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sábado, 8 de agosto de 2026

HISTÓRIAS Don PANCHO ORMEÑO, El médico de la cuchilla. Gladys Abilar - Chilecito, La Rioja, Argentina

 



HISTÓRIAS - Don PANCHO ORMEÑO
El médico de la cuchilla

 

Don Francisco Ormeño, más conocido por don Pancho Ormeño, bien podría ser un personaje salido de la más pura y extravagante ficción, un invento del pueblo tan propenso a estos recursos para tejermilagrerías y sucesos de tinte folclórico. Don Pancho tiene la altura de mito popular pero no lo es. Fue un hombre de carne y hueso portador de un apellido cuyo linaje remonta a los rancios apelativos coloniales del noroeste riojano. Dotado de sabiduría, santidad, taumaturgia, filosofía, magia, esoterismo, clarividencia descubrió los secretos más recónditos de la Naturaleza la cual decía conocer como un don divino y que le permitía a su vez curar a los enfermos. La naturaleza en plenitud le entregó el conocimiento y el poder telúrico que las aulas no le dieron pues don Pancho jamás pisó una escuela. Sus hijos ignoraban cómo aprendió a leer y escribir. Contemplativo, fundía su mirada en la cordillera, principio y fin del mundo y de la vida misma. El Famatina Lo fascinaba, era su cuna y su sepulcro. Allí entregó sus huesos ya casi nonagenarios luego de un bien ganado respeto y reconocimiento en su hermoso valle de la Cuchilla en 1939. Nació en Aicuña, provincia de La Rioja en 1850. Su apellido, añejo y tradicional es tan limpio como los títulos de su heredad serrana.

Construyó su casa en La Cuchilla donde se dedicó a la cría de ganado. Logró una importante fortuna

principalmente con el caballo criollo, la que se acrecentó luego con el producto de sus curaciones. Casado con Manuela del Rosario Oliva tuvo cuatro hijos. A la edad madura don Pancho se inicia en el noble sacerdocio de la terapéutica fitonímica como un llamado divino abriendo una nueva etapa en su vida. El don de curar y conocer el mal de las personas se reveló espontáneamente. Fue conocido en todo el noroeste argentino y en urbes litoraleñas como “El médico de la Cuchilla”. Famoso por sus increíbles y milagrosas curaciones don Pancho, de luenga figura y crecida barba, cargaba sobre sus hombros muchos años y mucho prestigio bien ganado. Así lo conocieron miles de personas dolientes que llegaban al valle en largas peregrinaciones y así lo conoció el país entero cuando diarios y revistas lo daban a conocer con su clásica estampa de inconfundible cuño patriarcal. Don Pancho no era alto pero tenía una personalidad y una jerarquía que engrandecían toda su humanidad porque crecía desde otra dimensión. Como dicen en sus pagos, “tenía aire de cumbre”. Los bigotes abundantes y gruesos se fundían en una poblada y canosa barba dándole un aura de patriarca hebreo que infundía respeto. La barba simbolizaba sabiduría y poder. Se decía que en sus largos pelos residía el secreto de su poder curativo. Las manos arrugadas y huesudas surcadas por huellas profundas de años y de trabajo terminaban en largos dedos poco acostumbrados al continuo y efusivo apretón cordial. Don Pancho Ormeño no era hombre de muchos saludos, menos de abrazos y manoseos personales que no sean los de sus verdaderos y cercanos afectos. Saludaba como quería y lo sentía, sin compromisos ni cumplidos lejos de las normas sociales más elementales. Eso sí, jamás dejaba de atender a nadie que haya llegado a él por su ayuda. Su vestimenta se reducía a un traje oscuro desteñido y sobrio, un chaleco desabrochado y una camisa de cuello grande con el faltante de algún botón. Nunca un pañuelo en el bolsillo superior del saco y menos aún una flor.

Don Pancho tenía pasión por las plantas. Los árboles, los arbustos, las hierbas y las flores fueron su debilidad desde niño. En su pago natal mientras cuidaba su ganado caprino y ovejuno o pacía el rebaño de las vacas, se deleitaba curioseando con gran interés toda clase de vegetales y plantas a su alcance. Las observaba, las olía, las probaba, se comunicaba con ellas en un idioma propio. Con esa pasión botánica llegó a distinguir el sabor y la fragancia de cada planta lugareña y también a experimentar las propiedades y el poder terapéutico con el íntimo deseo de aplicarlas a la medicina herborista casera. Pronto esa pasión se transformó en sacerdocio. Aprendió también de la antigua farmacopea indígena y de las viejas curanderas, salamanqueras y sabios surgiendo así el más afamado médico herborista urólogo del norte argentino. Obraba milagros taumatúrgicos. Tenía el poder del machi araucano, del sancóyoc incaico, del payé guaraní. No solo la fitoterapia heredó del ancestro diaguita sino también la zooterapia. Recetaba aplicaciones de la carne, del cuero, o de venas y tendones. Don Pancho nunca cobró ni exigió retribución por sus curaciones. Practicó el bien por el bien mismo. La gente dejaba voluntariamente su tributo. Innumerables objetos de toda laya y calidad; desde vinos y joyas hasta instrumentos musicales y dinero que Pancho no tocaba y era repartido entre los pobres. “El médico de la Cuchilla” era experto uróscopo, conocía los males del cuerpo y del alma a través de la observación de la orina bajo el reflejo del sol y obtenía el diagnóstico y la curación. Muchas veces el tratamiento de algunos pacientes era largo y los enfermos eran hospedados allí mismo en viviendas construidas para esos fines. Los pacientes permanecían bajo el cuidado del taumaturgo hasta finalizada la curación, a veces días, a veces meses. Así también era su franqueza para decirle al enfermo cuando no tenía cura. Su clarividencia le permitía predecir enfermedades a la distancia incluso la muerte con sólo mirar las “aguas menores”. El oráculo de “La Cuchilla” no se equivocaba jamás. Curó casos emblemáticos de locura como el de un ex interno desahuciado en el neuropsiquiátrico de Oliva, Córdoba; otros de paludismo, cáncer, parálisis, ceguera, traumas psicológicos, hizo caminar tullidos, y muchos otros. Todos ellos casos documentados.

“El médico de la Cuchilla” tenía otro rasgo fundamental, su profunda fe religiosa. Diariamente al caer el sol concurría a la capilla lugareña a rezar su plegaria a Dios, invocaba a Jesús y a San Francisco. Lo acompañaban los enfermos que se encontraban en curación o esperando su turno para ser atendidos. Había que obedecer a su llamado con diligencia. Los enfermos acudían con premura, con fervor y obediencia admirables. La fiesta máxima en la Cuchilla era la patronal de San Francisco de Asís que Don Pancho celebraba el mismo día de su nacimiento, 12 de marzo, aún cuando no se correspondía con el calendario pastoral ya que no había ningún santo que coincidiera con ese día. Pero el patriarca de “La Cuchilla” así lo había decretado. Las fiestas patronales eran un verdadero jolgorio, duraban 3 días, del 12 al 15 de marzo. Previo a estos festejos se rezaba el novenario en la capilla y se honraba al Santo Patrono. Había misa y procesión encabezadas por un sacerdote traído de Sañogasta o Chilecito. Luego la fiesta con comida copiosa, bebida en abundancia, baile, canto y música regional. Y todo corría por cuenta de Don Pancho, el patriarca de “La Cuchilla”, generoso, hospitalario y gran filántropo. Como decía Atahualpa Yupanqui, “gente de ciencia, del país y también extranjeros, salían asombrados de este saber sin vueltas de Don Pancho Ormeño, el médico de la cuchilla”.

 GLADYS ABILAR - Chilecito - La Rioja, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


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