EPÍSTOLA EXISTENCIAL
Hace tiempo que vengo
dándole vueltas a la cabeza. Es posible que tú también. Toda verdad lleva
implícita la semilla de la duda. ¿Cómo no habría de ser así, si la evidencia
responde al conocimiento que de ella se haga personalmente? El conocimiento
está al servicio de la necesidad de vivir, y ante todo al servicio del instinto
de la conservación personal. Así, pues, en este caso, alejémonos del adjetivo
simple de “lo humano” y el sustantivo de “la humanidad” y concentrémonos en el
sustantivo concreto de “hombre”. Lo que personalmente es el individuo. Resulta
que, según sea esa verdad podremos alcanzar determinado grado de aceptación de
la misma. A más simple, la percepción será mayor. Y viceversa. Esto en cuanto a
la verdad en “sí-misma”. Pero he hablado de “percepción”, esto es, de cómo soy
capaz de ordenarla personalmente.
Y ya que existen verdades que son de difícil
descripción, voy a proponerte una vía más simple: cómo me afecta a mí mismo. O
lo que es igual: si puedo explicarme a mí mismo mejor o peor con o sin esa
“verdad”.
Yo puedo dudar de
muchas cosas, pero no de mi propia evidencia. “Cogito, ergo sum”, diría
Descartes. Si me he dirigido a ti como “existencialista” es porque la propia
definición avala lo que te he dicho: el existencialismo es el conocimiento de
toda realidad sobre la experiencia inmediata de la existencia del sujeto.
Creer, lo que se dice creer puede referirse a un sinfín de cosas. La que vamos
a tratar no es cualquier cosa, sino “la cosa”. El fundamento. Lo que me
confirma o me desestima. Y para ello permíteme citar a un pensador y a un
poeta.
“El sentimiento
trágico de la vida” de Unamuno nos retrata la tensión del hombre. La fuerza que
amenaza desgajarlo al tirar de cada una de sus extremidades al mismo tiempo. De
un lado lo crucifica en su suficiencia por el saber. La cerrazón de su
entendimiento, que no pudiendo comprender, tiende a no creer. Del otro la
esperanza y el anhelo de no acabarse nunca. De vivir siempre. Ansias de
eternidad.
León Felipe, el poeta,
en una carta dirigida a su hermana le dice que no vamos de la nada a la nada,
sino de la nada a la vida, de la vida a la muerte… y de la muerte ¿adónde? Misterio.
Filosofía que hace pensar. Y es que todo lo que confabule a romper la unidad y
la continuidad de mi vida- de la manera que sea- se conchaba para aniquilarme.
¿No es acaso ese “aprehender”, ese deseo de ir más allá del velo lo que
diferencia al hombre de la bestia? A lo que podría responderse espontáneamente:
¡Y es que no quiero morirme!
Se dice que se muere
como se vive. Fantaseemos por un instante ese último momento. Imagina que estás
gastando los últimos latidos de tu vida. Meditación agobiante, pero que sin
duda habrá de llegar a todos. Interiorízate, pues, y figúrate que la vida se va
extinguiendo desde dentro, que tus órganos van a la desconexión y todo se va deshaciendo
en ti, tanto interior como exteriormente; más borroso y silente. Una sensación
parecida a la de desmoronarse el suelo que te sostiene, hundiéndote con él. Los
instantes van pasando con gran tribulación, hasta el punto de que quedas
desconectado y sobreviene la oscuridad total y, dejando de sentir, en el
microsegundo previo a la muerte percibes que, por no sentir, te asalta la
sensación de la nada. Tu “yo” se apresta a ser engullido por la inconsciencia
de la que naciste. Ese es el destino que, ahora que vives, puedes imaginar si
lo piensas. ¿Cuál habría de ser tu respuesta? Tal vez gritar mientras puedes:
“¡Mi yo, que se lo llevan!” ¿Es así como quieres marcharte? ¿Es esa tu apuesta:
de la nada a la nada?
Ese destino fatal no
es posible evitarlo. La muerte que ha de sobrevenir es real. Aquí me surge una
duda: ¿una nada que lo es todo o un todo que no es la nada? Porque, fijate,
puestos a pensar, sería una broma truculenta- por decirlo suavemente- que
viniésemos a este valle de lágrimas a vivir sin saber para qué; haber sido
arrojado a él por un arco que disparó la flecha por capricho o por crueldad,
sin contar con nuestro consentimiento. Sufrir y extinguirnos y acabar en “la
nada” (¿y adónde conduce la nada como respuesta?), y lo que es más grave, llevar
en nuestra psique, espíritu o alma la semilla de la contradicción de querer
vivir siempre para terminar todo en la frustración más absoluta. Una película
trágica y además sin final feliz. ¿No crees?
Pues bien, esto es lo
que nos ventilamos. Darle un sentido o no. Darnos sentido a nosotros mismos o
negárnoslo. Y como antes decía, puesto que la verdad absoluta no puede caber en
una mente limitada, hemos de enfrentarnos a la decisión personal en uso de
nuestra libertad. De esta manera, el reto nos atañe hasta el punto de poder
entendernos o no entendernos con nosotros mismos, o sea, admitir que más allá
de la aparente contradicción ha de existir una coherencia, aunque no lleguemos
a comprenderla con el esfuerzo de la inteligencia y debamos echar mano a otras
percepciones, como la sensibilidad. “Credo, ergo sum”, como diría Pascal.
Resumiendo. Si sabes “que eres”, esto es, que
estás vivo; si sabes que has de morir y al tiempo hay en ti algo que te empuja
a querer prolongarte en la eternidad y así dar un sentido a la totalidad de tu
vida, a pesar de las innumerables razones para cuestionarla; si sabes que eres
incapaz de encontrar una respuesta racional y demostrable, pero al mismo tiempo
te revelas a la extinción total (en cualquier manifestación), eres tú el que ha
de decidir. No es que las cosas tengan o no un sentido primero y último (que
han de tenerlo), sino que lo que realmente se ventila es el propio sentido de
tu existencia personal. Y llegado aquí se impone el Misterio.
Abrirse o cerrarse a
él. Desvelarlo en la medida de lo posible es cosa de cada cual. Dios, sí o no.
En ello puede ir aquella frase del soliloquio de Hamlet: “To be or not to be,
that´s the question”
©ANGEL MEDINA, poeta y escritor español
MIEMBRO HONORÍFICO DE
ASOLAPO ARGENTINA
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