JERÓNIMO CASTILLO, San Luis, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
PRESIDENTE: NORBERTO PANNONE
ACERCA DEL SONETO LUNFARDO
El soneto es una forma
estrófica que consta de catorce versos, de once sílabas cada uno, distribuidos
en dos cuartetos y dos tercetos.
El más antiguo, del que se
tenga noticia, fue escrito alrededor del mil doscientos por Jacopo de
Lentini.
Esta singular combinación
métrica, tal vez por “sonar bien” - según su sentido etimológico - no tardó en
difundirse en Europa y, entre nosotros fue su primer cultor quien
coincidentemente fuera también nuestro primer poeta: el cordobés Luis José de
Tejeda y Guzmán, muerto en 1680. Éste permaneció ignorado hasta 1916, año en
que Ricardo Rojas descubrió en la Biblioteca Nacional el manuscrito
de sus obras. En esos días, Felipe Fernández “Yacaré” publicó su libro “Versos
rantifusos”, en el que habría de mostrarse, también, como el primero, pero el
primero en sonetear en lunfardo.
Medio siglo después, Edmundo
Rivero, al musicalizar sonetos lunfas, lograría vincularlos
indisolublemente con el tango.
Y ahora, por mi parte,
recordando que el lunfardo es también “un aire”:
SONETO
Un soneto me pide el amor
propio
y en mi vida me he visto en tal apuro.
Si cuatro versos ya me dan laburo,
antes de los catorce será un opio.
De las formas no quiero ser esclavo.
Además, sobre el tema ya se ha escrito.
En el séptimo verso lo medito
y no sé si plantarme en el octavo.
¿Seguir o no seguir? Esa es mi duda.
Pues la cosa se me hace peliaguda
al tratarse de historia tan junada.
Pero ya falta poco, y lo importante,
es ahora encontrar la consonante
y dar esta cuestión por terminada.
LUIS ALPOSTA, Buenos
Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR
CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA
El nadador o un diálogo en el arte de nadar Dibujo del libro de Nicolaus Wynmann de época, 1538
UNA HISTORIA DE PELÍCULA
La natación ha sido registrada desde los tiempos prehistóricos. Los expedientes más antiguos son pinturas realizadas en la Edad de Piedra. Hay referencias en la Ilíada y en la Odisea. Hay referencias en Rabelais. En 1538, Nicolaus Wynmann, un profesor alemán de idiomas, escribió el primer libro de natación, un incunable de nuestro deporte: El nadador o un diálogo en el arte de nadar. El título original fue el de “Colymbetes, sive de arte natandi, dialogus & feftiuus & iucundus lectu”, es decir, “Colymbetes, o el arte de nadar. Diálogo divertido y de amena lectura”.
He contado, en más de una oportunidad y en diversos lugares, que junto a la
literatura, la pintura, el cine, el teatro y las artes en general, amé el
deporte, lo practiqué y lo sigo haciendo. Pelota a paleta, box, fútbol y
natación fueron acompañándome a lo largo de la vida.
Raquel, mi hermana mayor, me hizo socio a los diez años de Gimnasia y Esgrima. Evoco
su Sala de Armas, el trinquete, el hammam o baño turco, su pista de hielo, el
gusto y la elegancia de sus socios, los vestuarios, su biblioteca, el salón de
lectura, los bailes en la sede de Palermo, la leyenda de don Ricardo C. Aldao.
Presencié demostraciones de box, competencias en pesa, lucha libre, torneos de
ping-pong, patinaje artístico. Allí nadé a los once años, por primera vez,
representado al club. No puedo olvidar las clases de ajedrez del maestro
internacional Jacobo Bolbochán. Y su eterno cigarrillo.
Voy dos veces por semana a nadar. Me zambullo -hasta hoy hago los veinticinco
metros por debajo del agua- y converso con algunos amigos. Hace unos días,
luego de la rutina, en la parte baja, la veo a Gabriela Fazio, afectuosa y
atenta guardavida. Le pregunto cómo me había visto esa mañana. Con afecto
responde: “Como Johnny Weissmüller”. Miro a una señora que estaba en el otro
andarivel y le digo con ironía: “Lo escuchó, ¿verdad?” Ella sonríe y comenta:
“Nunca me gusto Johnny Weissmüller y mucho menos los otros tarzanes.
Mi tipo de hombre siempre fue Fernando Lamas”.
No solamente me causó gracia, no pude evitar una sonrisa, sino que me resultó
extraño que alguien lo recordara. En una sociedad donde la degradación está a
la orden del día casi todo se desprecia, se malinterpreta o se torna burdo. Con
un gesto de felicidad me confiesa: “Yo nací en una pileta, Fernando Lamas fue
mi partero.”
He conocido nadadores y conversado a lo largo de la vida con algunos de ellos:
Luis Alberto Nicolao, que obtuvo dos veces el récord mundial en mariposa a los
17 años en 1962; el profesor de waterpolo de mi hijo Emiliano, Gentile, que
participó en los Juegos Olímpicos de Londres de 1948; Alfredo Camarero, nadador
de Capri-Nápoles, el Canal de la Mancha, campeón mundial de aguas abiertas. El
profesor Pico, inolvidable pechista, fue el hombre que me enseñó a nadar, a los
once años, en cuatro días. Recordando siempre a Alberto Zorrilla, Pedro
Candiotti, Jeanette Campbell. Y en estas horas Damián Blaum con un récord mundial.
También tuve la fortuna de crecer admirando a grandes deportistas del club en
tenis, fútbol, boxeo, baloncesto o rugby. Y la presencia mágica de Vito Dumas.
Desde mi juventud la literatura, los museos, el teatro y el cine se
complementaban con el deporte.
Pero volvamos a Martha, nuestra nueva amiga. Su madre era nadadora y concurría diariamente al Hindú Club. Su padre, luego aviador, jugaba al tenis. Su madre tenía dieciocho años y estaba embarazada. Una mañana en plena brazada siente que está por parir. Pide ayuda, no hay tiempo. Pero allí hay un joven nadador, musculatura corporal perfecta, buen mozo, varonil, mirada romántica – un metro ochenta y cuatro, cabello castaño, ojos serenos, piel clara de origen europeo - poco mayor que ella. La lleva a la parte baja de la pileta, la toma de los brazos, la sienta en el borde frente a él, le quita la malla y recibe a la recién nacida. Sí, no se equivoca querido lector, hablamos de Fernando Lamas.
CARLOS PENELAS,
Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO
HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
PIRINGUNDINES O PERINGUNDINES
7 noviembre, 2023
Los piringundines o
peringundines mencionados en viejos relatos de costumbres urbanas del país,
tuvieron origen en nuestra ciudad a mediados del siglo XIX y no en 1867
como lo anotan el Diccionario Argentino, de Tobías Garzón, editado en 1910, y
la Enciclopedia Universal Ilustrada, Espasa-Calpe, página 1350, tomo XLIV,
impresa en 1921. En efecto, El Progreso, primer periódico que apareció
diariamente en nuestra ciudad, fundado y dirigido por el doctor Juan Francisco
Monguillot, en su número 215 del 27 de abril de 1861, mientras lo dirigía el
doctor Evaristo Carriego, abuelo del famoso escritor popular homónimo, anunció
con el título de Piringundin lo siguiente: Mañana será el Rosario todo fiesta y
diversiones. Hay nunciados dos bailes públicos, el Teatro, tres o cuatro bodas,
algunos bautismos y sobre todo… el triunfo de us, de los, de las… Chitoo. Punto
en boca y cartucho en el cañón (probable referencia a la tirantez de relaciones
entre los gobiernos de la Confederación Argentina y de la provincia de Buenos
Aires).
El título que encabeza la
nota reproducida da a entender ser ya conocido por parte de la población el
significado de dicho vocablo; aplicado a reuniones bulliciosas con música y
baile en locales cerrados. De sospechosa raíz del dialecto ligur, puede
explicarse su incorporación en el habla local —al poco tiempo modificada su
ortografía por peringundin por el alto porcentaje de genoveses que al comenzar,
ya en tiempos de Rosas, el incremento del tráfico portuario, ejercían esas
actividades en Rosario. Recuérdese que en abril de 1858, sobre los 2.190
vecinos extranjeros de ambos sexos aquí detectados por el censo de dicho año,
836 eran italianos, y muy probablemente, como lo denuncian documentos de la
época, mayormente originarios del norte de la península: genoveses,
piamonteses, lombardos y vénetos.
En agosto de 1871, el
periodismo local se refería a los piringundines —así todavía lo escribían
algunos de esos órganos informativos— denunciándolos de inmorales y solicitando
a las autoridades prohibir sus actividades; se fundaba el pedido porque en los
locales donde se bailaba, el exceso del consumo de bebidas alcohólicas por
parte de los parroquianos hasta llegar a la embriaguez, motivaba escándalos y
trifulcas que debían reprimirse.
Los peringundines no eran
establecimientos sino los bailes en casas, muchas veces de familia, organizados
para diversión de la gente del pueblo los días jueves, domingos y feriados,
desde las cuatro de la tarde a las ocho de la noche. Se llevaban a cabo tanto
en el radio urbano como en los suburbios, dispersión ésta que no permitía mayor
contralor policial y municipal y que, como veremos más adelante, se erradicó
del centro tiempo después.
Amenizaban los bailes dúos o
tríos de músicos con guitarras, flautas y acordeón y también organistas
ambulantes, dueños de órganos mecánicos de los que en 1869, según el Censo
Nacional de ese año, vivían de esa actividad nueve de ellos y siete en 1876,
conforme al registro confeccionado ese año por Gabriel Carrasco.
El dueño o arrendatario de la
casa donde tenían lugar los peringundines, cobraba un real a los bailarines
varones por cada seis minutos de danza y remuneraba a las mujeres con dos o más
pesos bolivianos por todo el tiempo que duraba la reunión. Estas, generalmente
fámulas, siendo agraciadas o por mejor bailar eran preferidas. Terminando la
pieza, ‘el varón marchaba junto a la mujer hasta la silla donde ésta se
sentaba’. El comienzo de cada pieza lo anunciaba el bastonero con palmadas,
instante que el varón manifestaba su deseo de bailar al grito de ¡’Pido’!
y extendiendo su mano a la mujer que elegía por compañera.
El organizador del
peringundín solía proveer de vestidos, algunas veces elegantes, a las mujeres
precariamente ataviadas y durante la reunión expendía bebidas alcohólicas y
refrescos. De Rosario, estas reuniones de bailes tarifados se extendieron a
muchas ciudades y pueblos del interior del país, concluyendo antes de fines del
siglo por practicarse en lenocinios.
La repetición de escándalos
generados en aquellos ambientes, llamó a la realidad en 1874 a las autoridades
municipales. Por ordenanza del 31 de julio se prohibió realizar peringundines
en la zona céntrica, permitiéndoselos fuera de las calles Entre Ríos y San
Juan, límite también señalado por una ordenanza del anterior 14 de abril para
el establecimiento de casa de tolerancia.
Una nueva ordenanza,
sancionada el 30 de marzo de 1875, alejó el límite de retiro para los
peringundines; se los prohibió dentro del área comprendida por el río Paraná y
las calles 19 de Mayo, General López (actual Estanislao S. Zeballos) y
Paraguay, en tanto que a los propietarios de lenocinios, por ordenanza del 16
de agosto de 1876 se les limitó la zona de exclusión a la encerrada por las
calles Tucumán, 19 de Mayo, San Juan y Entre Ríos. Esta modificación en favor
de los explotadores de prostíbulos, rentable actividad en todos los tiempos,
permitió su desenvolvimiento más cerca del principal núcleo de población que el
fijado para efectuar peringundines.
En la época se entendió ser
estas actividades mucho más peligrosas para las buenas costumbres y moral,
aunque no faltó la pública sospecha de mediar en la ordenanza, la intervención
y soborno del grupo formado por dueños de lenocinios, casi todos extranjeros,
de cuya influencia en el campo de la política criolla hasta el año 1932, han
dado cuenta en tiempos recientes libros publicados por autores locales.
Promediando la penúltima
década de la pasada centuria comenzó la decadencia de los peringundines Dos
fueron las principales causas: ralear cada vez más la asistencia de fámulas por
el decoro personal que les exigían sus patronas, y crecer la mala fama de
vinculárselos con negocios al margen de las leyes. También contribuyó
decididamente a su extinción el surgimiento de recreativas que, con bailes y
teatrales realizados en arrendadas a instituciones sociales de colectividades
europeas, llevó por nuevos caminos a la juventud soltera de la clase
trabajadora. En esas festivas concentraciones, mozos y chicas en edad de
merecer encontraron la adecuada vía para llegar al matrimonio.
El peringundín creado en
Rosario por exigencias naturales del hombre, fue una de las expresiones que
caracterizaron a su comunidad de heterogéneas procedencias. Hoy recordamos su
pasada existencia con estos apuntes para agregar a la historia urbana de
nuestra ciudad.
W.C.M.
Investigación realizada por
el historiador Wladimir Mikielievich, uno de los fundadores de la Junta de
Historia de Rosario en 1962. Versa sobre el origen de los piringundines /
peringundines y fue publicado en la Revista de Historia de Rosario N° 35, en
1983.
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CÉSAR TAMBORINI DUCA, León, España
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO
ARGENTINA