«L´UOMO»
El hombre está situado ante sí mismo como un “todo”. Todo lo experimenta desde su yoidad. Puede cuestionarlo todo, pues todo se le plantea como un conocer. Su experiencia será la comprensión cuando se trate de algo verificable. O interrogarse por la causa si no puede entenderlo e ir de pregunta a respuesta y de respuesta a nueva pregunta hasta el límite de su conocimiento. Esto se llama “experiencia trascendental”.
En
este camino tiene tres posibilidades. Una es no querer interesarse ante el
hecho, lo cual equivaldría a alejarse del saber. (indiferencia) Dos, al llegar
al límite de su comprensión renunciar y considerar que no hay respuesta, esto
es, la “nada” como respuesta (el absurdo) Y tres, aceptar que debe haber una
respuesta más allá de su conocer personal (la confianza)
Retrato del hombre
El
hombre, la criatura más evolucionada de la creación es un misterio para él
mismo.
Ha
sido capaz de descubrir misterios insondables como la desintegración del átomo
o llegar hasta otros planetas, lo que le constituye en un “semidiós”. Asimismo,
crear la inteligencia artificial y computadoras capaces de competir consigo, al
punto de correr el riesgo de robotizarse. De igual manera se encuentra rodeado
por el hedonismo y el consumo, lo que podría plantear si realmente él domina
sus deseos o son estos los que le poseen a él.
Persona y sujeto
Si
arrojamos algo a un estanque se formarán tres círculos concéntricos, del mayor
al menor. El primero representa el “tener”. El segundo el “hacer” y el último
el “ser”. Se suele conocer al hombre por lo que tiene (por ejemplo, conocimientos,
fortuna…), algo que también pueden poseer los demás. Se suele conocer al hombre
por lo que “hace” (por ejemplo, el trabajo, el arte…) algo que también poseen
los demás. Pero lo que “es” sólo le pertenece a él, ya que es diferente del
resto, y esto se constituye en lo más desconocido para los demás e incluso tal
vez para él mismo.
Ser
persona es ser inabarcable. Indefinible. Cada antropología aborda al hombre
desde un determinado punto de vista, pero no en su totalidad. Esto es, resulta
irreductible. Y si es irreductible, es también un ser- en- proyecto. No está acabado, sino en evolución. Desde aquel
lejano día en que fue un mono no ha dejado de evolucionar y va transformándose
en el entorno según su ideología, el amor, etc. Si es un ser en proyecto es
también anhelante. No se conforma con lo que es, sino que quiere ser “más”. No
más que los demás, sino más que él mismo. En eso consiste la felicidad. Pero
igualmente se reconoce contingente, esto es, no necesario y sí necesitado por
lo que pueda proporcionarle el equilibrio interior que necesita para saciar su
sed de vivirse plenamente.
Ser
sujeto implica racionalidad. Los animales evolucionan guiados por el instinto,
pero sólo el hombre es capaz de pensar. Pensar es estar abierto a la vida y
preguntarse por todo. Es un diálogo constante con el mundo y consigo mismo.
Naturalmente, la pregunta implica la duda. Se dice “no estoy seguro de nada” (al
menos, sí está seguro de su inseguridad). La negación absoluta no existe, pero
sí la duda razonable. Por eso, ha de correr el riesgo de arriesgar una
respuesta.
El
riesgo de la decisión implica la libertad. Para ello es necesario el equilibrio
de sus facultades. Una inteligencia que piensa. Una voluntad que actúa y la
responsabilidad de actuar siguiendo la rectitud de la conciencia. Todo esto
conlleva salir del límite de su finitud y buscar el sostenimiento de las
preguntas que conviven con él desde que hace uso de la razón y no se evade de
sí mismo. ¿Para qué es la vida?
Preguntas
El
hombre está dotado de razón y libertad y necesita reconstruir el puzzle de la existencia
para reconocerse él. Por eso, se pregunta por el mundo y por sí mismo.
¿Tiene sentido la vida? ¿Una vida sin futuro, donde sólo queda el presente y
se aferra a él contemplando la violencia, la enfermedad, el odio, la
injusticia, el hambre, la desigualdad, que sentido puede tener? Esto
significaría que la vida es un absurdo y el hombre un condenado sin esperanza.
De ahí, que muchos caigan en el desencanto y la desesperación.
También
considerar que el sentido de la vida es pasarlo lo mejor posible sin más― de ahí el dicho “para dos días que hay que vivir”
― y renunciar al pensamiento. Así, se justifica la filosofía del utilitarismo,
esto es, que lo bueno es lo que es bueno para uno sin pensar en los demás, todo
lo cual conduce al enfrentamiento al chocar los intereses.
Si el destino
final del hombre es acabar en la “nada” y el presente se antoja insoportable,
¿no sería mejor acabar de una vez por todas en el suicidio?
Pero también la
pregunta mira hacia el progreso. Si la vida carece de sentido y el final
absoluto es la muerte física, el hombre será guiado por el dios de la Ciencia.
El hombre es el progreso. ¡Viva el hombre!
Hay quienes no lo
entienden así y desean prosperar, pero sin que el hombre quede subordinado a la
ciencia y pase a ser en lugar de “alguien”, “algo”. Entonces, aun de manera
insuficiente vislumbra la trascendencia.
Preguntarse por sí mismo
El hombre se
pregunta por sí mismo. Siguiendo al filósofo Kant son tres las preguntas
cruciales: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar? Si el hombre reconoce que “lo que no existe no
puede darse existencia a sí mismo”, esto implica que le ha sido dada la
existencia. La respuesta es que hay «Alguien»
que se la ha dado, aunque se constituya en un «misterio».
¿Qué debo hacer?
El hombre necesita tener una referencia del bien, y si sigue la filosofía del
mundo procurará sólo su propio bienestar y se desentenderá de los demás, lo
cual creará en él un vacío existencial.
¿A dónde voy?
Ante esta pregunta sólo caben dos respuestas: al final de la vida está la “nada” (¿Y qué es la nada más allá de
nada?) o la trascendencia. ¿No sería más aceptable arriesgar una
respuesta que pueda conducir a alguna parte?
El Misterio sustentador o la experiencia trascendente
Una historia. Dos
hombres observan el cielo estrellado. Uno dice que ha de existir una causa para
que exista y el otro dice que es producto del azar. Pero, ¿qué es el azar o
casualidad, sino barajar una serie de respuestas ante la pregunta que no pueden
responder realmente? Y no obstante el cielo se ilumina cada noche ofreciendo un
espectáculo inabarcable. No, ciertamente ha de haber una causa. Negarla
equivaldría a admitir que es inexplicable, pero no que no es real. Esto
equivale a aceptar la evidencia, aunque no se tenga la capacidad de entenderla
en los límites de la razón humana. Ante el hecho el hombre ha de optar por la
decisión del caos, de lo absurdo o de una realidad que se le escapa al
entendimiento.
Opciones
Frente
al Misterio puede optarse por dos posturas.
Ignorarlo
todo. Esto es, reducir al hombre a nacer
(sin saber el porqué), vivir sin saber para qué y morir abrazando la nada, lo
cual equivale a admitir el sinsentido de la existencia, en cuyo caso, ¿para qué
querer “ser más que es”, es decir, alejarse de la zona simiesca de la que
procede y crecer en su humanidad?
Pero,
también puede abrirse en la búsqueda de una respuesta que responda al sostén
del mundo y del hombre. Así, el Misterio que sustentaría todo cambiaría muchas
cosas para el hombre. El caos de la negación se convertiría en una esperanza.
La nada se transformaría en trascendencia, lo cual respondería a la ´´ultima
necesidad del hombre que es la de vivirse en una vida que no concluya con la
muerte, sino que la transforme. Si se reflexiona seriamente, “cuánto ha de
creer el que dice no creer para sostener su incredulidad”.
RESUMEN
Al
Misterio que todo lo sustenta puede acudirse desde la confianza basada en la realidad. El hombre tiene ante sí el reto de
abrirse a él y buscarlo. Es su riesgo personal. El que niega el Misterio del
que puede ver su huella, pero no al Misterio, no puede saber por qué confiar en
la realidad (que sí ve). Pero esto requiere la decisión libre, y entonces
comprobará que hace lo más razonable (de igual manera que la desconfianza se
convierte en confianza para el que no sabe nadar y cae al agua, al comprobar
que es capaz de flotar)
A modo de conclusión. Ante la pregunta de si existe Dios, reflexiona si tu
comportamiento cambiaría dependiendo de la respuesta. Si no fuese a cambiar,
puedes ahorrarte la pregunta. Pero, si cambiase, la realidad es que ya has
decidido: necesitas a Dios para
vivir. Entonces, sólo resta superar la acidia o pereza del espíritu y pararse a
reflexionar, porque el que busca, encuentra. (Mt 7.
ÁNGEL MEDINA – Málaga, España
MIEMBRO
HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

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