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sábado, 6 de julio de 2024

LA BALADA DEL BOLUDO – Isidoro Blaisten - Concordia, 12 / 1 / 1933 - Buenos Aires, 28 / 8 / 2004 – Argentina. *Grabada por Gian Franco Pagliaro

 








LA BALADA DEL BOLUDO

 


Por mirar el otoño perdía el tren del verano. Usaba el corazón en la
corbata. Se subía a una nube, cuando todos bajaban.
Su madre le decía
No mires las estrellas para abajo,
no mires la lluvia desde arriba.
No camines las calles con la cara,
que ensucias la camisa;
no lleves tu corazón bajo la lluvia, que se moja.
No des la espalda al llanto,
no vayas vestido de ventana,
no compres ningún tílburi en desuso.
Mirá tu primo el recto
que duerme por las noches.
Mirá tu tío el justo
que almuerza y se sonríe.
Mirá tu primo el probo
puso un banco en el cielo.
Tu cuñado el astuto
que ahora alquila la lluvia.

Tu otro primo el sagáz,
que es gerente en la luna.
—Tienes razón, mamá —dijo el boludo
y se bebió una rosa.
—No seré más boludo—
y se bajó del viento.
—Seré astuto y zahorí—
y dio vuelta una estrella para abajo
y se metió en el subte
y quedaron las gaviotas en el río.
Entonces vinieron los parientes ricos
y le dijeron:
—Eres pobre, pero ningún boludo.
Y el boludo fue ningún boludo
y quemaba en las plazas
las hojas que molestan en otoño.
Y llegó fin de mes.
Cobró su primer sueldo
y se compró cinco minutos de boludo.
Entonces vinieron las fuerzas vivas
y le dijeron:
—Has vuelto a ser boludo, boludo.
—Seguirás siendo el mismo boludo de siempre.
—Debes dejar de ser boludo, boludo.
Y medio boludo,
con esos cinco minutos de boludo,
dudaba entre ser ningún boludo
o seguir siendo boludo para siempre.
Dudaba como un boludo.
Y subió las escaleras para abajo,
hizo un hoyo en la tierra
miraba las estrellas.
La gente le pisaba la cabeza,
le gritaban boludo.
Y él seguía mirando
a través de los zapatos
como un boludo.
Entonces vino un alegre y le dijo:
—Boludo alegre.
Vino un pobre y le dijo:
—Pobre boludo.
Vino un triste y le dijo:
—Triste boludo.
Vino un pastor protestante y le dijo:
—Reverendo boludo.
Vino un cura católico y le dijo:
—Sacrosanto boludo.
Vino un rabino judío y le dijo:
—Judío boludo.
Vino su madre y le dijo:
—Hijo, no seas boludo.
Vino una mujer de ojos azules y le dijo:
—Te quiero.



ISIDORO BLAISTEN - Concordia, 12 / 1 / 1933 -
Buenos Aires, 28 / 8 / 2004 – Argentina

“PAPELES PÓSTUMOS DEL CLUB PICKWICK” - Rolando Revagliatti, Buenos Aires, Argentina

 












“PAPELES PÓSTUMOS DEL CLUB PICKWICK”


Para los póstumos papeles el señor Pickwick juega al whist y bebe su ponche frío
diserta de pie sobre el sillón de Windsor
entre aplaudido y aplaudido con vehemencia
con carismático pickwicknianismo el señor Pickwick
se deja otear oteando con el catalejo que extrae de su impecable gabán
estimula instruye ordena reconviene aconseja disuade a su cochero
y en su cuaderno de apuntes apunta observaciones sobre la tenacidad de los caballos por la
vida
y casi perece sospechoso en el mar de una trifulca
sobrenada
sin eludir desprecio y puñetazos
según consta en las actas del club

El señor Pickwick a la caza de su sombrero, grajos y otras aves
y de cierto hallazgo con forma de piedra por diez chelines
y de las veintisiete interpretaciones (la inscripción en la piedra) de su propio cacumen
el malinterpretado señor presidente
y su enamorada, patrona y demandante, la matrimoniable viuda Bardell
de tan enseñoreada incidencia en el augusto meollo
(y la señora de Leo Hunter)
y todo consta en las actas por ellas lo sé

¡El señor Pickwick subrepticiamente en el internado de señoritas, de noche!
vejado adviene un ataque regio de reumatismo que lo postra pickwicknianamente
y de alcoholismo que lo duerme en una carretilla pickwickniana dentro de un corral
o bien azarado entre recules y profundas reverencias abandonando espacios inconvenientes
o contentísimo y encarnado con sus negras polainas por entre la nieve
y al diablo, al helado diablo el señor Pickwick
desaparecido y reaparecido
luego rodeado de los reclutados media docena de habeas esqueletos
lo saben, pickwicknianos unidos
el benemérito señor Pickwick se da a sosiego
a moderación, a jubilación
y todo todo todo consta en las actas del club.


“PAPELES PÓSTUMOS DEL CLUB PICKWICK”, novela de Charles Dickens.
 

ROLANDO REVAGLIATTI, Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

Ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com -

GOTAS DE VINO - Guillermo Fernández del Carpio, Arequipa, Perú

 


GOTAS DE VINO

 

Siempre le interesó la historia narrada en bares del Puerto de Santa María. No creía que Menesteo – según la egregia leyenda griega- fundó tal ciudad. Los bares se entremezclan con las ruinas del puerto, al que llaman los Cien Palacios. Rafael Orce era un poeta olvidado por él mismo en aquel lugar. Los andaluces lo reconocían y recitaban sus versos después de haber bebido cantidades del vino jerez.

Usaba una boina café, un abrigo azul y una chalina. Era catador de vinos y disfrutaba cada gota entre tertulias prolongadas con intelectuales, poetas novatos e intelectuales en el bar “El Señorío”, donde contrastaban ideas literarias y de política. Leyó las Rimas de Bécquer, las obras de Lope de Vega, los poemarios de Borges, tenía predilección por la prosa de Unamuno y releyó las aventuras de Alonso Quijano.

Su mente transitaba con el sabor del buen vino. Se fue al puerto a escribir, a caminar y alejarse del ruido mundano. Necesitaba saber más de sí mismo para seguir escribiendo versos, muchos de ellos inéditos. La fama no le importaba, era de aquellos poetas que vivían con la trama de sus propias páginas y con ello ensayan vivir de una manera más libre, más espontánea.

Una tarde de otoño, Orce escribía el primer verso de su último poemario, cayeron sobre sus apuntes algunas gotas de vino. Ello lo inspiró a escribir su mejor poema: “Gotas de sangre”. Hoy, Rafael Orce es verso y también gloria.

Estudió solamente dos años Letras en la Universidad de Salamanca. Fue un autodidacta, pues estudió Historia Universal, Filosofía, Lógica, Teología y Economía.

Se enamoró enloquecidamente algunas veces, nunca se casó, recordaba poéticamente su primer idilio. Con el libro “Gotas de Sangre” obtuvo el Premio Nobel en 1982, esta obra está considerada entre los cien mejores poemarios escritos de la literatura universal. Escribió también otro poemario titulado “Elogio a España” con el cual obtuvo el Premio Cervantes. Vivió siete años en Madrid y dos en Barcelona. Vivió cuarenta y cinco primaveras, antes de fallecer escribió un ensayo denominado “La poesía en nuestras vidas”.

“Gotas de sangre” tiene entre sus líneas estos versos:

Una gota de sangre es el presagio
de nuestro destino
y es también el presagio de una vida
en aquel infinito,
en el cual deseo que duerman mis versos.

GUILLERMO FERNÁNDEZ DEL CARPIO - Arequipa, Perú

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


VERSOS NEGROS - Ángel Medina, Málaga, España













VERSOS NEGROS


Cuando la melancolía no puede saciarse
Haciendo el ayer presente
Arrastra al desánimo de la negrura.
Desde la oscuridad de mi corazón
Escribo estos versos negros.

«La vi… me enamoró
Y sé que una luz la iluminó al verme.
¿A dónde fue a parar esa luz?
Nos dijimos muchas cosas
Pero lo que dije, lo mantengo,
Y lo que me dijo,
¿dónde están ahora sus palabras?

La besé tantas veces
Al cobijo del olivo
Que nuestras bocas se fundieron,
Nuestras lenguas se enlazaron
Y los dos fuimos uno solo.
Su boca besó a la mía
Su boca me dijo sí
Su boca me mintió
¿Adónde fueron sus besos?

La tuve entre mis brazos
Se fundió en mí
Y el contacto con su cuerpo
Me enterneció
Ella me sintió
Y también yo a ella.
Lo que me dijo,
sus besos y abrazos se los llevó el viento
Lo que le dije,
mis besos y mis abrazos permanecen
inamovibles en el cielo.

¿Cómo no amar sus ojos?
Pero ahora…a quién estarán mirando…
¿Por quién se dejarán mirar?
Pensar que ya no está
Pensar que no sé dónde habrá ido
Pensar que no sé con quién estará
Pero ahora… esas delicias son tormentos

Fue ella la que se fue en el silencio
Nos cobijó la luz del día
Sentimos nuestras almas en la noche
Y ahora…no hay luz en mí, sino tinieblas.
Esa noche tan cercana
Presagio de la distancia inmensa
Negrura al no estar ella.
Pero ahora…ni siquiera tengo esperanza.

Mis versos hieren mi alma
Como el llanto a la alegría.
Decepcionado de todo
Su lucero iluminó mi vida
Y tan pronto apareció
Se marchó de mi firmamento
Y ahora… ¿dónde brillará su astro?

Mi corazón aún la siente
Aunque no quiere sentirla
No sé si aún la quiero
Pero si sé cuánto la quise
Y ahora… ¿dónde estará su sentimiento?

Le hablaba y ella me respondía
Ahora no puedo hablarle
Mi voz viaja con el viento
Para llegar allí donde se encuentre
Y ahora… ¿dónde estará la suya?

Es posible que sea de otro
Como antes lo fue de mis besos y palabras
Ya no quiero quererla
Tal vez porque la quiero
¡Es tan breve el amor
¡Y tan largo el olvido…!
Adónde fueron a parar sus miradas,
sus besos y caricias,
sus abrazos y las palabras que me dijo?

Aunque me he propuesto no pensarla,
Ni imaginar más lo que juntos vivimos
Evitar el dolor que me causa
Y dejar de dolerme,
Siendo éstos para ella mis últimos versos.»



ÁNGEL MEDINA
– Málaga, España
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

EL DÍA QUE CONOCÍ A GARDEL (Primera parte)- Mateo Di Blasio, Junín, Buenos Aires

 

Tarjeta original entregada a la salida del teatro al público asistente









Sala Cristal Palace en 1925







Noticia del diario Democracia de Junín


EL DÍA QUE CONOCÍ A GARDEL 

El jueves 3 de agosto de 1933, Carlos Gardel y sus guitarristas llegaban a la ciudad de Junín, Provincia de Buenos Aires, para dar un recital esa misma noche en el teatro Crystal Palace. Antonio, un joven ferroviario de 20 años de edad, viviría ese mismo día uno de los momentos más memorables de su vida. Entre tangos y encuentros, Antonio hizo que el último recital que Carlos Gardel dió en la ciudad de Junín, quede para siempre en la historia familiar.

Capítulo 1:

 Era una mañana común y corriente de silencio y tranquilidad en mi querida ciudad de Junín. El día estaba soleado, despejado y un poco fresco. Los pájaros cantaban y el viento reproducía la melodía de las hojas moviéndose en el invierno. Desde la mesa de la cocina pude ver como Catalina, mi querida esposa, preparaba lentamente el desayuno para los dos. Recuerdo que esa mañana específicamente hablamos poco, tan solo con nuestras miradas podíamos entender lo que nos queríamos decir el uno al otro. Mientras desayunaba, ojeaba algunas de las noticias que aparecían en el diario Democracia recién llegado. Como siempre, fui salteando algunas páginas, sin darme cuenta que estaba ignorando algo tan importante que iba a condicionar mi día por completo.

Durante el mediodía, tuve la impresión de que las calles empezaban a estar un poco más alteradas de lo normal. Sin embargo, lo dejé pasar, releí algunos de los papeles que me había traído del Ferrocarril para trabajar en mi casa y almorcé acompañado por mi esposa. Ese mediodía, la ví a Cata más feliz de lo normal. Quizás era porque durante los últimos días había empezado a sentir los primeros síntomas del embarazo, lo que nos llenaba de ilusión a ambos.

A las 13 horas, emprendí el camino hacia mi trabajo. Pasé por la casa de mi gran amigo y compañero José, y los dos caminamos hasta las oficinas del Ferrocarril, donde nos esperaban 4 largas horas de trabajo. Al llegar a la plaza Ferroviaria en frente de nuestro destino, noté un gran tumulto de gente en el entonces llamado Hotel Roma. Acto seguido le demostré mi sorpresa a José diciendo:

-         Que raro tanta cantidad de gente junta, ¿No?. ¿Quién estará parando en el hotel?

A lo que José me respondió:

-         ¿Pero che, vos no te enteraste? ¡Esta noche toca Carlitos Gardel con sus 4 guitarristas en el Crystal Palace!

Al escuchar quién era la persona que estaba parando en el hotel, me quedé helado. Ese mismo segundo empezó a sonar a lo largo de toda la cuadra de enfrente del hotel la imponente voz del Zorzal Criollo acompañado por el sonido crudo y seco de sus guitarristas. Toda la ciudad estaba en silencio, escuchando cada una de las palabras que salían de la boca del gran cantor. En ese mismo instante, la plaza ferroviaria pasó a ser un recital a cielo abierto. Estar escuchando en vivo los ensayos del cantor más importante del mundo, no era poca cosa. Sin embargo, después de pasadas 3 canciones, el Zorzal decidió terminar con sus ensayos para proceder a almorzar en el bar del Hotel junto al dueño del mismo. En mi caso, emprendí el último tramo de mi trayecto hacia el trabajo hablando con José.

-         ¿Dónde me dijiste que tocaba Gardel hoy?

-         En el Crystal Palace a las 9 de la noche, Antonito. Hace más de un mes que se viene hablando sólo de eso. Yo pude conseguir la entrada de casualidad, no sabes como se puso Fita cuando se enteró lo que la había pagado…

Fita era la esposa de José. Ella no estaba del todo de acuerdo con el hecho de que José fuera al recital porque me contó que la entrada estaba a 2 pesos con 50 centavos. Eran casi 2 semanas de nuestro salario. Finalmente, justo antes de separarnos cada uno para nuestro lugar de trabajo, le dije:

-         ¿Entonces vos vas a ir?… Qué suerte, después me contarás que tal estuvo.

José se percató de mi decepción por no tener la entrada al recital y me dijo:

-         Más vale que sí, hermano. Ahora vamos a laburar y después vamos al centro para que no te quedes con sabor a poco.

                                                           Capítulo 2: 

Ya me encontraba trabajando en mi oficina cuando el jefe de estación vino a hablarme. Era la primera vez que semejante autoridad me dirigía la palabra, por lo que me llené de nervios en el instante en que se acercó. Cuando ya se encontraba delante del escritorio me dijo (en su castellano mezclado con el inglés, su lengua madre):

-         Mister Di Blasio, necesito que hoy asista al turno de la noche. Estamos incorporando personal en dicho turno para un trabajo más eficiente. Lo espero a las 4 de la mañana en esta misma oficina. Por favor, sea puntual.

A medida que iban avanzando sus oraciones, más avanzaba el miedo en mi cuerpo. Nunca había tenido que salir de mi casa a las 4 am para venir a trabajar. Más allá de que Junín no es una gran ciudad, sus calles de noche no son un lugar que elijo visitar frecuentemente. Después de que el jefe de estación me dirigiera la palabra, le respondí “Entendido, aquí estaré” casi automáticamente y seguí trabajando.

Al momento en que salí de la oficina, no recordaba el plan que José me había dicho de hacer después del trabajo. Estaba de mal humor y cansado, sabía que el día iba a ser mucho más largo de lo que me imaginaba. Las calles de noche me llenaban de ansiedad y de miedo. A los pocos minutos, José salió también, se me acercó y me dijó:

-         ¿Qué pasó, Antonito? ¿Seguís angustiado por el recital del Zorzal?

Le expliqué la situación sobre el turno de la noche y eso reforzó más aún su idea de ir al centro a matar un poco las penas.

El centro se encontraba como cualquier otro día. Se veía bastante gente pero no demasiada. Unas cuadras antes de llegar al centro, pasamos por el famoso cine-teatro Crystal Palace. Sus imponentes columnas blancas engrandecían aún más uno de los edificios más importantes de la ciudad. Justo cuando estábamos frente a sus puertas, José se frenó y me dijo:

-         ¿Vos podés creer que hoy acá va a tocar el mismísimo Carlitos Gardel? No importa que no puedas venir esta noche, vos cerrá los ojos e imagínatelo ahí adentro cantando.

Sin pensarlo demasiado, me sentí con ganas de imaginármelo cantando en teatro, por lo que me detuve en la calle con los ojos cerrados para fantasear. Apenas cerré los ojos, me di cuenta que efectivamente había alguien cantando en el teatro. Me impacté de golpe y le dije a José:

-         ¿Escuchas? Hay alguien cantando ahí adentro.

Efectivamente José también lo escuchaba y se quedó incluso más impactado que yo. Procedimos a acercarnos lentamente a las puertas para poder escuchar mejor, y de golpe un hombre las abre y nos mira. Era Horacio Pettorossi, uno de los guitarristas de Gardel. Apenas se dió cuenta que estábamos en la puerta chusmeando nos dijo:

-         ¿Qué hacen acá pibe’? Tomenselá, vamo’.

Apenas terminó de echarnos, escuchamos una voz en el fondo que preguntaba qué estaba pasando, sonaba imponente. Pettorossi se dió vuelta y le dijo:

-         Nada, nada. Solo son unos pibes chusmas que estaban escuchando a través de las puertas.

Yo no comprendía del todo lo que estaba pasando, por lo que no me salió decir nada. José impulsivamente largó una queja hacia Pettorossi y le dijó:

-         Mi amigo no tiene la entrada para venir a ver a Carlitos hoy, por eso queríamos ver si podía escuchar algo así no se quedaba con las ganas.

Un instante después de que José haya terminado su oración, apareció detrás de Pettorossi el mismísimo Carlos Gardel. Efectivamente, se encontraba ensayando y revisando el lugar en el cual iba a tocar esa misma noche. Apenas nos vió, nos dijo:

-         ¿Qué pasa acá? ¿No pudiste conseguir entrada, pibe? Despreocupate. Horacio, esta noche hacelo pasar a este que es más fanático de los tangos que vos. Pero pibe escuchame, ahora vos te vas a la sordina, ¿Eh?.

¡Era Carlos Gardel quien me estaba invitando personalmente a su recital de esa misma noche! No pude reaccionar de otra manera que asintiendo con la cabeza. Las puertas del teatro se cerraron y con José nos quedamos más de 15 segundos mirando hacia la puerta. No podíamos creer lo que había pasado.

©MATEO DI BLASIO – Junín, Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

(CONTINÚA EN EN LA PRÓXIMA EDICIÓN DEL BLOG)


EL ÚLTIMO TROVADOR GARDELIANO - Roberto Alifano, Buenos Aires, Argentina

 


EL ÚLTIMO TROVADOR GARDELIANO

 

Un mensaje de nuestro amigo común Pablo Wegbrait me informó de la impensada y dolorosa muerte de Enrique Espina Rawson, que me dejó desolado. Como una forma de consuelo recordé aquel viejo apotegma mejicano que afirma que “para morir lo único que nos hace falta es estar vivos, pues la maldita se cuela por cualquier rendija”. Me costó mucho resignarme y aceptar la dura y triste noticia. En mi memoria empezaron a fluir recuerdos de su espíritu brillante, siempre dispuesto a la broma o la ironía a veces incómoda, lo imaginaba inmortal, pobre Enrique.

La última vez que lo vi fue en un bar de la calle Corrientes y me reprendió por caminar encorvado, consecuencia de los 80 años que he cometido la insolencia de haber cumplido. “No caminés así ché, que pareces un viejo descascarado”, fueron sus palabras, propias de un sabio porteño. Tenía razón. A partir de ese momento tomé las correspondientes precauciones, y cada vez que doy un paso recuerdo su reprimenda y busco ponerme erguido para darlo. Enrique se dio cuenta de mi confusión y alegremente bromeó: “Miráme a mí, tengo tres o cuatro años más que vos y ando derechito y sacando pecho por la vida”.

No hace mucho asistí a un recital de tangos que hizo acompañado de su sonora guitarra, que había sido de Carlos Gardel, para brindar una prueba incomparable de su talento y salud moral. En una época absurda donde todo es desencuentro y división, un argentino, orgulloso de su argentinidad, en la senda de su admirado modelo, cantó con enjundia para sus amigos sus tangos preferidos y con convicción se refirió de este disparatado presente que nos toca vivir. Eran gratificantes y enriquecedores sus modestos recitales, pues estaban acompañados de su sabia palabra y de su confianza en un futuro más próspero para una Patria que, desde hace décadas se viene desangrando y perdiendo su esencial riqueza espiritual. Pocas veces había visto a Enrique tan lúcido, con tan buena y engolada voz y con una sonrisa (gardeliana) tan contagiosa y relampagueante.

Devoto de la geografía del tango y del inmortal Carlos Gardel, y uno de sus más excelsos biógrafos y coleccionistas, Espina Rawson no dudó en polemizar con aquellos orientales que atribuyen al “Morocho del Abasto”, la nacionalidad uruguaya, una falacia que no se sostiene de ninguna manera; sobre todo por las propias declaraciones de Gardel y porque hay fotografías tomadas en Toulouse, su ciudad natal, en compañía de su madre y de su familia, y porque él mismo confesó que apenas pisado el suelo francés, lo primero que hacía era dirigirse a la añorada ciudad en la que había nacido.

Nuestro amigo Enrique Espina Rawson fue, además, un gran estudioso de toda nuestra música ciudadana y a él le debemos un polémico libro, menos ofensivo que divertido, titulado Los cien peores tangos, donde analiza acerbamente el grotesco de algunas letras consagradas, que no se sostienen y se convierten en trivialidades insoportables. Su creatividad narrativa lo llevó también a la novela, y a la escritura de Sherlock Holmes en Buenos Aires, una atrapante saga del famoso detective, imaginado en nuestra ciudad, donde es convocado para resolver un crimen; ambas obras fueron publicadas por la editorial Renacimiento de España, a cargo de Abelardo Linares, el príncipe de los editores.

Aquí en la Argentina publicó en la Editorial Proa de Osvaldo Tamborra otros volúmenes dedicados a Carlos Gardel que contribuyen a enriquecer la monografía del gran cantor popular; entre ellos Disparen sobre Gardel y el Archivo Gardel, en colaboración con Alfredo Echaniz y Romances de tango. En otros libros fue acompañado por Lucía Gálvez, Ana María Turón, Juan Carlos Esteban, Manuel Martí y Norberto Regueira, todos devotos del “Morocho del Abasto”. Enrique fue además el autor de El tango le dice a Borges, un libro en el que combina sus pareces con serias investigaciones acompañadas de su original sentido del humor, y que yo tuve el honor de prologar.

En su afán investigativo, nuestro amigo Enrique vivió una larga temporada en Francia para seguir los pasos de su ídolo, el inolvidable Gardel. En la revista Proa, que yo dirigía, bajo su tutela publicamos un número especial dedicado al maravilloso “Ciudadano del tango”.

Precursor de grandes ideas, el Instituto de Estudios Gardelianos fue creado y presidido por él durante años. Tuvo a su cargo el mausoleo que guarda los restos del siempre vivo Carlos Gardel y con la colaboración de otros amigos se hicieron varias exposiciones, una de ellas en la ciudad de Granada y otra en Santiago de Chile, donde se mostraron objetos y cartas pertenecientes a nuestro ídolo popular.

Aunque la muerte es el fruto o la consecuencia natural de toda forma de vida, y así tampoco es un accidente. De ninguna manera estamos hechos para la muerte y nuestro querido y admirado Enrique, era el hombre menos dispuesto para morir; sobre todo porque filosóficamente morir no es simplemente rebajase a la muerte sino porque le parecía una pésima idea y la peor ironía de nuestra existencia. Con buen acento gardeliano, se lo escuché resumir en las nostálgicas letras de un tango “sabiendo que la muerte agazapada nos marca su compás”. Otra vez me comentó que como la muerte es una cuestión estadística, él o yo, podíamos ser inmortales. Aceptaba a la Pálida como una prueba más de las leyes cósmicas. No le faltaba razón, morir es el gran accidente, el único accidente. Y acaso esto, al ser contingente, inevitable e ineludible, la convierte en la gran contradicción de este enigmático mundo que nos ha sido dado y del cual sabemos muy poco, casi nada.

Hombre de amigos, apasionado conversador, buen guitarrista y cantor, riguroso escritor y lector, porteño de ley como casi ya no quedan, Enrique Espina Rawson, falleció en Buenos Aires, su entrañable ciudad, a los 83 años de edad. Su ausencia es irremplazable para quienes lo queríamos y admirábamos.

ROBERTO ALIFANO Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


UN MARINERO EN TIERRA - Luis García Montero, España

 



VERSO LIBRE. INFOLIBRE

UN MARINERO EN TIERRA

El joven pintor Rafael Alberti recibió hace ahora 100 años el Premio Nacional del Poesía por Marinero en tierra. Sus inicios en el arte de vanguardia se desplazaron entonces de la pintura a la poesía. Con la intención de llevarlo a la imprenta, fue a recoger en el Ministerio uno de los ejemplares mecanografiados que había enviado al concurso. Encontró entonces una papeleta con el voto de Antonio Machado: “Mar y tierra, Rafael Alberti, es a mi juicio el mejor libro de poemas presentado al concurso”. Ese voto afirmó para siempre la fraternidad poética entre un maestro y un joven autor que buscaba su propio mundo. Aunque fuese un mago de las formas, ese mundo tuvo siempre que ver con un contenido de búsqueda profunda, una indagación en la condición humana condenada con mucha frecuencia al exilio y el desarraigo. Por eso, antes de publicar el libro, cambió el título de manera significativa. En vez de Mar y tierra, se decidió por Marinero en tierra.

Gracias a la generosidad de la familia de Rafael, me refiero a su hija Aitana y su sobrina Teresa, la Caja de las Letras del Instituto Cervantes guarda entre sus legados los pasaportes con los que María Teresa León y Alberti volvieron a España en 1977, después de 38 años de exilio. Pueden verse ahora en la sala de exposiciones del Instituto, junto a otros recuerdos de nuestra cultura. Me emociona ver documentos oficiales y manuscritos, fotografías y libros, tan llenos de vida. La cultura es La mayor riqueza de una sociedad, la herencia que nos define y da sentido a nuestra convivencia.

“La cultura es la mayor riqueza de una sociedad, la herencia que nos define y da sentido a nuestra convivencia”

Rafael Alberti fue uno de los grandes poetas del exilio español. No se trata sólo de que se viese obligado a abandonar España junto a María Teresa cuando la República española fue derrotada en 1939 por los ejércitos de Hitler, Mussolini y Franco. Siempre había sido un marinero en tierra, un desenterrado del mar, un ángel caído, alguien que buscó la dignidad humana mientras se sentía expulsado del paraíso, víctima de una sociedad injusta, dentro o fuera de su patria. La experiencia de 1939 fijó en la realidad un sentimiento que años antes había vivido como ser humano en Marinero en Tierra Sobre los ángeles (1929): “Paraíso perdido, /perdido por buscarte, / yo, sin luz para siempre”.

Esa conciencia de lo perdido y de la fragilidad de los sueños le ayudó a definirse en la búsqueda, a representar un estilo de estar ante los estilos, entre la tradición y la vanguardia, entre Góngora y Quevedo, entre Machado y Juan Ramón Jiménez, sin caer en las banderías estéticas negadoras de la diversidad. Fue una lección. Y otra lección fue negarse, incluso en su momento de compromiso político más ardiente, a someterse para siempre al mandato de unas consignas. Nunca renunció a la belleza y a la búsqueda de emociones por encima de los panfletos.

Cuando Rafael dejó Argentina para acercarse a Europa en los años 60, supo que lo que dejaba en América formaría parte de él, como había sido parte de su presente la España perdida bajo una dictadura. Y cuando dejó Roma en 1977, junto a María Teresa, con los pasaportes que hoy se muestran en el Instituto Cervantes, supo que Roma formaba ya parte de él. También supo que no podía aspirar a vivir dentro de la España que había dejado 38 años antes. Las realidades cambian con la historia. Por eso dio una lección más. Abrió los ojos a la España más joven, a la amistad con poetas que había empezado a escribir a finales de los años 70.

Tuve la suerte de vivir una amistad muy estrecha con Rafael. Tuve la suerte de sentir a su hija Aitana y a su sobrina Teresa como parte de mi familia. Y ahora tengo la suerte de entenderme con la vida gracias a lo que me enseñan en sus libros los poetas más jóvenes, palabras que me ayudan a entender el mundo de hoy. La mejor herencia de Alberti tiene muy poco que ver con los derechos de autor. Se trata de una memoria que nos compromete con el futuro. Bendito marinero en tierra.

LUIS GARCÍA MONTERO - España


sábado, 29 de junio de 2024

CONDENA - Giuseppe Ungaretti, Italia-Egipto

 








CONDENA

 

Como la áspera piedra del volcán,
como la piedra pulida del torrente,
como la noche sola y desnuda,
alma como honda y con terrores
¿Por qué no te recoge
la mano firme del Señor?

Este alma
que sabe las vanidades del corazón
y sabe pérfidas sus tentaciones,
y del mundo conoce la medida,
y los planes de nuestra mente
considera minucias,
¿por qué no puede soportar
más que arrebatos terrenos?

Tú no me miras ya, Señor…
Y no busco sino olvido
en la ceguedad de la carne.

Traducción de Jesús López Pacheco

GIUSEPPE UNGARETTI- Italia

Giuseppe Ungaretti fue un poeta italiano, habitualmente situado en el grupo de los herméticos. Wikipedia
Nacimiento: 8 de febrero de 1888, Alejandría, Egipto
Fallecimiento: 1 de junio de 1970, Milán, Italia


HUMO - Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina

 


LUIS ALPOSTA - Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL  DE ASOLAPO ARGENTINA

EL RÍO Y EL ARROYO - Concepcion Arenal, España

 







EL RÍO Y EL ARROYO

 

Naciendo uno de ella al par
El otro en remoto suelo,
Un río y un arroyuelo
Llegaban juntos al mar.

En ancho cauce y profundo
Turbio corría el primero;
Estrecho, claro y somero
Deslizábase el segundo.

Huyendo la muchedumbre
Y de un niño en compañía,
Un hombre a dar acudía
Su paseo de costumbre.

Este rato de solaz
Aprovechóle en correr,
Hizo gana de beber
Y beber quiso el rapaz.

Díjole el padre: «No ves
Que estás en sudor bañado?
Reposa un tanto a mi lado
Para que bebas después».

El muchacho obedeció,
Que era de condición buena,
Y sentándose en la arena
A refrescarse esperó.

Como está impaciente, muda
Una y otra vez de asiento,
Mas parándose un momento,
Formal expone una duda:

«Por qué será, padre mío,
Esto que siempre reparo?:
¿Cómo está el arroyo claro
Y no lo está nunca el río?»

«Hijo, allí cerca del mar
Nace puro el arroyuelo,
Y nada encuentra en el suelo
Con que se pueda enturbiar;

Si hallare casualmente
Tierra que enturbiarle deba,
Nunca a los mares la lleva
Su escasa y débil corriente.

Viene de lejanas tierras
Este río caudaloso
Y por terreno fangoso
Y por montes y por sierras.

Y pasa por las ciudades
Cuya inmundicia, hijo mío,
Enturbia el agua del río
Como el alma sus maldades.

Y más la orilla dilata
Y cada vez más potente,
Su irresistible corriente
Todo al pasar lo arrebata.

Enturbiado éste y profundo,
Claro y no profundo aquél,
Nos presenta un cuadro fiel
De lo que pasa en el mundo:

El que apacible y serena
Busca sencilla la vida,
¿Habrá cosa que le impida
Hallarla dichosa y buena?

Mas sintiendo la inquietud
De alguna grande pasión
Peligra en el corazón
La ventura y la virtud.

No olvides nunca, hijo mío,
Que es difícil, te lo juro,
Ser como el arroyo puro
Y ser grande como el río.»

 

CONCEPCION ARENAL, España

Concepción Arenal Ponte (1820-1893)