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domingo, 24 de octubre de 2021

LOS ZAPATOS, Norberto Pannone, Buenos Aires, Argentina

 



LOS ZAPATOS

 

Cuando lo conocí al viejo Aniceto Cantilo me quedó grabada en el corazón la imagen indeleble del prototipo del hombre dócil, bonachón y solidario; fiel y feliz practicante de la austeridad, aunque, por austero, nunca se lo hubiese podido tachar de miserable. La risa fácil y grandiosa siempre de oreja a oreja y aquel rostro eternamente encendido por el buen humor. Era un tipo de aquellos en que la propia timidez le hacía subir la sangre hasta la cabeza, ocasionando el clásico rubor. En una palabra, Aniceto Cantilo era un buen tipo, tremendamente cortés, algo tímido y que cargaba, como todo el mundo, los miedos que asechan ocultos en la cotidianeidad de la existencia humana.

El tiempo, que desgraciadamente todo gasta y consume, también fue derrochando la vida del Aniceto. Y así, el deterioro de su físico fue creciendo cada día con más rapidez. Su espalda encorvada y su lento y moderado andar, estropeaban ahora su figura que otrora, había sido ágil y casi elegante.

A pesar de su timidez, el viejo gozaba de los dones de la observación; era un diestro perceptivo y un hábil clarividente.

Nació con un trauma incorporado a su espíritu; una fobia insólita e inexplicable. Particularmente, pienso que, quizás, ese problema pudo también exacerbarse por alguna causa externa de su vida. Ahora, después de mucho tiempo, dudo si sus miedos respondían a la superstición o a algo diferente de explicar o comprender. Sin dudas, el principal motivo de sus turbaciones estaba enclavado en el temor ancestral hacia la muerte, del que todo ser humano, difícilmente puede huir.

La cuestión era que, cuando el Aniceto se enteraba de que alguien en el barrio había muerto, nunca preguntaba la causa, sólo le interesaba saber si había sido sepultado con o sin zapatos.

Por las noches, preso de la tortura del insomnio, escuchaba atento y temeroso el ulular de  la sirena de alguna trasnochada ambulancia, hasta  que, aquel lúgubre resonar se perdía en el silencio de las calles, entonces, se quedaba el resto de la noche abrazado a la angustia, hasta que lo sorprendía el nuevo día. Su congoja consistía en conjeturar si al enfermo o al accidentado lo habrían transportado con los zapatos puestos.

Aquel buen hombre siempre aseguraba y repetía que: “Si un enfermo era hospitalizado sin llevar sus zapatos puestos, era muy difícil que regresara a su casa. En cambio, si ingresaba al centro de salud con ellos, seguramente regresaría de allí sano y salvo”.

Cada vez que ocurría un accidente, la ocasión hacía que el viejo contara con aire de sabihondo que: “los accidentados, por lo general, lo que primero pierden son los zapatos”. Y, en efecto, tiempo después pude observar en muchas ocasiones que el hombre tenía razón. -“Ellos siempre te deben acompañar” -Decía con marcada seriedad.

Aniceto Cantilo tenía obsesión por los zapatos, especialmente por los suyos. Cuando en alguna reunión se hablaba del tema, casi siempre inducido por él, echaba una larga perorata sobre los mismos con desmedido entusiasmo, al tiempo que de sus ojos, se escapaba un brillo de satisfacción indescriptible. Parecía ser la cuestión que en la vida más lo apasionaba y además, el que más dominaba.

Él sabía de moldes; de hormas; de modelos; de cueros; de suelas; de tacos, de capelladas y plantillas... hasta conocía al dedillo todos los modelos de clavos, marcas y calibres de hilos, cementos de contacto y todo aquello que se usaba en la confección de calzado, inclusive de pomadas, tintas, cepillos y franelas de lustre.

Ponderaba siempre, con imponente orgullo, a aquellos mocasines negros de cabritilla que hacía tanto tiempo lo venían acompañando. Los había lucido con destreza durante muchos años y, aunque ahora ya no estaban tan sobrios, habían sido sus compañeros en innumerables y especiales ocasiones: su casamiento; el bautismo de sus hijos; los quince de la mayor; la entrega de diplomas en la Universidad cuando se recibió Juan, su hijo menor; los velatorios y exequias de sus mejores amigos… ¡Y en tantas otras ocasiones!

Se podía cambiar de ropa, pero que no le dijeran palabra alguna de sus zapatos. Era el único atuendo que jamás se cambiaría y, por rara circunstancia del destino, siempre lucían su brillo de nuevos. A veces, como excusa, el Aniceto usaba su argumento de siempre: “Estos ya están amoldados a mis pies”.

Aquella fidelidad era mutua y los únicos y queridos zapatos lo acompañaban a todas partes. No podían separarse. Siempre estaban con él, tanto en los mejores como en los peores momentos. Al Aniceto no parecían importarle demasiado las viejas arrugas que exhibían y que eran disimuladas por los reiterados afeites de las pomadas de las mejores marcas.

Últimamente, los momentos felices parecían escasear y los viejos zapatos negros de cabritilla se iban poniendo opacos, exhibiendo con entereza y fidelidad su vetusta deformidad.

Una noche, cuando el Aniceto se descompensó por primera vez, no perdió la lucidez en ningún momento, estaba perfectamente atento y consciente de la situación. Lo cargaron en la camilla en calzoncillos y con sus infaltables zapatos puestos.

Lo llevaron a la guardia del hospital y de inmediato a terapia intensiva, ante su tremenda resistencia, los médicos, para no empeorar la cosa, le dejaron los zapatos calzados, no sin antes colocarle en cada pie la correspondiente polaina de tela blanca y esterilizada. El pobre Aniceto, asustado e indefenso, recordó más que nunca aquella vieja creencia que había escuchado cuando niño y comenzó a repetirse mentalmente y en forma mecánica como en un rezo: “El que era llevado a un hospital sin sus zapatos, seguramente no regresaría a casa”. Y así, un poco por el rezo, otro poco por los sedantes y habiendo comprobado que aún tenía sus zapatos puestos, se fue durmiendo poco a poco.

Después de un par de días de internación, habiéndose comprobado que nada importante había ocurrido en su salud, le dieron el alta y volvió a su casa.

A los dos meses, una madrugada silenciosa de mayo, se volvió a descomponer. Esta vez había perdido el conocimiento y se lo llevaron para internarlo de urgencia tal como estaba. Los zapatos, que descansaban dentro de la mesa de luz detrás de la puertita entreabierta, se quedaron tristes y extrañados porque el viejo no los llevaba. Escuchaban voces, pero lógicamente no entendían nada. Muy quietos, a través de la pequeña abertura, alcanzaron a ver, muy asustados, la extraña e enigmática mirada que la esposa del viejo dirigió subrepticiamente hacía ellos, además de la mueca burlona y satisfecha que dejó entrever al cerrarle la puerta en la narices. Después, oyeron como el sonido intimidatorio de la sirena de la ambulancia se iba perdiendo poco a poco en la aurora calma y serena del domingo hasta que el silencio total los envolvió con su presagio, llenándolos de una amarga impotencia y desazón.

Noches después, mientras una araña tejía la tela preparando sus trampas junto al ruido apagado que producía una pequeña rata al buscar “algo” para comer,  en la pared del comedor el antiguo reloj de los ancestros tañó dos campanadas. El zapato izquierdo, que no descansaba por el dolor de la ausencia, suponiendo que nadie lo escucharía, se animó a echarle un comentario a su viejo compañero, quién, desde hacía unos días parecía estar muy preocupado: -¿Por qué el viejo los había abandonado?-. Sus primas, las zapatillas, catalogadas como las menos sabihondas del grupo, dormían sin parecer estar preocupadas de nada. El hermano derecho solo respondió con un “¡Mmm!” a secas. Las chinelas, con las cuales nunca se llevaron bien, desde su lugar debajo de la cama y casi siempre rodeadas de alguna media rotosa y sucia, tampoco podían dormir y también habían escuchado el comentario sin entender una pizca de nada.

Pasaron los días y los de cabritilla, desde el refugio habitual de la mesa de luz, una mañana fueron trasladados a un sucio rincón lleno de tierra y de cenizas, debajo de la churrasquera que estaba en un rincón del patio, donde, abandonados, sufrieron el mutismo el destierro.

Después de vivir épocas esplendorosas, donde habían sido la envidia y la admiración de muchos, se habían venido a menos sin comprender el porqué de aquella historia.

Desde su triste morada, tal vez resignados, aguardaban el turno para acabar su existencia en los pies sudorosos y malolientes de algún desconocido. Seguramente, pensaban, el Aniceto no los echaría de menos… O sí?

©2000 Norberto Pannone, del libro “Historias para leer en serio”, Ed. “De los cuatro vientos”, Buenos aires, Argentina 


TU NOMBRE ES MI TATUAJE, Rafael Mérida Cruz-Lascano, Guatemala

 




TU NOMBRE ES MI TATUAJE

NOCTURNO: EPITAFIO, Acróstico tetradecasílabo.

.

.

Amparito nocturna lámpara purgatoria,               

mis primeros sombríos, pensamientos febriles

por soledad en sombras  que encienda mi memoria,

alma y rostro de púrpura valores juveniles.

.

rezo por la citada “TU PERFUMADA GLORIA”

independiente busco consejos no pueriles

todos mueren, dean dentro mi vieja  historia

oigo en verdad, rebuscan, los mayas y pipiles.

.

Mi recuerdo turbado se niega, no  despierte

Escondías tu ocaso polvoriento enterrado

Rapto tu casto esritu tu eternidad  advierte

Irremediablemente concepción, luego,  muerte

. 

Desde Escenograas tu cuerpo preservado

(Amparo [En español]) “Quedó en mi alma tatuado”

.

 

©Dr. Rafael Mérida Cruz-Lascano. Poeta y escritor guatemalteco

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

Hombre de Maíz, 2009

Guatemala, C. A.

19 de octubre

 

Nocturno: Género literario profundamente nostálgico. Motivado por la noche, muerte o  por ausencia. Tetradecasílabo ABAB.

Epitafio: Inscripción grabada o destinada a ser grabada

Ocaso: Desaparición de algo.

Mayas y Pipiles. Razas mesoamericanas.

Escenografías: Elemento visual, realista o simbólica.


Dependencia, Silvina Vocos Quiroga, Buenos Aires, Argentina

 



Dependencia

 

                Todos los días extiende su vida desde un ventanal.  Sobre su cabello blanco tiene acomodados unos anteojos. Prefiere atravesar con sus ojos el mayor alcance posible. Aquella silla y un almohadón sobre el asiento son parte de la sutil ceremonia. La completa una taza de té junto a una copa con agua sobre una bandeja antigua de plata.  La mayoría de las veces lo hace en silencio; en contadas ocasiones enciende una radio.

          Sorprende que no modifique su rutina, más aún que no se desanime. Llama la atención que desde ese lugar lo que se observa son los mismos edificios, los mismos balcones, las mismas torres, la salida del sol desde igual lado a su opuesto idéntico en el ocaso. 

Elena contempla. Ignoro si medita en esas circunstancias. No toma apuntes.  En ese cuadro habitual para quien lo hace de manera reiterada, tiene en la visión un arte, una destreza: el asombro del detalle, aunque sea insignificante.

El clima de cada estación es el marco de su sonrisa. El recorrido de las aves de balcón a balcón, la luz de tono rosa o violeta desde una de las ventanas o la triste persiana siempre baja de aquél vecino.  También las flores en el patio de enfrente, la risa o llanto de los niños de una terraza, la ropa sin descolgar del joven que nunca aparece, el olor del asado del domingo.

Elena tiene dificultad para caminar. Con el andador da pequeñas vueltas, con intervalos en los que retoma fuerza para el siguiente paso.  El mundo lo sobrelleva como puede entre médicos y enfermeras. Y mutismo.

Hay nostalgia en su mirada. Como nunca está horas en su propio sitio. Ensimismada. En sus manos se presiente un adiós.

 Otros ya tomaron el rumbo de sus días.

 

 4-X-2021

 

©SILVINA VOCOS QUIROGA, poeta y escritora argentina


FUTURO, Ady Yagur, Israel

 








FUTURO

 

Dejé atrás el pasado vivido

al murmullo de las noches ,

cuando cabellos de la lluvia

eran las lágrimas del cielo.

 

A veces le digo a la memoria

que el futuro siempre espera ,

no olvida a cabellos blancos

tampoco a niños con hambre.

 

Hay un muro que divide pueblos

guerras cruentas que matan, 

la pandemia, dice que se queda

junto al silencio de la ausencia.

 

Futuro que no sabe del mañana

volando a lo lejos con sus alas,

siempre lo anhelo en el presente

esperando a la paz como destino.

 

Tiempo presente con caretas

letargo que lento se despierta,

Una sombra sigue a mis pasos

para cubrirlos de buen  futuro..

 

©ADY YAGUR, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA 


YO QUIERO, Olga Hernández Osorio, Medellín, Colombia

 








YO QUIERO

 

Quiero en mi mente dibujar bellas lejanías

bajo un cielo coronado de románticas flores

oler el perfume sagrado de las rosas y alelíes,

disfrutar así las caricias de los viejos amores.

Después de soñar, tener un grato despertar

tejer velos para vestir de seda el horizonte,

y con pinceles pintar amapolas en el mar.

Pasar la noche escuchando un canto celestial,

amanecer contando caracolas en la inmensidad.

Viajar por senderos de amor y de ternura

con equipajes que lleven aroma espiritual.

Jugar con las gotas plateadas de la lluvia,

robar a los recuerdos su agudeza memorial,

y a las aves una hermosa nota musical.

Quiero navegar por el firmamento azul,

danzar con las nubes, poder gozar su libertad,

quiero soñar al arrullo de cantarinas aguas,

con los ríos, el manantial y su loco frenesí

quiero ser eco perdido en el mundo sideral,

ser un niño, que sueña, que juega y nada más

que disfruta de la vida llena de felicidad

un lucero en el cielo y la estrella más fugaz

ser un bosque todo lleno de paz y serenidad,

donde las hojas flotan con ritmo y con compas

libres como el viento, amantes de la soledad.

Alzar la copa, brindar por los viejos amigos

afianzar con su presencia nuestra vieja amistad,

recordando esos tiempos que quedaron atrás,

a lo lejos mirar los arreboles de colores sin igual.

disfrutar el tiempo presente, llenarlo de felicidad.

 

Medellín, agosto 2 de 2019

 

©OLGA HERNÁNDEZ OSORIO, poeta y escritora colombiana

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


Gabriel García Márquez o el don de la literatura, Roberto Alifano, Buenos Aires, Argentina

 


TRIBUNA

Gabriel García Márquez o el don de la literatura

 

La principal misión de todas las formas del arte es la busca de la belleza. En el caso de la literatura, que se construye con palabras, el elemento más común de nuestra comunicación cotidiana, encontrar el modo de encantarlas. En ocasiones, las palabras brotan espontáneamente; otras veces hay que trabajarlas con esmero y paciencia. “Un texto, aunque tenga muchos borradores detrás, debe parecer el don de un instante”, sentenció Leopoldo Lugones. Cuando las palabras nacen con alas y empiezan a volar, hasta desaparece esa frágil línea que en apariencia divide a la poesía de la prosa. Quizá viene muy bien recordar aquello que escribió Robert Louis Stevenson: “La prosa es la forma más difícil de la poesía”. Agreguemos que hay escritores que nacen con la virtud de transformar en literatura todo lo que tocan y alcanzan esa cualidad estética que se denomina “quintaesencia”. Pienso en muchos clásicos de nuestra lengua y de otras, y en paradigmas contemporáneos como Borges, García Márquez y Neruda.

Gabriel José de la Concordia García Márquez, nació el 6 de marzo de 1927 en el pueblo de Aracataca, en Colombia, un sitio pintoresco del departamento de Magdalena. Fue escritor y periodista, reconocido principalmente por sus novelas y cuentos; aunque también escribió narrativa de no ficción, discursos políticos (“para ganarme el pan nuestro de cada día”), reportajes, críticas cinematográficas y memorias. Su nombre está relacionado de manera inherente con el “realismo mágico” y su obra más conocida, es la novela Cien años de soledad, considerada una de las más representativas de ese movimiento literario surgido a partir de la década del ‘60 en nuestra América Hispana. En 2007 la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española publicaron una edición popular conmemorativa de esta obra, por considerarla parte de los grandes clásicos del idioma de Cervantes en todos los tiempos. ​

Pablo Neruda, que lo admiraba hasta el deslumbramiento, me habló de él con un entusiasmo desbordante. “Si alguien merece ser Premio Nobel es García Márquez, un verdadero mago de las palabras. Uno de esos escritores que nacen cada cien o doscientos años”. También los escuché a Julio Cortázar y a Mario Vargas Llosa referirse a él con enorme admiración. Mario le dedicó un volumen que supera las seiscientas páginas (García Márquez, historia de un deicidio) y Carlos Fuentes escribió García Márquez y la invención de América; Jorge Amado, por su parte, de un modo confidencial me dijo: “He aprendido el idioma castellano para serle fiel a Gabo. No se lo puede leer a través de traducciones”.

Tuve la felicidad de conocer a Gabriel García Márquez (“Gabo” o “Gabito”, como cariñosamente le decían sus amigos), aquí, en Buenos Aires, hacia 1967, cuando participó como jurado de un premio compartido por Editorial Sudamericana y la revista Panorama. Era un hombre elocuente, divertido, lleno de anécdotas, que contagiaba alegría. Con él, todo momento era memorable. Luego de ese primer encuentro, cada vez que yo pasaba por México, país en el que se radicó, no dejaba de visitarlo. En 1982, justicieramente, la Academia Sueca lo distinguió con el Premio Nobel de Literatura.

Recuerdo que el día que se lo otorgaron yo había acompañado a Borges al Departamento de Policía para que le renovaran el pasaporte. Eran los años en que yo colaboraba como amanuense del autor de El Aleph. Esa jornada estuvo amenizada de situaciones que luego engrosaron mi libro El humor de Borges. Pero vayamos a las anécdotas que fueron jocosas.

Era un viernes. Borges me estaba dictando un cuento cuando recordó que el domingo viajaba al exterior. Me pidió que revisara su pasaporte porque quizá estaba vencido. Así lo hice, y efectivamente lo estaba. De manera que si no se actualizaba ese mismo día era imposible abordar el avión. A mí se me ocurrió llamar a un comisario que conocía para pedirle que nos diera una mano. “Vengan enseguida -fue la respuesta-. Veremos qué se puede hacer”.

Apenas descendimos del taxi que nos condujo, nos topamos con un uniformado que abordó a Borges para confesarle su admiración: “Soy sargento de la policía y quiero decirle que lo veo en programas de televisión y estoy deslumbrado. Le confieso que no lo he leído y quizá nunca lo haga, pero siento un especial cariño por usted y se lo quiero demostrar besándolo”.

“Bue-ee-no, me resigno a esa muestra de afecto -respondió Borges al tiempo que el sargento le deba un sonoro beso en la mejilla.

Apenas se retiró, aún perplejo, con su humor incomparable, Borges me tocó con el codo y atinó a decirme:

“¡Caa-ram-ba, un mazorquero cariñoso. Menos mal que el asunto se trató de un beso y no de una picana eléctrica para torturarme”.

Apenas entramos al Departamento de Policía, los efectivos nos rodearon para seguir testimoniándole el afecto. Borges les informó que su abuelo materno fue jefe de la Institución y que, en algún sentido, se consideraba como parte de la policía.

Y en tono confidencial me murmuró:

“Aunque es una impostura de mi parte, quizá no está mal que esta gente me tome por uno de ellos; esto puede hacer que me renueven enseguida el pasaporte”.

No se equivocaba, el comisario Franco, buen y predispuesto amigo, también excelente lector, se lo renovó inmediatamente. Y allí, en su despacho, nos enteramos que Gabriel García Márquez había sido galardonado con el Premio Nobel.

Los periodistas acreditados lo rodearon inmediatamente para pedirle su opinión. Ese año, como tantos otros, Borges también había sido candidato.

“¿Usted lo conoce?”, fue una de las preguntas.

“No, pero tuve la felicidad de que me leyeran algunas de sus obras. Los cuentos de García Márquez me parecen magníficos. Es un gran escritor y es justo que le hayan otorgado el Premio Nobel. Alifano sí lo conoce y él fue quien me lo reveló”.

“¿Y a su novela Cien años de soledad, la leyó?, preguntó otro periodista.

“Sí, me leyeron algunas páginas. No me gustó tanto, creo que se repite -y remató con su sarcasmo habitual-: Quizá con cincuenta años hubiera sido suficiente”.

A Gabriel García Márquez le encantaba que yo le contara estas anécdotas divertidas de Borges. La última vez que estuve con Gabo almorzamos en compañía del pintor José Luis Cuevas y de Mercedes, su esposa, en un conocido restaurante de la colonia San Ángel. La memoria ya no lo acompañaba y había momentos en que se quedaba perdido. Esa mente prodigiosamente encendida por el don de la literatura se empezaba a apagar.

En un encuentro anterior, Gabo me habló de la deuda que tenía con Borges. “A él debo la brevedad y la contundencia que he tratado de utilizar en mis cuentos. Borges fue uno de mis padres literarios. Aprendí muchísimo de él: Los funerales de la mamá grande y El coronel no tiene quién le escriba, en otro contexto, por supuesto, tienen mucho de los relatos de La muerte y la brújula y de Pierre Menard, autor del Quijote”.

Las sorprendentes narraciones de Gabo son verdaderas obras maestras y modelos de sincera imaginación. En sus cuentos la economía de palabras y la precisión narrativa tienen mucho de Borges. Los rasgos habituales que abundan en las páginas de sus textos, han sido inventados tan justamente que parecen cotidianos y fatales. El coronel no tiene quién le escriba, es una obra maestra de la narrativa española de todos los tiempos; a estos textos se suman El amor en los tiempos del cóleraCrónica de una muerte anunciada Relato de un náufrago, invenciones no menos intensas que virtuosas.

Me reconforta revivir esas experiencias que son de una genuina alegría para el corazón. Gabo era un poeta de la prosa, un escritor con el don de la literatura y un hombre irrepetible. Se sumó a los más el 17 de abril de 2014 dejando un vacío inmenso en los que lo admirábamos y queríamos profundamente.

 

©ROBERTO ALIFANO, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


sábado, 16 de octubre de 2021

DEL MESOZOICO AL OIL, Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina

 










DEL MESOZOICO AL OIL

 

         Hace doscientos millones de años, cuando todo era un solo continente y las estaciones no existían, se fundó un gobierno mesozoico y los reptiles, pisando fuerte, comenzaron a levantar cabeza.

            Aquello era un verdadero paraíso, donde todos vivían felices, en familia, viendo transcurrir los siglos plácidamente.

            Pero un día se perfiló entre ellos uno con dotes de caudillo y empezó a llenarles la cabeza (y el pescuezo) con extrañas ideas.

            Y los carnívoros se comían a los hervíboros. 

            Hasta que, alguien… no se sabe quién… ¡arrojó una bomba de iridio!       Extinguidos los dinosaurios, el gobierno quedó en manos de los mamíferos. Algunos, entre mordisco y mordisco… se hicieron hombres… perfeccionaron la técnica de succión y después... muchos siglos después, tuvieron el hermoso gesto de comenzar a honrar los huesos de sus mayores. Fue cuando las luchas por el poder iniciaron su etapa de civilización. Habían descubierto el petróleo.

            ¡Y hoy por oil, las luchas continúan!

     


                                                                 
 

 ©LUIS ALPOSTA, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA

 

·         "Trece Historias a Muerte" (para leer de un saque), cuentos breves, 1° Ed, La Casona de Iván Grondona, Buenos Aires, 1978; 2da. Ed. El lunfa, Buenos Aires, 1982.


LA ESTADÍSTICA, Trilussa (Carlo Alberto Salustri) (Italia - Roma 26 Octubre1871 – 21 Diciembre1950)

 













LA ESTADÍSTICA 

 

¿Sabes que es la estadística? Una cosa

Con que se hace la cuenta general

De los que nacen, van al hospital

A la curia, a la cárcel o a la fosa.

 

Más para mí la parte más curiosa

Es la que da el promedio individual

En que todo se parte por igual

Hasta en la población menesterosa.

 

Por ejemplo: resulta, sin engaño

Que según la estadística del año,

Te toca un pollo y medio cada mes.

 

Y aunque el pollo en tu mesa se halle ausente,

Entrás en la estadística, igualmente,

Porque hay alguno que se come tres.

 

©Trilussa

Trilussa (Carlo Alberto Salustri)

 (Italia - Roma 26 Octubre1871 – 21 Diciembre1950)


LA ELECCIÓN, Guillermo Aguirre y Fierro, México

 












LA ELECCIÓN

 

El león falleció. ¡Triste desgracia!
Y van... con la más pura democracia,
A nombrar nuevo rey los animales.
Las propagandas hubo electorales;
Prometieron la mar los oradores,
y… aquí tenéis algunos electores:


Aunque parézcales a ustedes bobo
Las ovejas votaron por el lobo.
Y como son de buenos corazones
Por el gato votaron los ratones;
Y a pesar de su fama de ladinas
Por la zorra votaron las gallinas.

La paloma, que sabemos inocente,
Inocente votó por la serpiente;
Las moscas, nada hurañas,
querían que reinaran las arañas.
El sapo ansía, y la rana sueña
Con el feliz reinar de la cigüeña;


Con un gusano topo
Que a votar se encamina por el topo,
El topo no se queja,
más da su voto por la comadreja;
Los peces, que sucumben por su boca,
Eligieron gustosos a la foca;


El caballo y el perro, no os asombre,
Votaron ambos por el hombre,
Y con dolor profundo
Por no poder encaminarse al trote,
Arrastrábase un asno moribundo
A dar su voto por el zopilote.

Caro lector que inconsecuencias notas,

Dime: ¿no haces lo mismo cuando votas?

 

©Guillermo Aguirre y Fierro

Guillermo Aguirre y Fierro, destacado poeta y periodista, nació en 1887 en San Luis Potosí, México. Entre su numerosa obra, la que le ha dado renombre y celebridad ha sido "Sonrisas y Lágrimas", libro en el que figura su conocido poema "El Brindis del Bohemio". Aguirre y Fierro, considerado uno de los autores fundamentales de la literatura mexicana del siglo XIX, falleció en Ciudad de México en 1949.

                El 26 de mayo de 1926, en “El cronista del Valle”, de Brownsville, Texas, fueron publicados estos versos a los que tituló: LA ELECCIÓN