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sábado, 17 de agosto de 2019

EL NIÑO DEL MAR, Adián Néstor Escudero, Santa Fe de la Veracruz, Argentina















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EL NIÑO DEL MAR

A los Sueños

Especialmente, a los que, como mi padre José Manuel Agustín Escudero, jamás dejaron de intentarlo... Mi padre y amigo. Mi padre y maestro. Mi padre, pujante y servidor del Bien Común y de la Familia. Mi padre amable y consecuente lector e impulsor de mis letras, junto a mi madre, santa servidora de la Familia del Bien Común, Zulema Angélica González. In memoriam…

Y ahora, en particular, al siempre generoso y hospitalario amigo en las letras y hermao en la Fe y Humanidad: es consagrada escritor argentino, Prof. Norberto Pannone, Director Responsable de ASOLAPO-ARGENTINA; y, por su digno intermedio a todos los amantes irrenunciables del Mar y sus misterios…

…Más allá del tiempo y la distancia, de la tierra y del Cielo, llevados a gachas por el rumor cabalgante de sus aguas de sueños y realidades, y de sus archipiélagos de consuelo y serenidad… Abrazados al Maná de la Palabra desde ésta, mi ciudad colonial, constitucional, cultural, cervecera, lagunera y camalotal…

Adrián N. Escudero (Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina) – Julio 2019
    Soy tan sólo un pequeño hipocampo de luces arracimadas sobre una montaña ondulada como olas de libros encrespados en mi Botica de Autor…
 El mar…
Desde las arenas penumbrosas de mi memoria vino aquel recuerdo.
   Quién sabe qué extraña brisa sopló sobre ella y, una tras otra, el polvo amarillento de los años rezumó las palabras por los intersticios del tiempo, anárquicas e inseguras –al principio-, ordenadas y sensibles –después-, hasta pergeñar mi imagen de niño solitario discurriendo sobre las arenas mansas –al principio, pero luego agitadas-, de otra realidad.
   Arenas de las playas del mar al que continuamente visitaba, como quien visita a su mejor amigo, pues el mar era mi amigo, y era sabio e inconmensurable como el fondo y matiz de las verdades que mi alma perseguía…
   “Había sido una larga búsqueda”, diría él.

   Hablo de mi padre.
   Pero el niño miraba al mar y el mar miraba al niño, y lo hacía con un millón de ojos de espuma, y el niño llamaba al mar y el mar llamaba al niño con otro millón de bocas chorreantes, y el niño saludaba al mar y el mar saludaba al niño con otro, y otro, y otro millón de olas de aplausos y chasquidos, y el mar comenzaba a cantar y hacía cantar al niño, y ambos esperaban la somnolienta oquedad de la noche para despedirse, el niño brotado de sal y de una humedad nueva y nutriente, y el mar humanizado, después de correr como los hombres, de hablar y cantar, de gritar y soñar como los hombres –pequeños-, como los niños de enero que descubren, ¡al fin!, que están vivos…
   Del polvo seco y acre de un vetusto cajón de escritorio de antaño, forjado en la madera misionera y olorosa del peteribí, brotó aquel recuerdo.
   Fue en aquel día que papá preguntó, grave pero amablemente: “Hijo, ¿a quién preferís? ¿A él o a mí?”.
   Y hubo de repetirlo tres o cuatro veces al menos, porque el mar, advertido acaso, fermentaba al unísono ecos de lluvias antiguas y cántaros de adobe que se rompían en mis oídos, ahogándolos en la dimensión de la nostalgia.
   Es que me había encontrado nuevamente –como tantas veces- feliz, mirando el mar, y sus aguas de toboganes elásticos sabían de mi alegría por él, y se movían ansiosas queriendo atraparme. Y yo me sentía hermoso y sublimado, con unas manos suaves y sacerdotisas que tomaban puñados de arena como incienso ofrecido a la brisa perenne del mar, y una especie de lluvia de oro de sol quedaba prendida –a mis cabellos cortos y negros- como la mirada abismal de aquel soberano manto de agua viva…
   Y me sentía solo con mi cuerpo desnudo ante la tibia inquisición del sol. Sin voces de advertencia, adivinando el futuro de mis pensamientos. Libre y liviano. Volando sobre las cadencias verdes y brillantes, verdes y azules, verdes, azules y calipsas, navegando mí sombra, estremecido… Día por día. Esquivando nubes errantes.
   Hasta el próximo grito.

   Sí, había sido una larga búsqueda diría como siempre en tanto él…
   Hablo de mi padre.
   Sólo que esta vez comprendería y no habría muslo dolorido ni reproches ni ojos mojados con un agua extraña a la mansa liquidez del mar.
   Había comprendido, por cierto, lo que él significaba para mí frente a ese otro él, es decir, el mar y sus doncellas maternales. Y trataría de explicármelo.
   Y dijo que él no era otra cosa más que… la realidad: casi una máscara forzosa que apenas atinaba a sonreír con la amorosa hipocresía del que ama pero sufre. Las arrugas de su rostro empecinado lo signaban irremediablemente.
   El mar, en cambio, dijo, eran mis sueños… Mi paraíso personal. El cúmulo anhelado de mis más recónditas querencias. La amplitud de la libertad de mis objetivos. Aunque yo intuyera sólo esto. Nada más. (Diez años es poco tiempo para obrar de otro modo).
   Y allí estaba. Tan sereno y superior, que hasta el sólido mar calló, luego del tercer llamado.
   Pero no venía a traicionarme. Venía a obsequiarme el regalo de su dolida, más, al cabo, sabia adultez… Y esta vez dijo:
   “Quiero ayudarte a navegar, Gustavo. Hijo, digo, si querés, claro”. (“¿A quién preferís?”, resonaba en mi mente todavía).
   “Tengo un barco”, agregó. Y me ayudaba. Lo hacía de veras.
   El mar chilló entonces al darse cuenta, y, no muy convencido, dijo no obstante: “Andá con tu padre. Es humano como vos. No dudés. Andá con él…”.
   “Pero…”.
   “Construí un barco. Un pequeño barco para navegar”, insistió papá. “¿No entendés aún?”, clamó el mar. “No hay necesidad de elegir. Tendrás que aceptar su propuesta porque no podrás dejar de ser hombre, pero si navegas en mí, tampoco abandonarás tus sueños… ¿Comprendés? Y ya no se agitó más.
   “¿Un… barco?, sonreí.
   Y esta vez, insisto, ya no hubo enojos ni muslo dolorido. Sólo la amable conferencia que terminó por aclararme lo que el mar había tratado, a su sabio modo, de explicarme. Sobre la vida, claro.
   “¡Corramos!”.
   “¡Sí!”.
  
   Pero papá se fue pronto. Al mundo de lo invisible, creo. Y quizás eso, o la costumbre de ver al mar ir y venir bajo mis pies, o el no haber aprendido a tiempo a navegarlo, el hecho es que aquí estoy…
   Era yo muy chico por aquellos días.
   Ahora no. Ya no.
   Ahora soy viejo (más que mi padre por aquellos mismos días). Y no tengo mar.
   Tampoco niños que buscar sobre la arena, mientras sopla una brisa que regresa el polvo amarillento de mis años, al vetusto cajón del escritorio de madera misionera y olorosa, de donde habían brotado esos recuerdos…
   Sin embargo, no he perdido la esperanza que, de pronto, algo bueno suceda. Aún conservo la maqueta del barco de papá, y puedo volver a construirlo.-

©ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


FULGOR DE POESÍA, Guillermo Fernández del Carpio. Arquipa, Perú

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FULGOR DE POESÍA


Yo vine a este mundo confuso
un Domingo por la mañanita.
Dios aquel día escribió versos en mi nombre.
Yo nací un día donde hubo fulgor de poesía.
La poesía es la canción de nuestras almas,
es el reflejo de nuestro tiempo,
es la voz que brota del interior,
es la inspiración de todo buen lector,
es un otoño con hojas tristes
o un invierno con flores alegres.
La lírica es un elogio a la belleza.
en sus líneas están nuestros anhelos, nuestros momentos,
nuestros sueños, nuestros pensamientos,…
El devenir de mis años,
me han dicho que yo nací un día con fulgor de poesía.
La poesía es un misterio llamado verso,
es un mundo de fantasía,
es un presagio del poeta,
es su vida escrita en párrafos,
es un libro que no tiene fin,
es el resplandor de nuestro idioma,
es una de la razones de mi vivir.
El verso es como una oración con rocío de devoción,
son palabras que nos hacen libres y de alguna forma eternos.
Yo escribo esas libres palabras para no sucumbir en el olvido.
Todos somos un verso de Dios.
Sin poesía el mundo no tiene vida,
es un triste orbe que gira sin razón.
Sin poesía no hay sueños, todo se vuelve  opaco,
sin poesía no hay elogio a la vida.
Yo vine a este mundo confuso
un Domingo por la mañanita.
Y deseo despedirme con la brevedad de un silente verso,
con la esperanza de que mañana habrá  fulgor de poesía.

©GUILLERMO FERNÁNDEZ DEL CARPIO, poeta y escritor peruano
MIEMBRO HONORIFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


CUANDO NO ESTEMOS, Jaime Vélez Ramírez, Medellín, Colombia


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CUANDO NO ESTEMOS

La vida es un poco de esperanza

que se disuelve breve,

un río de amargura

que corre lentamente,

es un volcán de lava

que marchita las flores.

Es el camino largo

donde la marcha es lenta;

a veces los guijarros

nos desgarran la piel.


En el otoño hay frío

y en el invierno nieve,

talvez cuando yo muera

llegue al fin la primavera.

Julio5 de 1972.

©JAIME VELEZ RAMIREZ, poeta y escritor colombiano
MIEMBRO HONORIFICO DE ASOLAPO ARGENTINA



CONFIDENCIAS, Hilda Augusta Schaivoni, Inriville, Córdoba, Argentina

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CONFIDENCIAS



Hombre que te desplazas
y caminas por la tierra,
dime si alguna vez
alguien se atrevió a relatarte
esas angustias
que se meten en el alma,
taladran las carnes,
surcan los huesos
y llegan a las médulas del ser.
Hombre que tanto viviste,
¿quién se animó a confesarte
que lo hayan atrapado
las cavernas del silencio
frías de miedo?
Yo a ti puedo hablarte
de tantas cosas,
de los vacíos,
de la muerte en la mirada
de los días de frío
en que los vientos
golpean detrás del vidrio
y  engloban mi angustia,
de cuando miro por la ventana
la tarde helada y querría morirme
porque afuera no hay nadie
y el hastío me pesa
como muros en el ánimo
y la soledad me traga
por las bocas de la nada.
Y la hora parece negra,
tan negra como la de Vallejos
cuando se le caían
los Cristos del alma.

HILDA AHUGUSTA SCHIAVONI, poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORIFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

LO INCREÍBLE, A VECES, PUEDE SER VERDAD, Salomé Moltó, Alcoy, Alicante, España


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LO INCREÍBLE, A VECES, PUEDE SER VERDAD

