Bienvenidos

sábado, 25 de mayo de 2019

Ponciano Cárdenas, poesía y silencio, Carlos Penelas, Buenos Aires, Argentina














Ponciano Cárdenas, poesía y silencio

Conocí a Ponciano Cárdenas en 1970. Había publicado mi primer poemario. Concurría a Sala Taller donde estaban Rubén Rey y María Elena Lopardo. Ellos, y Oliva, me hablaron de Cárdenas. Lo vi por vez primera en esa galería y centro cultural. Lo acompañaba Mariana, su compañera de toda la vida; una pintora de territorios y lenguajes. Cárdenas llevaba un poncho de su tierra, la mirada soñadora y el destino dramático en la frente. Desde ese día compartimos momentos felices y momentos trágicos. Vimos crecer el horror de las dictaduras, vimos desaparecer amigos, vimos el exilio. Pero también la belleza, la insurrección, el amor de la mujer, la desnudez, el misterio. Una amistad fraternal, de percepción soterrada.

Ponciano Cárdenas ofrenda amistad. Ofrenda silencio. Es bondadoso, convoca lo entrañable del ser humano. Junto a él fui recorriendo voces, encuentros. Podría decir Antonio Pujía, podría evocar a Adolfo De Ferrari o a Héctor Cartier. Como símbolos, sólo como símbolos de muchos otros. Junto a Cárdenas fui descubriendo la textura de América. Junto a Luis Franco y junto a él. Ponciano me enseñó a ver. Me enseñó a ver lo mágico, lo dramático, lo sagrado. En cada obra suya (recuerdo aquellos años juveniles en su estudio de la calle Tucumán cuando le leía poemas y lo veía pintar, lo sentía crear) aparece lo milenario, el mundo ancestral, los orígenes.
Le hablaba de Galicia, de mis antepasados campesinos, de los sueños libertarios. Lo escuchaba hablar de su Bolivia, de doña Casta Canedo – su madre – de su lengua quechua, de su poder curativo con hierbas milagrosas. De la oca, de la papa, del durazno. De la arcilla. Eso, si sabemos ver, están en sus obras. En sus cuadros, en sus murales, es sus esculturas, en sus cerámicas. Su pintura lleva los genes de una raza. Se siente orgulloso, se siente libre, se siente rebelde. Todo esto me fue enseñando Ponciano Cárdenas desde que lo conocí, aquella tarde en la galería. Y más, mucho más.

Nos encontrábamos en casas de amigos, en exposiciones, en talleres. Juntos palpitábamos libros, poemas y figuras. Una sola mirada bastaba para comprendernos, para entender al otro. Fraternal, Ponciano. Fraternal y de talento. En su obra descubrimos toros, riñas de gallos, mulatas. En su obra la sensualidad, la metamorfósis, lo viril. Me gustan las tintas de Ponciano. Me gustan sus cerámicas. Sus hembras alzadas, rebeldes, seductoras. Me apasiona lo telúrico y lo fatal de su obra.

“Bolivia es un país bien favorecido por la naturaleza y nosotros podríamos ser un país muy rico en el mundo; sin embargo, a pesar de que somos tan poquitos habitantes, esta riqueza no nos pertenece”. Eso dice Domitila Barrios. Eso dice cuando habla de la mina, cuando habla de los campesinos. Ya no se trata de una realidad, ya no se trata de una construcción social olvidada. Ahora, ante un cuadro de Cárdenas descubrimos la verdad revelada, la intuición del creador. El racismo sutil o descarnado, la celebración de identidades, la salud y la vivienda. En cada escultura de Ponciano advertimos la geografía de un pueblo, la desazón, la angustia. Lucidez y resistencia, pues. La tristeza y la rabia de pie. Calladamente, contra viento y marea.

¿Qué más, vemos? Un día, Ponciano le pidió a su madre que le comprara arcilla para hacer modelados. (Me lo contó hace muchos años, se oculta en sus cuadros la anécdota, en sus tintas, en sus esculturas.) Era una arcilla especial, de la zona de San Pedro. Al día siguiente doña Casta hizo descargar en el patio de su casa una camionada. Ponciano necesitaba un cuenco. La simbología, la tradición ética, emociones profundas que nos hacen recordar a nuestro César Vallejo. “¡Hay golpes en la vida, tan fuertes…Yo no sé!”

Las imágenes de Ponciano parecen gravitar en una tarea de rescate de la condición humana. Ve y nos muestra lo que ve. La realidad que lo circunda la expone desde la emoción pero con la creatividad que sólo unos pocos pueden lograrlo. Devela misterio, color, paisaje. Atrapa la luz y la sombra. El dolor y el silencio; lo poético. Recordamos a Rilke cuando enaltece el verso: “Tú, tú tienes que cambiar la vida”. Cárdenas compone inmerso en un tiempo no medido por relojes ni calendarios. Refleja una experiencia latinoamericana única. Sin desbordes, sin demagogía, sin filiación política. Su obra es insurrecta siempre, desde la belleza, desde el combate interior, desde la realidad épica. Crea y recrea un lenguaje específico: la pintura. Pero, insistimos, también los murales, las esculturas, las cerámicas. Elude efectos y encantos superficiales. Genera una atmósfera propia, hace visible lo que no se quiere ver, genera un diálogo con lo visual. Pero también con el que observa. Su obra exhibe coherencia y personalidad. Nos propone siempre un múltiple itinerario, una diversidad de matices, de vuelos, de culturas.

Ponciano esta siempre afuera. Su paleta es exterior. Así como su carácter es íntimo y sereno, su obra subraya el paisaje, las mujeres, los hombres, los dioses, los soles azules o naranjas. La fuerza – de eso estamos hablando – de su color lleva la tradición clásica, el estudio analítico, la técnica del maestro. No hay improvisación; jamás. Lo austero de su conducta lo sentimos en esos territorios que nos muestra: el altiplano, la permanencia, los símbolos telúricos y populares, la ternura de los pueblos americanos. Es un creador existencial, un humanista que brinda una estética directa; en lo erótico o en lo social. Y confiesa algo fundamental: “Para el artista el tema es un pretexto, porque en definitiva lo que importa es el cuadro”.

Las obras de este artista nos ayudan a reencontrar el sendero hollado de la utopía posible. El centro de gravedad de la indagación plástica de Cárdenas es la representación de la figura, la figura en una densidad humana que le otorga el trabajo, el dolor, el contacto con la tierra. Estos seres se ven transportados a una dimensión arquetípica. Implica, además, un reencuentro con una humanidad sencilla, primordial. Por medio de los animales, Ponciano deriva hacia un descubrimiento de la naturaleza incontaminada, anterior y superior al hombre. Rebelde, arcaico, díscolo. Hay un planteo sólido, austero y, entiendo, sólidamente arquitectónico. Recupera la tradición clásica desde la mirada de América. Y algo no menor: la actividad docente es parte de su vida. Me fascina su taller de la calle Pringles, con sus plantas, sus rincones, sus techos. Me fascina cuando por las tardes lo habita la soledad. Y me fascina cuando se llena de voces, de alumnos incondicionales, de hijos, de nietos, de música, de vida. Y cuando baila la cueca con Mariana.


Está ajeno a toda tentación propuesta por los estrépitos de la moda. Su obra plástica se sostiene en el color. Su pintura se puede asociar con la literatura latinoamericana, pues vemos una suerte de realismo mágico. Todo lo que refiere a la construcción del espacio también hace referencia a la justeza del color. La figura humana – reiteramos – constituye un punto central en sus preocupaciones. Hay una estética fina y cálida; en sus óleos, en sus esculturas, en sus cerámicas, en sus tintas. La obra de Cárdenas lleva la pulsión del pasado, vive una atmósfera real e irreal, cotidiana y fantástica. Su obra lo representa y nos representa. Eso también fui aprendiendo de su amistad.

Junto a Ponciano Cárdenas comprendemos una mirada estética y ética. Nos permite asumir nuestra identidad, comprender que ser latinoamericano es sentirse hijo de esta tierra y también de la otra. Hay una convergencia que acontece en la interioridad de cada uno de nosotros, que expresa una condición única, que no se da en lo europeos ni en los otros continentes, como señaló con agudeza Octavio Paz. Por más raíces europeas que tengamos sería una insensatez sostener una visión eurocentrista. Dijimos que Cárdenas ofrenda amistad, que ofrenda generosidad. Creador nato, de poderosa imaginación, acentúa desde una paleta sobria y de extremada intensidad tonal o desde sus esculturas, un mundo personal e inconfundible. Cárdenas suscita reflexiones y sentimientos profundos. De allí la poética de su obra, de allí su callado oficio.

Buenos Aires, noviembre de 2009


©CARLOS PENELAS, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASLAPO ARGENTINA





ATARDECER… , Antonio Las Heras, Buenos Aires, Argentina

Imagen relacionada
Imagen de: Tumblr
chavost: “El Atardecer en el campo II Óleo sobre tela


ATARDECER…

Atardecer
en el reconfortante silencio del espíritu
que acrecienta el bienestar del alma
por derramar Verdadera Luz a todo el ámbito.

Atardecer
entretejido por brisas que mueven las aguas
tranquilas de ésta jornada, aún de invierno,
donde algunos sentimientos ya prevalecen.

Atardecer
que preanuncia el viaje inacabable hacia los sueños
creados por aquellos anhelos y deseos pergeñados
en cada día de ésta travesía que es la vida.

Atardecer
de claroscuros, dorados, grises confundidos, sin tinieblas,
con un Sol entibiando las ramas secas que se mecen
al compás de los pasos solitarios, de quien piensa.

Atardecer
abierto al encanto de caricias brotadas desde dentro
de aquellas sensaciones de inclusión del corazón
que aguardan, anhelantes, el arribo nocturno del encuentro.

©ANTONIO LAS HERAS, poeta y escritor argentino
MIEMBRO ASESOR DE ASOLAPO ARGENTINA





sábado, 18 de mayo de 2019

CAVILACIONES SOBRE EL AMOR, Ángel Medina, Málaga, España


















CAVILACIONES   SOBRE EL AMOR                            

“Cuando gozamos de algo entregamos una parte de nosotros mismos al identificarnos con aquello que nos proporciona el placer. Pero cuando sufrimos, lo que se entrega es todo lo que se es. Por eso, para amar hay que saborear el sinsabor que traspasa el cuerpo material y llega hasta las vísceras del espíritu”
Hay conceptos de difícil comprensión. A ello hay que añadir que, por lo general solemos conocer partes de una cosa, pero no la cosa en su totalidad. Así, el amor. El amor, más que definible es experimentable. Hay que entregarse a él. Arriesgarse.  Confiarse. Es una sensación que se mantiene en la equidistancia de la duda y la verificación personal. Algo parecido al que viendo por primera vez el mar siente recelo; sólo lo vencerá arrojándose para comprobar que no se hunde y que, por el contrario, abrazándolo, lo funde en él.
Solemos dividir el amor en humano y divino. Como aquello de los dos “cogitos” (pienso, luego soy, diría Descartes. Y también, creo, luego soy, que diría Pascal) En realidad hay una sola fuente, y para el hombre ha de situarse ésta de la parte que es capaz de hacerle concebir una esperanza más allá de la percepción caótica del mundo.
Para entenderlo, aventuremos diseccionar la palabra “amor”, después trascenderla y finalmente entregarla confiadamente.
De la teología podemos tomar la cita neo-testamentaria 1 Jn 4,7-9 que se remite al origen. Si partimos de la respuesta del hombre, Machado, en su obra “Juan de Mairena”, nos dice, poniendo la frase en boca del filósofo apócrifo Abel Martín: “Amar a Dios sobre todas las cosas es más difícil de lo que parece”. Y ello por cuatro razones.
La primera es que “creamos en Él”. A lo que debemos puntualizar, antes de continuar. ¿Y qué es creer? Porque con facilidad deducimos que la fe consiste en afirmar una idea que ha de satisfacer nuestras dudas o carencias. Y esto nos plantea un nuevo interrogante. ¿Quién no duda?  ¡Si como decía “aquél” ha de dudarse de todo, incluso del hecho de dudar! O echando mano al sentido práctico de la necesidad ¿Existirá en función de responder a mis preguntas o satisfacer mis necesidades? Porque, en tal caso lo que se daría es la proyección divinizada de mis anhelos, en cuyo supuesto, bien haríamos en prestar alguna atención a los detractores, que si bien recelan o niegan   de tal posibilidad, al menos nos dicen dónde no debemos buscarlo.
Retomando a Machado, aquí en sentido positivista. Y si creemos ¿cómo entenderlo? ¿Y desde qué perspectiva? ¿La de los filósofos (esto es, apañarse cada cual con la suya propia)? ¿O más bien poner nuestra confianza allí misma donde no somos capaces de racionalizarla, en el soporte del “Tú” que se me escapa por todas partes? Porque, una divinidad cosificada dejaría de ser tal. Allá donde la inteligencia reconoce su límite y admite que sólo se hará cognoscible cuando quiera, cómo quiera y dónde quiera es posible esperar (1 Ro 19,3-15) A tumba abierta. Sin soportes mentales.
Que creamos en todas las cosas”. ¿Y qué son todas las cosas? Si está demostrado que un “todo” está compuesto por “partes”, y admitimos que nuestro conocimiento es parcial, ¿cómo pretender abarcar el todo de todo? A lo sumo nos relacionaríamos con cosas, algunas cosas, pero sería imposible abarcar todas las cosas.
Que amemos todas las cosas” Amar implica, más que dar, darse. Es sabido lo que nos cuesta dar, y más aún, darnos. No dar una cosa, sino a nosotros mismos. Y si ello ha de llevarnos a renunciar a una parte del “yo”, tratándose de una cosa, cuánto más eso de amar a todas las cosas. Misión humanamente imposible.
Que amemos a Dios sobre todas las cosas”. La conclusión ha de plantear un interrogante: ¿Cómo amar lo desconocido? Pues, la razón es insuficiente para conocerlo. Y nada más y nada menos que amor en grado superlativo, pues ha de llevarse más lejos de todo. Y llegado aquí, pregunto: ¿Cambiaría algo si tradujésemos “amar” por “confianza”? La dificultad por adjetivar algo imposible podría mejor entenderse como entrega confiada, incluso más allá de lo racional. Mientras que la razón tiene límites, la confianza es el riesgo razonable de un sentimiento; el hombre todo  tiene necesidad de esa determinación si quiere soportar el peso de su propia realidad, sin dejarla caer bajo el lastre del vacío, superando el agujero nihilista de un existencialismo sin sentido ni primero ni  último.
Tomar el toro por los cuernos, como diría el clásico,  haciendo de las palabras del filósofo literalidad- tal él mismo sugiere- implicaría la contemplación  perfecta, inasequible a los propios santos. Y es que de santidad andamos justitos.
Al ser inabarcable el amor, necesita ser atravesado. El pensador G. Thibón puede ayudarnos a su comprensión, partiendo de la limitación humana en el sufrimiento, a la que sigue la angustia extrema y concluye en el abandono, sabiéndose el hombre incapaz de responderse.
El hombre, para poder pasar del amor humano (que es restringido) al divino, (que es infinito) y trascender sus fronteras, ha de sumergirse en el túnel del pesimismo. Precisamente por saberse circunscrito a su “yoidad”, que no puede liberarlo de sus límites. Se sabe constreñido e incapaz de escapar a su destino, tratando de encontrar alguna razón de esperanza mientras cuelga en el madero desnudo de su humanidad crucificada. Es éste el momento en el que siente una voz interna que grita con todas sus fuerzas aquello que tanto temía Michelet: “¡Mi yo, que me lo arrebatan!”. Es la rebelión de su naturaleza, hecha para la eternidad, y el deseo que no puede ser ahogado.
Es ésta una pregunta largamente aplazada durante todos los años de su existencia y que ahora se le hace presente con crudeza, y en el límite entre ser y no ser, al no depender de sí mismo, experimenta su total impotencia. Sin embargo, la realidad de ese último instante no puede obviarla, sino que ha de asumirla. ¿No ha de haber, ni siquiera el eco de una respuesta a su necesidad más vital? La reflexión ha de traerle el sabor amargo de la exasperación. El mundo no puede contestarle, pues está hecho de su propia materialidad y lo que él busca en última instancia ha de proceder del espíritu. Humanamente, racionalmente, todo se le antoja perdido, pero en el fondo hay un soplo inaprehensible que le acompaña.  Su sentido de lo medible y lo empírico le agobia como un dogal. La súplica y la certidumbre penden del hilo de la esperanza, más allá de él mismo. En ese momento, tal vez recuerda la agonía del Crucificado (Mc 15,34 y Mt 27,46). Primero, la oración cautiva del yo “Si es posible, pase de mí este cáliz”. Después, la desesperación “¿Por qué me has abandonado?”. Finalmente, el abandono “En tus manos encomiendo mi espíritu”
¿Cómo será el proceso particular de cada hombre? ¿Mejor no pensarlo, o quizá reflexionarlo serenamente desde la distancia que media entre ese instante y el presente?
Una última meditación nos lleva a la incomprensión del intelecto, algo que para unos resultó escándalo y para otros es necedad (1 Cor 1.22-23) La razón es incapaz de comprenderlo, ya que se sitúa fuera de su alcance, en un plano diferente, en un encuentro entre la metafísica y la materialidad. Es el abrazo crucificado en el mal y que sin embargo confía en que no ha de ser la última palabra.
La escena es descrita por J. Moltmann, teólogo protestante, situándola en un campo de exterminio nazi. Dos hombres y un niño son ahorcados en el patio de la prisión de Auschwitz.  En un acto de crueldad extrema, un grupo de prisioneros es obligado a presenciarlo. Mientras el niño se balancea en la soga, uno de ellos pregunta al que tiene junto a él: “¿Dónde está Dios ahora?”. Ante su silencio, insiste: “¿Dónde está?” Entonces, como respuesta escucha una voz que, señalando al ajusticiado, dice: “¡Ahí está: en ese niño!”.
¿Puede el contorno de una bala proyectar la sombra de la cruz?

Este acontecimiento manifiesta la impotencia ante el mal. Para unos es provocación y sandez. Para otros, injerto de lo divino en lo humano. La superación de toda malignidad.  Es el momento en el que el hombre ha de abandonarse a un amor humanamente inaccesible o dejarse abrazar por el escepticismo más corrosivo.

©ÁNGEL MEDINA, poeta y escritor español
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA





POEMA EL TIEMPO, Guillermo Fernández del Carpio, Arequipa, Perú


Imagen relacionada
Imagen de:2minutostavigarcia.blogspot.com 


POEMA EL TIEMPO

El tiempo marca las horas que pregonan los días,
es  el reloj que recuerda un nacimiento
y el mismo que anuncia la hora de un juicio final.
El tiempo navega en oleadas fuertes.
¡Tan fuertes como el coraje del viento!
Él  nos enseña a pensar
en sus minutos febriles.
y va adelante,
conduciendo al hombre
en los pasos lentos que al final de la vida debe dar.
Sus segundos redondean los sonidos del tic tac,
tan frecuentes como los latidos del corazón
que sigue a ritmo de tiempo.
Y el tiempo no avisa si dejará de marcar,
se despide de improviso en medio de lágrimas.
ineludible hecho;
el  que mis latidos, del tiempo, nunca escaparán.

©GUILLERMO FERNÁNDEZ DEL CARPIO, poeta y escritor peruano
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

CORDURA VERSUS LOCURA, Delia Checa, Mendoza, Argentina

Resultado de imagen para mujer enamorada
Imagen de: Twitter



CORDURA VERSUS LOCURA

En materia de amores
lo sensato es la locura
por lo que te pido no esperes
de mí amor encorsetado
pues solo soy capaz de amar
con pasión y sin límites.
Siempre entrego el sentir
antes que su fuego
me incinere.

Reservo la razón
para la ciencia
y las matemáticas
pues en ellas es necesario
manejarse con cordura
mientras entrego el corazón
ardiendo en cuestiones de amor.

©DELIA CHECA, poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

Simplemente Pichuco, Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina




















Simplemente Pichuco

Al maestro del fueye,
creador de un estilo
único, inconfundible.
Al dogor entrañable
que tenía el poder
de hacer profundo
lo que a él le era fácil.
Al que Julián Centeya
lo llamó, y para siempre,
El Bandoneón Mayor
de Buenos Aires.
Al autor de Garúa,
al de Che bandoneón
y Patio mío,
al de Barrio de tango,
al de Sur y Responso.
A ese gurú porteño
que con cara de luna
iluminando noches
llenaba el Marabú
o el Tibidabo.
Al generoso Gordo
¡Aníbal Troilo!
El que a la ciudad toda
le fraseó y le cantó
como muy pocos.
El que cuando se fue
dejó en la marquesina
del viejo Teatro Odeón
con letras de oro:
Simplemente…¡Pichuco!

©LUIS ALPOSTA, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


Un mártir argentino, Roberto Alifano, Buenos Aires, Argentina


TRIBUNA – EL IMPARCIAL

Un mártir argentino
Para el papa Francisco, como lo ha señalado en su mensaje de las pasadas Pascuas de Resurrección, la santidad consiste esencialmente en una disposición del corazón que nos hace humildes y en vivir con convicción la realidad del amor de Dios; e implica, en primer lugar, la relación con el prójimo. “No es saludable amar el silencio y rehuir el encuentro con los otros, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio”. La interpretación de sus palabras, sin ningún exceso teológico, es más sencilla de lo que se cree. Y enfatiza el Pontífice. “Tan solo es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el Sermón de las BienaventuranzasBienaventurados los que tienen espíritu de pobres, porque de ellos es el reino de los cielos.Bienaventurados los que lloran, porque Dios los consolaráBienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierraBienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia. Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos
Si bien para el mundo cristiano la Semana Santa puede ser motivo para recordar los preceptos del hijo de Dios, también lo puede ser para evocar a los mártires de la Iglesia y reconocerlos como corresponde; aquellos que no dudaron en ofrecer su vida por la vida del prójimo. Tuve la felicidad de conocer a uno de los hombres de la Iglesia que cumplió con esos preceptos y pagó con su propia existencia por fidelidad a ellos. Me honra evocar a monseñor Enrique Angelelli, que fue obispo de la provincia de La Rioja y en estos días paradigma de los derechos humanos, asesinado por la dictadura militar (ya no caben dudas) en un simulacro de accidente de tránsito en 1976, según confirmó la Justicia no hace demasiado tiempo.
En un viaje que hice a esa provincia durante la gobernación de Carlos Menem, en 1974, fue mi admirado amigo, el escritor Daniel Moyano, que se desempeñaba como corresponsal del diario Clarín de Buenos Aires, el que me invitó una noche a comer un asado en su casa para presentarme a ese hombre sencillo y bondadoso que fue Monseñor Enrique Angelelli. El escritor y el religioso habían consolidado una honda relación de amistad, que ambos ponderaban con humor en las célebres parrilladas que, además, tenían como broche de oro las melodías que el dueño de casa arrancaba a su violín. “Los que conducimos el rebaño cristiano tenemos la obligación de estar con un oído puesto en el Evangelio, otro en el pueblo y los dos en la música que nos regala el violín de Daniel”, fueron las divertidas palabras, que con una sonrisa, prodigó como elogio a su amigo el amable obispo, y yo no vacilé en anotar. Además del gozo del encuentro, fui motivado para escribir un artículo sobre ese sacerdote sinceramente honesto y bien criollo en su generosa manera de expresarse y celebrar la vida.
Justicieramente, en la pasada Pascua de Resurrección, el papa Francisco lo elevó a la condición de “Beato Enrique”, reconociéndolo como uno de los pocos que se enfrentaron al régimen militar. Hombre de acción y pensamiento, monseñor Angelelli dividió aguas en el catolicismo, tanto en vida, como tras su muerte, y las sigue dividiendo también en la actualidad. Por eso no sorprende que esta beatificación haya provocado comentarios críticos en un editorial publicado por el diario La Nación de Buenos Aires, firmado por ex arzobispo de La Plata, de cuyo nombre prefiero no acordarme.
Pero detengámonos en unos párrafos para repasar una resumida biografía del nuevo beato de la Iglesia Católica. Enrique Ángel Angelelli Carletti nació en la provincia de Córdoba en 1923, en el seno de una familia de inmigrantes italianos, y a los 15 años se consagró a la vida religiosa, ingresando en el seminario, para ser destacado a los 22 y continuar en Roma sus estudios. Esa capital del mundo que lo emocionaba evocar. A los 26 Angelelli fue ordenado sacerdote. Después regresó a su provincia y en solidaridad con la gente humilde, empezó a visitar los barrios más pobres y a asesorar a jóvenes obreros y universitarios. En 1960 fue consagrado obispo auxiliar de Córdoba e influido por el Concilio Vaticano II y el Sínodo de Obispos Latinoamericanos de Medellín, en 1968, se propuso fervientemente trabajar por una Iglesia renovada, sin privilegios, instalada en el mundo y cercana a los más necesitados. Hacia fines de 1960 fue consagrado como obispo de La Rioja. Y apenas llegado, manifestó que su intención era convertirse en el “amigo de todos, tanto de los católicos como de los no católicos, de los que creen y de los que no creen”. Fue así que durante el régimen militar que imperó de 1966 a 1973, alentó la organización sindical de los trabajadores rurales, los mineros y las empleadas domésticas y la creación de cooperativas para producir tejidos, ladrillos, pan y agricultura, convirtiéndose en un auténtico líder social.
No faltaron, por supuesto, aquellos que lo odiaron, pues pedía “más esfuerzo en la justa repartición de los bienes, que en la inauguración de casinos y clubes nocturnos”. Su reclamó indignó al mafioso propietario de las casas de juegos, que no dudó en amenazarlo y calumniarlo; también al gobierno provincial sutilmente sobornado y al diario El Sol. Sin duda beneficiados todos por estos lujuriosos emprendimientos, que lanzaron conjuntamente una feroz campaña en su contra.
En 1973, el año que yo lo conocí en la ciudad de La Rioja, vivía acosado por sus enemigos; en Anillaco, otro pueblo vecino (la tierra de Carlos Menem), una turba liderada por el hermano del ex presidente y compuesta por comerciantes, productores agropecuarios e intermediarios lo apedreó y le boicoteó una misa. “No empezaremos la ceremonia hasta que no se vayan los comunistas”, gritó uno de los asistentes. Angelelli reaccionó con la debida indignación: “En esta misa no hay comunistas, hay pobres que reclaman justicia”, respondió. Acto seguido, no temblándole la mano, excomulgó a más de una docena de feligreses, cerrando diez parroquias y declarándolas en “custodia del pueblo”; se sumó a esa drástica medida la inhabilitación de algunos sacerdotes a los que no dudó en calificar de traidores al Evangelio. La polémica tampoco demoró en llegar al Vaticano, pero el papa Pablo VI lo ratificó y negó que fuera “comunista o marxista”, “Es nuestro representante en la provincia de La Rioja calumniada y humillada, que a través de su obispo cumple con el Evangelio y sus correspondientes valores, y está dignamente representada por MonseñorAngelelli”.
En esos convulsionados momentos, yo fui enviado nuevamente a la provincia de La Rioja para cubrir la información de la revista a la que pertenecía. El obispo Angelelli, con el valor que lo caracterizaba, había escrito una carta para advertir a sus pares argentinos: “No dejemos que generales del Ejército usurpen la misión de velar por la fe católicaDos meses después sobrevendría el golpe militar de 1976 y en julio los sacerdotes Longueville, Murias y Pedernera, alineados con el obispo, fueron detenidos y llevados a la base de Chamical, donde los torturaron durante días y luego los fusilaron; sus cuerpos fueron hallados días después por unos obreros ferroviarios junto a las vías del tren.
Amenazado, monseñor Angelelli sabía que el próximo podía ser él. Empezó, no obstante, a investigar los crímenes ocurridos en las bases militares de la provincia y a reunir documentación como prueba de la brutal represión. En un viaje, de regreso del interior de La Rioja, acompañado por el sacerdote Ángel Pinto, uno de sus colaboradores, en una curva en Punta de los Llanos, perdió el control del auto y murió en el vuelco; Pinto, sin embargo, sobrevivió, pero por un largo tiempo fue acallado por la propia Iglesia y la amenaza de los militares. Al regresar la democracia el sacerdote confesó que “dos coches los perseguían; uno de ellos se les cruzó en el camino y entonces el obispo no pudo controlar el automóvil y derrapó cayendo al vacío”. Pinto también contó que llevaban con ellos la carpeta con la documentación reunida, que nunca apareció.
Para el juicio posterior, el entonces cardenal Jorge Bergoglio, amigo y compañero de ideas del obispo Angelelli, se documentó y presentó pruebas con archivos del Vaticano que pusieron al descubierto la escabrosa trama y luego, ya consagrado papa Francisco, reveló una carta y un informe que el obispo había enviado allí y en la que contaba que se había reunido con el general Luciano Benjamín Menéndez, famoso represor de la dictadura (condenado por el crimen) para advertirle de la persecución que sufrían él y otros sacerdotes. El militar, por su parte, siempre había negado conocer al obispo e incluso insistió con cinismo ante la versión en el alegato final del juicio. “Mi sueño era poder recibir de mi obispo diocesano la investidura de cruzado de la fe y poder empuñar en una mano la espada y en la otra la cruz de Cristo para eliminar a los enemigos de Dios y de la Patria”. Todo esto aparece además en otra carta de monseñor Angelelli dirigida al entonces nuncio apostólico en Buenos Aires, el italiano Pio Laghi. Sin embargo, Laghi, fallecido en 2009, siempre negó que hubiese recibido mensajes de Angelelli. Según el sacerdote Pinto el Obispo desconfiaba del Nuncio y eso hizo que enviara también copias de sus cartas a la Santa Sede. “Estamos permanentemente obstaculizados para cumplir con la misión de la Iglesia. Personalmente, los sacerdotes y las religiosas somos humillados, requisados y allanados por la policía con orden del Ejército”, revelaba en un tramo de su texto.
El otro de los condenados, el vicecomodoro Luis Fernando Estrella, cometió un lapsus en el alegato del juicio al declarar: “Todos los testigos convocados por la fiscalía dijeron que la escena del crimen no cambió… -para después corregirse-: perdón, la escena del accidente”.
También en la Iglesia Argentina tardaron décadas en reivindicar la figura de Monseñor Enrique Angelelli. El papa Francisco lo ha hecho ahora reconociendo el aberrante crimen y beatificándolo. Por su parte, el actual Obispo de La Rioja, monseñor Dante Braida, así recuerda a su antecesor: “Angelelli fue un obispo ejemplar que vivió plenamente el Concilio Vaticano II (1962-65), esa experiencia de participación y de búsqueda que culminó en la expresión de que la Iglesia sea servidora del mundo, donde todos puedan participar en sus estructuras, donde el servicio tiene que ser particularmente hacia los más pobres. Cuando a Enrique Angelelli le tocó ser Obispo de esta diócesis, lo trató de aplicar. Recibió ayuda de laicos y religiosos, y también ataques despiadados. Busco que las personas fueran promocionadas y pudiera crecer, siendo protagonista de su desarrollo. Por eso es que su camino terminó siendo martirial. Su vida terminó truncada, como las de otros. Y muchos tuvieron que huir del país para salvar su existencia. Él fue fiel a la Iglesia y al tiempo en que vivió”.
Braida admite que quizá el ahora elevado a Beato Enrique provocó divisiones: “Aquello le tocó vivirlo en una época demasiado compleja y de mucho riesgo, en la que estas situaciones eran identificadas como actitudes políticas, que tenían incluso otra metodología y se podían pagar muy caras. De ese modo, a personas que estaban acomodadas a un estilo de vida las movilizó, las interpeló, y muchos buscan opacar ese mensaje y cortar estas iniciativas…”.
En lo personal, mi recuerdo de este hombre de Dios es entrañable. Me honra haberlo conocido y tratado casi familiarmente gracias a Daniel Moyano, que como ya señalé era su amigo. Entre mate y mate, ese “calumet de la paz”, como lo menciona Rubén Darío, conversé mucho con él. Recuerdo que los que lo seguían y amaban le llamaban también, cariñosamente, “el Pelado”. Monseñor Angelelli vivía entregado a la misión evangelizadora, ayudando a su prójimo y no rehuyó nunca el encuentro con todos. Su vocación de servicio fue admirable. La respuesta a esta consideración de los que lo conocieron, es más sencilla de lo que se cree. Y fue resumida con sabias palabras por el papa Francisco: “Tan solo es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el Sermón de las Bienaventuranzas”. A costa de su vida, el valiente monseñor Enrique Angelelli cumplió con ese imperativo del Evangelio.


©ROBERTO ALIFANO, periodista, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


RECOGIENDO LÁGRIMAS, Salomé Moltó, Alcoy, Alicante, España

Resultado de imagen para MANOS DE AMantes
Imagen de: Poémame



RECOGIENDO LÁGRIMAS

Mis pasos en la penumbra
¿te han despertado?
Porque tus sollozos entrecortados
me han alarmado
cálmate, duerme, sueña.

Cuando mañana despiertes
te hablaré de muchas cosas
de todas las que he sentido
de algunas que he imaginado
y de las pocas que he guardado

Mis manos están heladas
cógelas entre las tuyas
acércalas a tu rostro
déjalas que acaricien tus ojos
que recojan tus lágrimas
para que yo pueda absorberlas
con amor, todas ellas.

©SALOMÉ MOLTÓ, poeta y escritora española
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


EL OJO, Teresinka Pereira, Ottawa, Usa.

Resultado de imagen para EL OJO
Imagen de: VIX


EL OJO
          
El ojo no puede ocultar
nuestra subjectividad,
pero es un invisible faro
por el cual percibimos
la supremacia de la naturaleza,
el misterio de la humanidad
y la hermosura de las flores.
El ojo tiene el poder
de hacernos soñar
con la libertad
en el firmamento.
......................

O ÔLHO
       
O ôlho não pode esconder
nossa subjetividade,
mas é um farol invisível
pelo qual percebemos
a supremacia
da natureza,
o mistério da humanidade
e a beleza das flores.
O ôlho tem o poder
de nos fazer sonhar
com a liberdade
do firmamento.

.........................

THE EYE

The eye cannot hide
our subjectivity,
but it is an invisible
beacon by which
we perceive
the supremacy of nature,
the mystery of humanity
and the beauty of flowers.
The eye has the power
to make us dream
with the freedom
of the firmament.

©TERESINKA PEREIRA, poeta y escritora brasileña
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA