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sábado, 30 de marzo de 2019

ELLA, Adrián Néstor Escudero, Santa Fe, Argentina


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ELLA

A la Paz en la vida y para la Vida… En especial, a su Poesía vital y al Buen Todo que la suscita y edifica...
Y en estas horas benignas del estío santafesino, y, con gran afecto admirativo, a los incontables y entrañables amigos en las letras y hermanos en la Fe y Humanidad, ángeles de Luz y Consuelo, servidores de la Paz verdadera y aromas de Cristo Jesús, Príncipe de la verdadera Paz: abrazados al Misterio del Verbo, en su cálido y tierno Hogar del Maná de la Palabra; allí, donde las musas suspiran y los vates cantan, y, la Guerra, nunca alcanzará la dimensión de su cúspide armónica y benévola…

                                                               Adrián N. Escudero (Santa Fe, Argentina) – MARZO 2019

                 

   Todos los días, al pasar por el lugar, la miraba.
   Más que mirarla, la observaba. O, más que observarla, la inquiría en cada detalle de su cuerpo quieto y frío. Simplemente, Ella estaba ahí, quieta y fría. Y parecía imposible cualquier cambio.
   Sin embargo, la pensaba (o imaginaba) un ser maravilloso –casi divino- presidiendo, en el opaco brillo de sus ojos, el nacimiento (o muerte) de los días, de las flores, de los árboles y de la gente que por allí pasaba.
   Hubiera deseado humanizarla para entender mejor su gesto de tímida credulidad; pero Ella también lo auscultaba aunque, desde tan lejos, que no habría podido superar jamás el abismo de soles, abierto por la dirección de su extraña mirada.

   Era hermosa. La piel, blanca y suave. El tiempo no transcurría para esos espejos tibios y claros en los que, alucinado, se sentía –como poseído- reflejar. Tampoco para su rostro de marfil y los paños leves y tersos que envolvían su cuerpo despojado.
   Dio gracias por las manos o los vientres misteriosos que fueran capaces de modelar o engendrar, si se quiere, semejante arquitectura de belleza.
   Hubiera deseado besarla, acariciarla, tocar su alma clara de mujer tímida pero anhelante...
   Nunca pudo arrebatarse en tal arrojo.
   Ella siempre ahí.
   Novia de todos y de ninguno.
   Admirada. Tan admirada como incomprendida en su eterna soledad.

   Los árboles se inclinaban o aquietaban según soplara o no el viento único de las cuatro temporadas.
   Las hojas se vertían verdes o amarillas, en fervoroso clamor o límpida caída, según la estación.
   El sol alumbraba, las nubes solían llorar, y la noche (estampada por candiles y guedejas de luz), muchas veces la habían visto en aquel lugar.
   La gente turbaba en ciertas horas el mágico sitio donde habitaba, rompiendo su encanto con un rugir de autos, exacerbadas canciones estereofónicas o un griterío de niños que despabilaba con saltos y muecas el somnoliento y enmohecido aire de la gran ciudad...
   Los juegos y sus maderas y barras metálicas de mil colores, cimbraban, se mecían o dormían en alegre sueño, bajo el dominio nervioso de aquellos brazos y piernas audaces, quizá felices.
   Ella siempre ahí.
   Madre de todos y de ninguno.
   Admirada. Tan admirada como incomprendida en su eterna soledad.

   También estaban los otros en aquella peculiar estancia común a diversas expectativas e intereses.
   Los viejos.
   Con sus canas, sus bastones, sus sombreros y ropas de antaño. Sus pipas, sus tabacos, sus paraguas y sus diarios.
   Con sus quejas, sus reproches, sus recuerdos y sus muertos. Sus barbas, sus narices rojas, sus temblores y sus nietos. Y sus lánguidas y pulidas canchas de bochas.
   Silbando.
   Algunas veces, alegres. Otras, melancólicos. Muchas, tristes y resignados. Como si pensaran que de nada sirve la experiencia de los que ya han vivido, para los demás...
   Cansados (o agobiados, quizá). Satisfechos unos; los más, no tanto. Pero todos, irónicos y suficientes, chispeantes e informados. Muriendo por vivir.
   Ella siempre ahí.
   Abuela de todos y de ninguno.
   Admirada. Tan admirada como incomprendida en su eterna soledad.

