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domingo, 10 de febrero de 2019

EL INSTITUTO DE LA RESUCITACIÓN, Ángel Medina, Málaga, España
















EL INSTITUTO DE LA RESUCITACIÓN

Conocía a aquel hombre desde hacía años. Un día enfermó, hasta el punto de correr riesgo su vida, siendo internado. Por aquellos días yo me encontraba ausente. Mi amigo era un hombre  que amaba la belleza. Era licenciado en Bellas Artes y practicaba con notable éxito la escultura y la pintura, y su inquieto espíritu se abría a todo lo que fuese expresión artística, como la literatura y la música. Yo solía hablar con él para enriquecer mi conocimiento (es sabido que mucha gente resulta banal en sus conversaciones ,que se reducen a los deportes o a comentar las noticias sensacionalistas o del corazón); lo mismo conversábamos sobre los viejos filósofos, muchas de cuyas obras siguen vigentes hoy, como “La República”, de Platón o “El discurso del método”, de Descartes, que  sobre los maestros de la pintura, cuya genialidad se plasma en grandes expresiones pictóricas ( recuerdo que una vez me comentó con gran prodigalidad de detalles acerca  del cuadro “La Venus del espejo”, de Velázquez, que se exhibe en “La National Gallery”, de Londres, del cual parece ser que pintó tres desnudos y sólo se conserva este retrato, creando su propia imagen de la divinidad, aunque la idea de pintarla de espaldas, sosteniendo Cupido el espejo en el que se perfila su autor, procedía de Tiziano, haciendo la observación para que me fijara en la lámina, en cuya posición  no debería resultar posible  ser reflejado el rostro). Un verdadero preciosista, en toda la extensión del término.

Al cabo del tiempo volvimos a encontrarnos y lo noté algo extraño. Parecía frío e insensible, rehusando hablar de aquellos apasionantes temas, por más que yo insistiera. Finalmente, me hizo una pregunta desconcertante.
-          ¿Te gustaría poder resucitar?
-          ¿De qué me estás hablando?- contra pregunté escéptico.

Por toda respuesta, me dijo entonces:
-          Mejor que lo veas. ¡Acompáñame!

El taxi nos condujo a un lúgubre caserón situado a las afueras de la ciudad. Anochecía, y las luciérnagas comenzaban a invadir la bóveda del cielo que se desplegaba sobre nuestras cabezas, haciéndome sentir la pequeñez de lo que es ser hombre. Nos recibió un hombrecillo de aspecto algo tétrico. Era muy alto y enjuto de carnes, cabello escaso, desordenado y grisáceo, algo quijotesco, ojos hundidos y enormes bolsas que bordeaban las cuencas, orlando sus mejillas una barbita lampiña. Su rostro era alargado y los pómulos salientes como dos manzanas maduras. Calculé que debía frisar los ochenta o quizá algo más, caminando a zancadas, doblando el espinazo a cada paso que daba. Su raquitismo lo  cubría un traje  negro y zapatos del mismo color, pareciéndome que coqueteaba con las pompas fúnebres.

Descendimos por una escalera de caracol repleta de óxido que venía a extinguirse en el inicio de un largo corredor, a cuyo fondo había una puerta blindada. Dentro de la estancia que custodiaba el hierro se encontraba un hombre de compostura bonachona y regordeta,  y en uno de los extremos una mesa metálica que soportaba el peso de una máquina de electroshock, una vitrina con tarros y jeringuillas, y una cámara frigorífica, antojándoseme que todo aquello era una sala de despieces.

Después  que nuestro anfitrión se embutiese  en una bata oscura, cuyo peto estaba reforzado por un hule,  chasqueó los dedos y el ayudante penetró en un cuarto  contiguo para regresar al poco portando una camilla sobre la que descansaba el cuerpo de un cadáver. Antes que tuviese tiempo para reaccionar, mi amigo me dijo que el doctor Molokov era un reputado científico formado en la extinta Unión Soviética, el cual investigaba la muerte y trabajaba en un proyecto mundial de resucitación, habiendo conseguido antes  notables éxitos con animales. Yo no sabía si sonreír, enfadarme por el misterio con que me había conducido hasta allí, o salir corriendo. Pero la curiosidad me retuvo, queriendo ver el final de aquella farsa. Como me encontraba algo histérico, aduje que una cosa era  los experimentos con bestias y conseguir alguna reacción de tipo nervioso y otra bien distinta aquel propósito con humanos. Pero mi incertidumbre aumentó cuando me dijo: “¡También! ¡También!. Ten paciencia”. A lo que contra-objeté: “¿Y tú qué sabes?”, escuchando de sus labios: “¡Te lo digo yo!,” reafirmándose, aunque sin poder ser más explícito ante la inquietante y penetrante mirada del sabio.

Aquél parecía el cuerpo de un mendigo. Personas que malviven y acaban reventándoles el hígado de tanto tetrabrik de vino peleón, o hastiados de la vida terminan por arrojarse por un puente.

Molokov retiró la sábana que lo cubría, dejando su cuerpo al desnudo. No debía hacer mucho que se había apagado su vida y, para verificar su estado- yo creo que fue una exhibición para impresionarme- le untó con crema, conectó unos electrodos y le aplicó una descarga eléctrica. Al notarla, los músculos reaccionaron como si quisieran saltar del interior del cuerpo (fue inevitable que me remontase a la niñez, cuando una Navidad degollaron en casa a un hermoso pollo, y decapitado dio un   brinco, desparramándose la sangre a borbotones, alcanzando el techo), y, observándolo con detalle, me sobresalté.
El docto me miró displicente y me dijo:
-          La homeostasis se ocupa de las variaciones de la temperatura en los organismos que aún conservan vida. Es evidente que este hombre está muerto, pero no lleva mucho tiempo, pues la musculatura ha respondido al estímulo. Pronto se advertirán en él los cambios postmortem. Primero, la rigidez de la cara. Después, sobrevendrá a brazos y tórax, hasta alcanzar las piernas, y antes de las veinticuatro horas será completa. La autolisis, es decir, la devastación de los tejidos, hará el resto. Finalmente, cuando esté completamente destruido se iniciará la putrefacción. ¡Yo lo evitaré!
-          ¿Cómo…?- balbucí estupefacto.
-          Resucitándolo.

Al escucharle hablar con tanta convicción, sentí un espasmo. Pero, haciendo de tripas corazón, asentí, invitándole a proseguir.
-          Esto es la visión de lo que nos ha de pasar a cada uno de nosotros. Sin embargo, la misión de la ciencia es investigarlo todo, incluso al peor de los males que es la muerte. Porque el proceso de la muerte no es sólo lo que usted contempla ahora, sino sobre todo la desesperanza de eso que llamamos “espíritu” o “alma” y que yo prefiero denominar como “conciencia”; y es que, al morir enterramos para siempre el deseo de vivir. A la aniquilación material se ha de añadir la destrucción del “ser”. Si nacemos para vivir, si la vida impregna toda nuestra persona ¿por qué hemos de morir? ¿Qué contradicción de la naturaleza es esta? ¿Qué imagen de dioses somos si acabamos convertidos en gusanos, auto-devorándonos la corrupción de un sepulcro?

En tanto pronunciaba su discurso material-metafísico, Molokov hizo una indicación a su esquelético ayudante, el cual le proporcionó un frasco con un componente desconocido, carente de etiqueta alguna, figurándome  que debía ser de su invención, así como una jeringuilla dotada de una aguja extremadamente  larga. Luego, fue pinchándole en diferentes zonas del cuerpo el compuesto- me aclaró que era celular- y poco a poco fue atenuándose el rigor mortis. Finalmente, le practicó una pequeña trepanación e introdujo el catéter por el orificio, penetrando a través del mismo la solución. Confieso que me asusté al verle mover las manos y recuperar paulatinamente el color perdido. Pero cuando realmente casi me desmayo, fue al verificar que, siguiendo su mandato, como aquel Lázaro que volvió a la vida- no me gusta la comparación, y todo lo visto, aún pasando por el tamiz de mis propios ojos, me resulta un acto de brujería- le ordenó con voz  autoritaria que se levantase.

Mis ojos expresaron el espanto. No así mi amigo, ni el científico, que se frotaba las manos de satisfacción, seguro de que acabaría siendo reconocido por la Academia de las Ciencias, y también por la propia humanidad. Vencido el aguijón de la aniquilación, el peor de los males temidos por los hombres, todo se reduciría a un pesado sueño. Entonces, me decidí a preguntarle.
-          Estoy sorprendido, Profesor. Pero, dígame ¿qué sucede después de experimentar volver a la vida tras el hecho biológico de la muerte? ¿Cómo ha de reaccionar el resucitado?

El lumbrera miró a mi amigo. Era evidente su complicidad. Al punto,  me dijo con tono paternal, que aunque había dado el primer paso, todo era mejorable. Ciertamente, había recuperado la materia muerta, transformándola en viva y para ello las nuevas células eran las artífices. Estaba en condiciones de resucitar el envoltorio humano, no así el espíritu.
-          Lo hombres a los que resucito- me confesó- recuperan el cuerpo, pero no el alma. Todavía no estoy en condiciones de volver a traerles la sustancia de la sensibilidad: en una palabra, el recreo de la belleza que representa el arte. Para eso tendremos que aguardar. Estos son los albores.

Guardó silencio durante unos segundos, quedando yo pasmado. Mi testa estaba convulsionada y  comenzaba a comprender. Y echándole la mano por encima de su  hombro  lo apartó de mí y se lo llevó al otro extremo de la sala, cuchicheándole, a la par  que el resucitado bostezaba con cara de lelo.
-          ¿Le ha dicho usted que?- me pareció escuchar.

Cuando regresaron al lugar en el que me habían dejado, encontraron que yo ya no estaba allí. Apresuradamente salí de aquel Instituto de la resucitación, en tanto que mis neuronas hervían en busca de alguna explicación a lo sucedido. Era lo que había experimentado mi amigo cuando fue sorprendido por la crisis que le condujo hasta la muerte, deduciendo que previamente debía de tener  contratado los servicios de Molokov para el caso de que fuese necesaria su reanimación corporal. Corporal, sí, porque, como pude comprobar, había perdido cuando lo encontré su interés por la belleza y lo sensible. Un hombre que se recreaba en la admiración por el arte, había quedado relegado a la condición de la insensibilidad. Y eso se me antojaba tanto como vender su alma. Yo, aunque amaba la vida, prefería ser una persona, con sus limitaciones en el tiempo, sí, pero tal como la naturaleza me había creado. Hombre y no medio hombre.  No me agradaba la posibilidad de llegar a convertirme en un autómata.

Ya no volvimos a vernos. No sé si volvió a tener una segunda muerte y una nueva resucitación. Tampoco me importa. Yo prefiero seguir siendo yo mismo. Una persona con toda la acepción de la palabra. Aunque con la limitación que impone Cronos, con cuerpo y alma.

©ÁNGEL MEDINA, poeta y escritor español
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
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sábado, 9 de febrero de 2019

SIEMBRA, Favio Ceballos, Granadero Baigorria, Santa Fe, Argentina

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SIEMBRA

Si digo sublime
minimizó hasta el hartazgo
al tenaz gusano.
Si digo valiente
me confieso primero
y desdeño la frescura
de la sombra... piadosa.
Si no te pronuncio y te niego, balbuceo solamente una oda inconclusa y me pierdo
en el rumbo fijo del florecer.
Amanece,
no es poco
y esta ruindad del ser,
que se agazapa,
me disipa la eternidad
en los mecanismos pactados del florecer.
Vuelvo a ti que sabes escuchar
lo que se ofrece.
Y es la misión la que sostiene
la encarnadura pulida al sol.
No respondas más,
lo interrogado no es lo esencial.
Si digo tu nombre
la dualidad se desvanece.
En mi mano digo una semilla
y siento la respiración del bosque.
Toma mi mano frutecida del verbo
y dime tú Silencio de primavera
en la hora que no muere.
Lo que guardas no espera. Despiertas y amanezco.
Es hora de sembrar otro desierto.


©FAVIO CEBALLOS, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINO

PODERES, Soledad Vignolo, Junín, Buenos Aires, Argentina

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Imagen de: La Gaceta


PODERES

En el pueblo lo llamaban Tata, nadie sabía por qué. Tata tenía buena suerte, era querido, de vez en cuando lo abrazaban, alguna vez fue feliz y en un momento dado sintió que el mundo le pertenecía. Sí, el mundo, con toda su indiferencia y bipolaridad. Al fin de cuentas uno construye su propia realidad en base a ficciones cotidianas. ¿O qué pensás que es tu vida?. Una suma tolerable de mentiras que se transforman en tu pos verdad. Y la de Tata era ésa. Y punto.
            En el pueblo no vivía mucha gente. Manzanero se había creado en torno a una estación ferroviaria de carga y descarga y las casas eran siete. La del guarda, que seguía viviendo allí a los noventa años con sus nietos Jerónimo y Rosa, y las de los capataces de la estancia Las Potras. Rubén, Don Tito, Claudia Ramos y Raquel David vivían en la estancia. Los patrones venían dos veces por año a fiscalizar
_ Vienen y chusmean todo y se van- decía Don Tito a viva voz.
            Había una sola calle mejorada y era la que más le gustaba a Tata. Iba y venía a diario por ella contando las piedras y suspirando. Una vez cayó y se raspó el codo y decidió no curarse nunca. Si se hacía cáscara la arrancaba. Si sanaba raspaba la herida en la calle para volver a verse bien. Con sangre. Humano. Porque Tata tenía algunas dudas sobre su procedencia. No tenía padres ni hermanos ni familia. Nada. Y nadie sabía muy bien de dónde salió.
            Para que no olvidaran su existencia Tata cantaba mientras pasaba por las siete casas pobladas y si llegaba a la entrada de la estancia silbaba fuerte. Un día Don Tito le respondió. Aunque un bicho feo silbaba igual que Don Tito. Pero él decidió que era una respuesta. Y ya.
            Al atardecer, Tata emprendía una búsqueda frenética del día, porque la noche era la muerte. Con la noche desaparecían los sueños, los árboles se volvían sombra y las casas dejaban de ser. La noche creaba fantasmas que trepaban los cables y las antenas de televisión digital. Se transformaba en un cúmulo de miedos terrenos, y en ocasiones hasta el lucero partía su luz en múltiples umbrías que lo aterraban. Y entonces para que lo diurno permanezca, Tata cantaba a los gritos y corría desenfrenado por Manzanero como si el diablo lo persiguiera.
            Tata murió sonriendo, de día, a los cuarenta y seis años.
No tiene tumba, nadie sabe bien que se hizo de su cuerpo. Don Tito sigue igual, Rubén Claudia Ramos, Raquel David, siguen idénticas. El guarda y sus nietos Jerónimo y Rosa no cambiaron. La estancia Las Potras quedó intacta. Y Manzanero es el único pueblo del mundo donde el tiempo no pasa y la noche no llega.

©SOLEDAD VIGNOLO, poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

LUNA DE CARAMELO, Adrián Néstor Escudero, Santa Fe, Argentina

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Imagen de: Frasesmuybonitas.net



LUNA DE CARAMELO

 A todos mis queridos amigos en el Maná de la Palabra, hacia la sempiterna Natividad del Verbo de Luz y Amor, encarnado para nuestra salvación y la del universo entero…
 En especial, al talentosa y admirado escritor argentino Norberto Pannone, Presidente de ASOLAPO-ARGENTINA: colega, amiga y hermana en la Fe y Humanidad…
 … Abrazados todos en el Puerto del Arte Literario, enclavado en el Archipiélago del Reino de la Imaginación Creadora, circuido por el Océano de la vida para la Vida, y como Pájaros mansos pero libertarios y audaces, lanzados en vuelos de Paz hacia una fraterna Comunidad Cósmica…Con sincero afecto crístico, mariano, josefino, epifánico y estival…

Adrián N. Escudero (Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina – Enero de 2019 – En Verano y Octava de Navidad, estaciones del Amor y de la Luz).-


 “El que obra, conforme a la verdad, se acerca a la luz” (Juan 3, 21)






EL UNO

   Ahora (recuerdo), un 12 de diciembre del año del Señor de 2008, “en una noche de luna de caramelo”, la tierna Poeta santafesina, Marta Goddio, escribió una suerte de poema o bella prosa poética que, en su cantar, decía que…

   Dice mi niña que…
   Dice mi niña que la Luna, que esta Luna embarazada de amores nuevos, es una luna de caramelo.
   Que podemos subir a ella si nos animamos a hacer una escalerita juntando de a dos las manos.
   Dice mi niña que hay que hacer la prueba, que hay que animarse, porque de esta escalera nadie se cae. Tan segura lo dice, que yo le creo…
   Parece que es una escalerita invisible, de manos trenzadas con  la fuerza del misterio.  De a dos.
   Entonces, dice mi niña, que es muy  fácil: en silenciosa  complicidad esperamos que lleguen los amigos. Esos que también saben que esta Luna es una Luna de caramelo embarazada de amores nuevos.
   Dice mi niña que hay que hacer el esfuerzo de subir el primer escalón, porque a veces están un poco altos los brazos de los amigos que nos esperan para que apoyemos nuestros talones.
   Y dice mi niña, que también hay que tener paciencia, y ser fuertes, para ayudar a quienes nos sostuvieron a que también puedan subir.
   Allá arriba, hay otros amigos que nos esperan, en el lado de la Luz, no en el de la oscuridad, con los brazos de par en par   para recibirnos en abrazos azules y celebrar, y reír…con la alegría de  saborear esta Luna toda para nosotros compartida.
   Entonces comprendo por qué esta Luna, que es de caramelo, y está embarazada de amores nuevos, esta noche brilla tanto.
   Entiendo por qué estoy aquí, cruzando mis pulgares, transformando en alitas las manos, trenzándolas vaya uno a saber con quién, para que vos puedas hacer pie y subir hasta llegar a su centro más brillante.
                                                                    
   Y entonces, luego de entonarla, un humilde escriba atrincherado tras la ventana rugosa y abierta de su botica de autor, enclavada sobre la cota más alta de aquella campesina ciudad llamada Argenta de la Santa Fe, brotada no de la sal medicinal de los mares oceánicos sino de la incómoda y enfermiza humedad que transpiran sus lagunas y esteros envolventes y coloreados por el pasto agreste desde donde salían, disparados a diario y como fuegos de artificio, teros y benteveos chillones…, oró, pensó y escribió…

   (… al principio, como impotente, tras el agobio de un tiempo demasiado luminoso para su cuerpo blanco y opaco de encierros literarios…, como impotente, decía, de expresar sus sentimientos azuzados con el talento que sólo alguien Poeta, como ella, podía poseer para captar las esencias de lo temporal e intemporal del cosmos, y ofrendarlo en sublime parábola acerca de los infinitos mundos paralelos que equidistan el complejo entorno de la llamada “realidad”, y que agitan la conciencia y el corazón del hombre a fuer de impensado e imprevisto actor –ora consciente ora inconsciente- en la comedia de existir, para experimentar la teatral -por lo sobrenatural- lucha que ensayan y ejecutan el bien y el mal -como misterio del Misterio que ha hecho todas cosas-, en ese eficaz destierro -apelado “vida”- purificador del libre albedrío, inteligencia y voluntad con que fuera gestado en singular designio de persona filial y semejante al Único que Es y Hace Ser)…

   … como neto y nato, exclusivo y excluyente narrador que era, prima facie y para desearle unas felices navidades y responder a su amiga en las letras, más o menos, como sigue:



EL DOS

   “MARTA: Bellísima metáfora que nos deja en el umbral mismo del Misterio de los misterios: Dios, pronto redivivo en estas Navidades. Y será su tibia y pequeña manita quien nos tome de las nuestras, con ternura de Padre y amor de Madre, para elevarnos a la Luz de tu Luna de caramelo… Porque está escrito. "Hay que hacerse como niños para entrar en el Reino de los Cielos"... Una manita que luego, desde un sangriento madero, se transformará en Abrazo abierto a toda la Humanidad que desee rendirse al Amor verdadero para ser verdaderamente feliz; y que, por un hueco de voz transida por el sufrimiento y la ofrenda, prometerá desde su cruz salvadora que…: “Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia Mí".

   Después, el ignoto escritor de naderías transformó sus apuntes febriles en un acuciante relato metafísico, lo plantó en Word, y, haciendo “clic” en “Enviar al destinatario”, lo remitió a su angelical amiga con el siguiente pedido: “Querida Marta, Vate de las Esencias: acabo de leer tu poema “Dice mi niña que…”, y he sido impulsado fuertemente a escribir una suerte de micro relato, aherrojado metafísicamente -por sus arraigos celestiales- y que llevo de inmediato a tu consideración. Ello, a fin de que autorices o no su oportuna publicación, pues, dicho poema, es parte sustancial del escrito de marras, y al cual he titulado, en Su (tu) homenaje: LUNA DE CARAMELO.  Agradecido desde ya por tu mágica ofrenda espiritual, te dejo un fraternal abrazo en tanto, ansioso, desespero de una súbita y grata respuesta de tu parte. Adrián”.-

   Por último, el hombrecillo pequeño como un duende y de pelaje entrecano, casi ciego, llamado casualmente Nic… - sshhhh; ¡espera!, ¡espera! déjalo para el final- archivó el documento y el correo enviado en su directorio de enviados electrónicos –y a la deseada vuelta de un mariano sí en torno a su particular pedido-, mientras que, como en puntas de pie, con beata levedad, caminó hacia la secreta puerta translúcida que vibraba ahora frente a él y en su bibliotecario hábitat casero, y, sin que nadie diera cuenta de la especie de silueta sacerdotal que comenzó a envolverlo y lo imbuía en un todo como a una sombra de las paredes del claustro, de pronto, el hombrecillo desapareció… Y fue como esa sombra de movimientos nocturnos y noctámbulos, sin ecos profanos, transitando allá, detrás y después del Mundo, los atrios de un umbrío Monasterio oculto en el latido de una desconocida, blanca y luminosa ciudad virtual…

   … Ciudad virtual que, al descorrer las etéreas cortinas de aquella especie de pórtico y ventana abierta como una amplia y lúcida plegaria -y cuyos postigos daban a la vez, y por ser parte del latido existencial de lo mágico, hacia ella- se volvió como a la calle ancha de un céntrico y nocturno barrio recoleto de brillantes farolas y fachadas neoclásicas, enclavado en el mismísimo Polo Ártico (Mirando al Norte) y/o, al mismo tiempo, como entrecruzadas dimensionalmente, a una calle estrecha y polvorienta de una restaurada villa de emergencia del Polo Antártico (Mirando al Sur), mientras alzaba la vista con sensible rubor de Obispo vestido de rojo-rojo, enamorado -como su tal Niño de Belén- de todos los chicos, y no sólo del mundo que lo cobijaba, sino de todo, de todo el Universo todo…; mientras leía y releía setenta veces siete -con una sonrisa generosa (llana y llena) como esa luna (llena y llana) de Nochebuena que brillaba en lo alto cual estrella mesiánica-, aquel poema o prosa poética que una barda amiga había escrito para él..

   Sí, afirmó: Ahora recuerdo (como todos los años desde aquel entonces), a aquel 12 de diciembre del año del Señor de 2008, “en una noche de luna de caramelo”, que…

   Porque asimismo estaba escrito: “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran Luz” Y “lo eterno entra en el tiempo y el tiempo comienza a ser camino de eternidad”…

   Entonces, “Dice mi niña que…”, ese texto dócil y polifónico que, nuevamente ahora, obraba en sus trabajosas y tiernas manos de Papá Noel, sería trastrocado de su primitiva armadura de tinta y papel -por la Palabra Esencial que lo embargaba-, en demiúrgica escalera de fe elevada hasta La Gruta Rústica de lo Inefable, para llevarlo en andas, como litúrgicamente, y paso a paso, rito a rito y sacramento a sacramento, entre nubes de puro albur, hacia el inescrutable Misterio invocado por la mítica ciudad davídica donde se edificaría el primer cenáculo, el primer relicario donde un Niño en Llanto ofrecería al mundo su Maná para los Ángeles…

   … Ello, con la seguridad de los que creen poder restaurar almas, sanar heridas y, acortando distancias y horizontes de utopía, tocar el Cielo con las manos y estrecharlas, al fin, con las de aquel Dios Abba simple, curioso y amable, como ese Niño en Llanto (y luego Grande, Pasionario, Absolvedor y coronado en Gloria) también asomado desde el hedor manso y la animal (cálida) clemencia de un establo helado, mas sobre “otra” ventana ya no traslúcida sino enmaderada y palpable:…

   … la de su gandhiano Portal de Belén-Casa del Pan de Judá (o Ciudad Sin Murallas-Ciudad de Quien sería Pan de Vida para la Vida del Mundo), y que después de la leche tibia de su cordera y virgen Madre (frágil doncella hebrea), y del consecuente refugio tan heroico como carnal del pudoroso José, sonreiría hipostado de gozo al ver las cosas que sus criaturas favoritas (las pequeñas) eran capaces de hacer (humanizándose en silencio contemplativo y garabateando sin darse cuenta las primicias de una historia, de un evento inaccesible a la razón, como argamasa edificada sobre Roca firme, una verdad de fe fundada con tiernas señales en los humildes de corazón), para encontrarse, abrazarse y alabar juntos a Dios, en su corral de benigno Cordero Mesiánico (Providente Pastor de Hombres y Misericordioso Libertador de Egos), a fin de dialogar…

   … Dialogar con la sabiduría de la mundana ausencia, con el aliento de un racimo del Hebrón, con los suspiros de patriarcas y profetas, y la solitaria orfandad de periféricos, llanos, vulnerables y postrados jóvenes alcoholizados, de apestados, hambrientos y drogadictos niños olvidados, y de ancianos descartados como flores muertas de vientres y mujeres llagadas y abortadas por la violencia, y devenidos -para la ocasión- en arcanos cuando no maquillados pastores modelados -como muñecos de cera- por el consumismo hedónico de un mundo en tinieblas, que necesita –aprisa- reconciliarse consigo mismo y con Dios para dialogar… Dialogar, por un instante siquiera, y confiada, serena, amorosa y filialmente… con Él. 



Y… EL TRES

   Afuera, tras la puerta-ventana oblonga y traslúcida de la botica de escritor de aquel hombrecillo pequeño, sutil como un duende y de pelaje entrecano y casi ciego, convivía en su doble personalidad un Obispo de Rojo llamado, ya no, casualmente… Nicolás… -¡Yaaa!¡Ahora sí que es hora de revelar su nombre!-, al cabo san Nicolás de Bari -bautizado Papá Noel- que deambulaba todas las noches de todos los días -hasta esa Noche Especial en que, agobiado de tomar nota como testigo de los tiempos, salía a poner pájaros de caramelo en los labios estremecidos de los niños, bajo una luna a veces de caramelo y a veces oculta de brillo por la abominación del mal que sacudía la tierra- por o en una ciudad inaccesible…

   … Una villa citadina feudal e infranqueable, donde algunos seres humanos vivían encerrados, atenazados y confiados en su propio poder para ser felices…; y, al mismo tiempo, por (o en) otra ciudad sumergida en la anterior y transitada en el espacio-tiempo con su poder bilocativo…: una villa citadina también ésta pero que pugnaba por su accesibilidad, y era tan feudal e infranqueable, porque quienes moraban en ella lo hacían hacinados, prisioneros y arrastrados hacia la súbita esperanza de una limosna mezquina o de un trabajo precario y jugados -en su marginal soledad- como a la buena de Dios… De un buen Dios que veía especialmente en esos hombres al cuerpo colectivo y martirizado de su Hijo más querido, y al que había entregado en Cruz para expiar su necedad, y enseñarles lo que en verdad significaba amarse los unos a los otros como Él los amaba…

   (…)
  
   Y también afuera –lo confieso-, pero como unos tres mil años después, sobre selectas veredas lustradas y formateada geométricamente por el Gran Hermano y Señor de Relaciones Públicas que gobernaba al Mundo y para quien el Poder no era un medio sino un fin en sí mismo, un sensible Poema navideño titulado “Dice mi niña que…”, era capturado por los soldados del pecado, el error, la ignorancia y la indiferencia, de un vetusto archivo de ciudad Argenta y en su apergaminada pero aún fuerte fibra de notas esenciales e invisibles a los ojos de la carne, y que parecía estar perdiendo –finalmente- el buen combate contra los Cuatro Jinetes del bíblico Apocalipsis…

    Sí, absorbido de lleno por el hacendoso quehacer de un eficiente robot culinario que gorjeaba y titilaba en su maliciosa porfía con aquel –ahora- desecho de papel entintado y estropeado, el Poema estrujado en su materia y zozobrado en la utópica identidad de haber deseado ser, alguna vez, mensajera parte de una botella noble y justa arrojada al mar de las más bellas, buenas y verdaderas intenciones, se difuminaba sin retorno aunque sin dejar de ser una semilla llevada por el viento de los tiempos hacia la…

   Más, estaba claro, como una noche de luna, y oscuro como una noche sin Ella, que sólo cuando una (mí, nuestra) Luna de Caramelo supiera brillar por sí misma, entonces, y sólo entonces el Mundo y los hombres…

©ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA




domingo, 3 de febrero de 2019

ASOLAPO INTERNACIONAL, FESTEJA 35 AÑOS DE VIDA CULTURAL, Luz Samanez Paz, Cusco, Perú

























ASOLAPO INTERNACIONAL, 

FESTEJA 35 AÑOS DE VIDA CULTURAL

LUZ SAMANEZ PAZ, Presidenta de ASOLAPO Internacional


Aquella tibia tarde de 1984, en la Ciudad Imperial, nuestro círculo había crecido. Sin duda a causa del sol primaveral, que hace renacer el verdor en los ramajes i el entusiasmo en las almas.

El viejo Parque se encontraba en todo su esplendor. Los cipreses desplegaban lujosamente sus follajes lustrosos i apretados, como recortados en seda aúrea. Las fuentes o paqch´as rebosantes de cielo, se adormecían al rubor nostálgico de los surtidores. Los árboles se alzaban deslumbrantes, envueltos en un tul rojizo. Cubría la tierra como una polvareda de oro, en que las sombras se destacaban violetas. Por el aire henchido de almas, de flores, cruzaban bulliciosas parvadas de palomas tornasoladas i parejas de gorriones.

De ordinario nuestro grupo contaba con poetas i artistas latinoamericanos. Aquella tarde pasarían de las 3. Había artistas distinguidos, pintores, músicos, poetas, escritores i escultores, representantes de los países hermanos de Argentina, Chile, Ecuador, México, Brasil, Uruguay, Bolivia, Venezuela, El Salvador, Colombia i Perú. En las bancas del Parque influenciados por la belleza del ambiente i la dulzura de la hora, charlábamos con gran animación. Nos hacíamos toda clase de confidencias. 

-  Con emoción i cariño -les dije.

-  Somos el Arte i el Arte, es el símbolo viviente i persistente del alma de los pueblos, él fija todo en sus moldes eternos, sus sentimientos i sus aspiraciones. Por eso todo pueblo culto honra a sus artistas. Ya sabemos lo que ocurría antiguamente en Grecia, allí la gloria de un poeta era tan brillante como la de un sabio  -agregué.

 -  ¡Oh, qué comparación! -exclamaron.

-  No exageremos, en Europa existe un ambiente formado por la tradición de muchos siglos, en América no hay aún ese ambiente. Somos nosotros los destinados a formarlo -exclamó el Dr. Julio César Mastay, Director de la Casa del Poeta de Argentina.

Yo les dije, llena de emoción:

-  Somos ASOLAPO, somos los llamados a esa hazaña i como las avanzadas de un ejército en batalla, como los iniciadores de una nueva religión, debemos ser unidos. Nuestra misión es grande, tenemos que tener el valor. Tal vez comprendan todo lo que hay de noble en nuestra actitud de Amor por la Cultura.

Se hizo un silencio. Todos, poco antes radiantes de placidez, se inclinaban meditabundos, acaso sentían gravitar sobre ellos como las lenguas de fuego que recibieron los Discípulos de Jesús, por la grandeza de su Misión Suprema. A nuestro alrededor el tranquilo Parque, era mudo testigo. La lozanía de sus flores bajo la caricia del sol. Por entre la especie de enrejado rústico que formaban los troncos i ramajes, ofrecían a nuestra mirada las más hermosas i variadas vistas.

Por las avenidas azulosas de sombras, se veían cruzar parejas juveniles, enlazadas de las manos. En torno a los jardines se encontraban desbordantes los geranios purpúreos, que vibraban sobre el fondo verde esmeralda de sus prados, simétricos de rosas, de margaritas, de claveles i coros de niños frescos i risueños, que retozaban alegremente como bandadas de pájaros que empiezan a ensayar el vuelo. Junto a la fuente, un hombre pálido de largos cabellos, vestido míseramente, se divertía en arrojar migajas a las palomas, que en su loco afán, las cogían al vuelo formando en rededor como un nimbo vivo de arrullos i alas vibrantes.

Avanzando en pasos menudos i sujetando la sombrilla plegada en la punta de mis dedos, con una sonrisa fresca, nuevamente retorné al grupo i acercándome al pintor de la barba rubia, Luis Pereira del Brasil, con un gracioso gesto le dije:

-  ¿I tu cuadro? ¿Has encontrado el efecto que te faltaba, lo has terminado? muéstranos.

 -  Sí, sí, -corearon varias voces.

Con mí llegada la charla i la alegría habían vuelto a prender en el círculo. Diversas voces i entre éstas, como un hilo de cristal se escuchaba mi acento.

-  Muéstranos -insistieron.

Por toda respuesta el pintor tomó una pequeña tela que había dejado afirmada contra el árbol, junto a su caja de pinturas, i parándose para colocarla a cierta distancia, la ofreció a la expectación e indicó:

 -  Es un trozo del Valle Sagrado de los Incas.

En primer término, los troncos violáceos de los eucaliptos. Al fondo la campiña con diversos matices de verde esmeralda i junto al Willkamayu o Río Sagrado de los Incas, estaba Luz Samanez  Paz, vestida de blanco, leyendo uno de sus libros.

 -  Espléndido -exclamamos.

-  ¿I a mí, cómo me hallan?  -pregunté.

- Deliciosa -me respondió el pintor adolescente, Salvador Garrido del Ecuador, con cómica galantería.

-  I usted, ¿qué nos dice de sus estudios al aire libre?, muéstrenos alguna cosa -le indiqué. 

-  No tengo aquí más que esta pintura -dijo.

E inclinándose cogió un lienzo que expuso a las miradas. Era un desnudo de mujer joven i bonita sobre un tapiz de hierba. Las rosas delicadas a las que se juntaban frescos blancos i lánguidos ocres, vibraban victoriosas sobre el fondo verdoso azuloso i amarillento. La cara resplandecía de luz, encuadrada en la cabellera rubia i vaporosa. 

-  ¡Qué fresco, qué bonito i verdadero! mis felicitaciones -dijimos al artista, alargándole la mano.

-  Muchas gracias -nos respondió, dándonos la suya.

 -  I usted, ¿por qué no nos lee algún poema? -varias voces apoyaron:

 -  Eso es, léanos algunos de sus versos.

  -  Está bien, por complacerlos, leeré mi último poema.

BAJO LAS ESTRELLAS IMPÍAS

Bajo las estrella impías,
vibra en la noche tibia y calma
el jardín de las alegrías,
así bajo el deseo de un alma.

Los árboles de hojas inquietas,
se alzan vagos y soñadores
envolviendo en sombras discretas,
la belleza de las flores...

Declamó así el gran poeta mexicano, Félix del Carpio.

- Ahora le toca a Luz Samanez Paz -dijeron en coro.

-  ¡Oh, yo no! -exclamé, encogiéndome de hombros.

- ¿Cómo que no? -interrumpió el escritor boliviano Jaime Choque Mata. 

- Y el poema que me ha dicho, el que acaba de terminar?  -retrucó.

Entonces, con un gesto sencillo, comencé a declamar mi poema.

A LA AMÉRICA I AL MUNDO

En la tierra de América
i en la Ciudad Puma,
ondea un canto de luz
sin palabras...

Desde el Qosqo,
Capital del Tawantinsuyo,
se despliega un puente
de incaica armonía,
a las estrellas del porvenir.

I en la Ciudad del Sol,
por consecuencia de la Historia
germinará,
un nuevo canto al trabajo,
un canto de supervivencia
para la América i el Mundo.

I cantando a nuestra tierra,
en el yunque de la vida
se forjará,
alma i contextura
de todo un Continente.

Sí, un nuevo himno
de esperanza,
para toda
la América i el Mundo.

Mis versos fueron recibidos con entusiasmo. El lánguido poeta había entrecerrado sus ojos. Sus cejas negras, me parecían que constituían una continuación de su luto. No era otro que Elías Sepúlveda de Chile. Fue el primero en hablar. 

-  Es un mensaje sencillo y vibrante. Es un canto altivo y hermoso.

El poeta de más edad, José Domingo Guerrero de Venezuela, agregó:

-  Me da la impresión de una inspiración divina.

Agradecí sus expresiones elogiosas:

- Pienso que ha sido maravilloso el Encuentro Latinoamericano de Poetas, Escritores i Artistas de ASOLAPO. Veo que mis versos han abierto una nueva puerta i se ha abierto también mi corazón. Veo que mis versos han encontrado otro camino de inspiración. Como un suspiro...quisiera dormirme abanicada, por los dulces recuerdos, de los instantes en que me sentí transportada a lo infinito, porque así, somos los poetas -

Recordemos siempre, que grandes colosos de la Literatura i distinguidos intelectuales, integraron nuestra Institución como ASESORES: Gabriel García Márquez (Colombia), José Saramago (Portugal) i actualmente Mario Vargas Llosa (Perú), Premios Nobel. De la misma manera,  David I. Samanez, Germán Alatrista Bustamante (Perú), Rodolfo Leiro (Argentina) i hoy en día: Luis Pla Benito  (España), Marcelo Martinelli (Italia), Gustav De La Fontaine (Francia), Jorge Amado (Brasil), Armando Alvarado Balarezo, Aguilar Bailón De la Cruz, Ricardo Calderón Gutierrez, Armando Azcuña Niño de Guzmán, Miguel Ángel Sevillano (Perú), Omira Bellizzio Poyer (Venezuela), Edmundo Torrejón Jurado (Bolivia), Enrique González Arias (Uruguay), Carlos Rodolfo Ascencio Barillas (El Salvador) i Félix del Carpio (México).

Al cumplir ASOLAPO INTERNACIONAL, 34 años de vida cultural, entregamos nuestro corazón i lo hacemos sabiendo que unión, fraternidad i progreso, son sinónimos de cultura, i con la convicción de que cuanto más trabajemos por la superación de esos anhelos, más grande haremos nuestras acciones en todo el mundo.


FELICITACIONES! 
Norberto Pannone
Asolapo Argentina

TE HE SENTIDO ENTRE MIS MANOS, Salomé Moltó, Alcoy, Alicante, España

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Imagen de: Freepik



TE HE SENTIDO ENTRE MIS MANOS

Tu suspiro de placer
en mi alma se quedó,
los pensamientos a mil
invadieron mi sentir
y cuando mis labios acariciaron
con dulzura tu rígida espalda
comprendí, con placer
que mucho podemos hacer
que allane el dolor y frustración
que nos gobierna e impone el desamor
y aprendamos así que,
otra forma de hacer, de amar y crear
será extender la comprensión el cariño y el amor.

©SALOMÉ MOLTÓ, poeta y escritora española
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA