LUIS ALPOSTA - Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA
PRESIDENTE: NORBERTO PANNONE
Xiul Lasopat – grabado
de Ana María Moncalvo
EPÍLOGO DE
LA GOLONDRINA
Fragmento
La golondrina
no me invita
Al viaje.
La golondrina me invita
A quedarme.
Aquí, en la tierra cansada,
En este aire,
Con estos pájaros dulces,
Con esta tarde,
Que bien sabemos se tiñe
De mi sangre.
No Golondrina: es mejor
Quedarse.
¿Qué cosa bella en el mundo
grande, grande,
habrá mejor que estos montes
en la tarde?
¿Mejor que ser lo que somos?
Si, golondrina, es mejor
Quedarse,
Gastar la vida en un sitio.
Es
mejor quedarse,
Es mejor llorar en las cosas
Familiares,
Mejor reír entre ellas
Y lamentarse
Y recibir lo que nos dan
Y darse.
(1939)
ANTONIO ESTEBAN AGÜERO – Piedra Blanca, San Luis,
Argentina
·
Piedra Blanca, cerca de Merlo, el 7
de febrero de 1917 - San Luis el 18 de
junio de 1970
NIEVE Y LUNA
Sobre el valle de Uspallata,
en esta noche de junio,
un obsesor plenilunio
su cabellera desata.
Mi alma no sabe decir
frente a tanta maravilla,
si es la nieve la que brilla
o es el celeste zafir.
¡Oh roja luna serrana!
¡Oh valle dulce y profundo!
¡Todo el silencio del mundo
se ha dormido en mi ventana!
ALFREDO BUFANO – Mendoza, Argentina
AQUÍ ESTÁN TUS RECUERDOS
Aquí están tus recuerdos:
este leve polvillo de violetas
cayendo inútilmente sobre las olvidadas fechas;
tu nombre,
el persistente nombre que abandonó tu mano entre las piedras;
el árbol familiar, su rumor siempre verde contra el vidrio;
mi infancia, tan cercana,
en el mismo jardín donde la hierba canta todavía
y donde tantas veces tu cabeza reposaba de pronto junto a mí,
entre los matorrales de la sombra.
Todo siempre es igual.
Cuando otra vez llamamos como ahora en el lejano muro:
todo siempre es igual.
Aquí están tus dominios, pálido adolescente:
la húmeda llanura para tus pies furtivos,
la aspereza del cardo, la recordada escarcha del amanecer,
las antiguas leyendas,
la tierra en que nacimos con idéntica niebla sobre el llanto.
-¿Recuerdas la nevada? ¡Hace ya tanto tiempo!
¡Cómo han crecido desde entonces tus cabellos!
Sin embargo, llevas aún sus efímeras flores sobre el pecho
y tu frente se inclina bajo ese mismo cielo
tan deslumbrante y claro.
¿Por qué habrás de volver acompañado, como un dios
a su mundo,
por algún paisaje que he querido?
¿Recuerdas todavía la nevada?
¡Qué sola estará hoy, detrás de las inútiles
paredes,
tu morada de hierros y de flores!
Abandonada, su juventud que tiene la forma de tu cuerpo,
extrañará ahora tus silencios demasiado obstinados,
tu piel, tan desolada como un país al que sólo visitaran cenicientos pétalos
después de haber mirado pasar, ¡tanto tiempo!,
la paciencia inacabable de la hormiga entre sus solitarias ruinas.
Espera, espera, corazón mío:
no es el semblante frío de la temida nieve ni el del sueño reciente.
Otra vez, otra vez, corazón mío:
el roce inconfundible de la arena en la verja,
el grito de la abuela,
la misma soledad, la no mentida,
y este largo destino de mirarse las manos hasta envejecer.
OLGA OROZCO
– Toay, La Pampa, Argentina
EL MISTERIO DEL VIRUS VIRTUAL
Un
cuento de Rodolfo Leiro y Norberto Pannone
Alberto
Inocencio Calvo, había asumido su temprana viudez con crecidos vestigios de
ufanías no fácilmente disimulables. Sus cincuenta vigorosos años. Lo
encontraron en los senderos de la vida, todavía transitables, con ciertos
apetitos que suelen consumir las impaciencias. No había ya necesidad de
ocultarse tras los vastos tapices de los amores disimulados y las flamas
impetuosas del deseo, podrían encenderse sin tapujos.
Él había aceptado
con subida complacencia, la fresca y esbelta figura de su secretaria, Alicia Cándida
Bueno.
Ella, disfrutando
de sus recientes veintidós años, especulaba con los regalos y con un sueldo
nada despreciable, que por otra parte, hubiese correspondido a una empleada de
alto rango y altamente eficiente.
Sin embargo, la
impaciencia, el mal humor y la insatisfacción, estaban consumiendo aquellas
inefables horas de placer. En la oficina habían comenzado a ocurrir bastantes
problemas con el funcionamiento de la computadora y el carácter de Alberto había
comenzado a desnivelarse. Desde algunos días a esta parte, hubo que rehacer
varias veces una serie de importantes archivos de clientes que,
misteriosamente, se borraban del disco rígido.
La primera vez
los tomó de sorpresa y el trabajo de reconstrucción fue muy arduo. Hubo que
acudir a la joven memoria de la eficiente secretaria. Aconsejados después por
el técnico en computación, comenzaron a realizar copias de seguridad y, gracias
a ello, podían, reconstruir, aquello que, inevitablemente, al otro día,
aparecía borrado de
-¡Maldita
computadora! –Rezongaba Alberto con justificada impaciencia y enojo.
-¿Qué ha dicho
esta vez el técnico, Alicia?
-Que cambió el
antivirus. Que si hay problemas lo llamemos de nuevo.
Al día siguiente,
se repitió el problema. La pantalla se puso azul y luego negra. Resetearon el
CPU y nada. Todo se había vuelto a perder.
-¿Has llamado al
técnico, Alicia?
-Vendrá hoy
después de las quince, Alberto.
A Alberto
Inocencio Calvo, se le habían comenzado a caer los pocos pelos que le quedaban
en su declarada calvicie. Por un designio inevitable, su cráneo, parecía
cumplir un destino en concordancia con su apellido.
Cuando el reloj
había sobrepasado la esperada cronología de las tres de la tarde, Alberto le
preguntó a su secretaria:
-¿Está lista la
computadora, Alicia?
-Si, Alberto
–Respondió su atrayente colaboradora.
-¿Qué ha dicho
ahora ese aprendiz…?
-Que ha colocado
un nuevo antivirus. Lo más efectivo que existe en plaza.
-Veremos…
A las dieciocho
horas, poco tiempo antes de cerrar el estudio, el problema volvió a
manifestarse… Ahora, Alicia, que estaba operando
La “cosa” escapó de la pantalla con una velocidad imposible de calcular. Invisible al ojo humano. Desde un vértice de la pantalla, erupcionando el demiurgo de su incomprensible mecanismo, atisbaba las pupilas de la armoniosa secretaria. ¡Qué hermosos que eran aquellos ojos! ¿Y si pudiese entrar en ellos? ¿Anidar allí su maligna presencia? Decidió que mañana lo haría sin falta. Necesitaba adaptarse al nuevo mundo, demasiado agreste y hostil. Se quedó agazapada en un rincón del cielo raso. ¿Y por qué no ahora? –Decidió.
Alberto, desorbitaba
la sátira feroz del improperio desde el
podio de su rabia esmerilada por la pérdida de tiempo y la manifiesta
incapacidad de aquel técnico escudado en la ambigüedad de explicaciones no
fácilmente comprensibles. Mañana pondría las cosas “en su lugar” y llamaría a
otro, pero no sin antes descargar su no disimulada dosis de febril contrariedad.
¡Lo llamaría apenas abriera su negocio y le diría que era un inútil! ¡Mañana
sabría ese imbécil quien era don Alberto Calvo!
Caprichosamente,
decidió que esa noche “metería manos” por su cuenta en la maldita computadora.
Cuando Alicia se
hubo marchado, acomodó unos papeles de su escritorio, llamó al bar de la
esquina, pidió algo para comer y se instaló frente a la pérfida máquina.
Eran cerca de las
veinticuatro. Llovía y el vidrio de la ventana se había empañado. Un bocinazo
que vino de la calle lo trajo a la realidad. Se levantó, encendió un cigarrillo
y se dispuso a relajarse por un rato. Se acercó a la ventana y escribió con su
índice el nombre de “Alicia” en el vidrio empañado. Avergonzado, lo borró
rápidamente con la palma de la mano.
El problema del
“Cuelgue” de
Haría cinco
minutos que se había ausentado cuando imprevistamente, la pantalla se encendió
y se puso de un color azul intenso. Permaneció encendida hasta las seis de la
mañana y luego se apagó.
Al día siguiente,
Alberto llegó más temprano que de costumbre, esperaba el arribo de Alicia para
contarle lo que había descubierto. A las ocho y veinte, recibió una llamada de
la madre de su secretaria informándole que esta se encontraba enferma y que no
acudiría ese día al trabajo. Asintió de mala gana, recordando que igual
llamaría a la casa del técnico para cantarle cuatro frescas e informarle que él
había solucionado el asunto por sus propios medios.
Lo atendió una
voz de mujer informándole que era la vecina que estaba al cuidado de la casa.
El técnico había sufrido un infarto y había fallecido en la madrugada.
En todo el día no
encendió
Pasó la tarde muy
angustiado. Eran demasiadas cosas negativas. Cerró temprano. Se refugió en su
casa y esa noche no pudo dormir. Algo extraño roía su plexo solar. Una extraña
vibración le recorría la boca del estómago…
A las tres de la mañana, le avisaron que Alicia había muerto de un accidente cerebro-vascular. La negra sensación en la boca del estomago se le hacía cada vez mas frecuente y más agresiva… Temió por su corazón. Ingirió un sedante y se vistió para salir.
La empleada de la
funeraria donde velaban los restos de Alicia, encendió la computadora para
introducir los datos de la infortunada mujer y enviarlos a la obra social. Le
pareció ver un destello en el vértice izquierdo de la pantalla que atribuyó al
reflejo del sol. Después que
RODOLFO LEIRO Y NORBERTO PANNONE – Buenos Aires,
Argentina
ALZO MI COPA