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sábado, 31 de octubre de 2026

LO VISIBLE Y LO INVISIBLE - Carlos Penelas - Buenos Aires, Argentina

 

LO VISIBLE Y LO INVISIBLE

 

En más de una ocasión hice referencia a historias del siglo XVIII, a mi infancia, Una educación particular. Mi padre me hablaba de don Carlos de Borbón , de la Orden de Calatraba o de la barca de piedra de Santiago Apóstol. Tenía unos seis o siete años y escuchaba historias dignas de los libros de cuentos. Con el tiempo supe que se mofaba de la historia, de los mitos, de las supersticiones. Era el menor de cinco hermanos. Roberto, el mayor, fabulaba y reía. De cuando fue bombero y salvaba de incendios a familias enteras, de cómo había nadado durante horas en un mar tormentoso, de cuando fue piloto de aviación y se tiraba en paracaídas. Pienso que en aquellos años nació en mí la pasión por lo desmesurado. Mi hermana Raquel me regaló a los doce años el libro del Barón de Münchhausen. A los quince años escribí mi primer poema. Era para conquistar a una muchacha bella, delgada, de ojos inquietantes. Mi primer amor, nuestros primeros besos.

Mi madre era la sensatez. Me orientaba en cosas elementales, en las compras de la feria, en la limpieza del hogar, en el baño diario. Y hablaba de sus padres, de las comidas, de cómo se debía sentar un niño a la mesa y saber escuchar a los mayores. Mi padre también me señalaba estas cuestiones pero siempre con un dejo de ironía, con una mirada crítica. Todos, padres, hermanos, tíos o primos criticaban el desborde del populismo, las dictaduras, la hipocresía del clero, la corrupción en los gobiernos, la delación, la pobreza del campesinado en Galicia. Eran los años donde en el cuaderno de clase debía escribir: "Mi mamá me ama, Evita me ama."

(Y ahora la palabra de nuestro querido amigo Harold Bloom: "Cuando empecé mi lucha contra Harry Potter, muchos padres me decían que, con él, sus hijos al menos estaban leyendo algo. Stephen King, el autor de esos espantos de terror, vino en mi ayuda. Escribió una reseña en The New York Times donde decía, con toda seriedad, que los chicos que leían a Harry Potter a los 9 o 10, en la adolescencia iban a leer a Stephen King. Está exactamente en lo cierto, no es que vayan a pasar a Cervantes o a Shakespeare").

En esos tiempos los tiempos eran otros. Se miraba a los ojos, se miraba el paisaje, se escuchaba y se intentaba pensar. Evitábamos la torpeza - la física y la mental - para sentir. Creo que allí está parte del dilema. Uno sentía. La mano del padre, el beso de la madre, la amistad del hermano mayor. Y las risas de las hermanas. Había vecinos, había perros que eran perros, gatos que eran gatos. Sin nostalgia, sin nostalgia.
En las cenas se discutía. Siempre había una polémica. En casa de mi tío Pedro al poco de llegar don Manuel, mi padre, el tío le decía: "Manolo opina de algo". Mi padre, cazurro, preguntaba: "¿Y para qué quieres que opine?" "Para poder opinar lo contrario", respondía el tío Fraga. Uno descubría barrios, monumentos, historias. La Visera donde todo era rojo y admirábamos a nuestros ídolos. Escuchaba en mis mayores el acento castellano y el acento gallego. Ese era el mundo. Y amigos judíos con quienes jugaba al ajedrez o cambiábamos figuritas inolvidables. Y las lecturas de las revistas. Y John Wayne. La pelota de goma y los primeros guantes de box.

Definitivamente un chascarrillo me pareció iluminador. Mi padre contaba que mi abuelo materno, Tomás Abad, un sábado visita al abuelo paterno, Pedro Penelas. Y sin más le dice: "Pedro, ya somos vellos, creo que deberíamos ir a la iglesia. Ter poñerse a bien con Dios".


CARLOS PENELAS – Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


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