APOCATÁSTASIS
Si la filosofía es el arte del pensamiento y la teología es
custodia de la revelación, habrá de ejercitarse la primera para profundizar en
la segunda.
Esta es la labor del teólogo: ir en la proa de la «Barca» para abrir vías nuevas que permitan
ahondar en el conocer humano, aun a riesgo de equivocarse.
Reconociendo todo esto, bueno será para cualquier erudito o
simple “aprendiz de brujo” entonar el mea
culpa en prevención de que más allá de su deseo de poder abrir caminos al
entendimiento pudiera incurrir en confundir con sus planteamientos al lector,
cuando no a sí mismo, al tratar de acercarse demasiado al sol de la verdad
revelada y derretirse su pensamiento en el intento de la suficiencia. Se trata,
pues, de “arañar” lo escondido. Plantear una posibilidad que pudiera responder
ante una incógnita. Poner— o al menos intentarlo— un ladrillo en la construcción del edificio
de la interpretación del abanico que va desde la revelación teológica al
discernimiento.
En
la carta a los corintios el Apóstol de los gentiles escribe acerca de unos
planteamientos que quedan abiertos a la reflexión y arrojan una luz en la que
hay que entrever la respuesta.
→ 1 Cor 15 (26)
“El último enemigo en ser destruido será la Muerte (28) “Cuando hayan sido
sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel
que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo”
Giovanni Papini, aquel incansable fabulador capaz de explicar
lo profundo de la filosofía inclinándolo hacia la poesía, autor de la obra
universal “El Juicio Final”, deja flotar en el aire una pregunta en otro de sus
libros, un bestseller titulado “El Diablo”—, el cual recibió una condena
superflua en el número 119 por parte de L´Osservatore Romano, como comentario
no oficial de la Iglesia—: ¿En el TODO
entrará también la salvación de los inquilinos del “infierno” y el propio
tentador?
Por su parte, el escritor, hombre de convicciones cristianas,
en la página 279 del mismo viene a decir que los tratados de teología seguirán
diciendo “no” a la reconciliación total y final, pero su corazón, que tiene sus
propias razones que la razón no conoce, anhelará un “sí”.
Orígenes, el gran pensador denominaba “apocatástasis” a la
idea y anhelo de la reconciliación universal, como objeto último de la
Redención de Cristo, esperando que todas las personas pudieran alcanzar la
salvación, aunque siempre tuvo cuidado de mantener que esto era sólo especulación.
Sin embargo, la teología católica enseña que las penas del infierno son
eternas.
A la luz de la carta de Pablo, ¿cómo habrá de interpretarse
lo que escribe?
En primer lugar, dice «todo»
Luego, ¿qué debemos incluir en ese todo? Si ha de quedar fuera algo o alguien,
¿no quedaría fuera del amor de Dios?
En
segundo lugar, ¿cómo habrá de ser entendida la figura del diablo? ¿Tal vez un
espíritu? ¿La representación del mal? Si
el último enemigo en ser vencido será la Muerte, ¿no significa que ya no queda
ningún otro poder maléfico y que por tanto también podría incluirse en la
reconciliación y sometimiento la figura de Satán?
A
este respecto escribía Graham Greene: “Allí
donde Dios está más presente, allá también se encuentra su enemigo; y a la inversa,
a veces desesperamos de hallarlo en el lugar donde el enemigo está ausente. Uno
se siente tentado de creer que el Mal no es sino la sombra que el Bien en su
perfección lleva consigo, y que un día llegaremos a comprender hasta la sombra”
En
tercer lugar, si el pecado del diablo fue la suficiencia, algo similar al del
hombre, como bien dice el existencialismo de Sartre, que lejos de negar al
Creador le dice que ha dejado de pertenecerle y se aparta de él, y la parábola
de “El hijo pródigo” muestra al Padre que cada día sale al camino con la
esperanza del retorno del hijo perdido, ¿no podría igualmente desear al final
de los tiempos la vuelta del hijo mayor, el ángel caído?
En
cuarto lugar, sólo el mismísimo Dios es el Eterno. Todo lo creado es caduco y
ha de regresar a él. Así, ¿no habrá de tener un fin el infierno?
Estas
consideraciones desiderativas conducen a una reflexión más profunda, de mayor
calado filosófico y teológico: la conciliación entre la justicia y la
misericordia. ¿Es posible armonizarlas sin desautorizar a una de ellas?
Se
le atribuye a Dios el grado máximo de las perfecciones. Así, el sentido del
equilibrio de lo que es justo y el perdón. Pero aquí surge una pregunta que no
podemos soslayar: ¿Cómo mantener el equilibrio de la balanza? La justicia habrá
de castigar la iniquidad, en tanto que la misericordia tenderá a absolverla.
Luego, ¿cómo someter el mal a Dios, encarnado en el hombre y en el maligno?
¿Habrá de tener el mal, aunque sea residual la última palabra?
Hagámonos
una pregunta que ya comienza a ser crucial: ¿Hasta qué punto es consciente el
que hace el Mal? ¿No habría de tener para hacerlo con total libertad un
conocimiento superior del Bien? ¿Alguien plenamente consciente del Bien (= el
pleno conocimiento de Dios) se adentraría en el terreno de la maldad infinita?
(= la muerte como meta, sin horizonte divino como desgracia eterna). ¿Dispone
realmente el pecador del libre albedrío?
Si
considerásemos estas reflexiones, ¿no podría encontrarse una vía en la que la
justicia (el castigo al que se hace acreedor el malvado) no haya de entrar en
colisión con el amor supremo (el perdón final y la reconciliación)?
La
carta a los corintios (1 ,13/12) dice que el día del juicio, entonces el hombre
podrá conocer tal y como es conocido, ver como es visto.
→
1 Cor 13 (26) “Porque ahora vemos como en
un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en
parte, pero entonces conoceré como soy conocido”
¿No
significa este texto que aquel día el hombre verá el Rostro del mismo Dios, el
que en su peregrinar por la tierra ha buscado con tanta dificultad, según el
salmo 27?
Entonces,
el día de la segunda de las Postrimerías— y aquí entra el teólogo con el riesgo
de especular buscando una respuesta—, si fuese preguntado si acepta el perdón
definitivo, teniendo plena consciencia de lo que hace al disponer de la
libertad de conocer lo que antes permanecía velado y ahora se le confirma, no
tendría necesariamente que entrar en colisión la justicia y la misericordia,
ofreciéndosele la última.
Según las Escrituras el diablo es el tentador y causa primigenia del mal y sí conoció el Rostro de Dios antes de ser arrojado fuera. Pero, tal vez percibió la omnipotencia y no el amor que encierra la Redención de que el propio Dios se abaje hasta hacerse un hombre entre los hombres en Cristo (Jn, 1) para que puedan conocerlo y volver a él. Por eso Papini y el sentimiento cristiano no se cierran a que en la apocatástasis pudiera entrar también el tentador del hombre.
ÁNGEL MEDINA – Málaga, España
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
· Blog <autor: https://www.facebook.com/novelapoesiayensayo
· Últimas publicaciones autor
https://www.amazon.es/Vaticano-III-Rustica-ANGEL-MEDINA/dp/8416611912
https://www.amazon.es/EL-HOMBRE-QUE-PENSABA-MISMO-ebook/dp/B0859M82YW
%20-.jpg)