Puso, el vaso en el quicio de la puerta, si se cae y se rompe no me importa, pensó, son tantas las cosas que se han roto en mi vida, que ya todo me da igual.
Su marido seguía en la cama, ahora que había vuelto, se levantaba más tarde. Miró al horizonte, hacía una hermosa mañana, su amiga Lola bebía a pequeños sorbos el delicioso café que le había preparado.
.- Delicioso este café. Si he venido a verte tan de mañana, es porque la noticia me ha impresionado. No sabía que tu marido había vuelto a casa, y aún más sorprendente, que tú lo hayas admitido, después de abandonarte.
.- Ha sido por la insistencia de mis hijas, y no me ha abandonado, me había liberado.
.- Bueno, si lo ves así, tampoco ha estado tanto tiempo fuera.
.- Pues hasta que ella se ha cansado de él y como no sabe dónde ir, pues ha vuelto, y ha vuelto enfermo.
.- ¡Ya! Mejor así, no me veo en la obligación de saludarlo, lo que importa es que tu estés bien, pues hace unas semanas estaba en la cama con una gripe de aupa! Menos mal que lo has superado.
.-Sí, y ahora lo tengo que cuidar, pero ya nada será igual, cuando las cosas se rompen ya no vuelven a ser lo mismo.
.-Las cosas se rompen o por el tiempo se desgastan, se deterioran y desaparecen, así, cuando viene el último momento, ya no es tan doloroso, decirse adiós.
.-¡Vaya, estas hoy muy poeta! Pero gracias por tu amistad, me reconforta tener a alguien cerca con quien compartir unos momentos difíciles. A veces me gustaría, saber hasta dónde fui culpable de que perdiera su amor por mí, en qué he podido fallar.
.- ¿Y él por ti? ¿En qué te falló, antes de tomar la decisión de irse?
.- Creo que subyace en nuestro interior un sentir aventurero, un querer descubrir otro tipo de horizontes y eso nos hace hacer, “tonterías”. Y a veces destruir lo que tanto esfuerzo nos ha costado alcanzar.
.- No sé, quizás no sepamos apreciar lo que tenemos y…
.- Anda tomate otra taza de café y deja que las cosas fluyan, y luego desaparezcan…
                                                                                                                                 
©SALOMÉ MOLTÓ poeta y escritora española
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA




LA FOTO, Eunate Goikoetxea, Alicante, España






















LA FOTO

De la vieja foto que has visto colgada…
el rostro no enfocas, sólo la mirada;
como escudriñando secretos callados
dispones las luces buscando encontrarlos.

Atenúa las luces, deja la penumbra,
que el sacro silencio nada lo interrumpa;
dale tiempo al alma que sus alas abra
y asome a esos ojos tesoros que guarda.

Capta con destreza sutiles imágenes
de un lago turquesa y verdes paisajes,
de flores cortadas en frescas mañanas
esparciendo gotas como si lloraran.

Y niños que ríen en campos de juegos
o que en sus columpios alcanzan el cielo…
unos pies descalzos que corren alados
tras las mariposas que pasan volando.

También quizás muestren noches estrelladas
un lucero blanco y campos de plata
un chico, una chica, jugando a ser grandes
fabricando sueños que no han de alcanzarse.

Un altar, la novia vestida de blanco,
con su faz radiante, mas por dentro llorando;
o la novel madre que con mil temores
se acaricia el vientre soñando canciones…

Un océano inmenso que besa una playa;
labios que se unen y agitan el alma;
tal vez entre brumas pase algún un navío,
que busca con ansia en las aguas olvido.

Y miras la foto… me ves por momentos,
ya muestra mi rostro las marcas del tiempo,
todavía conserva huellas del pasado…
que aún no ha logrado borrar el cansancio.

Esa vieja foto… recuerdos de antaño,
cubierta de polvo… mas nada ha cambiado,
aún guarda los sueños que eran el mañana
y hoy entre sombras serenos descansan

©EUNATE GOIKOETXEA, poeta y escritora española
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
Todos los derechos reservados 


EL TANGO DEL VAMPIRO, Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina

























Vlad Draculea Tepes - (1431 – 1476)


  EL TANGO DEL VAMPIRO



Bram Stoker (Dublín, 1847 - Londres, 1912), novelista irlandés autor de Drácula, el conde vampiro de Transilvania (1897), obra clásica y de las más influyentes dentro de la literatura de terror, escribió esta novela inspirado en la figura de Vlad  Draculea* Tepes, más conocido como Vlad el Empalador, tirano medieval de Valaquia que empalaba a sus enemigos.
 * Drácula, tal su patronímico, es una palabra de origen rumano, que tiene dos significados: puede ser “drac”, diablo, o “dracul”, dragón.
            El personaje de esta novela, desde su nacimiento literario ha originado numerosos estudios, ha sido llevado muchas veces al cine y ha gozado siempre de muy buena prensa. A través de los años se ha ido perfilando, hasta lograr una personalidad tan definida que, hoy, a más de un siglo de distancia, se nos puede antojar como un viejo conocido. Alguien que se ha ido metamorfoseando hasta convertirse en un personaje tan digno, dentro de su desgracia, tan aparentemente real, tan terrorífico y cruel a la vez, que hasta nos da pie (un pie muy pálido, por supuesto) para que lo tratemos con humor.
            La astucia del Conde Drácula es proverbial. Si alguna vez se le aparece y le dice que le amará hasta la muerte, tenga por seguro que se estará refiriendo a la muerte suya y no a la de él.
 ¡Ah! Y recuerde que detesta la luz del día y el olor del ajo.

            A Drácula y a Lucy, la más conocida de sus víctimas, los he llevado al tango.

CÓMO NACIÓ EL "TANGO DEL VAMPIRO"

Daniel Melingo, a quien yo no conocía, con motivo de haberme grabado el tango “El escape”, me llamó por teléfono y me invitó a la presentación de su CD “Tangos bajos”. Concurrí. Fue una noche de octubre de 1998, en el Club del vino.
Los músicos vestidos de negro; Melingo y Fabiana Cantilo cantando un tema a dúo, también de negro. ¡Y ella tan blanca!
El público: en gran parte, pálidos punkies y jóvenes rastas, con ropas negras, escuchando a un hombre con una particular manera de cantar y de interpretar el tango. Y el silencio. ¡Un gran silencio! (Como en las mejores noches del Viejo Almacén.)
Los temas: tangos reos y rantifusos. Algunos cercanos al humor negro y otros lindando más con los laberintos de la desesperación que con los decorados de la felicidad convencional.
         Cuando el espectáculo terminó, en lo que tardé en llegar hasta mi coche, estacionado a escasos setenta metros, ya tenía en la memoria los cuatro primeros versos del Tango del Vampiro.


TANGO DEL VAMPIRO

Escucho a un fueye que me asegura
que ya es de noche y es noche oscura.
Hoy su rezongo suena a sirena
que está anunciando que hay luna llena.

Éste es el tango que con voz ronca
le canto a Lucy al salir del jonca.
¡Lucy! ¡Mi Lucy! Que no hay collares
con que se oculten tus yugulares.

Desde hace siglos no siento el hambre
y hoy sólo quiero beber tu sangre.

ELLA:
¡Conde! ¡Mi Conde!
¡Mi amor prohibido!
Ya desde el día en que la has bebido
 mi sangre toda te corresponde.
Si me has herido,
mi flor de anemia
no es esta noche lo que me apremia,
sino la llama que has encendido.

Si algo me quieres,
sólo por eso,
abre la boca con que me hieres
y hoy dame un beso.

El mismo fueye, como si hablara
me está diciendo que es noche clara.
Ya no es rezongo, ni es la guadaña.
Ni es esa historia de Transilvania.

Éste es el tango con voz quebrada
que ahora le canto a mi enamorada.
¡Pero carajo!... ¡Pero carajo!...
¡Quién trajo el ajo!... ¡Quién trajo el ajo!...

¡Tan justo ahora, que sin collares
Lucy me muestra sus yugulares!

©LUIS ALPOSTA, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

Click:

Canta Daniel Melingo y Fabiana Cantilo


Recitado por Juan Salvador


 “Tango del vampiro” en “Visualización 3D y Animación” – Creado por René Stark para Tesis de Diploma del programa de Escuela vocacional EB Zurich para la educación superior. Bailarines: Luis Rubén Parra y Karin Schneider.