EL VISTEO
Guardo en mi memoria de juventud de la época
de estudiante secundario, de la lectura de libros o de las películas del lejano
oeste (far west) norteamericano, el recuerdo de aquellas épicas batallas entre
dos vaqueros a puño limpio, revolcándose en el polvo mientras eran jaleados por
la multitud de mirones; un cabezazo en el pecho del contrario, un rodillazo en
los testículos como réplica, el puñetazo en el estómago que hace doblar a éste
y simultáneamente es enderezado por un contundente “upper-cut” que le hace
trastabillar hacia la línea de mirones desde donde es empujado nuevamente al
ruedo para continuar minutos y más minutos a tortazo limpio, patadas, cabezazos
y lo que se preste hasta que uno de los dos cae rendido por el esfuerzo y
vapuleado por el rival, que recoge su sombrero y lo sacude del polvo para
alejarse entre exclamaciones de aprobación,
mientras desata el caballo del
palenque y desaparece poco a poco dejando por detrás una nube de polvo.
Es el triunfo de la fuerza bruta de esa
estirpe de colonizadores de raza pura que hacían prevalecer la razón contundente
de los puños para destruir al rival y demostrarle su superioridad, mientras el
vencido que había tratado por todos los medios no pertenecer a ésta categoría,
sobrellevaba el escarnio de la derrota, las burlas, las huellas en el rostro de
la batalla perdida cuyo detonante pudo haber sido una nimiedad, pero ¿qué
importa eso?, lo importante es el resultado y la vergüenza y oprobio que eso
significa. La finalidad última de ese conciliábulo de puños, demostrar la
preeminencia basada en la fuerza y contundencia de los golpes, se había
logrado.
Traslado mi imagen eidética a otras
latitudes, en el hemisferio sur y concretamente en esa dilatada planicie que
constituye la llanura pampeana. Ya no hay películas ni libros sino la mirada
directa de los sucesos y sus protagonistas. Hay aquí una raza nueva, el gaucho,
que es el producto del mestizaje entre el conquistador y colonizador español
con el indio; unas veces voluntariamente, otras veces el fruto de esa simbiosis
se producía en la medida que los indios tomaban cautivas blancas en sus
malones, o los “huincas” tomaban prisioneras indias en sus excursiones a las
tolderías. En uno y otro caso las mujeres terminaban amancebadas con sus
captores, y de esa mezcla de razas en la difusa línea que separa la civilización
de la barbarie nace el gaucho, que aglutina en sus genes el valor y espíritu de
sacrificio de los conquistadores españoles, y la bravura y sobre todo la
astucia del indio pampeano.
Y ya lo estoy viendo a ese gaucho al que le
pisan las tabas o le mojan la oreja (dicho esto sin eufemismo) prepararse en
esa actitud marcial del “visteo”, en la cual no tiene importancia la fuerza
pues el entrevero fruto del desafío se dilucidará con astucia, con elegancia,
con la “vista” y la rapidez de movimientos que conlleva.
Se ubican los gauchos con la pierna derecha
extendida hacia adelante, uno frente a otro pero como perfilándose, el
antebrazo derecho avanzado hacia el frente y el brazo hacia arriba con la mano
abierta y también tangencialmente respecto al adversario; la mano izquierda por
detrás, tocando la cintura con el dorso, la palma abierta.
Comienza el “visteo” durante el cual, sin
cambiar la postura, los gauchos se van desplazando levemente como en un baile,
las alpargatas mas bien arrastrándose y levantando polvillo, avanzando uno
mientras el otro retrocede, y viceversa. Pero siempre observándose fijamente
mientras con el movimiento sinuoso y constante de su mano derecha trata de
tocar la cara del rival.
Aquí no hay golpes, no hay brutalidad, hay
si se quiere un baile hecho de vanidad, de orgullo, de ligereza en los pies y
la cintura, y la mano que busca el contacto con el rostro del contrario; sólo el contacto, no hay golpe, no hay
violencia ni demostración de fuerza sino de destreza, bailarines deslizándose
sobre la arena pródigos en figuras de ballet (hay tangófilos que aceptan esas
figuras del visteo, que se dan también en los cuchilleros, como antecedentes o
precursores de las figuras en el baile del tango) hasta que uno consigue tocar
al otro. Y ahí termina todo, en el reconocimiento por parte del vencido de la
supremacía del rival, aunque posiblemente se sienta más abatido anímicamente
que aquel cow-boy que recibió la paliza y tiene todo el cuerpo magullado.
Porque esas filigranas, esa elegancia en
su “ser”, forma parte también de su sensibilidad.
Pero también hay otras actitudes
diferenciadoras entre uno y otro especímen americano. El del norte siempre
llevará su revólver a la cintura, el mítico “Colt” con tambor de 6 balas, y
cuando la situación se hace más difícil de resolver con los puños, ahí sale a
relucir la desmesura que significa apretar el gatillo antes que el otro para
matar (o morir si se es más lento), y si la puntería no es tan buena armar un
tiroteo que puede prolongarse más o menos según las características del duelo,
y que generalmente acaba con la muerte de uno de los rivales. El revólver y el
rifle formó parte desde sus inicios de la idiosincracia de los cow-boys y esa
demanda originó el gran desarrollo de la industria armamentística de los
norteamericanos desde sus inicios como nación.
El del sur no lleva revólver porque el
gaucho considera que no es de hombres matar a la distancia, sin lucha; lleva el
facón a la cintura, generalmente por detrás en su vaina sujeta por el cinturón
o la rastra. Forma parte de su indumentaria y constituye una herramienta útil
en su modo de vida. Con él podía degollar y carnear una res (el vaquero la mata
a balazo limpio sin siquiera desmontar del caballo), cazar, afilar una estaca
para hacer un corral de palo a pique, trocear su alimento, lonjear el cuero que
utilizará luego para confeccionar aperos.
Y en circunstancias extremas, cuando está en
juego el honor, la hombría, o hay que responder a algún agravio, el gaucho se
tantea el cinto en busca de su puñal mientras en su otra mano enrolla el poncho
con el que detiene las embestidas del rival, mientras con su cuchillo traza en
el aire figuras muy similares a la acción de “vistear” (pues en realidad hay
que considerar el “visteo” como una especie de entrenamiento para el lance del
cuchillo), avanzando o retrocediendo sin apartar la vista del rival,
desplazándose sin levantar sus pies del suelo, tratando de entrar con un
puntazo o lanzando un hachazo ocasional, pero siempre con la elegancia de ese
baile que puede ser el baile de la muerte; aunque generalmente la contienda es
detenida a primera sangre y el perdedor, además de la deshonra por la derrota,
llevará para siempre en su rostro la marca del agravio.
Posteriormente al gaucho y en los suburbios de las grandes ciudades, principalmente en Buenos Aires, tiene lugar el nacimiento de otra figura arquetípica, fusión de gauchos, mestizos e inmigrantes europeos que constituirían el “compadrito”, y el “malevo” o matón de barrio, también aficionado al cuchillo. Pero esa ya es otra historia.
CÁSAR TAMBORINI DUCA - León, España
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
Académico Correspondiente para León, España
Academia Nacional del Tango
Academia Porteña del Lunfardo

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