Pintura al pastel, año 1967 - Autor: Luis Alposta
LUIS ALPOSTA, Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA
PRESIDENTE: NORBERTO PANNONE
Pintura al pastel, año 1967 - Autor: Luis Alposta
LUIS ALPOSTA, Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA
POEMA CONJETURAL
El
doctor Francisco Laprida, asesinado el día 23 de septiembre de 1829
por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir:
Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me asecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes,
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí… Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.
JORGE LUIS BORGES, Buenos Aires, Argentina
LA DUDA
Hay
quien tiene miedo a pensar por si acaso se le mueven las ideas. Ante lo
incierto de tantas cosas se opta por mantener la mano en el arado y echar la
mirada hacia atrás. Esto es, la duda. Sobre todo, si se remite a la duda
existencial que traspasa sus propios límites para dar de bruces con la
eternidad o la nada.
Hay
dos novelas―a buen
seguro que son muchas más―
en las que se aborda este problema en la figura de sendos protagonistas que a
priori se suponen que son paradigmas de la fe que proclaman.
“San
Manuel Bueno mártir” es un breve e intenso relato de Unamuno, en la cual se reflejan algunos pensamientos del autor―ya lo dijo nuestro gran Antonio Machado en su obra
“Juan de Mairena”, aquel diletante cuyas enseñanzas se correspondían con el
pensamiento de su prosista―
y que pone en boca de su principal personaje, el sacerdote tenido por santo en
el pueblo. El otro responde al pomposo título de la novela “Vaticano III” ―que
nada tiene que ver con la saga Da Vinci― y pertenece a este humilde escribidor. En la primera, el sacerdote, varón venerado entre sus
parroquianos acaba revelando que en el fondo él también duda de lo que llamamos
vida eterna. Y preguntado por qué entonces proclama esa fe en la resurrección
confiesa que debe velar por mantener la felicidad última entre los hombres para
que puedan tener una existencia dichosa en el aquí y ahora. Después, ¿quién
sabe? En la segunda, se trata de un franciscano que mantiene unidos a los que
son explotados por un patrón sin escrúpulos, el cual, siendo asesinado por aquel
confiesa en último extremo que siempre actuó movido por el deseo de mantener
anudados a los trabajadores con la promesa de una vida mejor. En ambos, la
vacilación es el leit motiv de las
narraciones.
La
duda forma parte del hombre. Nada es seguro para él. Confiar en alguien―incluso en las relaciones de pareja― es siempre una espada de Damocles que se alza sobre
la cabeza del pensante (eso si concedemos que se ejerza el acto de la
inteligencia, que es tratar de esforzarse en aras del entendimiento de algo). Y
así todo. ¿Quién puede tener la
seguridad de que no va a morir en un instante? ¿O por qué la confianza en los
componentes de un medicamento que le sirve para restituirle la salud? Toma y
daca. No se tienen credulidad, y sin embargo es necesario cierta dosis de
esperanza. Quien crea que humanamente es posible la certeza se sitúa al filo de
la navaja. Una afilada hoja que corta por el lado en que nos inclinemos.
Ya
lo dijo el viejo Descartes: hay que dudar de todo. Y también de aquello que se
cuestiona. Dudar de la duda. Y es que, si se piensa, entenderemos que la
naturaleza humana tiende a lo incierto en tanto que todo le es confiado a su
razonamiento. En el fondo, aquella postura de santo Tomás, cuando dijo que
necesitaba ver para creer, cuando menos es comprensible. Y hay más. Tampoco es
fiable por completo el sentido en el que más se confía, que es el de ver. Si
contemplamos el cielo estrellado― allá donde pueda ser observado― alguna estrella titilante que parece hacernos guiños
con su temblor, resulta inexistente, pues el astro desapareció hace mucho
tiempo y lo que nos llega es su luz. Pero estar ya no está. Otro tanto podría
decirse del espejismo en un desierto.
La
vida es una sucesión de hechos para los que no se tiene de antemano respuesta.
Por ello, el hombre ha de mantener abierta una puerta a la esperanza. Confiar
por encima de todo. Confiar, sí―
y no de manera ingenua, creyendo que por creer se solucionará automáticamente
cualquier circunstancia o problema―De alguna manera, esto puede ser entendido como fe. Y
fe―nos dice el viejo catecismo―es creer en lo que no se ve. Y “ver”, lo que se dice ver no es tan fácil.
Por eso hace falta―a
pesar de todo― una
cierta dosis de osadía para situarse a las puertas de la certidumbre. Una
credulidad que es necesidad, sí, pero igualmente entrega confiada a ella.
Tal
vez, porque aun en la duda, se tiene la convicción de que el “no” nihilista se
coloca a los pies de los caballos, rechazando al Autor de la vida y dejando el
sino del hombre a la fatalidad del albur. ¿Qué humanismo está en condiciones de
responder por sí mismo más allá de lo meramente material y palpable? Ya se sabe
lo que han dado de sí los paradigmas sociales del comunismo y el capitalismo:
esclavitud y desigualdades. ¿Habremos de reducir al hombre a pura materialidad?
¿Es tan solo el hombre la agrupación de un paquete de células que no poseen
consciencia de lo que unidas constituyen?
Ciertamente,
el hombre al parecer procede del mono, pero si no quiere regresar a la
chimpanificación originaria habrá de esforzarse en entender qué es un hombre.
Escalar y no descender. Desarrollar su potencialidad y buscar para sí una
respuesta que no puede darle el mundo. Y es que el mundo puede ofrecerle cosas,
pero no perpetuarlo en su ser. Vida que comienza tras el fracaso de vivir.
Hay
cosas de difícil comprensión. Sencillamente porque no pueden ser en sí mismas
alcanzadas por la razón; sería tanto como pretender meter en un hoyo toda el
agua del mar. Esto sería el filosofar teológico. Una teología positiva. Pero
también es posible abordar esa idea rodeándola desde la teología negativa. Esto
es, que la razón vislumbre, no ya acerca de una verdad externa al hombre, sino
más bien en cómo se recompone ese hombre a sí mismo mejor, si aceptando esa
verdad o rechazándola.
¿Qué
es un hombre sino un ser en proyecto, pero que sabe que dispone de un tiempo
limitado para la vida? ¿Y qué ser humano no desea vivirse para siempre? Mas,
llegado hasta aquí, ¿puede el hombre prolongar de alguna manera su vida, más
aún, por la eternidad? ¿Y no late en el interior de cada uno ese deseo de no
acabarse nunca?
Todo
esto es difícil de meter en la testa, pues no cabe en ella. Por eso, si se
quiere aceptar la sugerencia, al hombre―aun siendo una máquina pensante como Unamuno―, a pesar de su duda razonable se le ofrece la
posibilidad de abrirse a lo sagrado desde su profanidad. Sólo necesita dos
cosas. La primera consiste en reconocer su pequeñez. Si observamos a un hombre
elevándonos sobre su cabeza acabaremos por no distinguirlo del suelo, y más
tarde será el mundo que en ocasiones quiere ponerse por montera un puntito
perdido en el espacio. ¿De qué sirve al hombre tenerlo todo si ignora la
esencia de lo que es? ¿Y para qué quiere al mundo si ha de costarle el alma? La
segunda invocar al que es el Alfa y el Omega de todo. Permanecer atento a la
escucha. Sólo así podrá experimentarse a sí mismo.
¡Que
dudas! ¿Y quién no? Pero, si una verdad no puede ser demostrada, mostradme a
dónde conduce la contraria Ahora sí la razón está en condiciones de poder
dialogar sin complejos con lo sagrado en busca de encontrar respuesta a aquella
pregunta que como el eco repetía nuestro Unamuno mirando a Michelet, aquel que
contemplaba la Historia como un combate extremo entre la libertad y la
fatalidad, deseoso de mantener su identidad sin fin, incluso a la hora en la
cual el hombre ha de entregar su “yo” al fin de sus días.
El
Unamuno poeta nos dice en su obra “El Cristo de Velázquez” (cap. VIII. 214) ¿“Será
el Padre sordo no siendo mudo”? ¿El que todo lo hizo por su Palabra habrá de no
escuchar la aflicción última? ¿Habrá de ser estéril el grito del Crucificado,
que es el grito de la humanidad, cuando exclamó con todas sus fuerzas aquello
de “¿Por qué me has abandonado?” Y, cuando todo parecía haber sucumbido en el
abandono, el silencio se hizo promesa de vida eterna.
La
Verdad Suprema va infinitamente más
allá que la razón humana.
ÁNGEL MEDINA, Málaga, España
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EL CÍRCULO
"El Círculo es perfecto" (E.
A. Pesante, l932-1988, in memoriam)
“Gracias quiero dar al divino / laberinto de los efectos y de
las causas / por la diversidad de las criaturas / que forman este singular
universo, / por la razón, que no cesará de soñar / con un plano del laberinto
(…)”
– (“Otro
Poema de los Dones” - Jorge Luis Borges).
Hubo un momento en que el Círculo fue el acoplamiento sistémico de
esmeriladas y esféricas espirales concéntricas… Como esas enigmáticas galaxias,
arracimadas en forma cuántica, que no solo hacían suponer sino que demostraban,
palmariamente, la infinitud de un Universo…
Un Universo emboscado, a su vez, por
un continuo movimiento, ora parabólico, ora sinuoso o, asimismo, perfectamente
circular…
Un Universo tan geométrico como
aquel bellísimo y tornasolado Círculo del que formaba parte, girando, girando y
girando
hasta un sitio ignoto del Metaverso que parecía, al mismo tiempo y espacio,
punto de partida y llegada…
Pero, de hecho, tampoco supo cuándo
se vislumbró, en aquella gigantesca rueda giratoria, como un ser consiente y
consciente de su presencia hecha de aquellas, como sustancias organizadas tras
una sinuosa columna a la que llamó huesos, como pudo haberla nombrado con
cualquier otra vibración acústica a la que, a su vez, nombró palabra…
… En tanto que, a todo aquel
encapsulado organismo semejante a una suerte de gelatinoso conglomerado, llamó
cuerpo, y a la patina envolvente y suave -a la que tuvo por piel- compuesta de
una delicada sustancia a la denominó carne…
El Hijo del Círculo observó, no
obstante, y con otros de sus fantásticos miembros membranosos (eran dos y se
llamarían ojos), que un extraño lazo lo conectaba, en una cavidad acuosa de la
que era parte…
Luego de otro tiempo espacio que no
supo ni pudo calcular, sintió como de súbito todo lo que para él era cuerpo,
abría aquel Agujero Negro raramente enrojecido y se asomaba, con una chillante
bocanada, a otro Universo que pareció estallar como un enorme sol galáctico, y…
nació. Alguien le llamaría a aquello "vida" también, aunque para él
la vida había sido, hasta entonces, una espejada realidad mansa y etérea aunque,
y de igual modo, sustancial...
Pero no supo que lo había hecho. Que
había nacido… Y que estaba vivo en aquella dimensión extraña contenida en el
Círculo… Pues solo después de cuatro giros alrededor de la estrella de aquel
planeta (así lo llamaban Ellos) donde había estrenado su nuevo estado
existencial, lo sabría… Una etapa que cobraría materialidad compartiendo más
adelante imágenes (foto-videográficas) de esa, su estrenada niñez…
Así, y al paso lento pero inexorable
del nuevo espacio tiempo que lo contenía, entendería por qué había sido
concebido tras una nueva palabra que no registrara en ningún sitio del Círculo
de dónde provenía… Y que de tanto escucharla con aquel específico sentido
orgánico llamado, por Ellos, oído, se supo hijo de Hombre, y Hombre varón y se
auto percibió también como hijo de la Luz, hijo de la Alborada de aquella
particular Realidad llamada vida… Luego, también comprendería que, aquellos
otros miembros que lo acunaban con notable suavidad y esmero, serían de otro
Hombre, pero sexuado mujer…
Sería esta, ahora y como jamás lo
había experimentado, la primera de las Cuatro Estaciones Planetarias de un
astro, de otro Círculo azulado -terrestre, marítimo y nuboso-, que habría de
transitar hasta treinta y tres años circunvalantes,
como un fugaz Eternauta de la Materia; ello, antes de regresar -con su
espiritual Alma trascendente- al seno del Círculo Creacional del que había sido
esencialmente sustraído, y a fin de alcanzar a comprender (in situ) el Origen
Humano de un paterno, Arcano Sueño existencial…
No tuvo miedo por ello: su Padre velaría por Él y unos seres difuminados
llamados ángeles custodios, lo servirían en su -ahora- homeostática Presencia
y, en especial, al cabo de los primeros cuatro años de extraña incubación
encarnada; tiempo en el que, Abba, comenzaría a revelarle, paso a paso, el
sentido mesiánico de la enigmática extrapolación sensorial a la que había sido
expuesto, y que le sería revelada como crucial y salvífica Misión en bien del
Círculo: la de redimir del pecado, la ignorancia y el error, al Universo Material todo.
ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO, Santa Fe, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE
ASOLAPO ARGENTINA
A VECES, EL OLVIDO
A mis abuelos Guillermo y María y a mi Madre,
a quienes nunca puedo olvidar
Ya no se acuerda con lucidez de su niñez, de sus amigos cercanos, de los dos viajes a Europa-uno a Italia y el otro a España-, ni de los consejos de Mamá Josefina, ni los nombres de los personajes del Quijote, pero recuerda la trama. Ha borrado de la mente casi todas las clases magistrales de literatura dictadas con pasión en la Universidad Nacional de San Agustín y en la Mayor de San Marcos. Cuenta el tiempo de un modo peculiar; el alba y el ocaso son las claves para entender dos tiempos del mismo día, y en las noches, sabe con certeza que despertará, lo que no sabe aún es si algún recuerdo podrá navegar en su mente sabia.
Ha olvidado la Lotería de Babilonia pero admira la pluma y el universo de Borges, ha olvidado al Consejero de la Guerra del Fin del Mundo sin eludir la crítica a Vargas Llosa, ya no se acuerda de los principios liberales de la Riqueza de las Naciones; sin embargo, su mente reconoce a Pitágoras como creador de la Economía y no a Adam Smith.
Permanece en él, el
concepto central del indigenismo y sabe que existe diferencia con la postura
indigenista. Puede ver una foto de Arguedas y detrás de ella, puede imaginarse
algún paisaje andino o reconocer el sonido de un zumbayllu. Es que el olvido
parece ser que tiene en sí una sinrazón; donde el concepto y la experiencia
permanecen, más no los detalles o circunstancias precisas.
César Díaz es el nombre
que por momentos ha olvidado pronunciar. El olvido es una constante en su vida.
Tiene aún cientos de lectores, a los cuales apasiona su poesía y su acertada
crítica a la realidad del país, plasmada en varios artículos y en un ensayo
llamado Perú: Realidad y Futuro.
Cada día transcurre entre
un desayuno ligero, un abrazo de su esposa, una llamada de su hija Sofía que
muchas veces es breve; porque César percibe la tristeza de ella, cuando lo
escucha tartamudear para recordar.
Un día a la semana por la
tarde lo visita Octavio Aréstegui, un alumno suyo de la San Agustín. César en
sus ochenta y cuatro años y Octavio un asiduo lector. Ambos, entablan un diálogo, acompañados de un
café. Uno de esos diálogos…
Don César. ¿Cree usted que
debe uno tenerle miedo al olvido?
No. Nadie es un Funes Memorioso. Prefiero tenerle miedo
al miedo, eso es más controlable. Simplemente se vive con lo que uno tiene en
su mente.
Díaz se pregunta: ¿Cómo
llenar el olvido? Le es lógico que en la mente se produce un vacío y ante las
interrogantes familiares hace un esfuerzo por recordar. Cuando no hay éxito en
tal intento, la angustia y la ansiedad lo atormentan. Desea recordar las
primeras travesuras y complicidades con su hermano Augusto, pero se queda con
una emoción en el alma y la tristeza que genera el olvido. Anhela recordar los
primeros pasos de la pequeña Sofía para reírse por momentos, pero se queda con
la emoción paternal y una lágrima que irónicamente lo apacigua. Desea recordar
el patio del colegio, los almuerzos dominicales con picante arequipeño, los
abrazos con su Madre, …desea evocar varios momentos; porque César Díaz es poeta
y los poetas desean muchas cosas en el alma, son persistentes, su voluntad
espiritual es mayor que la del hombre que es víctima de la rutina y del tiempo
que le toca vivir.
El olvido es esa memoria
perdida. Todos tenemos algo del olvido. El alzheimer es despertar al compás del alba con pocos
recuerdos, los sentimientos prevalecen. Se pierde aparentemente lo vivido, pero
los recuerdos en algún momento regresan, el olvido no es absoluto. Hay un
desafío entre el pasado y el presente.
Debe ser difícil vivir con
el olvido, porque se intenta regresar al ayer para obtener un recuerdo que nos
ayude a seguir viviendo. Las remembranzas pueden despertar al mirar un objeto,
una imagen o al escuchar una palabra.
Díaz es uno de los mejores
poetas que esta vida efímera me ha permitido conocer. Tiene un libro llamado La belleza de la infancia. Lo escribió
poco antes de padecer su enfermedad. Lo lee continuamente para recordar un
trozo del ayer. De ese modo es que pasa sus días. Esas líneas son su
inspiración para seguir escribiendo. El olvido hoy, irónicamente lo motiva a
pensar en versos. Nunca ha dejado de escribir. El olvido no lo ha vencido.
Conocí a César Díaz una tarde que no he olvidado hace algunos años atrás. Hoy, tengo en mi mente sucesos cortos que he empezado a olvidar.
GUILLERMO FERNÁNDEZ DEL CARPIO, Arequipa, Perú
MIEMBRO HONORÍFICO DE
ASOLAPO ARGENTINO