EL SEÑOR ARMANDO
Esa mañana me habían llamado por teléfono para la
entrevista con el señor Armando. Y allí estaba, a la espera de ser atendido por
él.
Su secretaria me había hecho sentar en un comodísimo sillón,
señalándome algunas revistas a fin de que atemperara la espera.
Transcurridos escasos diez minutos, la empleada abrió la puerta de un
despacho y dijo ceremoniosamente:
-El señor Armando lo
aguarda.
Me levanté de un salto y
entré. La mujer salió cerrando la puerta con exagerada delicadeza.
Un hombre, de alrededor de cuarenta años me tendió la mano y luego me
indicó un sillón para que me sentase. Hojeó unos papeles que estaban sobre el
escritorio y me dijo:
-Tengo aquí toda la
información sobre su vida. ¿Está seguro que quiere el puesto vacante?
-¡Nunca he deseado algo
con tanta impaciencia! Respondí.
-Bien, dijo. Sígame…
Lo seguí por un pasillo
muy largo y estrecho, al final del mismo, entramos a un cuarto pequeño, ¡y allí
estaba! Se trataba de un habitáculo, al parecer, de acero inoxidable, similar a
una cápsula espacial. En su interior, había una butaca. Me invitó a entrar al
compartimento y me instó a sentarme. Me senté y el señor Armando, me ayudó con
el cinturón de seguridad.
-¡Buena suerte! Me dijo
el señor Armando cerrando herméticamente la puerta de aquel insólito artefacto.
La máquina comenzó a girar alcanzando una velocidad ciertamente
asombrosa. No sé cuánto tiempo pasó, finalmente, el artilugio detuvo sus giros.
Después de algunos momentos pude abrir la puerta desde el interior y salí.
Me hallaba en medio de una plaza desierta. Caminé una cuadra y me encontré en pleno centro de la ciudad, creo que
estaba justo en la esquina de Sáenz Peña y San Martín. Detuve a un hombre que
transitaba por la acera y le pregunté:
-¿Sabría usted decirme dónde están las oficinas del señor
Armando?
-Ahí enfrente. Me dijo con cierta molestia.
Crucé la calle y entré
al lugar.
Me atendió la
secretaria del señor Armando y me dijo que debería esperar unos cinco minutos.
Aproveché para terminar de leer el artículo de una revista especializada en
psiquiatría que había tenido que interrumpir en la visita anterior.
Cumplido dicho plazo,
la secretaria me hizo saber que el señor Armando me esperaba.
Entré al despacho que
me indicó la señorita y allí estaba el señor Armando.
Me dio la mano de forma
muy cordial y se puso a examinar un informe que tenía en su escritorio que,
seguramente, era una fábula de mi propia vida, o lo que muchos llaman: “Currículum
vitae”.
Me preguntó de manera
contundente y sin preámbulo alguno: -¿¡si de verdad, deseaba el puesto que
había quedado vacante!?- Le dije que sí. Sonrió y me condujo por un pasillo
largo y estrecho hasta la cápsula. El Sr. Armando aseguró el cinturón de la
butaca, cerró la puerta y el cacharro comenzó a girar despiadadamente hasta que
se detuvo. Abrí la portezuela y salí al mundo exterior.
Me hallaba en una calle
asfaltada que parecía desierta. Esperé a que alguien pasara por allí y cuando
acertó a pasar un joven, le pregunté por las oficinas del señor Armando:
-Aquí, a la vuelta. Me respondió.
Di vuelta a la esquina
y, en efecto, allí estaban las oficinas del señor Armando.
Entré y la secretaria
me saludó con una sonrisa:
-¡Buenos días señor Armando! El elegido para el puesto lo
está esperando. ¿Lo hago pasar a su despacho?
-Sí, por favor. Le contesté.
Un hombre de unos
veinticinco años, se asomó detrás de ella y ésta, lo hizo pasar.
Le extendí la mano
sonriente y le indiqué un asiento. Recorrí atentamente las hojas del informe
que estaba sobre el escritorio y le pregunté imprevistamente si de verdad
deseaba el puesto. Precipitadamente, como en si fuese decreto, me dijo que sí.
Entonces, le dije que
me siguiera.
Recorrimos el largo y
estrecho pasillo hasta llegar a la cápsula. Una vez allí, hice que entrara y se
sentara en la butaca de la misma, ayudándole a colocarse el cinturón de
seguridad.
Cerré la puerta y el
ingenio comenzó a girar.
©Norberto Pannone,
Buenos Aires, Argentina








