MÁS ALLA DE LA RAZÓN
Humanismo
significa la posibilidad de que el hombre desde sí mismo sepa responder acerca
de lo que es.
Utilizando
un lenguaje propiamente racional el hombre es un ser que tiene un comienzo y
tiene un fin., y en medio el camino para ser consecuente con su propia
naturaleza humana que le exige alejarse de su original condición simiesca en
permanente éxodo.
Para
ello necesita poder comprender el significado de su propia vida. Más aún, su
existencia. Porque vivir consiste en la consciencia de poder pensarse, en tanto
que existir abarca lo que aún no puede experimentar, pero que descansa en ese
sentido de querer vivirse. Vida sin fin, no obstante, de ser consciente que ese
deseo escapa a su propio afán.
Considerándolo,
en su naturaleza racional aparece el sentido de su “yoidad”, más allá de su
apariencia medible y constatable, cual es lo corpóreo. Si realmente entiende el
“cogito”, esto es, traspasar el velo de su apariencia entenderá también el
“ergo sum”, es decir, el ser. Pues, para que se pueda considerar a sí mismo
necesita arriesgar, confiar más allá de sus propias posibilidades. Entonces,
sólo entonces, sí, podrá horadar el primer velo del misterio que le envuelve
como criatura que vive en el mundo, pero que no ha sido arrojado al mundo
caprichosamente, cobrando auténtico sentido su vida. Vida en el presente que se
proyecta más allá del momento, o sea, de la inmanencia a la trascendencia.
Entonces, preguntas sin respuesta comienzan a perfilarse y, como las piezas de
un rompecabezas, a encajarse. Comienza a tener sentido preguntarse por su
origen, sentido y finalidad. Aquellas tres preguntas kantianas que venían
acompañándole y que en su tratado de la “Razón práctica” ─ lo que no pudo
formular en la “Razón pura” ─ cobran sentido y pueden ser abordadas. En
consecuencia, es posible entender para qué vive más allá─ o mejor aún─
incorporando su propia “yoidad”. No es sólo lo observable de la corporeidad, ni
siquiera lo que “hace” o lo que “tiene”, sino lo que “es”. Un “yo” que no
perecerá con él en el último instante de su consciencia en el mundo visible,
sino que perdurará en la eternidad.
Claro
está, que para llegar aquí ha de arriesgar. En su duda continua ha de saber
confiar. ¿Confiar en quién? ¿Acaso en el mundo? ¿Tal vez en los cantos de
sirena de lo que le rodea? ¿O quizá en el misterio que le sustenta y que sólo
el misterio─ hasta aquí es capaz la razón de arriesgar la respuesta a la
constante pregunta de quién es el propio hombre pensante─ puede responderle?
Si
el hombre quiere encontrar sentido a su vida─ déjese las cavilaciones genéricas
de todo lo creado, sea la naturaleza o el mundo─ que haga suya la pregunta de
que es hombre en tanto puede pensarse para pasar a entender que sólo en el
creer podrá hallar la respuesta. Es el punto de intersección entre el “cogito”
cartesiano y el “credo” pascaliano. Porque me pienso soy y porque soy creo,
condición para reconocerme. Aquí no sólo está en riesgo entender la naturaleza
del misterio al que llamamos Dios, sino de comprenderse el mismísimo hombre.
Sin
embargo, a poco que abra los ojos a su alrededor podrá observar que desea hacer
el bien, pero es incapaz de conseguirlo por sí mismo. No depende sólo de su
voluntad, sino que existe lo que podríamos llamar pecado estructural, algo que
a lo largo del transcurso de la historia se ha ido acumulando en experiencias
negativas que han llegado a configurarse como intrínseco a la propia naturaleza
humana. Sería algo así como tener la necesidad de respirar para poder vivir, y
el aire estuviese viciado.
¿Quién
liberará al hombre de su propia limitación? Liberación que es redención. Mas,
¿cómo entenderla?
La
liberación de la propia limitación que le impone el mundo y que anida en el
hombre sólo puede ser dada por el que le dio la vida. El mismo Dios. Y aquí
surge una nueva pregunta de carácter metafísico. ¿Cómo? Sólo puede ser cuando
el que es autor de la vida se acerca al hombre sin violentar su libertad. No
como el que está fuera del tiempo y del espacio, sino acercándose al hombre
para que éste pueda comprenderlo. Esta podría ser la mejor manera de entender
el misterio de la “Redención” o entrada del Misterio en el mundo en un Hombre.
¿Y
cómo se realiza en la Historia? Porque enseguida sobreviénele a la razón la
imposibilidad de poder entender que un hombre pueda ser un dios. Para mejor
comprensión, ¿por qué no invertir la pregunta? Esto es, que ese Ser omnipotente
del cual todo procede entre en el mundo en forma humana. Pues esto es lo que
dicen las Escrituras en el Prólogo del evangelio de Juan: “En el principio era
la Palabra por la que todo fue hecho y la Palabra era Dios, y la Palabra vino
al mundo encarnándose”.
Continuando
en esta línea iniciada. ¿A qué vino el Cristo al mundo? ¿No podría Dios haberse
mostrado al hombre de otra forma que en un hombre? Para entender esto,
reflexionemos. El ser humano piensa como ser humano a través de su
inteligencia, la cual es limitada. Si el Misterio se mostrase al mundo como
Misterio (esto es= ausencia de substancia humana para ser reconocible) no sería
entendido. Siempre se podría pensar que era producto de una alucinación. No;
necesitaba entrar en la Historia y adaptarse al hombre para que el hombre
pudiese comprender ese misterio que es Dios.
Vino
al mundo, según las escrituras. La pregunta es, ¿para qué? Se dice que para
redimir al hombre. El hombre caído no tiene capacidad para elevarse y
reconciliarse con Dios. Ya dice de su pecado el ateo Sartre: “Apenas me has
creado he dejado de pertenecerte. ─ este es el sentir del hombre en su diálogo
con el dios─ Desde ese momento de emancipación del Bien el hombre se conduce en
el laberinto del mal, sin saber cómo salir de él, y en su aturdimiento no hace
sino enrede darse más y más. Necesita de redención. De poder ver el camino. Por
eso viene el mismo Dios al mundo. Para desvelarse. Para mostrar al mundo lo que
el mundo le pide en el salmo 27: “Muéstranos tu rostro, Señor”.
¿Y
cuál es el rostro de Dios?
Esta
pregunta le fue formulada a Cristo cuando le pidieron que les mostrase a Dios.
Su respuesta fue directa y sencilla: “El que me ve a mí ve al Padre”. Ý si
queremos ahondar en la pregunta extendiendo la respuesta, seremos capaces de
comprender que lo que Dios pide al hombre es precisamente que sepa amar como el
crucificado.
El
seguimiento no es intelectual, no se trata de comprender los misterios más allá
de la razón humana, sino de hacer lo que Dios pide. Que sepa amar cada día,
allí donde se encuentre. Por eso, la exigencia del cristianismo no es “saber”
sino el seguimiento, incluida la cruz de cada día.
ÁNGEL MEDINA - Málaga, España
MIEMBRO
HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
Blog <autor: https://www.facebook.com/novelapoesiayensayo
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