Que el mundo fue y será una porquería,
ya lo sé,
en el quinientos seis y en el dos mil
también; …
ENRIQUE
SANTOS DISCÉPOLO – Buenos Aires, Argentina, Argentina
PRESIDENTE: NORBERTO PANNONE
Que el mundo fue y será una porquería,
ya lo sé,
en el quinientos seis y en el dos mil
también; …
ENRIQUE
SANTOS DISCÉPOLO – Buenos Aires, Argentina, Argentina
LOS NIÑOS
Ella está
cocinando su pastel de cumpleaños. A su memoria acuden recuerdos de ciertos
pasajes de su vida. Algunos parece que no le pertenecieran, porque estaban
guardados con candado en su inconsciente. No sabría decir si, puestos en una
balanza, existe una paridad de buenos y malos o momentos. Las remembranzas
oscilan según fluyen por su mente. Le queda la duda de si los tristes eligen
recordar sólo los tiempos aciagos, o si existe algún impedimento que los empuja
a ello. Entretanto, acaba de cocinar, habiendo pasado suficiente tiempo como
para que se enfríe y pueda empezar con la decoración. Espolvorea con canela
sobre una capa superior de manzanas. Finalmente hizo una tarta Tatín. Toda
entera para ella sola.
Prepara la
mesa como para una gran fiesta. Es un día importante. No falta una vela con el
número. Se sienta, se canta el feliz cumpleaños, pide un deseo, sopla la vela
y… desaparece.
Afuera, al
otro lado de la ventana, la brisa sopla hacia el bosque y una hoja de roble se
mece como si recibiera una caricia.
MARIÁN
MUIÑOS – España
MIEMBRO
HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
LURCA
Corrí
desesperado. No había duda de que el propósito de aquellos hombres era
detenerme. Cuando di vuelta la esquina
vi que otros estúpidos como yo corrían la misma suerte.
Vi
que un joven y atlético habitante tropezó en la vereda y cayó en las redes
asesinas.
Me
imaginé que el pobre tenía tanta mala suerte como yo y pensé que, siendo tan ágil
por su juventud no le había bastado para sustraerse a la detención. ¡Qué podía pretender
yo entonces! Renegué. Seguro que al primer intento me atraparían a pesar de que
aún mis piernas respondían bastante bien.
Noté que mi respiración se estaba volviendo
agitada y ansiosa. Tenía la boca y la
garganta secas. Quise tragar saliva y me dolió la faringe por el esfuerzo, era
como si mis viejos pulmones se estuviesen calentando para quemarme el pecho.
Varios de mis compañeros ya habían sido detenidos. En un último esfuerzo me arrojé a un zaguán simulando una acción de ocultamiento, pero eso sólo sirvió para que el uniformado y el otro, de civil, me tomaran por la fuerza y me arrojaran en el habitáculo donde algunos de mis compañeros mascullaban su rabia y su miedo.
Tres días habían pasado desde aquella fatídica
mañana.
Tres días y tres noches de pesadilla.
Pocos pudimos dormir algún rato en el piso
sucio y mugriento.
Algunas
pilchas viejas y olorosas hacían las veces de camastro.
Casi no nos daban de comer y el agua
escaseaba. Era sucia y caliente. Yo, a pesar de toda mi bronca y mi tristeza,
aún comía de aquella porquería que nos daban.
Algunos
compañeros hacían más de tres días que ya no comían.
Yo
no entendía por qué. Más adelante habría de comprender lo que pasaba.
Al cuarto día, algunos de los presos más
viejos, fueron reubicados quien sabe donde. Eran del grupo de los que ya no
comían ni bebían. Pensé que irían a algún tipo de tortura o alguna cosa
parecida y que más tarde volverían.
Nunca
los volví a ver.
Un “niño bien”, que se la pasaba llorisqueando todo el día, me dijo que estaba
esperando que alguien lo viniera a buscar. Estaba seguro de que responderían
por él y le darían la libertad, pero ya habían pasado veintisiete días y nadie
había llegado para liberarlo. Esa noche dejó de comer y a los tres días se lo
llevaron casi a la rastra. Tampoco lo volví a ver más.
Aquellos “traslados” de algunos presos
comenzaron a inquietarme, máxime cuando había comprobando que ya no regresaban.
Después de que el “niño bien” llorón dejara de
comer y de llorisquear, pasaron los clásicos tres días y una mañana se lo
llevaron.
No
me olvidaré nunca de aquella mirada desesperada y de miedo que me arrojó por la
cara, era como si me hubiese arrojado toda su incomprensión, su decepción y su
tristeza.
Por
supuesto, tampoco lo volví a ver.
Una noche, mientras simulaba dormitar, escuche algo que murmuraban los malditos carceleros. Uno de ellos dijo algo de “Treinta días” y también me pareció que escuchaba mi nombre. Lo de los “treinta días” no lo entendí muy bien, pero estaba convencido de que habían pronunciado mi nombre.
Había perdido mucho peso y me estaba poniendo
cada día más débil.
Estaba seguro de que alguien vendría por mi y me sacaría de aquella mugrienta prisión donde los barrotes oscuros y lúgubres que nos separaban del mundo, se asemejaban a garras asesinas cerrándose cada vez con más fuerza y rapidez sobre los infelices que nos hallábamos allí sin poder saber siquiera cual había sido el delito que habíamos cometido.
Esa noche me tiré sobre el piso y tuve una
revelación:
¡Ya
se! ¡La señora Carmen me conoce y ella firmará con gusto la caución sobre mi
honestidad!
Además,
ella fue la única que siempre me alcanzó un plato de comida y nunca me hizo un
reproche! ¡Claro: La señora Carmen..! ¡Cómo no me di cuenta antes! ¡Seguro que
ella vendrá de un momento a otro y me iré de esta maldita pocilga! ¡Todavía hay
tiempo! ¡Me parece verla entrando con su documento en la mano!
Pero
las horas, con su cadencia inexorable fueron rolando ocultas entre los ruidos
de la calle triste!
Los días pasaban y la señora Carmen no aparecía
Había perdido la cuenta del tiempo que había transcurrido desde nuestra detención. Los que ingresamos el mismo día todavía estábamos allí.
Una mañana, sin saber por qué, sentí que la
tristeza más profunda me invadía, que mis ojos estaban opacos y que un gran cansancio se apoderaba de
todo mi ser.
Ese día dejé de comer.
No
tenía apetito ni sed y pensé que me había contagiado de aquella rara enfermedad
que, poco a poco, se iba apoderando de todos nosotros. Me asusté.
Un
guardia me trajo agua y vi mi rostro reflejado
en ella: flaco, con la mirada muerta y sin brillo. Solo eso.
No tenía sed y no bebí una gota. Aquel maldito líquido sólo me sirvió de espejo!
Tres días después vinieron a buscarnos y, junto con los compañeros que habíamos sido
detenidos en la misma ocasión, partimos desolados con el paso tardo hacia lo desconocido.
Miré
al guardia y supe de su miedo y de su angustia.
No
se por qué, pero vi tanta zozobra en aquel rostro que sentí un nudo en la garganta
y tuve ganas de llorar, por mi mismo y por aquel infeliz con cara de magro
asalariado.
Me
dio lastima el pobre hombre…
Partimos
en silencio.
Atravesamos
una inmensa sala, decepcionados de todo; por esta perra vida y este puerco destino que
nos tocaba vivir.
De
todos nosotros ninguno tuvo la “suerte” de que alguien viniese por ellos a
“sacar la cara”, como quien dice… y a ofrecerse como garante.
¿Garante
de qué? ¿Qué habíamos hecho? ¿Sólo por vivir en libertad? ¿Sólo por vivir de
cara al viento y pedir a veces algo de comida? ¿Sólo por ser tan pobres e
indefensos? ¿Sólo por saber mirar a
todos con la pureza y el amor con el que nacimos?
¿Por ser apolíticos y ateos..?
Una gruesa señora entrada en años traspuso
sudorosa la puerta principal y con ansiedad interpeló al guardia que con
aspecto de hastío estaba apoyado en el mostrador tratando de releer un diario Clarín de la
semana anterior.
-¡Soy
la señora Carmen, la del Kiosco que está frente a la plaza San Martín, ustedes me conocen! Vengo
por Lurca, ¡espero haber llegado a tiempo! Firmaré la garantía y se irá
conmigo. ¡Yo me hago cargo!
-Lo siento señora… Ayer se cumplieron los 30 días,
respondió lacónicamente el empleado.
La pobre mujer miró con rabia hacia la pared mientras secaba una lágrima amarga y rebelde que escapó de su roto corazón.
En la pared que daba hacia la parte más luminosa del lugar había un cartel que decía:
“SEÑORES PROPIETARIOS, SI PASADO LOS TREINTA
DÍAS NO RETIRAN A SUS PERROS, ESTOS SERÁN SACRIFICADOS SIN EXCEPCIÓN”.
“DIRECCIÓN DE ZOONOSIS”
PERRERA de la MUNICIPALIDAD de...
Norberto Pannone ©2013
NORBERTO PANNONE – Buenos Aires, Argentina
LAS HUELLAS DEL PENSADOR FRANCES EN EL AUTOR DE
‘DON SEGUNDO SOMBRA’
Guénon, maestro de
Güiraldes
Del diario La Prensa
Ricardo
Güiraldes registró en su diario personal las lecturas de René Guénon.
En este año, en que se cumplen 140 años del
nacimiento de Ricardo Güiraldes (1886-1926) así como un siglo de la primera
edición de su afamada novela Don Segundo sombra, corresponde
investigar cuáles fueron las lecturas y quiénes los intelectuales que -de una u
otra manera- guiaron sus perspectivas.
Para ir al encuentro de tales datos, nada mejor que
volver a las página de su diario personal que, ya fallecido el autor, tuvo la
inteligencia de publicar su viuda, Adelina del Carril, con el título de El
sendero y el agregado que el mismo Güiraldes hubo redactado “Notas
sobre mi evolución espiritualista en vista de un futuro.”
Sí. Este poeta y escritor tuvo muy en claro, desde
los inicios de su vida, que la existencia humana no está limitada a
reacciones físico/químicas (como tan de moda se pretende hoy en día) sino que
hay un universo espiritual a través del cual puede encontrar, cada uno, su rol
y función en la Gran Arquitectura Universal.
Aunque no se hayan conocido, es evidente que esto
es lo mismo que propone el sabio Carl Gustav Jung (1875-1961) cuando se refiere
al “Principio de Individuación” que no es otra cosa que la búsqueda para que
cada persona se convierta en único e irrepetible. Una búsqueda que atraviesa
toda la existencia de cada individuo y, como bien lo subrayaba el mismo Jung,
sigue aún después de haber desencarnado.
Güiraldes entendió pronto que Occidente no estaba,
ya en ese momento, en condiciones de proporcionarle respuestas para sus
búsquedas. Por eso, en 1910, inicia un extenso viaje -de dos años de duración-
que lo lleva a Japón, Rusia, India y Egipto. El autor de El cencerro de
cristal entiende que es en la cultura oriental donde podrá
abrevar de saberes y conocimientos que le permitan abrirse a la espiritualidad
que tanto anhela.
EL MAS CLARO
También Europa ha de proporcionarle algo. Así deja
constancia en El sendero cuando escribe: “El mejor y
más claro de los libros europeos que hasta ahora haya leído sobre la metafísica
oriental es el de René Guénon.” Para agregar de manera
contundente: “No debo perderlo de vista porque me aclara conceptos y
palabras por otros desfigurados.”
Antes de seguir, recordemos que entendemos por
Metafísica (del latín metaphysica, «después de la naturaleza» en
griego) a la rama de la Filosofía que estudia la estructura,
componentes y principios fundamentales de la realidad.
Esto incluye la clarificación e investigación de
algunas de las nociones fundamentales –las esencias– con las que alcanzamos a
comprender el Universo y, con él, al mundo, como entidad, ser, existencia,
objeto, propiedad, relación, causalidad y el entramado del tiempo y espacio.
Aristóteles designó a la Metafísica como “filosofía
primera”. Tengamos en cuenta que en la Química se parte de la premisa de la
existencia concreta de la materia y en la Biología la existencia de la
vida; pero ninguna de las dos ciencias define la materia o la vida;
sólo la Metafísica suministra estas definiciones esenciales.
René Guénon (o Abd al-Wâhid Yahyâ, nombre que
adoptó al convertirse al islam) nació en Blois (Francia) el 15 de noviembre de
1886 y desencarnó en El Cairo (Egipto) el 7 de enero de 1951. Es reconocido aún
en la actualidad por sus publicaciones filosóficas y de indagación
espiritual tanto como por su permanente esfuerzo por la conservación y
divulgación de las tradiciones espirituales (lo que se conoce como la Tradición
Hermética).
Fue un intelectual que sigue siendo una figura
influyente en el dominio de la Metafísica. Se le relaciona con Ananda
Coomaraswamy (1877-1947), especialista anglo-indio en arte oriental; nacido en
la India y que desencarnara en los Estados Unidos. Se destacó en el estudio del
simbolismo, mitología, Metafísica y religión comparada.
LA OBRA
Guénon publicó un total de diecisiete libros,
además de diez colecciones de artículos los cuales fueron publicados
póstumamente. Sus obras escritas en francés (aunque también escribió en árabe
dos artículos para la revista El Maarifâ) han sido traducidas a
todas las lenguas modernas occidentales y orientales.
Gran estudioso de las doctrinas y de las religiones
orientales, se esforzó por aportar a Occidente una visión no simplista
del pensamiento oriental, especialmente de la India y por su defensa de las
civilizaciones tradicionales frente a Occidente.
En sus escritos, se propuso “exponer directamente
algunos aspectos de las doctrinas metafísicas orientales” y, a la vez, “adaptar
estas mismas doctrinas a los lectores occidentales, … siendo completamente fiel
a su espíritu.” Destaca, también, su crítica a la civilización occidental desde
un análisis estrictamente metafísico, sin caer en cuestiones ideológicas o
políticas.
En 1930 viaja a El Cairo, donde se establecerá
definitivamente. En 1949 obtuvo la nacionalidad egipcia. Durante su larga
estancia en Egipto, Guénon llevó una vida austera y sencilla, totalmente
dedicado a sus escritos y a continuar su trabajo personal en busca de un
siempre mayor desarrollo espiritual. Falleció el 7 de enero de 1951.
Quienes lo acompañaron afirman que su última palabra fue “Alá” (Dios).
Su pensamiento ha tenido una profunda influencia en
gran variedad de autores, entre los que se encuentran Mircea Eliade,
Julius Evola, Antonin Artaud, Raymond Queneau, Simone Weil o André Breton.
En cambio el filósofo y escritor italiano Umberto Eco (1932-2016), autor de las
famosas novelas El nombre de la rosa y El péndulo de
Foucault, rechaza completamente sus premisas, métodos y conclusiones, por
no considerarlas de carácter científico.
ANTONIO LAS HERAS - Buenos
Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA
Antonio Las Heras es doctor en Psicología Social y
magister en Psicoanálisis; parapsicólogo, filósofo, historiador y escritor.
‘Las búsquedas espirituales de Ricardo Güiraldes…’ es uno de sus libros.
www.antoniolasheras.com.