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miércoles, 14 de enero de 2015

INCIERTO, Lidia Cristina Carrizo, Argentina



INCIERTO

Un inicio, un cavilar en el silencio,
el amanecer, el aletear de la vida;
cuando besa el aire sobre el lecho 
del presagio que deambula cielos.


Entreabro días donde mis ojos se agigantan
y te besan mis latidos ante el gesto de vida.
Las voces cunden en los sentidos, la certeza,
la magia del milagro de voces tan profundas.

La forma inevitable de pasarnos una infancia
sobresaltando en la madre, el llanto, la caricia y el
vivir en sus temblores, como cuando fuimos niños,
y las emociones diversas, con amor como plegaria.

Un inicio... un desarrollo... luego todo el incierto!

(©) LIDIA CRISTINA CARRIZO, poeta y escritora argentina
EMBAJADORA CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA




martes, 13 de enero de 2015

LA MALDICIÓN DEL PROFESOR SVENGALI, Escribe Héctor Grillo, Argentina





La  Maldición  del  Profesor  Svengali

        No me abandones,
        yo te ofreceré
        perlas de lluvia,
        venidas de países
        donde nunca llueve.
                                                                              Jacques Brel

      * * *

"Me he puesto grande, ya ves... sólo le pido a la vida que no me duela..."
Carlos “El indio” Solari – Patricio Rey y los redonditos de ricota.


Hace muchos años los chicos vivíamos de otra manera. Cuando digo “chicos” hablo de los adolescentes. Y me refiero a las diversiones, a la forma de comunicarse, a la jerga utilizada, a la práctica entrañable de la amistad y al sentimiento del amor. A la etapa más hermosa de nuestra vida.
                Cuando uno recuerda esas fechas que parecen tan cercanas creemos que el mundo no giró y aún conservamos la misma lozanía. Error. Sólo es necesario mirar una fotografía: el viejo color sepia tiñe nuestro propio calendario. Por ejemplo, ayer cumplí cincuenta y siete años. Debo utilizar anteojos - unos para ver de cerca y otros para ver de lejos - me duele la espalda a causa de la artrosis, no oigo bien del oído derecho. Gané varios kilos de sobrepeso, algunas arrugas y lo último que perdí fueron los pelos de la cabeza, bastante blancos, por cierto.
Sin embargo, nuestra mente custodia vivas imágenes de juventud, quimeras que sonaban como cantos de sirena, anécdotas graciosas, amores no consumados y ni siquiera declarados, históricos bochornos. Que nunca los descubra algún espejo, por favor... El reflejo del cristal agrietaría nuestro propio engaño, el de creer que fuimos creciendo sin cometer errores; dejaría entrar un hilito de luz sobre crímenes secretos, impunes, ocultos fantasmas lacerantes, aprendizajes de vida que sólo nosotros conocemos y mantenemos escondidos.
Todavía sigo unido a mi primera novia, lo que no es poco decir, en esta época de separaciones, divorcios, madres solteras pero añosas y otras tantas sutilezas que componen nuestro mundo actual, que es muy moderno, sí, pero sobre todo exclusivamente  light  y sin compromisos respetados.
Con mi mujer hemos parido dos hijos; la nena, ya casada y separada, nos ha regalado un nieto y regresó a vivir a casa. Nuestro hijo, en cambio, es de sentimientos más prácticos o mejor dicho más actuales; se ha ido a vivir junto a su novia en pareja, es decir en el viejo y conocido concubinato, relación que no nos molesta, pero si así fuera y lo dijéramos, seríamos tratados por el resto de la sociedad como monstruos antediluvianos. De recibir un nieto de su parte, ni hablar. Los pormenorizados estudios de la situación socio-económica actual, cada vez más decadente, provocan un lamentable pero excelente sistema de control de la natalidad: el terror sobre el devenir futuro.


*  *  *

Hace cuarenta años la vida era absolutamente distinta. Al comenzar la Escuela Secundaria el mundo de las pasiones se dividía entre el fútbol, las figuritas, Tarzanito, las bolitas, los autitos de carreras. El tema Las chicas recién iba entrando en nuestras cabezotas a fuerza de escuchar a los hermanos y amigos mayores que al sufrir cambios corporales y hormonales ya se iban transformando en homos relativamente sapiens pero siempre “libidinosus”.
De esta manera fuimos creciendo y adoleciendo. Es decir, nos fuimos volviendo más estúpidos, menos estudiosos, más rebeldes y gritones. Más torpes, más peludos, más tozudos y groseros. Secretamente culpables de tanto inspeccionar nuestro cuerpo, pero con una fiebre atroz por inspeccionar el de las chicas. Ellas sentirían las mismas urgencias que nosotros, indudablemente, pero a causa de una especie de rum-rum familiar, entendían que ceder un milímetro al gozo de una suave inocente caricia las transformaba en Malas Mujeres en manos de los hombres – ¡qué son todos iguales!- pero que en definitiva siempre fuimos sus propias marionetas durante todas las edades.
No hubo nada más hermoso que la ceremonia de los Asaltos, nosotros las gaseosas, ellas los pebetes, los padres de la dueña de casa tomando mate en la cocina pero con el oído atento a cualquier sonido inusual o peligroso. Los varones con pantalones Oxford, las primeras camisas wash and wear de tela poliamida, corbatas finitas y sacos ingleses, largos, de un sólo tajo detrás y el cierre de un único botón. Las chicas con los primeros tacos altos, vestidos con cuellos botes y peinado a la banana que se mantenía firme como un casco de guerra con el rociado del reciente invento del Spray. Soportar el spray era una tortura medieval: no solamente nos teñía los cuellos de las camisas color azul-violáceo, sino que nos rastrillaba las mejillas recién afeitadas, sangrándolas más de una vez.
 Y al costado de la sala, sobre una mesita, al lado de la lámpara de píe, el trono, el sitio del Rey infaltable en todo asalto: el inefable y siempre bien recordado Tocadiscos Winco. Capaz de reproducir discos de pasta a 78 r.p.m., ya casi en desuso, los Long-Playings de vinilo de 33 ⅓, y los nuevos simples de 45 r.p.m. ya con el adelanto del Microsurco.
-¡¡Ahí viene la plaga!!¡¡Me gusta bailar!! ¡¡Y cuando estoy rocanroleando no me mueven del lugar!!
-¡Its a Limbo, Limbo Rock! ¡Ta rá ri ra´ri ra´ra´!
Y luego los lentos ¡Ahhh! ¿Qué saben los pibes de hoy de la dulce sensación de bailar un lento?
-...Put your head on my shoulddwwwwwiiiissssshhhhh !!!!
-¡Huuuuuhhhhhh!! - Buuuuuu!! -A ver, Raquel, fijate!
-...Put your head on my shoulddwwwwwiiiissssshhhhh !!!!
- ¡Pónganle una moneda de un peso en el brazo de la púa, che,!! ¿No ven que es Microsurco?
-... Put your head on my shoulder ... - ¡¡Biieeeeennnnn!!
-¿Quién fue el estúpido que me tiró un pebete? ¡Que no los vea mi papá porque los echa a todos!
-...Biisiimiiiibisimiimiuchiioooqiomesiferiiistiniiochiiliultimiiiiviiizzzzz... ¡¡biiissiiimiiii!!
-¡Es 33, salame! ¿Quién lo puso en 45? ¡Cambiá de revoluciones!
-Bésame... Bésame mucho como si fuera esta noche la última vez... ¡Béeesaaame!
Y entonces las chicas ponían en práctica una toma de judo y defensa personal, instruida por su señora madre o una tía solterona. La llave consistía en apoyar el brazo izquierdo sobre el hombro derecho masculino y utilizarlo a manera de palanca, alejando o acercando al compañero según se dieran las circunstancias o sentimientos. Si ella gustaba de vos, - ¡Oh! ¡Varita mágica de sublime hechicera! - la toma se invertía y entonces la parejita ingresaba en la cuarta dimensión, levitando dentro de una exquisita burbuja.
¡Qué hermosos recuerdos! Una o dos veces por mes... ¡Un asalto! Formábamos una Barra, casi siempre éramos los mismos, con ligeras variantes. Algunas de las chicas dejaban de venir o algunos de los varones cambiaban de circuito atraídos por nuevos sentimientos y nuevas ilusiones.
Varios del grupo todavía nos seguimos viendo. Muchos quedamos amigos o son amigos nuestros hijos. Inés vivió muchos años de solterona hasta que se casó con un buen tipo, con hijos. Otra Inés estuvo años de novia hasta que se separó... sigue soltera, con sobrinos... Raquel se fue a estudiar y está casada en otra ciudad... Eduardo se recibió de abogado y es Juez Civil en La Plata... A Rodolfo no lo vimos nunca más... desapareció toda su familia, y hubo miles de ridículos rumores. Que el padre había cometido una estafa y escapaba; que la madre tuvo un amante prohibido y huyó; hasta se comentó hace unos años que Rodolfo se afincó en un lejano y desconocido pueblito de la Patagonia... ¿Quién puede saberlo?...Yo me casé con Ana María... Tuve mis hijos... Y Alicia... bueno, Alicia es un capítulo aparte... la chica más bonita que yo he conocido. La que me hizo padecer los sueños y las visiones, los ardores y las vigilias, todo a la misma vez. La amábamos y sabíamos que los amigos también la amaban. Ella misma lo sabía, y los chicos la rondaban y buscaban; les regalaba una chispita en la mirada... pero nunca fue de nadie. Cutis blanco con alguna pequita, pelo castaño rojizo como el reflejo del fuego en una noche estrellada, ojos color del tiempo: añiles si el cielo era azul, peltres, si su color era gris, verdes si reflejaba los pinos. Su boca era un dulce, pero de labios sensuales, con mejillas que eran rositas rococó, rosadas, sutiles y graciosas. Cuando sonreía se te llenaba la boca de saliva como si miraras un alfajor de tres pisos en el recreo de las 10. Sus brazos no eran lampiños; su piel semejaba la pelusita impalpable de un durazno maduro, jugoso y dorado. Su cuerpo era tan perfecto que a nadie se le ocurría imaginarla desnuda o vestida con ropa interior. No nos atrevíamos a llegar tan lejos y menos a llegar y confesarlo. Ésa era su imagen latiendo en mi mente; mi fantasía, mi hoguera inalcanzable. La amaba, la amé y la amo todavía.

-¡Yo no soy marinero soy capitán! ¡ Soy capitán, y así seré! ¡¡Bamba, bamba!!
-¡Chicos! ...Les presento a Rodolfo... viene de Buenos Aires a terminar el Nacional acá...
Traje negro, camisa blanca; morocho, con pelo de una sola hebra peinado hacia atrás. Ojos oscuros, con brillo, de mirada intensa. Simpático y de buena charla, se hizo amigo enseguida. Siempre descubría alguna novedad para alegrar la fiesta y muchas veces tenía más dotes de payaso que de adolescente, pero según su propia confesión sus aptitudes provenían de leer todo lo que caía en sus manos y practicar artes inverosímiles.
-¡Mi amor entero es de mi novia Popotitos! ¡¡Sus piernas son como un par
de carricitos!!
  ¡¡ Click !!
-¡¿Quién apagó la luz?! ¡¡Préndanla enseguida antes de que venga mi papá!!
-¡¡ El  Profesor  Svengali !!... - resonó fuerte una voz profunda...
-¿Qué dice?  ¡Se mamó Rodolfo! 
-¡¡Se remamó!! ¡¡ Parece un loco!!
-El profesor Svengali los va a hipnotizar, señoras y señores. Caerán bajo el influjo de mi mente, me obedecerán ciegamente y harán todo lo que yo les ordene... Tiritarán de frío, no resistirán el calor. Bailarán, cantarán, silbarán... Y el primero que se niegue sufrirá: ¡¡La Maldición del Profesor Svengali!!
Rodolfo impresionaba con el cuello cerrado de su saco abotonado y el sobretodo sobre los hombros. Nadie entendía si hablaba en broma o en serio y se produjo un momento de estupor, de frío aturdimiento generalizado que predispuso el clima para cualquier disturbio: o una calma opresiva antes de la tormenta o directamente una tragedia. Más de uno empezó a las risotadas. Yo me di cuenta en el acto de que se trataba de una chacota perfecta.
-Vení, Raquel... te voy a hipnotizar... ¡Serás la esclava del Profesor Svengali!
-¡¿Vos estas loco?! ¡¡Y no me mires con esa cara que le cuento a mi papá!!
-¿No existen los valientes en esta casa? ¡Sufrirán la maldición! ¡Son unos cobardes!
-¿Sí? A ver... ¡Hipnotizáme si sos brujo! - desafió Carlitos.
En medio de un silencio total, Rodolfo se paró frente a la cara de Carlitos. Lo miró penetrante con esos ojos dementes y mientras balanceaba un viejo reloj como si fuera un péndulo le fue diciendo con voz ronca:
- Mirá fijo el reloj... el destello del reloj... estás cansado... muy cansado... te pesan los párpados... cada vez te pesan más... te pesan mucho más... eso es... se te cierran los ojos... es que tenés tanto sueño... ya se cierran... se cierran y dormís... dormís y sólo obedecerás mis ordenes, sos mi esclavo...
El silencio asustaba, era impresionante, opresivo, angustiante... los padres de Raquel miraban extrañados desde la puerta de la cocina sin comprender muy bien qué estaba sucediendo.
-¡El Profesor Svengali te ordena! ¡¡Obedece!! ¡ Eres una  gallina !
Y Carlitos abrió un ojo y le dijo: ¡¿Qué?!  ¡¿Pongo un huevo?!
El estruendo fue total. Las carcajadas se oían desde fuera de la casa y hasta los padres de Raquel entraron nuevamente a la cocina desternillándose de risa. Fue una de las anécdotas más ingenuas y divertidas de nuestra juventud. Rodolfo - ¡pobre!- quedó apabullado y culpaba a todos menos a sí mismo.
-¡Es que no se concentran! ¡¡Me lo hacen a propósito!! ¡Son malos amigos! ¡¡Yo soy el auténtico Profesor Svengali!! ¡Vení, Alicia, vos que me respetas, vení que te hipnotizo!
La fiesta se desarmó. Mientras nos íbamos yendo todos, escuchamos desde el zaguán al cándido Rodolfo que sin resignarse le decía a la querida Alicia, que fue la única que sintió compasión:
-Mirá fijo el reloj... el destello del reloj... estás muy cansada... te pesan los párpados... cada vez te pesan más... se te cierran los ojos...
Nos fuimos alejando con una sonrisa indulgente. Era una noche de otoño, fría, triste y lluviosa.

*  *  *

Alicia es la única que no ha envejecido. Ayer fui a visitarla, como casi todos los domingos. El mismo crepitar del fuego en su cabello; siguen dibujadas las pecas de niña en las mejillas y las flores rococó aroman su boca deliciosa. El único detalle que no pude ver nunca más, fueron los diamantes de sus ojos de colores. Es que Alicia sobrenada inmóvil sumergida entre sus sueños. Jamás despertó. Sigue hipnotizada, sufriendo en vida La Maldición del Profesor Svengali. A lo largo de estos años no hubo médico, ni brujo ni curandero que la sanara, o un sacerdote que la exorcizara. Siempre vive en la nube de la misma cama de la misma habitación de la misma Clínica. Su padre vendió todas sus propiedades, el campo, la casa, las ropas. Ante un Escribano Público delegó un curador encargado del sustento de su hija; luego se puso un revolver en la boca y se mató.
Descorrí las mantas de su nido, lavé su espaldita magra, los pequeños pechitos de jazmines, su vientre de madreperla. La sequé, y con una crema le hice masajes en todas las tersuras de su piel de ángel atrapado.
Acomodé su cuerpo de costado para que no se le formaran escaras ni llagas en la espalda ni en las nalgas; rocié talco florecido en las axilas y en el trigo de su pubis vegetal. Antes de taparla nuevamente le puse un camisolín color rosa recién planchado y la perfumé con mi colonia preferida. Cambié el agua de un florerito de porcelana que le regalé un día de Reyes, y le puse un manojo de fresias de colores lilas, blancos y amarillos.
Después me senté a su lado y estuve charlando un largo rato. Le recordé mi cumpleaños y comí una porción de torta que cocinó mi hija. Le conté de los amigos, de sus parejas, de sus trabajos. Quienes son los que triunfan, los divorciados, los que van muriendo; le conté de mi vida, de mi nieto, de mi jubilación. Y como todas las visitas, como todos los domingos, la tomé de la mano y le hablé, letra a letra, palabra a palabra, de mi infinita pasión. De cuánto la amé, de cómo la amo, y hasta dónde la seguiré deseando.

¿Quién me asegura que no me puede escuchar?


© Héctor grillo, Poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORIFICO DE ASOLAPO ARGENTINA



EL SILENCIO, el silencio de las cosas que padecemos, escribe Salomé Moltó, Alicante, España



EL SILENCIO, el silencio de las cosas que padecemos
           
         Un año más nos llenamos de bullicio, alegría y fraternales encuentros, llegan los familiares y celebramos ese evento, cada año repetido, de quien vino a sembrar el amor, el respeto, la esperanza, que lo lograra y lo logre ya es algo diferente y creo que difícil. Luego cada cual vuelve a sus lares, a sus obligaciones, a sus silencios.
            Siempre he pensado que el silencio es un valor elemental de nuestra convivencia y por supuesto de nuestro comportamiento. Quien el silencio no respeta, pierde una gran oportunidad de saber, ver y sentir un más allá, de lo que nos rodea.
            La concentración para realizar un trabajo intelectual debe de hacerse en silencio, ya que de otro modo, esa concentración que buscamos se frustraría. Para la meditación, el estudio y un montón de cosas más, el silencio nos es indispensable; es una actitud que nos pone en disposición de poder escuchar a los demás y que ninguno de sus argumentos se pierda.
            Pero son muchos y diversos los silencios que nos asisten. El silencio que ocultamos y que se muestra a los demás a través de nuestros ojos con la tristeza que de ellos emana, porque el silencio nos ayuda a ocultar nuestras penurias.
            Silenciar nuestros problemas, nuestras angustias, nuestros temores es una práctica normal.
            Hay también un silencio cobarde, la violencia contra niños y débiles ante la cual no nos rebelamos, ese sería el peor de los silencios.
            Cuántas veces hemos estado atentos a ese silencio que emana constantemente a nuestro alrededor, es como dejar que fluyan de nuestro interior unas llamadas que tanto tiempo hemos mantenido calladas y en ese silencio, que nos imponemos, salen las voces que tantas cosas nos sugieren.
            Paseamos por el campo en silencio y el ruido de ese silencio nos invade, nos seduce, es el ruido del silencio que nos enriquece, pues ningún detalle de los que nos rodea se nos escapa, no, todo capta nuestra atención, todo nos instruye silenciosamente.
            No queriendo molestar a los demás con nuestras inquietudes, las silenciamos, sí, casi todo lo silenciamos, y no es malo, pues necesitamos o deducimos que al igual que el proverbio árabe dice: “Si lo que vas a decir no vale tanto como el silencio, mejor te callas”, sí, el silencio nos nutre de valor.
Indudablemente que el silencio enriquece nuestras vidas, si lo usamos debidamente. Bueno, como casi todo.

©SALOMÉ MOLTÓ, poeta y escritora de Alcoy, Alicante, España.
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

                                                                                                       

¿QUO VADIS?, de Irene Mercedes Aguirre, Buenos Aires, Argentina



¿QUO VADIS?

