LO VISIBLE Y LO INVISIBLE
En
más de una ocasión hice referencia a historias del siglo XVIII, a mi infancia,
Una educación particular. Mi padre me hablaba de don Carlos de Borbón , de la
Orden de Calatraba o de la barca de piedra de Santiago Apóstol. Tenía unos seis
o siete años y escuchaba historias dignas de los libros de cuentos. Con el
tiempo supe que se mofaba de la historia, de los mitos, de las supersticiones.
Era el menor de cinco hermanos. Roberto, el mayor, fabulaba y reía. De cuando
fue bombero y salvaba de incendios a familias enteras, de cómo había nadado
durante horas en un mar tormentoso, de cuando fue piloto de aviación y se
tiraba en paracaídas. Pienso que en aquellos años nació en mí la pasión por lo
desmesurado. Mi hermana Raquel me regaló a los doce años el libro del Barón de
Münchhausen. A los quince años escribí mi primer poema. Era para conquistar a
una muchacha bella, delgada, de ojos inquietantes. Mi primer amor, nuestros
primeros besos.
Mi madre era la sensatez. Me orientaba en cosas elementales, en las compras de
la feria, en la limpieza del hogar, en el baño diario. Y hablaba de sus padres,
de las comidas, de cómo se debía sentar un niño a la mesa y saber escuchar a
los mayores. Mi padre también me señalaba estas cuestiones pero siempre con un
dejo de ironía, con una mirada crítica. Todos, padres, hermanos, tíos o primos
criticaban el desborde del populismo, las dictaduras, la hipocresía del clero,
la corrupción en los gobiernos, la delación, la pobreza del campesinado en
Galicia. Eran los años donde en el cuaderno de clase debía escribir: "Mi
mamá me ama, Evita me ama."
(Y ahora la palabra de nuestro querido amigo Harold Bloom: "Cuando empecé
mi lucha contra Harry Potter, muchos padres me decían que, con él, sus hijos al
menos estaban leyendo algo. Stephen King, el autor de esos espantos de terror,
vino en mi ayuda. Escribió una reseña en The New York Times donde decía, con
toda seriedad, que los chicos que leían a Harry Potter a los 9 o 10, en la
adolescencia iban a leer a Stephen King. Está exactamente en lo cierto, no es
que vayan a pasar a Cervantes o a Shakespeare").
En esos tiempos los tiempos eran otros. Se miraba a los ojos, se miraba el
paisaje, se escuchaba y se intentaba pensar. Evitábamos la torpeza - la física
y la mental - para sentir. Creo que allí está parte del dilema. Uno sentía. La
mano del padre, el beso de la madre, la amistad del hermano mayor. Y las risas
de las hermanas. Había vecinos, había perros que eran perros, gatos que eran
gatos. Sin nostalgia, sin nostalgia.
En las cenas se discutía. Siempre había una polémica. En casa de mi tío Pedro
al poco de llegar don Manuel, mi padre, el tío le decía: "Manolo opina de
algo". Mi padre, cazurro, preguntaba: "¿Y para qué quieres que
opine?" "Para poder opinar lo contrario", respondía el tío
Fraga. Uno descubría barrios, monumentos, historias. La Visera donde todo era
rojo y admirábamos a nuestros ídolos. Escuchaba en mis mayores el acento
castellano y el acento gallego. Ese era el mundo. Y amigos judíos con quienes
jugaba al ajedrez o cambiábamos figuritas inolvidables. Y las lecturas de las
revistas. Y John Wayne. La pelota de goma y los primeros guantes de box.
Definitivamente un chascarrillo me pareció iluminador. Mi padre contaba que mi
abuelo materno, Tomás Abad, un sábado visita al abuelo paterno, Pedro Penelas.
Y sin más le dice: "Pedro, ya somos vellos, creo que deberíamos ir a la
iglesia. Ter poñerse a bien con Dios".
CARLOS
PENELAS – Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO
HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA