AL PEDO PERO TEMPRANO…
“Al que madruga Dios lo ayuda”,
versa un viejo refrán difundido en todos los países de nuestra amada lengua
española; contradicho por otro refrán, tan popular como el primero, que, con
hábito de resignación y sin fe de buen creyente, refuta: “No por mucho
madrugar se amanece más temprano”; también acriollado en la Argentina con
la risueña butade “Al pedo pero temprano”, que muchos atribuyen a ese
gran madrugador dicharachero que fuera el general Juan Domingo Perón, confeso
de su costumbre (como buen militar) de saltar de la cama apenas alumbra el día,
sea con sol radiante o nublado, que para el caso poco importa.
Yo recuerdo, sin embargo, haber escuchado las dos formas en buena parte
de nuestra América, con pequeñas variantes claro, aunque bajo el mismo
concepto, o idéntico cielo. Expresión que antes, bastante tiempo antes, fuera
usada como parte de una certeza por don Miguel de Cervantes en su Quijote.
Noto también que en ambos casos las palabras no se contradicen, sino que
cambian de forma y aprovechan la flexibilidad o blandura del idioma para
adaptarse a cualquier modismo.
En el primero de los casos hay una afirmación, a la vez que una
expresión taxativa de modificar el deseo con una calmosa y resignada
negación, donde se afirma que
madrugar no tiene demasiado sentido, ya que por esa razón la naturaleza no hace
que el día amanezca antes. El generoso sol, que es quien manda -o en
otros casos las opositoras nubes, que como buenas jodidas a veces también lo
cubren ensombreciéndolo-. Una ley natural, agreguemos, que no modifica para
nada el viejo asunto aparentemente controvertido.
Este asunto, tantas veces enojoso, es uno de los pocos refranes que
tienen su contra refrán, sin duda tomado de nuestro famoso
y bien argentino “juego del truco” (y su desafiante “quiero
retruco”. En nuestro caso, uno pregona convencido: “Al que madruga, Dios
lo ayuda”; y el otro contragolpea con un gancho en plena mandíbula y con
sobradora sonrisa a flor de labio: “No por mucho madrugar se amanece más
temprano…”. Pero veamos, al sujeto que lo dice, ¿está realmente
convencido y gustoso de que así sea, o lo expresa sólo para darse manija y
poder saltar de la cama sin ninguna voluntad?… Y el que contragolpea, ¿cómo se
expresa, sabe acaso administrar mejor su tiempo, sin tanta ansiedad ni
esfuerzo? ¿o es solamente más dormilón, para no llamarlo vago o vagoneta,
calificativos que abomina sin pelos en la lengua del molesto asunto de levantarse
temprano?
Sucede -y valga para este caso y para tantos otros-, volviendo de nuevo
al juego de los naipes-, que siempre hay una ceca para contrarrestar
una cara; vale decir que todo anverso tiene su reverso y que hay un par para
cada impar. Pequeños detalles
de la naturaleza humana que con buen tino contra resta este supuestamente
ordenado mundo y, a la vez, contradictoriamente sobrevive parapetado de
absurdos y de obvias calamidades. Es así como comprobamos, mientras
vamos o venimos, que dichos refranes exaltan la importancia de tener
iniciativas para todo tipo de metas (o de macanas posibles): ya sean laborales,
escolares, deportivas, militares, etcétera, etcétera… o, ¿por qué no?, la
piedra libre para la que se le ocurra a mi ocasional lector. Lo cual está muy
bien, aunque se adjudica una exagerada importancia al esfuerzo o al sacrificio
de madrugar, que es, sin lugar a dudas, algo más embromado.
Yo he oído decir en España, en alabanza del madrugador, por supuesto: “¡Aleluya,
aleluya, un billete encontró aquel que madrugó”, o en otra ocasión un padre
amoroso que dice a su hijo para despertarlo. “¡Anda mi niño, despierta,
despierta que hay que ir al colegio!”. Y el hijo entredormido replica a su
papá abriendo un solo ojo: “¡Más madrugó el que lo perdió, y mira cómo le
fue, papucho!”.
Tampoco vamos a caer en la vulgaridad de achacarle a Dios aquello que,
según algunos fervorosos creyentes, que afirman hablar con el Verbo
Divino en boca pues del Señor sólo exigen ayuda a los madrugadores, como si los
que no madrugaran fueran los execrables hijos del diablo.
Ahora bien, por otro sendero y tratando de recuperar el anterior, ¿qué
significa madrugar en buen criollo? ¿Qué ventaja tiene levantarse al amanecer
cuando apenas clarea y el implacable sol empieza a sacar pecho entre nubes y
uno pone pie en tierra? Acaso es “¡al pedo, pero temprano! En fin, mañas
o mañitas de viejos o de militares, que desaprovechan la mañana para seguir la
consigna como la verdad revelada y no echarse un sueñito más.
Pero cuidado que el diccionario viene con una segunda acepción (debajo
de las axilas o enchufado al internet). El enojoso asunto puede ser también el
anticipo a cualquier forma de persecución encubierta… O una vulgar avivada, o
piolada, como bromea en su tango nuestro rapsoda porteño don Enrique Santos
Discepolo, que dice risueñamente, con aire de vencedor: “Justo el 31 yo la
madrugué”. Y finaliza con unos versos menos graciosos que demoledores,
dedica a la susodicha dama, pobre infeliz saltando de alegría que no deja de
recordarnos la uniformada frasecita dicha en lo militar o en lo civil: “al
pedo, pero temprano, mi general.” y el añejo tema de Discepolín que en su
traducción tanguera sonríe:
Hace cinco días, loco de contento
vivo en movimiento como un carrusel...
Ella que pensaba amurarme el uno,
justo el treinta y uno yo la madrugué...
Me contó un vecino, que la inglesa loca,
cuando vio la pieza sin un alfiler,
se morfó la soga de colgar la ropa
que fue en el apuro, lo que me olvidé...
Ja-ja-ja - jajá…
ROBERTO ALIFANO – Buenos Aires, Argentinaa
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA