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sábado, 20 de febrero de 2021

ARBOLES EN PAZ , Ady Yagur, Israel

 








Imagen de: Árboles y arbustos-Florpedia


ARBOLES EN PAZ

 

Ellos siempre se miran

acariciados por el viento,

junto al  viejo sendero

las aves en ellos anidan.

 

El arbol se agita temeroso 

si alguien quita sus frutos,

el tronco parece que llora

pidiendo que no lo hieran.

 

El bosque pinta de verde

con trinos de primavera.

mientras los niños juegan

disfrutando del paisaje.

 

Arboles de troncos viejos

suelen  tener presencia ,

tienen hojas que en otoño

 amarillean los senderos.

 

Dejemos en paz al bosque

para que arboles crezcan,

ellos nos brindan sombra

sin pedir nada a cambio..

 

 

©ADY YAGUR, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA 

 

 


LA CABINA EN FIN DE AÑO, Salomé Moltó, Alcoy, Alicante, España

 







Imagen de: Infobae.com


LA CABINA EN FIN DE AÑO

 

La cabina de un camión es un reducto pequeño, dos asientos con dos literas atrás. Un gran ventanal, no con vistas al mar, más bien con vistas al asfalto.

La raya blanca, continua o discontinua, es la que más se conserva en la retina.

La cabina cumple multitud de funciones; es comedor, salón, cuarto de aseo, incluso cocina. Es el espacio más pequeño con más cosas concentradas.

Para el conductor es su refugio. Cuelga bolsas con provisiones, productos de higiene personal, incluso un hornillo minúsculo. Aquí se duerme obligatoriamente, se descansa a veces, se piensa mucho y se sueña, mientras las ruedas en su continuo circular te conducen a infinidad de sitios, a lugares sorprendentes, aunque la rutina se circunscriba a áreas de servicios, a interminables cargas y descargas. No hay espacio donde el brazo alargado del conductor no llegue. Atrapa algo de dentro de una bolsa, se lo come mientras imperturbablemente las ruedas tragan y tragan kilómetros.

La imaginación vuela a sitios queridos donde una mujer y unos niños esperan, viven y crecen casi al margen del obligado circular de las incansables ruedas, ruedas que surcan caminos, que unen fronteras, que llevan y traen infinidad de mercancías, mientras el padre, el hijo, el esposo piensa en los suyos, traza mil proyectos ilusionados que se frustran constantemente, porque el conductor casi nunca deja su volante. Nadie ha viajado tanto, nadie ha estado más preso.

Es verlo todo atado a un volante, creer que vuelas pero que nunca llegas.

Es un ser y no ser. Estar en todas partes y no estar en ninguna verdaderamente ni gozar de nada en profundidad. Admirar hermosos paisajes, recorrer los lugares

más recónditos, conocer lo más dispar, tratar a mucha gente sí, pero no gozar de los tuyos, más que en espacios de tiempo fugaces. Y mientras, los niños crecen, la mujer ve apagarse su ilusión, sus proyectos de futuro en convivencia. Los problemas se resuelven solos o no se resuelven, la vida se desarrolla fuera y aparte.

El camionero es consciente de la gran responsabilidad que tiene en las manos, de los que dependen de su salario, de las mercancías que tienen que estar el día y a la hora precisa, también es consciente de la máquina que conduce y que se convertiría en una bomba rodante al más pequeño error. No puede haber ni un momento de flaqueza, ni el más pequeño error, ni la confusión más nimia porque las consecuencias serías funestas.

La máquina es más afortunada que el conductor, el dueño la engrasa, la limpia, la atiende con mecánicos y repuestos adecuados, al conductor se le presiona al infinito, cada vez más y más trabajo. No tienen nada de extraño los accidentes en carretera. Si no hay más no son por las trabas del patrono, sino, por el alto grado de responsabilidad de los conductores.

Y una nochevieja el camionero sale de la cabina telefónica y se mete en la del camión. Los suyos se preparan, allá lejos, para celebrar el fin de año.

Todos están bien, el pequeñín ha tenido un poco de fiebre, la madre lo atiende, ella guarda “eso rojo” de intimidad –le ha dicho– se lo pondrá cuando él vuelva, si queda humor.

Tiene que llegar ineludiblemente a Holanda, le ha dicho el jefe; los suyos están lejos, sin él como siempre.

Es entonces cuando la cabina parece más pequeña que nunca, los gritos del brindis, que oye, más agudos y sin poderlo evitar por la ruda mejilla del camionero se desliza una lágrima.

Las tres rosas rojas que había comprado porque ella iba a acompañarlo en ese viaje, no dirán nada de su pena, se irán marchitando sobre el salpicadero mientras las ruedas siguen su continuo e infinito rodar.

 

©SALOMÉ MOLTÓ, poeta y escritora argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA  

 


INVOCACIÓN AL AMOR VERDADERO EN TIEMPOS DE PANDEMIA, Liana Friedrich, Santa Fe, Argentina







Imagen de: Colombia.com

INVOCACIÓN AL AMOR VERDADERO EN TIEMPOS DE PANDEMIA

Señor, envíanos tu paraclito de amor

para que con su luz verdadera

se desvelen los misterios más ocultos

y la felicidad no tenga fin...

para que la esperanza nos transforme

y la realidad se revele a la vida eterna.

Envíanos tu poderoso espíritu para que el sol no tenga ocaso ...

para que los sin nombre resuciten con el soplo de tu ser.

Que tu sutil presencia nos invada de gozo incorruptible 

y que tu cristalina naturaleza soberana

nos colme por siempre de tu gloria salvífica.


©LIANA FRIEDRICH, poeta y escritora argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

 

 


MI MADRE DECÍA… (Una de gigantes), Adrián Néstor Escudero, Santa Fe, Argentina

 











MI MADRE DECÍA… (Una de gigantes)[1]

A la Lucha. En especial, a los que, como mi madre, Zulema Angélica, sirvieron a la vida para  la Vida, y nos enseñaron y ayudaron a vivirla en plenitud de amor y dación a Dios, al prójimo y a la Naturaleza..  In memoriam.

 

    I - Era un mundo extraño. De gigantes.

    Y no me cansaba describirlo.

   Mi madre decía que yo era un chico inteligente. Muy inteligente. Y sufría al decirlo. Sus razones eran humanas y dolorosas al justificarse: que yo era el mayor de todos mis hermanos y, además, el hombre de la casa. No había más remedio, pues, que salir a vender. Y ella sufría y revolvía mis cabellos al darme la bolsa, diciéndome: Carlitos, sos un chico inteligente, muy inteligente, pero no puedo, no tengo otra salida...

   Y retorcía su rostro y se descomponía anudada por esa tos aciaga que la quebraba en dos, como a esas cañas salvajes que yo veía desmayarse a la vera del río Salado, sacudidas por el vaivén costero del viento desbandado en el húmedo y ceniciento calor de enero. Viento roto y ríspido. Punzante y polvoriento. Plumero sonso y eficiente del puente del ferrocarril que acortaba distancia por el bajío del valle de inundación con que, Santa Fe y Santo Tomé, mis ciudades de sábalos barreros, chijíes amarillos y gorriones tostados, se hacían amigas...

   Un mundo extraño, este. De gigantes.

   Como aquella fantástica mole maciza de hierro y humo leñero, que patinaba por el puente largo y crujiente. Estrepitoso y ronco. “Don; ¡tire dié...!”, gritaba yo. “¡Tire dié...!”. Y una lluvia de centavos brillantes me dejaba feliz y hundido hasta las rodillas en el lodazal de aquel Valle de los Pobres...

   Ah, pero también muchas veces lo había hecho. Eso de tenderme panza arriba y mirar el cielo, y mirarlo. Mirarlo. Con el susurro de un pensamiento exhalado por mi alma errante, arrobada por aquella inmensidad sin límites de espacio o tiempo. Para despojarlo, si la ocasión lo aprobaba, de aquellas coronas de nubes glotonas que yo deshojaba -como a pétalos de cualquier flor (porque todas son hermosas)- para vestirlas luego de ángeles buenos y serviciales…

   La bolsa a un lado.

   Terminaba siempre riendo. Crecer y amodorrarme hasta fundirme en la tenue marea azul de lo Alto era…, un sublime placer. Trepado a ella, yo también era un gigante.

   II - Pero ahora estaba bajo el árbol. Y fue como una escalera.

   Comencé a crecer desde sus raíces y me precipité, enhiesto y corpóreo, hacia el océano espacial. No sé dónde dejé los ojos; pero, por algún lado, yo miraba. Miraba el cielo. Mi cielo.

   Fue increíble derramarme en cada rama. Y penetrarlo con brazadas seguras y firmes, con mis brazos nuevos, de gigante estrenado... En silencio, con todos los sonidos de mis tristezas y angustias difuminadas por el eco pacífico de aquellas verdiamarillas olas mansas.

   “¡Vago! ¡Vago!”, me gritó de pronto. Entonces, desperté.

    “Vago de m...!”, repitió.

   Claro, aquel torpe vecino de cuadra jamás comprendería... Jamás entendería el secreto hablado y habido en la flor de los duraznos, ni la impecable destreza de un primaveral colibrí en celo. Tampoco el valor de los diamantes cristalinos que titilaban en mi cielo...

   Corrí entonces hasta el barrio de casitas blancas contiguo a la villa. Tenía que vender. Por suerte, la bolsa seguía a mi lado.

   Allí también habitaban los gigantes. Como cercando a ese, mi cielo, a mi rancho frágil y a mis cañas salvajes; a mi viento portentoso, a mis trenes fogosos y puentes de acero burilado; y a aquel árbol centenario y bueno que... (Más joven, claro, que el Algarrobo Abuelo de Antonio Agüero, mi después Poeta de las Cosas Simples y Valederas. Sanluiseño, él. Más argentino que yo, sin duda, a pesar de sus ancestros españoles... Los míos; bien criollos. “Hijo, que hay negrura que no es barro; que a esa no te la puedo sacar... Somos de raza, ¿sabés?”. ¡Qué iba a saber!).

   Solo que allí crecían en fila. Hablo del Barrio. De aquel Barrio… Ordenadas las casas, ordenados los árboles, ordenadas las veredas, ordenadas las calles (aún más gigantes que mis zanjas de aguas rústicas y putrefactas), ordenados los autos…

   III - Golpeé la puerta.

   Tuve un susto cuando su porte lustrado desperezó un ojo metálico y vivaz. Un chispazo de terror apenas.

   Luego, sentí como un agitado trotar tras los muros de la casa. Y un grito agudo. Un grito de semilla de gigantes. Un grito de aquellos críos que, cuando crecen, vuelven a poblar a este mundo de gigantes...

   “¡Mamá!” –pude escuchar claramente. “Es uno de esos chicos pobres que venden cosas”. “¿Y qué vende, hijo?” “No sé. Pero tiene una bolsa”. “Bueno, ya voy... Decile que espere un poco; que ya voy...”.

   Y fue así como, entre el espanto y la audacia, pude ofrecerle lo que llevaba. Era una amable señora la que atendió. Una gigante hembra y de lo más extraña; porque todo lo que hay en este planeta me parece extraño. Vivo en un planeta extraño.

    Es que lo que ella notaba sería fácil de describir (y no me canso de hacerlo desde aquella vez). Pero claro que, para mí, fue más difícil imaginarme como ella me veía: negro como soy y colorado como un tomate.

   Sí, me observó de cabo a rabo (una expresión que tomo, lo confieso, de mi tío, el intelectual de la familia). Así como yo miraba al cielo, así me miró.

   Hasta que una mueca extraña, como extraño el planeta, le curvó los labios rojos, rojos, recién pintados quizás y semiocultos aún por la ceniza volátil del cigarrillo que hormigueaba entre sus dedos finos, nerviosos y enmantecados.

   No compró nada. Dijo que eran caros. Y que mis padres no sé qué. Yo tomé la bolsa y me fui. Detrás de ella, el crío sacó –de entre los dientes- una lengua llena de dulce de leche, y se burló. No entendí nada. Como no entendía al inmundo (perdón: torpe) vecino, de mi cuadra villera, que me decía… “vago”.

  De todas formas, aquel mundo era para mí un mundo extraño. De objetos y seres gigantes que no podía comprender ni alcanzar. Excepto con mi voz, o con mi mente, si prefieren...   

  El sol terminaría aquel día (como todos los días), hundiéndose entre las cortinas verdinegras de las quintas aledañas, y yo comenzaría de nuevo a mirar el cielo (mi cielo), ahora estrellado y entramado por inciertas ecuaciones de vida. Y sabría cuánto y de qué modo había navegado mi planeta hacia Dios. De algún pequeño inmigrante (gigante bueno) -primo marinero- lo había aprendido (Aunque, ¿saben? No sería de él sino de mi madre de quien heredaría el mejor de los tesoros: la fe en Dios -donde estaba papá-. Creo que eso, finalmente, me salvó. Estoy seguro).

   Colofón - Aquella noche hubo sopa de arroz.

   La luna prestó la luz que nuestros viejos candiles no pudieron dar (porque el almacén de la esquina ya no fía más velas).

   Lo cierto es que, entre sueños, volví a escuchar.

   Mi madre decía que yo era un chico inteligente. Muy inteligente. Y sufría al decirlo. Quizás por la manera de referirle yo todas estas cosas. En la sobremesa. O en su regazo, más tarde. Nunca lo sabré.

   Pero eso sí; quizás mi madre tenga razón y sea yo un chico inteligente. Cuando cumpla seis años y vaya al colegio, dejaré de vender limones, y escribiré un libro...

   Seré un gigante.-

 

©ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

 


[1] ADRIÁN N. ESCUDERO - Santa Fe (Argentina), 1986. T.a.: 26-04-2006 y 18-09-2020.

 


BAILECITO, Justina Cabral, Mar Del Plata, Argentina

 








Imagen de: iStock


BAILECITO

 

El perro va tras la rueda,

aquella que mira al sol.

La rueda da un paso atrás...

¡Que bailecito se armó!

 

El perro no solo baila,

también se suma la flor,

una turba de gorriones

y un divertido melón.

 

Una nube muy viajera

muy coqueta se peinó

para salir de paseo

y padeció un sacudón.

 

¿Su destino? Algún zapato

con amarillo cordón.

Me temo que es ese el mío...

y te lo confirmo yo.

 

©JUSTINA CABRAL, poeta y escritora argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

 

 


LA PREGUNTA DE UNA NIÑA, Jaime Vélez Ramírez, Medellín, Colombia

 







Imagen de: recreo viral


LA PREGUNTA DE UNA NIÑA.

 

Dónde queda la muerte

preguntó la niña de ojos claros,

dónde queda la muerte

repetí yo acongojado.


La muerte, se me ocurre,

habitará en las estrellas,

en las aguas, en los montes,

en los hombres, en los prados.

 

Dónde queda la muerte

me repito acongojado;

que le podré explicar

a la niña de ojos claros.

 

Dónde queda la muerte?

talvez en los cementerios,

en el fondo de los mares,

talvez en mí, talvez aquí, talvez allá.

 

Nada podré decirle

porque mucho la he buscado,

en la noche y en el día

y el firmamento estrellado.

 

Agosto 6 de 1975.

 

RESPUESTA A LA PREGUNTA DE UNA NIÑA

 

Dónde queda la muerte

preguntó la niña de ojos claros,

y hace veinticinco años no supe contestar.

 

La muerte se me ocurre,

es un lugar sin penas ni alegrías,

donde no existe el tiempo,

donde no hay noches pero tampoco días.

 

Por dolorosa que sea, la vida duele más,

no hay recuerdos, tensiones ni pasiones,

no nos deleitan las canciones

pero tampoco dejamos nada atrás.

 

La muerte es un lugar

donde después de todo, se puede descansar,

no vemos la lluvia, los lagos ni el rosal,

pero tampoco vemos las espinas, el dolor ni el mal.

 

 Julio 22 de 2000.

 

©JAIME VÉLEZ RAMÍREZ, poeta y escritor colombiano

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


sábado, 13 de febrero de 2021

HISTORIA, Rodolfo Leiro, Buenos Aires, Argentina

 










HISTORIA

 

Si la historia de mi vida turbulenta

acuñara sobre un témpano en deriva,

y en el viento tormentoso de la herida,

que fue nervio de mi lirica violenta,

 

estallara en erupción, nupcial palmenta,

tras el beso de una dama, la querida,

la del labio que te miente y que te olvida

como un parto sin cordón y sin placenta,

 

es posible, fascinante, larga cuenta

de una arteria pedernal que solo ostenta

el vil rostro del fracaso y su temario,

 

que ya solo, lamentable, como afrenta

de este duelo de dolor que me sustenta,

me esculpiera en ataúd de mi glosario.

 

Palmenta: carta a una amante

 

Del Libro “Hebras de Plata Ed.Creadores Argentinos 2012 

 

©RODOLFO LEIRO, poeta y escritor argentino

MIEMBRO FUNDADOR Y PRESIDENTE HONORARIO DE ASOLAPO ARGENTINA

 


LAS LÍNEAS DE LA VIDA, Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina

 









Imagen provista por el autor


LAS LÍNEAS DE LA VIDA

 

El fuego fluye;

sucede cauteloso.

Un resplandor de claridad nueva

ilumina destinos remotos

con la crueldad del ojo.

Las líneas de la vida

son profundos presagios,

cielos submarinos,

senderos musgosos,

más allá de los soles y las lunas

de las cosas que callan.

 

En la tarde asustada,

una secreta herida.

 

“Otro  él”,  poemas. L. A. -  Ediciones  del  Valle,  Buenos  Aires,  2000.

 

©LUIS ALPOSTA, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA

 

 


EN LA NOCHE DESPIERTA DEL OTOÑO, Carlos Penelas, Buenos Aires, Argentina

 











Imagen de: Pinterest


EN LA NOCHE DESPIERTA DEL OTOÑO

 

Ahora que flotan tus vestidos en las aguas,

ahora que tu voz cruza  lutos y  banderas anarquistas,

siento la lluvia y la derrota en este asombro,

en un parque de rostros primitivos.

Los espejos ocultan esa otra incertidumbre,

esas piedras silvestres de los montes

como si se tratase de pescadores o mujeres con velas

desaparecidos en la tormenta o en el odio.

(Esta ciudad cambió mi vida

una noche que contemplé el mar desde la niebla).

Aun rompe el tiempo el pájaro que reposa

sobre el árbol. Aún ofrece al viento el desatado

recuerdo de sus cabellos, la penetrante soledad

murmurando tus senos, sostenidos e intensos.

Y la luz silenciosa y alta del verano

vaga en este sentir melancólico, absoluto

anhelante de claridades. Impaciente.

 

©CARLOS PENELAS, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA