¿MIGRACIÓN O INVASIÓN?
Es la noticia que está dando la vuelta al mundo.
Es poco conocido que posiblemente el islam pueda tener raíces
del cristianismo que emigró a las tierras donde todavía se practicaba el
politeísmo, la iglesia maronita originaria de los semitas helenizados que
llegaron al Líbano tras la ruptura definitiva del judeo-cristianismo con el
judaísmo tras la destrucción del templo de Jerusalém, allá por los años 350/410
d.C.
Es notorio su expansionismo a lo largo de la historia. Lo
tiempos cambian y hoy no puede hacer uso de la fuerza para el sometimiento del infiel y sin embargo continúa invadiendo
Occidente. Para ello se propaga mediante la exportación de sus ciudadanos
introduciéndolos en el viejo continente aprovechando el “buenismo” — ¿tal vez respuesta a la mala conciencia de pertenecer al
primer mundo y no prestar la ayuda necesaria para el desarrollo del submundo
infra desarrollado? —por una parte,
tal es el caso de un país como el de la vieja piel de toro, con el efecto
llamada que permite llegar multitudes para quedarse, y una vez pisan el
suelo acogerse a una ley que impide su
expatriación al país de origen de los menores y dificulta el de los adultos que
carecen de identificación alguna, así como
también la ilegalidad que supone el aluvión de pateras que cada día
llegan a las playas. Algo parecido a una invasión híbrida, y que ha llegado a
rematarse en estos días con una ocupación en toda regla, permitiendo ¿o
fomentando? el país alauita el paso por su frontera del equivalente a la
población ceutí invadida, alrededor de ochenta mil almas.
Precisemos
en qué consiste el “buenismo”, reconociendo que no es otra cosa que el deseo de
hacer un bien, compadecido por lo inmediato de las carencias de alguien, sin
tenerse en cuenta que se trata de una parte de un todo, pero que de manera
alguna se contempla esa totalidad con las carencias y los problemas que lleva
consigo. Un mendrugo para hoy y hambre para mañana.
Dicho
esto, veamos las “carencias” o daños colaterales que lleva implícito ese
buenismo.
En
primer lugar, es fácil entender que un país no puede vaciarse y trasladarse masivamente sus habitantes a otro. Cuando un
país se desarrolla a “dos velocidades” y una de ellas se corresponde con los
menos preparados—sobre todo la juventud—, es posible imaginar que la migración
masiva pueda aliviar la situación interna al desprenderse de una parte
importante de la ciudadanía que podría causar problemas internos, a la vez que
los que se quedan dispondrán de una mayor renta per cápita, algo inversamente
proporcional al país de acogida.
En
segundo lugar, las personas que arriban de manera ilegal y que por lo general carecen de una formación suficiente,
tras el deseo de mejorar sus vidas lo que realmente encuentran es que no
disponen de trabajo ni vivienda y han de vivir en una marginalidad social,
practicando la mendicidad.
En
tercer lugar—algo que no debería obviarse— la mayoría de los inmigrantes son de
religión musulmana y por tanto de
costumbres diferentes— entiéndase la consideración hacia la mujer, el velo,
aplicación de leyes, supremacía del varón, etc…— y como ya se ha podido
comprobar allí donde se han asentado (véase los ghetos de Bélgica o Francia,
incluso la policía tiene dificultades para entrar en ellos) han de crear
forzosamente una situación de enfrentamiento e inestabilidad.
En
cuarto lugar— y no de menor importancia—, al procrear en mayor número que los occidentales, con el paso del
tiempo llegarán a obtener la ciudadanía del país de acogida y podrán imponerse
en elecciones, con lo cual tendrán la capacidad para poder dictar leyes que
favorezcan sus creencias y hábitos dentro de la legalidad. En suma: una
islamización pacífica que va llegando poco a poco sin necesidad de
expansionismo violento y que en un futuro podría alterar las leyes que rigen la
vieja Europa y que proceden del humanismo cristiano.
En
quinto lugar el efecto llamada afianza a
ONGs que reciben ayudas por facilitar la llegada, y sobre todo las mafias que trasladan a esas personas
hasta las costas del país de llegada, debiendo pagar una suma para ellos
exorbitantes, y con el mayor de los riesgos que supone ahogarse muchos durante la travesía, como habitualmente se
está comprobando ( véase si no la frecuencia de pérdida de vidas humanas con
las pateras y recientemente con la invasión de una ingente cantidad de personas
al pasar la frontera marítima para llegar a Ceuta)
Antes
de continuar, dejemos en el aire una pregunta inquietante para que el lector se
la pueda responder: ¿quién se
responsabiliza de las decenas de muertos en el mar durante el fin del mes
de julio? ¿Marruecos por consentir/ promover la entrada o España por su efecto
llamada para que venga quien quiera de forma ilegal? Nadie ha dicho nada al
respecto y permanece el más absoluto mutismo.
En
sexto lugar podemos preguntarnos qué ley superior se considera para la
protección de menores que la de
permanecer juntos a sus padres. Con el pretexto de facilitarle la acogida y una
vida mejor el menor pasa a ser “propiedad” del Estado español hasta llegar a la
mayoría de edad, en cuyo momento se le abandona a su suerte —en lugar de
permanecer con su familia que es la primera responsable del mismo— ¿qué clase
de ética es esta?
En
séptimo lugar está la que puede ser el origen de ese buenismo, como es la
utilización de la inmigración con fines
políticos. Tal es el caso de España que pretende nacionalizar a los que vienen
para poder teóricamente contar con un mayor número de votantes para las elecciones.(
recientemente ha sido rechazada por el Tribunal Supremo la propuesta del
Gobierno de facilitar la nacionalidad española a los nietos de los emigrantes
durante la guerra civil que tuvo lugar
…¡hace noventa años!)Para ello, y así fomentar el efecto llamada,
pregona a los cuatro vientos la bondad de vivir en España y concederles una
subvención a los que llegan sin que a cambio ofrezcan nada que lo pueda
compensar, lo cual introduce una reflexión profunda, y es la de que las
personas adquieran como algo natural que la sociedad tiene que facilitarle el
medio de vida que pueda responder a sus necesidades y no esforzarse por
conseguirlo por sus propios medios. De ser así, permaneceríamos hoy en la misma
situación que en la edad de piedra al no querer nadie esforzarse, teniendo
cubierta sus necesidades más primarias.
→Así, no.
Podría
parecer que las sociedades desarrolladas no han de procurar ayudar a los países
más subdesarrollados. No es así. Digámoslo
una vez más. Hay que tender la mano al necesitado. Mas, precisemos, ¿qué puede
hacerse?
Es
obvio que la respuesta de un solo país habrá de resultar insuficiente y se
trata de que el mundo occidental y desarrollado trabajen juntos para poder
ayudar al tercer mundo. ¿Cómo?
En
primer lugar, como acaba de decirse, uniéndose y diseñando un plan unitario en la UE. Ni España ni
ningún otro país por sí mismo tiene la capacidad suficiente para la integración
de los que cada vez son más en llegar.
En
segundo lugar— sea la ayuda económica, préstamos, facilitación de técnicas para
el desarrollo, cultural, etc.— se tendrá que practicar el control efectivo en aquellos países al que esa ayuda llega para
mejorar la situación del pueblo y no se pierde en el camino o beneficia a los
dirigentes políticos.
En
tercer lugar, los que vienen a Europa han de hacerlo con un contrato de trabajo para poder vivir
por sus propios medios.
En
suma: transformar el buenismo en
justicia social. Y esto, bajo el auspicio de una ética superior que permita
reconocerse en el otro para ayudarle a ser él mismo. Aquí puede aplicarse la
norma evangélica de “fui inmigrante y me acogiste”, pero apoyando el buenismo
en una respuesta inteligente. En suma: dar cañas y no peces.
→Así, sí.
ÁNGEL MEDINA – MÁLAGA, ESPAÑA
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA