PRESIDENTE: NORBERTO PANNONE
sábado, 6 de abril de 2019
HORACIO FERRER, Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina
HORACIO FERRER
LUIS ALPOSTA, artista, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
Breves líneas a las acémilas y a los ignorantes, Carlos Penelas, Buenos Aires, Argentina

Imagen de: respetounvaloresencial-ei.blogspot.com
Breves líneas a las acémilas y a los
ignorantes
Venimos
escribiendo desde hace mucho, mucho tiempo, que la imbecilidad no tiene límite.
O como señalaba nuestro gran Domingo Faustino Sarmiento: “la ignorancia es
atrevida”.
Harto
de discursos, proclamas, bombos, santificaciones, inscripciones y declaraciones
banales, aconsejo a aquellos que están discutiendo géneros, innovaciones
absurdas, explicaciones extraviadas o teorías lamentables sobre la lengua
castellana y todas las lenguas, las diversas conquistas, los personajes de
novelas, los autores machistas y los otros, sobre la modificación del idioma o
la historia de la humanidad, de las guerras mundiales – obra de nacionalismos,
populismos y el capitalismo -, que vuelvan al taparrabos. Que regresen a
la condición nómada, a las voces originarias, a sus tribus ancestrales. Que
devuelvan el idioma, los apellidos, las creencias, las instituciones, las
banderas, las pinturas. Que recuperen sus chozas, sus esquemas, sus
instrumentos musicales, sus cubiertos, sus platos, sus comidas, incluyendo
manteles y diccionarios. Que se queden con sus vacunas y sus medicamentos, con
sus cirugías, sus modales, sus teatros, sus óperas, sus palacios, su
cinematografía. Que desprecien la tecnología, que busquen su literatura, que
mantengan sus ceremonias sociales, sus conductas, su sociología, su
patriarcado. Que aborrezcan de Cervantes, de Dante, de Miguel Ángel, de
Quevedo, de Galdós, de Bakunin, de Marx, de Trosky, de Goethe, de Shakespeare,
de Homero, de Leonardo, de Montesquieu, de Galileo, de Darwin, de Copérnico, de
Fleming, de Mendeléyev, de Loewi, de Fellini, de Chopin, de Buster Keaton, de
Chaplin… Que sus dioses sean restaurados, que vuelvan a ser
cazadores-recolectores, agricultores itinerantes, que tengan caciques y
hechiceros, que regresen a los troncos ahuecados.
Mientras
tanto yo les pediré perdón a los sumerios. En especial a Berosus Caldeus, que
escribió en griego. No siéndolo. Ora pro nobis.
Buenos Aires, 30 de marzo de 2019
©CARLOS PENELAS, poeta y escritor argentino.
MIEMBRO
HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
ADIÓS, Mara Sorbello, Buenos Aires, Argentina

Imagen de: Rincón del Tibet
ADIÓS
Te bajaría una estrella
para iluminar tu vida,
sacaría tu tristeza
con mil besos de amor.
Pero todo es en vano,
invisible para vos soy
Y tu rostro cada vez más
triste
va convirtiéndote en una
sombra.
Y es la hora de decir
adiós
porque amo la luz,
y necesito del sol.
Y algo más importante:
No merezco migajas
y menos de vos.
Quédate con tus sombras,
con tus fantasmas vivos.
Yo me marcho, tan lejos
como pueda para que nunca
tus garras me puedan
causar dolor.
©MARA SORBELLO,
poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE
ASOLAPO ARGENTINA
EL INSTANTE, Yolanda Elsa Solís, Barcelona, España

Imagen de: I el món va deixar de ser blau - WordPress.com
EL INSTANTE
Este instante, célula de la hora,
puede ser de gloria
o el principio de largas agonías
ignoradas aún.
El paso que sigue, será la decisión
por lo infinito o la trampa que estrangula o el cielo que se aclara o el húmedo
prado que alivie el caminar...
Aspiras y en un instante, entra la
polución a tus entrañas, destruyendo tu ser, ríes y no sabes si es la
última sonrisa... Importancia del instante, único e irrepetible..!
Valioso instante, que es mío,
decisivo e irrepetible, puedo con él, vivir, crear, amar, soñar... o
guerrear, odiar, matar y destruir..!
©YOLANDA ELSA SOLIS, poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
sábado, 30 de marzo de 2019
CONDECORACIÓN, Norberto Pannone, Buenos Aires, Argentina
Imagen de: diariojornada.com.ar
CONDECORACIÓN
(Al anónimo
soldado de Malvinas, 1982, Atlántico Sur)
Del otro lado de los riscos,
agua y bruma.
Aquí, el páramo
agreste y el
albatros.
La herida del hambre
en las entrañas;
la que dolía
más que la metralla,
y la suela gastada
descubriendo el
hielo
en la insípida
escarcha.
La sanguínea negrura
me confunde.
El “Harrier” pasó;
no sé por donde.
Sólo ruido y miedo.
Después, las
esquirlas
grises de la piedra
ultrajaron de nuevo.
Me pareció oír la
voz,
otra voz, otro
sonido.
Ramón, tendrá un
sueño largo
abrazado a la
almohada del olvido.
Soñará con el
perfume
del naranjal en
flor,
allá, en su cálida
e incrédula Entre
Ríos.
©NORBERTO PANNONE, poeta y escritor argentino
MIEMBRO FUNDADOR DE ASOLAPO ARGENTINA
PASEO MATINAL, Jerónimo Castillo, San Luis, Argentina

Imagen de: Acuarelas Màrius Via
PASEO MATINAL
Por una vez en la
vida
nos sale el sol
desde adentro
y es en ese mismo
centro
donde se yergue
escondida
en la diminuta
herida
que no hemos aún
notado,
la esencia del
ser alado
que recorre
nuestras venas;
de pie, libre de
cadena
haciendo posible
el hado.
Cuando el sueño
alza su vuelo
por etéreos
horizontes,
se concretan los
aprontes,
se ausenta el
luto y el duelo.
La noche se
vuelve cielo
límpido sin
mínima nube,
y es entonces
cuando sube
por las ninfas
escoltado
el ser de gozo
bañado
en aliento de
querube.
Y es así cada
mañana
en que el día da
su inicio;
la luz que adorna
su juicio
embellece y
engalana
tapizando
soberana
la senda, camino
diario,
corazón
escapulario
con pendientes de
diamante,
coronándose al
instante
en cuentas de su
rosario.
Este consumir
aliento
de esperanza
asimilada,
incorpora a la mirada
nuevo brío en el
intento
de abrir corazón
sediento
por el rubor
coronado,
para que el
sendero hollado
por el paso
distendido,
se vuelva encanto
nacido
y por la luz
adornado.
En el sol de la
mañana
el rocío se ha
perdido,
el pájaro dejó el
nido
y su canto en la
ventana;
el paso que se
engalana
con la luz de
interno aliento,
en la suavidad
del viento
se vuelve tierna
caricia,
para dejar la
delicia
de este caminar
contento.
San Luis, 12-11-2018
©JERÓNIMO CASTILLO, poeta y
escritor argentino
MIEMBRO
HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
PLAZA RODRÍGUEZ PEÑA, Carlos Penelas, Buenos Aires, Argentina

Imagen de: Pinterest
PLAZA RODRÍGUEZ PEÑA
En este banco se
sentaba mi madre.
Desde aquella
hamaca
la candidez crecía
junto a Poncho Negro.
Entre esos árboles
aún viven dioses y héroes.
El gozo y el amor
descubrieron
los románticos ojos
de una muchacha,
la rosa roja del
poema, el otoño del padre.
Aquí Lugones y
Franco y el silencio.
Aquí descansa Gala.
En esta plaza mis
hijos recorrieron
la evidencia de
otros umbrales.
Los fantasmas la
habitan junto a los jacarandaes.
Su magnitud devora
las islas del olvido.
(“Calle de la flor alta”, 2011)
©CARLOS PENELAS, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO
DE ASOLAPO ARGENTINA
ENIGMAS, Teresinka Pereira, Ottawa, Usa.
Imagen provista por el autor
ENIGMAS
Una
vez salté
de
mi piel de rosa
y
recatadamente
entré
en la fuente
de
cristalinos enigmas.
Todavía
soy desconocida
pero
tengo un ímpetu
de
océano suelto
y
las pupilas fosforescentes
para
engendrar
los
más atrevidos sueños.
......................
ENÍGMAS
Uma
vez saltei
de
minha pele de rosa
e
recatadamente
entrei
na fonte
de
cristalinos enígmas.
Ainda
sou desconhecida,
mas
tenho um ímpeto
de
oceano solto
e
as pupilas fosforescentes
para
engendrar os mais
atrevidos
sonhos.
.................
©TERESINKA PEREIRA, poeta y escritora
brasileña
MIEMBRO
HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
SINFONÍA DE GOCES, Ana María Raffaelli, Buenos Aires, Argentina

Imagen de: martinac
SINFONÍA DE GOCES
El pétalo y el
néctar se codician…
néctar de nácar…
Imán de goce celestial…
Soy una visitante de
cristal sobre tus lunas,
vertiéndome en tu cuerpo,
en tu corriente de savia.
Lates en el lecho
insaciable,
buscando la siguiente ola
en cascada…
Infinita es la sinfonía de
este compás,
meciéndonos en un
hálito de placer,
hasta el desvelo…
hasta el último
vuelo…
©ANA MARÍA RAFFAELLI, poeta y escritora argentina.
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO
ARGENTINA
ELLA, Adrián Néstor Escudero, Santa Fe, Argentina

Imagen de: Medjugorje
ELLA
A la Paz en la vida y para la Vida… En especial, a su Poesía vital y al Buen Todo que la suscita y edifica...
Y en estas horas
benignas del estío santafesino, y, con gran afecto admirativo, a los
incontables y entrañables amigos en las
letras y hermanos en la Fe y Humanidad, ángeles de Luz y Consuelo,
servidores de la Paz verdadera y aromas de Cristo Jesús, Príncipe de la
verdadera Paz: abrazados al Misterio del Verbo, en su cálido y tierno Hogar del
Maná de la Palabra; allí, donde las musas suspiran y los vates cantan, y, la
Guerra, nunca alcanzará la dimensión de su cúspide armónica y benévola…
Adrián N. Escudero (Santa Fe, Argentina) – MARZO 2019
Todos los días, al pasar por el lugar, la
miraba.
Más que mirarla, la observaba. O, más que
observarla, la inquiría en cada detalle de su cuerpo quieto y frío.
Simplemente, Ella estaba ahí, quieta
y fría. Y parecía imposible cualquier cambio.
Sin embargo, la pensaba (o imaginaba) un ser
maravilloso –casi divino- presidiendo, en el opaco brillo de sus ojos, el
nacimiento (o muerte) de los días, de las flores, de los árboles y de la gente
que por allí pasaba.
Hubiera deseado humanizarla para entender
mejor su gesto de tímida credulidad; pero Ella también lo auscultaba aunque,
desde tan lejos, que no habría podido superar jamás el abismo de soles, abierto
por la dirección de su extraña mirada.
Era hermosa. La piel, blanca y suave. El
tiempo no transcurría para esos espejos tibios y claros en los que, alucinado,
se sentía –como poseído- reflejar. Tampoco para su rostro de marfil y los paños
leves y tersos que envolvían su cuerpo despojado.
Dio gracias por las manos o los vientres
misteriosos que fueran capaces de modelar o engendrar, si se quiere, semejante
arquitectura de belleza.
Hubiera deseado besarla, acariciarla, tocar
su alma clara de mujer tímida pero anhelante...
Nunca pudo arrebatarse en tal arrojo.
Ella siempre ahí.
Novia de todos y de ninguno.
Admirada. Tan admirada como incomprendida en
su eterna soledad.
Los árboles se inclinaban o aquietaban según
soplara o no el viento único de las cuatro temporadas.
Las hojas se vertían verdes o amarillas, en
fervoroso clamor o límpida caída, según la estación.
El sol alumbraba, las nubes solían llorar, y
la noche (estampada por candiles y guedejas de luz), muchas veces la habían
visto en aquel lugar.
La gente turbaba en ciertas horas el mágico
sitio donde habitaba, rompiendo su encanto con un rugir de autos, exacerbadas
canciones estereofónicas o un griterío de niños que despabilaba con saltos y
muecas el somnoliento y enmohecido aire de la gran ciudad...
Los juegos y sus maderas y barras metálicas
de mil colores, cimbraban, se mecían o dormían en alegre sueño, bajo el dominio
nervioso de aquellos brazos y piernas audaces, quizá felices.
Ella siempre ahí.
Madre de todos y de ninguno.
Admirada. Tan admirada como incomprendida en
su eterna soledad.
También estaban los otros en aquella
peculiar estancia común a diversas expectativas e intereses.
Los viejos.
Con sus canas, sus bastones, sus sombreros y
ropas de antaño. Sus pipas, sus tabacos, sus paraguas y sus diarios.
Con sus quejas, sus reproches, sus recuerdos
y sus muertos. Sus barbas, sus narices rojas, sus temblores y sus nietos. Y sus
lánguidas y pulidas canchas de bochas.
Silbando.
Algunas veces, alegres. Otras, melancólicos.
Muchas, tristes y resignados. Como si pensaran que de nada sirve la experiencia
de los que ya han vivido, para los demás...
Cansados (o agobiados, quizá). Satisfechos
unos; los más, no tanto. Pero todos, irónicos y suficientes, chispeantes e
informados. Muriendo por vivir.
Ella siempre ahí.
Abuela de todos y de ninguno.
Admirada. Tan admirada como incomprendida en
su eterna soledad.
Y fue en aquel día, en aquel inútil y aciago
día, espeso de humedad y crepitante de humo y de cenizas, de hojas postreras y
resecas, en otoño, a las tres de la tarde –dicen que-, sucedió...
Ahora no había coches en las calles. La
situación, muy comprometida en la democracia misma, había guardado a la gente
vagar por la jornada gris.
Toque de queda en el país.
En casa, el pueblo esperando. La ansiedad
como límite de la primera lágrima...
Entonces ocurrió. Y lloró.
Porque la acústica de la segunda guerra
vibró, y la dejó ahí...
... En su plaza. En el mismo lugar. Pero
destrozada. Hecho polvo. O añicos. Descuartizada.
Y lloró.
Bajando la cabeza, ocultando su arma de
estrenado soldado, mordió el pan duro de los mendigos, enfundó las manos en el
calor de unos harapos abonados en sangre, y, salivando a la desgracia supo que,
sin Ella, había muerto para él aquel lugar.-
©ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE
ASOLAPO ARGENTINA
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