   Y fue en aquel día, en aquel inútil y aciago día, espeso de humedad y crepitante de humo y de cenizas, de hojas postreras y resecas, en otoño, a las tres de la tarde –dicen que-, sucedió...
   Ahora no había coches en las calles. La situación, muy comprometida en la democracia misma, había guardado a la gente vagar por la jornada gris.
   Toque de queda en el país.
   En casa, el pueblo esperando. La ansiedad como límite de la primera lágrima...
   Entonces ocurrió. Y lloró.
   Porque la acústica de la segunda guerra vibró, y la dejó ahí...
   ... En su plaza. En el mismo lugar. Pero destrozada. Hecho polvo. O añicos. Descuartizada.
   Y lloró.
   Bajando la cabeza, ocultando su arma de estrenado soldado, mordió el pan duro de los mendigos, enfundó las manos en el calor de unos harapos abonados en sangre, y, salivando a la desgracia supo que, sin Ella, había muerto para él aquel lugar.-

©ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA



ESCATOCRISIS TANATOLÓGICA, Lucio Cañupan, aporte de César Tamborini Duca, León, España

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ESCATOCRISIS  TANATOLÓGICA   (Rumbo a Córdoba 2019)
                                                                                         
“…Llegóse él mismo al palo, donde había
de ser la atroz sentencia ejecutada ,
con un semblante tal, que parecía
tener aquél terrible trance en nada,
diciendo: ”Pues el hado y suerte mía
Me tienen esta muerte aparejada,
venga, que yo la pido, yo la quiero,
que ningún mal hay grande, si es postrero.                                                                                                   (La Araucana-Alonso de Ercilla)

Es gran torpeza pretender que el idioma se mantenga quietecito por doscientos años.
En horas actuales ―si a hilar fino vamos― el cambio es casi cotidiano. Los académicos de la lengua se ven obligados ―rosarino y revisitado Congreso mediante― a colocar cada tanto el caballo en su justo lugar, puesto que el carromato que avanza cargado de sílabas, palabras, sintagmas, oraciones, giros y acentos varios acrecienta el argot inercialmente y la esforzada jaca termina por detrás de aquello que arrastra.                                                                    
Ordenados los conceptos, vemos que han tomado vida una cantidad considerable de términos que se encontraban en “erpiana” clandestinidad, y ubicados perisodáctilo y carruaje en pudoroso sitio, se hallan los honorables de la Academia de Letras de mejor guisa, discurriendo por un nuevo período una bodega beoda de léxico oficializado a disposición de todos (menos los políticos quienes no se dan por enterados y aposta  hablan cada vez peor ante su ignorante auditorio), donde se entremezclan como en botica lo nuevo y lo viejo, lo renovado y lo perimido, lo malsano y lo saludable, lo armonioso y lo indecoroso, y en fin, lo vivo y lo muerto. Así demos manos en echar a un diccionario de última edición y apreciar lo cebado de su volumen.
Las palabras, escritas para ser leídas y habladas para oírlas, en su constante progresión acaban por estigmatizar el cerebro, fundir y confundir las almas. Thomas Carlyle dijo que “el alma del progreso es el progreso del alma”, pero, ¿de cuáles? ¿Las vivas o las muertas?, ¿de estas en vida?, ¿de las vivas después de la muerte?
Desalmado o no, el avance crece de manera tal que se hace imposible evitar su constante crisis, y ésta atrápanos a todos sin excepción. Crisis: hija dilecta del amor y la guerra, se halla presente desde que marcha el mundo y, oscilando en el curso del tiempo nos empuja ―con grande prodigalidad― al amor por la guerra y a su consecuencia inmediata: la guerra por, con y en el amor. A poco nomás, surge un tétrico panorama: un descomunal osario en torno del cual deambula un séquito de almas en pena. Sí: “bajo las matas, en los pajonales, / sobre los puentes, en los canales…/ ¡hay cadáveres!”. Sí, gran verdad ésta de Néstor Perlongher. Y grande razón y prueba concluyente de que alguien estuvo vivo, aún sin saber si eso es vida. No se duelen de esto los arqueólogos de esta hora quienes, en una con Schliemann, Mr. Évans, Boucher de Perthes o los Leakey, y más activos que un quirquincho pampeano, continúan a ritmo implacable con más exhumaciones en frenética carrera con las diarias e impecables inhumaciones.
En este aguerrido aquelarre necrológico se evidencian distintas modalidades que alimentan el Pritaneo de San La Muerte. Cítense a modo de ejemplo ―por no aburrir al supersticioso lector― el caso de unas vasijas de cerámica correspondientes a un pueblo pre-incaico, las que fueron descubiertas estibadas como en un almacén de vituallas; en su interior ni granos, ni telas, ni joyas, tampoco restos de vino, no…solo momias. Velada y modesta respuesta a los auríferos y campeonísimos balsamizados egipcios por todos conocidos. ¿Quién no oyó hablar de Tutankamón? Pero éstos sí dejaban sus deudos pulcramente acecinados en graves sarcófagos y pletóricos de pitanzas para el viaje postrero.     
Los primitivos cristianos convivían con sus muertos en las extensas y zigzagueantes galerías areneras de épocas paganas devenidas en las célebres catacumbas romanas, emblema y salvavidas de sus fieles tras las decenales y dioclecianas persecuciones. Corriendo de firme la edad de Cristo, surgieron los camposantos aledaños a las iglesias junto con recordatorios y celebraciones sibaríticas de cuerpo presente por parte de los deudos supérstites, realizadas en el mismísimo altar del templo correspondiente. Y el dos de noviembre, día de difuntos, vivos y muertos todos a una. Esta práctica fue notable en la Edad Media, y trágica para Don Juan que en su convite a un muerto cae bajo la guadaña de la Parca disfrazada de capitán Centellas.
En sitos apartados se enterraba en el fondo de la heredad, costumbre ya perdida.
Los indios cobrizos del norte americano ―tal vez con más equilibrio― reparten la cosa: pintan en sus tótems figuras de sus ancestros y seres queridos, honrando así el espíritu, y a la inversa de otros dejan el cuerpo a expensas de la rapiña.
En la India extra milenaria se instalaba una pira funesta que se consumía incluso a la viuda del muerto. Lo peor es casarse: “el matrimonio y la mortaja, del cielo bajan”, reza un antiguo refrán.
En la exuberante isla de Nueva Guinea, en la tribu de los asaro, según relato de Louis Pawels, cuando mueren las mujeres las entierran junto a restos de cerdo ―animal este sagrado para ellos―, sugerente rito. Los varones cuando se sienten morir, anárquicamente desaparecen en la selva.
Y de paso por oriente, los chinos. Antiguos en sabiduría y número, tienen como emblema a la mítica princesa Turandot, cruel y prolífica productora de cadáveres hasta que se topó con Calaf. Atesoran al célebre hombre de Pekin (sinantropus pekinensis) que con quinientos mil años de antigüedad rivaliza con el “australopitecus” y el “pitecantropus erectus”. A la cabeza de las estadísticas mundiales en P.B.I., represas gigantescas, acumulación de soja y venta al mundo de baratijas inservibles, ni siquiera aceptan ir de su población en mengua: según el New York Times (27/03/10), los restos de un sepulcro de unos cuatro mil años son motivo de controversia con los uigures, pueblo de origen turco-europeo. Los profesores Li Jun e Hiu Zhow tienen en sus manos a modo de rehén a la “Bella de Loulan” una momia hallada en el sitio, en el desierto de Taklimaken en la región del Tibet. Al separatista Dalai Lama le espera ardua tarea.
Los Incas, con sus particulares liturgias, son los campeones de Machu-Pichu, mientras los Mayas con sus pirámides truncadas y escalonadas ofrendando sacrificios insisten en que su dios Quetzalcoatl los trajo desde el planeta Venus. Otros pueblos más modestos usan simples túmulos de piedras y, en fin, los más con una sencilla fosa, todos sin excepción buscan el modo de venerar el despojo para seguir viviendo a sus expensas.
Algunos heredan espíritu, otros su impronta, y el resto ―salvo lo del Viejo Vizcacha― sus posesiones y dinerillos. El utilitarismo actual transformó la costumbre en pingüe negocio; y allá se van los difuntos a sitios tan disímiles ―finamente ensobrados― a morar en un panteón ya sea de la Recoleta, ya en un nicho estrecho de la Chacarita o en un promisorio sepulcro del poblado cementerio de Italó, mi querido pueblo natal, el que al refundarse en otro sitio del original por la llegada del hoy fenecido F.F.C.C., ostenta el orgullo de poseer campo santo por duplicado. No cualquiera ¿eh? ¡No cualquiera!
Sea como sea, de diversa manera, todos contribuimos a la escatológica causa. Nadie se lo quiere perder. Cuando no el hombre común y corriente, interviene el Estado Omnipotente  que cuenta con esbirros de toda suerte: una prominente dama de nuestra historia realizó un tétrico periplo por el mundo hasta quedarse con nosotros. Luego profanadores misteriosos amputaron las manos del cadáver de su esposo. En lejano tiempo y latitudes, por ejemplo, fue asesinado el gran Al Iskhandar en Babilonia (parece ser que por asuntos de polleras) y todavía hoy, a más de 2330 años, están buscando su sepultura. Imposible será encontrar la del Mahatma Ghandi, disueltas sus cenizas en el Ganges y el Jumná, luego de su asesinato y cremación en Nueva Dheli. Hay de todo en la viña del Señor.
Infiérase entonces, de este fatuo menjurje literario, como las Moiras sepultan palabras, sujetos e historia; pero no las inmortales ansias de conocer y saber con las que viene al mundo todo mortal bien nacido. Y el que todavía no nació, no desespere…ya le tocará. De  Clotos  y  Átropos nadie escapa mientras Laquesis nos persigue a todos.
A propósito de persecuciones ―y para concluir este modesto epítome― no se puede olvidar ni soslayar a la inmanente D.G.I. o AFIP, como prefiera el sufrido lector, con sus gravosas y abruptas intervenciones al amparo de las luminosas Ciencias Económicas. Atacando súbditos arteramente, el fantasma cruel de la quiebra dio por tierra con el coqueto y vivificante negocio de dietética de la esquina de nuestra casa:
―Buenos días.
―Buen día, caballero. ¡Qué bien están prolijeando el local!
― ¡Oh, sí! Pronto voy a pintar las cortinas metálicas.
(Y mientras observo detenidamente algún escaparate acondicionado en su interior me dije: ―esto no me gusta nada).
―Y…y… ¿qué negocio van a instalar aquí?
― ¡UNA CARNICERÍA, SEÑOR!
Es Tánatos, pisándonos los talones.

 ©LUCIO CAÑUPAN
(Aporte de nuestro Miembro César Tamborini Duca, desde León, España


sábado, 23 de marzo de 2019

EN EL DÍA DE LA POESÍA, Norberto Pannone, Buenos Aires, Argentina






















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EN EL DÍA DE LA POESÍA


EL POETA Y EL ARTE


En Las distintas formas de mirar las cosas de la vida, un poeta entiende que; el mástil de un barco, una horca y una cruz se fabrican con diferente madera, pero madera, al fin. Entiende la diferencia entre una piedra del muro de una Iglesia y una piedra del muro de una prisión. Oye “las voces de las piedras”. Muchos de nuestros poetas hablaron de la “Voz” mineral: Jaime Dávalos, Manuel J. Castilla, Yupanqui, Sábato y tantos otros. 
            El Poeta entiende y conoce el idioma de las viejas paredes; de los túmulos; de la ruina de los ríos y los bosques; de la montaña y la llanura. Comprende el canto de los pájaros y el sonido del viento; el murmullo de la lluvia y la fragancia de una flor. Descubre el sentido del dolor y la alegría; filosofa con la vida y la muerte. Oye las voces del silencio y deduce la diferencia psicológica de las mismas. Comprende que los mutismos pueden ser diferentes.
Con tenacidad, busca desarrollar esa comprensión poética del mundo para fortalecerse y reforzarse, porque sólo a través de ella entrará en contacto con un universo verdaderamente “real” plagado de utopías.
Debemos estar convencidos de que en el mundo existente, detrás de los fenómenos que nos parecen semejantes, se ocultan a menudo portentos tan disimiles que, sólo fuera de nuestra frecuente ceguera se podrían explicar. No parece ser tan simple entonces ni es lógico que todos podamos ver en la misma gota de agua: la idéntica reflexión de la luz; un significado semejante o experimentemos la misma sensación emocional.
            Todo arte consiste en entender y representar diferencias huidizas. El mundo fenoménico es meramente sustancial para un artista (como lo son los colores para el pintor y los sonidos para el músico) pues, ese mundo contribuye a alimentar su inspiración.
En el fenómeno de la percepción de los contenidos de las cosas (noúmeno) existe un “aparato” sutil al que llamamos “alma de artista”. Un poeta debe ser un clarividente, un dotado por el espíritu divino de Dios, si se es creyente, o por la naturaleza misma, si su fe no existe. Debe ver aquello que los demás no ven y, con su magia, debe poseer la habilidad y/o el don de ayudar a que los demás puedan ver lo que no ven por si mismos.
            El arte de la palabra ve más y a mayor distancia de lo que ve el común de las personas que sólo andan a tientas y en consecuencia, no logran advertir las diferencias entre las cosas que no se expresan física o químicamente.
La poesía sirve de soporte a los sentidos. Ve mucho más que el aparato más perfecto; escucha el sonido del universo; palpa la tersura del aire; huele toda la sal de los océanos y saborea (metafóricamente hablando) hasta las partículas del perfume mineral.
Finalmente, el poeta, a través de su verso, percibirá las delicadas facetas de la gema del vivir, donde seguramente, en una de ellas, descubrirá al Hombre.

©NORBERTO PANNONE, poeta y escritor argentino,
PRESIDENTE FUNDADOR DE ASOLAPO ARGENTINA

SEGÚN PASAN LOS AÑOS, Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina




















SEGÚN PASAN LOS AÑOS



LUIS ALPOSTA, poeta, escritor y artista plástico

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


DUODÉCIMO CONGRESO DE ESCRITORES DEL MERCOSUR- Zulma Nicolini, Gualeguaychú, Entre Ríos, Argentina


NOTICIAS IMPORTANTES

DUODÉCIMO CONGRESO DE ESCRITORES del MERCOSUR

INVITACIÓN 




CARTILLA PROFESIONAL, Favio Ceballos, Granadero Baigorria, Santa Fe, Argentina

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Fundador de la Orden del pepino y el rabanito.

PD.  Del libro "Ingenio y humor"

©FAVIO CEBALLOS, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA



LO HE SENTIDO A TRAVÉS DE LA VENTANA, Salomé Moltó, Alcoy, Alicante, España

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LO HE SENTIDO A TRAVÉS DE LA VENTANA


         He entrado lentamente en el edificio observando el pequeño parque y su jardín alrededor. Me he convencido que los residentes pasarán largos ratos paseando y disfrutando del sol y de las plantas. Así se lo he hecho notar a mi amiga después, cuando volvía a ver aquel lugar a través de la ventana de su habitación.  Su negativa a mirar, a no querer ver ni el parque, ni el jardín ni la calle, me han hecho mucho pensar.
         El edificio es moderno bien cuidado y asistido por personal docente y competente. Es mi impresión, quizás equivocada, quizás no. Mirar el paisaje es una cosa, observar el paisanaje muy otra.
         Es, como se dice ahora eufemísticamente, un “centro de acogida para la tercera edad”. Las habitaciones limpias, ordenadas, con asistencia médica, cuidados paliativos, etc. En fin, cuanto se pueda desear para las personas mayores, en una sociedad lúdica, consumista y superficial que unos gozan y muchos padecen. Pero. ¿Qué más se puede pedir? ¿Qué más se puede hacer para las personas ancianas con el fin de que puedan acabar sus días lo más dignamente posible?
         Nada más y nada menos que lo más importante “La Libertad, la creatividad, la sociabilidad” que ya no tienen o que siente que han perdido o les han arrebatado.
         Tal vez sea cuestión de adaptabilidad, o quizás de cariño o, ¡qué sé yo!, hay algo en el ambiente que deprime. Ese hombre que grita desgarradamente porque no ha venido hoy un familiar a verlo, o quizás si vino, pero que ya no se acuerda. Esa anciana con las piernas llenas de llagas que la traen a su habitación después de las curas y no sabe muy bien en que puerta entrar. Aquel hombre de fuerte personalidad que no soporta tener que usar una silla de ruedas empujada por una asistenta cansada de una dura jornada, a la que increpa porque le duele tanto el cuerpo como el orgullo y el alma.
         Y así cada persona con todo su bagaje de enfermedades, minusvalías, desencantos y ansiedades. Y como angustia más demoledora, la soledad. La soledad es el sentimiento común a todos los residentes. No se sientes queridos, sino, ya como un objeto inservible, se ven arrinconados, enfermos, abandonados. Aunque muchas veces no es verdad. La juventud tiene que trabajar, vivir su vida y hacer frente a sus problemas. La vejez a los suyos. La primera observa el porvenir como una extensión inmensa que abocará en la vejez, si se vive lo suficiente, pero queda lejana. La gente mayor la vive y la sufre al día a día. Renunciar a lo que se ha sido, a lo que se ha podido hacer, es muy duro, y aceptar la dura realidad del hoy, mucho más, por mucha ayuda que se pueda tener.
         A pesar de exhalar un suspiro de desencanto mi amiga, hoy postrada en una silla de ruedas, no ha perdido la firmeza de su mirada, ni la blancura de sus cabellos que tanto la ennoblecen.
         Ya sus manos no podrán dibujar aquellos hermosos cuadros, un ligero temblor se lo impide. Es el corazón que sufre y las artistas que se rebelan. Por eso no quiere mirar a través de la ventana ese hermoso parque, ni tampoco la calle por la que no puede deambular.
         A Alcoy, tan nutrido desde siempre de buenos artistas, llegó una pintora andaluza, una excelente dibujante, una creadora nata.  Llamó a un grupo de mujeres inquietas para participar en su revista y pocas se negaron a colaborar en su obra. Así tanto en poesía como en prosa y con sus hermosos dibujos, sus libros y sus revistas son el exponente máximo de una indómita mujer.  Incansable empuja a la gente a crear y sacar desde lo más hondo esa parte artística que cada uno/a llevamos dentro, porque crear es amar y   amar es vivir.
         Rosa Lluc, su amiga nos lo hace sentir a través de un libro de poemas precioso que ha publicado empujado por la incansable tarea de esta noble mujer que es Rodovi.
Cuando salimos por el pasillo me vuelvo a observar a esta maravillosa mujer que crea tanto como se rebela y creo ver una lágrima que asoma a sus ojos negros, esos ojos de artista que no quieren mirar por la ventana porque llevan más arte dentro del que pueden ver fuera. Le he prometido volver.

©SALOMÉ MOLTÓ, poeta y escritora española
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
                                                                                             


MENDIGO, Adrián Néstor Escudero, Santa Fe, Argentina




MENDIGO


A los herederos del cielo (“Ahondar más, ahondar más: sólo cuando seas lo suficientemente humilde, serás santo”). En especial, a los que saben ver con los ojos del alma...

Con gran afecto cuaresmal, crístico, mariano y josefino, y en los albores del otoño santafesino (2019)…



“Somos Mendigos de Dios” – P. L. Castellani (1899-1981).



Hoy he visto un pedazo de Dios arrojado a la vereda.
Sobre Obispo Gelabert, casi Urquiza; no tan lejos de Baterías “Parpal”. Bajo la sombra egregia de la cúpula agustino recoleta, proyectada como un ángel ciego desde calle Santiago del Estero hasta el lugar del hecho.
He visto también, en la penumbra de los muros contiguos a los míos, a dos figuras moviéndose con temor en derredor de aquel despojo oscuro.
Veintiuna horas de un domingo de otoño. Y ni siquiera las (vencidas) hojas del pequeño árbol que emerge solaz como un paraguas nocturno frente a la casa, pudieron contener el golpe.
Al lado del cuerpo yacente, un carrito de miserias detenido en el tiempo.
He visto a la enfermera vecina desesperarse ante la posibilidad de que el linyera hubiera muerto: la sangre le surcaba el rostro. El alcohol lo había estrellado abruptamente contra la pared y le había dejado allí, inmóvil, como muerto, abandonado...
Aún respira, le sentí decir. Ajá, asintió su esposo, curvado hacia el bulto inconsciente. Yo (que había avanzado unos tímidos pasos hacia el extraño desconocido) dije, sí: está vivo.
Puede ser peligroso, alertó ella. Sí, asintió su esposo. Está muy borracho, completé (por decir algo). Tengamos cuidado. Puede despertar y no sabemos cómo reaccionará, previno la enfermera. Qué macana, dijo su marido. ¿Qué hacemos entonces?, pregunté.

He visto a algunos coches y colectivos pasar de largo cortando en fracciones el silencio de esa noche alunada. Pero no he visto a otros vecinos por el lugar. Hora de la cena, claro. El oratorio de enfrente y sus laicas consagradas, duermen también su virginidad católica, apostólica y romana. La quietud del barrio es asombrosa.
He pedido a la enfermera y a su marido que, por favor, me dejaran solo con ese Cristo roto. Que se fueran tranquilos. Que yo me las arreglaría cuando... Sí, dijeron. Y desaparecieron rápido cruzando la calle y doblando la esquina noreste del Kiosko “El Bunker” en dirección al Restaurante “Tuyú”.
He vuelto ahora a entrar a la casa. Le he hecho el comentario a mi señora. Ella, repasador en mano, me ha aconsejado llamar al comando policial. He marcado el 101 y me han dicho que vienen para acá.

… Treinta minutos. El mendigo sigue como en estado de coma y la policía no ha venido. He insistido con ellos. Pero ellos no vendrán. Nunca vienen. Por eso he salido nuevamente a la puerta de calle y me he parado al lado del pobre hombre caído, casi despenado.

De pronto, se ha movido... ¡Hip!
Le he perdido un poco el miedo al verle la cara de muchacho.
La barba le ha inventado años, pero es muy joven. Veinticinco, he calculado. Y se mueve. Mueve la cabeza. El golpe contra el muro vecino le ha abierto un cauce sangriento que tiende a cesar. ¡Hip!

Le he visto girar los ojos, perdidos, enturbiados quizás por un doble efecto: el del dolor y de la obnubilación. El alcohol le ha asestado un duro traspié. Le ha trenzado unas huellas patinosas tras el derrumbe contra la pared. ¡Hip!
¿Qué hacer?

Le he extendido mi mano y la ha rechazado en tanto balbucea…
Balbucea: puedo solo, verá, puedo solo. ¡Hip! Y lo he dejado levantarse como puede. Ha logrado, al fin, ponerse de pie trastabillando una y otra vez, hasta alcanzar un precario equilibrio. En sus espaldas, cuelga una verde mochila, donde –con seguridad- guarda cosas de íntima necesidad.

He notado su mirada comprensiva, pero no habla. Ha extraído un pañuelo del mugroso pantalón negro con el que seca la sangre de su rostro atormentado. Se golpeó feo, usted, digo. Sí, responde. ¡Hip! Ahora, ya está. Me voy. ¿Pero cómo va a hacer para irse?; puedo llamar al COBEM. No, no, al COBEM, no, ruega. No los moleste, puedo solo, verá, puedo solo. ¡Hip! Y tambalea torpemente. Apoyo su brazo trémulo sobre el carro de miserias y me dice otra vez: ahora me voy. Me voy para casa. ¿Pero adónde? ¿Dónde queda?, pregunto. Barrio Santa Rosa de Lima, contesta. Me voy, che... ¡Hip!

Le he suplicado que espere un poco más, hasta aclarar la nebulosa galaxia que gira en su cabeza. Le explico que es peligroso en su estado andar por ahí, que mejor llamo al COBEM. Al COBEM no, se enoja. Puedo solo; verá, puedo solo, che. ¡Hip! Ha vuelto a tomar su pañuelo y se restriega con cuidado las sienes heridas. Es una piltrafa, el pibe. La camisa –alguna vez blanca- se ennegrece por la noche y la mugre que la tiñe…

He visto a mi señora entonces asomar a la puerta. Como a dos pasos de la escena. La observo preocupada y luego, entrar de súbito a la casa. ¿Qué pasó?, me escucho preguntar. Me caí, parece, dice el muchacho. ¡Hip! Y aclara: Yo venía bien con el carrito y me caí, parece. ¡Hip! Hoy tomé alcohol; y me hace mal, aunque me gusta mucho. Antes no me gustaba. No me gustaba nada. ¡Hip! Ahora me ayuda. Me olvido de todo. No sufro. Estoy cansado de sufrir, ¿sabe? Me olvido de todo. Pero hoy no pude olvidarme de todo. ¡Hip!: hoy recordé lo del viejo monasterio y la huida hacia el monte. Tenía como 23 y me gustaba la oración; orar por las almas en pena. Porque el Maestro era mi amigo; mi verdadero amigo. Como mi sombra, ¿vió? Yo les hablaba de Él y ellos me buscaban. A toda hora, me buscaban. Pero me aturdían, che. De todos lados, venían. ¡Hip! Y me lastimaban mucho con sus sufrimientos, más que el alcohol; pero sin querer, ¿sabe?, y yo sentía que no podía ayudarlos tanto como querían… Un día le dije que no aguantaba más, que lo dejaba en sus manos. ¡Hip! Que yo me iba arriba, sobre una columna de rocas que me había construido para estar en penitencia, por ellos y por mí; porque era un flojo para sufrir y verlos sufrir así. Y en la columna estaba bien, de pie o de rodillas, de noche o de día, con frío o calor; y Él aceptó: me dijo que me quedara tranquilo. Que Él se haría cargo. Y me quedé arriba. ¿vió?. ¡Hip! Arriba podía orar y predicar tranquilo. Él me acostumbró a dormir poco y a comer una vez por semana, y muchas personas se amigaron con Él, a causa de su Palabra en mí: y yo estaba feliz. En aquel momento, yo era feliz. ¡Hip!... Cerca de los 70 vino a buscarme: yo estaba dormido, como hace un rato, como muerto, arriba, en la columna donde dormía también el silencio (mi verdadera sombra): sí, porque en aquellos tiempos -¡Hip!- no había tanto ruido ni de autos ni de ómnibus como ahora...

… Y he sentido reavivar el estupor de un grito ahogado ante aquel alegato irrefrenable: ¡Dios!, exclamo: ¿San Simeón estilita? Pero... ¿Cómo es posible...? ¡Año 450 d.c.! Eso fue en... Sisan, Cilicia, cerca de Tarso, donde nació Saulo, san Pablo. Y he gritado al barrio, también yo ahora turbado y confundido: ¿qué pasa acá? Y le exijo revelarse: ¿Quién sos, pibe?, digo, realmente; y le sacudo como a un joven pastor de ovejas, a quien la Palabra del Evangelio de san Mateo en su capítulo 5, introdujo de joven -con 15 años apenas- a la vida monacal en busca de santidad. Pero no se altera y vuelve a insistir: ahora, tengo que volver a casa. Mi casa. Volver a casa ¡Hip! Sí, me voy, insiste. No puede retenerme. Nadie puede hacerlo. Anonadado, sólo atino tontamente a preguntarle: ¿Y…, juntaste algo…? Sí, responde manso y humilde de corazón: cartón, botellas, un pedazo de carne, pan, galletas, un velador roto (yo lo arreglo, yo sé arreglar cosas): son para mi mami. ¡Hip!, y se estremece quien supo de memoria los 150 salmos de la Biblia y de rezarlos a 21 por día; aquel que inventara el “cilicio” o cuerda espinosa para ceñir la cintura y hacer penitencia, y que, en su extrema capacidad de mortificación, se alejó del monasterio que lo había acogido y se fue a vivir primero dentro de una seca cisterna, abandonada, dando comienzo a una experiencia que sostendría durante su larga vida: pasar, como su Maestro, 40 días y noches en el desierto imperial de cuaresma sin comer ni beber…

… Porque yo no soy como mi hermano, el Caín, sentencia. El roba. Yo no robo. Junto cosas para mi mami. ¡Hip! Toco timbre, tic, y espero. Toco timbre, tic, y espero. Pero no robo: digo, señora, ¿tendría un poco de carne para comer, o lo que quiera darme...; y espero. Yo no entro a ninguna casa. ¡Hip! Toco timbre, tic, y espero. Pero mi hermano roba. Yo no. Esto es para mi mami. Porque yo al “otro” lo odio, es vivo… Y el Maestro me reta: dice que así no sirve, Simeón, el Abel. Que si tengo odio no sirve. Pero qué quiere. Si llego -y llora como un niño- y el “otro” se agarra todo. Y yo lo junto para mi mami. ¡Hip! Pero él se aprovecha, le pega y se agarra todo. A mí no me pega. A la mami, le pega. Un día lo mato. Lo mato, ¡le juro!... ¡Hip! Pero el Maestro se enoja conmigo. Y me asusta también cuando se enoja, ¿sabe? Pero es que me duele lo que el “otro” hace con mi mami... ¡Hip!
Y vuelve a limpiarse lágrimas y sangre con el pañuelo, quien, refugiado luego de la cisterna en una absurda cueva, hubo de encadenarse a una roca solitaria para evitar la tentación de volver a la ciudad; aquel, en fin, que consultado desde todos los países vecinos, para no distraer su vida de continua oración y penitencia, construyó una columna, de 3, 7, y 17 metros de altura, sucesivamente, donde pasó como el Emmanuel sus últimos 36 o 37 años de vida, al sol, al agua y al viento, predicando, corrigiendo, suplicando, mediando y convirtiendo a las gentes que acudían en su ayuda...

Entretanto, mi señora, que ha regresado a colaborar conmigo, le ha dado un poco de naranja fresca y algunos alimentos. Gracias, le dice. Yo no robo. Toco timbre, tic, y espero. Me voy, remarca. ¡Hip! E intenta, con tozudez, maniobrar el penoso carrito, entorpecido por la verde mochila aferrada a sus espaldas. Hermano, le digo, con cuidado, si te vas, andá por el borde de la calle, no subás a la vereda, siempre por la derecha y para allá; allá está la cancha del Club Unión, ¿entendés? ¿Sí? ¿Seguro? ¿Por qué no me dejas llamar al COBEM?; son muy gauchos. Te arriman hasta el barrio. Yo no te veo muy bien que digamos todavía. No, no, yo me voy con la mami... Y hoy el “otro” no le quita nada... No le quita nada... Ya va a ver... No le quita -¡Hip!- nada... ¡Hip! Y se va. Se va y no puedo creer haber sido su testigo…

Entonces, dejo mis dudas de lado. Sabedor de que un párrafo equívoco bien podría alimentar de mitos la historia de su heroica vida escrita por Teodoreto, Obispo de Ciro, dejo mi orgullo de lado y me juro permitir a Dios seguir escribiendo derecho con líneas torcidas... Por eso, antes de que su maltrecha figura me muestre su encorvada espalda, recuerdo que, desde la fecha de su muerte, 5 de enero de 459, un gran monasterio para monjes recoletos emerge aún hoy donde fuera su columna de virtud y santidad... Y las descubro.

Entonces, las descubro. Advierto asombrado las tres pesadas bolsas que cuelgan de la parte anterior de su mochila mendicante y cóncavas vértebras; de seguro ocultas bajo su cuerpo cuando yacía volcado en el suelo como su carro de miserias. No eran muy grandes las bolsas; pero estaban henchidas. He debido estar alucinado para leer en ellas las inscripciones tristeza, soberbia y avaricia. También he debido haber exagerado al reconocer en este hombre a un santo redivivo de la antigüedad, que, a la par de cosechar galletas y pedazos de pan o frutas, recogía del alma de cada hombre que extendía su mano desprendida hacia él, un pedazo de aquellas tres oscuridades que apagaban en el corazón humano las luces de la alegría, la humildad y la generosidad...

Sí, creo que esta noche he sufrido una visión extraña: la de comprender, en ese Cristo roto, cuan mendigos de Dios somos todos en todos. Por eso rezaré un Padrenuestro y le ofreceré esta lágrima que me lastima el orgullo de tenerlo… casi todo.-

©ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA