COSAS DE
NIñOS
A la
orilla del mar, juntaba pequeños tesoros.
Soplaba
la arena pegada por la humedad.
Rebuscaba
con las manos, hundiéndolas y arrastrando surcos; colaba la arena por el cedazo
de plástico.
Se
afanaba con entusiasmo, relamiéndose con un anticipo voraz.
Miró
varias veces en dirección al chiringuito de playa. “Un aperitivo”, dijo en voz
bajita. “Unos aperitivos”, repitió en voz alta.
Se le
hacía la boca agua.
No se
atrevía a ir solo. Examinó a su mamá de manera inquisitiva. Ella le indicó que
“no” con la cabeza.
Caminó en
dirección a donde vendían refrescos y tentempiés. Desplazarse sobre la arena
resultaba agotador. Se imaginaba a sí mismo transitando un desierto, con dunas
y un oasis en la distancia, como lo pintaba el dibujo de aquel cuento.
A mitad
de trayecto echó un vistazo a su abuela, que seguía sentada a la orilla del
mar.
Ella
comprendió la pregunta no formulada y negó, con un leve y firme movimiento de
cabeza, con divertimento y tristeza a la vez.
El niño
no comprendía por qué nadie lo acompañaba. ¿Sería tal vez porque al cumplir
seis años aún no podría gozar de los derechos de un adulto?
Finalmente,
con determinación, llegó y habló con la camarera.
Regresó
sin las aceitunas, son aperitivos y con un gesto compungido, no exento de
amarga sorpresa.
“¿Y?”, le
preguntaron la mamá y la abuela.
Él,
cabizbajo, explicó que no habían sido aceptadas las conchas que destellaban al
sol, y que había recolectado como moneda de cambio.
Querían
dinero, unas monedas…
Intentaron
explicarle “cómo funcionan las cosas en
esta sociedad”.
El niño
reflexionó un momento y concluyó:
“Pediré un detector de metales a los
Reyes Magos”.
MARÍAN MUIÑOS – España
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