Bienvenidos

sábado, 16 de septiembre de 2023

"Discurso de la servidumbre voluntaria" de Étienne de La Boétie - Carlos Penelas, Buenos Aires, Argentina




DISCURSO DE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA " " de Étienne de La Boétie

 

Ciertos temas convocan su propia forma, ya sea porque esquivan la respuesta o porque el autor, sincero en su proyecto, no busca concluir de forma soberbia una reflexión tan basta, que tiene por fin movilizar el espíritu más que enlazarlo. Uno de esos ejemplos es Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie.  Publicado a mediados del siglo XVI este breve ensayo, con el que La Boétie se ganó el respeto de Montaigne, y en consecuencia también su amistad, ha circulado a través de los siglos sin descanso, primero de mano en mano, luego, ya consagrado, en una edición formal.

Para La Boétie el problema de la libertad y la servidumbre no debe buscar su respuesta en el afuera de la sociedad. El poder no se impone mágicamente sobre un grupo determinado de gente y se mantiene así sin razones. Hay un diálogo mudo entre el tirano y el sometido, entre aquello que viene de afuera y eso que se acepta. Si algo mantiene el pie pesado de la tiranía, es la voluntad de sus sirvientes. Pero ¿en qué se sostiene esa voluntad? Existe de parte del esclavizado un goce perverso. El sometido proyecta en él sus deseos de dominio. Incluso algunas teorías que durante los últimos siglos han sido símbolo de la lucha por la liberación no han hecho otra cosa que duplicar la violencia en el sentido inverso. ¿Entonces, qué es la dictadura del proletariado? La liberación no nace de un proceso dialéctico entre amo y esclavo. La libertad es, un hecho de valentía y desobediencia (¿civil?). Como diría Camus, quien da media vuelta, mira a su amo y dice “No”, también afirma desde el primer paso.

 

Escribió El discurso de la servidumbre voluntaria con 18 años. Su lectura tiene, como suele suceder con este tipo de escritos, al menos dos niveles de lectura. El primero es el que se queda en la crítica al absolutismo escrita en pleno siglo XVI, un ensayo erudito plagado de referencias a la antigüedad que arremete contra la tiranía de su tiempo. El segundo es el que le otorga su carácter intemporal, ya que al final habla del miedo y de ese concepto inconcebible que consiste en ser esclavo de manera voluntaria. El opúsculo de La Boétie no busca vendernos nada, no esgrime su crítica para presentarnos un nuevo y bondadoso sistema de gobierno, simplemente se limita a poner en la mesa la tensión existente en todo orden político, en todo gobierno existente: por un lado la libertad del hombre, y por el otro su voluntad manifiesta de arrastrarse bajo los pies del amo.

 

CARLOS PENELAS, Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
--
www.carlospenelas.com

Étienne de La Boétie fue un filósofo y trabajó como Magistrado en Burdeos Francia. Se interesó desde muy joven en los autores clásicos griegos y latinos. A los 18 años escribió Discours de la servitude volontaire ou le Contr'un en 1548, no siendo publicado hasta 1572 por su mejor amigo Michel de Montaigne. Wikipedia

Nacimiento: 1 de noviembre de 1530, Sarlat-la-Canéda, Francia

Fallecimiento: 18 de agosto de 1563, Le Taillan-Médoc, Francia



LLANTO POR NÔTRE DAME - Beatriz Clotilde Rial Guyot, Buenos Aires, Argentina

 










LLANTO POR NÔTRE DAME



Sobre la tierra, de ceniza hambrienta
todos lloran Señor, todos se quejan…

Llora la noche con su negro llanto,
gime la estrella que cayó de lo alto…

Plañen campanas en los campanarios,
claman los muertos bajo los sudarios…

Ruegan altares por sus candelabros,
Salmos y Salterios demandan Los Santos.

Rechinan las puertas goznes oxidados
y los pianofortes que a Dios alabaron.

Las gárgolas graznan sus tétricos llantos
de cuencas vacías, casi como humanos…

-Yo no quiero llorarte en mi quimera,
¡Oh Santa Catedral, tu no has pasado
ofensa, ni dolor, ni menoscabo!

-Tu piedra milagrosa sigue enhiesta,
y, postrada ante ti, ruego el milagro!


Del libro, “El poeta y el tiempo”
Ed. De los Cuatro vientos - 2022



BEATRIZ CLOTILDE RIAL GUYOT, Buenos Aires, Argentina

ÁRBOL AZUL - Favio Andrés Ceballos, Baigorria, Santa Fe, Argentina

 












ÁRBOL AZUL



Un nuevo verde olivo sin historias
acerca hasta mis ojos la esperanza.
La espera era profunda, era de nácar
y el horizonte liso mi naufragio,
hoy ha muerto la luna en la montaña
y la nieve reclama los eclipses.
Se muestra la tristeza, se exorciza
y el fuego del espíritu restaura
antiguos diapasones de la noche
cristales soterrados y diademas
memorias en la espada de los tiempos.
Otro peregrinar reclama el sitio
y Jericó no cae, sube y canta…
La gesta del león y sus dragones
se ensucia y pierde fuerza en la batalla
lo mismo que ha arrojado lo destruye
y al pueblo de la luz prende y levanta.
La piedra de verdad y de justicia
cae sobre la befa del sinarca
la fauces se les cierran en el aire
las zarpas las presas han perdido.
El verde ahora es azul, libera cielos
sus frutos son la voz de tu conciencia.


FAVIO ANDRÉS CEBALLOS, Baigorria, Santa Fe, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


FIN DE LÁSTIMA - Antonio Las Heras, Buenos Aires, Argentina

 











FIN DE LÁSTIMA

 

Adios

a esas historias hilvanadas

entre oscuridades y mentiras.

 Adios. 

Hoy

la libertad se ensancha y estremece.

Lo único real son los anhelos.

Es seguro.

Esta vida me pertenece.

 

ANTONIO LAS HERAS, Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA


AHORA, TODAVÍA… - Adrián Néstor Escudero, Santa Fe, Argentina

 




AHORA, TODAVÍA…

 

A los que esperan encender la luz del alba, cada día, para amar y servir…

 

“También la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8, 23).

 

   (… Ahora, todavía, respiran los gases ionizados de mi Nave Espacial. No es fácil el trabajo de Apóstol de las Estrellas… Pero allí se mece, como acunada por sus Brazos, ella; la mejor y más terrible de sus Obras: la Tierra. Y debo visitarla. He recibido su ancestral llamado, más allá del tiempo y la memoria, y debo acudir a él (Él), quizás, porque…).

   … Ahora, todavía, las auroras siguen floreciendo el Alba, y las puestas de sol anaranjando el Crepúsculo…

   … Ahora, todavía, burbujean las estrellas en el vitral del Cielo, y la Esfera continúa su rémora danza sobre el aliento cálido del Sol…

   … Ahora, todavía, la Creación toda -Deo favente- irrumpe en brotes de simiente mineral, vegetal y animal y, aún ahora, humana todavía…

   … Ahora, todavía, John Lennon -sí, aún él, buscador de verdades y peregrino de sueños, casi a limine, en el umbral de su cruel despedida- seguirá clamando: “Lo que el Mundo necesita es Amor”…

   … Ahora, todavía, cuando -tergiversando el concepto de Salud- el culto al Cuerpo prevalece cada vez más y más y más, sobre la límpida estirpe y soberanía del Espíritu, y nadie sepa ni comprenda que no somos sino eso, seres espirituales encarnados; aunque nadie lo entienda (ni siquiera Ellos -nosotros, ustedes- los que han proferido ese llamado al que Respondo)…

   … Quizás por esto y mucho más -junto a lo expuesto en denodada precedencia- atestiguo de pronto, en horizontal y vertical mirada, aunque en modo amargo, difuso y casi indescriptible, cómo shoppings y paseos de compra -fulgurantes-, asépticas farmacias -laxantes y cremas- sanatorios al mejor costo y clínicas de lifting y estéticas cirugías reestrenadas con biomáscaras rejuvenecedoras, implantes dentarios, mamarios y capilares, bótox y lipoaspiraciones congeniadas, conciliadas y compatibilizadas por malévolas componendas intraplanetarias, como el Kamasutra a control remoto de la TV por cable y disponible a cualquier hora para las mil y una noches obnubiladas en adúlteras delicias y orgasmos sazonados, a priori, con opíparos sabores gastronómicos ingeridos, pero -sistemáticamente- equilibrados por estratégicos sistemas de spa(s) y su corte de (algunos) -que parecen todos- dúctiles y amanerados couturieres, modistes, coiffeurs y bijoutiers, y hasta enigmáticos bronceadistas artificiales asociados a gimnasios con personal trainers atemporales, dedicados full time a Cuerpos de hombres y mujeres que uno ve desfilar luego, con asombro, por las Citys Metropolitanas, socializando comparsas de arlequina compostura, y adorando -con los cerebros y corazones rellenamente huecos de Nada- a la Diosa Concupiscencia…

   … Sí, quizás por esto y mucho más, pero no ahora, todavía, sino todavía desde hace tiempo también, y que han comenzado a florecer, a burbujear e irrumpir, en igual o mayor medida -sin importar las Leyes Naturales, eso es lo grave- que las auroras al Alba, las estrellas al vitral del Cielo y las puestas de Sol al Crepúsculo anaranjado, ridiculizando como a ingenuos puritanos a los que predican el Amor Verdadero, hecho de ofrenda y de servicio, y no de dominio ni capricho; ello, mientras pavonean sus esbeltos Cuerpos anoréxicos como brotes astutos de una especie insaciable en su incontenible idolatría consumista…

   … Esa entelequia perversa que oculta y asfixia -sin complejos- dentro, fuera y junto a luengos Edificios Modernistas -sin terrenos libres, ni árboles ni flores ni pájaros ni viento- a la amable Sabiduría de los Antiguos Templos -mansos e incensados- donde la Santidad habita -perfumada- para insuflar aliento -mens diviniors- a algunos pocos -cada vez menos- Cuerpos presentados al bautismo redentor…

   … Ese ritual cósmico donde el hombre se reinventa, desde la finitud del aquí y ahora para el Allá y el Después Trascendente y Eterno, forjados para un destino de dioses sublimes -para el que fueran soñados, planeados y engendrados por mi Padre- y dar espíritu de vida a unos huesos y nervaduras que, sin el tal soplo divino, amanecerían como muertos -aunque respiren- tras la humana vigilia vaginal materna, aliada al humano estupor de una felicidad paterna casi… entrometida. Como la que Yo Mismo, su Hijo, debo vivir ahora, todavía…

   … Por eso es que -algunos- han vuelto o venido a preguntarme si, ahora, todavía, en que la Humanidad ha dejado morir su Esencia Primordial, persistirá Dios en inyectar su Alma -a imagen y semejanza- en aquellos monstruos apocalípticos e impuros con que -ahora, todavía- algunos hombres persisten en identificarse para llamarse ahora, todavía, seres humanos…

   … Por mi parte, ahora, todavía, no he encontrado ni he podido darles una respuesta coherente al respecto. Debo correr, sin embargo, en vilo y presuroso -aunque haya olvidado apagar los motores de mi Nave invisible- por aquel largo pasillo donde la luz de la sala de parto se ha encendido, y un brote -pero de esperanza- venido nuevamente del vientre de la amada Eva, ha nacido Hoy al Mundo, ahora, todavía… Sí, ahora, y… todavía, sólo mi Padre sabrá por qué lo ha permitido; ahora y siempre, todavía…[1]

 

ADRIAN NÉSTOR ESCUDERO, Santa Fe, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA



[1] ADRIÁN N. ESCUDERO – N. 1951 - Santa Fe (Argentina), 1999 (Texto ajustado: 10-02-2006; 01-06-2008 y 06-05-2020).- Integra el libro “DOCTOR DE  MUNDOS III - MYSTAGOGIA NARRATIVA (El Legado de Juan)” (Colección de Ficción Conjetural y Metafísica). Inédito. La Botica del Autor. Santa Fe (Argentina),  2009-2023. Mención de Honor en el IXº CONCURSO LITERARIO LEONÍSTICO y VIº CERTAMEN LATINOAMERICANO – ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE CLUBES DE LEONES DISTRITO “O” 4 – ARGENTINA – Auspiciado por la Fundación de Clubes de Leones del Distrito “O” 4 (Argentina) y la Secretaría de Cultura del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires (Argentina). 26-05-2000. Premio a la Producción de la misma autoría (Primer Premio) – Género Narrativa  - XIVº CERTAMEN LITERARIO NACIONAL “LUCIANO RIQUELME ATIENZA”. Organizado por la Biblioteca Popular “Juan Bautista Alberdi” (Laguna Paiva – Departamento La Capital – Provincia de Santa Fe – Argentina: Presidenta, Elena A. Díaz y Vicepresidenta Lilia Noce de Zedde). E-mail: bibssd035@sdnet.com.ar.  Declarado de Interés Cultural por las Secretarías de Cultura de la Provincia de Santa Fe y de Laguna Paiva, y por la Legislatura Provincial (Honorable Cámara de Diputados). 17-12-2005. Publicado en Magazins Gráficos y Virtuales y Grupos Literarios FACEBOOK del ámbito local, nacional e internacional.-

 

 

 


 




sábado, 9 de septiembre de 2023

VISITAS - Octavio Paz, México. Nacimiento: 31 de marzo de 1914, Ciudad de México, México Fallecimiento: 19 de abril de 1998, Ciudad de México, México

 









VISITAS

 

A través de la noche urbana de piedra y sequía
entra el campo a mi cuarto.
Alarga brazos verdes con pulseras de pájaros,
con pulseras de hojas.
Lleva un río de la mano.
El cielo del campo también entra,
con su cesta de joyas acabadas de cortar.
Y el mar se sienta junto a mí,
extendiendo su cola blanquísima en el suelo.
Del silencio brota un árbol de música.
Del árbol cuelgan todas las palabras hermosas
que brillan, maduran, caen.
En mi frente, cueva que habita un relámpago...
Pero todo se ha poblado de alas.

 

OCTAVIO PAZ, México

 

Octavio Irineo Paz Lozano​ fue un poeta, ensayista y diplomático mexicano. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1990 y el Premio Cervantes en 1981. Se le considera uno de los más influyentes autores del siglo XX y uno de los más grandes poetas de todos los tiempos.​ Wikipedia

Nacimiento: 31 de marzo de 1914, Ciudad de México, México

Fallecimiento: 19 de abril de 1998, Ciudad de México, México


CONFIANZAS - Juan Gelman, Buenos Aires, Argentina

 












CONFIANZAS


Se sienta a la mesa y escribe
«con este poema no tomarás el poder» dice
«con estos versos no harás la Revolución» dice
«ni con miles de versos harás la Revolución» dice

y más: esos versos no han de servirle para
que peones maestros hacheros vivan mejor
coman mejor o él mismo coma viva mejor
ni para enamorar a una le servirán

no ganará plata con ellos
no entrará al cine gratis con ellos
no le darán ropa por ellos
no conseguirá tabaco o vino por ellos

ni papagayos ni bufandas ni barcos
ni toros ni paraguas conseguirá por ellos
si por ellos fuera la lluvia lo mojará
no alcanzará perdón o gracia por ellos

«con este poema no tomarás el poder» dice
«con estos versos no harás la Revolución» dice
«ni con miles de versos harás la Revolución» dice
se sienta a la mesa y escribe.

 

JUAN GELMAN, Buenos Aires, Argentina


LA NOCHE - Guy De Maupassant - (Francia, 1850-1893)

 



LA NOCHE

Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.

El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.

Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.

Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.

Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarlo a uno.

Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.

El caso es que ayer -¿fue ayer?-. Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿Desde cuándo…? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía, bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.

En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y cruda.

Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.

Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.

Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.

Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.

¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.

Por primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.

Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.

Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.

Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château-d’Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté:

-¿Amigo, qué hora es?

-¡Y yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.

Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer…

«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».

Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.

Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.

Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.

«¿Dónde estaban los agentes de policía?», me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.

Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.

Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»

Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.

¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.

Me decidí a llamar en la primera casa. Toqué el timbre de cobre, que sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé… Nada.

Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.

Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.

Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿Qué sucedía?

Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿Y la hora? ¿Quién me diría la hora?

Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj… ya no sonaba… se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.

Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.

¿Corría aún el Sena?

Quise saberlo, encontré la escalera, bajé… No oía la corriente bajo los arcos del puente… Unos escalones más… luego la arena… el fango… y el agua… hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría… casi helada… casi detenida… casi muerta.

Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir… y que iba a morir allí abajo… yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.

“La Nuit”, 1887

GUY DE MAUPASSANT - (Francia, 1850-1893)


EN AQUELLA CASA - Luis Alposta – Buenos Aires, Argentina

 



 









EN AQUELLA CASA

 

En aquella casa todo era brilloso.

En aquella casa la yerba y sus infusiones estaban prohibidas.

En aquella casa nadie jugaba al ajedrez.

En aquella casa, su dueño había adiestrado

a un doberman, de tal manera…

que toda vez que oía la palabra “mate”, obedecía.

 

LUIS ALPOSTA, Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA

 

·        De su libro "Trece Historias a Muerte" (para leer de un saque), cuentos breves, 1° Ed, La Casona de Iván Grondona, Buenos Aires, 1978; 2da. Ed. El lunfa, Buenos Aires, 1982.


GLOSA A LA SOLEÁ - Rafael De León - (Sevilla, 6 de febrero de 1908 -Madrid, 9 de diciembre de 1982), España

 












GLOSA A LA SOLEÁ



¿Te acuerdas de aquella copla
que escuchamos aquel día
sin saber quién la cantaba
ni de qué rincón salía?
Pero qué estilo, qué duende,
qué sentimiento y qué voz;
creo que se nos saltaron
las lágrimas a los dos.
"Toíto te lo consiento
menos faltare a mi mare
que a una mare no se encuentra
y a ti te encontré en la calle".

No vayas a figurarte
que esto va con intensión.
Tú sabes que por ti tengo
clavao en mi corazón
el queré más puro y firme
que ningún hombre sintiera
por la que Dios uno y trino
le entregó por compañera.
Pero es bonita la copla
y entra bien por soleares:
"Toíto te lo consiento
menos faltare a mi mare..."
Y me enterao casualmente
de que le fartaste ayé
y nadie me lo ha contao,
nadie, pero yo lo sé.
Yo tengo entre dos amores
mi corazón repartío
si le encuentro a uno llorando
es que el otro le ha ofendío;
y mira, nunca me quejo
de tus caprichos constantes.
¿Quiere un vestío? ¡catorse!
¿quiere un reló? ¡de brillantes!
Ni me importa que la gente
vaya de mí murmurando
que si soy pa ti un muñeco,
que si me has quitao er mando
que en la diestra y la siniestra
tienes un par de agujeros
por donde se va a los baños
el río de mis dineros...
¡Y a mí qué...?

Con tal de que de mi lao
tú nunca te desepares
toíto te lo consiento
menos faltarle a mi mare.
Porque esa mimbre de luto
que no levanta la voz
que no ha tenío siquiera
contigo ni un sí ni un no;
que anda como una pavesa,
que no gime ni suspira,
que se le llenan los ojos
de gloria cuando nos mira;
que me crió con su sangre;
que me llevaba la mano
para que me santiguara
como todo fiel cristiano
y en las candelas del hijo
consumió su juventú
cuando era cuarenta veses
mucho más guapa que tú.
Tienes que hacerte a la cuenta
que la has visto en los artare
y jincarte de rodillas
antes de hablarle a mi mare;
porque el amó que te tengo
se lo debes a su amó,
que yo me casé contigo
porque ella me lo mandó.
Conque a ver si tu consiensia
se aprende esta copla mía
mu semejante a aquer cante
que escuchamos aquer día
sin sabé quién lo cantaba
ni de qué rincón salía.

"A la mare de mi arma
la quiero desde la cuna;
por Dios, no me la avasalles
que mare no hay más que una
y a ti te encontré en la calle".


RAFAEL DE LEÓN, España

 *“Glosa a la soleá” · Pepe Pinto Éxitos de Quintero, León y Quiroga, Vol. 3

Click: https://www.youtube.com/watch?v=tqwQ-fqb29Y