LO ESPIRITUAL EN EL SIGLO XXI
¿Qué lugar ocupa lo espiritual -la espiritualidad-
en estos momentos, cuando ya hemos dejado atrás una cuarta parte del siglo XXI,
en el mundo occidental? ¿Qué interés despierta este asunto, que siempre inquietó
a la Humanidad, en la era de la inteligencia artificial? ¿Y qué decir cuando
las tan difundidas neurociencias buscan explicar que toda conducta humana así
como intereses y decisiones depende -exclusivamente- de asuntos físico/químicos
que acontecen -exclusivamente- en el cerebro? ¿Lleva esto a deducir que
sólo somos materia y que la muerte es el fin definitivo?
Claro que antes de buscar responder a tales
interrogantes -de gran importancia puesto que son imprescindibles para definir
la condición humana- corresponde enunciar qué es lo espiritual, a qué llamamos
espiritualidad. Y digamos, desde ya, que el tema no pasa por la práctica de
cultos, religiones o creencias sino que, en verdad, está enmarcado en la
persona misma buscando determinar cuál es el lugar que le corresponde -si así
fuera- en la gran arquitectura universal.
El tema de la espiritualidad es un asunto que ocupó
a filósofos, teólogos y pensadores desde hace miles de años.
Así en la Filosofía la idea de espiritualidad se
entiende a partir de la oposición entre materia y lo no físico. Por lo que
puede asociarse la espiritualidad a una búsqueda del sentido de la vida que
trasciende lo mundano.
Recordemos que, el sustantivo “spiritus”, puede
traducirse como “alma”. A su vez, el alma es definida como la esencia
inmaterial que otorga individualidad y humanidad a una persona, siendo
considerada el principio que otorga sentido a cada humano. Desde el
análisis filosófico (de Aristóteles hace 2.500 años a las corrientes modernas),
se define como la fuerza vital y la forma organizativa de todo lo viviente.
DEFINICION
En principio se lo podría definir como una
experiencia personal (es decir, que hace a la individualidad de cada uno) de
especial realización, que busca encontrar las conexiones, que superando lo
meramente material, lo vincula con algo que se percibe como mayor que uno
mismo.
Como fuere, podemos afirmar que al tratarse de un
asunto que supera la inteligencia humana, la definición de espiritualidad no es
universal ni única. Varía según culturas, tradiciones y contextos personales.
Tal vez podríamos indicar que la espiritualidad,
por lo usual, se describe como aquella forma de autoindagación en
búsqueda de una posible comprensión de las causas de la propia existencia, la
relación con lo trascendente, buscando orientación de la existencia de un sentido
que se encuentre fuera de los límites de la vida terrena.
Aquí vamos a utilizar la definición que enunciara
el filósofo francés René Guénon (1886 - 1951) sobre quien el escritor argentino
Ricardo Güiraldes -de quien se cumplen 160 años de su nacimiento y un siglo de
la primera edición de su obra más destacada Don Segundo Sombra-
escribió:
“El mejor y más claro de los libros europeos que
hasta ahora haya leído sobre la metafísica oriental es el de René Guénon.”
Explica Guénon que la espiritualidad “es el
conocimiento trascendente y supremo, aquel que supera el dominio humano y
también, más en general, el mundo manifestado, aquel conocimiento que no es ya
físico, sino metafísico en el sentido etimológico de la palabra.” Para agregar
que “lo espiritual, está ligado al conocimiento metafísico y trascendente.”
A partir de allí, me permito -entonces- definir a
la espiritualidad como aquella capacidad que sólo los humanos tenemos por la
cual podemos indagar -en la medida de que la búsqueda sea continua y perseverante-
en cuál es el sentido trascendente que tiene nuestra existencia.
AUTOINDAGACION
El sentido de la vida de cada persona es una
cuestión esencial para una vida en armonía. Requiere, ante todo, algo que la
cotidianeidad actual ha quitado: el hecho de tener tiempo para uno mismo. Esto
es, inevitablemente, un espacio diario -no algo, un rato, de vez en cuando-
para la autoindagación, para analizar lo que se está haciendo, por qué y para
qué. No actuar como un autómata.
Hasta no hace muchos años esto no era complicado.
Cada quien tenía su espacio en cada jornada para pensar - fuera caminando,
escuchando música o con la mirada perdida en el cielo- el sentido de la vida
que se estaba llevando.
Hoy la agitación, la necesidad de inmediatez y de
estar todo el tiempo haciendo cosas -estar tranquilo y reflexionando pareciera
un momento perdido- conduce a tantas frustraciones y malestares.
Todo parece haberse convertido en intereses
materiales. Las mismas ciencias (sobre todo la Medicina) pareciera querer
hacernos creer (no es otra cosa que una mera creencia puesto que demostración
fundamentada no hay) que toda la condición humana se reduce al producto
de reacciones físico/químicas, dejando de lado -precisamente- poner atención a
aquello que se encuentra más allá de los cinco sentidos. Lo metafísico, para
seguir a Guénon.
San Ignacio de Loyola (fundador de la Compañía de
Jesús, orden católica de la que formaba parte el Papa Francisco) enseñaba que
lo fundamental es que cada individuo pueda responder dos preguntas: “¿A dónde
voy y para qué voy?”
Importantísimo. Porque la única posibilidad de
tener eso en claro es darse tiempo para indagarse uno mismo. No alcanza
con el pensamiento racional y reflexivo. Hay que atreverse a ir más lejos.
Transitar el sendero de la espiritualidad con la cuál encontrar el alivio que
implica entender el sentido trascendente de la presencia de cada uno en este
lugar y momento.
No hay necesidad para lograrlo de transformarse en
monje ni como ermitaño irse a vivir a una cueva. De ninguna manera. Lo que si
resulta imprescindible es atreverse a no ser mero efecto de los estímulos
externos que nos llegan permanentemente en esta “civilización de pantalla” y si
atrevernos -como nos transmitiera Carl Gustav Jung- a volvernos “únicos e
irrepetibles.”
Lo que sólo es posible indagando el sendero de la
espiritualidad. Encontrar esas señales por las cuales podemos establecer el
necesario y sabio encuentro entre uno mismo y la Creación.
ANTONIO LAS HERAS – Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR DE ASOLAPO ARGENTINA
* Antonio Las Heras es doctor en Psicología Social
y magister en Psicoanálisis; filósofo, parapsicólogo, historiador y escritor.
Más información en www,antoniolasheras.com