BONIFACIO I. . A
Una de mis carencias es ser poco fisonomista. Veo hoy los rasgos de una
persona y quizá mañana los haya olvidado casi por completo. Como político
resultaría un fracaso, ya que una de las eficacias de esos impostores públicos,
por lo general incompetentes y tramposos, es memorizar nombres y caras; además
de mostrarse todo el tiempo con dentifricadas sonrisas cautivadoras mientras
aprueban aumentos de impuestos, fomentan convocatorias a elecciones y la
división entre compatriotas. Sin embargo, es justo que me reconozca una memoria
literaria para nada lábil ni perentoria, y hasta envidiable ya que puedo
recitar poemas enteros en diversos idiomas y traer a una conversación frases
célebres de remotos personajes. Tengo, además, una sobrada ductilidad para
correlacionar de modo espontáneo circunstancias y hechos inverosímiles.
Minucias que por supuesto me enorgullecen.
Pero a pesar de mi olvido de caras y de
nombres, tengo grabada en mi mente como si ahora mismo la estuviera viendo, y
creo que no se borrará nunca de mi visión, la imagen y los rasgos del carismático joven que llegó a la fiesta de
graduación acompañando a la profesora Rosarito Buenaventura, mi seductora colaboradora
en el Colegio Superior de Internet,
del que ejerzo la dirección.
-Profesor, he venido acompañada de
Bonifacio I.A., el primer cyborg de
fabricación nacional -me dijo entrecerrando los ojos y apoyando su mano en mi
brazo con un excitante gesto de coquetería-. Se lo quiero presentar; estoy
segura de que le causará muy buena impresión. Es, por otro lado un perfecto
caballero y para nada se le nota su condición cibernética, que establece una
comparación entre el funcionamiento de un ser humano vivo y el de una máquina.
-Un perfecto caballero con inteligencia
artificial -comenté con gesto de asombro- ¿Usted me está tomado el pelo
Rosarito?
Aclaro que yo, además de considerarme un
hombre moderno y bien de mi tiempo, soy un profesional de la ciencia que vive
bastante al día con los avances de la tecnología y sus portentosos inventos. El
cyborg (o el supuesto cyborg, porque bien podía ser un
impostor), se había quedado un poco rezagado; lo cual, aunque a la distancia y
con algo de duda, me permitió observarlo de reojo con el debido interés.
No sin fatuidad, un poco receloso (o mejor
dicho celoso por mi interés sentimental hacia Rosarito), atiné a decir
visiblemente confuso, pero con mi mejor sonrisa:
-¡Bueno, bueno, un cyborg! Si bien es una
categoría que se ha empezado a expandir en el mundo, no estaba enterado de que
hubiera uno entre nosotros, con rasgos tan diferenciados del Frankenstein de
Mary Shelley, y con inteligencia artificial. Ese joven parece más un galán de cine
que un robot. ¡Usted se relaciona con personajes increíbles, Rosarito!
Con decisión ella lo tomó del brazo y lo
plantó ante mí.
-Le presento a Bonifacio, profesor.
Me resultó extrañamente familiar el
personaje. Conjeturé de inmediato que era alguien que no superaba los treinta
años; se lo veía viril y rozagante. Tenía facciones recias, a la vez que gratas
y sutiles. Repito que no tengo ninguna capacidad para retener los rasgos de una
cara; sin embargo, la presencia de Bonifacio me dejó estupefacto. Sus manos
fueron otras de las cosas que me llamaron la atención. Cuando extendió la
izquierda (no la derecha como es costumbre) para estrechar la mía, noté que
estaba decorada por anillos de diamantes y rubíes, quizá de altísimo valor. De
cerca y en contacto directo, esas manos
parecían menos humanas que artificiales; digo esto por el estremecimiento frío
que me produjo al estrecharla. Eran extremadamente pálidas y transparentes como
las manos de un muerto.
Confieso que después del saludo me sentí
confuso y por un instante se me borró la imagen de Bonifacio, impidiendo que me
formara una idea más o menos cierta de quién tenía frente de mí; además del
lugar y el tiempo en el que se estaban desarrollando los hechos. Todo me
pareció irreal, como soñado. Soy nervioso y un poco neurasténico; un defecto de
familia, que no he podido superar y hace que a la menor apariencia de confusión
caiga en un estado de agitación a veces incontrolable.
Comprendí que Rosarito y Bonifacio
advertían mi zozobra y convencido de que más allá de su condición de
hombre-máquina podía ser un impostor, un colega que estaba fingiendo; y volví a
preguntar de un modo vago, tratando de disimular mi perplejidad:
-¿Adónde dicta clases, profesor
-No dicto clases ni soy profesor
-respondió con firmeza torciendo la cabeza-. Quizá nuestra amiga le informó
mal. Soy un cyborg y desde mi
condición intento ser alguien común y corriente.
Dada esta vaga explicación, Bonifacio
sonrió entrecerrando sus ojos y esbozando un irónico gesto de indulgencia. Yo
señalé una sala que estaba detrás nuestro para conversar en privado.
Atravesamos un breve corredor con puertas laterales, que dan al auditorio y lo
invité a sentarse en uno de los sillones. Una alumna del colegio, bandeja en
mano, nos siguió para convidarnos los tentadores sandwichitos de jamón y queso;
otra muchacha nos ofreció una copa de champagne. Con excesiva cortesía,
Bonifacio se disculpó por no beber alcohol y escogió un vaso de bebida gaseosa.
Los rasgos de nuestro visitante eran menos
agudos que amables y su mirada tenía mucho de recóndito y secreto. A pesar de
mi negada capacidad para recordar los rostros, repito, creo que en este caso no
olvidaré su mirada severa, intensa e inquisidora. No gesticulaba al hablar;
aunque de un modo elegante, con cierta gracia, uno de sus brazos se aquietaba
al costado del cuerpo.
-Permítame informarle, estimado profesor
-dijo de súbito-, que el incorporado registro Broxing Plus Taimatus, de memoria selectiva para analizar personas
que llevo instalado en mi cabeza me ha dado en este preciso instante excelentes
referencias de usted, ampliatorias de las ya dadas por Rosarito, que lo aprecia
y admira. Otro dispositivo, el 33 hp vis
/ GZN, me acaba de brindar, a su
vez, su detallada biografía. Le confieso que me halaga estar ante un hombre de
su prestigio no solo en el medio educativo y científico, sino también en el
virtual; sé que es uno de los profesionales que más saben de cybernetis personae elevada al dominio
comunicacional Premium superabulis.
Sin embargo, usted se asombrará cuando le revele algunas singularidades de mi
caso. A través de nuestra amiga y de la Conection
Royal, también estoy enterado de que
usted es una noble y respetuosa persona, de buenos sentimientos, comprensivo y
dotado de gran erudición sobre los fenómenos humanos y sobrenaturales. Sé que
algunas de sus teorías, además de ser estudiadas en las universidades, son
tenidas en cuenta por hombres del nivel de Bill Gates y Mark Zuckerberge, y
que, sin duda, causarían el asombro de mentes tan extraordinarias como la del
mismo Einstein. Por esta razón me siento muy honrado de conocerlo.
-Agradezco sus palabras, quizá un poco
exageradas -respondí con orgullo, casi disculpándome-. Pues bien, aquí me
tiene, humildemente dispuesto a escucharlo y conversar sin ningún impedimento;
aunque no sé si es el sitio más adecuado.
-Para mí cualquier sitio lo es -contestó
Bonifacio apoyando su mano sobre mi brazo-. Tengo incorporado un elemento JVU-riki versatil de privacidad esencial
y empezaré por decirle algo que quizá usted ya sabe: soy un robot a imagen y
semejanza de un hombre superior, constituido de órganos sintéticos combinados
con los naturales. Es decir que, desgraciadamente, no soy la consecuencia del
encuentro amoroso de dos seres humanos que definimos como padres. Estoy
instrumentado para moverme en este mundo con dispositivos propios de una
inteligencia artificial denominada I.A.
protocolaris hueste comunication, con acoples sentimentales
e hipersensibles que atesoran todas las historias amatorias, todas las
geografías y todas las experiencias vividas en el planeta desde su inicio hasta
este momento. Y especifico diciéndole que el concepto del híbrido H.M. hombre-máquina, tan generalizado en la ciencia-ficción, se da en mí de un modo
amable y casi natural aunque específicamente virtual y secreto en mi interior.
Sin duda lo sorprende esto que le informo y tal vez le produzca algún rechazo,
pero esta es mi condición y sin ocultarle nada me identifico ante usted como el
simple Bonifacio.
-Por lo que estoy oyendo, yo diría el
incomparable y espléndido Bonifacio; usted es una suerte de Superman -deslicé
quizá en un tono vulgar, bastante confundido.
Como un versado en la materia, completo
diciendo que en este siglo vivimos la extensión de un uso que ha modificado los
modos de representarnos, generando nuevos códigos comunicacionales y
estructurales. La masificación del uso de redes
sociales humanum etentialis, ha introducido y difundido singulares y
variados sistemas de interacción; sobre todo entre la gente joven, que es la
que más abusa de las posibilidades tecnológicas, generando nuevos elementos
masivos; a esto se suma la imponente producción y el consumo de tales objetos
diseminados por todo el planeta. En esta era de masificación vía internet, la Web se utiliza cada vez más para evadirnos de la realidad o
sumergirnos en esta otra forma establecida sobre “códigos virtuales”, un uso on-line vastamente difundido al que se
entrega muchísima gente con afán de aventuras y posibilidad de participación 3K software, consolidados ya en todos
los órdenes de la vida. Es necesario aceptar que existen posturas enfrentadas
respecto de si la identidad que se construye a través del universo cibernético se considera una simple extensión de la
realidad cotidiana o un espacio de falsedad. La polémica, aún no resuelta y
sigue abierta.
En el caso de Bonifacio, una sombra de
duda me seguía confundiendo; de manera que se cruzó otra vez por mi mente, que
podía encontrarme ante un impostor, que había empezado por engañar a mi amiga y
que ahora intentaba convencerme a mí con un relato afín a la profesión que me
ocupa. Con un poco de suficiencia de mi parte, se lo hice saber acompañando mis
palabras con una sonrisa y un gesto de amable desconfianza. En especial porque
había una notable dicotomía (acentúo “notable dicotomía”, aunque el término es
quizá muy débil para expresar plenamente lo que quiero dar a entender), que se
presentaba ante mí asumido como un cyborg
con modos estudiadamente naturales.
-¿No sé por qué me hace depositario de su
secreto? -atiné a balbucear evidenciando mi desconfianza-. Y así, tan de golpe,
como usted se presenta. La verdad, le confieso que... aún sigo confundido.
Bonifacio sonrió con indulgencia. Su
naturalidad era impresionante y perfecta a primera vista; digna, además, de un
genuino modelo de varón seductor. Tenía una altura de más de un metro ochenta y
su aspecto, como ya creo haber señalado, era imponente. Se notaba en él, lo que
yo llamaría en términos acaso tan cursis como académicos una distinguished aristocratic air very Harvard,
que daba a entender una refinada cultura de base universitaria y hasta de
altísimo academicismo. De estar programado en este sentido, su caracterización
era impecable.
Sobre este tema, el de la presencia física
de Bonifacio, siento una especie de melancólica satisfacción al intentar ser
minucioso y prosigo con aquello que considero imperdonable en mi descripción,
que se limita (valga la redundancia) a una superficial descripción. Su cara, de
rasgos agradables, lucía los dientes más regulares y más blancos que se puedan
concebir. En cada ocasión apropiada nacía de aquella boca de labios carnosos y
sensuales una frase melodiosa, rítmica y bien timbrada, acompañada de gestos
amables y precisos. Con respecto a sus ojos (vuelvo a insistir) eran de un
celeste estridente y llamativo, con un brillo penetrante como el de diamantes
alumbrados por un sol pleno de mediodía; pero cuando clavaba sus ojos sin
pestañear su mirada cobraba la firmeza de un Julio César o de un Napoleón y
cada uno de esos ojos valía por un par de órganos oculares inteligentes, que
imponían respeto desde la más espontánea oblicuidad.
En cuanto a su abundante cabellera,
tirando a rubia, con rizos apenas luminosos, imagino que hubiera hecho la
delicia de las masculinas estrellas de Hollywood, pues ondulaba de una manera
sutil y cadenciosa como los del adolescente James Dean de “Rebelde sin causa”,
o los de Robert Redford de “La jauría humana”, o del enigmático Marlon Brando
de “Un tranvía llamado deseo”; eran, asimismo, impactantes sus distinguidas
patillas afrancesadas, que no superaban el lóbulo de sus delicadas orejas. Su
cuello era firme y, sin embargo, se expresaba sutilmente sobre el cuerpo como
una cascada de pétalos; a su vez el pecho se imponía soberbio y avasallante,
augusto y majestuoso, proporcional a las extremidades. Diría que nada tenía que
ver con el exagerado pectoral de los fisicoculturistas, ni tampoco con el de
los atletas de las pruebas olímpicas. En vano se hubiera querido encontrar
alguna falla en sus maravillosas proporciones. Tan rara peculiaridad ponía de
manifiesto, muy ventajosamente, unos hombros que hubieran provocado el rubor y
la humillación de Miguel Ángel al esculpir el David. Subyugaba, también, la
danza elegante de sus brazos que se adivinaban musculosos y perfectamente
modelados debajo de su chaqueta. Puedo decir, con total seguridad, que jamás
había visto perfección semejante en un ser humano. En cuanto a sus miembros
inferiores no les iban en zaga en lo específico de su simetría. Eran realmente
el nec plus ultra de las hermosas
piernas de un Apolo de carne y hueso.
Cuando se sentó y cruzó las piernas (todo
conocedor de estética podría coincidir conmigo) mostró y reafirmó, lo que ya he
expresado, pues sostenían con vigor y compensada fortaleza la elegancia de un
cuerpo que parecía tallado por los buriles de Fidias, Miguel Ángel o Auguste
Rodin. Sus extremidades, no menos sutiles que notables, presentaban una
musculatura ni demasiado delgadas ni frágiles. En fin, imposible imaginar una
curvatura más graciosa que la de esos femoris; ni siquiera faltaba la suave
prominencia de la parte posterior de la fíbula, que contribuye a la conformación
de unas pantorrillas que pueden adivinarse debidamente proporcionadas.
Esas dotes corporales bien pueden
relacionarse con el je ne sais quoi
francés de muy exquisitas personas, estructurado de un modo afín con los dones
espirituales, que tiene origen en las actitudes caballerescas; a veces afectado
y sujeto a cierto estiramiento, por no decir rigidez, para expresarse con
exagerada cortesía y (si se me permite decirlo de un modo más contundente),
concebido o bien estudiado para cada movimiento. Una forma de expresión alejada
de toda fatuidad, que en ciertas personas se convierte en lamentable afectación
o pomposidad; pero que en un varón cyborg
de las dimensiones de Bonifacio no podía atribuirse más que a la humana palabra
“perfección”; vale decir, el loable sentido de lo que corresponde también a la
dignidad legendaria de las proporciones colosales que viene de los griegos y se
caracteriza en el “hombre de Vitruvio”, perfeccionado por la imaginación y el
arte de Leonardo da Vinci.
Creo que se advierte en mi descripción un
apasionado e indisimulado entusiasmo.
Concluyo afirmando que Bonifacio parecía incomparable con cualquier humano, y
era superador de cualquier hombre que ha pisado y pisa sobre la tierra. Después
de mi acaso aburrida descripción, afirmo sin titubear bajo mi condición bien
varonil, que era el más hermoso hombre
que he visto bajo el sol en mi terrenal existencia.
Bonifacio no dejó, como es lógico, de
llamar la atención de todos los presentes que empezaron a rodearlo como si
espontáneamente hubiesen descubierto en él a un famoso actor del cine o de la
televisión; esto, sin saber, por supuesto, que se trataba de un robot. En algún
momento Rosarito se acercó a mí de manera muy cauta para decirme al oído
algunas frases elogiosas sobre su amigo, que yo aprobé sin disimular mi
celosía, ampliándolas inclusive. Para ella, me lo confesó buscando complicidad
al tocarme con su codo, Bonifacio era la persona más perfecta y brillante que
había tenido el privilegio de conocer.
-Para mí también -asentí de inmediato
cuando lo deslizó en mi oído, casi como un susurro-. Lo acepto sin
discrepancias, es el perfecto arquetipo del homme
séduisant anticipado por Gustave Flaubert.
-¡Cuánto me alegro, que Bonifacio lo haya
deslumbrado y que se hayan entendido! -me susurró al oído Rosarito-. Él es una
muestra de la perfección del universo cibernético, ¿no le parece?
-Sí, un fabuloso arquetipo -asentí-. Y lo
demuestra en cada gesto y en cada palabra que pronuncia.
Lamenté que nos hubieran interrumpido
cuando yo empezaba a profundizar sobre ese ser nacido del universo científico,
dueño de un presente mágico y probablemente aterrador por ser un producto de la
llamada inteligencia artificial. La
deliciosa y brillante conversación de Bonifacio no había demorado en disipar
completamente cualquier sombra de disgusto que yo sintiera en un comienzo.
Nuestro amigo se evaporó de pronto, según
nos anticipó por ineludibles compromisos que lo esperaban. Cuando quedamos
solos con Rosarito, la abrumé de inquisidoras preguntas que no vienen al caso
sobre nuestro hombre-máquina, y no
sólo quedé muy complacido sino que aprendí muchas cosas sobre las que ella me
aleccionó, y que yo decididamente ignoraba.
-Le debo confesar, mi admirada y querida
Rosarito, que jamás había oído a un narrador más fluido, ni a un hombre más
informado -me sinceré-. Bonifacio se comunica con su sola presencia.
Rosarito, con hábil prudencia, se abstuvo
de tocar el tema que secretamente más me inquietaba; diría que lo eludió
hábilmente. De mi parte, con una delicadeza que considero oportuna, me contuve
de mencionar la cuestión de su -digamos-
“atractivo de naturaleza virtual” (si cabe el adjetivo calificativo en
este caso), pese a que me sentía muy tentado de hacerlo. Noté asimismo que
Bonifacio había preferido orientar su conversación hacia tópicos de interés
filosóficos y generales, y que se había complacido especialmente en comentar
muy al pasar el rápido progreso de las invenciones robóticas.
-Profesor, me alegra mucho que piense así
de nuestro Bonifacio -comentó Rosarito con alegre convicción-. Habitamos un
mundo asombroso y transitamos la época más maravillosa de la historia de la
humanidad. Fíjese, celulares y computadoras por todos lados y para todos los
gustos; además de aviones, satélites, televisores, automóviles voladores,
micros-sistemas que nos asisten todo el tiempo y nos rodean de confort y, como
si fuera poco, también un cyborg perfecto
que nos deslumbra y nos colma de orgullo.
-¿Espero que usted no esté enamorada de
Bonifacio? -pregunté de pronto con una sonrisita, sin poder contener mis
impulsos sentimentales-. Tamaña perfección quizá no da oportunidad para que en
el plano amoroso un humano rivalice con él.
-¡Profesor, cómo se le ocurre! -se
sorprendió Rosarito-. Nuestro virtual Bonifacio es el hombre súper perfecto y
lo perfecto no funciona en el amor. Solamente somos amigos.
ROBERTO ALIFANO – Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA