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sábado, 11 de abril de 2026

TAN POCO QUE APRENDEMOS - Roberto Alifano - Buenos Aires, Argentina

 




TAN POCO QUE APRENDEMOS

"En fuga irrevocable huye la hora" Francisco de Quevedo

 

El crimen de la guerra es un ensayo publicado por Juan Bautista Alberdi en 1870 sobre el pacifismo universal, que cobra con el tiempo más vigencia por la locura del hombre. En ese texto el prócer argentino califica la guerra como un crimen, un robo y un incendio a gran escala. Alberdi sostiene que la guerra es un instrumento anticuado y asesino que degrada a la humanidad; propone en cambio el comercio, la industria y la educación como motores de progreso condenando la violencia y cualquier forma de apropiación.

Una pacífica polémica literaria, de las que nunca faltan en el gremio; sin sangre que llegara al río, por supuesto, llevó en Chile, durante la década del cincuenta al poeta Nicanor Parra a elaborar una teoría sobre la anti-poesía, anti-Nerudiana, que no es más que poesía en movimiento con un poco de rebeldía, armada de algún que otro verso revulsivo, apuntando en este caso hacia el encendido y surrealista lirismo de Pablo Neruda, quien, con la correspondiente paciencia, comparable a la del personaje “Rip Van Winkle” de Washington Irving, no se dejó envolver por el ataque y, sin entregarse tampoco al sueño conciliador, despertó con otra artillería lírica deshaciendo el entuerto y abarcando con su “Residencia en la Tierra”, cualquier desviación universal de la palabra poética, que era nada menos que otro áspero sendero pretendidamente empedrada de una absurda violencia del hombre contra el hombre. Y con apostadores que son, sin duda, lo más convocante, aunque la mayoría no lo interpretó así. La inocencia de la palabra en estado de pureza se disolvió como ya se presumía con rebeldía y lirismo en un abrazo poético por parte de ambos, aunque ambos lo negaran: en el caso de Parra con su impecable “No hay olvido” de sus Poemas y Antipoemas: “Juro que no recuerdo ni su nombre, / mas moriré llamándola María, / no por simple capricho de poeta: / por su aspecto de plaza de provincia…”

Y en el de Neruda: “Si me preguntaís en dónde he estado / debo decir ‘Sucede’. Debo de hablar del suelo que oscurecen las piedras, / del río que durando se destruye: no sé sino las cosas que los pájaros pierden / el mar dejado atrás o mi hermana llorando...”

Felizmente, como sucede con la gente civilizada y exquisita, aun en estado de exasperación momentánea, todo se pacificó y sin un envolvente duelo a espadas o armas de fuego, sin nubes negras y tormentosas, el cielo siguió dibujando belleza con ensoñadores colores y formas. En este caso con versos de bellísimas metáforas, que bien pueden competir entre formas diversas con un apacible amanecer de amables paisajes del ‘Ángel Miguel’ o ‘Michelangelo’ (bautizado como Miguel Ángel Buonarotti, con un revulsivo y tormentoso crepúsculo de retorcidas flores de Pablo Picasso.

Sucede que en este maravilloso y tentador laberinto del arte los elementos en disputa son ágiles y mutables, inofensivos y pacíficos, casi sagrados, ya que por otro lado (aunque con panorama casi siempre enigmático, acechen la belleza desde todos los costados, aun haciendo que entre gallos y medianoche se reflejen las múltiples formas del arte, y luego las cosas, solas con sensatez y sin que la sangre nunca llegue al río, se acomoden solas. Porque sucede que los poetas, aunque a veces muestren los colmillos, son en el fondo gente inofensiva y por demás civilizada, acaso con una exageración inquietante.

Vana esperanza de los más pesimistas que gustarían ver a los contrincantes con lanzas o espadas luchando a matar o morir bajo las radas de la arena de un circo romano; aunque también es probable que, dentro de esa suposición, el bendito avance científico y tecnológico, que por un lado facilita la vida con múltiples hábitos de confort, no dejen de inquietar, casi siempre aterradoramente con bombas y metrallas que amenazan desacomodar las cosas del todo, a tal punto de destruirlas y se postulen a épocas de enloquecidas confusiones y peores crueldades; tales como la que nos aterran ahora con guerras absurdas y cruzadas como la iniciada por este nuevo temerario asesino retrógrado y nuevo apóstol del horror llamado Donald Trump.

Pero para mal o para peor todo puede ser probable en esta disparatada Viña del Señor y en manos del hombre (sea de cualquier, raza o ideología). Hasta el punto de imaginarnos un Hitler o un Stalin por suerte sepultado para siempre en la misma tumba de los desalmados, junto a tantos inmemoriales sujetos, que desde que el mundo es mundo viven siempre enfrentados con el hombre y son sus peores enemigos, hasta que este personaje tan familiar y tan perverso, un demonio exterminador de los propios y de los otros. Con aliados agresivos, criminales como él y no menos insolentes, que se atreven a cualquier fechoría, entre ellas la de asesinar a inocentes.

Por suerte, existe la certeza de que el arte no ha muerto y un poco golpeado o aturdido todavía nos siga brindando paz y belleza. En tanto, no sin bronca y bastante resignado, en lo personal, yo me sigo apoyando en nuestra bendita poesía, que, sin abandonar su explosión verbal en cualquiera de sus formas o estilos, contribuya con su granito de arena proponiendo algunas cosas que, como siempre, no dejan de ser imprescindibles. Elementos retóricos, que quizá casi no cuentan en esta resignada y melancólica liturgia de tantísimas ausencias que va dejando por el camino la guerra y donde casi no caben las expresiones líricas ni las formas reconfortantes de algunas religiones. Y, en algunos dramáticos casos llegan a ser mortales como estos demoníacos ayatola que en poco se diferencian de los Trump, los Putin o los Netanyahu.

Terrible, hoy el mundo no se presenta como una realidad benemérita que debemos celebrar, sino como mero disparate u opaca aterradora palabra que debemos descifrar. Y esto es muy a pesar de nosotros y de las Redes Sociales que clarifican demasiado las cosas o, por el contrario, involuntariamente tienden a complicarlas más de lo que están; a tales extremos de que algunos escépticos improvisan y glosan desde su ignorancia sobre el espantoso y mortífero juego de la guerra, espantoso juego que sumando de manera gratuita e indeseada más horror, entorpeciéndola con intromisiones confusas de alarmantes balbuceos; lo que es peor, sin ningúna calidad estética, porque la guerra, a pesar de Napoleón, no es arte y se mete en el asunto para complicar más las cosas; en algunos casos tomando la delantera y siendo ellos quienes mandan a través del espanto.

Ya no caben dudas de que en estos tiempos cibernéticos la belleza tiembla y declina ante una apabullante realidad posmoderna, que se balancea sobre un viento que hace titubear el paso del Planeta, precipitando a la humanidad de manera inquietante hacia un abismo en tinieblas. ¿Es esto un renacer o es otro remorir? Lo cierto es que todo se lleva a cabo sin garantías de piedad, se apruebe o se niegue todo gratuitamente.

En medio -recurso de bárbaros todavía- de la espantosa guerra, que asesina a los más vulnerables (niños, ancianos, mujeres y toda especie que pasa por allí) causa espanto en la descabellada contemporaneidad; tan injusta y patética desde todo punto de vista. Y, como si fuera poco, montada ahora sobre esta loca navegación virtual, pacifista, pero también aterradora, donde todo se justifica y con una idéntica rapidez se hace y se deshace; a la vez que también se parapeta sobre una soberbia plataforma de irremplazable ignorancia mediática, que busca imponerse desde una pretendida rebeldía descarnada y confusa, regocijante y exaltadora que desconoce toda tradición y respetuosa consideración. Otra locura más más de este desquiciado mundo que cada día está peor con nuevos y despiadados verdugos electos por sus mismos pueblos.

Así son las cosas bajo el dominio de estos brutales y ecuménicos asesinos que amenazan desde el Dios Internet con armamentos nucleares. Disparate omnipresente y omnifuturo, capaz de ser cumplido en cualquier instante.

Aunque nos duela en el alma. En el Norte y en los demás puntos cardinales, estos temerarios aedos del espanto están acechantes. ¿Por qué no alzarnos en pie de paz, contra estos asesinos delirantes que manejan el poder?

 

ROBERTO ALIFANO – Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

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