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sábado, 30 de octubre de 2021

EL OCASO, Liliana Escanes, Bahía Blanca, Argentina

 







EL OCASO

 

El ocaso se refugió entre mis manos...

Largo, hondo, meditabundo, extraño…

Sí: el ocaso se refugió entre mis manos...

Esperando, ansiando, quizás… nuevos ocasos…

Compartidos ocasos… Resplandecientes ocasos…

Profundos ocasos… Dorados iridiscentes ocasos…

Las aves trinaron toda la tarde… En huertos y jardines…

 

El ocaso se refugió entre mis manos...

Febril, austero, meditabundo, extraño…

Esquivo… Esquivo… Como niño travieso…

Como niña huidiza, tímida, olvidadiza…

Pero noble y buena… Con el corazón dulce y nuevo…

Con el corazón henchido de bellos deseos…

Con pasos seguros y firmes…  Con profundas plegarias…

Que desgrana lentas, lentísimas… al caer la tarde…

 

Sí: el ocaso se refugió entre mis manos...

Y anidó... tímido, esquivo, como ese niño…

Dulce y bueno, como aquella niña…

La que perdí hace ya tantos años…

La que adoraba columpiarse en el mandarino

en la hamaca que le había hecho su padre…

Alto, altísimo... tocar el cielo con las pies y con las manos…

Hacia el final de la tarde…

Cuando ya todo era suave y callado…

Hasta el trino de los pájaros…

Cuando ya todo era silencio y serenidad… Vaga quietud…

Melancolía entre las plantas…. Rosales, laureles encendidos…

Jazmines… Jazmines… Jazmines…

El embriagador y dulcísimo aroma de los jazmines…

Ahora esa niña creció y maduró…

Y el ocaso atrapa entre sus manos...

Y el ocaso se refugia entre sus manos...

Y las tiñen de luz y de esperanza…

Y las tiñen de muguets, de sueños y de jazmines…

Sí, siempre... de jazmines...

Los claveles quedaron frente al Altar, esta mañana…

La niña que maduró y aún sigue su camino,

allí los depositó… Con todo su fervor…

Bello ramo quedó frente al Señor… Bellísimo ramo…

Ahí quedará hasta que sus pétalos se deshojen…

Ahí quedará…

 

Mientras tanto, en el jardín amplio y solitario,

soleado y fresco por las mañanas,

embriaga el aroma dulzón de los jazmines...

Ahora, al caer la tarde…

Cuando ya todo se vuelve sereno y mágico…

Apacible, silencioso, callado…

Hasta el trino de los pájaros…

Y la niña que maduró y aún sigue su camino,

escribe versos... desolados y escuálidos versos...

Porque hubo dos niñas que crio, que amó, que acompañó,

que cuidó... y ninguna de las dos está cerca...

Ambas están a años luz de su corazón...

Lástima... Lástima...

 

Sí: el ocaso se refugió entre mis manos...

Y sólo el embriagador aroma de los jazmines

alegra un poco mi corazón...

 

* LILIANA ESCANES, desde mi humilde rincón de “LA CASA AZUL DE LA POESÍA”,

24/10/2021, Bahía Blanca, Argentina *


SENSACIÓN DE LIBERTAD, Lola Benítez Molina, Málaga, España



SENSACIÓN DE LIBERTAD

  

De nuevo, una de esas frases que se graban en mi retina y se incrustan en mi piel: “No hay amor si no hay libertad”, hermosa frase dicha por Jorge Bucay. Según él, “el amor es la decisión de trabajar activamente por la libertad de otra persona para que elija qué hace con su vida, aunque no me incluya”.

           Sensación de libertad, bendita locura. Dejarse llevar. Un susurro de mar, que viene a despertar sensaciones dormidas en un tiempo marchito. Vaivenes del corazón que trae recuerdos de juventud y los acerca a nuestros días con nostalgia de fuego.

 Libertad, palabra sugerente, llena de vida, que te hace entrar en éxtasis, donde los sueños tienen cabida. Perderla es perder la vida en insufrible agonía. Los que, por circunstancias de la vida, y por motivos ilógicos (los lógicos están justificados y tipificados) la pierden, experimentan, cuando la alcanzan de nuevo, una valentía y fuerza inigualables para afrontar las vicisitudes que a todos se nos presentan. Ya nada es obstáculo.

           ¡Qué curioso! Me llamó la atención que la palabra inglesa para “libertad”, “freedom”, proviene de una raíz indoeuropea que significa “AMAR”.

 Esa sensación tan sublime la encontramos al admirar la naturaleza. Cuando uno se encuentra a sí mismo, el momento presente se hace inherente al ser, y es sumamente placentero. La brisa del mañana ya no atraerá tormentas, y el ser humano sabe que todo puede cambiar en segundos.

 Como diría el universal poeta estadounidense Walt Whitman, padre del “verso libre”: “No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre”. David S. Reynolds, biógrafo de Whitman, nos dice del poeta de West Hills, Nueva York, (EE UU): “El individualismo, los relatos de sus propias experiencias, un tratamiento revolucionario del impulso erótico y la creencia de los valores universales de la democracia son los rasgos novedosos que definen su poética”.

 Se podría hablar mucho más de libertad, pero, para concluir, me quedo con esta frase de Voltaire: “No comparto tus ideas, pero moriría por defender tu derecho a expresarlas”. ¡Qué hermosa frase sobre libertad y generosidad!

 

 ©Lola Benítez Molina, Málaga (España

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

COMO SE PIENSA, Elías Galati, Argentina



COMO SE PIENSA

Tenemos el deber de ser inteligentes (Jean Guitton).

El pensamiento surge de sentir. Los estímulos nos impresionan y la condición humana, al recibirlos genera un sentimiento, primero de asombro, luego de confort o incomodidad, de alegría o tristeza, pero siempre de inquietud. ¿Qué es? ¿Qué pasó? ¿Por qué?

Es natural al hombre el asombro y la inquietud, que genera preguntas en su yo íntimo, que desatan estímulos cerebrales que lo llevan al pensamiento.

Es la capacidad de asombrarse, como dice Aristóteles en la Metafísica, “Todos los hombres aspiran por naturaleza a saber, prueba de ello es que nos gustan las percepciones de los sentidos...”

La cuestión es cómo se piensa, desde dónde se piensa, y si es posible educar el pensamiento.

Pensar es un acto personalísimo, íntimo y vital de cada uno de nosotros.

Es el acto de libertad por antonomasia, se cuenta que San Pablo preso en una cárcel que era una pieza bajo tierra, engrillado a una columna y sin poder moverse más que la longitud de la cadena, decía soy libre en mis pensamientos. Nadie puede quitarme esa libertad.

Pensar es imaginar o considerar; reflexionar y examinar con cuidado una cosa para formar un dictamen.

Por ello el pensamiento es la ponencia o facultad de pensar; es acción y efecto y  también la idea inicial y capital de cualquier obra que emprendamos.

Para la filosofía es el pensamiento objeto de la lógica, en un sentido formal, y para la psicología es el tipo de conocimiento que permite al hombre una aprehensión intelectual de la realidad.

Diferenciada de la aprehensión sensorial y perceptiva que proporciona sólo una imagen parcial del mundo.

Podemos decir entonces que es el curso de ideas determinado, de carácter simbólico iniciado por un problema o tarea y que lleva a una conclusión.

El hombre recibe impresiones, sensaciones, y en determinado momento, siente la necesidad de evaluarlas, de elaborarlas, y piensa sobre ellas.

Esa inquietud, esa admiración inicial, es la que lleva a la característica esencial del pensamiento humano.

Es decir volvemos al principio al pensamiento inteligente.

Hay cuatro clases de pensamiento, el primero y más amplio es cualquier actividad mental o espiritual; luego la actividad de la razón en cuanto es diferente de los sentidos y de la voluntad; en tercer lugar la actividad discursiva y por último la actividad intuitiva.

