EL DÍA QUE MURIÓ BORGES
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Este es un relato en el que conviven la realidad y la fantasía, al más puro estilo del “realismo mágico”. Realidad representada en las personas del mismo Borges, del autor del relato y de su propia familia. La magia surge a través de los personajes ficticios creados por el mismo Borges en algunos de sus cuentos. Fue publicado como FINALISTA en el “XXIV Premio de Relatos Breves” del Diario de León, en el Suplemento “El Filandón” del 17 de mayo de 2009.
Vivía en ese entonces en Parque Leloir, un bucólico sitio de las
afueras de Buenos Aires donde así como la población escaseaba sobraban los
metros de terreno en cada vivienda. En nuestra manzana sólo vivíamos en forma
permanente 3 familias (las restantes viviendas se ocupaban los fines de semana
o en el verano) con la inmensa felicidad de estar en contacto con la naturaleza
y sintiéndonos libres luego de la jornada laboral para disfrutar plenamente el
ocio que un lugar así nos deparaba. Ocio matizado con las tareas de jardinería
o la lectura, que es una de mis pasiones: en los anaqueles de mi biblioteca se
acumulaban y mezclaban Erich Fromm, Ortega y Gasset, Nietzche, Alexis Carrel,
Cortázar, Emilio Mira y López, Jacques Maritain, Roberto Arlt, ¡Borges!. Tenía
todas sus obras, hasta esos 3 pequeños libros de ensayo que había preterido:
“Inquisiciones”, “El tamaño de mi esperanza” y “El idioma de los argentinos”,
que últimamente hizo reeditar su viuda (pese a que él lo había prohibido).
Debo confesar que hubo un
cambio en la percepción de la realidad en mi vida desde el sábado 14 de junio
de 1986, el día que murió Jorge Luis Borges en Ginebra.
Solía quedarme hasta tarde
viendo la televisión mientras Patricia y Juan Manuel (mi mujer y mi hijo de 6
meses) dormían. Como a los 2 o 3 días de la muerte de Borges se borró la
pantalla mientras inquietantes rayas la cruzaban en distinto sentido; luego se
aclaró totalmente y apareció en letra catástrofe el título de una de sus
poesías, “El General Quiroga va en coche al muere”. Luego una y otra vez se
repite la escena en que una partida detiene un lujoso carri-coche tirado por
cuatro briosos corceles. Por la ventanilla aparece la imagen de alguien con
tupida barba, renegridos y centelleantes ojos, que con su mirada torva y vozarrón
potente pregunta y reclama “¡qué significa esto!”; alguien (Santos Pérez) se
acerca en su cabalgadura y le da su respuesta en forma de pistoletazo en el
rostro que queda destrozado, y la figura de la ventana en el carruaje cae
muerta. Este incidente se reproduce algunas noches y después todo vuelve a la
normalidad.
Como a los 15 o 20 días
ocurre algo similar, pero el titular reza “La viuda Ching, pirata” y aparece
una armada de seis escuadrillas, cada una con banderas de distintos colores y
en una, con una serpiente como distintivo, iba una mujer que aparentemente
comandaba las acciones que sucedían posteriormente en la pantalla: el ataque a
un convoy de mercancías, el abordaje de las naves, la muerte bajo una tempestad
de espadas de aquellos que resisten, la
celebración con aguardiente y blasfemias. Como en el caso anterior se repetía
una y otra vez y después de algunas noches desapareció.
Y luego aparece un nuevo
título, “El proveedor de iniquidades Monk Eastman” y la imagen muestra
sucesivamente los relucientes “Colt” en los puños de los hombres de su banda en
la batalla con la banda rival de Paul Kelly bajo los arcos del “Elevated” en el
Distrito de Rivington.
Cuando imaginé que todo
había concluido, pensando que quizás se debía a una broma alucinada de alguien
con los suficientes conocimientos técnicos y medios para interferir las
transmisiones y emitir imágenes a su gusto, pues habían pasado ya un par de
meses sin novedades, una noche que estaba ensimismado en la contemplación de la
televisión en mi butaca preferida de la biblioteca, sucesos posteriores
llevaron inquietud a mi ánimo. Y no era para menos pues esa noche vi descender
de los anaqueles, desde el sector correspondiente a las obras de Borges, a 36
capitanes transportando en bandeja de plata e incrustaciones de jade la cabeza
degollada de Kotsuké no Suké, penetraban en la pantalla de televisión y la
transportaban hasta la tumba del Señor de la Torre de Ako.
No comenté nada a Patricia
para no inquietarla pero la noche siguiente me encerré en la biblioteca
provisto de una enorme hacha, pues presentía que algo grave estaba por suceder.
Ya me vencía el sueño sentado en mi butaca, con los ojos entrecerrados, cuando
percibí ruido. El primero en bajar de los anaqueles fue Bill Harrigan (Billy
the Kid) con su cara de niño; no le tuve piedad y le sacudí un hachazo, pero
como comprenderán, con estas apariciones eso no tiene ninguna efectividad, y
además no se puede reescribir la historia y no era yo el destinado a acabar con
la vida del legendario pistolero.
De modo que para
aligerarme ante la previsible huída dejé el hacha a un lado y ahora sí que el
pánico se aposentó en mi cuerpo pues desde los estantes bajaban en tropel Don
Illán de Toledo y el déan de Santiago (aquel con su magia hacía aparecer y
desaparecer una enorme espada toledana en su puño izquierdo); Hakim que sin sus
cuatro velos mostraba su monstruosa cara leprosa; Francisco Real (el
“Corralero”) y Rosendo Juárez (el “Pegador”) y entre ellos dos “La Lujanera”.
Cuando los vi acercarse amenazadores decidí que la velocidad de mis piernas era la mejor arma de que disponía para contrarrestar las nefastas intenciones que adivinaba en el rostro de los mentados personajes; el “Corralero”, con su enorme cicatriz marcándole el rostro y con su facón amenazante tejiendo filigranas en el aire es el que me inspiraba mas temor, si cabe, que los demás (mas aún porque yo siempre creí y sostuve que a él lo mató Borges -locuras de juventud- y tal vez se quería vengar en mí).
Al correr tropecé con una
mesita donde reposaba una lámpara de kerosene que encendía todas las noches
para sentir mas acogedora la estancia; se derramó el líquido y el incendio
comenzó voraz alimentado por el combustible material que ahí se hallaba. Lo
último que alcancé a ver fue a los personajes trepando a los anaqueles,
penetrando en los libros que serían luego pasto de las llamas. Recuerdo haber
escuchado alaridos sobrecogedores, pero
no sé si en realidad era yo el que gritaba.
Cuando desperté en el
hospital con quemaduras en todo el cuerpo, Patricia me anotició* que “sólo” se
había quemado la biblioteca (y debo reconocer que ese “solo” que sabía a gloria
dadas las circunstancias, me resultaba
por otra parte tremebundo pues había perdido algunas obras que me resultaron
difíciles de encontrar, entre otras “La Tierra Cárdena”, de H.W.Hudson y un
tomito que estaba siendo objeto de estudio, el “Manual de la Lengua Pampa” de
Federico Barbará), y todavía tengo la duda si lo que aconteció fue tal como yo
lo percibí, o estuve soñando antes del incendio o si fueron delirios de mi
imaginación cuando estaba postrado y con fiebre alta en la cama del hospital.
Ahora, miro a través del
ventanal con rejas y veo la gente que pasa caminando por la calle –según me
dijo la enfermera se trata de la calle Vieytes**- algunos apresurados, otros detienen su marcha
y observan con curiosidad hacia el hospital; eso no lo entiendo, porqué se
detienen a mirar con curiosidad. Y otra cosa que no entiendo es porqué me
mantienen con esta camisa, atada con dos tiras por la espalda que me impiden el
movimiento de mis brazos.
CÉSAR J. TAMBORINI DUCA – León, España
MIEMBRO HONORÍFICO DE
ASOLAPO ARGENTINA
Académico Correspondiente
para León
Academia Porteña del Lunfardo
*”anotició”: manera coloquial de expresarse el hombre de campo en la Argentina que resulta contradictoria, pues el prefijo “a” de raíz griega denota negación a la palabra a la cual va unida, por lo que etimológicamente significa “no dar la noticia”, cuando en realidad se está diciendo lo contrario.
**Vieytes: calle
de Buenos Aires donde se encuentra el principal instituto para enfermos
mentales de la Argentina.

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