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miércoles, 19 de octubre de 2016













 

Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016

“Rebelde de la música, dotado de místico magnetismo, este talentoso trovador representa la conciencia de la juventud, de los hombres que se sienten confusos y de, los que buscan la luz”.

John Reddy, periodista especializado, firma una nota sobre Bob Dylan que se publica en la revista Selecciones del mes de noviembre de 1970.
Llevado por mi curiosidad de saber quién es y quien fue Bod Dylan, y por haber leído varias criticas-protestas y opiniones de diferentes grupos literarios del mundo, algunas firmadas por literatos de nombre, comienzo a investigar sobre este asunto para informarme con alguna exactitud sobre la obra y vida de este artista premiado y discutido.
Entonces, en una larga noche de insomnio, tomo al azar una vieja revista Selecciones y descubro en sus páginas aquello que, sin duda, me estaba dado en conocer. Nada más preciso, aclaratorio y contundente.

¿Premonición o predicción?

La nota se titula:
“Un poeta de la música folklórica”
“La enorme muchedumbre, de unos 200.000 jóvenes llegados de todas partes del mundo, esperaba el momento desde hacía tres días. Reunidos en la isla de Wight, frente a la costa de Inglaterra, aquellos jóvenes habían pasado las noches durmiendo al abrigo de setos vivos y bajo una lluvia intermitente. Durante el día escucharon con bondadosa atención a varios intérpretes de la música, pero entonces llegaba el momento de presentarse el artista que había venido a ver y escuchar.
Bob Dylan salió a escena ya bien entrada la tercera noche. Delgado de cuerpo, barbado el rostro, vestido con un traje de color crema y una camisa amarilla, y con su figura parecida a la de Charles Chaplin, ofrecía un aspecto angelical. Acompañado por un pequeño conjunto musical, que lleva el sencillo nombre de “The Band”, empezó a cantar con una voz que hacía, según comentó algún crítico, “el efecto de una inhalación de amoníaco para desahogar la cavidad nasal”. Cuando concluyó, la enorme multitud estalló en una ovación sin precedente, sin duda la más grande que se haya tributado jamás a cantante alguno en Gran Bretaña.
La magnitud de la concurrencia reunida en esa ocasión fue una nueva muestra de afecto singular, casi místico, que en la nuevas generaciones viene obrando Bob Dylan, ídolo del rock’n’roll folklórico norteamericano. Para los jóvenes de hoy (Año 1970), Bob Dylan es la encarnación misma del legendario flautista Hamelín. “Para los de mi generación, es una mezcla de Shakespeare y Judy Garland”, explica un joven crítico. “Lo que él nos dice, nos merece crédito”.
Leyenda errante. En el campo de la música popular, que varía constantemente y en el que tanto la fama como la indiferencia pueden arrollar a un artista de la noche a la mañana. Bob Dylan ha destacado, notable aunque nebulosamente, desde hace ya casi diez años, y su popularidad sigue en aumento, como aumenta por intensificación electrónica, el número de decibelios producidos por un conjunto de rok’n’roll. Visto ya como personaje de leyenda a los veinticinco años, hoy, a los veintinueve, es multimillonario” -Bob Dylan aparece como un joven de veintinueve años en el año 1970, actualmente estamos en el 2016, de manera que su edad sumaría en la actualidad setenta y cinco años-
“Solamente en los EE.UU se han vendido más de diez millones de álbumes fonográficos suyos, además de muchos millones de discos sueltos. Docenas de grupos de músicos y cantantes ha grabado las canciones de Bob Dylan, tales como Blowin’ in the Wind, It Ain’t Me, Babe y Mr Tambourine Man. Dylan cobra los honorarios más elevados en las muy raras ocasiones en que ofrece un concierto. Por su participación de una hora en el festival del verano de 1969 en la isla de Wight, recibió 80.000 dólares.
Alguien le preguntó una vez:
-¿Quién te corta el pelo?
Y él respondió jocosamente:
-Mi banquero.
De Bob Dylan, hombre esquivo, de imprevisible modo de ser, podría decirse que tropezó con el triunfo.
En su voz hay un áspero acento que hace pensar en el aullido de “un perro que se engancha una pata en una alambrada de púas”, como ha dicho alguien. Bob Dylan evita las entrevistas periodísticas y es poco comunicativo en lo que toca a su persona. Tan hermética es su vida privada, como la letra (vaga y antigramatical) de algunas de sus canciones. Con todo y aunque resulte extraño, ese aire de misterio que rodea su vida y sus canciones no ha irritado, sino cautivado, a sus admiradores.
Bob Dylan (cuyo verdadero nombre es el de Robert Zimmerman) nació en Duluth (Estado de Minnesota) en 1941 y se crio en Hibbing, villa minera de hierro situada a unos 100 kilómetros de la frontera canadiense. El padre de Bob, vendedor de aparatos eléctricos para uso doméstico, compró un piano al tímido regordete Bob y a David, su hermano menor. Bob aprendió por sí solo a tocar el instrumento, como también la guitarra y la armónica. “Yo no hacía más que escribir y cantar, dibujar algo, disolverme en situaciones en me sentía invisible”, contaría Bob tiempo después.
Ya en la escuela de segunda enseñanza, organizó su propia banda de música, para tocar rock’n’roll, género que a la sazón comenzaba a popularizarse.
Al salir de la escuela de segunda enseñanza se cambió el nombre por el de Dylan y comenzó a recorrer el país. Más tarde ingresó en la universidad de Minnesota donde mostró menos interés por sus cursos que por cantar y rasguear la guitarra en las cafeterías del lugar. Abandonó la universidad a los pocos meses y empezó entonces a viajar, a pie o pidiendo transporte a los choferes que pasaban, y cantaba y tocaba donde podía. De tiempo atrás le había conmovido hondamente la música del cantante negro Woody Guthrie, quien por entonces se hallaba incurablemente enfermo en un hospital de aquella zona. El cancionista moribundo y el muchacho de alicaído aspecto trabaron íntima amistad. Parece que Bob Dylan tomó de Guthrie su estilo vacilante y declamatorio, e incluso el pausado dejo popular.
Bob Dylan llegó a Nueva York en 1961. De rostro fino, intenso, de abundante cabellera revuelta y delgada figura, tenía el aire de un maizal de las praderas. Al principio actuaba en los cafés de Greenwich Village (el barrio bohemio de la ciudad), cantando sus propias canciones y acompañándose solamente con su guitarra, o bien arrancando a su armónica un lamento tan triste como el silbido de un tren. La letra, de índole folklórica, era una melancólica mezcla de soledad y cólera expresada en un gemido rustico, pero Bob le comunicaba tal vitalidad que en breve el muchacho se ganó un circulo reducido de admiradores. Uno de los jefes de la empresa Columbia Records lo oyó cantar y lo contrató para hacer con él varias grabaciones.
El joven cantor no tardó en perfeccionar un estilo personal, al dar expresión a los sentimientos de la juventud, de los hombres que se sienten confusos y de los que buscan la luz. Por los días en que los artistas populares norteamericanos difundían canciones huecas e insulsas, aunque ruidosas, Dylan supo reflejar el sentir de la juventud con vibrantes canciones de protesta, tales como: The Times They Are A Changin, Masters of War y Who Killed Davey Moore? Sin embargo, Bob Dylan no conquistó la atención pública hasta 1962, año en que compuso Blowinn’ in the Wind. Como número culminante del famoso Festival Folklórico de Newport, del mismo año, salieron a la escena en unión de Bob Dylan brillantes estrellas, tales como Joan Baez y Pete Seeger, para cantar con él las obsesivas melodías de su canción Blowin’ in the Wind. Fue un momento inolvidable, recuerda el director del Festival, George Wein.
Esa canción fue el primer gran éxito de Bob Dylan. No había pasado mucho tiempo sin que ya la hubieran grabado más de 50 cantantes o conjuntos. A la vez que We Shall Overcome, la composición de Dylan había de convertirse en el himno extraoficial del movimiento norteamericano en favor de los derechos civiles. Dylan mismo tomaba parte activa en esta lucha, marchando en manifestaciones públicas y asistiendo a reuniones celebradas en diversos lugares del Sur, y actuando gratuitamente en funciones para beneficio de la causa. Al poco tiempo ya se presentaba ante crecidos públicos en muchos lugares del mundo.
Su programa de trabajo era agobiador, pues debía viajar en avión de una ciudad a otra de su país, y su abigarrada compañía de músicos, con el equipo que llevaba, ofrecía la apariencia de una caravana de gitanos transportada por aire. Tan frenética actividad no pudo menos que tener adversos resultados, y el mismo Dylan confiesa que tuvo que refugiarse en las drogas para sostener aquel furioso ritmo. El notable folklorista Alan Lomax predecía: “A mi parecer, Bob Dylan pasará a la historia como uno de los grandes poetas de su tiempo… si es que antes no muere de agotamiento”.
Cantos de libertad. A pesar de su creciente fama, Dylan Dylan se mantenía obstinadamente independiente, cultivando su pasión por el aislamiento. Dylan no abriga simpatía por las causas organizadas, y dijo: “No formo parte de ningún movimiento: son lo mismo que la política. No puedo tragar ninguna organización”.
Su música fue evolucionando en forma imprevisible. Cada nuevo álbum de sus canciones seguía un rumbo diferente de los anteriores y le ganaba nuevos admiradores, aunque también le restaba algunos. En el Festival Folklórico de Newport, en 1965, el público obligó a Bob a dejar la escena al abuchearlo por cantar sus composiciones populares acompañándose de una guitarra eléctrica y prestándoles un exagerado ritmo de rock’n’roll. No obstante, supo atraerse un público mayor entre la gente joven, capaz de identificarse con aquel original acento y aquella fantasía “psicodélica”. El enorme éxito alcanzado en 1965 por el número de Dylan Mr. Tambourine Man, estableció, literalmente al son de los timbales, la modalidad del folk-rock, o rock’n’roll folklórico. La nueva música de Dylan no tardó en hacer sentir su influencia en otros intérpretes distinguidos de la música popular, y el éxito que alcanzó contribuyó a formar gran número de cantantes de folk-rock famosos en el decenio último.
Consecuencia de un accidente. En 1966 el cancionista estuvo en un tris de matarse en la motocicleta, y todas las radiodifusoras de música popular interrumpieron sus programas para transmitir noticias del accidente. Con una vértebra rota y varias lesiones internas, Dylan pasó muchos meses encerrado, “con los ojos clavados en el techo”. Su prolongada recuperación dio origen a un torrente de rumores. Se decía que estaba moribundo, o que había quedado paralitico o desfigurado, y que ya no se ocuparía en la música. Cuando al fin le preguntaron cuál de esos rumores era fundado, Dylan replicó jocosamente: “Todos ellos lo son”.
Los largos meses de convalecencia solo sirvieron, por irónica circunstancia, para intensificar la mística que envuelve a Dylan. Se hizo al artista objeto de culto popular y aparecieron admiradores suyos que se ocupaban en examinar la personalidad del poeta y cantor con la pasión que muestran los especialistas en la política del Kremlin o de la China roja. Los álbumes de Dylan se vendían más que nunca. Transcurrieron cerca de dos años antes de que Dylan saliera de su retiro para participar en un concierto de beneficencia celebrado en el Carnegie Hall de Nueva York, en memoria de Woody Guthrie.
Héroe folklórico. No deja de ser una ironía que este artista, flaco y de estridente voz, cuyas canciones de censura contra los males de la sociedad han hecho de él la conciencia de toda una generación, se encuentre convertido hoy en un multimillonario. (“No sé cuánto gano”, dice, “y no quiero llegar a saberlo nunca”.) Se propone seguir escribiendo canciones y ofrecer de vez en cuando algún concierto, no con la furiosa actividad de sus primeros años, pero tampoco con la parquedad de los últimos. Dylan anduvo en gira durante cinco años, y hoy asegura que aquellas fatigas, así como las drogas que tomaba, agotaron sus fuerzas. “No quiero llevar otra vez una vida así”, dice. “La gente no necesita drogas ni cigarrillos. Hay que librar al organismo de todo eso”.
En la actualidad, Bob Dylan lleva una existencia tranquila y retirada, en compañía de su esposa Sarah y sus cinco hijos, en una casa de Greenwich Village, en Nueva York. Graba en Nashville (Tenesí), población considerada como La Meca de la música rural y del Oeste norteamericano. “Durante mucho tiempo viví deprisa”, comenta, “y lo lamento. Cuando va uno de prisa, no tiene conciencia como debiera de las cosas”. Hace poco el crítico Alfred Arnowitz sintetizaba el asombroso efecto del arte e Dylan en estos términos: “Casi por sí solo Dylan ha transformado la música popular norteamericana. Ha dado origen a una nueva generación de poetas y es probable, gracias a él, que la música contemporánea se convierta en la literatura de nuestra época”.
Todo esto escribía el crítico John Reddy en la revista Selecciones de noviembre de 1970.

¿Premonición o predicción?


Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016
Diario El País, España
Por primera vez en la historia del Nobel de Literatura, la gente no correrá a las librerías sino a las tiendas de discos. Cuando la secretaria de la Academia Sueca Sara Danius ha pronunciado el nombre, han retumbado todos los cimientos. Bob Dylan (1941, Duluth, Minnesota), premio Nobel de Literatura. La sorpresa en los mundos de las letras y la música solo puede ser comparable a la que seguro ha sido una legendaria, hipnótica, imbatible sonrisita pícara del galardonado al enterarse, perdido como siempre en su gira interminable alrededor del mundo, al margen del mito. Era el eterno aspirante, así como un recurrente chiste entre los más escépticos y, sobre todo, más ortodoxos. ¿Un músico, cuya única obra en prosa fue un fracaso, cosechando el mayor de los premios literarios? Imposible. Pero lo imposible –y vivir a contracorriente- es lo que mejor se le ha dado a este compositor que cambió como nadie el concepto de canción popular en el siglo XX, añadiendo una particular dimensión poética a la música cantada. Y tan importante como ese determinante hecho: su influencia, reconocida por los Beatles, los Rolling Stones, Bruce Springsteen y cualquier icono del rock y el pop que venga a la cabeza, no ha hecho más que crecer a medida que ha pasado el tiempo. Ahora, con este premio, y tras haber recibido antes el Pulitzer o el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, la onda expansiva da para otro siglo.

¿Premonición o predicción?

Recopilado por Norberto Pannone, Buenos Aires, Argentina, octubre de 2016



sábado, 15 de octubre de 2016

NADIE, María Teresa Bustos, Argentina

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Imagen de: www.artelista.com

NADIE

Dejó de llover y el abril se mece
entre melenas ocres.
Desde la glorieta sombras oscilantes
curiosean, luego parten.
El tiempo crueles arabescos
esculpió en las lajas
y como si fuera un dios pagano
silente y desamparada
la fuente en el jardín aguarda.
Ayer cómplice del sol trenzaba amor,
con su boca abierta y transparente oía
los cándidos secretos que le contaba.
Por arterias amarillas ha regresado
a contarle mi desdicha
a lavar las heridas que aún sangran
a confesarle que las promesas de él fueron
aves sin rumbo, descarriadas,
entonces no sabía que el amor clava puñales
entonces no sabía que el amor también engaña.
Hemos envejecido
huellas profundas nos delatan
como herencia del amor tenemos
las bocas secas, agrietadas.
Abril se mece, las nubes corren desquiciadas
nadie entona un himno al paisaje
que quiebre el frío de esta nada,
ni una hoja ha caído a recibirme,
la fuente, calla.

©MARÍA TERESA BUSTOS, poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA




SI, Norberto Pannone, Buenos Aires, Argentina

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Imagen de: Tumblr



SI  

Si acaso alguna vez te viera
alzando la cruz de mis sentidos,
habré de concluir por darme cuenta
que, sin dudas, por cierto te he querido.

Si en la profunda vaguedad del sueño,
tintando mis silencios anduvieras
con la espléndida gama del sonido
y el hermoso pincel de la quimera;

habré de  concluir por darme cuenta
que, sin dudar, por cierto te he querido.

© NORBERTO PANNONE, poeta y escritor argentino.

De su libro: “Poemas de barrio”


© NORBERTO PANNONE, poeta y escritor argentino.
De su libro: “Poemas de barrio”


ESE RELOJ, Cynthia Rascovsky, Buenos Aires, Argentina

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Imagen de: Pinterest


ESE RELOJ

Ese reloj me corta el tiempo
    no deja de pegarme en el ojo.

Ese reloj me corta el tiempo
      no deja de rasgarme la cara.

Ese reloj me corta el tiempo
no deja de encorvarme los huesos.

Ese reloj me corta el tiempo
      no deja de comerse mi piel.

Ese reloj me corta el tiempo

                          … y yo he decidido 

   Simplemente, seguir mirando al sol.


                                              Esencia de amor


Me desvalijo de tu nombre.
Me desnudo de tu nombre.
Me separo de tu nombre.
Me independizo de tu nombre

para renacernos 
                                       infinitos.

