LUIS ALPOSTA - Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA
PRESIDENTE: NORBERTO PANNONE
APACIBLE MAÑANA EN EL HIMALAYA
Parece
como si la noche anterior
hubiera saciado toda sed
el día llega pleno de luz
y voces de pájaros
extraños al oído
a lo lejos
el sonido vacilante de una flauta
un rezo matinal
para Shiva, para Buda
o para cualquier otro dios
tan apacible parece esta mañana
como si después de tantos siglos
alcanzase la humanidad
finalmente la paz
finalmente tranquilidad.
de “En la Corriente del tiempo,
Meditaciones en el Himalaya”
GERMAIN DROOGENBROODT – Altea,
España
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO
ARGENTINA
INFIERNO
GAVIOTA
Ahora amanezco crispado de azul
Las plumas blancas recién estrenadas
Me alzan en vuelo sideral
Hacia el otro lado.
Dejo la alborada
Y me sumerjo
En el torrente arenoso de la vida
En busca de una miga de pan.
Pronto vendrá la tarde
Y el maná de los turistas y de los pescadores
Será más sabroso.
Simple vivir en simple vuelo
El mío.
Y mi destino de gaviota
Temblando en la pureza del aire
Pronto se irá como el día
E iré a confundirme
En las arenas sin nombre
De la blanca lejanía de una Luna ciega.
ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO – Santa Fe, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
(*)Adrián Néstor Escudero (Santa Fe, Argentina), 04-01-2026.-
Propalado el 04-01-2026 por vídeo grabación para el LXIIIº ENCUENTRO POÉTICO INTERNACIONAL Y PUENTE DE PALABRAS. Responsables: Prof. Ramón Pulido Rodríguez, de Ciempozuelos, Madrid – España y Prof. Gladys López Pianesi, de Rosario – Argentina).
Publicado el 10-01-2026 en el Blog “ASOCIACION LATINOAMERICANA DE POETAS, ESCRITORES Y ARTISTAS” (ASOLAPO) – Filial Argentina (Buenos Aires) – Presidente y Director de Organización Internacional: Norberto Pannone.
Publicado el 22-01-2026 en el Magazin
Virtual HOJAS DE PALABRAS Nº 166 – Año XIII - Enero 2026 (GRUPO CULTURAL AMIGOS
DEL ARTE GRADA).
EL DÍA QUE MURIÓ BORGES
http://pampeandoytangueando.com/relatos-y-critica-literaria/el-dia-que-murio-borges-4/
Este es un relato en el que conviven la realidad y la fantasía, al más puro estilo del “realismo mágico”. Realidad representada en las personas del mismo Borges, del autor del relato y de su propia familia. La magia surge a través de los personajes ficticios creados por el mismo Borges en algunos de sus cuentos. Fue publicado como FINALISTA en el “XXIV Premio de Relatos Breves” del Diario de León, en el Suplemento “El Filandón” del 17 de mayo de 2009.
Vivía en ese entonces en Parque Leloir, un bucólico sitio de las
afueras de Buenos Aires donde así como la población escaseaba sobraban los
metros de terreno en cada vivienda. En nuestra manzana sólo vivíamos en forma
permanente 3 familias (las restantes viviendas se ocupaban los fines de semana
o en el verano) con la inmensa felicidad de estar en contacto con la naturaleza
y sintiéndonos libres luego de la jornada laboral para disfrutar plenamente el
ocio que un lugar así nos deparaba. Ocio matizado con las tareas de jardinería
o la lectura, que es una de mis pasiones: en los anaqueles de mi biblioteca se
acumulaban y mezclaban Erich Fromm, Ortega y Gasset, Nietzche, Alexis Carrel,
Cortázar, Emilio Mira y López, Jacques Maritain, Roberto Arlt, ¡Borges!. Tenía
todas sus obras, hasta esos 3 pequeños libros de ensayo que había preterido:
“Inquisiciones”, “El tamaño de mi esperanza” y “El idioma de los argentinos”,
que últimamente hizo reeditar su viuda (pese a que él lo había prohibido).
Debo confesar que hubo un
cambio en la percepción de la realidad en mi vida desde el sábado 14 de junio
de 1986, el día que murió Jorge Luis Borges en Ginebra.
Solía quedarme hasta tarde
viendo la televisión mientras Patricia y Juan Manuel (mi mujer y mi hijo de 6
meses) dormían. Como a los 2 o 3 días de la muerte de Borges se borró la
pantalla mientras inquietantes rayas la cruzaban en distinto sentido; luego se
aclaró totalmente y apareció en letra catástrofe el título de una de sus
poesías, “El General Quiroga va en coche al muere”. Luego una y otra vez se
repite la escena en que una partida detiene un lujoso carri-coche tirado por
cuatro briosos corceles. Por la ventanilla aparece la imagen de alguien con
tupida barba, renegridos y centelleantes ojos, que con su mirada torva y vozarrón
potente pregunta y reclama “¡qué significa esto!”; alguien (Santos Pérez) se
acerca en su cabalgadura y le da su respuesta en forma de pistoletazo en el
rostro que queda destrozado, y la figura de la ventana en el carruaje cae
muerta. Este incidente se reproduce algunas noches y después todo vuelve a la
normalidad.
Como a los 15 o 20 días
ocurre algo similar, pero el titular reza “La viuda Ching, pirata” y aparece
una armada de seis escuadrillas, cada una con banderas de distintos colores y
en una, con una serpiente como distintivo, iba una mujer que aparentemente
comandaba las acciones que sucedían posteriormente en la pantalla: el ataque a
un convoy de mercancías, el abordaje de las naves, la muerte bajo una tempestad
de espadas de aquellos que resisten, la
celebración con aguardiente y blasfemias. Como en el caso anterior se repetía
una y otra vez y después de algunas noches desapareció.
Y luego aparece un nuevo
título, “El proveedor de iniquidades Monk Eastman” y la imagen muestra
sucesivamente los relucientes “Colt” en los puños de los hombres de su banda en
la batalla con la banda rival de Paul Kelly bajo los arcos del “Elevated” en el
Distrito de Rivington.
Cuando imaginé que todo
había concluido, pensando que quizás se debía a una broma alucinada de alguien
con los suficientes conocimientos técnicos y medios para interferir las
transmisiones y emitir imágenes a su gusto, pues habían pasado ya un par de
meses sin novedades, una noche que estaba ensimismado en la contemplación de la
televisión en mi butaca preferida de la biblioteca, sucesos posteriores
llevaron inquietud a mi ánimo. Y no era para menos pues esa noche vi descender
de los anaqueles, desde el sector correspondiente a las obras de Borges, a 36
capitanes transportando en bandeja de plata e incrustaciones de jade la cabeza
degollada de Kotsuké no Suké, penetraban en la pantalla de televisión y la
transportaban hasta la tumba del Señor de la Torre de Ako.
No comenté nada a Patricia
para no inquietarla pero la noche siguiente me encerré en la biblioteca
provisto de una enorme hacha, pues presentía que algo grave estaba por suceder.
Ya me vencía el sueño sentado en mi butaca, con los ojos entrecerrados, cuando
percibí ruido. El primero en bajar de los anaqueles fue Bill Harrigan (Billy
the Kid) con su cara de niño; no le tuve piedad y le sacudí un hachazo, pero
como comprenderán, con estas apariciones eso no tiene ninguna efectividad, y
además no se puede reescribir la historia y no era yo el destinado a acabar con
la vida del legendario pistolero.
De modo que para
aligerarme ante la previsible huída dejé el hacha a un lado y ahora sí que el
pánico se aposentó en mi cuerpo pues desde los estantes bajaban en tropel Don
Illán de Toledo y el déan de Santiago (aquel con su magia hacía aparecer y
desaparecer una enorme espada toledana en su puño izquierdo); Hakim que sin sus
cuatro velos mostraba su monstruosa cara leprosa; Francisco Real (el
“Corralero”) y Rosendo Juárez (el “Pegador”) y entre ellos dos “La Lujanera”.
Cuando los vi acercarse amenazadores decidí que la velocidad de mis piernas era la mejor arma de que disponía para contrarrestar las nefastas intenciones que adivinaba en el rostro de los mentados personajes; el “Corralero”, con su enorme cicatriz marcándole el rostro y con su facón amenazante tejiendo filigranas en el aire es el que me inspiraba mas temor, si cabe, que los demás (mas aún porque yo siempre creí y sostuve que a él lo mató Borges -locuras de juventud- y tal vez se quería vengar en mí).
Al correr tropecé con una
mesita donde reposaba una lámpara de kerosene que encendía todas las noches
para sentir mas acogedora la estancia; se derramó el líquido y el incendio
comenzó voraz alimentado por el combustible material que ahí se hallaba. Lo
último que alcancé a ver fue a los personajes trepando a los anaqueles,
penetrando en los libros que serían luego pasto de las llamas. Recuerdo haber
escuchado alaridos sobrecogedores, pero
no sé si en realidad era yo el que gritaba.
Cuando desperté en el
hospital con quemaduras en todo el cuerpo, Patricia me anotició* que “sólo” se
había quemado la biblioteca (y debo reconocer que ese “solo” que sabía a gloria
dadas las circunstancias, me resultaba
por otra parte tremebundo pues había perdido algunas obras que me resultaron
difíciles de encontrar, entre otras “La Tierra Cárdena”, de H.W.Hudson y un
tomito que estaba siendo objeto de estudio, el “Manual de la Lengua Pampa” de
Federico Barbará), y todavía tengo la duda si lo que aconteció fue tal como yo
lo percibí, o estuve soñando antes del incendio o si fueron delirios de mi
imaginación cuando estaba postrado y con fiebre alta en la cama del hospital.
Ahora, miro a través del
ventanal con rejas y veo la gente que pasa caminando por la calle –según me
dijo la enfermera se trata de la calle Vieytes**- algunos apresurados, otros detienen su marcha
y observan con curiosidad hacia el hospital; eso no lo entiendo, porqué se
detienen a mirar con curiosidad. Y otra cosa que no entiendo es porqué me
mantienen con esta camisa, atada con dos tiras por la espalda que me impiden el
movimiento de mis brazos.
CÉSAR J. TAMBORINI DUCA – León, España
MIEMBRO HONORÍFICO DE
ASOLAPO ARGENTINA
Académico Correspondiente
para León
Academia Porteña del Lunfardo
*”anotició”: manera coloquial de expresarse el hombre de campo en la Argentina que resulta contradictoria, pues el prefijo “a” de raíz griega denota negación a la palabra a la cual va unida, por lo que etimológicamente significa “no dar la noticia”, cuando en realidad se está diciendo lo contrario.
**Vieytes: calle
de Buenos Aires donde se encuentra el principal instituto para enfermos
mentales de la Argentina.
«L´UOMO»
El hombre está situado ante sí mismo como un “todo”. Todo lo experimenta desde su yoidad. Puede cuestionarlo todo, pues todo se le plantea como un conocer. Su experiencia será la comprensión cuando se trate de algo verificable. O interrogarse por la causa si no puede entenderlo e ir de pregunta a respuesta y de respuesta a nueva pregunta hasta el límite de su conocimiento. Esto se llama “experiencia trascendental”.
En
este camino tiene tres posibilidades. Una es no querer interesarse ante el
hecho, lo cual equivaldría a alejarse del saber. (indiferencia) Dos, al llegar
al límite de su comprensión renunciar y considerar que no hay respuesta, esto
es, la “nada” como respuesta (el absurdo) Y tres, aceptar que debe haber una
respuesta más allá de su conocer personal (la confianza)
Retrato del hombre
El
hombre, la criatura más evolucionada de la creación es un misterio para él
mismo.
Ha
sido capaz de descubrir misterios insondables como la desintegración del átomo
o llegar hasta otros planetas, lo que le constituye en un “semidiós”. Asimismo,
crear la inteligencia artificial y computadoras capaces de competir consigo, al
punto de correr el riesgo de robotizarse. De igual manera se encuentra rodeado
por el hedonismo y el consumo, lo que podría plantear si realmente él domina
sus deseos o son estos los que le poseen a él.
Persona y sujeto
Si
arrojamos algo a un estanque se formarán tres círculos concéntricos, del mayor
al menor. El primero representa el “tener”. El segundo el “hacer” y el último
el “ser”. Se suele conocer al hombre por lo que tiene (por ejemplo, conocimientos,
fortuna…), algo que también pueden poseer los demás. Se suele conocer al hombre
por lo que “hace” (por ejemplo, el trabajo, el arte…) algo que también poseen
los demás. Pero lo que “es” sólo le pertenece a él, ya que es diferente del
resto, y esto se constituye en lo más desconocido para los demás e incluso tal
vez para él mismo.
Ser
persona es ser inabarcable. Indefinible. Cada antropología aborda al hombre
desde un determinado punto de vista, pero no en su totalidad. Esto es, resulta
irreductible. Y si es irreductible, es también un ser- en- proyecto. No está acabado, sino en evolución. Desde aquel
lejano día en que fue un mono no ha dejado de evolucionar y va transformándose
en el entorno según su ideología, el amor, etc. Si es un ser en proyecto es
también anhelante. No se conforma con lo que es, sino que quiere ser “más”. No
más que los demás, sino más que él mismo. En eso consiste la felicidad. Pero
igualmente se reconoce contingente, esto es, no necesario y sí necesitado por
lo que pueda proporcionarle el equilibrio interior que necesita para saciar su
sed de vivirse plenamente.
Ser
sujeto implica racionalidad. Los animales evolucionan guiados por el instinto,
pero sólo el hombre es capaz de pensar. Pensar es estar abierto a la vida y
preguntarse por todo. Es un diálogo constante con el mundo y consigo mismo.
Naturalmente, la pregunta implica la duda. Se dice “no estoy seguro de nada” (al
menos, sí está seguro de su inseguridad). La negación absoluta no existe, pero
sí la duda razonable. Por eso, ha de correr el riesgo de arriesgar una
respuesta.
El
riesgo de la decisión implica la libertad. Para ello es necesario el equilibrio
de sus facultades. Una inteligencia que piensa. Una voluntad que actúa y la
responsabilidad de actuar siguiendo la rectitud de la conciencia. Todo esto
conlleva salir del límite de su finitud y buscar el sostenimiento de las
preguntas que conviven con él desde que hace uso de la razón y no se evade de
sí mismo. ¿Para qué es la vida?
Preguntas
El
hombre está dotado de razón y libertad y necesita reconstruir el puzzle de la existencia
para reconocerse él. Por eso, se pregunta por el mundo y por sí mismo.
¿Tiene sentido la vida? ¿Una vida sin futuro, donde sólo queda el presente y
se aferra a él contemplando la violencia, la enfermedad, el odio, la
injusticia, el hambre, la desigualdad, que sentido puede tener? Esto
significaría que la vida es un absurdo y el hombre un condenado sin esperanza.
De ahí, que muchos caigan en el desencanto y la desesperación.
También
considerar que el sentido de la vida es pasarlo lo mejor posible sin más― de ahí el dicho “para dos días que hay que vivir”
― y renunciar al pensamiento. Así, se justifica la filosofía del utilitarismo,
esto es, que lo bueno es lo que es bueno para uno sin pensar en los demás, todo
lo cual conduce al enfrentamiento al chocar los intereses.
Si el destino
final del hombre es acabar en la “nada” y el presente se antoja insoportable,
¿no sería mejor acabar de una vez por todas en el suicidio?
Pero también la
pregunta mira hacia el progreso. Si la vida carece de sentido y el final
absoluto es la muerte física, el hombre será guiado por el dios de la Ciencia.
El hombre es el progreso. ¡Viva el hombre!
Hay quienes no lo
entienden así y desean prosperar, pero sin que el hombre quede subordinado a la
ciencia y pase a ser en lugar de “alguien”, “algo”. Entonces, aun de manera
insuficiente vislumbra la trascendencia.
Preguntarse por sí mismo
El hombre se
pregunta por sí mismo. Siguiendo al filósofo Kant son tres las preguntas
cruciales: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar? Si el hombre reconoce que “lo que no existe no
puede darse existencia a sí mismo”, esto implica que le ha sido dada la
existencia. La respuesta es que hay «Alguien»
que se la ha dado, aunque se constituya en un «misterio».
¿Qué debo hacer?
El hombre necesita tener una referencia del bien, y si sigue la filosofía del
mundo procurará sólo su propio bienestar y se desentenderá de los demás, lo
cual creará en él un vacío existencial.
¿A dónde voy?
Ante esta pregunta sólo caben dos respuestas: al final de la vida está la “nada” (¿Y qué es la nada más allá de
nada?) o la trascendencia. ¿No sería más aceptable arriesgar una
respuesta que pueda conducir a alguna parte?
El Misterio sustentador o la experiencia trascendente
Una historia. Dos
hombres observan el cielo estrellado. Uno dice que ha de existir una causa para
que exista y el otro dice que es producto del azar. Pero, ¿qué es el azar o
casualidad, sino barajar una serie de respuestas ante la pregunta que no pueden
responder realmente? Y no obstante el cielo se ilumina cada noche ofreciendo un
espectáculo inabarcable. No, ciertamente ha de haber una causa. Negarla
equivaldría a admitir que es inexplicable, pero no que no es real. Esto
equivale a aceptar la evidencia, aunque no se tenga la capacidad de entenderla
en los límites de la razón humana. Ante el hecho el hombre ha de optar por la
decisión del caos, de lo absurdo o de una realidad que se le escapa al
entendimiento.
Opciones
Frente
al Misterio puede optarse por dos posturas.
Ignorarlo
todo. Esto es, reducir al hombre a nacer
(sin saber el porqué), vivir sin saber para qué y morir abrazando la nada, lo
cual equivale a admitir el sinsentido de la existencia, en cuyo caso, ¿para qué
querer “ser más que es”, es decir, alejarse de la zona simiesca de la que
procede y crecer en su humanidad?
Pero,
también puede abrirse en la búsqueda de una respuesta que responda al sostén
del mundo y del hombre. Así, el Misterio que sustentaría todo cambiaría muchas
cosas para el hombre. El caos de la negación se convertiría en una esperanza.
La nada se transformaría en trascendencia, lo cual respondería a la ´´ultima
necesidad del hombre que es la de vivirse en una vida que no concluya con la
muerte, sino que la transforme. Si se reflexiona seriamente, “cuánto ha de
creer el que dice no creer para sostener su incredulidad”.
RESUMEN
Al
Misterio que todo lo sustenta puede acudirse desde la confianza basada en la realidad. El hombre tiene ante sí el reto de
abrirse a él y buscarlo. Es su riesgo personal. El que niega el Misterio del
que puede ver su huella, pero no al Misterio, no puede saber por qué confiar en
la realidad (que sí ve). Pero esto requiere la decisión libre, y entonces
comprobará que hace lo más razonable (de igual manera que la desconfianza se
convierte en confianza para el que no sabe nadar y cae al agua, al comprobar
que es capaz de flotar)
A modo de conclusión. Ante la pregunta de si existe Dios, reflexiona si tu
comportamiento cambiaría dependiendo de la respuesta. Si no fuese a cambiar,
puedes ahorrarte la pregunta. Pero, si cambiase, la realidad es que ya has
decidido: necesitas a Dios para
vivir. Entonces, sólo resta superar la acidia o pereza del espíritu y pararse a
reflexionar, porque el que busca, encuentra. (Mt 7.
ÁNGEL MEDINA – Málaga, España
MIEMBRO
HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA