APUNTES DEL ORIGEN DEL MAL
(teología de bolsillo)
Para entender la razón del mal en el mundo— y con ello responder al viejo
Epicuro su razonamiento, cuando argumenta que si existe es porque Dios no puede
evitarlo (=no sería Omnipotente), o no quiere (=no sería Bueno), — Si la creación es un acto libérrimo para compartir su
gloria divina con su criatura no puede obedecer más que a su amor infinito. El
amor no puede vivir en sí mismo sin desbordarse. En eso consiste la creación.
De lo que ha de deducirse que la creación conduce a un fin último bueno que es
el mismo Altísimo. Pensar en un acto creador “caprichoso” no tendría sentido y
que concluye en la “nada”, tampoco. En ambos casos nos situaría ante un Ser
malvado y si la creación procede del amor divino el creador ha de ser
necesariamente bueno— llegado hasta aquí podemos inferir dos razones en una misma: el binomio creacionismo en libertad.
La Creación es un don impregnado de libertad. Más allá de sí
misma es su máxima expresión. La realidad creada es distinta de la realidad
creadora, pero mantiene de alguna manera la esencia de la que procede.
De partida hagámonos una pregunta crucial: “¿Puede lo que no existe darse existencia a
sí mismo?” La respuesta no puede ser otra que “no”— quien opine otra cosa habrá de demostrarlo, algo impensable,
pues no negaría la respuesta a la pregunta, sino que se estaría negando a sí
mismo como pensante, y aquí el “cogito ergo sum” (= pienso, luego soy)
cartesiano se vendría abajo—, y por tanto ha de deducirse que
procede de fuera. Algo o alguien que
tiene el poder para hacerlo (si el hombre, como criatura más elevada en la
evolución es “alguien” y no tiene esa potestad, habrá de ser no igual al hombre
sino superior. Una realidad que no es menos que humana (inferior), tampoco
humana (igual) y sí transhumana (superior) o más allá de lo conocido). A ese ser
se le conoce como Dios.
La criatura ha de aceptar el don de eternidad que
gratuitamente se le ofrece. Es lo que en el lenguaje coloquial llamamos
“cielo”. La vida es el espacio del tiempo en el que habrá de alejarse del ser
simiesco del cual procede y evolucionar hacia el hombre que está destinado a
ser. Si el hombre procede del amor ha de revestirse de él para ser él mismo.
Establecido el creacionismo como razón de ser de la
existencia hemos de advertir que, aunque el Autor es el Ser Perfecto, todo lo que no es Él no puede poseer la
perfección. Así, la creación toda puede gemir con dolores de parto al tener
que asumir el mal (= la imperfección) en el tránsito del hombre por la vida
hasta completarla, cuando su existencia entrará en la eternidad divina donde se
convertirá en unidad el donado con el Don.
El hombre podría haber sido creado con las virtudes de un
ángel o como un autómata programado para el bien, pero en tal caso no
dispondría del libre albedrío, esto es, elegir en libertad lo que quiere.
Aceptar el don eterno o rechazarlo. Por eso ha sido dotado de libertad.
La libertad es el medio del que ha de
valerse el hombre para realizar el recorrido en su vida desde la figura
simiesca de la que procede en la evolución hasta finalizar en el hombre
acabado, según las cualidades de cada cual (Mt 25, 14/30). Sólo aceptando la
voluntad creadora podrá completar la hominización humanizándose.
Teilhard de Chardin dirá que ya ha aparecido en la historia
el hombre completamente evolucionado que ha alcanzado la plenitud humana (el
hombre en “mayúsculas”) en el punto Omega de la creación en Cristo, que supo
entregar su persona a lo que el creador había dispuesto para el hombre.
La imperfección está igualmente presente en la naturaleza.
Así, desde el espacio exterior puede caer un pedrusco que traiga la extinción
del planeta, o se produzcan maremotos, etc…, todo lo cual puede acarrear la pérdida
de vidas humanas. Al introducir Dios la libertad, no sólo dota al ser humano de
ella, sino que la posibilita como principio
de todo lo creado, incluido el hombre como fin del proceso evolutivo.
(Podemos comprenderlo observando que el don de la inteligencia
es común al hombre y en su evolución afecta a todos, no tratándose de que
directamente haya de atribuírsele a cada cual indistintamente)
De esta manera, la imperfección entre el donado y el donante
y la libertad en la evolución causa el sufrimiento
en el mundo, necesario, aunque no dispuesto, para que pueda darse la libertad o
libre albedrío. El hombre puede así aceptar el don (al mismo Dios) o encerrarse
en sí mismo y arriesgar su existencia a terminar en la nada de la muerte.
ÁNGEL MEDINA – Málaga,
España
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

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