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sábado, 14 de marzo de 2020

LLEGÓ LA HORA, Favio Ceballos, Baigorria, Santa Fe, Argentina

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LLEGÓ LA HORA


"desplegar las alas
sumergidas en rimas."
Alicia de la Paz Ortiz Cuevas
_________________________

La inocencia, presente nos rescata
Nos vuelve a nosotros sin apuro
aquel de contemplar silencio puro
y dejar atrás pronto lo que ata

la ilusión de un tiempo que nos mata.
De la rima rompe cascarón duro
y de las alas quiebra su conjuro...
aprender a volar de eso se trata.

La fuerza se ha perdido en el pasado
y en el futuro irreal que se diluye...
¡con una carcajada entra ahora

al espacio feliz, inmaculado.!
Esa Luz eternal que te construye
abrió alas de amor... llegó la hora.


©FAVIO CEBALLOS, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA 

TRANSGRESORA, Delia Checa, Mendoza, Argentina

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TRANSGRESORA


He decidido transgredir
las reglas de la sociedad,
salirme con la mía,
sacar placer de todo aquello
que no puedo cambiar…
antes que la vida azarosa
cumpla su ciclo inevitable
y como hoja seca sea arrastrada
hacia un destino de sombras.

Los árboles cambian de color
al llegar una nueva estación;
las flores se abren ufanas
mientras entregan su aroma,
al poco tiempo se marchitan y mueren.
¡Lo efímero de la naturaleza
se manifiesta implacable!

Estoy convencida
que las mujeres mantenemos
en marcha el mundo,
enarbolamos su belleza
y la mantenemos
con nuestra incansable labor
compuesta de múltiples
pequeñas y grandes tareas.
Soportamos sobre nuestras espaldas
lo prolongado y difícil del mundo:
gestamos vida y la mantenemos
“contra viento y marea”.
No recibimos nunca medallas
ni menciones honoríficas
ni nos esculpieron un busto
en la sala de los notables
pues esa es “nuestra tarea”.
Justo es, entonces,
 “salirnos de la vaina”…
crear, bailar, reír o simplemente…
¡amar sin condicionamientos ni leyes!
…y cuando la vida efímera
y azarosa nos baje el telón
¡tener la íntima convicción de que
no hemos vivido en vano!

Mendoza, Argentina – 2019

©DELIA CHECA, poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA 



MUJER, Marta Prono, Buenos Aires, Argentina


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MUJER
              

Una innumerable
dispersión de vientos
me nombraron mujer
desde la vida para ser un avatar
incandescente de futuro

Me acrisolaron paciencia
y fui espera esperanzada
me anudaron las palabras
y crecí día a día en el silencio
liberando el grito

El amor es mi destino
y lo hice mi carne
para trascender la sangre
.

©MARTA PRONO, poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


Diálogo de pares, Irene Mercedes Aguirre, Buenos Aires, Argentina



















Diálogo de pares

Convocatoria para el Día de la Mujer

Un beso te daré cuando me mires
como   tu par humano inigualable,
cuando  el  amor se torne inevitable
y la verdad florezca en tus decires.

Te brindaré mi amor cuando confíe
en tu  palabra cierta y responsable,
complementados en la inolvidable
unión de hombre y mujer que el cielo guíe.

No seré más tu objeto de capricho,
ni callaré para evitar violencia
ante aquello que pueda o no haber dicho

¡Con  el diálogo nuevo , tu conciencia
evitará  prudente  el entredicho
bajo el signo triunfal de la paciencia!

©IRENE AGUIRRE, poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


ENVEJECER CON DIGNIDAD, Salomé Moltó, Alcoy, Alicante, España

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ENVEJECER CON DIGNIDAD

            Difícilmente se puede  envejecer con dignidad cuando no se ha vivido con ella. Te das cuenta, a través del tiempo, que se trata de uno de los valores más difíciles de guardar, ya que esta cualidad tiene que ir acompañada de: coherencia, respeto, bondad, solidaridad y honradez.
            ¿Se puede vivir si  pierdes todos estos valores?. Yo diría, más bien, que no se puede vivir sin ellos. Todo depende que cómo tomemos la vida, qué gama de valores reinan en ella, qué estamos dispuesto a ofrecer y a recibir. Todo ello configura nuestra existencia y nuestra personalidad. Una vida codiciosa, egoísta y falsaria  nos alejará de nuestra meta, ya que  nuestra finalidad es fijar una convivencia armónica con los demás.
            Bien es verdad que la vida es una constante lucha. Somos explotados, humillados,  engañados, y muchas veces, incluso, masacrados. La esclavitud toma matices y grados de los más diversos. Unas ideologías sustituyen a otras constatando que siguen fomentando las sociedades piramidales donde en la cumbre, siempre está el patrono, el jefe, en fin, el dictador y sus acólitos, para seguir eternamente la desigualdad,  la eterna explotación.
            Muchos piensan que la lucha es necesaria, el enfrentamiento entre las personas las curte, los hace fuertes y van progresando. Quizás esto sea válido en una sociedad piramidal, en la que el despotismo se asienta sobre el sufrimiento de la base social.
            Los que pretendemos una sociedad igualitaria, responsable y libre, el enfoque social es totalmente diferente y en ella, defendemos un conjunto de valores que nos hagan vivir con dignidad. Y ello en todas las etapas de la vida, juventud, madurez y declive o vejez donde la agresión, de los que se siente más fuertes, se repite con demasiada frecuencia. Por eso, es doloroso comprobar los abusos y malos tratos a los niños, a las mujeres, a los viejos. El matón no puede sentirse como tal, si no tiene la ocasión ni a nadie a quien maltratar. Así que, ir aceptando el declive de la vida no tiene por qué tener añadido el mal trato de los prepotentes.
            Por eso abogamos  a que se valore la experiencia, la gran universidad de la vida, a que el fuerte no abuse del débil, a por  un envejecimiento con dignidad.

©SALOMÉ MOLTÓ, poeta y escritora española
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA



domingo, 8 de marzo de 2020

A ANGIOLIERI, Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina





A ANGIOLIERI   

      Cecco Angiolieri nació en Siena (Italia), en el año 1260 y murió en la misma ciudad en 1312.
            Fue un poeta de estilo personalísimo: amargo, burlesco, lapidario. Poseedor de un humorismo y de una ironía que lo llevaban a caer fácilmente en el sarcasmo. Realista; gustaba de abordar temas profanos. Tan escéptico como talentoso. Fue un hábil sonetista y la contracara del poeta áulico. Se dice que su amistad con Dante terminó de mala manera después de haberle dedicado uno de sus sonetos.
            A Angiolieri se le atribuyen unos 150 sonetos, de los cuales, el más conocido es el titulado “S'i' fosse foco” (Si yo fuera fuego), en el que nos dice que si fuera fuego quemaría el mundo; si fuera viento lo arrasaría; si fuera agua lo inundaría; si fuera Dios lo destruiría; si fuese papa le haría la vida imposible a los católicos; si fuese emperador le cortaría la cabeza a todos; si fuese muerte iría en busca de sus padres y, por último, que siendo él quien es, se quedaría con las mujeres bellas y dejaría las feas para los demás.

S'I' FOSSE FUOCO

S’i’ fosse fuoco, arderei’l mondo;
s’i’ fosse vento, lo tempesterei;
s’i’ fosse acqua, i’ l’annegherei;
s’i’ fosse Dio, mandereil’en profondo;

s’i’ fosse papa, sare’allor giocondo,

che tutti’i cristiani imbrigherei;
s’i’ fosse ’mperator, sa’ che farei?:
a tutti mozzarei lo capo a tondo.

S’i’ fosse morte, andarei da mio padre;
s’i’ fosse vita, fuggirei da lui:
similemente farìa da mi’ madre.

S’i’ fosse Cecco, com’i’ sono e fui,
torrei le donne giovani e leggiadre:
e vecchie e laide lasserei altrui.

            A ocho siglos de distancia, va esta versión -con aires lunfas-
de S'i' fosse fuoco. 

A  ANGIOLIERI

Si fuera fuego al mundo incendiaría
Si fuese viento arrasaría todo
Si fuera agua abundaría en lodo
Si fuese Dios ¡uy dió! ¡lo que no haría!

De ser papa, bonete me pondría;
daría bendiciones con el codo.
De ser emperador muy a mi modo
sabiolas a rolete cortaría.

Si fuera muerte sembraría joncas;
si fuese vida sembraría broncas
buscando sólo cosechar peleas.

Y si fuese el que soy -poeta rante-
con las más bellas las iría de amante
y a los demás les dejaría las feas.

©LUIS ALPOSTA, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA    

Y aquí, recitado por Victorio Gassman: 



MADEROS, Eduardo José Borawski Chanes; Mar del Plata, Argentina

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MADEROS                                             
          Dijo mi padre:
— Esta mesa no se mantendrá en pie mucho tiempo más. Sus patas no han de resistir otra reunión de familia. Mañana intentaremos que la reparen.
En nuestra casa ese mueble era sinónimo de unión. Concentraba a mis padres, mis hermanos y mis sobrinos aquellos días en que compartíamos un tiempo de placer, de recuerdos y de intercambio de las novedades habidas entre una convocatoria y otra. La mesa era un emblema, más que otros enseres de la casa. Se recordaba que había sido de nuestros antepasados, pero no teníamos un registro siquiera aproximado de la fecha de su construcción. Las dos tablas de apoyo evidenciaban cortes, manchas originadas vaya uno a saber cómo y con qué, algunos bordes lesionados… Pero la parte inferior de ellas, la parte que no se advertía, permanecía intacta, no obstante el tiempo que mediaba desde su puesta en uso.  El problema lo constituían las patas: siendo de una madera diferente a la de las tablas, las polillas habían hecho en ella su refugio hasta que fueron combatidas, y el tiempo las había debilitado merced a diferentes desplazamientos dentro de la vivienda. Se imponía renovarlas.
Al día siguiente mi padre me llamó y dijo:
— Intentaremos quitar hoy las patas de la mesa. Si lo logramos, las llevaremos a la carpintería para consultar si es posible reemplazarlas.
Ayudados por los elementos que teníamos a nuestra disposición, quitamos las patas y dejamos apoyadas las tablas sobre una de las paredes. Comprobamos fehacientemente que la parte de abajo de ellas estaban casi intactas. Comenté que, ya con apoyos adecuados, podríamos dar vuelta las tablas y tendríamos así una mesa de iguales dimensiones, más agradable a la vista y que permanecería con nosotros muchísimo tiempo más.
La mañana era magnífica. Había llovido días atrás, la tierra de las calles se había asentado y el cielo se ofrecía a la vista sin una nube que moteara su azul profundo. 
Con una pata de la mesa bajo cada brazo, caminamos por las calles del pueblo hasta donde sabíamos se hallaba el taller y la vivienda del carpintero.
Encontramos al hombre en la puerta dando forma redondeada a una tabla, ayudado por una gubia. Era una persona que aparentaba tener alrededor de cincuenta años. Reflejaba firmeza, inteligencia y alegría. Dada la hora del día, desde el interior salían unos aromas que despertaban mi joven apetito, pese a que no hacía mucho había desayunado el acostumbrado pan de cebada y un trozo de riquísimo pescado.  Pero además de los aromas que denotaban una cocina en acción, veíamos a través de la puerta a una mujer que, rítmicamente, molía los granos de trigo  regalándonos una suave melodía de piedras girando, en tanto se abría el cereal que pasaría a formar parte de la comida más importante.
Dejamos en el suelo lo que habíamos trasladado y nos acercamos a saludar al carpintero. Éste detuvo su tarea, secó la transpiración de su frente, y luego de los buenos deseos de estilo, mi padre le comentó la necesidad que teníamos de confeccionar un nuevo juego de patas para nuestra mesa. Le dijo que, como se podía observar, las polillas habían llevado a cabo su labor dejándolas muy débiles, y que, por tanto, le habíamos quitado lo que aquellas sustentaban, para que nuevos apoyos, conservando el estilo y de conformidad con su destino, pudieran reemplazarlas.
El carpintero tomó una de las piezas, la giró en sus manos y sonriendo manifestó que bastante bien habían llevado a cabo su misión pese al ataque que sufrieran. Coincidió en que era necesario su recambio y que él podría ocuparse de la confección. Fijó un precio por su mano de obra y el material a emplear y mi padre, encontrándolo adecuado, estuvo de acuerdo.  Entonces el hombre llamó a su hijo indicándole que le acercara del depósito una determinada   pieza de madera.   Al rato llegó el muchacho con un grueso madero en sus hombros.  El joven tendría unos quince años,   rostro agradable y ojos muy expresivos. Dejó el material en el suelo, al lado de su padre, y me sonrió.
El carpintero nos exhibió la madera y dijo que podía hacer con ella la labor solicitada. Era un material bien seco, compacto y con un hermoso veteado que fue del agrado de mi padre, quien aceptó inmediatamente el trato, conviniendo entre ambos el regreso en una semana para retirar las piezas.
Luego saludamos y emprendimos el camino a casa. Unos metros más adelante, y sin habernos puesto de acuerdo para ello, nos dimos vuelta a un tiempo y vimos que el carpintero había colocado su mano sobre el hombro del muchacho y que éste nos miraba esbozando una nueva sonrisa que nos conmovió. Sin decir palabra continuamos caminando. Nos invadía la paz.
A la semana regresamos a la carpintería. En esta ocasión vimos al joven en la puerta, colocando, con mucho entusiasmo, unos goznes nuevos a un portón que evidenciaba dificultades para su correcta apertura. La mujer que advertimos desde afuera en la ocasión anterior, salió a la calle, depositó algo en el suelo, e inmediatamente unas palomas descendieron desde los tejados linderos para picotear lo volcado. Al vernos, el muchacho le dijo algo a la mujer, que presumimos su madre, y a poco de volver ella a la vivienda–taller, salió el carpintero con lo que entendimos sería parte de la labor encomendada. Nos saludó y le presentó a mi padre su trabajo. Observando el rostro de satisfacción del cliente, el hombre dio algunas instrucciones a su hijo, quien ingresó a la carpintería para regresar con los maderos restantes al hombro. Siempre sonriendo, los dejó al lado de los que habían sido traídos anteriormente.
El carpintero comentó que él había iniciado la labor cortando el maderamen en cuatro partes, y que el resto de la tarea se la había dejado a su hijo, el joven que teníamos frente a nosotros.   Mi padre revisó las piezas, comentó su hechura, y felicitó al hombre por la excelente labor de su hijo. Todos sonreímos felices. Mi padre pagó la suma convenida.
El artesano preguntó si no se consideraba necesaria su colaboración para unir las tablas a las patas de la mesa. Mi padre agradeció y dijo que, resultando la mesa una labor de su antepasado, él quería añadir también algo de lo suyo en el mueble. Dijo además que me invitaría a prestar colaboración para que fuera una pieza de familia. Prosiguieron las sonrisas. Tomamos los maderos y emprendimos el camino a casa. Estábamos ansiosos por volver a poner en orden aquello que nos propusimos reparar. Poco tardamos en reunir las piezas. Cuando terminamos la labor, nos apartamos de ella y la contemplamos con orgullo. Era la obra remozada de nuestro antepasado, con la que habíamos compartido tantas jornadas, reuniéndonos en torno a los humildes manjares, sustento de cada día y fruto del amor en manos de mi madre. Yo manifesté disgusto por la acción de las polillas que habían destruido las patas originales, pero mi padre dijo que ellas obraban según su naturaleza y conforme a un plan. Yo no entendí sus palabras pero, como un desafío, me propuse tomar un tiempo para desentrañar el sentido.
.  .  .
Pasaron los años. Yo mudé de pueblo, formé mi familia y heredé de mis padres la vieja mesa, sobre la cual se apoyaba la comida preparada ahora por mi esposa. Mis hijos daban buena cuenta de ella luego de las oraciones que precedían a la ingesta. Muchas veces conté a los jóvenes la historia de la mesa, de modo que sabían que era obra de nuestros antecesores y que había sido reparada por mi padre y con mi ayuda. Que las tablas eran las mismas de siempre, sólo que las patas eran relativamente nuevas, confeccionadas por un carpintero y su hijo, aquel de la sonrisa dulce y mirada penetrante. Les hablé también de la esposa del carpintero, del aroma de su comida y del dulce sonido del girar de la muela en la que trabajaba el trigo para lograr la harina del pan de cada día.  Todos oían en silencio y tiempo después me pedían les volviera a relatar o a volcar algún detalle de la historia de la mesa,    de esa que había convocado a tantos miembros de nuestra familia en el transcurso de los tiempos.
Cierto día oí ruidos en la calle y salí al exterior. A pocos metros una multitud avanzaba en parte angustiada, en parte curiosa. En medio de ella, un hombre con señales evidentes de haber sido flagelado, cargaba sobre sus hombros un pesado trozo de madera. Intuyendo algo, me abrí paso hasta colocarme al lado del condenado. Lo reconocí: era el hijo del carpintero.
No dije palabra alguna, sólo lloré desconsoladamente. El hombre me miró e insinuó una sonrisa. Creí ver que sus manos acariciaban el madero. Pareció decirme algo sin pronunciar palabra.  Eso calmó mi llanto.  No pude seguir caminando tras el dolor hecho hombre.  Regresé a mi casa y me senté en un banco junto a la mesa. Mi mente evocaba el instante vivido y, sin siquiera pensarlo, instintivamente, uní mis manos y las apoyé en el mueble. Mis ojos recorrieron esa labor de mis mayores y luego se dirigieron a los remozados pilares, obra del joven carpintero. Ellos eran el recuerdo material de su existencia en el seno de mi hogar.  Vislumbré que esas bases se proyectaban más allá de la anécdota que con frecuencia vertía a los míos. 
Con el tiempo indagué las razones del castigo al joven y fui informado convenientemente. Tuve entonces la necesidad de volcar ese conocimiento a mis descendientes, por lo que la historia de las nuevas patas que sostenían la ahora remozada mesa de mis ancestros, fue ampliada con el relato de un trozo de la vida del joven de la sonrisa tierna y la mirada profunda.-

©EDUARDO JOSÉ BORAWSKI CHANES, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA





JORGE NEWBERY, Antonio Las Heras, Buenos Aires, Argentina














JORGE NEWBERY
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Carl Gustav Jung, el sabio suizo que nos permitió adentrarnos en las profundidades abismales de la mente humana, describió al Arquetipo del Héroe Solar señalando las particulares características que este adquiere cuando encarna una persona. En base a ello es que nos permitimos afirmar que Jorge Newbery constituye – al analizar su vida y obra – una real encarnadura plena de dicho arquetipo: el del Héroe Solar.
Esta manifestación tan especial de lo inconsciente colectivo, ese estrato psíquico forjado desde el inicio mismo de la vida humana, se halla presente en quienes sienten – y aceptan – el llamado interno para conducir a la comunidad hacia la concreción de nuevos desafíos. El Héroe Solar – lo de “solar” refiere a que se trata de alguien con luz propia tanto como dotado de una extraordinaria energía creativa que alimenta a sí mismo y a los demás – avanza por senderos donde otros nunca han estado, imagina lo que en las mentes comunes es imposible entrever, se prepara de manera adecuada para los riesgos y avanza con ellos pues ante todo – como bien lo manifestó el filósofo norteamericano Emerson – “la confianza en uno mismo es el primer secreto del éxito.”
Y ese es Jorge Newbery. Una personalidad tan plena y totalizadora que puede destacarse en todo cuanto emprende. Desde su condición de ingeniero para la iluminación de las calles porteñas pasando por la práctica de los más diversos deportes, el ejercicio tanguero y la clarividencia necesaria para comprender que la forma más eficaz de transporte que aguardaba en el futuro cercano habría de ser la aviación. El Héroe Solar no teoriza sujetado al sillón de un escritorio. Es quien piensa, decide y toma en sus propias manos la proactividad requerida para la concreción de la obra soñada. A la vez, y no es una condición menor del Héroe Solar, aunque puede dar la impresión a la mirada superficial, de que se trata de un hombre solitario, en verdad siempre cuenta con una trama de amistades sólidas que ha sabido desarrollar a lo largo de su vida. El Héroe Solar es pensante, racional; pero no por ello deja de lado el afecto y la emotividad; las emociones no le son ajenas y el Amor en su más amplia definición se halla siempre vigente en cuántas acciones emprende. El Héroe Solar es un incansable realizador de trabajos.
Como aquellos doce trabajos de Hércules, las labores de Jasón para obtener el Vellocino de Oro o Teseo matando al Minotauro. ¿Y qué simbolizan tales tareas? Pues no otra cosa que abrir a la comunidad las puertas al conocimiento, el desvelar los misterios y quitar aquellos impedimentos que afectan al progreso de la Humanidad. Quien encarna a este arquetipo – presente en todas las culturas de cada lugar de la Tierra y de todos los tiempos – no conoce los achaques de la edad habituales en la gente común. Por ello no hay ejemplo – ni histórico, ni mucho menos mitológico – de un Héroe Solar que haya hallado la muerte echado durmiendo en su lecho. Dos posibilidades aguardan a estos preclaros protagonistas: la muerte en pleno combate o la transformación en el Anciano Sabio, el hombre de consulta permanente. El combate al que aquí hacemos referencia no es el que requiere de la metralla y el sable; sino el combate con las vicisitudes de la vida a las que una persona así jamás rehúye.
El último combate de Jorge Newbery fue allí donde sólo las águilas se atreven. En el aire, allá en las altitudes; sitios donde los héroes de todos los tiempos pudieron conversar con los dioses. Sírvanos a los argentinos este recuerdo de la condición heroica permanente elegida por Jorge Newbery para buscar la sana imitación de cómo se ha de vivir a efectos de dejar el grano de arena correspondiente que haga grande la nación. Y si pasadas las décadas de su trágica muerte seguimos hablando de Newbery es porque cumple aquello que anuncia el romancero español cuando afirma: “Velar se debe la vida/ de tal suerte/ que viva quede en la muerte.” Que Jorge Newbery nos ilumine para que nosotros también nos atrevamos a hacerlo. Pues la Argentina lo merece. (*) Disertación realizada en el Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín, el 1 de julio de 2016, con motivo de conmemorarse el Día del Historiador, en el marco del acto organizado por el Instituto Nacional Newberiano.

©ANTONIO LAS HERAS, poeta y escritor argentino
MIEMBRO ASESOR DE ASOLAPO ARGENTINA

EL JINETE PÁLIDO, Liana Friedrich, Santa Fe, Argentina

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EL JINETE PÁLIDO

   Amarrado a la "Reja de San Pedro", alguien aguarda ser juzgado... Fue detenido justo antes de la salida del sol, tal como estaba escrito. La hora al fin ha llegado.
   Por la puerta del sud, rumbo al "Callejón de los Milagros", el jinete pálido avanza. Su figura, erguida sobre el caballo blanco, se recorta como en escorzo sobre el desparejo perfil del caserío aún en sombras... Su mirada destella ramalazos de luz gélida pero hermosa, como una aurora boreal.

  (Seríamos capaces de reconocer esos ojos hasta entre la multitud).

   Va vestido de negro, como un predicador... Pero, ¿quién es en realidad ese misterioso personaje? ¿Es acaso la misma muerte o un muerto viviente? ¿Un ángel guardián o un fantasma del Averno?


   (Como en la historia bíblica del Apocalipsis, vendrá a juzgar a los hombres... Ya hubo demasiados Mesías deambulando solitarios sobre la tierra yerma.)

   Tiembla el reo, aplastando su mísero despojo -tan sólo carne y nervios ateridos- resistiéndose ante la enigmática presencia...
   -Es Cheydk, el Príncipe del Fin del Mundo.- sentencia Nostradamus, confirmando su hipótesis, catorce siglos más tarde.
   -No, ese es Caifás, el sumo sacerdote, quien juzgará al verdadero Nazareno: al culpable de todos los pecados.- dice Pilatos, lavándose las manos nuevamente.

   Entonces, una voz blanca (síntesis acústica de todos los sonidos), más brillante que mil soles, abre como una llave mágica el arcano del tiempo, cifrando la clave de misterios milenarios en tan sólo breves instantes:

   -Ahora nos toca resucitar al hombre, porque él también murió con el Cristo... -expresiones de estupor se pintan en los rostros expectantes-. Sucede que con la crucifixión del Monte de los Olivos liquidamos todo de una vez: ideales, sueños, esperanzas, paz, amor... Hoy la humanidad está en ruinas - explica casi con suficiencia el ángel vengador- y la muerte del hombre común es necesaria para arribar a la iluminación, al Nirvana, al estado de Gracia: dejar de ser el "yo" para ser el "Todo".

   -Yo no creo en la magia de la crucifixión.- replica escéptico Merlín.-En la Edad Media, durante la Peste Negra, los pecadores, únicos depositarios del mal, eran recluidos en las montañas...
   -Sin saberlo, eres sabio.- lo interrumpe el que hace justicia con sus propias manos- ¿Acaso Moisés, Jesús, Mahoma, todos los grandes maestros no subieron a la montaña?...La montaña es el lugar sagrado por excelencia. Y lo creas o no, la "magia" sólo funciona según tu propia voluntad.- continúa diciendo, desviando ahora la mirada del Gran Jurado hacia la "Reja de San Pedro".-Desde el pozo sin fondo de tu conciencia, extrae la llave forjada en el fuego de la sabiduría y abre la puerta, esa que tenías reservada. (Recuerda que en la casa de mi Padre muchas puertas hay...) De la elección que hagas dependerá tu vida y tu salvación. - atruena la voz del recién llegado, dirigiéndose ahora precisamente al prisionero-.No seré yo quien juzgue tus acciones, porque tu propio pasado es el que te condena.

   (En el futuro, los arqueólogos investigarán las posibles causas de su muerte: la posición pugilística de los restos indicará que pudo haber soportado grandes embates, tal vez queriendo evitar una avalancha de lodo y lava, como la de Pompeya, o quizás, luchando contra poderosas fuerzas desconocidas...)

   Moraleja: Todos, tarde o temprano, terminamos siendo amarrados a la "Reja de San Pedro", víctimas de nuestro propio "jinete pálido".

(Publicado en el libro de cuentos
“Narraciones fronterizas”, de su autoría)

©LIANA FIRIEDICH, poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


EN ESTA ORILLA DE LA NOCHE, Carlos Penelas, Buenos Aires, Argentina











Foto: Horacio Cóppola
EN ESTA ORILLA DE LA NOCHE
Desde que te alejaste vienen los recuerdos.
Ese leve olor de tabaco recorriendo la casa
evocando al niño que dejó su aldea,
el árbol familiar, la iglesia románica, el jardín
donde la voz del abuelo llamaba siempre igual.
Aquí, en esta soledad, están los dominios,
la humedad en los pies furtivos, la escarcha,
mudas escaleras, lápidas que yacen
amparadas entre hierbas y aves.
La niebla donde la tierra palpita un mar.
¿Por qué vuelves esta noche,
en un paisaje donde moran otros cielos,
otros cuartos en silencios obstinados?
Espera, espera padre.
Es un sueño reciente donde de pronto
entró tu voz a mi cuarto rozando agua y muro.
Una historia, una misma soledad que me visita
entre alucinaciones y olvidos.
(Es sólo eso, nada más).
Ahora miro mis manos que envejecen.
Mientras, continúo buscando tu mirada
con avidez, desde el instinto del desorden.
Extraño destino es este esplendor
cuando todo se transparenta y huye.
©CARLOS PENELAS, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

II