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sábado, 28 de septiembre de 2024

LA MUJER DE OTRO - Abelardo Castillo, Buenos Aires, Argentina

 



LA MUJER DE OTRO

Supongo que siempre lo supe; un día yo iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche.

La casa es más o menos como la imaginaba, una casa de barrio, en Floresta, con un jardín al frente, si es que se le puede llamar jardín a un pequeño rectángulo enrejado en el que apenas caben una rosa china y dos o tres canteros, cubiertos ahora de maleza. No sé por qué digo ahora. Pudieron haber estado siempre así. Hay un enano de jardín, esto sí que no me lo imaginaba. El marido de Carolina me contó que lo había comprado ella misma, un año atrás. Carolina había llegado en taxi, una noche de lluvia; dejó el automóvil esperando en la calle y entró en la casa como una tromba. Tengo un auto en la puerta y me quedé sin plata, le dijo, págale por favor y de paso bajá el paquete con el enano.

-Usted la conoció bastante -me dijo él, y yo no pude notar ninguna doble intención en sus palabras-. Ya sabe cómo era ella.

Le contesté la verdad. Era difícil no contestarle la verdad a ese hombre triste y afable. Le contesté que no estaba seguro de haberla conocido mucho.

-Eso es cierto -dijo él, pensativo-. No creo que haya habido nadie que la conociera realmente. -Sonrió, sin resentimiento. -Yo, por lo menos, no la conocí nunca.

Pero esto fue mucho más tarde, al irme; ahora estábamos sentados en la cocina de la casa y no haría media hora que nos habíamos visto las caras por primera vez.

Carolina me lo había nombrado sólo en dos o tres ocasiones, como si esa casa con todo lo que había dentro, incluido él, fueran su jardín secreto, un paraíso trivial o alguna otra cosa a la que yo no debía tener acceso. Esta noche yo había llegado hasta allí como mandado por una voluntad maligna y ajena.

Desde hacía meses rondaba el barrio, y esta noche, sencillamente, toqué el timbre.

Él salió a abrirme en pijama, con un sobretodo echado de cualquier modo sobre los hombros. Le dije mi nombre. No se sorprendió, al contrario. Hubiera podido jurar que mi visita no era lo peor que podía pasarle.

-Perdóneme el aspecto -dijo él-. Estoy solo y no esperaba a nadie.

Tenía la apariencia exacta de eso que había dicho. Un hombre solo que no espera a nadie.

Yo había tocado el timbre sin pensar qué venía a decirle, sin saber siquiera si venía a decirle algo. No tenía la menor excusa para estar en esa casa a la diez de la noche. La situación era incómoda y absurda, si es que no era algo peor.

-Pase, pase -decidió de pronto-. Me cambio en un minuto.

-No, por favor. —Pensé decirle que mejor me iba; pero me interrumpió mi propia voz. -No tiene por qué cambiarse.

Sólo me faltó agregar que podía andar vestido como quisiera, que, al fin de cuentas, el marido de Carolina había sido él y que ésta era su casa. De todas maneras, yo no tenía ningún interés en que se cambiara. Tal vez haría bien en callarme lo que sigue, pero sentí que, cualquier cosa que fuera lo que yo había venido a buscar, me favorecía estar bien vestido, frente a ese hombre en pantuflas y con un sobretodo encima del saco del pijama. Eso, al llegar: ahora, las cosas habían variado sutilmente. Él estaba de verdad en su casa, en su cocina, junto a una antigua estufa de hierro, confortablemente enfundado en su pijama, y yo me sentía como un embajador de la Luna.

-¿Toma mate?- me preguntó con precaución. Es increíble, pero le dije que sí. Tomar mate era un modo de permanecer callado, de darse tiempo.

-Carolina, con toda su suavidad y sus maneras, a la mañana, a veces también tomaba mate. Era muy cómica. Chupaba la bombilla con el costado de la boca, como si jugara a ser la protagonista de una letra de tango. No, no era eso. Tomaba mate con cara de pensar.

-Usted se preguntará a qué vine.

-No. Nunca me pregunto demasiadas cosas, y siempre supe que algún día íbamos a encontrarnos. -Sonrió, con los ojos fijos en el mate. —Pero, ya que lo dice: a qué vino.

Quise sentir agresión o desafío en su voz. No pude. La pregunta era una pregunta literal, sin nada detrás. O con demasiadas cosas, como aquello de la cara de pensar de Carolina, por ejemplo. Yo conocía y amaba esa cara. La había visto al anochecer, en alguna confitería apartada, mientras ella miraba su fantasma en el vidrio de la ventana, sorbiendo una pajita. La había visto de tarde, en mí departamento, mientras ella mordía pensativamente un lápiz, cuando me dibujaba uno de aquellos mapitas o planos de lugares y casas en los que había vivido de chica, casas y lugares que por alguna razón parecían estar más allá de las palabras y de los que siempre sospeché que jamás existieron, o no en las historias que ella contaba. Bueno, sí, yo también había mirado muchas veces esa cara ausente y desprotegida, más desnuda que su cuerpo, pero nunca la había mirado de mañana, mientras Carolina tomaba mate. Pensé que tal vez debería estar agradecido por eso, sin embargo no me resultó muy alentador. Me iba a pasar lo mismo más tarde, con la historia del enano.

Él acababa de preguntarme a qué había venido.

-No sé. -Hice una pausa. La palabra que necesité agregar era deliberadamente malévola. -Curiosidad — dije.

-Me doy cuenta -murmuró él.

No sé qué quiso decir, pero causaba toda la impresión de que sí, de que en efecto se daba cuenta.

Llegué a mi departamento después de la una de la mañana, lo que significa que estuve con él cerca de tres horas, sin embargo no recuerdo más que fragmentos de nuestra conversación, fragmentos que en su mayor parte carecen de sentido. Hablamos de política, de una noticia que traía el diario de la noche, la noticia de un crimen. Hablamos de la inclemencia del invierno en Buenos Aires. Ahora tengo la sensación de que casi no hablamos de Carolina.

En algún momento, él me preguntó si yo quería ver unas fotos.

-Fotos —dije.

No pude dejar de sentir que esa proposición encerraba una amenaza. Imaginé un álbum de casamiento, fotografías de Carolina en bikini, fotografías de los dos riéndose o abrazados, sabe Dios qué otro tipo de imágenes.

-Fotos -repitió él-. Fotos de Carolina. Hice uno de esos gestos vagos que pueden significar cualquier cosa.

-Es un poco tarde -dije.

-No son tantas -dijo él, poniéndose de pie-. Hace mucho que no las miro.

Salió de la cocina y me dejó solo. Yo aproveché la tregua para observar a mi alrededor. Intenté imaginar a Carolina junto a esa mesada, o, en puntas de pie, tratando de alcanzar una cacerola, un hervidor de leche. Tal vez era algo como eso lo que yo había venido a buscar a esa casa. En una de las paredes vi dos cuadritos muy pequeños. Me levanté para mirarlos de cerca. No me dijeron nada. Eran algo así como mínimas naturalezas muertas. Ínfimas cocinas dentro de otra cocina. Cómo saber si ella los había colgado, cómo saber si habían significado algo el día que los eligió. Cuando él volvió a entrar, traía un pantalón puesto de apuro sobre el pantalón del pijama, y un grueso pulóver, que me pareció tejido a mano.

Traía también una caja de cartón. Se sentó un poco lejos de mí y me alcanzó la primera fotografía: Carolina sola. Detrás, unos árboles, que podían ser una plaza o un parque. Descartó varias y me alcanzó otra. Carolina sola, arrodillada junto a un perro patas arriba. Miró tres o cuatro más, una de ellas con mucho detenimiento. Las puso debajo del resto, en el fondo de la caja, y me alcanzó otra. Carolina sola.

Entonces sentí algo absurdo. Sentí que ese hombre no quería herirme.

-Ésta es linda -dijo.

Carolina, junto a un buzón, se reía.

-Sí -dije sin pensar-. Era difícil verla reírse así. Él me miró con algo parecido al agradecimiento.

-Nunca había vuelto a mirarlas. Solo es distinto.

-Usted no está en ninguna de las que me mostró —le dije.

-Bueno, yo era el fotógrafo -dijo él.

Poco más o menos, es todo lo que recuerdo. O todo lo que sucedió esta noche.

Le dije que tenía que irme y él me acompañó hasta la puerta de la entrada, no hasta la verja. Fue en ese momento cuando me contó la historia del enano. Después yo estaba descorriendo el cerrojo de hierro y oí su voz a mi espalda.

-Era muy hermosa, ¿no es cierto?

Salí, cerré la verja y le contesté desde la vereda.

-Sí -le dije-. Era muy hermosa.

Me pidió que volviera algún día. Le dije que sí.

 

ABELARDO CASTILLO – Buenos Aires, Argentina


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www.carlospenelas.com


sábado, 21 de septiembre de 2024

CARTA AL AMANTE - Teresinka Pereira, Brasil

 











CARTA AL AMANTE


Llego a casa y releo tu carta
con metáforas secretas
y tu vigilante palabra de
pasiones secretas...

Llego a casa y te miro
con mi recuerdo de cada día,
unos ojos tristes entendiendo
los semblantes del agua que
circunda nuestra simulada isla.

Abro la puerta de mi habitación
y la encuentro vacía e inútil,
mi cama fría, la noche
terminando humedecida
de nostalgia.

¡Que largo esperar este instante
que se calló perdido en
el deseo, como un sueño
desmemoriado! Hay un temblor
en mi boca desnuda cuando
te nombro e incansablemente
te reinvento hoy día
y para siempre: AMOR!


TERESINKA PEREIRA – Brasil

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

EL SILENCIO DE DIOS - Guillermo Fernández del Carpio, Arequipa, Perú

 



EL SILENCIO DE DIOS


Yo suelo visitar aquel lugar algunas tardes
y meditar el transcurrir de mis años frente al mismo Dios.
Aquella hostia ensangrentada brilla más que el mismo sol,
fruto de su creación.


Por momentos no sé qué decirle,
luego brotan palabras del alma y una oración.
Aquella hostia ensangrentada es el silencio de Dios.
Aquel lugar es un pequeño espacio de todo el universo.

Al despedirme, añoro el pronto regreso al lugar donde Dios hace silencio.

Ya de niño solía ir a aquel lugar,
para rezarle al cielo hecho pan.
Se respira un aroma a flores de eternidad,
se siente un abrigo que calma el frío de la soledad.
Sé que Cristo escucha la última palabra
que habita silente en mi interior.
Esa palabra que yo ni siquiera conozco,
que puede ser el devenir de mi vocación,
o quizás mi principio,
o quizás mi final.
Imagino que el infinito es un eterno silencio.
Mi oración consta de frases muy sencillas,
que están pintadas en mi pobre corazón.

Al despedirme, añoro el pronto regreso al lugar donde Dios hace silencio.



GUILLERMO FERNÁNDEZ DEL CARPIO, Arequipa, Perú


MIEMBRO HONORIFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

SIN SANGRE - Ady Yagur, Israel















SIN SANGRE


Pueblos sin sangre ilesos
el alba oculta los sueños,
en la aurora que asoma
sin estampidos de balas.

Ojos se cubren de rocio
mirando solo al futuro,
mientras la guerra dura
con su rostro de muerte.

Primavera que asoma
entre ramas con gajos,
de un verde aun leve
perdido en el tiempo.

Pueblos oran al cielo
otros lamen heridas,
con el llanto detenido
en la tibieza humana

Bellos prados de miel
las banderas flamean,
adornando a balcones
mientras anhelo la paz..

ADY YAGUR – Israel
MIEMBRO HONORÍFICO DE
ASOLAPO ARGENTINA

HALO DE VIDA - Favio Ceballos, Baigorria, Santa Fe, Argentina

 













HALO DE VIDA


En un anillo dorado
que al sol rodea discreto
y en su esfericidad, concreto
nos acerca el verbo amado

cuando comprendo el loado
fulgor del ser, comprometo
en descarriado soneto
que mi destino ha salvado.

Furia del sol con la nube
que lo cubre aunque pequeña
tapa su luz al humano

así este sol que no tuve
no mata pues no desdeña
el sol que escribe en mi mano.



FAVIO CEBALLOS – Baigorria, Santa Fe, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

SENSACIONES DE MUJER - Salomé Moltó, Alcoy, Alicante, España

 













SENSACIONES DE MUJER


AYER

Y son muchos los sabores
que he dejado en el camino


HOY

De mil encantos embriagada
voy andando el sendero
con tu hermosa esperanza.


ENSOÑACIONES

Montada en viril corcel
por los dorados campos
a trote ligero y suave
y ondulando al viento las mieses
voy recorriendo gozosa
este mar de vibraciones.

REALIDAD

Son días tediosos
sin color ni alegría
un alma angustiada
por desidia y la pena.


SALOMÉ MOLTÓ – Alcoy, Alicante, España

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGEN
TINA

¿¡ SOBRE LA T R I S T E Z A !? - Floreal Rodríguez de la Paz, Alicante, España

 













¿¡ SOBRE LA T R I S T E Z A !?


¿Cómo nace la frustrante Vil Tristeza?
¡Su origen no se presta a juegos de duda!
¡Se forma cuando germinan los prejuicios!
Irrumpe, cuando improvisa el ánimo.
¡Se impone marcando circunstancias!
¡Es la ignorancia de las truculencias!
Nace la tristeza del estado pusilánime.
¡No suele hacer daño, pero determina!
Su mayor fuerza ‘es toque de atención’.
Acompañada la tristeza con sus dudas.
Los harapos de tristeza son vergonzante.
No se desea, no se busca; frustra el ánimo.
¡Vivir triste es inaguantable, quimérico!
Fuera siempre la tristeza, brevedad fugaz.
¿Y cuando participa la tristeza en el ánimo?
¡Todo es penuria, tinieblas confusas, lodo!
No necesitamos de la Tristeza sus penurias.
¡Necesitamos de la Vida, disfrutarla, vivirla!

Septiembre 2024


FLOREAL RODRÍGUEZ DE LA PAZ – Alicante, España
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

ACERCA DE UNA “CHACARERA LUNFA” – Luis Alposta – Buenos Aires, Argentina

 




 



Pintura de Florencio Molina Campos

La tradición oral nos dice que la chacarera nació en Santiago del Estero, más precisamente en Salavina. El hecho de que haya algunas con letras escritas en quichua santiagueño, es algo no desestimable a la hora de atender a esta teoría.

               La mención más antigua que se registra sobre esta danza fue hallada por Isabel Aretz, en las "Memorias de Florencio Sal", publicadas en Tucumán (en abril de 1913). En este libro se dice que la chacarera se comenzó a bailar en el noroeste de la Argentina, especialmente en la provincia de Santiago del Estero, y que hacia 1850 se bailaba en Tucumán.

            Su nombre proviene del vocablo «chacarero», ‘trabajador en una chácara o chacra’ (chakra: ‘maizal’, en quichua santiagueño), porque generalmente se bailaba en el campo, aunque lentamente hizo avance y llegó a las ciudades.

            Pero aquí la historia que nos ocupa es otra.

            Fue en septiembre de 1986, en el barrio de Coghlan, como respuesta a la sugerencia de un vecino que me invitó a escribir una chacarera “en lunfardo”. Y la escribí.

            ¿El tema? Un santiagueño que nos habla de su viaje a Buenos Aires, de su aclimatación al ambiente tanguero y de su fidelidad al pago.

            El vecino de la sugerencia fue Horacio Guarany.

            ¡Y se va la primera!


CHACARERA LUNFA


Aunque mi parla es diquera
-lo está anunciando el rasguido-,
junen que a la chacarera,
muchachos, nunca la olvido.

En un tren de trote tardo
a Buenos Aires bajé,
y entre el gotán y el lunfardo
debute me aquerencié.

No piensen que es un renuncio
si es que cambié de tonada,
que igual las “eses” pronuncio
y aquí no ha pasado nada.

Siempre recuerdo a mi gente
y el canto de los coyuyos,
aunque role en otro ambiente
y haya cambiao mi chamuyo.

En el amor no ando en llanta.
Transito la misma costa.
Sigue siendo mi percanta
una santiagueña posta.

Cuando estoy con la viaraza
y empiezo a darme manija,
la bombacha bataraza
la saco de la valija.

Y si hoy mi parla es canchera
y un poco me aporteñé,
junen que a la chacarera,
muchachos, no la olvidé.


LUIS ALPOSTA - Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA

Musicalizada por Aldo Videla - Grabada por Carlos César
Click: https://www.youtube.com/watch?v=WyPvJ-CnR5I&t=50s

POR UN ALFAJOR - Norberto Pedro Malaguti – Buenos Aires, Argentina



POR UN ALFAJOR

Sabía que había varios compañeros del curso que se colaban en el tren, cuya estación estaba a un centenar de metros del Colegio Reconquista, pero yo por timidez, temor o estúpida moralina, nunca me animaba.

Algunos lo hacían para comprar algo más en el buffet, yo salteaba ese paso del almuerzo para ahorrar y poderme comprar un libro, esas novedades atractivas que aparecían en la vidriera de la Librería Bautista,

De Urquiza a Migueletes, dos estaciones, ¿qué podía pasar?, me preguntaba, hasta que me animé. Si me ahorro el boleto, me podría comprar otro libro más.

Las primeras coladas fueron con algún compañero, pero empecé a preferir estar solo pensado que era más fácil pasar desapercibido.

La técnica no era compleja: ver por dónde subía el chancho después de dar la orden de salida con su silbato, y yo subir lo más alejado posible.

Pero un día la estrategia falló, y me atrapó. Sólo intenté decirle que me había quedado sin plata, pero era inflexible. 

Me amenazó con que me bajaría en la próxima estación y que deberían retirarme mis padres; eso era terrible, pues esta falta de conducta era intolerable.

El tren por no sé qué razón, paró entre barreras, llegando casi a la estación Pueyredón, y allí pensé en saltar, pero el guarda (el chancho) me tenía bien bloqueado

De pronto se me ocurrió la última excusa.

-Señor, le diré la verdad, sabe, mis papás me dan la plata justa y como tengo una compañera en el aula que me vuelve loco, me gasté la plata del viaje y le regalé un alfajor.

No sé por qué experiencias amorosas pasó ese hombre, pero lo cierto es que todo cambió, me retó con energía y me dijo: -Te bajas en la próxima y no quiero verte nunca más.

Menos mal que el chancho no sabía que mi cole no era mixto.


NORBERTO PEDRO MALAGUTI – Buenos Aires, Argentina


¿TENEMOS LIBERTAD CUANDO TOMAMOS UNA DECISIÓN? - Antonio Las Heras, Buenos Aires, Argentina

 



¿TENEMOS LIBERTAD CUANDO TOMAMOS UNA DECISIÓN?

¿Los seres humanos gozamos de "libertad" o de "libre albedrío"?. En uno u otro caso, ¿Cómo se ven afectadas nuestras decisiones?

Investigaciones experimentales permitieron demostrar que el acto motor cerebral precede al momento en que la persona siente la necesidad de llevar a cabo tal o cual hecho. Dicho de otro modo: primero tiene lugar lo que puede denominarse una actividad preparatoria del cerebro y recién después –hasta fueron medidas diferencias de medio segundo– aparece en la consciencia de la persona la decisión de realizar el acto. Hallazgos de esta índole llevan a suponer que las decisiones humanas podrían estar predeterminadas por la interacción de las neuronas que constituyen el cerebro.

Otros estudios, realizados con neuroimágenes, constatan que el cerebro toma la decisión de – por ejemplo – apretar un botón entre varios posibles, hasta siete segundos antes de que la persona tenga la decisión consciente de hacerlo. Pareciera así que lo que denominamos “decisiones conscientes” no serían más que el resultado de una determinación previa cerebral. Esto es lo mismo que afirmar que cada acontecimiento que ocurre en la vida humana – y que, imaginamos, producto de una decisión racional consciente – no es otra cosa que el resultado de un conjunto de reacciones físicoquímicas.

Libertad y libre albedrío

Si fuera de ese modo la libertad humana no sería más que una ilusión de cumplimiento imposible. Definiendo libertad como aquella acción que la persona realiza sin ningún tipo de condicionamiento, fuera de la deducción racional y reflexiva que le permite efectuar una elección a consciencia plena.

Esgrimiendo esta legítima definición de “libertad” podemos concluir rápidamente que la misma es inaccesible al humano en general. Agregar, a la vez, que la búsqueda de esa “Libertad” con mayúsculas ha sido el propósito de aquellos que en la antigüedad formaron sociedades secretas –las llamadas ordenes iniciáticas o escuelas de sabiduría– intentando un pasaje de regreso a los Tiempos Primordiales, que todos los libros sagrados relatan como el momento en que el humano estaba capacitado para el ejercicio de aquella añorada Libertad.

Habida cuenta de lo reseñado, lo que se mantiene como hecho concreto es la capacidad que el humano tiene para ejercer su “libre albedrío”, que es una escala bastante menor que la Libertad.

Puede definirse al “libre albedrío” como la habilidad para elegir, a través de la consciencia, una opción entre varias otras. Lo que implica que el libre albedrío no permite una elección absolutamente libre sino acotada a una determinada gama de posibilidades previamente conocidas.

Y esto es así porque también la moderna Psicología de lo Inconsciente surgida a comienzos del Siglo XX con el Psicoanálisis de Sigmund Freud y las amplifica-ciones realizadas por su discípulo disidente el sabio suizo Carl Gustav Jung ha demostrado que las decisiones conscientes siempre están sustentadas (o sutilmente conducidas) por los contenidos albergados en lo inconsciente.

La consciencia es, pues, una herramienta muy precaria si lo que se busca es darse permiso para una vida mejor. De allí que toda propuesta para indagar tanto en lo inconsciente personal como en lo que Jung denominó “inconsciente colectivo” (ese estrato psíquico donde moran las estructuras arquetípicas que hacen a la esencia de la Humanidad) se torna ineludible).

Tanto los rituales chamánicos como las técnicas arcaicas del éxtasis –expuestas por Mircea Eliade– las ceremonias iniciáticas, la práctica de estados alterados de consciencia así como los distintos abordajes psicoterapéuticos, sin dejar de señalar las vivencias místicas o esotéricas. Son caminos posibles para este encuentro con las fuerzas intrapsíquicas que son las que – en verdad– determinan nuestras decisiones conscientes.

Sólo quienes se atreven a recorrer las temibles cavernas del Infierno pueden conocerse a sí mismos. Claro que para salir indemne de la visita infernal es imprescindible viajar acompañado –como lo hace el Dante en la Divina Comedia– por algún Hermano Experto. Esto es, alguien que previamente estuvo allí… y regresó. Pues ninguno puede hacerlo solo.

El encuentro con Uno Mismo es la vivencia más temible y aterradora que la consciencia pueda imaginar.

El sendero de la individuación

Precisamente, lo que C. G. Jung llamó Individuación, es el sendero que cada persona debe recorrer para –como expresó Píndaro hace 25 siglos-, convertirse en quien, realmente. Es: Uno Mismo. Único e irrepetible. Pero, claro, es un sendero sin certezas previas que exige adentrarse en horizontes desconocidos. Sólo un mayor conocimiento de quien uno es permite esclarecerse en lo que a uno lo rodea y, de allí en más, tomar decisiones con elevado grado de Libertad. Libertad que nunca será total, absoluta; pero sin de mayor alcance.

Explica el Dr. Murray Stein –discípulo de Carl Gustav Jung- que “las dudas y las angustias asaltan a la persona que se encuentra en mitad de un proceso de Individuación. Un caos aparente y grandes dosis de incertidumbre acompañan este viaje psicológico que persigue alcanzar una nueva integración y una mayor consciencia.”

Cualquier persona puede hacerlo. Sólo hay que atreverse. Iniciar el recorrido y seguirlo; seguirlo siempre pues siempre es posible aumentar la evolución de la consciencia.

ANTONIO LAS HERASBuenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA

Dr. en Psicología Social y magíster en Psicoanálisis, filósofo, parapsicólogo e historiador. www.antoniolasheras.com