Para Descartes pensar significaba entender todo lo que sucede en nosotros y que percibimos inmediatamente.

Pero entonces querer, imaginar y sentir son iguales a entender y significan pensar.

Spinoza llega a incluir entre los modos del pensamiento, el amor, el deseo y toda otra afección del alma.

Sin embargo desde Platón y Aristóteles, como para San Agustin y Santo Tomás, el pensamiento tiene que ver con la intuición y significa su identidad con el objeto, considerando entonces el pensamiento como entendimiento.

La aseveración de Guitton va en ese sentido, pensar desde un pensamiento inteligente, es poner en evidencia la facultad humana de conocer, es señalar el pensar como entendimiento.

Es decir entender, con una forma de profundidad intelectual distinta del pasatismo original de sentirse estimulado y reaccionar naturalmente.

Entonces pensar desde la inteligencia, con toda la connotación emocional, sensible y con toda la voluntad de acción de nuestra parte, puesta en el desarrollo del acto de pensar.

¿Cómo se enseña a pensar? ¿cómo se logra un pensamiento inteligentes?

Por supuesto desde los valores.

Desde aquello que vale esencialmente.

Aquello que nos estimula, aquello que imprime nuestra alma con la sensación y que produce, pasión, deseo, voluntad de acción, debe ser cotejado con la verdad, con la realidad, con lo justo, con lo bueno, con lo meritorio y con lo necesario, no sólo para nosotros sino para el grupo social y para la humanidad.

Entonces nuestro pensamiento tomará la dirección correcta y en consecuencia nuestras obras y nuestro comprtamiento, seguirán el mismo camino.

Como cotejo entonces mi pensamiento. ¿Es cierto aquello que pienso, es necesario y útil, es bueno y justo?

Si desde la mas tierna infancia enseñamos a nuestros niños a cotejar sus pensamiento con los valores, a señalar las virtudes que deben acompañar a aquello que pensamos y que nos hace actuar, habremos logrado entender la senda y enseñarles a vivir correctamente, desde el pensamiento de su yo interior hacia el mundo y sus semejantes que los acompañan.

 

©Elías D. Galati, Argentina

TESTIGO EN CRISTO JESÚS, Favio Ceballos, Baigorria, Santa Fe, Argentina




 








TESTIGO EN CRISTO JESÚS

 

 Una gota de humanidad

Transmuta sin proponérselo

un mar eterno de ignorancia.

No es para ser usado y manipulado

que muestro mi inocencia y libertad.
Soy un testigo de Dios en la tierra.
Eso te molesta Satanás.
Sabes tú fin y quieres algo 

que no te pertenece y nunca te pertenecerá.
Un sentir divino vive en nuestra sangre 

y por eso no puedes beberla.
Aún así, eterno, con todo el poder material, con el dinero para comprar vidas, 

algo te es negado.
Nuestra devoción al Padre rompe tus planes.
No contabas con este ejército de uno solo

 Cristo Jesús en la tierra.
No quiero imaginar tu soledad eterna,

 no me es dado contemplar esa tortura.
Todo el mal que engendraste, 

la mentira  y la muerte 

no cambia el destino final.
Somos sus hijos y en Él
Cristo Jesús
Cristo Jesús
Cristo Jesús...
Inmaculado.


Del libro: Antología Cristiana

Alabanzas desde Latinoamérica

 

©FAVIO CEBALLOS, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

 

GRAN SOLEDAD, Olga Hernández Osorio, Medellín, Colombia

 







GRAN SOLEDAD


En la gran soledad que dejó tu ausencia

están los besos y caricias en todas tus cosas

el prado y el aire hablan de tu presencia

como el jardín florido y las bellas rosas.

 

Fuiste ave pasajera que en verano voló,

dejando sobre mi lecho aromas de pasión,

sembraste la semilla que mi corazón soñó,

las mieles de tus besos robaron mi ilusión.

 

Dejaste sobre mi cuerpo huellas vespertinas

En tardes bellas todas llenas de esplendor,

En noches y mañanas, amorosas y finas

Y en horas solitarias haciéndome el amor.

 

Fundidas nuestras almas muy cerca del arrebol

Desnudos nuestros cuerpos en la playa y el mar

Mirando las estrellas y el lucero campeón

Borrachas estas almas soñaron nada más.

 

En la gran soledad que dejó tu ausencia

aún brillan las estrellas, el cielo es azul

Parece que todos reclaman tu presencia

Las tardes y las noches se visten de bello tul.

 

Medellín, enero 5 de 2020.

 

©Olga Hernández Osorio, poeta y escritora colombiana

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


domingo, 24 de octubre de 2021

SUS DÍAS, Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina

 









SUS DÍAS

 

Hechos continuos, permanentes,

sucediendo en silencio;

días en luz o en sombras mortecinas,

ocultos o perdidos

o tal vez recobrados para siempre;

singular inconstancia del destino

de algunas calles en las vigilias,

por las que camina sin saber para qué,

por las que se desplaza con lentitud,

parsimoniosamente,

o en un vaivén convulsionado,

sin comprender.

 

©LUIS ALPOSTA, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA


EN LA ORACIÓN DE OCHO PALABRAS, George Reyes, México DF

 








EN LA ORACIÓN DE OCHO PALABRAS

 

La sal del mediodía que mancha la camisa 

yo la limpio en la fila de temblores:  

                                                  la oración de ocho palabras. 

En su suave pico mi espalda se recuesta 

por la caridad que ha pisoteado  

a esas piedras sin pesares que han vencido mis clavículas,

y que tienen tableteo de mortales suavidades ausentadas. 

Sal por la mañana, no retarden,

como sales siempre,

                                                   al despojo de suspiros salobreados,

                                                   al despojo de baladas agravadas.

Y salgan a trajearme de envoltura con la cual un día nace.

 

 

NARRATIVA DE NO SABER MORIR

 

Tu amor rozó con mi latido izquierdo

y secó el pozo de mis gritos.

Los dioses de la vida la espesura de mi risa 

ahogaban en acequias de agua abandonada.

Zurcía los versos de todos mis poemas 

con tanta osteoporosis en su tallo lírico.

Mi sueño atravesaba almohadas de luciérnagas 

y vaciaba en las metáforas mis noches líquidas. 

¡No sé morir porque rocé con tu eólica mañana   

y toqué la frescura de tu diestra! 

del poemario “Mañana".

 ©GEORGE REYES, poeta y escritor mexicano

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


“EL RETORNO”, Carlos Rodolfo Ascencio Barillas, El Salvador

 










“EL RETORNO”

 

PASA UNA BANDADA DE PAJAROS SURCANDO LAS COLINAS LOZANAS NEGROS HORIZONTES, EL AGRIGENTO DENUEDO DESPAVORIDO GRAVITA EN EL SILENCIO DE TU MUSTIO ALIENTO

 HONDONADAS DE ABISMOS DIVIDEN LOS GIGANTES PARAISOS DE TU INDOMITO ESPIRITU, LABIOS RECECOS GIMEN LA PALIDA CASCADA DONDE DANZAN LAS ESTRELLAS DE TU PECHO

 Y MAS ALLA EN EL CIELO IMPENSABLE SE ESTREMECE TU VOZ PURPURA INCONMUTABLE Y LANGUIDECE INCONFUNDIBLE GALOPANDO A TROPEL TUS FRAGILES EMOCIONES INDEPLORABLES

 EL MAR ENHIESTA CON SU FILO ADYACENTE, Y ABSORTO CONMENSURABLE DE TU PASION INDISCRETA, SE ROMPE EL DEBIL CRISTAL IMPOSTERGABLE AZOTADOS CON TUS MANOS INABORDABLES

 SON TRISTEZAS INMANENTES QUE INUNDAN IRREMEDIBLE EL PESO DE TUS INDELEBLES LAGRIMAS, DE ESE SUEÑO DONDE DUERMEN ARCANOS DE TUS DENOSTABLES APOSENTOS INGRIMOS GRISACEOS,

 IMPERCEPTIBLE SENDERO INDUBITABLE DEL UNIVERSO LAMPARA DE TU MACILENTA MAÑANA, DE AQUEL ESCONDRIJO, LUGAR INOSPITO DE LUZ OSCURECIDA, Y QUE AMANECE CON TUS ILUMINADAS PUPILAS, ALLA EN LOS DESERTICAS ALBOREAS DE TU INDOBLEGABLE REGASO.

 DE PLEGARIAS FUGITIVAS QUE SON BASTIONES DE RIOS CRISTALINOS AHOGADOS POR LA SECA HIERBA, EN EL PLAUSIBLE VIAJE DEL COSMO QUE RENACE INERTE CON EL BREVE SUEÑO DE LA MUERTE,

 INCORRUPTIBLE EL CUERPO, CONVINCENTE INHIBE EL PENSAMIENTO DE LA NOCHE FRIA, MUERE LA FLOR DE PRIMAVERA, Y RETOÑA EL SUSPIRO FUGAZ DE TUS NEBULOSAS ILUSIONES

UN ALARIDO NOCTAMBULO, Y LA BRISNA INCONSOLABLE ESPERANDO EL ULTIMO SUSPIRO QUE APARECE DE TORRENTES AGUACEROS IMPERTINENTES EN LA INMENSURABLE VOZ DE TU ETERNA PRIMAVERA.

 EL CUERPO FENECE, EN LA CUSPIDE QUEJUMBROSA EN EL INFINITO BESO SORPRENDENTE, AL HOMBRE CONVIERTE EN UN MANSO RIACHUELO, Y EL VIENTO ENMUDECE LAS FRESCAS ACACIAS, Y QUE VUELVEN A TUS INCANDESCENTES OCASOS

 ASI PASA LA NOCHE LA ARDIENTE HOGUERA QUE IRRUMPE LOS CRUELES DESEOS DE TUS INSUPERABLES MANOS, Y AQUELLA DECIDIA VERAZ, Y DE TUS EXACERBABLES CARICIAS EN TUS LUCIFUGAS MAÑANAS.

 VOLVERAS A LOS MANANTIALES DE TU JUVENTUD CON LAS MIELES HERMOSAS, QUE CONTEMPLAN LOS ROSALES FLORECIDOS Y LAS LUCIERNAGAS VELOCES EN LA BOCA DE TUS FRUTOS CIRUALOS.

 Y TU ESPIRITU MELOCOTON, SUAVE BRISA MARINA QUE ATRAVIEZA LOS CEREZOS DE TUS ACERTADAS BELLEZAS INAPELABLES ECLIPSADAS POR LAS FLECHAS SIGILOSAS DE OCHO METROS DE TIERRA INMERECIDA, INSOSPECHABLE Y QUE SE DESVANECE EN EL PENSAMIENTO DE TU ALMA INCONMENSURABLE…

© CARLOS RODOLFO ASCENCIO BARILLAS, poeta y escritor salvadoreño.

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


LOS ZAPATOS, Norberto Pannone, Buenos Aires, Argentina

 



LOS ZAPATOS

 

Cuando lo conocí al viejo Aniceto Cantilo me quedó grabada en el corazón la imagen indeleble del prototipo del hombre dócil, bonachón y solidario; fiel y feliz practicante de la austeridad, aunque, por austero, nunca se lo hubiese podido tachar de miserable. La risa fácil y grandiosa siempre de oreja a oreja y aquel rostro eternamente encendido por el buen humor. Era un tipo de aquellos en que la propia timidez le hacía subir la sangre hasta la cabeza, ocasionando el clásico rubor. En una palabra, Aniceto Cantilo era un buen tipo, tremendamente cortés, algo tímido y que cargaba, como todo el mundo, los miedos que asechan ocultos en la cotidianeidad de la existencia humana.

El tiempo, que desgraciadamente todo gasta y consume, también fue derrochando la vida del Aniceto. Y así, el deterioro de su físico fue creciendo cada día con más rapidez. Su espalda encorvada y su lento y moderado andar, estropeaban ahora su figura que otrora, había sido ágil y casi elegante.

A pesar de su timidez, el viejo gozaba de los dones de la observación; era un diestro perceptivo y un hábil clarividente.

Nació con un trauma incorporado a su espíritu; una fobia insólita e inexplicable. Particularmente, pienso que, quizás, ese problema pudo también exacerbarse por alguna causa externa de su vida. Ahora, después de mucho tiempo, dudo si sus miedos respondían a la superstición o a algo diferente de explicar o comprender. Sin dudas, el principal motivo de sus turbaciones estaba enclavado en el temor ancestral hacia la muerte, del que todo ser humano, difícilmente puede huir.

La cuestión era que, cuando el Aniceto se enteraba de que alguien en el barrio había muerto, nunca preguntaba la causa, sólo le interesaba saber si había sido sepultado con o sin zapatos.

Por las noches, preso de la tortura del insomnio, escuchaba atento y temeroso el ulular de  la sirena de alguna trasnochada ambulancia, hasta  que, aquel lúgubre resonar se perdía en el silencio de las calles, entonces, se quedaba el resto de la noche abrazado a la angustia, hasta que lo sorprendía el nuevo día. Su congoja consistía en conjeturar si al enfermo o al accidentado lo habrían transportado con los zapatos puestos.

Aquel buen hombre siempre aseguraba y repetía que: “Si un enfermo era hospitalizado sin llevar sus zapatos puestos, era muy difícil que regresara a su casa. En cambio, si ingresaba al centro de salud con ellos, seguramente regresaría de allí sano y salvo”.

Cada vez que ocurría un accidente, la ocasión hacía que el viejo contara con aire de sabihondo que: “los accidentados, por lo general, lo que primero pierden son los zapatos”. Y, en efecto, tiempo después pude observar en muchas ocasiones que el hombre tenía razón. -“Ellos siempre te deben acompañar” -Decía con marcada seriedad.

Aniceto Cantilo tenía obsesión por los zapatos, especialmente por los suyos. Cuando en alguna reunión se hablaba del tema, casi siempre inducido por él, echaba una larga perorata sobre los mismos con desmedido entusiasmo, al tiempo que de sus ojos, se escapaba un brillo de satisfacción indescriptible. Parecía ser la cuestión que en la vida más lo apasionaba y además, el que más dominaba.

Él sabía de moldes; de hormas; de modelos; de cueros; de suelas; de tacos, de capelladas y plantillas... hasta conocía al dedillo todos los modelos de clavos, marcas y calibres de hilos, cementos de contacto y todo aquello que se usaba en la confección de calzado, inclusive de pomadas, tintas, cepillos y franelas de lustre.

Ponderaba siempre, con imponente orgullo, a aquellos mocasines negros de cabritilla que hacía tanto tiempo lo venían acompañando. Los había lucido con destreza durante muchos años y, aunque ahora ya no estaban tan sobrios, habían sido sus compañeros en innumerables y especiales ocasiones: su casamiento; el bautismo de sus hijos; los quince de la mayor; la entrega de diplomas en la Universidad cuando se recibió Juan, su hijo menor; los velatorios y exequias de sus mejores amigos… ¡Y en tantas otras ocasiones!

Se podía cambiar de ropa, pero que no le dijeran palabra alguna de sus zapatos. Era el único atuendo que jamás se cambiaría y, por rara circunstancia del destino, siempre lucían su brillo de nuevos. A veces, como excusa, el Aniceto usaba su argumento de siempre: “Estos ya están amoldados a mis pies”.

Aquella fidelidad era mutua y los únicos y queridos zapatos lo acompañaban a todas partes. No podían separarse. Siempre estaban con él, tanto en los mejores como en los peores momentos. Al Aniceto no parecían importarle demasiado las viejas arrugas que exhibían y que eran disimuladas por los reiterados afeites de las pomadas de las mejores marcas.

Últimamente, los momentos felices parecían escasear y los viejos zapatos negros de cabritilla se iban poniendo opacos, exhibiendo con entereza y fidelidad su vetusta deformidad.

Una noche, cuando el Aniceto se descompensó por primera vez, no perdió la lucidez en ningún momento, estaba perfectamente atento y consciente de la situación. Lo cargaron en la camilla en calzoncillos y con sus infaltables zapatos puestos.

Lo llevaron a la guardia del hospital y de inmediato a terapia intensiva, ante su tremenda resistencia, los médicos, para no empeorar la cosa, le dejaron los zapatos calzados, no sin antes colocarle en cada pie la correspondiente polaina de tela blanca y esterilizada. El pobre Aniceto, asustado e indefenso, recordó más que nunca aquella vieja creencia que había escuchado cuando niño y comenzó a repetirse mentalmente y en forma mecánica como en un rezo: “El que era llevado a un hospital sin sus zapatos, seguramente no regresaría a casa”. Y así, un poco por el rezo, otro poco por los sedantes y habiendo comprobado que aún tenía sus zapatos puestos, se fue durmiendo poco a poco.

Después de un par de días de internación, habiéndose comprobado que nada importante había ocurrido en su salud, le dieron el alta y volvió a su casa.

A los dos meses, una madrugada silenciosa de mayo, se volvió a descomponer. Esta vez había perdido el conocimiento y se lo llevaron para internarlo de urgencia tal como estaba. Los zapatos, que descansaban dentro de la mesa de luz detrás de la puertita entreabierta, se quedaron tristes y extrañados porque el viejo no los llevaba. Escuchaban voces, pero lógicamente no entendían nada. Muy quietos, a través de la pequeña abertura, alcanzaron a ver, muy asustados, la extraña e enigmática mirada que la esposa del viejo dirigió subrepticiamente hacía ellos, además de la mueca burlona y satisfecha que dejó entrever al cerrarle la puerta en la narices. Después, oyeron como el sonido intimidatorio de la sirena de la ambulancia se iba perdiendo poco a poco en la aurora calma y serena del domingo hasta que el silencio total los envolvió con su presagio, llenándolos de una amarga impotencia y desazón.

Noches después, mientras una araña tejía la tela preparando sus trampas junto al ruido apagado que producía una pequeña rata al buscar “algo” para comer,  en la pared del comedor el antiguo reloj de los ancestros tañó dos campanadas. El zapato izquierdo, que no descansaba por el dolor de la ausencia, suponiendo que nadie lo escucharía, se animó a echarle un comentario a su viejo compañero, quién, desde hacía unos días parecía estar muy preocupado: -¿Por qué el viejo los había abandonado?-. Sus primas, las zapatillas, catalogadas como las menos sabihondas del grupo, dormían sin parecer estar preocupadas de nada. El hermano derecho solo respondió con un “¡Mmm!” a secas. Las chinelas, con las cuales nunca se llevaron bien, desde su lugar debajo de la cama y casi siempre rodeadas de alguna media rotosa y sucia, tampoco podían dormir y también habían escuchado el comentario sin entender una pizca de nada.

Pasaron los días y los de cabritilla, desde el refugio habitual de la mesa de luz, una mañana fueron trasladados a un sucio rincón lleno de tierra y de cenizas, debajo de la churrasquera que estaba en un rincón del patio, donde, abandonados, sufrieron el mutismo el destierro.

Después de vivir épocas esplendorosas, donde habían sido la envidia y la admiración de muchos, se habían venido a menos sin comprender el porqué de aquella historia.

Desde su triste morada, tal vez resignados, aguardaban el turno para acabar su existencia en los pies sudorosos y malolientes de algún desconocido. Seguramente, pensaban, el Aniceto no los echaría de menos… O sí?

©2000 Norberto Pannone, del libro “Historias para leer en serio”, Ed. “De los cuatro vientos”, Buenos aires, Argentina