EL REFERENTE
A Cartoneros (gente que sobrevive de
la basura de la Sociedad Actual) y Piqueteros (gente desocupada que corta rutas
para dar a conocer su hambre de dignidad) en la Nueva Argentina presa de una
hereje, cruenta y desacralizada globalización...
Lluvia…
Una fuerte ráfaga de
viento trepidó sobre los árboles y ayudó a la lluvia a cabalgar, enhiesta, por
una ciudad escondida en el miedo tras una fortaleza de muros y techumbres (desde impávidos ventanales, rostros difusos
resbalaron y cayeron como sombras de seres sin sombras).
Las gotas, dispersas al
principio, se aliaron en pocos segundos, y, apretujándose unas con otras,
montaron briosas sobre el corcel del viento gris que, al final del otoño, trae entre
sus dientes pastosos, sueños, melancolías y recuerdos tan oscuros como aquellas
diminutas bombitas acuosas de aciagos presagios.
Y sacudieron el aire.
Lo agitaron y envolvieron, como juramentadas, en un cimbreante hechizo potteriano que conquistó cada molécula de su oxígeno, hasta devorarlo todo y explotarlo, en un instante, como una vandálica sinfonía de liendres húmedas que obnubiló el ambiente y lo cubrió de brumas a la hora del crepúsculo.
“Usted es importante, amigo”, dijo el Referente del distrito. “Y, para que lo sepa, en mérito a su
constancia, le vamos a regalar unas chapitas nuevas para reforzarle el techo al
refugio. Ya los cumpas de la Básica
nos han advertido que la viene pasando brava con cada tormenta que se le viene
de arriba... Y eso es feo, che”.
“¡Maldita lluvia!”, pensó Ramón Castillo. Y tosió como para ahogar
a ese trueno brutal que estremeció la tierra, viniendo desde la aurora y
electrizando el cielo hasta el tenebroso escondite del sol...
“¡Maldita sea”, y se hundió en la cama desnuda y quejosa, como él,
mezclándole su amargo aliento (de vino
malo) e inmundo (es decir, peor que sucio de la miseria de las sobras que, desde el
noreste nacional, lo perseguía de pequeño ultrajándole más su condenada
indignidad...).
“Así que...”, recordó El Referente, “... no se olvide de cumplir como corresponde, ni se me ponga ´alegre´ antes de tiempo. Si se duerme, después de las seis de la tarde se termina la cosa; y, las chapas, bueno... Además, espero que los cien de la villa no fallen. ¿Comprendido, amigo? Nos vemos, ¿eh? Ah, ¡y que viva el Doctor, carajo!”, le instó luego a gritar en tono encendido y adulador. “Sí..., que viva, carajo y caracho”, fue su respuesta desganada y levitada -por el aire aguado- hasta el agujero sin fondo donde las temidas gotas se reclutaban y amalgamaban, cual sólida argamasa, para transformarse luego en látigos violentos que, como guirnaldas de viento y agua, azotaban la enclenque estructura de su rancho en Barrio Acería…
… Que no tuvieron piedad como tampoco la habían tenido antes. Era la seguridad de poder hacerlo. De hecho, lo habían comprobado otras veces... Habían comprobado que, su ahuecado abismo, pequeño pero efectivo (diminuto como un sol ausente) podía conseguir todo aquello a lo que una gotera, precaria y astuta, puede aspirar: la protesta, el desaliento y el irascible gesto del habitante humano que ve asomar su babosa arquitectura, tomar cuerpo y deslizarse, lentamente, en sutil compostura, hasta estallar a los pies cual impertinente intruso (cuajada de burlona sonrisa aristocrática)… Y, detrás de ella, todas las demás; como un cortejo monocorde e infame, vuelto música de palanganas y cacerolas ante la troyana impotencia de su majestad, su excelencia, don Ramón Castillo de Prados y Puertas, actual Ramón de Cuevas y Caños...
“¡Maldita lluvia, malditas chapas, maldito rancho!”, fue su queja
airada y repetida con la lógica furia de un ego arrebatado, mientras peleaba
por clausurar oídos y aliviar la mente afiebrada, torpemente, por el alcohol
barato y el humo de mil cigarros retorcidos...
Se sentía mal. Verdaderamente mal.
“Pobre, pero honrado”, había sido siempre su lema desde que escapara del Chaco hacia el Litoral Argentino, en busca de mejores horizontes. Porque también siempre lo había intentado: discutir con sus hermanos del quebracho por lo que creía justo, más allá de la desdicha o, si se quiere, provinciana austeridad templada por el estómago vacío, los huesos solitarios y transidos, y los músculos trizados por el bolsaje del puerto de Reconquista y la zafra verense algodonera... Cosas heredadas de su padre y un Viejo Coronel luego “engeneralizado” por el pertinaz apostolado de sus compañeros de lucha... Hace mucho, mucho de esto, ¿no? En la sepia década de los ’40… Pero nunca había pedido nada a cambio de la prédica y el esfuerzo solidario. Sólo trabajo, alguna oportunidad de escaparle a la vinchuca, cerrado por el orgullo manso e irreverente de los que quieren crecer con responsabilidad y libertad de conciencia.
Hasta que reventó. Y la
oleada mugrosa lo trajo para la Ciudad del (Puente) Colgante, porque le decían
“La Cordial”...
Es que lo que vivía ahora
era distinto. ¡La pucha! Muertos los veinte, estos treinta y pico que parecían
setenta años, lo venían traicionando y de veras, ¡claro que sí y la pucha! Resignar
su ley y pasar factura. Así era la cosa por estos tiempos y estos lares (aunque miró para atrás e intuyó que
siempre había sido así). Cosa de tonto replanteársela. O de bruto
sentimental… Porque todo el mundo lo hace... ¿O no?
Entonces, el suceso con el que acababa de comprometerse le volvió a agitar la conciencia… Sí, como el techo de su espanto villero, había sido finalmente agrietada por la malicia del poder que no repara en medios para hacerse dominio y demonio. Aunque intentara disimularlo pensando que, allá, en la distancia de su historia personal, otras gotas de recuerdos duros ya la habían resentido y perforado anudándole el alma; y que, desde la hondura sencilla de su propia lástima, comenzaran a asomar, pícaramente (y al modo de esa lluvia traviesa que tanto le atormentara) por el dintel sin luz de unos ojos perdidos y vidriosos...
“Ta bien, Doctor Funes. Yo me
encargo. Ramón no falla. Ramón consigue los cien para que voten; de cualquier
forma: sobrios, chupados, maltrechos o del cogote. Pero que vengan las chapas,
Doctor. Que vengan las chapas...”.
ADRIÁN N. ESCUDERO, Santa Fe (Argentina)
MIEMBRO HONORÍFICO
DE ASOLAPO ARGENTINA
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