Me acuno en tus ojos.
Me acuno en tus latidos.
Me acuno en tu gemir

para arrullarnos

                                   inmortales.

© CYNTHIA RASCOVSKY, poeta y escritora argentina.
MIEMBRO HONORIFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


AMO, María Antonia Serrano González, La Habana, Cuba

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Imagen de: Misterios y Conspiraciones - WordPress.com

AMO
 
Preguntando cual puede ser el espacio
Preguntando hasta donde puede ser el tiempo
Amo a los que me conocieron, y no lo recuerdan
amo a los que me conocieron y no me aman o no me recuerdan
amo a los que no me conocerán,
amo y me amo
amo el mundo aquí adentro
amo a aquellos que no conozco y que me cuentan cómo es otro mundo allá afuera
amo la semilla,
amo la hoja
mi pequeño jardín
amo como Inanna Kryia de la Luz Azul Celeste de Nibiru
como Adhara mirando a Sirio, viendo Las Pléyades, Betelgeuse y Antares
descarto el ego que es un grano de arena en la arena
desde el espacio de un único código y un juego
con el libro de "Los sabores del tiempo"
hoy como una crepuscular común mujer de este planeta
evitando la jugada final
conociendo que Adhara es como se llama mi corazón
permeado de una gota bien fina y pura, interestelar
Preguntando amo la paz
Defiendo la sonrisa de Malala
Que ama las olas viejas y repiensa las olas nuevas
Otra educación de mujeres y hombres unidos en pareja
amados
Soy la crepuscular mujer que no predica por su piel
que no se hunde en un velo
Amo a Atlántida e Hiperbórea
no bajo reyes terrenales y si con reyes celestiales
lejos de las ilusiones y del reflejo
Una foto fija se borra y entra con su paso la memoria vieja
20-12-2012 con la fecha y la flecha en mi corazón
Y cualquier otra fecha futura y presente
Queriendo ascender mi evolución
Justo de donde soy
Desde donde está el flujo de la fuente
Con un único abrazo de luz
Donde no existe un tablero de ajedrez.

© MARÍA ANTONIA SERRANO GONZÁLEZ poeta y escritora de La Habana, Cuba.
MIEMBRO EMBAJADOR CULTURAL de ASOLAPO ARGENTINA en LA HABANA, CUBA.

jueves, 13 de octubre de 2016

GRANDES POETAS Y ESCRITORES DE URUGUAY, Seleccionamos: Juan Zorrilla de San Martín; Delmira Agustini; Eduardo Galeano, Horacio Quiroga

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GRANDES POETAS Y ESCRITORES

De URUGUAY

Juan Zorrilla de San Martín
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“LA SOLEDAD”

“La soledad se sienta al lado mío
de noche, a medio día, en la alborada.
Yo la miro, y me mira... y le pregunto:
¿De dónde vienes? . Habla.

De un desierto, me dice, de un desierto
tendido en sus arenas abrasadas;
de un bosque cuyos pájaros murieron
en una noche demasiado larga.

De las ruinas de un templo abandonado
entre las cuales los recuerdos andan
como alondras heridas y sin nido,
que buscan sitio en que morir calladas.
De una llanura que crucé de prisa
en la noche después de una batalla;
vengo hasta aquí desde muy lejos... Vengo
del fondo de tu alma.


Juan Zorrilla de San Martín
Nace en Montevideo, Uruguay el 28 de diciembre de 1855; muere en su país el 3 de noviembre de 1931.
Obras importantes: Notas de un himno (1877); La Leyenda Patria (1879); Tabaré (1888); Resonancias del camino (París, 1896); Huerto cerrado (1900); Conferencias y discursos (1905); La Epopeya de Artigas (1910); Detalles de la historia (1917); El sermón de la Paz (1924); El Libro de Ruth (1928); Las Américas (póstuma, 1945); Obras completas, (Montevideo, 1930, 16 volúmenes); Páginas olvidadas… insertas en La estrella de Chile, (compilación y prólogo de Alfonso M. Escudero, Montevideo, 1956); Correspondencia de Zorrilla de San Martín y Unamuno (prólogo y notas de Arturo Sergio Visca, Montevideo, 1955.)



URUGUAY

Delmira Agustini
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“EL INTRUSO”

Amor, la noche estaba trágica y sollozante
cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
luego, la puerta abierta sobre la sombra helante,
tu forma fue una mancha de luz y de blancura.

Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante;
bebieron en mi copa tus labios de frescura;
y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
me encantó tu descaro y adoré tu locura.

¡Y hoy río si tú ríes, y canto si tú cantas;
y si duermes, duermo como un perro a tus plantas!
¡Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;

y tiemblo si tu mano toca la cerradura;
y bendigo la noche sollozante y oscura
que floreció en mi vida tu boca tempranera!



Delmira Agustini, (Montevideo, 1886 - 1914)
Edita su primer poemario en 1907, El libro blanco, al que siguieron Cantos de la mañana (1910) y Los cálices vacíos (1913). Después de su muerte, en 1924, se publicaron las Obras completas (tomo 1, El rosario de Eros; tomo 2, Los astros del abismo) y en 1969, Correspondencia íntima.


URUGUAY

EDUARDO GALEANO
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“POBREZAS

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no tienen tiempo para perder el tiempo.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no tienen silencio ni pueden comprarlo.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar,
como las alas de las gallinas se han olvidado de volar.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que tienen el derecho de respirar mierda,
como si fuera aire, sin pagar nada por ella.

Pobres,
lo que se dice pobres
son los que no tienen más libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que viven dramas pasionales con las máquinas.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que son siempre muchos y están siempre solos.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no saben que son pobres.


 Eduardo Galeano; Montevideo, Uruguay (1940 - 2015)
Eduardo Galeano incursiona por los más diversos géneros narrativos y periodísticos. títulos a subrayar son Los días siguientes (1962), China, crónica de un desafío (1964), Los fantasmas de día de León (1967), Guatemala, país ocupado (1967), Nosotros decimos no (1989), El libro de los abrazos (1989), Las palabras andantes (1993), El fútbol a sol y sombra (1995), Las aventuras de los jóvenes dioses (1998), Patas arriba. La escuela del mundo al revés (1999), Bocas del tiempo (2004) y Espejos. Una historia casi universal (2008).




 URUGUAY

HORACIO QUIROGA
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"EL HIJO"


Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.
Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.
-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo, abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.
-Sí, papá -responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.
-Vuelve a la hora de almorzar -observa aún el padre.
-Sí, papá -repite el chico.
Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte. Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño.
Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil. No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo.
Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra de espartillo.
Para cazar en el monte -caza de pelo- se requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores. Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas. Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá -menos aún- y regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca.
Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre sonríe…
No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.
Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!
El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas.
De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.
Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.
Horrible caso… Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo y seguro del porvenir.
En ese instante, no muy lejos, suena un estampido.
-La Saint-Étienne… -piensa el padre al reconocer la detonación. Dos palomas de menos en el monte…
Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en su tarea.
El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adónde quiera que se mire -piedras, tierra, árboles-, el aire enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.
El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte. Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno en el otro -el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años-, no se engañan jamás. Cuando su hijo responde: “Sí, papá”, hará lo que dice. Dijo que volvería antes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir. Y no ha vuelto.
El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil?
El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres transcurridas, piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.
¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón.
Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia…
La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.
Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.
Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría, terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un… ¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte! ¡Oh, muy sucio ! Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano…
El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire… ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro…
Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama por él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.
-¡Chiquito! -se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz.
Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.
-¡Hijito mío..! ¡Chiquito mío..! -clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.
Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincón sombrío del bosque, ve centellos de alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su…
-¡Chiquito…! ¡Mi hijo!
Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la más atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.
A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.
-Chiquito… -murmura el hombre. Y, exhausto, se deja caer sentado en la arena albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.
La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:
-Pobre papá…
En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres…
Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.
-¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora…? -murmura aún el primero.
-Me fijé, papá… Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí…
-¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!
-Piapiá… -murmura también el chico.
Después de un largo silencio:
-Y las garzas, ¿las mataste? -pregunta el padre.
-No.
Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre vuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.
Sonríe de alucinada felicidad… Pues ese padre va solo.
A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bien amado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.

Horacio Quiroga,  (Salto, Uruguay, 1878 - Buenos Aires, 1937)
Obras más destacadas: Poesía: Los arrecifes de coral, 1901.
Cuentos: El crimen de otro, 1904. Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917. Cuentos de la selva, 1918. El salvaje, 1920. Anaconda, 1921. El desierto, 1924. Los desterrados, 1926. Más allá, 1935
Novela: Historia de un amor turbio, 1908. Pasado amor, 1929.
Teatro: Las sacrificadas, 1920.