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sábado, 5 de diciembre de 2020

FERVOR DE LA NIÑEZ, Carlos Penelas, Buenos Aires, Argentina

 










FERVOR DE LA NIÑEZ

 

Si tú te miras, ¿qué queda?

María Zambrano

 

Miro las imágenes una y otra vez.

Veo la rueca, la nieve, los espejos.

Miro las botas rojas, el mar,

La ballena con su garganta inmensa.

Y la barca. Descubro un sello

con la daga sobre una capa oscura.

Hay una cruz, un bosque, una cesta.

Otra rueca y caminos insondables

que muestran un castillo con fantasmas.

Ahora otro mar, otra nave, un malayo.

También me maravillan esta reina,

una bella durmiente, un príncipe

azul con su caballo blanco, sorpresivo.

Esto miro y descubro en los libros

de la infancia. Y llegan los hijos

y los nietos. Y no deseo despertar

porque mi madre acomoda la almohada.

 

©CARLOS PENELAS, poetaa y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

 


IMPOTENCIA, Liana Friedrich, Santa Fe, Argentina

 











IMPOTENCIA

 

El artesano gris del tiempo 

deshilachó sin piedad la magia: 

leve lasitud de palomas, 

errante musa huérfana de versos. 

Harapos de luna tras las sierras 

anuncian el póstumo ritual del día 

que precipita guiños de espuma: 

vértigo afiebrado entre guijarros. 

Libélulas de agua se desvisten 

impúdicas en el funeral del sol… 

 

Entonces, estrepitosamente,  

las persianas del poema  

sin piedad se pliegan,    

condenándome al fracaso. 

 

©LIANA FRIEDRICH, poeta y escritora argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

 

 


SONETO AGRÍCOLA , Francisco Henríquez, Miami Garden, USA

 











SONETO AGRÍCOLA

.

En la hacienda de Odalys solo falta

un manso río como el San Andrés,

en donde ha poco zambullí mis pies

y que, cuando me ve, se sobresalta.

 

Un potro de agua que las peñas salta

mas nunca se le ha visto ir al revés,

una vez que ha bajado ya después

jamás se ha vuelto a la meseta alta.

 

 Odalys, ¡sin embargo!, en su faena

disfruta el acordeón de una colmena

y pone a sus hermanos dulce cara.

 

 Con la lluvia y el clima de su cetro

crecen yucas que miden medio metro

y ñames que han crecido media vara,

 

©FRANCISCO HENRIQUEZ, poeta y escritor cubano.

Poeta residente en Miami Gardens, USA

 

http://www.micartalirica.blogspot.com

http://www.micartalirica.org 

 


AGONÍA, María Isabel Bugnon, San Javier, Pcia de Santa Fe, Argentina




 







AGONÍA  

 

Si mis ojos pudieran, aunque sea por un segundo,
mostrar estos sentimientos al mundo,
mostrarte que ellos permanecen en mi alma
y anclados, viven allí simulando calma…


Si te dieras cuenta que gran dolor siento,
mi corazón se queda sin aliento.
Amor como desearía dejar de amarte
y en mis sueños olvidarte. 


Tú como la espesa bruma de la noche,
cubriste mis días de soledad y reproches,
a mi corazón llenaste de amargura,
este amor puro, sincero, en la más triste desventura.

 Dime, como hago para acallar esta agonía,
discúlpame si en mi cara ves una mueca de ironía,
o simplemente una fría despedida,
me muero por vos, pero esta es mi partida.

Quizás nunca te olvidaré, Jamás dejaré de amarte,
Pero me queda el consuelo que encontraste
otros brazos enamorados,
que te darán lo que yo no supe darte…  

 

©MARÍA ISABEL BUGNON, poeta y escritora argentina

MIEMBRO HONORIFICO DE ASOLAPO ARGENTINA 

 


POEMAS NAVIDEÑOS Y DE REYES, Brayner Abraham Gómez Báez, Santo Domingo, Rep. Dominicana

 









POEMAS NAVIDEÑOS Y DE REYES

Los niños en tiempos de Reyes y virus


Din din dan din don dan suena las campanas

Din don dan din don dan es la navidad

Una estrella con mascarilla ríe

Los reyes magos con mascarillas ya acostumbrados

Por ser del oriente no les será extraño

Los niños lloran en casa de zinc

Tablones de madera como será nuestra navidad

Con esa cosa que llaman pandemia

Carlitico sonríe María se enseña los niños

Hay Dios manita que habrá esta navidad

Mamita me comprará mi tableta

Y papa me comprara mi bicicleta

Manita cuidado ponte la mascarilla

Recuerda que al lado le dio a Chiquinquirá

Lo sé bien manito ponte tu guantico

Que el otro año nos espera bonito

Se ira el coronavirus oíste foncito

Ah mama ya se va el coronavirus

Pregunta Pablito

No no hijito santo nos queda un ratito

Y que vamos a hacer en el arbolito

Pongamos bolitas verdes de esperanza

A los soldaditos le haremos panzas

Disfrutemos dentro

No podemos ir fuera

Esta navidad no habrá teleras

Pero si dulcitos que endulzan la tierra

Este coronavirus mama nos enreda

 

©BRAYNER ABRAHAM GÓMEZ BÁEZ, poeta y escritor dominicano

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA 

 

 

 

 


miércoles, 2 de diciembre de 2020

¿CREE USTED QUE…?, Ángel Medina, Málaga, España

 









¿CREE USTED QUE…?          

 

“100 españoles y Dios” es el título de un libro de Gironella, en el que encuesta a diversas personalidades del mundo cultural, artístico, político y científico – excluye el religioso, por cuestiones obvias. - ofreciendo un abanico que va desde las afirmaciones a las negaciones.

Las preguntas son básicamente tres. ¿Cree usted en Dios? ¿Cree usted que hay algo en nosotros que sobrevive a la muerte? ¿Cree usted que Cristo es Dios? Tres interrogantes que pueden afectar al hombre de cualquier lugar y tiempo, pues, a pesar de la “modernidad”, piense el lector por sí mismo si no se las ha hecho en alguna ocasión.

Existen tres ramas en el conocer, que son la ciencia, la filosofía y la teología. La primera afirma aquello que puede experimentar. La segunda lo contempla la inteligencia humana, hasta donde da de sí. La tercera interpreta las verdades reveladas, más allá del alcance de ciencia y filosofía.

¿Es posible “razonar” estas preguntas, utilizando un lenguaje lo más asequible al entendimiento?

“Nadie lo vio jamás” (Jn 1,18). Sin embargo, cuando se ve humo, habrá de preguntarse por la existencia del fuego.

Puntualicemos. La evolución no es creadora, pero la creación sí es evolutiva. Respondámonos: ¿es el Universo producto del azar?

Todo tuvo su origen en una esfera del tamaño aproximado de una manzana, que todavía hoy continúa expandiéndose tras la gran explosión. Esto fue lo que en la segunda década del pasado siglo demostró Lemâitre, denominándolo “hipótesis del átomo primigenio”. Todo lo que existía y existe es materia, cuyas propiedades son cuatro fuerzas: gravitatoria, electromagnética, nuclear fuerte y débil. De ellas proceden todas las reacciones químicas que dan lugar a la vida, desde el pequeño átomo a los 100.000 millones de galaxias, cada una de las cuales alberga a su vez 100.000 millones de estrellas o soles, estando todo ordenado en función a la aparición del hombre. De tal manera, que, la más mínima alteración en los cambios que se van dando en la evolución, habría hecho inviable la existencia humana.

Dicho esto, es fácil preguntar, ¿qué había antes?  ¿Antes de qué?  Pues, si no hay materia, tampoco puede haber tiempo. Y también, ¿dónde ocurrió el Big Bang, que dio lugar a todo lo que hoy existe? En ninguna parte y en todas partes a la vez, pues no había espacio ni tiempo. Esto es lo que dice la Ciencia.

Por su parte, la Filosofía nos dirá, que lo que no existe no puede darse la existencia a sí mismo. Entonces, ¿queda algo que no sea apelar a la Creación?

En cuanto a la Teología, viene a decir algo rotundo: toda la creación está hecha para el hombre.  El ordenamiento de la evolución ha sido diseñado en función de la aparición del ser humano. Y esto la Ciencia lo confirma en lo que se llama “Principio Antrópico”, indicando que, si se estudian las características del Universo, sus fuerzas y la evolución, se llega a la conclusión de que no puede cambiarse prácticamente nada sin que las leyes físicas inmediatamente nos digan que no podríamos existir.

Somos el resultado de una evolución procedente de un programa original. Por analogía, pensemos en un ordenador. ¿Podemos decir- ni siquiera pensar- que el ordenador está en la mesa “porque sí”, que “se ha hecho a sí mismo”, y “que ha diseñado su propio programa para arrancar a funcionar? ¿Resultaría esto creíble? Alguien tendrá que escribir un programa y diseñar un código para que ese programa obligue a las corrientes eléctricas a hacer algo, de lo cual el ordenador ignora todo. ¿O no?

De acuerdo, la materia está en todo lo creado. Pero, si todo es materia ¿de dónde surge la inteligencia humana, que es inmaterial? Porque, ninguna, ni todas las fuerzas de la materia son capaces de escribir una poesía, sensibilizarse, alegrarse ni entristecerse, conmoverse con el arte, tener una ética o poseer sentido de la libertad. Esto es inmaterial. Luego, si no es materia, solo el espíritu podrá explicar la actividad del hombre más allá de la animalidad. ¿Hablamos aquí también de casualidad o de causalidad?

Preguntémonos con decisión: Lo que existe y somos, ¿responde, si o no, a un plan proyectado en las leyes azarosas por una inteligencia superior, haciendo posible que las constantes vayan entrelazándose hasta alcanzar el objetivo diseñado?

Pensemos para poder situarnos en el para qué de las cosas. Tomemos la astrofísica como referencia. Una de las muchas razones del por qué son así. ¿Cuál es la función de la luna?

Parece ser, que hace unos 4.000 millones de años, cuando todavía la Tierra era incandescente, un planeta algo menor que Marte colisionó con ella; no de manera frontal, sino lateral, como si se rozasen, lo cual ocasionó que los núcleos de hierro se uniesen, constituyendo una masa que atrae los cuerpos hacia el centro del planeta, esto es, la gravedad, y al mismo tiempo, los fragmentos de la colisión se agruparon en el espacio formándose el satélite. Si no existiese la Luna, la Tierra cabecearía como hace un trompo conforme se le va agotando la fuerza giratoria. ¿Qué pasaría entonces?  Sencillamente, eso bastaría para que cambiase de manera catastrófica el clima, que hace posible las estaciones, y en tal caso la evolución no habría llegado hasta el ser humano.

De nuevo la misma pregunta: ¿Casualidad o causalidad? Si admitimos la casualidad, habremos de admitir igualmente que todo lo que existe, Universo y hombre proceden de la “nada”. Quien esté dispuesto a admitirlo, que lo explique. La nada, nada responde. Queda, pues, una segunda opción, que es el creacionismo. El Misterio. Lo que se reconoce como Principio y Fin de todo. ¿Con qué nos quedamos?

 

Si se acepta su existencia, entonces es posible formular la segunda pregunta: ¿Se sobrevive a la muerte?

¿No es realidad lo que la inscripción de una tumba de un cementerio olvidado recuerda al hombre?: “Yo era como tú y tú serás como yo” O aquellos versos de Jorge Manrique, que comienzan diciendo:” Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte/contemplando cómo se pasa la vida/cómo se viene la muerte”.

En tanto vivimos inmersos en el ruido de la vida y sus afanes no suele pensarse en ella, pero, al final, sintiendo su presencia, ¿podrá ignorársela?

Decía nuestro Unamuno “Me dan raciocinios en prueba de lo absurda que es la creencia en la inmortalidad del alma; pero esos raciocinios no me hacen mella, pues son razones y nada más que razones, y no es de ellas de lo que se apacienta el corazón. No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí. Yo soy el centro de mi universo, el centro del universo, y en mis angustias supremas grito con Michelet: “¡Mi yo, que me arrebatan mi yo!” ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo todo si pierde su alma? (Mat XVI,26)

La muerte es la extinción del “yo”. Perder la consciencia de ser es contrario al sentido de vivirnos. Y la muerte representa la “nada”. Dejar de ser. ¿No sería una chapuza divina si el hombre, a pesar de no haberlo pedido, ha de nacer, sufrir (y si no, que se lo pregunten al pobre Job), y finalmente morir…para nada?

Sin embargo, convive en él otra posibilidad. De igual manera que el gusano renace transformado en crisálida, dejando de arrastrar su existencia para poder volar por el cielo infinito, así el hombre. Por sí mismo no puede, pero si el lector ha admitido de alguna manera como más lógica la existencia de un ser supremo que la no existencia (entre otras cosas, porque no hallaría justificación de él mismo), entonces puede razonadamente confiarse a Él. Abandonarse. La elección es simple: la nada o el absoluto. La admisión del sinsentido de todo, esto es, el más puro nihilismo, o apostar por una vida guiada por la última razón del vivir: la confianza en la resurrección.

Llegado aquí hemos de plantarnos ante la tercera pregunta.

La fe, aun siendo un don, contiene un elevado componente de credulidad, pues todo conocimiento nos viene dado de fuera. Y de la misma manera que aceptamos lo que nos transmite la historia acerca de hechos y personajes, habrá de aceptarse la figura histórica de Jesús. Incluso los signos (milagros) que realizaba eran reconocidos por sus enemigos, si bien los atribuían al poder de Belcebú. Y lo que es decisivo, el hecho de su resurrección. Cuando menos será lícito preguntarse qué tuvo que suceder, para que, tras la muerte, sus seguidores, que temerosos de correr su misma suerte habían huido, volvieran para anunciarlo al mundo y entregaran su vida, dando lugar a la aparición del cristianismo.

Pero, todavía nos queda por responder la pregunta, si bien para hacerlo habría primero de conocerse la realidad de quién es Dios. Por eso, modifiquémosla por esta otra: ¿Cómo puede este hombre serlo? O mejor aún: ¿Por qué se hace Dios hombre?

 Lutero nos ofrece una pista en su obra “El Deus absconditus”, diciendo que se hace accesible como contrario a lo que podemos captar de él. El hombre lo entiende desde su Omnipotencia, que incluye ser el autor de todo lo existente, y, no obstante, viene al mundo asumiendo la condición humana. Podemos decir, siguiendo esta línea, que entra en el mundo porque el hombre no puede por sí mismo escalar el cielo.

 La obra que culmina su creación, el hombre, se ha apartado de él.  Con su caída, ha roto el cordón umbilical que mantenía unido criatura y creador, haciéndose la distancia insalvable. Este es el relato del Paraíso, que el existencialista Sartre recrea en la fábula “Las moscas”, poniendo en boca de Oreste el desafío, cuando se encara con Júpiter: “Apenas me has creado, he dejado de pertenecerte”. Aquí reside la raíz del mal. El hombre quiere ser hombre prescindiendo del Creador, lo cual implica perderse en la muerte.

La Encarnación experimenta su amor como salvación a su juicio. El hombre merece ser abandonado a su suerte, pero la compasión supera aquí la justicia. Se humaniza para que el hombre pueda ser divinizado. Y se acerca tanto al hombre, que se confunde como uno de los suyos. El juicio de la Providencia es el amor, y el desamor humano lo condena a muerte: “¡Crucifícale!”, gritará la plebe ante Pilatos.

El que es Todopoderoso se encarna en lo humano. De esta manera podemos entender a Cristo. No se trata tanto de concebir un hombre divinizado, sino más bien al Dios humanizado.

Dios es “Uno” como esencia (el que es), pero “Trinus” (misterio la Trinidad) como “manifestación” al mundo. Inmutable y mudable a la vez.

 

©ÁNGEL MEDINA, poeta y escritor español

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

Página autor:  https://www.facebook.com/novelapoesiayensayo/

 

 


Borges y los cementerios de su amada Buenos Aires, Roberto Alifano, Buenos Aires, Argentina

 











Borges y los cementerios de su amada Buenos Aires

 

Para felicidad de sus lectores, un poeta es un nostálgico del amor, de su tiempo y del sitio en el que nació. Así empieza Borges el espléndido soneto dedicado a Buenos Aires, su entrañable ciudad, que ve unida a su propio destino:

Y la ciudad ahora es como un plano

de mis humillaciones y fracasos.

Desde esa puerta he visto los ocasos

Y ante este mármol he aguardado en vano…

En el final, los dos últimos endecasílabos, con el dístico contundente, le dan un hondo dramatismo a su ya famosa, antológica y descarnada confidencia:

No nos une el amor sino el espanto;

será por eso que la quiero tanto.

Estos versos parecen menos una declaración de amor que una forma de resignado rechazo, y acaso expresan lo mismo. Son parte de las muchas confesiones que Borges nos hace de la ciudad que lo vio nacer y a la que nunca dejará de cantarle; eso sí, con una ternura crítica donde a un tiempo la exalta y la reprocha. Es el poeta asombrado ante el ocaso amarillo y la luna de enfrente que se incendia sobre el horizonte. El agudo observador, que construye versos delicados y ásperos, donde perduran el arrabal y los rincones de patios con macetas, donde hay la recuperación del barrio, sus desoladas calles o los sorpresivos callejones; las breves ochavas de las esquinas, las arboladas plazas, los violentos olores de las sangrientas carnicerías, que contrastan con perfumados jardines, las honduras de iluminadas veredas, “el almacén rosado como revés de naipe”, las desgarradoras ausencias, los suburbios, los melancólicos amaneceres, silenciosamente iluminados por una luna que declina ante el nacimiento del sol; la dilatada arboleda que se agiganta de frente al amanecer, ensombrecido a veces por la tormenta tempranera; los solitarios sepulcros de los dos cementerios de la ciudad: el de Chacarita y Recoleta; las desgarradoras ausencias y, sumado a todas estas vertientes evocatorias, su propia historia ligada a Buenos Aires; también, de manera no menos explícita, aquello que para el poeta es la recuperación de lo perdido, “ de lo perdido y lo recuperado”:

Y sentí Buenos Aires,

esta ciudad que yo creí mi pasado

es mi porvenir, mi presente;

los años que he vivido en Europa son ilusorios,

yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires...

Su primer libro, Fervor de Buenos Aires, publicado en 1923, lo abre con el poema “Las calles”, donde el joven Borges nos habla de las ávidas calles incómodas de turba y de ajetreo, exaltándolas como si fueran una parte de su ser más íntimo:

Las calles de Buenos Aires
ya son mi entraña.
No las ávidas calles,
incómodas de turba y ajetreo,
sino las calles desganadas del barrio,
casi invisibles de habituales,
enternecidas de penumbra y de ocaso...

Hacia el Oeste, el Norte y el Sur

se han desplegado -y son también la patria- las calles;

ojalá en los versos que trazo estén esas banderas…

En Cuaderno San Martín, otro poemario publicado en 1927, Borges manifiesta su relación con la muerte en dos barrios de los alrededores con sus respectivos cementerios, el de Recoleta y el de Chacarita. Aquí el poeta establece un paralelo social al describirlos. Y dice al nombrar al primero:

Convencidos de caducidad

por tantas nobles certidumbres del polvo,

nos demoramos y bajamos la voz

entre las lentas filas de panteones,

cuya retórica de sombra y de mármol

promete o prefigura la deseable

dignidad de haber muerto…

Al referirse al de Chacarita, el cementerio más popular, el poeta es descarnado y acaso patético cuando refiere la peste que castigó a la Argentina hacia fines del siglo XIX:

...fue saciada por la fiebre amarilla hasta decir basta;
porque los conventillos hondos del sur
mandaron muerte sobre la cara de Buenos Aires
y porque Buenos Aires no pudo mirar esas muertes,
a paladas te abrieron
en la punta perdida del oeste,
detrás de las tormentas de tierra
y del barrial pesado y primitivo que hizo a los cuarteadores…

Cabe aclarar que no hay un menosprecio del uno por el otro. Es un reconocimiento a los dos cementerios. También describe los respectivos barrios, y al referir a Chacarita, escribe:

Una dura vegetación de sobras en pena
Hace fuerza contra tus paredes interminables
Cuyo sentido en perdición,
Y convencidas de mortalidad las orillas
Apuran su caliente vida a tus pies
En calles traspasadas por una llamarada baja de barro
O se aturden con desgano de bandoneones
O con balidos de cornetas sonsas en carnaval…

Al citar a Recoleta, donde están las bóvedas de sus familiares y de los ilustres patricios argentinos, no es menos explícito que conmovedor:

Tu frente es el pórtico valeroso
Y la generosidad de ciego del árbol
Y la dicción de pájaros que aluden, sin saberla, a la muerte
Y el redoble, endiosador de pechos, de los tambores
en los entierros militares…

Por último, perplejo, el poeta ensaya una reflexión más sobre el cementerio popular del barrio de Chacarita:


Desaguadero de esta patria de Buenos Aires, cuesta final,
Barrio que sobrevives a los otros, que sobremueres,
Lazareto que estás en esta muerte no en la otra vida,
He oído tu palabra de caducidad y no creo en ella,
Porque tu misma convicción de angustia es acto de vida
Y porque la plenitud de una sola rosa es más que tus mármoles.

Y en augustas estrofas, que dedica a Recoleta, exalta con premura vindicativa, definitivamente explícita, aunque cargadas de sutiles alusiones líricas:

Dije el enigma y diré también su palabra:
Siempre las flores vigilaron la muerte,
Porque siempre los hombres incomprensiblemente supimos
Que su existir dormido y gracioso
Es el que mejor puede acompañar a los que murieron
Sin ofenderlos con soberbia de vida,
Sin ser más vida que ellos.

En otro poema, dedicado a la Plaza San Martín, Borges nos dice que allí encuentra la tarde perfecta, y nos transmite su dócil emoción al referirla preciosamente adjetivada en la más vibrante exaltación:

¡Qué bien se ve la tarde

desde el fácil sosiego de los bancos!

Y nos la describe o, mejor dicho, nos la revive con el fervor de su propio sentimiento detenido en las antiguas puertas cancel y en los corredores de las casas de inquilinato:

Ya estaban los zaguanes entorpecidos de sombra.
Con fino bruñimiento de caoba
La tarde entera se había remansado en la plaza,
Serena y sazonada,
Bienhechora y sutil como una lámpara
Clara como una frente,
Grave como ademán de hombre enlutado…

Emocionado, el poeta también nombra -con finura exquisita- otro elemento característico de la cosmopolita ciudad de Buenos Aires, su ecuménico puerto que generoso se abre hacia el mundo:

Abajo
El puerto anhela latitudes lejanas...

Pero el mayor reencuentro con su amada y a veces enjuiciada ciudad se da en el volumen Cuaderno San Martín, donde el aedo se regocija jugando con imágenes íntimas y entrañables; en especial con el verso demasiado famoso de “Fundación mitológica de Buenos Aires”, que más tarde, en futuras ediciones, llevará el título de “Fundación mítica de Buenos Aires”. En este poema, un Borges exultante, recrea, con su imaginación prodigiosa, aquel remoto día que el navegante español pisó este lado del Atlántico, que se prolongaba en la pánica llanura para fundar su ciudad:

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro…


A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y el aire.

Pero es en la composición “Versos de catorce” donde sentimos el hondo estremecimiento del poeta al revivir buena parte de los elementos tan afines a su poesía, que seguirá nombrando en toda su creación estética al cantar a Buenos Aires:

A mi ciudad de patios cóncavos como cántaros
y de calles que surcan las leguas como un vuelo
a mi ciudad de esquinas con aureola de ocaso
y arrabales azules, hechos de firmamento,

a mi ciudad que se abre clara como una pampa..

A lo largo de los días, el poeta asombrado, que llega a dudar de su existencia, con paso vacilante, se detiene en una esquina para advertirnos emocionado -en este caso con su prosa incomparable, también pura poesía- que “es al otro Borges, a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico".

 

 

©ROBERTO ALIFANO, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA