someten a la gente mediante la vigilancia policial permanente con ambiciones
“cesarista”, dando señales de
fortaleza, cuando en verdad muestran es una ignorancia extrema, brutal en
algunos casos, con resultados que son sometidos al criterio del Gran Hermano
Mayor, representado por poderosos grupos financieros protegidos por fuerzas
militares y bajo, tutela policial. Para Orwell la historia enseña que
cuando se apela a la coerción los alcances pueden ser impredecibles y terroríficos.
Es así como los Estados Unidos, Rusia y
China, han dado un puntapié a la historia y ponen al descubierto el verdadero
rostro dando los primeros pasos de un cambio mundial, sostenido por
intereses imperialistas más allá de cualquier ideología política. Para
violar esos derechos internacionales de convivencia entre países, como en el
caso de los Estados Unidos, utilizan el fantasma de la droga; aunque nadie
desconoce que de lo que se trata puntualmente es de la explotación y del
dominio del petróleo y toda la energía, junto al manejo territorial.
Lo cierto es que cada día las potencias son
más ricas y los países pobres, cada vez más pobres. La revuelta insustancial
del mundo que estamos viviendo es dramática y sus manejos corporativos se han
transformado en un horror cotidiano. Los poderes imperialistas
constituidos, que pretenden poner límites, muestran a su vez una mayor
pretensión de dominio; aunque sin grandes elementos de fuerzas para
concretarlo. Casi impunemente el caradurismo de los que manejan el mundo se ha
convertido en un grotesco maquillaje, que para nada puede disimular los
ambiciosos propósitos que persiguen.
Desde esos conceptos, la comprometida
posición política y literaria de George Orwell, sigue provocando en el
Occidente, incomodidades, pues la sociedad que él describe plantea
cuestiones inherentes a la vigilancia y la manipulación: temas que, aunque
centrados en el régimen comunista, son cada vez más aplicables en los sistemas
falsamente democráticos. En especial cuando derivan en medidas autoritarias.
George Orwell fue un observador, un hombre comprometido y sensible a las
injusticias que lo llevaron a exponerse como soldado en la Guerra Civil
Española; representado por sus escritos, que abarcan el género de la
novela, el ensayo y el reportaje, tendientes a indagar en la naturaleza del
poder y la libertad humana. Con un estilo directo y sin concesiones, junto a
una capacidad asombrosa y profética para anticipar futuros sombríos, hicieron
de sus obras referencias fundamentales de la historia contemporánea.
Cuando Orwell escribió
1984, el mundo se encontraba devastado por la Segunda Guerra Mundial,
pero con una perspectiva hacia un futuro que lamentablemente no se cumplió. Con
su lucidez habitual, en esa novela, nos traslada a una sociedad totalitaria
donde el Estado vigila cada aspecto de la vida de sus ciudadanos mediante un
sistema opresivo encabezado, como se ha señalado, por el Gran Hermano, una
suerte de Donald Trump de nuestros días. En su ficción la historia da lugar
a Winston Smith, personaje que trabaja falsificando registros históricos en el
Ministerio de la Verdad y cuyo pensamiento crítico lo convierte en un enemigo
del Estado, que aborda conceptos como el “doble pensamiento” y la “neolengua”,
que explora una realidad moldeada al servicio del poder. Desde entonces, 1984
se ha convertido en una advertencia persistente sobre los riesgos de la
sociedad sin libertad ni privacidad.
La obra es una crítica abierta a cualquier régimen
totalitario, aunque en especial al modelo soviético de aquella época, manejado
por el dictador Stalin. No obstante, también llegó a provocar incomodidad fuera
de ese régimen, ya que el poder de la sociedad que Orwell describe
tiene el propósito de controlarlo todo hasta el punto de hacer de la privacidad
un elemento sometido a la vigilancia y la manipulación -temas que, aunque
centrados en los regímenes comunistas, también son aplicables a los sistemas
democráticos-. La pobreza y la violencia en dos capitales europeas, junto al
despojo de la dignidad humana hacen descender a Orwell a las profundidades de
una marginalidad que condena subrepticiamente a los invisibles; tan poderosos
como los otros. Llamados abiertamente servicios de espionaje.
Con un tono de denuncia y reflexión, George Orwell
expone las injusticias de un sistema que empuja a los individuos a la miseria;
es decir, una sociedad en la que sobrevivir se convierte en una lucha diaria
controlada por una mirada sin filtros hacia las clases más bajas; todo, por
parte de este agudo observador, el gran hermano que marca también el resto de
su obra.
Tras la Segunda Guerra Mundial, varios países de Europa
del Este y el Asia, donde los gobiernos comunistas estaban en auge, prohibieron
sus libros por considerarlos subversivos; así como en la llamada Unión
Soviética, Inglaterra, España y otros estados satélites, sin excluir a los
norteamericanos. Peligrosa para ambos poderes, su célebre Rebelión en la
granja y 1984 fueron vistas como propaganda anticomunista, con el
temor de que socavara la imagen del socialismo soviético.
Con el paso del tiempo, la influencia de George Orwell ha
sobrepasado sus propias obras para integrarse al lenguaje cotidiano. En el
presente, el adjetivo “orwelliano” se emplea para describir situaciones de
control opresivo, vigilancia masiva y manipulación de la realidad. Esto
refleja la capacidad de Orwell para observar con precisión los peligros que
entrañaban las ideologías totalitarias y los abusos de poder.
Quizá la fundamental conclusión es que, entre otras
cosas, la obra de George Orwell perdura como una reflexión sobre el poder; es
decir, de cómo se adquiere ese poder, cómo oscuramente se mantiene y cómo, de
un modo terrible, destruye la esencia de la libertad humana.
Frases como “Gran Hermano”, “doble pensamiento” y
“neolengua” son términos que en los tiempos actuales prosiguen resonando en
debates sobre el control digital de nuestro tiempo, la censura y el uso de la
propaganda política como manuales de resistencia para los que buscan entender y
confrontar esos mecanismos de opresión.
En el contexto global que estamos viviendo, acaso no esté
mal remitirnos una vez más al añejo refrán español: “el mundo es un pañuelo”, que significa que el mundo es ahora más
sorprendentemente pequeño, y que suele usarse para expresar sorpresa al
encontrarse con alguien conocido en un lugar inesperado o al descubrir
conexiones insospechadas entre personas o lugares, como la hace el espionaje,
en un tiempo donde el uso de la tecnología se aplica para monitorear
impunemente a las personas y a los Estados, junto al abuso de datos privados en
el orden individual, que son temas cada día más inquietantes. Todas las
advertencias de George Orwell se vuelven actuales y son como una brújula que
orienta sobre los peligros de perder la libertad individual y territorial.
Tan así que el avance de los imperios sobre países libres
y los actuales casos como el de Venezuela y Groenlandia, que pretende extenderse
a otros países democráticos, junto al impacto cultural que esto produce,
preocupan ya que las advertencias de George Orwell, han escalado a la categoría
literaria como otra genuina distopía que amenaza con convertirse en la peor e
inquietante realidad de nuestros días.
ROBERTO ALIFANO – Buenos Aires,
Argentina
MIEMBRO
HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA