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domingo, 22 de marzo de 2020

Sobre violines y violinistas, Roberto Alifano, Buenos Aires, Argentina

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TRIBUNA

Sobre violines y violinistas

Es en el siglo XVI cuando el violín aparece en el norte de Italia. Concretamente en Cremona, una romántica ciudad de la Lombardía, que se halla entre bosques de abetos (madera blanda) y de arce (madera dura), por lo que estos materiales fueron los usados por los artesanos violeros. Se dice que el arco ha sufrido muchas modificaciones hasta llegar al modelo actual, que data del siglo XIX, cuando François Xavier Tourte le dio la curvatura cóncava, modificando la primitiva que era convexa, similar a la de un arco de cacería. Aunque en el siglo XVII el violín o violino se encontraba bastante difundido en Italia, carecía de todo prestigio ya que el laúd, la vihuela, la viola da gamba, la guitarra, la mandolina eran más consideradas.
Claudio Monteverdi, oriundo de Cremona, es el que descubre la calidad sonora del violín y lo usa para complementar las voces corales en su ópera Orfeo (1607). Desde entonces el prestigio del violín empieza a crecer y a sumar intérpretes. Un siglo después se hacen conocidos ciertos fabricantes a quienes se llama luteros o lauderos y luego luthiers, ya que inicialmente se dedicaban a la fabricación de laúdes. De esta manera la ciudad de Cremona se hará célebre por sus luthiers, especializados en la confección de violines. De allí proceden justamente los afamados Andrea Amati, Giuseppe Guarneri y Antonio Stradivari (cuyos apellidos suelen ser más conocidos en su forma latinizada: AmatiusGuarneriusStradivarius). El período barroco también sirve de impulso y convierte al violín en su instrumento predilecto; a partir de entonces se inicia lo que se llamó la Edad de Oro del Violín.
Sinónimo de exquisitez y de dulzura lírica en la melodía de sus cuerdas bajo la contundencia del arco, muy afín a los artilugios del barroco, desde aquellos tiempos a nuestros días el instrumento crece y cobra popularidad a través de brillantes intérpretes y bajo diversas formas musicales. ¿Quién no se delita escuchando las Cuatro estaciones de Antonio Vivaldi, un Capriccio o un Notturno de Niccolò Paganini o, por qué no, escuchando un vals, un tango, una chacarera, o los acordes flamenco del virtuoso andaluz Paco Montavo, que en un recital casi secreto, desde un improvisado escenario montado en su Córdoba natal, me conmovió hasta las lágrimas?
Ahora bien, si de violines y violinistas hablamos, imposible no referirnos al que fue, acaso indiscutidamente, el mayor interprete de este subyugante instrumento. Sabemos que hay artistas cuya obra no se parece a lo que la biografía nos ilustra sobre su destino. Tal es el caso de este arquetipo de violinista que fue el indómito Niccolò Paganini (Génova, 1782 -Niza, 1840), que padeció toda clase de rigores y desencantos y vivió una vida atribulada, eso sí, siempre acompañada por su amado instrumento. A los cinco años empezó a estudiar la mandolina con su padre y a los siete años se familiarizó con el violín, instrumento al que dedicaría su existencia. Se dice que a los nueve años hizo su primera aparición pública realizando una gira por varias ciudades de Lombardía. Con dieciséis años era ya conocido, pero no administró bien su fama y desde muchacho se emborrachaba continuamente. Una dama desconocida lo salvó de esa vida licenciosa para llevarlo a su villa donde aprendió a tocar la guitarra y el piano, instrumentos que le sirvieron de soporte para sus maravillosas composiciones.
En 1801 compuso más de veinte obras en las que combina la guitarra y el violín con otros instrumentos. De 1805 a 1813 fue director musical en la corte de Maria Anna Elisa Bacciocchi, princesa de Lucca y Piombino, hermana de Napoleón. En 1813 abandonó Lucca y comenzó a hacer giras por Italia, donde su forma de interpretar atrajo la atención de quienes le escuchaban. En 1828 fue a Viena, más tarde a París y en 1831 a Londres. En París conoció al pianista y compositor húngaro Franz Liszt, quien fascinado por su técnica, desarrolló un correlato pianístico inspirado en lo que Paganini había hecho con el violín. En 1833 en la ciudad de París le encargó a Héctor Berlioz un concierto para viola y orquesta; el compositor francés realizó “Harold en Italia”, pero Paganini nunca la interpretó; al parecer no estuvo conforme con los primeros avances de la composición. Sin embargo, asistió al estreno, y se arrepintió de no haber participado como solista. Atormentado, imprevisible, su salud se fue deteriorando a causa de una tuberculosis diagnosticada en 1819. En los años 1834 y 1840 padeció dos fuertes episodios de hemoptisis, siendo el segundo el que precipitó su muerte. Sabemos que Paganini llegó a poseer cinco violines, dos Stradivarius, dos Amati y un Guarnerius (su violín favorito) que él llamaba afectuosamente “Il Cannone”.
Se difundió la leyenda de que Paganini creó una relación muy particular y casi mágica, o demoníaca, entre el hombre y el violín. Su madre Teresa Bocciardo para decir a su hijo que estaba destinado a ser el más genial violinista del mundo, se refirió a su “diabólico talento”. De ahí en más, quienes lo escuchaban interpretar su Sonata del diablo con una destreza insuperable no podían dejar de pensar en ese pacto. Para confirmar esa historia, en 2009, se filmó El violinista del diablo, con David Garret (otro virtuoso del instrumento), que debutó en la actuación cinematográfica, componiendo a su legendario colega.
De tal manera, variando en sus formas, desde Monteverdi a nuestros días el violín se ha difundido por todo el mundo, encontrándose incluso como “instrumento, tradicional” en muchos países no europeos, desde América hasta Asia. Es el protagonista de las grandes orquestas, grupos de cámara y afamados solistas, y ha despertado especial atención en la música árabe, donde el ejecutante lo toca apoyado en la rodilla cual si fuera un chelo, o en la música celta irlandesa, donde el instrumento recibe el nombre de “fiddle”, que deriva del italiano fidula. Pero también está presente en el folklore de muchísimos países; la Argentina contó con el violín seductor de don Sixto Palavecino, un músico que con sus chacareras, gatos y zambas lo elevó a una dulcísima y particular expresión popular. Sin olvidarnos, por supuesto, de los violinistas de las orquestas típicas de Buenos Aires, que hicieron del tango una de las exquisiteces más emotivas de la música rioplatense. El tango cuenta con el violín como uno de sus principales instrumentos, comparable al usado en los concierto para la llamada música clásica, en cambio los violines de las otras músicas mencionadas anteriormente suelen ser criollos o autóctonos de formas muy semejantes al violín clásico. Se afirma que los primeros instrumentos usados en el tango eran las guitarras y el piano; pero, no mucho después, los italianos que inmigraron a Buenos Aires incorporaron definitivamente al violín, añadiendo un sentido menos estridente que lírico a la melodía; también los alemanes trajeron su cultura y con ella vino el bandoneón que lo continuo modificando al complementarse de maravillas con el violín. Ambos instrumentos le dan al tango una melodía que expresa un sentimiento mutuo y común en los compases.
En cuanto al secreto técnico de la sonoridad típica de los violines realizados por las familias Stradivarius y Guarneri, existen hoy diversas hipótesis que, más bien que excluirse, parecen complementarse. En primer lugar se considera que la época fue particularmente fría, motivo por el cual los árboles desarrollaron una madera más dura y homogénea; a esto se suma el uso de barnices especiales que reforzaban la estructura de los violines. También se supone que los troncos de los árboles eran trasladados por ríos cuyas aguas tenían un pH que reforzaba la dureza de las maderas; también influye un comprobado tratamiento químico que reforzó la dureza de las tablas. Por último, ciertos violines Stradivarius tienen en sus partes internas un acabado biselado de los contornos en donde contactan las maderas, el cual parece beneficiar la acústica. Tuve el privilegio de tener en mis manos un Stradivarius y sentí una emoción parecida a la que viví ante una primera edición del Quijote.
Como se ve, el violín es mi instrumento musical favorito, y aunque no tengo la virtud de saber tocarlo, me encanta escuchar las interpretaciones tan excelsas que hacen con él sus virtuosos artífices. Admiro también a las mujeres que lo interpretan como las norteamericanas Karen Briggs y Hilary Hahn, a la japonesa Sayaka Katsuki, a la alemana Anne Sophie Mutter y a la húngara Katica Illényi, cuya versión del tango “Por una cabeza”, de Carlos Gardel es original e impecable.
Tampoco puedo dejar de citar en esta reseña a violinistas argentinos que tuve la felicidad de conocer y tratar. Empiezo por don Enrique Mario Franccini, esencial para el movimiento renovador del tango (que encabezaron Astor Piazzolla, Aníbal Troilo y Horacio Salgán) y donde el maestro Franccini alternó lucidamente como ejecutante, director y compositor; también me place evocar con idéntico afecto y admiración a Szymsia Bajour, que interpretó con una misma maestría lo clásico y lo popular, y al entrañable Rafael Gintoli, que sigue recorriendo el mundo con su violín para deleite de los amantes de la música.

©ROBERTO ALIFANO, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


Carmen XXI, Carlos Penelas, Buenos Aires, Argentina

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Carmen XXI

Ordéname este sueño, dulce Clodia,
pues tu inconstancia y tu desdén
aniquilan el deseo del lecho.
Debo confesar que hasta aquí llegamos.
He amado tus vestidos en silencio.
He besado tu desnudez como nadie.
En tu cabellera y en tus ojos, la noche
conquistó las faustas estrellas,
nombres que secretamente
confesamos al oído.
Pero ahora, debo tomar la nave
que me lleva a otra playa distante.
Y no quieres venir.
El engaño o la inconstancia
no son para los amantes que despliegan
la sorda tempestad de lo eterno.
Ni para el poeta que eleva su copa
protegiendo la rosa y los jardines.

©CARLOS PENELAS, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA 

MUNDO DIFÍCIL, Ady Yagur, Israel

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MUNDO DIFÍCIL 


Cuando era solo criatura
vivía en un bello paraíso ,
el mundo era todo jardín 
mariposas me rodeaban.

Cuando era solo un pibe 
mi madre solía cantarme,
sus brazos eran cálidos 
mi padre la admiraba.

Cuando ya fui jovencito
el mundo tenia fronteras ,
necesitaba volar con alas
mis anhelos  lo deseaban..

Ahora que el tiempo pasa
el mundo se ha vuelto difícil,
virus nos amenazan en vida
los pueblos se estremecen.

Mundo de  duras batallas 
entre guerras que dividen,
la paz  no es solo quimera
ella es la  mirada al cielo.

Mundo difícil que encarcela 
a los seres entre pueblos,
el presente  de virus corona
es un grito  que nos llama..

©ADY YAGUR, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA 





CRISTO DE LA ROSA, Favio Ceballos, Baigorria, Santa Fe, Argentina

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CRISTO DE LA ROSA

¡ay rosa de mi querer 
no te voy jamás a olvidar¡

 María Regueira López
____________________

Que tus pétalos son seis y tu tallo sólo uno
Que Saturno te ha encantado para calmar el lamento
Y por destino de cronos devenido en juramento
Tú compartes la fragancia que no hace mal a ninguno.

Ya es tu color esa gracia de tu púrpura oportuno
Como sangre suelta al aire la libertad en un intento
Tus pétalos son las alas del corazón surca viento
Agua de cielo a tu hambre, rocío de desayuno.

Vuelvo a cantar y en tu nombre retorno a lo más querido
El mal se fue y el ahora no corta tu juramento
Tu elemental en custodia
hace el color y te nombra

Vuelvo a reír y en tu centro miro… tu ser florecido
Me enseñas a ver el mundo de otro plano de sustento
Como Jesús siendo el Cristo florece en Cruz sin la sombra.


©FAVIO CEBALLOS, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA





SINOPSIS del LIBRO “El hombre que se pensaba a sí mismo”, Ángel Medina, Málaga, España



























SINOPSIS del LIBRO “El hombre que se pensaba a sí mismo”


El Hombre es un animal de costumbres, y cuando estas se instalan en la sociedad acaban convirtiéndose en normas, algo que le hace percibir el aparente confort dentro de su madriguera, frenándose a exponerse a algo nuevo. Y es que los que se adaptan a su laberinto, la propia inercia los acaba confundiendo.
Lo que nos dicen tres grandes pensadores sirve para hacer un diseño del hombre de nuestro tiempo. Albert Camús afirma: “El hombre moderno es la única criatura que rechaza ser lo que es”, de lo cual se desprende la conciencia que de sí mismo tiene. ¿Qué piensa el hombre de sí? Por su parte, Ernest Bloch nos plantea un interrogante: “El hombre es algo que tenemos que encontrar todavía. No sabemos aún lo que somos, y no somos todavía lo que seremos”. Aunque ha sabido penetrar en la esencia de la física cuántica y desintegrar el átomo, sin embargo, se desconoce. El último, Paul Ricoeur es más optimista: “El hombre es posible”. Todavía estamos a tiempo de esbozar lo que es un hombre. Son tres ponderaciones que vienen a advertirnos que el hombre es una pasión inútil (por sí mismo), que existe la posibilidad de reencontrarse consigo, según la altura de sus deseos (hurgando dentro de él), que todavía es posible (aplicando su voluntad).
Las sociedades cambian, pero el hombre, si quiere serlo ha de reorientar el camino para hallarse. Debe ser capaz de comprender lo que le ofrece el mundo y esforzarse para alcanzar ser el que puede ser. Ciertamente, está aturdido por tanta información, tantas opiniones y criterios distintos, tanta banalidad e intrascendencia que hurtan la responsabilidad a cambio de lo superfluo e intrascendente.
El hombre ha de abrirse al pensamiento. Ha de ejercitarlo. Y como no hay ciencia infusa que valga, todo conocimiento proviene del exterior. Información para conseguir formación, y el abanico de las ideas, filtrarlas por el tamiz de su testa y transformarla en opinión.
De manera consciente o inconsciente el hombre de la sociedad moderna ha caído (o se lo han conculcado) en la autosuficiencia. En bastarse a sí mismo. Pero, ni la sociedad, ni la política, ni el consumismo- sean cosas o ideas- hacen crecer el proyecto de hombre que todos somos, en un mundo que valora a sus hijos por lo que tienen y lo que hacen, pero no por lo que son. Somos como el grano que la tierra convierte en espiga. El riesgo es que, ahogado y pereciendo no dé el fruto deseado. Por eso, importa el terreno de la siembra. Sin embargo, el hombre no es solo materialidad. Necesita algo más. El problema radica en que, para encontrarse, tiene que buscar el soporte. Y la sociedad actual ha renunciado a la Verdad. A lo sumo la representa con medias verdades, que resultan ser las peores verdades. La verdad hay que buscarla. No como concepto solamente, sino, ante todo, en cómo me afecta a mí como sujeto. Para ello el hombre ha de reflexionar sobre lo que tiene y lo que desea. Salir de sí mismo para regresar y encontrarse. Una prueba de que el hombre no se basta a sí mismo, es la incapacidad de amarse. Pues, ¿quién se ama si no es a costa de odiarse? Extraña pregunta, sí. Esto viene a decirnos, que, incapaz de excusarse ante él y los demás, necesita saberse perdonado desde esa apelación a la Verdad que lo trasciende, a poco que se avenga a abrirse a ella.
Nadie que se piensa (ese es el problema de nuestra sociedad: no pararse demasiado a recapacitar y dejar ir la vida tras lo inmediato) a fuer de ser honesto consigo, puede aceptarse. Ya lo explicaba Feuerbach a su manera: que el Ser Supremo es la elevación al infinito de las cualidades que el hombre gustaría poseer. ¿Hay uno solo que se considere como el que desearía ser? Basta echar la mirada atrás y pensar en la conducta que se arrastra. El pasado. Aquellas cosas que no queremos ni recordar y que realmente nos avergüenzan. Por eso las cubrimos con el olvido, aunque en realidad permanecen con nosotros. No somos capaces de reconocerlas, tomarlas como experiencias de lo que no debe ser y continuar el camino al abrigo de la confianza. Saber perdonarnos. En el fondo, el hombre se detesta. Sin contrición, no hay cambio. Necesita saberse amnistiado. Pero, para ello ha de examinarse. De ahí la importancia de hacer un alto en el camino y recapacitar. Confrontar ideas y valores.

Toda metanoia invita a la introspección. Pararse a considerar por dónde discurre la vida.  Por eso, es conveniente adentrarse sigilosamente en su interior. Dejarse rasgar con la precisión de un bisturí. El ser humano, como la cebolla, está recubierto de distintas capas, infinidad de partes que constituyen su todo. No es posible tratar su conjunto, pero, sí, al menos una parte de él que pueda reorientarle.
“El hombre que se pensaba a sí mismo” es mi último libro, de reciente aparición. En él trato de proyectar una lucecita, con la pretensión de que el lector pueda meditar lo que en él se dice acerca del hombre. Alguien con el que pueda identificarse quien lo tenga en sus manos.

©ÁNGEL MEDINA, poeta y escritor español
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

Puede encontrarse en



EL VIVIENTE, Adrián Néstor Escudero, Santa Fe, Argentina

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EL VIVIENTE[1]
A los que esperan…


   Ahora, vamos en busca de un nuevo Nacimiento...

   La casa no estaba sola.
   El rumor de viento radiactivo penetraba los rincones y esquinas de sus muros. El polvo del descuido la había cubierto sin sorpresas de una blanca ancianidad…
   Los muebles estaban quietos y sucios. La cámara del descanso estaba quieta también. Y la cámara de los aromas. Y a cámara de los mensajes y los libros. Y la cámara de los juegos e invenciones…
   Todo estaba inmóvil. Más inmóvil que nunca, excepto por aquella silla de crujidos ancestrales.
   De ahí que, la casa, no estuviera sola.


   Había tibieza en su interior.
   A pesar del viento gélido, rebuznante y mortal que forzaba invisibles aberturas, todo se mostraba invitante, acogedor…
   Y si alguien hubiera penetrado de improviso en ella escapando de los copos de nieve y radiación que fantaseaban la atmósfera, los árboles y las piedras, habría deseado toparse con el aroma alegre y dulzón del tabaco quemándose como en un rito haitiano, en una tosca, dura, pero no menos importante pipa de madera. Como en los días verdes, verdes y azules…
   Los días de los buenos tiempos. Del Paraíso terrenal.
   Más nadie entraría en la casa de tal modo.
   Imposible.
   Sin embargo, la casa no estaba sola.


   Los ojos claros y serenos se abrieron.
   Casi con tristeza y desesperación giraron hasta dar con el resplandor del amanecer.
   Unas manos toscas, duras y torpes descorrieron la lluvia de hilachas amarillas que ocultaba el albor de la mañana. Y los ojos vieron que el mundo despertaba nuevamente gris en aquel día.
   Después se cerraron.
   Unas lágrimas casi reales empañaron –como antaño- el rostro tosco, duro y torpe como las manos. Afuera, la nieve y el soplo radiactivo que durante cien años azotaran al planeta, habían dejado un cielo plomizo, encapotado…
   Las manos toscas, duras y torpes intentaron borrar, con una especie de orgullo, las fisgonas y pensantes líneas que cruzaban sin prisa la grotesca faz de aquel hombre.

   Luego, los ojos claros y serenos volvieron a abrirse. Y miraron el silencio de la casa pequeña y preñada de sombras al posarse con suavidad en los marcos de la ventana…
   Y allí se quedaron, mirando y esperando. Esperando que un sol aguerrido y estrenado fundiera la piel del mundo, quemando las grises auroras que herían su desierto polvo. Esperando que en los brazos cuarteados y avezados de los árboles, volvieran a desperezarse, junto a las flores, millones de hojas y de pétalos ardientes de luz y color. Esperando que las crías animales irrumpieran de huellas los olvidados bosques de la Tierra. Esperando que los laberintos tejidos de estrellas y luciérnagas campestres, bordaran los sueños de los hombres con mágicos poemas y cuentos aleccionadores. Esperando que los días grises murieran germinando días verdes, verdes y azules. Como en los buenos tiempos… Los del Paraíso terrenal.
   Después, morir…

   Pero, si aquello era cierto, si en verdad se trataba de El Viviente, del primero y último hombre sobre la tierra, sus ojos eléctricos se nublarían viendo días verdes, verdes y azules…
   Alguien habría de entenderlo. Entonces, no se cansaría de esperar.
   Alguien aflojaría la escarcha y las rocas que amurallaban los cielos en nubes grises.
   Y lloraría.
   Con libertad. Con alegría. Como sólo un fantasma o un robot, llamado Adán, podría hacerlo.-

©ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


[1] Santa Fe (Argentina), 1975. T.a. 2005.-

   Integra el Libro “DOCTOR DE MUNDOS II - Visiones Extrañas” (Colección de Ficción Conjetural y Metafísica). Inédito. La Botica del Autor, Santa Fe (Argentina), 2003-2020.- 
   
   Publicado el 18-03-2005 en el Diario “La Opinión” de Rafaela (Suplemento La Palabra) - Dpto. Castellanos (Provincia de Santa Fe, Argentina) y su Página On-Line (Suplemento La Palabra).
   Publicado el 09-03-2020 en el Foro “PARNASSUS, PATRIA DE ARTISTAS (Patria simbólica de escritores y artistas internacionales)” - Galardonado como Prosa Felicitada por la Administración del Foro (Elias Antonio Almada) y como Prosa Destacada y Top Content por la Administración del Foro Roberto Xuchiltl Pérez y la Dirección del Foro (Buenos Aires, Argentina). Directora Fundadora: Prof. Marisa Aragón Willner.



REÍR LLORANDO, Juan de Dios Peza, (1852-1910), México

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REÍR LLORANDO

Viendo a Garrick, actor de la Inglaterra,
el pueblo al aplaudirlo le decía:
Eres el más gracioso de la tierra y el más feliz.
Y el cómico reía.

Víctimas del spleen los altos lores,
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores
y cambiaban su spleen en carcajadas.

Una vez ante un médico famoso,
lleg
óse un hombre de mirar sombrío:
-Sufro -le dijo- un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.

Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte;
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única pasión la de la muerte.

-Viajad y os distraeréis. -Tanto he viajado
-Las lecturas buscad -Tanto he leído-
Que os ame una mujer - ¡Si soy amado!
-Un título adquirid -Noble he nacido.

¿Pobre seréis quizá? -Tengo riquezas
- ¿De lisonjas gustáis? - ¡Tantas escucho!
-¿Que tenéis de familia?...-Mis tristezas
-¿Vais a los cementerios?... -Mucho, mucho.

¿De vuestra vida actual tenéis testigos?
- Sí, mas no dejo que me impongan yugos;
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos mis verdugos.

-Me deja- agrega el médico -perplejo
vuestro mal, y no debo acobardaros;
Tomad hoy por receta este consejo:
sólo viendo a Garrick podéis curaros.

-¿A Garrick ? -Sí, a Garrick...La más remisa
y austera sociedad lo busca ansiosa;
todo aquel que lo ve muere de risa;
¡tiene una gracia artística asombrosa!

-Y a mí me hará reír?-Ah, sí, os lo juro!;
él, sí, nada más él...Mas qué os inquieta?...
-Así -dijo el enfermo -no me curo:
¡Yo soy Garrick ! Cambiadme la receta.

¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el autor suicida
sin encontrar para su mal remedio!

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!..
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora
el alma llora cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestras plantas pisa
lanza a la faz la tempestad del alma
un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto;
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto
y también a llorar con carcajadas.

©JUAN DE DIOS PEZA


sábado, 14 de marzo de 2020

Ejercicio de abstracción, Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina

















Ejercicio de abstracción

Observo esta hoja de papel.
Elimino los conceptos
con cuya ayuda la pienso.
El concepto de fibra,
de útil, de celulosa…
Prescindo también
de que se trata de algo
con ciertas propiedades
y antes de dar al blanco
en el margen escribo…
¡Abracadabra!
Abracadabr
Abracadab
Abracada
Abracad
Abraca
Abrac
Abra
Abr
Ab
A

©LUIS ALPOSTA, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA




EL SEÑOR ARMANDO, Norberto Pannone, Buenos Aires, Argentina

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EL SEÑOR ARMANDO 

         Esa mañana me habían llamado por teléfono para la entrevista con el señor Armando. Y allí estaba, a la espera de ser atendido por él.
Su secretaria me había hecho sentar en un comodísimo sillón, señalándome algunas revistas a fin de que atemperara la espera.
Transcurridos escasos diez minutos, la empleada abrió la puerta de un despacho y dijo ceremoniosamente:
         -El señor Armando lo aguarda.
         Me levanté de un salto y entré. La mujer salió cerrando la puerta con exagerada delicadeza.
Un hombre, de alrededor de cuarenta años me tendió la mano y luego me indicó un sillón para que me sentase. Hojeó unos papeles que estaban sobre el escritorio y me dijo:
         -Tengo aquí toda la información sobre su vida. ¿Está seguro que quiere el puesto vacante?
         -¡Nunca he deseado algo con tanta impaciencia! Respondí.
         -Bien, dijo. Sígame…
         Lo seguí por un pasillo muy largo y estrecho, al final del mismo, entramos a un cuarto pequeño, ¡y allí estaba! Se trataba de un habitáculo, al parecer, de acero inoxidable, similar a una cápsula espacial. En su interior, había una butaca. Me invitó a entrar al compartimento y me instó a sentarme. Me senté y el señor Armando, me ayudó con el cinturón de seguridad.
         -¡Buena suerte! Me dijo el señor Armando cerrando herméticamente la puerta de aquel insólito artefacto.
La máquina comenzó a girar alcanzando una velocidad ciertamente asombrosa. No sé cuánto tiempo pasó, finalmente, el artilugio detuvo sus giros. Después de algunos momentos pude abrir la puerta desde el interior y salí.
Me hallaba en medio de una plaza desierta. Caminé una cuadra y me encontré en pleno centro de la ciudad, creo que estaba justo en la esquina de Sáenz Peña y San Martín. Detuve a un hombre que transitaba por la acera y le pregunté:
         -¿Sabría usted decirme dónde están las oficinas del señor Armando?
         -Ahí enfrente. Me dijo con cierta molestia.
Crucé la calle y entré al lugar.
Me atendió la secretaria del señor Armando y me dijo que debería esperar unos cinco minutos. Aproveché para terminar de leer el artículo de una revista especializada en psiquiatría que había tenido que interrumpir en la visita anterior.
Cumplido dicho plazo, la secretaria me hizo saber que el señor Armando me esperaba.
Entré al despacho que me indicó la señorita y allí estaba el señor Armando.
Me dio la mano de forma muy cordial y se puso a examinar un informe que tenía en su escritorio que, seguramente, era una fábula de mi propia vida, o lo que muchos llaman: “Currículum vitae”.
Me preguntó de manera contundente y sin preámbulo alguno: -¿¡si de verdad, deseaba el puesto que había quedado vacante!?- Le dije que sí. Sonrió y me condujo por un pasillo largo y estrecho hasta la cápsula. El Sr. Armando aseguró el cinturón de la butaca, cerró la puerta y el cacharro comenzó a girar despiadadamente hasta que se detuvo. Abrí la portezuela y salí al mundo exterior.
Me hallaba en una calle asfaltada que parecía desierta. Esperé a que alguien pasara por allí y cuando acertó a pasar un joven, le pregunté por las oficinas del señor Armando:
         -Aquí, a la vuelta. Me respondió.
Di vuelta a la esquina y, en efecto, allí estaban las oficinas del señor Armando.
Entré y la secretaria me saludó con una sonrisa:
         -¡Buenos días señor Armando! El elegido para el puesto lo está esperando. ¿Lo hago pasar a su despacho?
         -Sí, por favor. Le contesté.
Un hombre de unos veinticinco años, se asomó detrás de ella y ésta, lo hizo pasar.
Le extendí la mano sonriente y le indiqué un asiento. Recorrí atentamente las hojas del informe que estaba sobre el escritorio y le pregunté imprevistamente si de verdad deseaba el puesto. Precipitadamente, como en si fuese decreto, me dijo que sí.
Entonces, le dije que me siguiera.
Recorrimos el largo y estrecho pasillo hasta llegar a la cápsula. Una vez allí, hice que entrara y se sentara en la butaca de la misma, ayudándole a colocarse el cinturón de seguridad.
Cerré la puerta y el ingenio comenzó a girar.


©Norberto Pannone, Buenos Aires, Argentina
De su libro “Cuentos invernales” ed. 2010