REFLEXIONES ACERCA DE «LA ENCARNACIÓN»
La teología es para abrir caminos.
Pero los caminos se hacen andándolo personalmente.
Ángel Medina.
La mente humana consta de
una parte consciente, y otras más profunda que es el inconsciente. Lo
consciente- según Freud- es la parte visible del iceberg que flota en el
pensamiento, pero que oculta la mayor sumergida que es el inconsciente. En el
consciente se da la razón. Lo verificable. El “ya”. La duda razonable de todo.
En el inconsciente se da lo sensible, lo utópico, el anhelo de lo posible. El
todavía “no”. Es donde se gesta el principio de la necesidad de confianza.
En el hombre se da una
ambivalencia. De una parte, la duda constante, el no tener seguridad de las
cosas hasta poder comprobarlas. Dudar incluso de la vacilación. De la otra, la
necesidad de confiar durante el recelo para no ahogarse en la desconfianza.
Como ser pensante, el hombre ha de tener consciencia de que para poder
soportarse a sí mismo ha de existir una verdad que lo sostenga. Como decía
aquel bufón de la inteligencia llamado Ionesco, caminamos por la tierra
apoyándonos en el que nos precede, dando todos vueltas como una noria en la
rueda de la soledad acompañada. Pura inmanencia. La única respuesta para
poderse dar razón de la existencia es elevar la mirada hacia el cielo. Buscar
más allá de los confines humanos. Pura trascendencia. Pues, en ocasiones, en la
insuficiencia del saber, en una huida hacia delante pretende elevar el vuelo
por sí mismo sin calcular las consecuencias y le puede ocurrir lo que a aquel
Ícaro, que sin meditarlo quiso acercarse tanto al sol con las alas de cera que
había construido que al aproximarse se derritieron y vino a caer en el abismo
de la soberbia del saber mundano. La moraleja es que ha de meditar el misterio
que ha de responderle acerca de sí mismo con extrema humildad y perseverancia.
A diferencia de las otras
dos religiones monoteístas, el cristianismo es más complejo de entender. Los
dogmas lo atraviesan a la vez que lo enriquecen, permitiéndole relacionarse al
hombre con Dios, en lugar de situarlo en un lugar lejano e inaccesible fuera
del mundo.
Ello es posible al
considerar el misterio de la «Encarnación», que es necesario situar bajo
determinadas consideraciones.
1) Reproducción
asexual 2) La huella del Creador 3) ¿Cómo ha de situarse el hombre? 4)
Omnipotencia o amor? 5) ¿Qué trajo la “Palabra”? 6) Más allá del
existencialismo 7) La mujer.
Primera consideración. El
ser humano está dotado de inteligencia, pero la inteligencia no sabe dar razón
de todo y en ocasiones puede chocar con la misma naturaleza al contravenirse en
un principio la ley que regula la biología humana.
Empero, la reproducción
asexual puede darse bajo ciertas condiciones específicas en insectos,
crustáceos e incluso en anfibios y reptiles. Un óvulo puede devenir en un nuevo
ser sin haber sido fertilizado por un espermatozoide, algo que está inscrito en
el código de la propia naturaleza. Esto en cuanto a la vía “natural”. Pero
también puede hacerlo posible el hombre en un laboratorio mediante la
“partenogénesis”, que consiste en extraer una célula del cuerpo humano—varón o
hembra indistintamente— e introducirla en el ovocito, al que previamente se le
quita su código genético. Y como las células del cuerpo poseen todos 46 cromosomas,
a excepción de las reproductoras que sólo tienen 23, el proceso que se inicia
concluirá en un nuevo ser humano. De esta práctica nació la ovejita “Dolly”,
primicia entre la especie animal. Y si esto es posible en animales, ¿no podría
serlo en lo humano?
Esto no es una opinión,
es un dato, y siendo así, se puede procrear partiendo de la misma naturaleza en
determinados casos y especies, por una vía que la contempla en situaciones que
no son consideradas como la vía normal, y también mediante las técnicas
humanas, lo cual nos sitúa ante una pregunta tan compleja como simple.
El que es autor de la
vida, Aquel por el cual ha sido hecho todo cuanto existe, cosmos, mundo,
naturaleza y hombre, ¿no podrá valerse de ella de la manera que considere
adecuada en un momento de la historia y que la encarnación se produzca de forma
virginal, en tanto que la naturaleza lo permite en determinados supuestos y el
mismo hombre puede arrogarse de poseer el conocimiento de esa “función”
reproductora?
Segunda consideración.
Basta ver el humo para saber que procede del fuego. Nadie ha visto jamás el
rostro del Creador, sino su huella. La huella infinita del cosmos. Produce
vértigo observar algunos datos. Existen millones de galaxias y cada una
contiene más de 100.000 millones de estrellas. Tomando como referencia la
velocidad de la luz (300.000 k. p/s) `podemos calcular que nuestro sol se
encuentra a 150 millones de kilómetros. La estrella más cercana a 4/5 años luz.
Desde el sol a la vía Láctea hay una distancia de 27.700 años luz. El contorno
de la vía Láctea son unos 100.000. El universo tiene un diámetro de 9.000
millones. Todo lo cual es inconcebible para que pueda caber en cabeza humana. Y
lo que es más inconcebible y hace que nos situemos en los límites del comienzo.
¿Qué existe fuera de ese espacio infinito? ¿La nada? ¿Y qué es la “nada” que
está fuera del espacio-tiempo? Pero existe otra huella más próxima y es la del
orden que rige la vida.
La evolución del Universo
data unos 13.700 millones de años y para que aparezcan las condiciones
necesarias se necesita unas leyes muy precisas. Así, si aumentásemos solamente
un 1% de la fuerza nuclear, los núcleos del hidrógeno no permanecerían libres,
y al no poder combinarse con los átomos del oxígeno no habría agua, la cual es
indispensable para la vida. Pero, si por el contrario disminuyese la fusión se
haría imposible, y sin fusión no habría soles, ni energía, ni vida. Si nos
fijamos en el hombre, para que pueda surgir una molécula de ARN utilizable,
apelando al azar sería necesario multiplicar a ciegas los ensayos en un tiempo
100.000 veces más largo que el de la edad del Universo, con lo cual hemos de
desechar el planteamiento.
Sólo situarnos al borde
del pensamiento puede resultar mareante. Y estamos tratando de la “huella” y no
del Ser en todo su poder infinito. Mirarlo cara a cara es imposible para el
hombre. Primero le conduciría a la vesania y después a la muerte.
Ante el Misterio sólo
cabe el silencio. Callar y contemplar con extrema humildad.
Tercera
consideración. Si no cabe en la mente humana la “huella” ¿podrá asimilar el
hombre la idea de que la esencia creadora se le manifestase desde su
Omnipotencia como espíritu? El hombre no puede ir más allá de su entendimiento
y éste es limitado. Por tanto, si se trata de una “relación” entre lo infinito
y lo finito, sólo será posible abajándose lo infinito, poniéndose en un momento
de la Historia a la altura de lo finito. Esto es, mostrándose en humanidad.
Sólo así podrá relacionarlo de alguna manera. De lo contrario, al no tener una
experiencia comprensible lo atribuiría a una iluminación transitoria, una
visión o sueño.
Cuarta
consideración. Si el hombre no puede relacionarse directamente con lo Omnímodo,
¿cómo podría hacerlo?
La
creación ―una vez llega en su evolución al advenimiento del razonamiento (el
llamado principio “antrópico” por la ciencia, que dice que todo lo que existe
desde el principio está encaminado en la evolución a la aparición de la
inteligencia) ― procede del amor creador que se basta a sí mismo y por tanto
nada necesita. Pero el amor infinito se desborda de sí mismo para comunicarse
creando al hombre como destinatario a compartirse con Él en la eternidad en esa
abstracción a la que llamamos “cielo”, imponiéndole como única condición que
acepte el “don” libremente, para lo cual dispone del tiempo de la vida. (algo
que la acidia o pereza de espíritu va relegando repensando la idea tan
extendida de “hoy no, mañana…”.) Todo se fija para el futuro, cuando el tiempo
del hombre es limitado.
El
hombre no puede comprender lo infinito de la omnipotencia, pero sí el amor,
pues de él procede, necesitando amar y ser amado para evolucionar como hombre.
Para ello, al no poder de manera directa ofrecer amor limitado al amor
ilimitado, ha de hacerlo entre los hombres.
Quinta
consideración. “Al principio existía la
Palabra por la que todo fue hecho. La
Palabra
era Dios y vino al mundo y no la conocieron” (Jn 1) Vino al mundo para que lo
humano pudiese ser injertado en lo divino. Porque, una cosa es el “saber”, que
es hijo de la cultura, y otra el “conocer”, lo cual implica que se desvele por
sí mismo al mundo lo que es objeto de nuestro deseo de penetrar en su misma
esencia. El Pueblo aguardaba la llegada de un liberador que le devolvería la
libertad de los opresores y encontró un Hombre que predicaba la no violencia y
el amor a los enemigos, algo que le debió resultar inaudito. Su familia más
cercana llegó a tenerlo por loco (Mc 3). Sus enemigos, los que procuraron su
muerte reconocieron los signos que le acreditaban (= milagros), pero lejos de
creer decían que los hacía en nombre de Belcebú (Mt 12). Fueron necesario
concilios para tratar de conocerlo. Unos decían que era más divino que humano y
otros más humano que divino. El principal de sus discípulos lo negó por tres veces
y sus seguidores le abandonaron en la hora de su muerte dejándolo en la más
completa soledad (Mt 27). De Él dice incluso el Nuevo Testamento (Mt 11,27):
“Al Hijo sólo lo conoce el Padre”.
Ante
el Misterio de la Encarnación decía Kierkegaard: “Calla. Enmudece, pues estás ante el Absoluto. Al anunciarlo cae
de rodillas ante lo inefable, lo inexpresable. Porque la Palabra hablada es
inefable”
Esto
expresa que, para entender la encarnación, si al hombre se le plantea la
dificultad de entender que un hombre pueda ser Dios, partiendo de arriba-abajo,
como dicen las escrituras, es el mismo Creador el que se hace hombre para
entrar en el mundo, de la única manera que el hombre podrá relacionarse con Él.
La
encarnación plantea una pregunta crucial. Si después de dos milenios el mundo
sigue conviviendo con la injusticia y la violencia, entonces, ¿qué trajo Cristo
al mundo?
La
respuesta es: trajo a Dios. No el que en cada época fabrica el mundo a su
imagen y semejanza, sino cómo es realmente. ¿Y cómo es? A esto responde Cristo
cuando dice: “El que me ve a mí ve al Padre” (= el que puede relacionarse con
este Hombre lo está haciendo con el mismo autor de la vida ―pues la relación no es ya intelectual, del saber, sino del
seguimiento que lleva a cumplir la voluntad divina―. Del lenguaje teológico al
lenguaje antropológico. El primero en
cuanto a los signos realizados (= milagros). Lo segundo en el amor que muestra
desde su humanidad.
Sexta consideración. Todo esto indica cuál ha de ser el camino del
creyente, más allá de toda teología:
confianza en el futuro, que la vida no concluye con la muerte, y por tanto el
hombre no es una pasión inútil, todo lo cual se constituye en un reto para él,
con la exigencia de que deje una estela (como el barco en el mar a su paso) de
amor a los otros.
El
hombre no tiene ya que gritar con Michelet en la hora de su muerte aquello de
“¡Mi «yo», que me lo arrebatan!”, sino acogerse a las palabras del crucificado: “En tus manos encomiendo mi
espíritu”!
El
cristianismo es más que una religión (sin perderse de vista que sí lo es en
cuanto a que “religa” lo humano a lo divino), un humanismo, pues pretende que
el hombre alcance la plena humanidad que le corresponde desde su origen
simiesco y evolutivo, para lo cual ha de potenciar las cualidades que le pueden
ayudar a ello a través de practicar el bien. Dicho lo cual, éste humanismo se
diferencia de cualquier otro de origen existencialista en que es trascendente.
No sólo indica al hombre el “camino” a seguir para su plena hominización, sino
que le abre la puerta a la trascendencia
Séptima
consideración. Para que se lleve a cabo
la encarnación es imprescindible la figura de una mujer, a la que algunos no
saben exactamente dónde situar, prestándole un culto en figuras de su advocación
bajo distintos nombres, procesiones, rosario, novenas, etc. Pero se suele pasar
de puntillas ante el hecho que resulta muy superior a cualquier percepción
religiosa. María fue elegida entre todas las mujeres del mundo, antes, durante
y en el futuro, lo cual le confiere algo muy especial. Y, en segundo lugar,
aquella mujer joven que tuvo que sentir el peso de una responsabilidad que era
incapaz de abarcar, desde su libertad supo decir «sí», entregando su confianza
y su persona, diciendo aquello de “Hágase en mí su voluntad”
→A
modo de conclusión. El hombre no es una pasión inútil que nace, vive y muere
sin saber para qué. Lo divino no está fuera del mundo, sino que vino a él
ocultando su poder y mostrando su amor para que el hombre pueda compartir su
divinización.
ÁNGEL MEDINA – Málaga, España
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
· Blog <autor: https://www.facebook.com/novelapoesiayensayo
· Últimas publicaciones autor
https://www.amazon.es/Vaticano-III-Rustica-ANGEL-MEDINA/dp/8416611912
https://www.amazon.es/EL-HOMBRE-QUE-PENSABA-MISMO-ebook/dp/B0859M82YW