TAN POCO QUE APRENDEMOS
"En fuga irrevocable huye la hora" Francisco
de Quevedo
El crimen de la guerra es
un ensayo publicado por Juan Bautista Alberdi en 1870 sobre el pacifismo
universal, que cobra con el tiempo más vigencia por la locura del hombre. En
ese texto el prócer argentino califica la guerra como un crimen, un robo y un
incendio a gran escala. Alberdi sostiene que la guerra es un instrumento
anticuado y asesino que degrada a la humanidad; propone en cambio el comercio,
la industria y la educación como motores de progreso condenando la violencia y
cualquier forma de apropiación.
Una pacífica polémica
literaria, de las que nunca faltan en el gremio; sin sangre que llegara al río,
por supuesto, llevó en Chile, durante la década del cincuenta al poeta Nicanor
Parra a elaborar una teoría sobre la anti-poesía, anti-Nerudiana, que
no es más que poesía en movimiento con un poco de rebeldía, armada de algún que
otro verso revulsivo, apuntando en este caso hacia el encendido y surrealista
lirismo de Pablo Neruda, quien, con la correspondiente paciencia, comparable a
la del personaje “Rip Van Winkle” de Washington Irving, no se dejó envolver por
el ataque y, sin entregarse tampoco al sueño conciliador, despertó con otra
artillería lírica deshaciendo el entuerto y abarcando con su “Residencia en la
Tierra”, cualquier desviación universal de la palabra poética, que era nada
menos que otro áspero sendero pretendidamente empedrada de una absurda
violencia del hombre contra el hombre. Y con apostadores que son, sin duda,
lo más convocante, aunque la mayoría no lo interpretó así. La inocencia de
la palabra en estado de pureza se disolvió como ya se presumía con rebeldía y
lirismo en un abrazo poético por parte de ambos, aunque ambos lo negaran: en el
caso de Parra con su impecable “No hay olvido” de sus Poemas y Antipoemas: “Juro
que no recuerdo ni su nombre, / mas moriré llamándola María, / no por
simple capricho de poeta: / por su aspecto de plaza de provincia…”
Y en el de Neruda: “Si me
preguntaís en dónde he estado / debo decir ‘Sucede’. Debo de hablar del suelo
que oscurecen las piedras, / del río que durando se destruye: no sé sino las
cosas que los pájaros pierden / el mar dejado atrás o mi hermana llorando...”
Felizmente, como sucede con
la gente civilizada y exquisita, aun en estado de exasperación momentánea, todo
se pacificó y sin un envolvente duelo a espadas o armas de fuego, sin nubes
negras y tormentosas, el cielo siguió dibujando belleza con ensoñadores colores
y formas. En este caso con versos de bellísimas metáforas, que bien pueden
competir entre formas diversas con un apacible amanecer de amables paisajes del
‘Ángel Miguel’ o ‘Michelangelo’ (bautizado como Miguel Ángel Buonarotti, con un
revulsivo y tormentoso crepúsculo de retorcidas flores de Pablo Picasso.
Sucede que en este
maravilloso y tentador laberinto del arte los elementos en disputa son ágiles y
mutables, inofensivos y pacíficos, casi sagrados, ya que por otro lado (aunque
con panorama casi siempre enigmático, acechen la belleza desde todos los
costados, aun haciendo que entre gallos y medianoche se reflejen las múltiples
formas del arte, y luego las cosas, solas con sensatez y sin que la sangre
nunca llegue al río, se acomoden solas. Porque sucede que los poetas, aunque a
veces muestren los colmillos, son en el fondo gente inofensiva y por demás
civilizada, acaso con una exageración inquietante.
Vana esperanza de los más
pesimistas que gustarían ver a los contrincantes con lanzas o espadas luchando
a matar o morir bajo las radas de la arena de un circo romano; aunque también
es probable que, dentro de esa suposición, el bendito avance científico y
tecnológico, que por un lado facilita la vida con múltiples hábitos de confort,
no dejen de inquietar, casi siempre aterradoramente con bombas y metrallas que
amenazan desacomodar las cosas del todo, a tal punto de destruirlas y se
postulen a épocas de enloquecidas confusiones y peores crueldades; tales como
la que nos aterran ahora con guerras absurdas y cruzadas como la iniciada por
este nuevo temerario asesino retrógrado y nuevo apóstol del horror llamado
Donald Trump.
Pero para mal o para peor todo
puede ser probable en esta disparatada Viña del Señor y en manos del hombre
(sea de cualquier, raza o ideología). Hasta el punto de imaginarnos un Hitler o
un Stalin por suerte sepultado para siempre en la misma tumba de los
desalmados, junto a tantos inmemoriales sujetos, que desde que el mundo es
mundo viven siempre enfrentados con el hombre y son sus peores enemigos, hasta
que este personaje tan familiar y tan perverso, un demonio exterminador de los
propios y de los otros. Con aliados agresivos, criminales como él y no menos
insolentes, que se atreven a cualquier fechoría, entre ellas la de asesinar a
inocentes.
Por suerte, existe la certeza
de que el arte no ha muerto y un poco golpeado o aturdido todavía nos siga
brindando paz y belleza. En tanto, no sin bronca y bastante resignado, en lo
personal, yo me sigo apoyando en nuestra bendita poesía, que, sin
abandonar su explosión verbal en cualquiera de sus formas o estilos, contribuya
con su granito de arena proponiendo algunas cosas que, como siempre, no dejan
de ser imprescindibles. Elementos retóricos, que quizá casi no cuentan en esta
resignada y melancólica liturgia de tantísimas ausencias que va dejando por el
camino la guerra y donde casi no caben las expresiones líricas ni las formas
reconfortantes de algunas religiones. Y, en algunos dramáticos casos llegan a
ser mortales como estos demoníacos ayatola que en poco se diferencian de los
Trump, los Putin o los Netanyahu.
Terrible, hoy el mundo no se
presenta como una realidad benemérita que debemos celebrar, sino como mero
disparate u opaca aterradora palabra que debemos descifrar. Y esto es muy a
pesar de nosotros y de las Redes Sociales que clarifican demasiado
las cosas o, por el contrario, involuntariamente tienden a complicarlas más de
lo que están; a tales extremos de que algunos escépticos improvisan y
glosan desde su ignorancia sobre el espantoso y mortífero juego de la guerra,
espantoso juego que sumando de manera gratuita e indeseada más horror,
entorpeciéndola con intromisiones confusas de alarmantes balbuceos; lo que es
peor, sin ningúna calidad estética, porque la guerra, a pesar de Napoleón, no
es arte y se mete en el asunto para complicar más las cosas; en algunos casos
tomando la delantera y siendo ellos quienes mandan a través del espanto.
Ya no caben dudas de que en
estos tiempos cibernéticos la belleza tiembla y declina ante una
apabullante realidad posmoderna, que se balancea sobre un viento que hace
titubear el paso del Planeta, precipitando a la humanidad de manera inquietante
hacia un abismo en tinieblas. ¿Es esto un renacer o es otro remorir? Lo cierto
es que todo se lleva a cabo sin garantías de piedad, se apruebe o se niegue
todo gratuitamente.
En medio -recurso de bárbaros
todavía- de la espantosa guerra, que asesina a los más vulnerables (niños,
ancianos, mujeres y toda especie que pasa por allí) causa espanto en la
descabellada contemporaneidad; tan injusta y patética desde todo punto de
vista. Y, como si fuera poco, montada ahora sobre esta loca navegación
virtual, pacifista, pero también aterradora, donde todo se justifica y con una
idéntica rapidez se hace y se deshace; a la vez que también se parapeta sobre
una soberbia plataforma de irremplazable ignorancia mediática, que busca
imponerse desde una pretendida rebeldía descarnada y confusa, regocijante y
exaltadora que desconoce toda tradición y respetuosa consideración. Otra locura
más más de este desquiciado mundo que cada día está peor con nuevos y
despiadados verdugos electos por sus mismos pueblos.
Así son las cosas bajo el
dominio de estos brutales y ecuménicos asesinos que amenazan desde el Dios
Internet con armamentos nucleares. Disparate omnipresente y omnifuturo,
capaz de ser cumplido en cualquier instante.
Aunque nos duela en el alma.
En el Norte y en los demás puntos cardinales, estos temerarios aedos del
espanto están acechantes. ¿Por qué no alzarnos en pie de paz, contra estos
asesinos delirantes que manejan el poder?
ROBERTO ALIFANO –
Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO
ARGENTINA