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lunes, 29 de abril de 2024

EL ÁRBOL DE LA PAZ - Adrián Néstor escudero, Santa Fe, Argentina

 



EL ÁRBOL DE LA PAZ

A la Paz.

En especial, a su Poesía, y al Árbol de la Vida que la suscita y edifica...

Y en estas horas difíciles para la verdadera Paz Mundial, en este lluvioso otoño santafesino, con gran afecto a los incontables y entrañables amigos en las letras y hermanos en Humanidad, ángeles de Luz y Consuelo, servidores de la Vida verdadera y aromas del Príncipe de la auténtica Paz: abrazados al Misterio del Verbo, en su cálido y tierno Hogar del Maná de la Palabra; allí, donde las musas suspiran y los vates cantan, y, la ominosa Guerra jamás podrá alcanzar la dimensión de su cúspide armónica y benévola…

    "... (Y) Sin embargo, en el desierto de nuestras calles ella (la Paz, agrego) pasa, rompiendo el delgado límite y llenando nuestros ojos de infinito deseo". Pier Paolo Pasolini Director de cine y escritor italiano (1922-1975)

I

    El árbol. O, El Árbol. Aquel Árbol.

Todos los días, al pasar por el lugar, lo miraba y admiraba.

    Trabajaba cerca de aquella plaza centenaria que lo albergaba y veneraba. Y no hubo día en que dejara de extasiarme su enorme reservorio de vida verde, capaz de perdurar enhiesto aún en los otoños e inviernos más duros… Y vencer la humedad ambiente tan consagrada en aquella ciudad circuida por esteros, ríos y lagunas indomables, y crujida en sus calles asfaltadas por sobre secretos canales subterráneos de agua…

    Frondoso y orondo, refugio de un concierto de palomas y ubicado, precisamente, en el centro de aquella antigua Plaza citadina que presentaba, en su borde occidental, a un orondo palomar… Una rueda de infantes corriendo tras las plumas hambrientas del ansiado pororó, agitaba la vida de aquel motivante solar, y, como litúrgicamente, desde la salida del sol hasta el ocaso… Y las risas de grandes y pequeños se prendían en cada una de las ramas y hojas de aquel como fantástico Árbol de la Vida o…, Árbol de la Paz…

   Más que mirarlo, la observaba. Y, más que observarlo, lo inquiría en cada detalle de su cuerpo troncal pétreo y oblongo. ¿Su especie? No la sé aún. Solo sé que Él estaba siempre ahí, quieto y desvelado, acogedor en cada fragmento de su raíz troncal; y, sobre, orgulloso de la tupida hojarasca inmortal que atraía a toda clase de pájaros. En particular, claro está y por su cercanía, a esa dotación de palomas que, a una hora señalada por su Cuidador Municipal, abría sus alas de libertad para abrazar a cuanto niño y adulto deseara conquistar la colorida belleza de su caleidoscópico plumaje. Todo en Él era una fiesta. Y parecía imposible cualquier cambio. Sin embargo, una nube de nostalgia tejió de sombras aquellos sentimientos animosos, esos que veían al Árbol como a un ser maravilloso, casi divino, presidiendo, en el brillo inmutable de sus ramas y hojas, el nacimiento y renacimiento, al cabo de un sol presente o ausente, de los días, de las flores, de los demás árboles y de la gente que por allí pasaba.

   Hubiera deseado humanizarlo para entender mejor su gesto de tímida y paciente credulidad; pero Él también lo auscultaba aunque, desde cierta e ignota lejanía espiritual, que no habría podido superar jamás el abismo de soles abierto por la dirección de tan extrañas como mutuas miradas… Miradas entre el Hombre y el Árbol; entre un Hombre y un Árbol; entre un Árbol y un Hombre...

   Era hermoso. Y el tiempo no transcurría para esa noble hojarasca de espejos tibios y v verduzcos en los que, alucinado, se sentía –como poseído- reflejar. Tampoco para su rollizo, corpulento rostro maderero y los paños leves y tersos que envolvían su cuerpo despojado. Dio gracias por las manos o los vientres misteriosos que fueran capaces de modelar o engendrar, si se quiere, semejante arquitectura de belleza. Y un semblante igual a los que solía reconocer en los dibujos antiguos sobre el bíblico Árbol de la Vida… Hubiera deseado abrazarlo, acariciarlo, tocar con sus dedos cárneos el alma clara infundada en su noble estirpe vegetal… Nunca pudo arrebatarse en tal arrojo. Él siempre ahí. Amigo de todos y de ninguno. O tan solo y quizás, como al pasar, compañero… Porque en la rutina y anhelos de muchos seres, Él estaba ahí…, y qué más… Excepto cuando la canícula o la lluvia arreciaban, y era atento refugio de penitentes e impenitentes de la existencia… Por lo que, consciente o inconscientemente admirado. Tan admirado como incomprendido en su eterna soledad.

II

   Los demás árboles se inclinaban o aquietaban según soplara o no el viento único de las cuatro temporadas.  Y sus hojas se vertían verdes o amarillas, en fervoroso clamor o límpida caída, según la estación. En tanto, mientras el sol trazaba su periplo circundante y las nubes solían llorar, la noche -estampada por candiles y guedejas de luz-, muchas veces lo había visto como seguro refugio de pájaros y homínidos desguarnecidos…  Aunque el gentío turbara en ciertas horas el mágico sitio donde habitaba, rompiendo su encanto con un rugir de autos, exacerbadas canciones estereofónicas o un griterío de escolares que despabilaba con saltos y muecas el somnoliento y enmohecido aire de la pequeña ciudad...

   Los juegos y sus maderas y barras metálicas de mil colores, cimbraban, se mecían o dormían, en alegre sueño, bajo el dominio nervioso de aquellos brazos y piernas audaces, quizá felices. Él siempre ahí. Padre de todos y de ninguno. Admirado. Tan admirado como incomprendido en su eterna soledad. También estaban los otros en aquella peculiar estancia y lugar común a diversas expectativas e intereses. 

 Los Viejos. Con sus canas, sus bastones, sus sombreros y ropas de antaño. Sus pipas, sus tabacos, sus paraguas y sus diarios. Con sus quejas, sus reproches, sus recuerdos y sus muertos. Sus barbas, sus narices rojas, sus temblores y sus nietos. Y sus lánguidas y pulidas canchas de bochas. Silbando. Algunas veces, alegres. Otras, melancólicos. Muchas, tristes y resignados. Como si pensaran que de nada sirve la experiencia -de los que ya han vivido- para los demás... Cansados (o agobiados, quizá). Satisfechos unos; los más, no tanto. Pero todos, irónicos y suficientes, chispeantes e informados. Muriendo por vivir. Él siempre ahí. Padre de todos y de ninguno. Admirado. Tan admirado como incomprendido en su eterna soledad. Y fue en aquel día, en aquel inútil y aciago día, espeso de humedad y crepitante de humo y de cenizas, de vecinas hojas postreras y resecas, en otoño, a las tres de la tarde dicen que… sucedió. Ahora no había coches en las calles. La situación, muy comprometida en la democracia misma y en virtud de una asfixiante realidad socioeconómica, había guardado a la gente vagar por la jornada gris. Toque de queda en el país. Y los Ellos, protocolos irrestrictos de seguridad de por medio, envainados de cascos, armas y escudos contra multitudes hartas de una ignominia concupiscente mundialmente generalizada… En casa, el Pueblo ora esperanzado ora desalentado, esperando... La ansiedad como límite de la primera lágrima... Entonces, ocurrió. Y lloró. Porque la acústica de la Guerra vibró, y lo dejó ahí...

   ... En su plaza. En el mismo lugar. Pero destrozado. Hecho polvo. O añicos. Descuartizado. Y alguien lloró…

   (Sí, lanzado en patrulla contra una horda de habitantes justicieros, bajando la cabeza y ocultando por un instante su arma de estrenado soldado, mordió el pan duro de los mendigos, enfundó las manos en el calor de unas hojas verdolagas abonadas en sangre, y, salivando a la desgracia supo que, sin Él, había muerto en aquel preciso lugar, el Árbol de la Paz…).

ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO, Santa Fe, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


EL TILO - Luis Mateo Díez, España

 


EL TILO

Un hombre llamado Mortal vino a la aldea de Cimares y le dijo al primer niño que encontró: avisa al viejo más viejo de la aldea, dile que hay un forastero que necesita hablar urgentemente con él.

Corrió el niño a casa del Viejo Arcino que, como bien sabía todo el mundo en Cimares, tenía más edad que nadie.

Hay un forastero que le quiere hablar con mucha urgencia, dijo el niño al Viejo.

Las prisas del que las tiene suyas son, la edad que yo tengo me la gané viviendo con calma, si quiere esperar que espere.

El hombre daba vueltas alrededor de un tilo muy grande que había en la entrada del pueblo. Cuando volvió el niño y le dijo lo que le había comentado el Viejo Arcino, estaba muy nervioso.

Es poco el tiempo que queda, musitó contrariado, una docena más de vueltas al árbol y termina el plazo.

El niño le miraba aturdido, el hombre le acarició la cabeza: lo que menos vale de la edad de un hombre es la infancia, dijo, porque es lo que primero acaba. Luego viene la juventud, siguió diciendo mientras volvía a dar vueltas, y nada hay más vano que las ilusiones que en ella se fraguan. El hombre maduro empieza a sospechar que al hacerse más sabio, más se acerca a la muerte, entendiendo que la muerte sabe más que nadie y siempre sale ganando. De la vejez nada puedo decir que no se sepa.

El Viejo Arcino llegó cuando el hombre estaba a punto de dar la docena de vueltas.

¿Se puede saber lo que usted desea, y cuál es la razón de tanta prisa?…, le requirió.

Soy Mortal, dijo el hombre, apoyándose exhausto en el tronco del tilo.

Todos los somos, dijo el Viejo Arcino. Mortal no es un nombre, Mortal es una condición.

¿Y aun así, aunque de una condición se trate, sería usted capaz de abrazarme?…, inquirió el hombre.

Prefiero besar a ese niño que darle un abrazo a un forastero, pero si de esa manera queda tranquilo, no me negaré. No es raro que llamándose de ese modo ande por el mundo como alma en pena.

Se abrazaron bajo el tilo.

Mortal de muerte y mortandad, musitó el hombre al oído del Viejo Arcino. El que no lo entiende de esta manera lleva las de perder. La encomienda que traigo no es otra que la que mi nombre indica. No hay más plazo, la edad está reñida con la eternidad.

¿Tanta prisa tenías…? inquirió el Viejo, sintiendo que la vida se le iba por los brazos y las manos, de modo que el hombre apenas podía sujetarlo.

No te quejes que son pocos los que viven tanto.

No me quejo de que hayas venido a por mí, me conduelo del engaño con que lo hiciste, y de ver asustado a ese pobre niño…

El Árbol de los cuentos, Madrid, 2006, Alfaguara,

LUIS MATEO DÍEZ (España, 1942)

--
www.carlospenelas.com


sábado, 20 de abril de 2024

FABRICAS DEL AMOR -Juan Gelman, Buenos Aires, Argentina

 


 






FÁBRICAS DEL AMOR


Y construí tu rostro.
Con adivinaciones del amor, construía tu rostro
en los lejanos patios de la infancia.
Albañil con vergüenza,
yo me oculté del mundo para tallar tu imagen,
para darte la voz,
para poner dulzura en tu saliva.
Cuántas veces temblé
apenas si cubierto por la luz del verano
mientras te describía por mi sangre.
Pura mía,
estás hecha de cuántas estaciones
y tu gracia desciende como cuántos crepúsculos.
Cuántas de mis jornadas inventaron tus manos.
Qué infinito de besos contra la soledad
hunde tus pasos en el polvo.
Yo te oficié, te recité por los caminos,
escribí todos tus nombres al fondo de mi sombra,
te hice un sitio en mi lecho,
te amé, estela invisible, noche a noche.
Así fue que cantaron los silencios.
Años y años trabajé para hacerte
antes de oír un solo sonido de tu alma.

 

JUAN GELMAN, Buenos Aires, Argentina


CUANDO NUESTRO DOLOR FINGIESE AJENO - Macedonio Fernández, Buenos Aires, Argentina

 









CUANDO NUESTRO DOLOR FINGIESE AJENO


Voz de un dolor se alzó del camino y visitó la noche,
Trance gimiente por una boca hablaba.
Eran las sombras dondequiera. Mis manos
Apartándolas para mis pasos
Heridos de la impaciencia y el tropiezo
Buscando aquel pedido de persona dolida.
Grito que ensombreció la sombra
Volvió a enfriar el pulsar de mi vida.
Y tropezando con el alma y el paso
No de mi pena, de ajena pena,
Creí afligirme, cuando hallé sangrando
Mi corazón, por mí clamando,
¿Qué desterrado de mi pecho habría?
Porque solo el recuerdo su latido daba
Y solo en el recuerdo mi dolor estaba
Y así desde el camino me llamaba
Y apenas cerca me sintió, acogiose
A mi pecho triunfante como enojado dueño,
Y al instante se dio a clavarme aquel latido;
El latir de su lloro del dolor del recuerdo.
Y hoy desterrarlo de nuevo ya no quiero.
Que ese dolor es el dolor que quiero.
Es ella,
Y soy tan solo ese dolor, soy ella,
Soy su ausencia, soy lo que está solo de ella;
Mi corazón mejor que yo lo ordena.



MACEDONIO FERNÁNDEZ
, Buenos Aires, Argentina

Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1 de junio 1874 – 10 de febrero de 1952) perteneció, cronológicamente, a la generación modernista de Leopoldo Lugones.


ALMA VENTUROSA - Leopoldo Lugones, Argentina

 








ALMA VENTUROSA

  

Al promediar la tarde de aquel día, 
cuando iba mi habitual adiós a darte,
fue una vaga congoja de dejarte
lo que me hizo saber que te quería.

Tu alma, sin comprenderlo, ya sabía...,
con tu rubor me iluminó, al hablarte,
que al separarnos te pusiste aparte
del grupo, amedrentada todavía.
 
Fué silencio y temblor nuestra sorpresa,
mas ya la plenitud de la promesa
nos infundía un júbilo tan blando,

que nuestros labios suspiraron quedos...
y tu alma estremecíase en tus dedos
como si se estuviera deshojando

  

LEOPOLDO LUGONES, Argentina


LA GUERRA - Erich Hartmann, Alemania

 




LA GUERRA -  Erich Hartmann, Alemania



EL BARÓN MEGATA Y EL TANGO – Luis Alposta – Buenos Aires, Argentina



             









Tsunayoshi Megata


 EL BARÓN MEGATA Y EL TANGO 

 

En 1920 un aristócrata japonés, el barón Tsunayoshi Megata, viaja a París con la intención de someterse a una operación para hacer desaparecer, así, una mancha (un hemangioma) que, de nacimiento, tenía en el rostro.

Al poco tiempo de su llegada ve actuar en El Garrón a la orquesta de Manuel Pizarro. Fascinado por el tango, contrata los servicios de un profesor, hasta llegar a convertirse en un eximio bailarín, olvidándose para siempre de la operación.

Seis años después, llevando consigo un álbum de discos grabados por Pizarro y por Bianco-Bachicha, regresa a Tokio e instala una academia de baile, gratuita, en la que enseña a bailar el tango a la aristocracia japonesa. A pesar de que no daba clases profesionalmente, quienes lo conocieron me han contado que Megata era muy estricto en la enseñanza del baile y en todo lo referente a urbanidad.

Personalmente, su figura siempre me interesó, de modo que cuando viajé a Japón emprendí una investigación sobre su persona. Tuve la suerte de conocer a varios de sus discípulos y, entre ellos, fue la duquesa de Okuma la que me contó que Megata era muy aficionado a los deportes. Piloto de avión, después de las lecciones solía conversar sobre aviación en prolongadas charlas que se prolongaban hasta la madrugada. Fue, además, el primer japonés que importó una motocicleta -una Harley –Davidson- de los Estados Unidos.

Megata fue el verdadero introductor del tango en Japón.

            Cuando regresé de aquel viaje le dediqué un tango. Le envié la letra a Edmundo Rivero, que se encontraba veraneando en Mar del Plata, y una semana después me lo cantó por teléfono. Le había puesto música.

 

 

        A LO MEGATA


El barón Megata, en el año veinte,
se tomaba el buque con rumbo a París,
y allí, entre los tangos y el “dolce far niente”,
el japonesito se hizo bailarín.

Flaco y bien plantado. Pinta milonguera.
De empilche a lo duque, aun siendo barón.
Bailó con Pizarro, y una primavera
empacó los discos y volvió a Japón.

Y así llevó el tango
a tierra nipona,
donde gratarola
lo enseñó a bailar.
Cuentan que Megata
no cobraba un mango,
por amor al tango
y por ser bacán.

No sólo enseñaba cortes y quebradas,
también daba clases de hombría de bien,
junaba de noches y de madrugadas,
piloteaba aviones y más de un beguén.

Y tal vez ahora, que está aquí presente,
mientras una Sony nos pasa “Chiqué”,
alguien, allá en Tokio, elegantemente,
baile a lo Megata sin saber quien fue.


LUIS ALPOSTA, Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA


“A LO MEGATA” – tango de Alposta y Rivero - Canta Edmundo Rivero

https://www.youtube.com/watch?v=zcBRS3m1Xbs


LA BUSCA - César Tamborini Duca, León, España

 




LA BUSCA 

En “La Busca” el personaje principal es un niño-adolescente -Manuel- al que la vida va oponiendo obstáculos en su camino a la edad adulta. La temática central se desarrolla principalmente en los suburbios (del latín “sub urbis”) de Madrid, en sitios donde se enseñorea la desesperanza que produce la pobreza o miseria, de la que es difícil desembarazarse y es donde surge el deseo y la esperanza de poder salir de esa clase mísera de la baja sociedad para lograr ocupar un sitio en la clase media, deseo encarnado en el protagonista pero que se puede hacer extensivo a cualquier persona de esa clase social desamparada, es lo que con su artística pluma describe Pío Baroja.

Una sociedad -la madrileña- producto de las sociedades típicas del siglo XIX donde cohabitan gentes humildes y las del bajo fondo, es la que nos va describiendo: esas vidas tortuosas, duras, de personajes de distintas edades y sexos, pero sin caer en sentimentalismos ni tampoco en el uso de tonos festivos, ni de lirismos retóricos.

La taberna de la “Blasa” (taberna real y típica de principios del s. XIX) permite realizar al autor un detalle prolijo  del paisaje suburbano de la capital, además de proporcionar notas más líricas en el encuentro protagonizado por Manuel con su primo Leandro (mayor que él, y curtido en el ambiente de rufianes), su amigo Roberto (el estudiante) y la prima de éste, llamada Fanny, una pintora bohemia que deseaba conocer los bajos fondos al que tan habituado estaba Leandro.

Corrala en Lavapies, Madrid

En el segundo capítulo de la IIª parte se efectúa una descripción del Corralón -conocido como “la Corrala”- donde vivía el tío Rilo y donde sentó sus reales Manuel, en su triste trajinar por distintos lugares. La vivienda estaba en el Paseo de las Acacias y constaba de un callejón de entrada, un patio y tres pisos a los que se accedía por escaleras de ladrillos a una galería común que de trecho en trecho albergaba puertas de acceso a varias viviendas, en una tipología clásica con ese patio central a lo que en Buenos Aires se conoce como “conventillo”, que reúne a varias familias y pueden generar amistades o discordias. Lo describí en enero:

En el capítulo III describe la “Corte de los Milagros” y sus miserias, donde a la hora del ‘rancho’ coexisten personajes de la más amplia categoría de seres humanos desamparados, productos de la ciudad misma. Una ciudad capaz de producir el abigarrado producto de gentes que deben luchar contra las injusticias sociales para sobrevivir, generando así niños famélicos, varones vagabundos, golfos, prostitutas, descuideros, hampones, mujeres “de la vida” que los acompañan en ese desamparo que produce seres violentos y amorales en una sociedad trágica, grotesca.

Un desamparo tan abrumador no podía ser remediado o al menos paliado en parte por la caridad (“Casa de la Doctrina”), ni por las organizaciones obreras que en ese entonces eran todavía pequeñas, ni por ningún tipo de asociación humanitaria, que deja entrever la necesidad de la participación del Estado para remediarlo.

En este laberinto social solo encuentra una salida la figura de un trapero, el señor Custodio, que pese a no saber leer ni escribir, tiene la inteligencia propia de las personas con sentido común, con ideas para la reutilización de la basura generada en la zona. Y Manuel, que pese a sus relaciones peligrosos del entorno donde se desenvolvía, resistió finalmente los ofrecimientos de sus amigos para delinquir; su bonhomía aparece también cuando (pág. 182 y 183) demuestra su decepción al acudir a una corrida de toros, por la crueldad del toreo.

Lo que antecede viene a ser una síntesis del significado del libro de Pío Baroja, editado por la Biblioteca Básica Salvat, en Madrid en el año 1969. Novela que apareció en el año 1904 como la primera parte de una trilogía que incluía otras dos novelas, “Mala Hierba” y “Aurora Roja”, del mismo año.

 Conventillo en La Boca

Además de esta relación crítica quiero destacar aspectos de interés para el lector argentino, principalmente aquellos interesados en el tango y en el submundo originario de los lunfardos, puesto que encontramos similares características en el lenguaje, en el hábitat, en las costumbres de los primitivos habitantes suburbanos de las grandes ciudades argentinas, principalmente Buenos Aires y en menor medida Rosario y Córdoba.

Por todo ello mencionaré algunos de estos aspectos indicando las páginas donde se encuentran en esta edición; si fuera preciso copiaré algún párrafo. También realizaré una lista del vocabulario con su significado, donde se encuentran palabras comunes con el lunfardo y otras que no lo son, pero que corresponden al idioma jergal español, o las que ahora están en desuso.

Descripción de la miseria, está en la página 70
Un palique sin s final ni consonante final, en 4 o 5 palabras de la pág. 97
Palabras jergales en pág. 99 y 100
Duelo de cuchilleros, representado en las páginas 111 y 112
Vocabulario
Cotarro: cuarto, habitación; pág. 36 (de él deriva cotorro)
Burdel: casa de prostitución (NO LUNFARDO)
Gachó (del caló): hombre en sentido despectivo; pág. 62, 113 y 179
Hay un relato en pág. 62 y 63 que recuerda por su similitud, el tango “Ivette”
Najarse: escapar, huir; pág. 65
Jamar (del caló): tomar alimento, por analogía con manyar; pág. 65
Chiribitiles: habitación pequeña, sucia y descuidada; pág. 68
Jierro: se refiere al dinero; pág. 80
Jai laif: alta vida (Jailafe); pág. 96
Alpiste: bebida; pág. 103
…”y bailó un tango”; pág. 104 y 106
Sarasa: hombre afeminado; pág. 110
Cabayeros, eya: yeísmo, pronuncian y en lugar de ll; pág. 110
Golfa: vagabunda, prostituta; pág. 132
Ninchi: chico, muchacho / tonto, memo; pág. 137
Piri: designa un recipiente de barro (en desuso), es el rancho, la comida en la cárcel; p. 141
Gigoló: amante de la prostituta y mantenido por ella; pág. 162
Colá: tiene el sentido de “metejoneada”; pág. 179
Chalá: chalada (lo mismo que chiflada); pág. 179
Panoli: cándido, tonto; pág. 180
Trichina: se refiere a la triquinosis producida por los cerdos; pág. 186
Chato: que tiene la nariz pequeña y aplastada; pág. 186 (en Arg. Le decimos “ñato”)
Amolarse: fastidiarse; pág. 186
Moler: fastidiar, molestar; pág. 188
Chulos: personas que lucran con la actividad sexual de terceros (proxenetas); pág. 188
Filando: observando; pág. 188. En Arg., filar es 1. Hacer el cuento / 2. Observar / 3. huir, marcharse


CÉSAR J. TAMBORINI DUCA
, León, España

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

Académico Correspondiente para León

Academia Porteña del Lunfardo

EL TREN - Floreal Rodríguez de la Paz, Alcoy, Alicante, España

 









EL TREN


Ahora sé qué hacer
con mi tristeza,
con mi nostalgia.

Ya no puedo mirar
por sus ventanas,
y que los ojos miren por sus
ventanas,
y que los ojos se nublen por
su mirada.

Va como loco el tren,
no es un tren.

Un tren que no tiene alma
no es un tren.


FLOREAL RODRIGUEZ DE LA PAZ, Alcoy, Alicante, España

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


RETRATO - Carlos Penelas, Buenos Aires, Argentina

 











RETRATO


Acuérdate. Es tan sólo una imagen.
Flotabas por encima de la parra
en la felicidad de un tiempo.
El niño y tú eran uno en esa tarde
que flotaba por encima de los techos.
El niño tenía siete años y era feliz en ese patio
envuelto de voces castellanas y gallegas.
Rodeado de reyes, de naves, de corsarios.
Era feliz en una isla desierta, en el lejano oeste,
en una nave espacial alrededor de la luna.
Ahora hay un hombre sentado ante una mesa,
inclinado sobre libros y papeles,
con una pipa en la mano y humo holandés.
Escribe unas líneas ante un niño
que una tarde soñaba por encima de los techos.

Buenos Aires, abril de 2024

CARLOS PENELAS,
Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

www.carlospenelas.com