VIERNES DE DOLOR
¿Cómo definir el dolor? Yo diría que, como
manifestación del desgarro humano, tanto física como moralmente. Porque el
dolor “duele”. Se siente. Si no, pregúntesele al paciente Job que soporta
estoicamente el mal que se presenta alrededor suyo, primero entre sus bienes,
hasta perderlo todo, y luego al sobrevenir la muerte de sus seres queridos tan
inesperada como bruscamente para finalmente asumirlo y concentrarlo en su
cuerpo, que se vio invadido por las llagas desde los pies hasta la cabeza.
Pero también existe el dolor del ánima o
psíquico que consiste en lo intangible, propio o ajeno, que perturba todo el
ser. Quien haya sufrido la tortura de una depresión profunda podrá entenderlo.
El punto más álgido del dolor físico es el sufrimiento lento pero inexorable de
la caducidad humana, saboreándola sorbo a sorbo, como el suplicio del Sísifo
cargando con la pesada piedra cuesta arriba, y al faltarle la energía
retroceder, y así una vez tras otra, antojándosele que la eternidad se detenía
en el tormento. El del alma es el espanto de ver a quien más se quiere en este
perro mundo cargando con las culpas ajenas hasta la extenuación de una muerte
infame, en la que la inocencia es considerada culpable.
El Viernes Santo es el día del dolor
supremo. Hablar de crucifixión es recordar
el sufrimiento. Un tormento extremo ideado por los persas, que se extendió por
diversos pueblos del Mediterráneo y que Roma hizo suya, aplicándola a los
esclavos y criminales. En la antesala del dolor, esos momentos en los que se
llega a presentir moralmente el dolor físico que se va a infringir, los
evangelios dicen que Jesús sudó sangre en Getsemaní, algo que la medicina
conoce como “hematidrosis”, lo cual es posible cuando los vasos capilares de
las glándulas sudoríparas llegan a romperse, y que puede ocurrir si existe un
elevado porcentaje de sufrimientos psicológico. La proximidad de la muerte
violenta y la traición posterior de uno de los suyos fue el comienzo de los
dolores. Un dolor refinado y cruel. Como
paso previo a la ejecución el reo era azotado con el flagelum, un látigo de
mango corto y varias colas que terminaban en bolas de plomo, y que causaba
daños terribles desgarrando espalda, nalgas y piernas, dejando al descubierto
músculos y tendones, lo cual ocasionaba una gran pérdida de sangre, hasta el
punto de llegar a producir el desmayo. Luego, en su caso particular le fue
incrustada en sus sienes una corona de punzantes espinos, con la doble función
de causarle mayor dolor y humillarle, al haber sido denominado como el rey de
los judíos. El condenado, agotado por la brutal paliza era forzado a portar el
travesaño horizontal del madero, una tabla que pesaba casi treinta kilos,
obligándosele a recorrer una distancia aproximada de dos kilómetros hasta
llegar a la cumbre del Gólgota, situado a las afueras de la ciudad, debiendo
soportar las burlas, los escupitinajos y las piedras que le arrojaban los que
contemplaban el espectáculo a lo largo del camino. Al llegar, el aspecto del
hombre era, como lo había descrito Pilatos, el de un hecce homo. Entonces, completamente desnudo— en las
representaciones se ocultan las zonas púdicas con un taparrabos— era tendido
sobre los dos travesaños del leño. En uno era clavado, atravesando sus muñecas
unos clavos puntiagudos que medían entre trece y dieciocho centímetros,
destrozándole el nervio mediano. Los maderos eran juntados, configurándose la
cruz. En el que era más largo le traspasaban sus pies, disponiendo la parte
inferior de un sedile o tablilla para
que pudiese apoyarlos, prologándose así la agonía. Finalmente era levantada,
hundiendo el tablón vertical en un boquete que previamente había sido excavado
en el suelo. Al pender el cuerpo en postura vertical el peso tendía a
desplazarse hacia abajo, con la constante sensación de desgarrarse las axilas, cada
vez más conforme transcurría el tiempo— quien quiera hacerse una idea somera le
bastará colgarse a una barra sin poder tocar el suelo—, haciéndose necesario
forzar todos los músculos de la espalda para conseguir respirar. En esta
postura dolorosa el condenado acabará muriendo por asfixia al empujar sus
órganos internos los pulmones, produciéndose finalmente un fallo cardiaco.
Cuando se va acercando el momento, el ritmo del corazón empieza a enlentecer y
el dióxido de carbono de la sangre se va diluyendo como ácido carbónico, lo que
acarreará un aumento de la acidez, transformándose el pulso en irregular. Es
palpable que el ajusticiado lo percibía, entendiendo que se aproximaba el
momento de la muerte. A la hora nona, tras tres horas de tormento, expiró. Si
hubiésemos de hacer una autopsia al cuerpo exangüe del condenado, posiblemente
habría que concluir en que se trató de una agonía lenta y que mantuvo la
consciencia hasta el último instante. La causa inmediata de la muerte fue una
hipovolemia por la sangre derramada y la deficiencia respiratoria por la falta
de movilidad, las graves lesiones de los músculos intercostales y la
insuficiencia cardiaca. Hasta aquí el proceso de la ejecución.
Pero, no sólo fueron tormentos físicos los que
tuvo que soportar aquel hombre condenado de manera ilegal e injusta, sino
también anímicos. Desde lo alto del patíbulo la mirada se derramaba a su
alrededor. Allí se encontraban la soldadesca que se mofaba de él, aquellos que
excusó diciendo que no sabían lo que hacían, y el discípulo preferido junto a
las mujeres.
¿Dónde estaban todos aquellos que le habían
vitoreado el día anterior? ¿Dónde sus seguidores? ¿Dónde los apóstoles? ¡No
estaban! Se habían dispersado como ovejas a las que hiere su pastor. Entonces,
al daño corporal hubo de añadirse el dolor psíquico. El alma también duele. La
incomprensión bien pudo instalarse en su cabeza. Porque, ¿cuál fue su crimen? Sencillamente
mostrar el “Rostro” que el Pueblo invocaba en el salmo 27 “Muéstranos tu Rostro,
Señor”. A diferencia de otras maneras de religarse al Misterio en las distintas
religiones, el dios-cristiano se muestra al mundo dentro del mundo en la
cercanía de un Hombre para con los hombres.
Pero no era suficiente. Cuando el hombre
siente la sensación de la impotencia ante la muerte brota en su interior aquel
grito del que Unamuno se hace eco en su obra “El sentimiento trágico de la
vida”, recordando a Michelet: “¡Mi “yo”, que me lo arrebatan!”. El “yo”, la
sustancia, la esencia del hombre. Entonces, al ser consciente de que el mundo
no puede responderle para darle el apoyo que necesita invoca al Misterio del
que todo procede y al que todo va. Al poder de la omnipotencia del amor divino
de Dios, al que él invocaba como “Abba” (Padre). Pero el grito pronto se ahoga
en su garganta al no sentir el consuelo y clama aquello de “Eloi. Eloi, ¿lamá sabactaní”? (¿Dios
mío, por qué me has abandonado?) Ni siquiera ve la substancia humana en el
trance de la muerte el hilo invisible que conecta lo divino con lo humano, el
cielo con la tierra. El crucificado muere como un maldito. Entonces, es cuando
la nada que aún pervive en la vida es capaz de encontrar la respuesta en el
abandono al entregar la última voluntad en la que el hombre mantiene su ser al
misterio al que es entregado. Sólo entonces vuelve a pronunciar sus últimas
palabras, reconociendo que el amor ha de ser más fuerte que la muerte: “Padre,
en tus manos encomiendo mi espíritu”. Es la entrega de la vida y de la última
confianza. O el abismo o el cielo.
Se impone el silencio. Parece que el aguijón
de la muerte ha triunfado, y, sin embargo, el silencio de Dios se convierte en
palabra de vida resucitándolo como primicia para el hombre.
Abajo, la Madre saborea con amargura la
predicción del viejo Simeón, cuando le profetizó que una espada le atravesaría
el alma. Es la manifestación del dolor del alma como consecuencia del dolor
ajeno.
ÁNGEL
MEDINA – Málaga, España
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
Blog <autor: https://www.facebook.com/novelapoesiayensayo
Últimas publicaciones
autor
https://www.amazon.es/Vaticano-III-Rustica-ANGEL-MEDINA/dp/8416611912
https://www.amazon.es/EL-HOMBRE-QUE-PENSABA-MISMO-ebook/dp/B0859M82YW