¿Qué vendrá luego? ¡Si alguien lo supiera!
Sólo vivimos, sin tener certezas,
confiadamente, a veces , con torpezas
más  siempre abiertos a lo que Dios quiera!

¡Nada sabemos! Pese a la entereza
con que enfrentamos el dolor, la espera,
detrás del mito de la primavera
la muerte aguarda, muda y sin tibieza.

¡Queda el poeta, quedarán los versos
plenos, teñidos de existencia y sueños,
dulzura  y llanto , cánticos y aliento!

¡Y en sus palabras nuevos universos
darán sentido al mundo y sus empeños
rumbo  al futuro, corazón al viento!

©IRENE MERCEDES AGUIRRE, poeta y escritora argentina.
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
Buenos Aires, diciembre 2014



lunes, 12 de enero de 2015

LAS BUENAS INTENCIONES, Juana Castillo Escobar, España

LAS BUENAS INTENCIONES


Juana Castillo Escobar

¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cuán rápido vuelan los años! De nuevo llega otra Navidad y otra Nochevieja. Recuerdo las Nocheviejas en casa de mis padres: todo eran risas, jarana y buenos deseos. Mi madre acostumbraba, desde tiempo inmemorial (pues se lo veía hacer a su abuela), a darnos una hojitas de papel en blanco, en ellas anotábamos todos y cada uno de nosotros nuestras "buenas intenciones" para el año que pronto iba a comenzar. Después, doblábamos el papel y poníamos nuestro nombre bien visible. Cuando la última campanada de la media noche había sonado, tras descorchar las botellas de sidra y haber acabado de tragarnos los restos de uvas, darnos los tradicionales besos y abrazos, mamá sacaba la bombonera de las buenas intenciones. Volcaba sobre la mesa los papelitos del año anterior y, con gesto solemne, íbamos depositando en el vacío recipiente las propuestas para el nuevo año. Después nos repartía las hojas atrasadas, las leíamos y comprobábamos si todo lo que nos propusimos el año anterior lo habíamos llevado a cabo. Para finalizar, lo quemaba en un cenicero de cristal.
También recuerdo cómo un año, ya en mi adolescencia, no devolví la hoja y la guardé en mi diario. ¿Por qué quemarla? En ella, con letra pequeña, redonda, aún infantil había escrito: "Este año debo esforzarme más en todo: en estudiar, arreglar mi habitación, no gritar al hablar, no tener tan alto el volumen de la cadena musical..."
¡Qué chorradas! ¡Se nota que era pequeña! De todo lo que me propuse, aunque parezca mentira, creo que tan sólo cumplí con lo de estudiar. La habitación estuvo arreglada uno o dos días (tenía que hacer sitio para lo que llegara por Reyes), después volvió a ser la leonera que tanto disgustaba a mi madre. Creo que continué hablando a gritos con mis hermanos, eso no lo recuerdo bien; lo que sí recuerdo es que los discos que les cogía a mis hermanos de "Los Bravos", "Fórmula V" o "Los Pekenikes" continuaban atronando desde los altavoces.
Hoy en día, ya casada, continúo con la ancestral costumbre de mamá: guardar las buenas intenciones, de un año para otro, en una bombonera de cristal y quemar, con fuego purificador, las pasadas.

Y, de nuevo, Nochevieja. Todo el día metida en la cocina, guisando y buscando platos nuevos para dar gusto a todos los comensales. Trajinamos en ella, mi marido y yo, casi sin parar. El tiempo vuela, la familia está a punto de llegar y el niño pronto a levantarse de su larga siesta. Hoy es su primera Nochevieja en familia. Nos arreglamos, después al niño y, antes de que el bullicio no nos deje hacerlo, anotamos nuestras intenciones para el año próximo y las dejamos, provisionalmente, en un cajón.

"Yo quisiera -escribo- que todo salga bien. Que los deseos de paz, amor y felicidad que tanto manejamos en estas fechas se cumplan. Pienso que debo ser más paciente con mi familia política. También me gustaría que mi cuñada no fuera tan plasta, ni mi suegra tan exigente..." Pensándolo bien, la verdad es que han variado poco con respecto a las del año pasado.

La familia ha llegado. Todos traen cara de júbilo.
- ¡A cenar, que es gratis! -dice uno de los invitados. El resto ríe la broma.
Ya sentados en torno a la mesa, da comienzo la ceremonia de la cena: sirvo caldo gallego para los más frioleros, salpicón de marisco para los más atrevidos, bacalao con tomate para los amantes del pescado... Una serie de platos distintos para que puedan elegir. Se oye la voz de mi suegra, como siempre agria, entre el bullicio general:
- Este caldo está frío.
- No se preocupe, abuela, ahora mismo se lo caliento -y corro solícita hasta la cocina.
Cuando regreso es mi cuñada la que habla:
- ¿Son congelados estos langostinos? -Nadie responde, ella continúa-: Es que, por el tamaño que tienen..., os han debido costar caros.
Mi marido la mira y mira a su hermano quien, por debajo de la mesa, da un empellón con la rodilla a su mujer para que se calle.
El ambiente se está caldeando. ¿Es que siempre va a ocurrir lo mismo? Al cabo parece que todo se calma y cenamos en paz (por el momento). Quedan pocos minutos para que den las doce de la noche, la familia ríe: unos cuentan las uvas, no vaya a ser que les haya caído alguna de más; otros las pelan; otros cambian impresiones... En esto se escucha nítidamente:
- Mamá, caca.
Todos callan y miran hacia la esquina de la mesa. Mi hijo repite:
- Mami, caquita. El culete tene caquita.
- Por favor, cariño, ¿no puedes esperar sólo un poquitín?
Pero el olor me dice que no puede esperar, y él también. Insiste. Tira de mis mangas, de la falda. Me estoy levantando cuando mi cuñada ataca de nuevo, con voz avinagrada exclama a los cuatro vientos para que se le oiga bien:
- ¡Qué niños! ¡Pero qué mal educados que están!
La miro, me callo y, con el niño casi en volandas, salgo del comedor. Voy echando chispas y deseando que todo acabe y se marchen a sus casas porque, creo, no voy a poder aguantarme ni un sólo minuto más.
Cambio al niño de pañal y regresamos al salón. Mi hijo está excitado porque es el primer año, de sus dos de vida, que se queda levantado hasta tan tarde, ríe y da palmas. Cuando todos estamos comiendo las uvas nos mira embobado; supongo pensará que todos estamos chiflados porque a uno se le atraviesa un hollejo y hace unas muecas horribles; otro trata de no ahogarse; otros, como yo, estamos al borde del ataque de risa y nervios y, a otros, les rezuma el caldo por las comisuras de los labios.
Ha sonado la última campanada. Se descorchan las botellas de cava. Todo son risas, besos, entrechocar de copas y, según parece, felicidad. Mi cuñada coge en volandas al niño y lo estruja, a él no le gusta y con su sonajero de colores le arrea un golpe en la cabeza. Casi me lo tira al suelo al soltarlo, de tan mala leche lo hace que se tambalea y la que se cae es ella.
¡Para qué contar ni decir lo que salió por su boca!
Yo quería aguantarme la risa, lo conseguí parapetándome tras el niño. Los demás reían abiertamente. Mi suegra, sentada en el sillón, la mira y con voz temblona dice:
- ¡Pobrecita, con lo mayor que es y qué forma más idiota de caerse!
Después soltó una sonora carcajada. Se ve que no le tiene mucho aprecio. ¡La que se lió fue de campeonato! ¡Menos mal que se marcharon pronto y nos dejaron en paz; sino, no sé cómo habría acabado todo! Lo que sí sé es que, para el próximo año, procuraré no pasar la Nochevieja en casa.
Acostamos al niño, que no quería dormirse por la excitación del día. Por fin cayó rendido después de cantarle unas cuantas nanas. Mi marido y yo regresamos al salón. Parecía que había pasado un huracán por él. Saqué la bombonera y, de ella, las buenas intenciones del año anterior. Sin leerlas las quemé. Mi marido me miró y me hizo un guiño:
- ¿Qué has puesto para este próximo año?
- Lo mismo que el anterior -le respondí-, pero creo que voy a variar el texto que había redactado antes.
- ¿Y, se puede saber qué se te ha ocurrido? Porque, si me gusta, te plagio. Tampoco yo he conseguido todo lo que me propuse hacer.
- Pues te diré que mis buenas intenciones serán: hacer un largo viaje hasta Orión o las Pléyades. Y, tal vez, con un poco de suerte, nos trague un agujero negro y no regresemos en muchos, muchos años. ¡Ah, y ojala al otro lado las cosas sean mejores o, como mucho, distintas!

Madrid, 2005


©Juana Castillo Escobar, poeta y escritora española.
Miembro Honorífico de Asolapo Argentina











EL TÍO JAIME, escribe María Inés Malchiodi, San Luis, Argentina



EL TÍO JAIME


Te voy a contar la historia de mi tío Jaime, el que siempre andaba apurado para irse de fiestas.
Tenía unos cuántos años más que mi padre, pero desde chicos salieron juntos, buscando la diversión después de tantas horas de trabajo arduo en el campo. Se empilchaban que daba gusto, rasuraban bien la cara, recortaban el bigote y partían. Aunque a mi viejo apenas le asomaban unos pelos hirsutos en el borde de la quijada, pero igual, le hacía que se pasara la maquinita para quedar con la piel suave, como de niño recién parido.
El tío Jaime tenía unas pilchas  nuevitas, relucientes, que guardaba con mucho celo en el fondo del ropero de su cuarto allá en el rancho y las usaba nada más que para los fines de semana, cuando salían para tener fiestas en algún lugar del pueblo. A mi viejo apenas si le daba unas chirolas para que tuviera en el bolsillo por si alguna vez se le antojaba algo raro, pero no era cuestión de andar gastando en pavadas. Solo si surgía algo de momento, y no estaban tan cercanos como para andar rasguñando los bolsillos en la búsqueda del sustento que les permitiera tirarse una cana al aire, según se presentara la fiesta.
Los preparativos llevaban unas horas, aunque desde la tarde anterior sabían que al día siguiente no se trabajaría hasta tarde. No se comía demás, por las dudas que se descompusieran en los bailes, tanto hamacarse en los compases de las milongas y las cuecas. Era puro jolgorio saber que al día siguiente podrían bailar con las chicas, engordar el ojo para que dure hasta la semana que viene…
Mi viejo era demasiado chico para enamorarse en serio, decía el tío Jaime.
Si al final de cuentas, él mismo era un solterón empedernido que había jurado no volver a buscar a nadie que le propinara lisonjas y caricias robadas a las estrellas, detrás de la enramada de los patios donde se celebraban las fiestas.
Tenían la conducta de beber hasta que las velas no ardieran, pero siempre, debían volver juntos para las casas, no fuera cosa que en el entrevero de las despedidas, alguno quedara tirado en una acequia de pura curda nomás…
La música era la invitación primera para los bailes comunes, cuando se miraba a la chica y se le hacía la cabeceadita, ese murmullo de ojos y sonrisas demasiado esquivas, por si la niña decía que no, y no quedaran expuestos a la negativa.
Mi viejo no pretendía mucho, todavía era muy joven; pero el tío Jaime, cuentan que ya andaba medio desesperado buscando alguna niña de su casa que supiera de los quehaceres del día y las bienaventuranzas de la noche, sin haber pasado demasiado por los catres ajenos y las sábanas de paja de los graneros. Había que ser un poco cauto, no era cuestión de andar desparramando ilusiones entre algunas que no tenían merecido.
Salían después de la última comida de la noche, los viernes de casi todas las semanas. Ya sabían de antemano quién de todos los de la zona se encontrarían en el baile, cómo se saludarían entre cada uno con las manos francas, extendidas y fuertes en el apretón que dejaría la impronta de la sinceridad del guapo que trabajaba bien la tierra. Mi viejo apenas si tocaba el ala del sombrero en el saludo, y en seguida extendía su mano franca y un poco temblorosa, aunque nadie le prestara demasiada atención. Sólo iba de acompañante del tío Jaime y nadie preguntaría por él si algún día no llegaban juntos. El  muchacho tendría que hacerse hombre, quemarse el garguero con la ginebra y darle un toque de macho a su voz cambiante de aquélla época. Tenía que aprender a beber y a no caer. A bailar y no sentir, a querer y no enredarse en la partida. Todo eso pensaba el tío Jaime cada vez que salía con mi padre en búsqueda de una noche de parranda y vino tinto.
Las trancas eran machazas. Venían zigzagueando por las banquinas, a veces de a caballo, otras en el carro de algún vecino, tirados sobre los fardos, mirando para arriba. Cuando la noche se empañaba de rocío la curda se hacía más cruda, apenas si reconocían. Les dijeron que para llegar más erguidos a las casas, tendrían que valerse de algún jugo de hinojos y cenizas, pero dónde hallarlos en las amanecidas borracheras de tío y sobrino.
Las chicas eran siempre las mismas. No había demasiadas variantes entre las que venían al baile cada viernes, apenas si cambiaban los vestidos. Pero una noche, bien brillante la luna sobre los postes del camino, el tío Jaime volteó la vista y allí la vio; una niña preciosa, pura sonrisa en el rostro, el pelo cayéndole en rizos cobrizos sobre los hombros, una seda brillante ciñendo apenas la curva de sus caderas firmes, anchas, buena matrona sería. La invitó a bailar llegándose hasta la mesa. No era cuestión de andar con cabeceadas, ni medias sonrisas. Cruzó todo el salón para acercarse donde la chica estaba rodeadas de tías y comadres, como corresponde a una verdadera joyita que sea digna. Pidió permiso a las viejas, ninguna le miró el rostro. Alguna de ellas, bien hubiera querido que el tío Jaime la llevara al centro de la pista. La niña puso su mano sobre la del hombre. Una mano firme, pequeña, blanquecina. Toda ella era blanca, transparente, cristalina. El soplo de un ángel parecía. Bailaron toda la noche. Entre trago y baile, la mirada del tío se hizo nublada, los pasos lánguidos, las voces apenas susurros de muselina.
Mi viejo se quedó a un costado, esperando que la música callara y los de la orquesta decidieran dar por terminada la velada. Medio mareado, medio cansado, todo a medias, también hastiado por la espera, salió al patio y el cielo ya estaba clareando, se cernía un frío húmedo que calaba los huesos hasta hacer rechinar los dientes. La curda de esta noche sofrenaba el paso, pero había que esperar al tío. Mientras limpiaban la barra, le ofrecieron otra caña, y la mandó de un solo trago. Para calentar la fibra, pensó, y miró para donde estaba su compañero. En eso, vio que salían, la niña ya no tenía a sus acompañantes que la esperaban. Nadie más que ellos quedaban a las puertas del baile, y entre mareos y suspiros, el tío Jaime se quitó el saco para cubrir los hombros de la muchacha que temblaba, entre el amanecer y el rocío.
Tenían que acompañarla hasta la casa, y emprendieron el camino. Había caballo para dos, y ella no  quería montar.  Mi viejo subió a su zaino, y el tío de a pié fue llevando a la yegua de tiro, y a la niña del brazo. Por un tramo largo fueron zigzagueando, llenándose de tierra las botas, escurriéndose en las cunetas, saltando charcos y escuchando gallos amanecidos. La chica le agradeció tanto por esa noche de fantasía… se colgó de su cuello, lo besó con tierna cadencia mortecina, apenas el roce de su labio sobre la cara curtida.
Llegaron a la casa y el tío prometió que la visitaría al día siguiente, y al otro y al que vendría. La chica le dio una ramita de poleo de la planta que había en la puerta del rancho, y el tío Jaime la guardó en su pecho, acaso queriendo amortiguar el hedor de tanto vino. La muchacha cortó un ramito, lo olió despacio, impregnando todo su cuerpo con olor a sierras amanecidas.
 Por obra de Dios habían llegado caminando hasta el lugar; habría que ver si el caballo y la yegua se animaban a encontrar el rumbo hasta las casas y dejarlos que el sueño borrara los rastros de la tranca de aquella noche. Tan boleados estaban los dos, uno de sueño y otro de amor, que ninguno creyó que el alcohol fuera el motivo por el que estaban felices, babeantes, distendidos, sonrientes, aunque la cabeza comenzara a girar en órbitas más amplias, y el martilleo de las sienes semejara el galope que los animales no se atrevían a emprender.
-          Qué te pareció mi china, sobrino? – dijo el tío Jaime al día siguiente, como a las cinco de la tarde cuando despertó de su prolongada siesta.  Era feriado y no tenían las obligaciones del trabajo en el campo, podrían dormir a pata ancha hasta que se les acabara la resaca.
-          Bonita, tío. Volverá a verla?
-          Ya mismo me voy a su casa. Le dije que al atardecer estaría buscándola para dar un paseo.
Así fue como el tío Jaime partió solo y fresco. Ni rastro de la borrachera de la noche anterior, ni de las de siempre. No había pasado nada por ese cuerpo, más que la dulzura de esa niña por la que convenía andar los pasos aunque fuera a pie para llegar a la casa del poleo en la puerta.
Golpeó las manos, y al rato, apareció una vieja. Preguntó por la chica. Matilde se llamaba. Al menos, eso le dijo entre los bailes y las risas.
-          Acá no hay nadie con ese nombre, dijo la mujer con sorpresa.
-          Mire, doña. Anoche acompañé a su casa a una chica, estaba con usted y las comadres en el baile de La Petra, recuerda?
-          Pero aquí no hay ninguna niña, ni con ese nombre ni con ninguno. Se ha equivocado de plano, amigo- dijo otra vez la vieja.
Al rato salió un hombre. Llevaba puesto un sombrero grande, gastado y mugriento. No se parecían en nada a la chica. Ni por las tapas hubiera dicho que eran parientes de la niña de la noche de la fiesta del pueblo.
 El tío Jaime volvió unos pasos hacia atrás. Miró en derredor, tocó la planta, recorrió las pequeñas ramas hasta dar con la cicatriz  fresca de unos  cortes. Si era allí donde dejara a Matilde, por qué negarla, si la dejaron bailar toda la noche…
Buscó las huellas. Había pisadas frescas de caballos. Botas de hombre marcadas en la tierra. No cabían dudas. Era la casa, era la puerta, era la planta de poleo y el recuerdo.
Por qué negarla, volvió a preguntarse en medio de tanta tierra.
-          Puedo pasar?-  preguntó el tío Jaime, en un último intento de encontrarla…
-          Mire, don Jaime – dijo el hombre, entrejuntando las cejas. – Matilde hace mucho que se ha ido de esta casa. Era m´hija, sabe? Pero no le haga más preguntas a la vieja. La va a poner triste. No vale la pena. Matilde murió hace mucho…  M´hijita es una estrella que titila de esperanza cada noche. Pero usté no vuelva.
-          No puede ser, dijo el tío Jaime.  -Yo vine aquí, mi sobrino me acompañaba. Él no me dejará mentir… déjeme entrar, seguro no quiere que yo la vea.
-          Pase… si usté desea…
El tío Jaime entró.
En un extremo de la cama de hierro del cuarto de Matilde, colgaba el saco con que la noche anterior, la cobijara del frío.
A los pies de la cama yacía, apenas mustio, un ramito de poleo…

© MARÍA INÉS MALCHIODI, poeta y escritora argentina.
MIEMBRO ACTIVO DEL GRUPO DE AMIGOS DE ASOLAPO ARGENTINA.
Desde San Luis, Argentina