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sábado, 6 de febrero de 2021

Décimas pentasílabas, Francisco Henríquez, Miami, USA

 











Décimas pentasílabas

 

Nos distraemos

con lo que alegra

y no hace negra

la luz que vemos.

Cuando tenemos

el tiempo justo

nos damos gusto

con esos logros

nos metan susto.

 

Estrofa nueva,

los versos no,

solo que es yo

les di una leva.

Si no se eleva,

¡eso no busca!...

el que se ofusca

jamás fabrica

su casa rica

de charamusca.

 

©FRANCISCO HENRÍQUEZ, (Carta lírica) poeta y escritor cubano

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

 

 


QUIERE ENVEJECER, Jaime Vélez Ramírez, Medellín, Colombia

 






Image de: escrilia


QUIERE ENVEJECER.

 

El tiempo está cansado

le pesa hasta el mirar,

el tiempo ya no ríe

y no sabe cantar.

 

En el rosal no hay rosas

y hay llanto en el trigal;

crecieron las espinas

y no hay fruto para el pan.

 

El tiempo está cansado

y quiere envejecer;

si el tempo se muriera

que bueno había de ser.

 

El tiempo no se muere

de tanto padecer,

el tiempo sufre y llora

por no saber que hacer

 

Febrero 21 de 1987

 

©JAIME VÉLEZ RAMÍREZ, poeta y escritor colombiano

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

 

 


EL CIEGO, Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina

 











Imagen provista por el autor


EL  CIEGO

 

Los  ojos  sanos  que  ven  el  alma,

ausentes  en  el  rostro;

los  ojos  que  ven  el  día 

y  que  son  el  día;

la  entraña  misma  de  los  ojos

a  manera  de  piel.

 

“Otro  él”,  poemas. L. A. - Ediciones del Valle, Buenos Aires, 2000.

 

©LUIS ALPOSTA, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA

 


EN BUS HACIA LAS PAMPAS, Lucio Cañupan, Córdoba, Argentina

 








Imagen de: Pinterest 



EN  BUS  HACIA  LAS  PAMPAS
 
                                          (400 años de Cervantes y Shakespeare)
                                                                          A Salomé Moltó Moltó
 
        El recorrido es largo, pero al fin y al cabo no es motivo para grandes quejas. Sobre todo cuando me aguardaban, en el último abril, un encuentro literario con amigos a mitad de camino y mi propio cumpleaños días después. Y luego, si todo va bien, los noventa y cinco de mi madre con celebraciones en este mes de junio.
       Recuerdo que para esta fecha en el año 2011 los futbolistas del club Unión de Santa Fe recorrieron en ómnibus una distancia “súper-quilométrica” hasta la Patagonia para cumplir su compromiso de juego. Y esto se debió a que la erupción del volcán Puyahué invadió el éter con cenizas que llegaron hasta Australia, transformando aquellas jornadas en un continuo miércoles de ceniza, por cuanto las cenizas de miércoles no nos dejaban respirar habiendo de mudarse forzadamente personas, ovejas y peces. Y en ese entonces –simplemente por ser viento en contra− y con el ánimo de presenciar el fenómeno “in situ”, me tomé el servicio diurno que sale de capital a las cuatro y cuarenta de la madrugada. La partida fue a horario pero la llegada –ya sea por tropiezos o simplemente por abulia de los choferes− lo fue con retraso causando cierta inquietud a mi familia aguardándome a la vera del quingentésimo kilómetro del viaje. Sabido es que reniego del automóvil; un poco lejos y peligroso para ir solo en mi bicicleta rutera de dieciocho velocidades con tanto camionero revoltoso en la ruta; los aviones no llegan a la región…y el tren fue arrasado por el volcán de los negociados.
       De modo que –lo recuerdo vivamente−, provisto de frutas, galletas y yogur para mi acostumbrado régimen naturista, y con flamante MP3 obsequiado por mi amorcito para la ocasión cargado con la 4ª Sinfonía de Anton Bruckner, de las manos de Euterpe y Morfeo me dispuse para aguardar el día y observar la bruma.
       De pronto, inmerso en dulces ensoñaciones, un estrépito que no eran ni los timbales ni las violas de Bruckner me solivianta de mi asiento:
       − ¡Chacabuco!... ¡Chacabuco!  −vociferó el conductor.
       Ni alcancé a reaccionar y desperezarme cuando:
       − ¡Señor, señor!...Este asiento ¿es el siete?
       − En verdad no lo sé –le contesté a una simpática señorita con anteojos, pugnando empecinada por ver entre la penumbra mientras apoyaba su extensa humanidad contra la mía.  Un intenso aroma de afeite matinal invadió profusamente el entorno provocándome el deseo, no materializado por poco, de subirle los pantalones de tiro corto y bajarle la chaqueta de tiro más corto todavía a mi ocasional contertulia. Ésta no se movió un ápice.
       − ¡Y sí! Tal cual. Este asiento es el siete. ¿El suyo cual es, Sr.?   
       −A ver…ee…el uno –respondí suavemente.
       − ¿Entonces?... Porque suben más pasajeros –agregó.
       − ¿No pensará sentarse sobre mí, verdad? El siete es un número mágico, pero en tal caso va a resultar trágico.
Y ya recibió un puntapié mi bolso cargado de petates y objetos varios estacionado en el piso que el chofer, por no incomodarse en abrir la bodega, me obligó llevar entre los asientos        (− ¡sobra lugar!, −me dijo al subir en Liniers). En eso advertía como el recinto era preso de una verdadera invasión que junto con el advenimiento del alba incipiente sumaban lo tenebroso del momento. El colectivero –investido de nerviosa azafata− trataba de ubicar al disperso pasaje, mientras yo disparaba al fondo del coche en búsqueda de algún asiento con el bolso maltrecho, la cajita de encargues de mi vecino, la bolsa de regalos para mi vieja y mis hermanas, los zapatos en la mano… y ajustándome el cinturón.
       El pasillo del vehículo parecía la salida de la cancha cuando, entre tropiezos e imprecaciones alcancé a observar de reojo como aquella pícara se instalaba cómoda, cálida y dicharachera en el sitio donde yo venía durmiendo tan plácidamente.
       A esa altura de los hechos, y recobrada la calma, me dediqué a las cuentas con buenos números: veintisiete personas habían ingresado de un saque sin contar las de la parte baja del carricoche,  sumadas, para no desentonar, al jolgorio matutino. Respirando hondo y calmo, le pregunté a una vecina de asiento:
       − ¿Van lejos, señorita?
       − A Junín –me respondió lacónicamente una voz neántropa cargada de nicotismo.
       − ¡Aaahh!...uuff…¡Qué bien!
       − ¿Qué bien, qué
       − Nno- no, nada…
       En menos de una hora quedé prácticamente solo, junto a tres personas sentadas en la parte de adelante como supérstites del acontecimiento.
       Tomando un poco más de aire, sirviéndome un poco del recalentado café viajero  acompañándolo con mis bizcochos, di en reflexionar con cierto tinte filosófico sobre los sucesos acaecidos: sin duda, la mano de Vulcano muy activo por esas horas, extendió sus dedos hacia la llanura siendo el causante de todo ese batifondo.
       Y agrego en esta remembranza, que ubicado al fin en propio asiento (el uno) para observar mejor el paisaje neblinoso, habiendo ordenado mis vapuleados efectos personales, con lápiz y papel en mano hube anotado este recordatorio a modo de epítome para que sirva de lección a todos los viajeros de este mundo.
       Nada más una duda me asedió desde entonces: los miembros de esa embajada salteadora, ¿serían chacabuquenses que incursionaban a Junín, o juninenses que regresaban de una serenata en Chacabuco?
       Como dijo el Conde de Almaviva: ¡Gente indiscreta!
 
(Junio de 2016)
 
©LUCIO CAÑUPAN, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
 

VI LAS NUBES BLANCAS, Antonio Las Heras, Buenos Aires, Argentina

 








Imagen de: Tiempo.com


VI LAS NUBES BLANCAS

 

La prolija pintura negra de esa impecable limusina

que no me resultó familiar, esta vez, como ocurriera

durante cada jornada, desde hace extraviados meses.

Por el contrario, sentí tal estremecimiento al ingresar

que debí admitir que había dejado yo, de ser el mismo.

En cambio, la sonrisa del chofer con su atildada gorra

resultó muy conocida, era la de siempre, la esperada;

confirmando que los cambios eran míos, sólo míos.

Respiré profundo acomodado ya en el mullido sillón

de aquel suntuoso vehículo que tanto apreciaba.

Comenzó a sonar Nathalie, por los Hermanos Arriagada.

Una vez más las emociones desplegaron sentimientos.

Vi las nubes blancas atravesar el cielo de la mañana.

Surgió así la presencia espiritual de la persona amada.

 

 

©ANTONIO LAS HERAS, poeta y escritor argentino

MIEMBRO ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA 

 

 

 

 

 


EL CIELO DE LUZBEL, Ángel Medina, Málaga, España

 









Imagen provista por el autor


EL CIELO DE LUZBEL                                        

 

Siempre hubo mujeres que rompieron moldes en su tiempo. Todo ello viene a cuento recordando una historia que me contaron tiempo ha. Fue un hombre provecto y con aspecto inconformista, y debo confesar que, conforme me hablaba me resultaba su relato un tanto desconcertante, hasta el punto que he decidido no guardármelo. Todo transcurrió durante un viaje en el tren. Todavía retengo su cara mientras me hablaba, en tanto desfilaban por la ventanilla los postes eléctricos situados junto a las vías, pasando a gran velocidad. Me dijo que era de Xativa, un precioso pueblecito del interior valenciano, cuna de los papas Borgia, Calixto III y Alejandro VI, quemado por orden de Felipe V durante la guerra de sucesión por haber apoyado a su oponente. En represalia, sus ciudadanos, gente bravía, decidieron colocar el cuadro del monarca cabeza abajo, continuando así desde aquel instante hasta nuestros días.
 
“Había una vez, allá por el bajo medievo en el que se destacó Hipatia, filósofa neoplatónica, una mujer culta y piadosa que aspiraba a ser novicia, la cual acrisolaba por igual la hermosura y la comprensión. Su credo se apoyaba en la indulgencia, tal vez pensando que el perdón de lo alto se obtiene perdonando en lo bajo, sosteniendo sus ideas en la frase del obispo de Hipona:” Ama y haz lo que quieras. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”- decía san Agustín.
 
Era asimismo poetisa, y ya se sabe que la poesía es voz de la metáfora, que procura hacer entendible lo que está lejos de la comprensión. Meditaba aquello que el teólogo alejandrino Orígenes denominaba “apocatástasis”, esto es, la reconciliación universal de todo y todas las criaturas al concluir la Creación por medio de la Redención. Pero, ya se sabe que una cosa es la digestión de una idea y otra asumirla desde la sensibilidad personal. Pues- reflexionaba- si el peor de los males que aflige al hombre es la muerte, y ésta entró con el pecado, siendo su autor el diablo, ¿habrá igualmente de ser salvo? A lo que aducía en su soliloquio interno: si infinita ha de ser la justicia de quien todo lo creó, también habrá de serlo la misericordia.
 
Al filo de aquella navaja, era compasiva, hasta el punto de meterse en la piel del prójimo y hacer sus aflicciones propias.
Un día tuvo noticias de que había un eremita recluido en unas ruinas, y compadecida por su soledad e imaginándola suya, acudió a ofrecerle algún consuelo. Después de largas e interminables horas subida a lomos de una borriquilla, caminando por una montaña solitaria en la que sólo se escuchaba el ulular del viento y el aullido de algún perro asilvestrado avistó los restos de lo que un día debió ser una casa señorial. En los escombros estaba, tal como le habían dicho, el santón. Se trataba de un hombre mayor que ella. El doncel era alto y apuesto, de ojos garzos, cuerpo bien formado y porte distinguido, a pesar de su aspecto desaliñado, cabello despeinado y una hirsuta barba. Y allí mismo le sobrevino el primer brote de conmiseración. Pues, pensaba para sí, que grande habría de ser la decepción de aquel hombre en la flor de la vida para haber renunciado al mundo.
 
Y preguntándole la causa, le dijo que se había alejado de la mundanidad para santificarse y dominar la pasión de la carne. Pero ella, que era observadora, advirtió que la concupiscencia nadaba en el varón a mitad de camino entre procurarse la virtud y el deseo, pensando que no debía haber visto a ninguna mujer desde hacía tiempo. Sexo versus mortificación. Y mirándole con fijeza desde el inusitado brillo de sus ojos almendrados, primero, lo comprendió, y luego se condolió por él. Porque, ella que era íntegra entendía desde su propia experiencia el peso de la castidad que se había impuesto para luchar contra sus juveniles hormonas.
 
Al punto, sabiendo de su sufrimiento experimentó una sensación que no supo bien entender, solidarizándose con su tortura, constatando en sus carnes el estremecimiento ajeno. No pensaba en ella, sino en él. Le regaló una sonrisa plena de empatía y ternura, en tanto apretaba con la mano su brazo. Él callaba jadeante, mientras tiritaba preso de una súbita fiebre, perlando su frente goterones de sudor. Luego, musitó:
 
Tengo el diablo en mi cuerpo.
Entregada a la misericordia, le respondió con fervor.
Yo tengo el cielo que necesita ese diablo.
 
Las palabras quemaban más que el fuego. Prolongarse aquel suplicio se antojaba imposible. Y sabiendo de lo fútil de resistirse en aquel momento al deseo, el diablo entró en el cielo.
 
Al regresar fue requerida por el obispo de la diócesis, exhortándole a la penitencia. Preguntada por su actitud, le dio su parecer, el cual causole al mitrado una extraña sensación. Porque, ciertamente la doctrina debe navegar en ocasiones por aguas procelosas si quiere no anquilosarse, pero aquello no pudo menos que sorprenderle.
 
La joven comenzó citando la sentencia del Padre de la Iglesia, pero no bastándole al religioso, argumentó:
 
Yo vi aquel hombre sumido en un sufrimiento y lo consolé, cubriendo así una de las obras de misericordia, precisamente aquella que dice “consolar al triste”. El eremita estaba poseído por sus deseos, hasta el punto de sentirlo personalizado en la figura del tentador. Pero, consideré que el amor es superior a las miserias de los hombres.
Eso no responde a lo que has hecho, pues has infringido el sexto mandamiento- le rebatió su interlocutor.
No, padre - arguyó ella-; aún no he concluido mi razonamiento. Si el amor es infinito, toda la Creación ha de saberse abrazada por él. Si existe el mal es para que sobreabunde la virtud.  Si yo he pecado ha sido por amor. No amor sólo a la carne, sino al sufrimiento del prójimo. El fuego que abrasaba a aquel hombre fue apagado. Su demonio entró en el cielo. Y por un momento, pensé que finalmente, en el Último día, asimismo Luzbel podría ser finalmente perdonado, cuando también el mal sea sometido. Por eso, como criatura llena de amor le ofrecí anticipadamente el paraíso que en aquel momento su estado demandaba.
¡Sea anatema! - le desautorizó mohino.”
 
Confieso que no entiendo muy bien todo. Pero lo del Amor en mayúsculas me ha dejado cavilando.
 
©ÁNGEL MEDINA, poeta y escritor español
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA 
 
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DÁVIDAS, Martha Muñoz, Buenos Aires, Argentina

 












Imagen de: Pinterest


DÁVIDAS

 

Te di, la flor azul de mis primaveras

porque soy la noche misma, envuelta en la seda de un poema,

te di mis mariposas, las de las alas rotas,

las vi volar hacia el ocaso.

 

Te di las neblinas de mi almohada,

las palabras mojadas de tu olvido

y el delirio punzó de mis locuras

te di, todo te lo di cuando abriste la palma de tu mano

y quedé allí, en el páramo, deshojando margaritas del camino.

 

Vi tu espalda, tu columna vertebral cuando te ibas

con la giba del tiempo y del hastío

sembraste semillas de vacío

en los surcos lejanos de tu tierra,

partiste, con los jirones opacos de las nubes.

 

Te había dado todo, mis hojas en blanco, mis palabras,

las prosas amarillas, una oda, algún poema,

mi piel de otoño….. todo,

te llevaste mis entrañas en la bandolera marrón de tus quimeras,                                                                                                      

te llevaste, hasta el mendrugo de pan, para el camino.

                                        

 

©MARTHA MUÑOZ, poeta y escritora argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


Haikus "Fuga de alas" ,Liana Friedrich, Santa Fe, Argentina

 











Haikus

"Fuga de alas"

 

Gris se derrama

la luz sobre  el olvido.

Atardecer.


Justo equilibrio

de los cinco sentidos.

Paisaje en paz.


Cuatro elementos

en vital armonia:

Clave ancestral.


Sutil vehemencia 

sostiene las palabras.

Nace el poema.


Es el poeta

caminante de sueños,

labriego de paz.


Música  de luz,

aromas en colores ...

Mensaje oculto.


El río  insomne,

navegante de sueños.

Enero aguarda

 

©LIANA FRIEDRICH, poeta y escritora argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

 


LA GENERACIÓN PERDIDA, Lola Benítez Molina, Málaga, España

 








Imagen: freepik


LA GENERACIÓN PERDIDA

 

Desde que el hombre existe ha ido buscando un lugar donde labrar su futuro, en el que dar rienda suelta a sus inquietudes. Moisés ya fue en busca de la tierra prometida.

El hombre es un ser errante por naturaleza lleno de desazones, que unas veces lo estimulan y, otras, lo llevan a las más dolorosas profundidades, pero lo que está claro es que las costumbres, que echan sus raíces en un lugar, esas perduran, y la memoria se encarga de sustentar su vida. Adrenalina conjugada con sentimientos afloran para dar sentido a una, a veces, agonía maltrecha. Deambula a solas con su conciencia y establece sus propios límites. En el amor, venganza, odio, poder, ambición, etc. no hay límites, y el que busca la perfección entra en un camino sin final, por derroteros que parecen inquebrantables. Una fusión delirante de ideas convulsas que no sacia al instinto.

Si no hay memoria, no hay nada, si no hay entendimiento, la frustración se apodera del ser humano.

Ante el papel inerte las horas rotas pasan, los segundos eternos interfieren en la memoria, golpean los más dulces pensamientos. El momento se volatiliza y las noches de insomnio estimulan a las musas. El sueño, atrapado por la oscuridad, florece con el rocío y cada poro de la piel se eriza en pos de un ideal. Los ojos admiran la sutileza de la fragilidad, que gana grandilocuencia en cada palabra escrita, la que desaparece no tiene valor, pero al fin despierta para luego volver a ensombrecer. Es un juego de malabares con nostalgia de quietud. Esa sensación es la que experimentaría la llamada “generación perdida” en ciertos momentos de su vida, si bien, el legado que dejaron, como suele decirse, es de un valor incalculable.

Con dicho nombre se conoce a un grupo de escritores estadounidenses: Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, John Dos Pasos, John Steinbeck, Faulkner…, que forjaron su carrera después de la I Guerra Mundial. Como no podía ser de otra manera, en su obra reflejaron el clima de pesimismo de la posguerra y la Depresión, período que comprende desde 1918 hasta 1929. Todos ellos, de profundas inquietudes culturales, y ante el vacío cultural del momento en su país, viajaron a París y a otras ciudades de Europa, donde vivieron intensamente los años veinte, la era del Jazz y su ambiente artístico.

Sería la escritora y mecenas Gertrude Stein quien les pondría ese nombre.

Y como dijo John Dos Passos: “Podéis arrancar al hombre de su país, pero no podéis arrancar el país del corazón del hombre”.

 

©LOLA BENÍTEZ MOLINA, poeta y escritora española

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA 

 


MUNDOS EN PARALELO, Adrián Néstor Escudero, Santa Fe, Argentina

 







Imagen: 123RF


MUNDOS EN PARALELO

 

A los que sueñan un mundo mejor…
En especial, para el egregio escritor y filósofo argentino, Prof.
Norberto Pannone, bajo el faro luminoso de la Luz Crístico-Mariana-
Josefina de la Navidad del Dios Con Nosotros…
 
I – Ahora, fue como el onírico espejismo de dos mundos en paralelo...
 De pronto, como si el alma se hubiera separado del cuerpo, me vi desnudo completamente; me vi corriendo por una calle empedrada en busca o compra de algo tan impreciso como podrían ser los broches -para sujetar ropa lavada- que había que reemplazar por los que pendían -desarticulados como inertes marionetas- de una soga estirada a lo largo de la terraza de nuestro departamento; o, más bien preciso, porque transitábamos ya rumbo al cuarto Domingo de Adviento, y los muchachos –medio ateos ellos- no habían ni siquiera adquirido un arbolito de Navidad… “Angelito… Que no te vayas a olvidar las sidras… Y sobre todo, ¡las cervezas!”, gritaron, eso sí…   Sí, vi mi virginal ingreso en aquella extensa cuadra prolongada hacia ambos lados por monobloques o torres de alquiler que se perdían en la lejanía de un horizonte frío y grisáceo... Y mientras corría por una de sus veredas sin forma, tratando de ocultar mis partes pudendas con ambas manos, sentí temblar a ese cuerpo avergonzado y acechado por todas aquellas torres perforadas de oscuros orificios, y por donde un enjambre de cabezas somnolientas hacía gestos de estupor y escándalo al verme topar -en cada esquina, en cada cruce de cuadra, en cada resquicio habitado de una avenida sin sol donde la escarcha había puesto su mortaja de hielo- con aquella multitud creciente de seres arropados, enronquecidos y desencajados que manifestaban algún tipo de descontento social, portando pancartas de protestas de todo tipo; voces en cuello que achacaban y denunciaban -con letras de nervioso marketing- a un tal Covid19 y a una Navidad a todas luces (o tinieblas) diferente y extraviada, que no podrían encontrar…   Voces desenfrenadas que proferían improperios, deseos de venganza y alentaban provocaciones; voces y alaridos para los que ningún problema de la vida comunitaria  

2 quedaba descartado: aumentos de impuestos y tarifas, bajos salarios, inmovilizaciones financieras de ahorristas apenados, gritos de desesperanza de desempleados, deshabitados, jubilados, enfermos, sanitaristas desencajados, madres solteras y mujeres embarazadas sin seguro de salud, y todo un tropel organizado de viudos sin velorio, de menesterosos, marginados y discapacitados faltos de atención oficial o privada, con el que una clase media -venida muy a menos- se entrelazaba airadamente en un solo cuerpo desgarrado, agarrotado y macizo de piernas, troncos y brazos que, en formación castrense, avanzaban y avanzaban hacia un destino imprevisible y sin límites...   II - En tanto, yo, corría...   Corría aún pero, en este caso, sin ser visto, ni mirado, ni observado por aquellas columnas perfectamente movilizadas; y corría, como escuchaba: con la vergüenza a flor de piel, desnudo como un Adán redivivo, traspasado como un ciego torpe y con el sudor helado clausurando todo razonamiento por esos bombos ruidosos y ollas azotadas, golpeado/as sin cesar y sin piedad, que hacían estallar en el aire infinitas vibraciones de clamor popular arremetido por una bandera blanca ardiendo con un extraño brillo que era un fuego sin quemar...   No huía, sin embargo. Sólo sabía que debía seguir, deprisa y desnudo, mi camino hacia una compra de broches para ropa lavada en la terraza de nuestro departamento, pero, por sobre todo, encontrar un pequeño árbol navideño y algunas bebidas que dejaríamos enfriar en la nevera hasta la Nochebuena… Y todo mientras -de reojo- era el estupefacto espectador de una revolución de masas, ordenada por ríspidos altavoces rodeados de reporteros y cámaras de televisión...… Hasta encontrar aquella esquina especial –el cartel decía: ”Por aquí”- que me incitó a doblarla, hacia la izquierda y luego hacia la derecha y más luego hacia un indefinido centro, como en forma de atajo de aquella gran avenida sin horizonte ni sol, venciendo el paralelismo de las formas, e incorporándome a otra dimensión contigua al enjambre de aquellos tétricos y simétricos monobloques; una dimensión donde a un extenso bosquecillo de pinos y eucaliptus continuó, detrás de los médanos que la ocultaban, la más amplia y hermosa playa que mis pies hubieran pisado alguna vez... Y el mar azul... Y su distancia también azul y sin fronteras...  

3   Allí, el sol brillaba sin telones, y la pálida desnudez de mi cuerpo, entibiado ahora por sus fuegos, se bronceó sutil y gradualmente, hasta que cada uno de sus poros se confundió con los granos de aquella arena dorada, desapareciendo con el alma en el misterio de la nada, vivido como en un bifronte espejismo donde muerte y vida eran caras de una misma moneda: sí, como el rostro de Jano o de la frágil y transida existencia humana...   (No sé qué hicieron en ese instante los amigos que me escuchaban, porque mis ojos habían quedado extraviados y capturados en el hueco rectangular del esquelético monobloque urbano que alquilábamos como estudiantes, y, mirando abajo, muy abajo, ver correr desnudo a un pobre tipo que, de vez en cuando, levantaba la vista hacia sí mismo y me miraba y me miraba, sin poder creer lo que pensaba, sentía, veía, oía, olía y vivía... como extraviado en aquella dimensión desconocida).    

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©ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA