ACTIVIDADES DE
NUESTROS MIEMBROS EN EL INTERIOR DEL PAÍS
El día Sábado 20 de Abril del corriente año, a las 18 horas se
realizará el acto de entrega de premios del Certamen Literario Nacional
"Ciudad de Olavarría", en la sede de la Asociación Veteranos de
Malvinas (contigua a la Biblioteca Popular Crucero General Belgrano), ubicada
en Avenida Pellegrini 2350 (entre Velez Sarfield y Bolívar) de la ciudad de
Olavarría.
Los géneros participantes fueron Cuento y Poesía y fueron recibidos más de 170 trabajos provenientes de todo el país; sumado a esta gran cantidad de trabajos, es de destacar la calidad de las obras enviadas. Por este motivo, sus organizadores, la Biblioteca Popular Crucero General Belgrano, la Asociación Latinoamericana de Poetas (ASOLAPO) y el Comité Olavarría de la UCR agradecen a quienes hicieron posible este éxito de convocatoria. Los ganadores son los siguientes: Género Poesía:
Primer Premio: Laura Beatriz Chiesa, Mar del Plata
Segundo Premio: María del Rosario Lorenzo, Villa Ballester
Tercer premio: María del Carmen Manetti, Olavarría
Menciones Especiales: Raquel Graciela Fernández, Villa Domínico; Jorge Omar Hermiaga, Moreno; Juan Carlos Pirali, Dolores Menciones:
José Ezequiel
Feito, Balcarce
Sergio Gabriel Lizarraga, Tafí Viejo, Tucumán Mario Edgardo Altamirano, Mar del Plata Celia Noemí Perdigues, Arroyo Dulce Osvaldo Santiago Rassetto, Ciudadela Julieta Daniela Pesuto, Paraná, Entre Ríos Marta Elvira Vega, Mar del Plata. El Jurado estuvo constituido por los poetas y docentes de nuestra ciudad: Nilda Dora Baliño, Vicente Osvaldo Martín y María Cristina Collinet. Género Cuento:
Primer Premio, Walter Gasparetti, Cañada de Gómez,
Santa Fe
Segundo Premio, Carlos Viale, Olavarría
Tercer Premio, Enrique Fernández Anderson, Turdera
Primera Mención, Alejandro Daniel Lamela, Gregorio de Laferrere Segunda Mención, María Agustina Hernández, Ciudad Autónoma de Buenos Aires Tercera Mención, Germán Bartizzaghi, Pilar, Santa Fe Cuarta Mención, Claudia Teresa Parini, Gonnet Quinta Mención, Carla Kammann, Pacheco El Jurado estuvo constituido por los escritores y docentes olavarrienses: Roberto Armando Forte, Raquel De Bellis y Juan Pablo Goñi Capurro. Los premios consisten en diplomas, libros y artesanías de actores culturales de nuestra región.
CEFERINO LAZCANO, Director General de
Asolapo Argentina en Zona Sur de la provincia de Buenos Aires
El Jurado estuvo constituido por los escritores y docentes olavarrienses: Roberto Armando Forte, Raquel De Bellis y Juan Pablo Goñi Capurro. Los premios consisten en diplomas, libros y artesanías de actores culturales de nuestra región.
CEFERINO LAZCANO, Director General
de Asolapo Argentina en Zona Sur de la provincia de Buenos Aires
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PRESIDENTE: NORBERTO PANNONE
jueves, 11 de abril de 2013
ASOLAPO EN OLAVARRÍA, BUENOS AIRES
martes, 9 de abril de 2013
PIU AVANTI !!!
Al amigo poeta, al ave viajera, al ser
humano, al pacifista, al hombre, a Joseph Berolo.
Hermano mío, es mi mayor
deseo que muy pronto estés en la lucha de siempre y las sombras de la
enfermedad se hayan diluido en la luz de la recuperación de tu salud. Lucha y vence!!!
Norberto Pannone, Asolapo Argentina
PIU AVANTI!
No te des por vencido, ni aun vencido, no te sientas esclavo, ni aun esclavo; trémulo de pavor, piénsate bravo, y arremete feroz, ya mal herido. Ten el tesón del clavo enmohecido, que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo; no la cobarde intrepidez del pavo que amaina su plumaje al primer ruido. Procede como Dios que nunca llora, o como Lucifer, que nunca reza, o como el robledal, cuya grandeza necesita del agua y no la implora... ¡Que muerda y vocifere vengadora, ya rodando en el polvo tu cabeza! Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte), Poeta argentino |
domingo, 7 de abril de 2013
ALAS
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ALAS
Muerde el silencio el aire bajo tus alas que dejan traslucir al tacto mi desnudez. Me pierdo en mi marco espejado entre tus negros ojos que centellan marcándome el justo y preciso instante. Vuelas expandiéndote incontenible. Me desfloras, descubriéndome en tu rasante vuelo milagroso, donde todo amo! Como guijarro, en la noche más noche, en el amor y el dolor, de las cosas vivas, y el azar inocente de todos los dioses. Me asustas, si tus alas no alimentan mi memoria. Me asustas, que puedas perder esa costumbre. Me habitan caricias... me laten me aturden me impregnan me tomas... Entonces vuelves como nunca entre mis vuelos y tus vuelos mordiéndome el aire silencioso y todo es cielo!... LIDIA CRISTINA CARRIZO, poeta y escritora argentina. aidilunica@gmail.com Miembro fundador de Asolapo Argentina |
miércoles, 3 de abril de 2013
EL PORTAL DE ENFRENTE
EL PORTAL DE ENFRENTE
Me asomé a la ventana y observé la acera, seguía mojada; había
vuelto a llover.
Una figura obscura se deslizaba por el quicio de la puerta de
enfrente, era un muchacho con gorra y ligeras botas. Pero no llamó al timbre de
la puerta de entrada y eso me extrañó, estuvo unos momentos observando hacía
arriba y hacia abajo por ver si pasaba algún viandante y luego, levantó la
cabeza y fijó la mirada en mi fachada para comprobar si era espiado desde las
ventanas. Pero, yo hice un gesto de retroceso, aunque no fue necesario ya
que quedaba en la
total obscuridad y, desde abajo,
no podía verme.
Seguro de que nadie le había visto se marchó sigilosamente calle
abajo hacia la plaza. Esto se repitió varios días, no seguidos, sólo alternos.
Llegué a calcular dos veces por semana durante un par de meses. Así tomé la
costumbre de acercarme a la ventana todas las noches mientras me comía el
postre. Aquello era un misterio que no llegaba a descifrar. ¿Porque venía casi
todas las noches?, ¿por qué miraba con
tanto celo hacia todos lados y luego se marchaba silenciosamente?
Fui atrapada por aquella rutina, porque a veces, sorprendía al
muchacho deslizándose por la fachada de la casa, alta de dos pisos. Una de las
veces lo vi salir de una de las ventanas y cogido a la tubería del desagüe, fue
bajando hasta la acera, luego se fue. Pero un día todo se acabó, ya no volví a
ver al muchacho trepador.
Cuando un par de meses más tarde en la panadería me dijeron que Angelina, la hija más joven
del cacique del pueblo, que vivía en la casa frente a la mía, se casaba con un
amigo de su padre, porque estaba embarazada, no me extrañó en absoluto, pero me
dolió, que a pesar de los tiempos que corrían de libertad, de democracia y no
se cuantas cosas más, la imposición del cacique , asustado por no saber quién
le había preñado la hija, la obligaba a
casarse para ocultar el “pecado”, como decían en corrillos por el pueblo.
A pesar de los esfuerzos disimulados de la familia, por todas
partes la comidilla no dejaba de correr
de boca en boca. Se oían los disparates más absurdos, incluso que la pobre
madre había enfermado del disgusto y que posiblemente se moriría.
Hoy, diez años después, he abierto una botella de champagne, para
brindar por una mujer, que ha dejado a su viejo marido y a sus padres y se ha
ido, llevándose a su hijo, con un joven que ha vuelto de Bélgica ¿El muchacho
trepador?, me imagino que sí.
Mi amiga Rosa me explica el escándalo, en el pueblo no se habla de
otra cosa y me mira sorprendida cuando le ofrezco una copa del burbujeante
champagne francés.
.-Pero, ¿qué celebramos?
.-Pues muy sencillo. Brindamos porque el amor, por fin, ha
triunfado. Le ha ganado, la partida, bueno, se la hemos ganado, porque yo
también me uno al evento, al machismo y al caciquismo, tan arraigado en estas
tierras. Rosa no entiende nada, pero bebe con alegría.
SALOMÉ MOLTÓ, poeta y escritora de Alcoy, Alicante,
España.
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
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viernes, 29 de marzo de 2013
NO SE MUERE EL ENERO EN TUCUMAN
NO SE MUERE EL
ENERO EN TUCUMÁN
No se muere el enero en Tucumán
ni coincide la flor en lo casual,
ni es mentira la casita de barro
amurada al friso de la catedral.
Se embaraza la tarde de nostalgia
al parir tu nombre sin olvido.
Me gusta el camino
a San Javier
porque finge las curvas de algún río.
Puedo tantear el aire y transitar
la noche tibia en Tucumán
hasta llegar al “Alto” por calle Avellaneda
para morir en guitarras y en el vino
derramado en la mesa inmemorial,
donde el alma de Atahualpa espera
y el tucu danza entre maderas
el baile rumboso y vegetal.
No se muere el enero en Tucumán.
Olor a caña,
azahar y grillo
y la nostalgia del naranjo amargo
perfumando la plaza Independencia,
donde yace la memoria del Cabildo.
No se muere el enero en Tucumán
si escucho las risas de los niños
y el hechizo del viejo campanario
que baja por la calle “veinticuatro”
para teñir de pudor tu delantal.
Norberto Pannone ©2012
NORBERTO PANNONE, Presidente y Miembro fundador de ASOLAPO ARGENTINA |
lunes, 25 de marzo de 2013
ROSAS
ROSAS
Con sus pasos transparentes va la bella rosa y sus espinas. Sus espinas no dañan. Sus pétalos terciopelos tienen su cuerpo suave. las espinas son sus armas. Su tronco es un remanso donde dejamos el alma! Cuando salimos al mundo como una rosa de viento, cruzamos nuestro destino con los ojos vendados y sus pétalos se mueren con sus espinas clavadas. L a rosa… es tan bella como la vida! LIDIA CRISTINA CARRIZO, poeta y escritora argentina.
Miembro Fundador de
Asolapo Argentina
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HOSTIGAMIENTO
HOSTIGAMIENTO
Con RODOLFO LEIRO Hostigada de inhóspita derrama, que tú, muerte, pregonas en baluarte, abro un extenso guión, fijo un aparte, de tu oscuro pendón y de su escama. Yo no soy el vaivén que se encarama al álgido tambor de tu estandarte: Soy un grito de euforia, soy el arte del azul, en el gris de tu proclama. Y en tu espacio violento de intemperie, forjo andenes de pechos sin molduras, y vagones que embarcan mi destino. Yo soy boca de aquellas que en congerie, acostumbran su voz en las alturas y mudan las miserias en un trino. ESTHER GONZÁLEZ SÁNCHEZ, Vigo, España
Miembro
Honorífico de Asolapo Argentina
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DECISIONES
DECISIONES
He parido estrellas en la noche angular de mis
proverbios.
He decidido suspender la reunión de los
relojes
para permitir que el tiempo tenga raciocinio
y se invente algunos segundos para amamantar
mi historia.
He pensado en construir puentes
a través de los dos últimos colores del arco
iris,
para divisar desde esa remota lejanía,
la maravilla diametral que existe
entre optar por los grises o los brillos.
He sabido que “nadie” puedo ser yo, puedes ser
tú
y que “nunca” es probable que me despierte
en alguna aurora distraída,
para entender que los silencios no son
perennes,
que las disputas no son eternas
y que prosperan las esperanzas cuando
deambulamos
con los sonidos de la siesta en nuestras manos.
Ese sopor de verano tiene su dialecto propio,
enmudece la gente, descansan los relojes,
duermen las sombras recostadas con su dueño.
Es incluso posible, rondar por los anillos satelitales
de nuestra aurora,
y vislumbrar y palpar lo tenue que es el rocío
cuando se apoya sobre las espinas de una rosa.
Todo es prescindible, nada es increíble.
Siento el sudor que empapa mis manos
y sé que una rebelión de emociones internas
está fluctuando en el vértice más peligroso de
mi angustia.
Entonces, en el abismo que se devora los
intentos,
me inclino, me reverencio y me reinvento
para surcar profundidades
y emitir el sollozo clausurado
que me permita emprender el vuelo.
ELSA FLORIT, poeta y escritora de Cañada de Gómez, Santa Fe,
Argentina.
Miembro Honorífico de Asolapo Argentina
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LA VELA
Poema construido en el año 1994,
traducido
al idioma quechua e incorporado
al Museo
Histórico Regional de Vicuña
Mackenna (Córdoba) Argentina.
Cuando suponía que mi esposa me
sobreviviría.
Agoniza la tarde. La viejita,
en el seno desierto de su casa,
con la solemne liviandad de gasa
acerca al fuego la típica marmita.
Después sorbe su sopa. Lentamente
mientras hunde sus ojos en el plato
y un dibujo de patios y de ratos
atiza la bondad de su presente.
Ha quedado muy sola. Desolada
como un pecho que en plena madrugada
los recuerdos inhóspitos desvelan.
Abre un viejo cajón. Acaso un rezo
mientras escapan sentimientos presos.
Un minuto después arde una vela.
RODOLFO
LEIRO, poeta y escritor argentino,
Miembro fundador
de Asolapo Argentina
Incorporado a REMES (Red Mundial de Escritores en
Español)
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sábado, 23 de marzo de 2013
LAS ROSAS PEREGRINAS
LAS ROSAS
PEREGRINAS
Uno se
olvida de visitar a las personas queridas. Digo más, aún a las muy
amadas. El tiempo, ese enorme tirano de las horas, va dosificando las actividades y los
intereses a lo largo de los días y así,
poco a poco, nos encontramos tan ocupados que
parece inevitable olvidar aquello que fue tan caro para nosotros en otras épocas.
Ciertas
veces, sin embargo, descubrimos que cualquier intento de olvidar es vano, como
si se produjera una conjunción entre el pasado y el presente para volverse un
repentino “ahora”. Aclaro que todas
estas disquisiciones fueron motivadas
por las rosas.
(“Dime qué hacer, Señor, en esta aurora
cuándo la pena me carcome el alma
como estilete que azuza mi calma
mientras devana el hilo del
otrora…”)
Me levanté
temprano. Aquel domingo todo parecía bullir en mi cabeza. En realidad, la
decisión la había tomado la noche anterior mientras cortaba las rosas de la
casita del puerto. Ya les había “echado
el ojo” para los floreros de mi casa porque eran densas, enormes y rosadas,
aunque carecían del perfume de las rojas y aterciopeladas de mi antiguo domicilio de la calle Arenas. Pero eran vistosas y
alegres, con un algo de candor y con resabios de una belleza esforzada, lograda
a “fuerza de pulmón” en medio de
macetones con malvones y geranios. Las
rosas siempre han sido un pequeño tesoro de los jardines humildes, quizá
mucho más significativas que los
preciosos capullos que adornan alguna finca inglesa con natural
disposición y elegancia. Porque estas rosas vistosas, sin perfume
y en gran número, lucían de forma
inusual, desusada, en la diagonal de tierra del sencillo patio de marras. Eso
sí, estaban colmadas de espinas, cuchillos
afilados e hirientes que se negaban a entregar el fruto de su esfuerzo
cotidiano y renuentes a conocer
horizontes distintos de su origen. Luego de algunas pinchaduras y variadas maldiciones farfulladas en voz
baja, logre cortar una buena cantidad de ellas. A cambio, les entregué a las
que quedaban, el beneficio de algunos cubos de agua para que pudieran
reproducirse sin mayores problemas, pese a la merma ocasionada. Corte también algunos helechos, que
derramaban sus finas ramas y tenues
adornos vegetales hacia arriba y a los costados. Satisfecha con el ramo, cerré
la puerta de rejas y me alejé raudamente.
La
adquisición de las flores, casi manu militari, confirmó mi irrevocable decisión
(tantas veces postergada), de cumplir con mi proyecto del día siguiente.
Al llegar
a mi casa, dediqué una parte de las rosas para el embellecimiento de mi sala.
Sobre un multicolor florero, alternaron amistosamente las recién llegadas con
las de mi propio jardín. Formaron un delicado centro rosado que jugueteaba con
los diversos tonos contrastantes a su alrededor. En otro recipiente más pequeño, que usualmente ubico sobre la
mesa de la cocina, puse algunas más. Quedaron tan bonitas, a mi juicio, que me
tentaron para decorar además el dressoir del living. A continuación escogí un
estratégico hueco entre el reloj de mesa y un
trozo de piedra mezclada con amatista que refulgía con sus tronos violáceos. Satisfecha con los resultados
conseguidos reservé para la visita planeada
el resto de las rosas en una vieja olla con agua. Diluí en ella una
aspirina para alargar la vida útil de las flores y di por terminada la tarea.
Luego
del desayuno, temí que se debilitara mi decisión de realizar aquel viaje con las rosas. No sé, creo que no es fácil
realizar un encuentro con las migajas de
lo que ayer fuera plenitud y vivencias. Conformarse con el pálido reflejo de un
espejo quebrado, casi hecho añicos, presente y ausente a la vez…
(“Melancólico viaje hacia el encuentro
donde me enfrento toda, sin decirlo
y en callado silencio, al escribirlo
desnudo el vendaval que llevo dentro…”)
Porque mi
tormento permanente en este asunto era mi aceptación tácita, interior, de que no
tenían sentido ninguno de los rituales que realizaba. Que con ellos sólo respondía al cumplimiento de
reglas y convenciones establecidas,
ajustadas por el tiempo y el beneplácito de las creencias y la costumbre. Todo ello, me decía, lograba que nuestra
conducta al respecto pareciera “casi” espontánea frente a hechos de esta
naturaleza. En el fondo tenía la
convicción que aunque yo quisiera ser un remolino que intentara perforar un universo paralelo, cercano pero
de imposible acceso, frente a él mis rituales se tornaban algo torpe, incómodo
e inútil. Al mismo tiempo, no podía
evitar un mea culpa por la aparente
indiferencia (¿remordimiento?) que se iba apoderando de mí ante la inminencia
de aquel viaje.
Ya el
propio trayecto era penoso ¿O así al menos me parecía a mí, que esas calles,
sucediéndose unas a otras, se sumergían en zonas cada vez más sombrías, cada
vez más solas? No sé qué era, pero mi pecho
iba oprimiéndose cada vez más a medida que me acercaba a aquel lugar donde me esperaban
¿O en realidad no había ningún interés por mi presencia? Tal vez sólo se
trataba de un espejismo de mi propio deseo.
Todo se confundía, porque en realidad yo tampoco me había declarado a mí
misma que tenía ganas de ir.,
Seguramente todo era obra de las propias
impresiones que uno siente dentro suyo, integradas a la propia existencia, junto con los
dictados que fueron marcándose sobre la
blanda arcilla de las horas infantiles.
(“Este
viaje a ese tórrido desierto
que calcina los campos terrenales
nos retiene y atrapa en infernales
abismos de dolor a cielo abierto…”)
Mis rosas, impávidas, me acompañaban en el asiento
trasero del coche que nos conducía hacia
el sitio. Le di una ojeada a la bolsa de plástico donde estaban alojadas. Las
preservé del intenso sol corriéndolas más hacia mí. Reconocí, satisfecha, que era mejor estar
sola en esta ocasión porque cuando uno
debe enfrentar alguna resolución en la
que se halla en juego la propia fiabilidad
en temas esenciales, lo mejor es resolverlos al propio modo. Así, reflexionando, llegamos. Buscar entre
las calles 5 y 6 el número 33 no fue tarea fácil. Tal como acontece en las más
modernas metrópolis, donde los cuerpos
de los edificios de departamentos son similares, a mí me costaba encontrar el punto. Mientras lo buscaba, recordé aquella serie de
la TV española (cuyo título se me olvidó), donde la semejanza de los edificios hace imposible
que el protagonista puede acudir a la cita con la mujer de sus sueños.
(“Busco,
entre todos, el sabor perdido,
el olor primordial, la mano ardiente,
La miel de la mañana, la impaciente
constatación de amor del tiempo ido…”)
Con las
rosas a mi lado, poco a poco, la relativa serenidad y hasta cierta indiferencia, fueron cediendo
el paso a la angustia ¡No faltaba más! Ir a cortar las flores el día anterior a
la casa del puerto, mantenerlas
cuidadosamente en el recipiente con aspirina,
viajar tanto tiempo y ahora no poder entregarlas en ese sitio tan alejado
de casa. No podía soportarlo. Era verdaderamente
el colmo. Por suerte, las rosas se mantenían bastante bien, gracias a un resto
de humedad en la bolsa y yo procuraba no cerrar la abertura de la misma para que el aire las mantuviera lozanas. Consulté a un encargado del lugar para que me
orientara. Con su mejor voluntad, me dio
algunas vagas indicaciones que no me
sirvieron de mucho. Mis rosas y yo
continuamos la peregrinación como si
fuésemos camino a Santiago de Compostela.
Sabía que
el vecino de uno de ellos se llamaba Daniel Volpeti ¿ o era Volpati? La verdad es que dicha información no resultaba de ayuda en estas
circunstancias. Los minutos pasaban y no aparecía ninguno de los buscados.
Al fondo,
una construcción de color amarillo no sé por qué (o sí lo sabía) me llamó poderosamente la atención, como un
recuerdo apagado y doloroso. Recordé, mediante esos circunloquios que realiza
nuestra mente cuando quiere eludir el foco de atención, aquel film donde el asesino múltiple (me parece que lo encarnaba Tony
Curtis), merced a la labor de un
psiquiatra hipnotizador, enfrenta la
tremenda verdad de su manía homicida,
que permanecía oculta para él en su vida cotidiana.
Caminé,
casi sin darme cuenta, en esa dirección.
Un vientecillo fresco suavizaba el calor
de las primeras horas de la tarde. Las grandes arboledas, plenas de
verdor estival, mostraban orgullosamente sus enormes ramajes entre las flores y los bancos, para solaz de los ocasionales transeúntes.
De
repente, encontré el hábitat del tal
Daniel. Muy cerca, me esperaba uno de los destinatarios de mis rosas. Pasando
una diagonal, casi en perfecto extremo de recta, se hallaba el otro escenario
que me interesaba. Ya segura de mis pasos, pero desarmada por la emoción
organicé como pude las actividades subsiguientes. Abrí la bolsa, saqué las dos botellas con
agua y luego de vaciar el líquido en los recipientes comencé a repartir mis flores.
Tres a los pies, una en la cabecera de él; cinco a los pies de ella,
complementado todo con finos helechos.
(“Parece que no hay nadie y sin embargo
ellos me miran hoy, desde su altura
y alivian mi pesar, esta locura
de negar la verdad. Hoy me hago cargo
de aceptar mi pasado y mi presente,
conjugar el futuro entre las manos
con la lluvia de amor que desde arcanos
se desliza sutil sobre mi frente”)
Luego, con el corazón a flor de piel y los ojos cuajados de
lágrimas, contemplé mi obra. Descubrí, gracias a las rosas, que
volvía a tener significado el homenaje ante las tumbas de mis padres.
IRENE MERCEDES AGUIRRE, poeta y escritora argentina.
Miembro Honorífico de Asolapo Argentina
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