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sábado, 5 de diciembre de 2020

POEMAS NAVIDEÑOS Y DE REYES, Brayner Abraham Gómez Báez, Santo Domingo, Rep. Dominicana

 









POEMAS NAVIDEÑOS Y DE REYES

Los niños en tiempos de Reyes y virus


Din din dan din don dan suena las campanas

Din don dan din don dan es la navidad

Una estrella con mascarilla ríe

Los reyes magos con mascarillas ya acostumbrados

Por ser del oriente no les será extraño

Los niños lloran en casa de zinc

Tablones de madera como será nuestra navidad

Con esa cosa que llaman pandemia

Carlitico sonríe María se enseña los niños

Hay Dios manita que habrá esta navidad

Mamita me comprará mi tableta

Y papa me comprara mi bicicleta

Manita cuidado ponte la mascarilla

Recuerda que al lado le dio a Chiquinquirá

Lo sé bien manito ponte tu guantico

Que el otro año nos espera bonito

Se ira el coronavirus oíste foncito

Ah mama ya se va el coronavirus

Pregunta Pablito

No no hijito santo nos queda un ratito

Y que vamos a hacer en el arbolito

Pongamos bolitas verdes de esperanza

A los soldaditos le haremos panzas

Disfrutemos dentro

No podemos ir fuera

Esta navidad no habrá teleras

Pero si dulcitos que endulzan la tierra

Este coronavirus mama nos enreda

 

©BRAYNER ABRAHAM GÓMEZ BÁEZ, poeta y escritor dominicano

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA 

 

 

 

 


miércoles, 2 de diciembre de 2020

¿CREE USTED QUE…?, Ángel Medina, Málaga, España

 









¿CREE USTED QUE…?          

 

“100 españoles y Dios” es el título de un libro de Gironella, en el que encuesta a diversas personalidades del mundo cultural, artístico, político y científico – excluye el religioso, por cuestiones obvias. - ofreciendo un abanico que va desde las afirmaciones a las negaciones.

Las preguntas son básicamente tres. ¿Cree usted en Dios? ¿Cree usted que hay algo en nosotros que sobrevive a la muerte? ¿Cree usted que Cristo es Dios? Tres interrogantes que pueden afectar al hombre de cualquier lugar y tiempo, pues, a pesar de la “modernidad”, piense el lector por sí mismo si no se las ha hecho en alguna ocasión.

Existen tres ramas en el conocer, que son la ciencia, la filosofía y la teología. La primera afirma aquello que puede experimentar. La segunda lo contempla la inteligencia humana, hasta donde da de sí. La tercera interpreta las verdades reveladas, más allá del alcance de ciencia y filosofía.

¿Es posible “razonar” estas preguntas, utilizando un lenguaje lo más asequible al entendimiento?

“Nadie lo vio jamás” (Jn 1,18). Sin embargo, cuando se ve humo, habrá de preguntarse por la existencia del fuego.

Puntualicemos. La evolución no es creadora, pero la creación sí es evolutiva. Respondámonos: ¿es el Universo producto del azar?

Todo tuvo su origen en una esfera del tamaño aproximado de una manzana, que todavía hoy continúa expandiéndose tras la gran explosión. Esto fue lo que en la segunda década del pasado siglo demostró Lemâitre, denominándolo “hipótesis del átomo primigenio”. Todo lo que existía y existe es materia, cuyas propiedades son cuatro fuerzas: gravitatoria, electromagnética, nuclear fuerte y débil. De ellas proceden todas las reacciones químicas que dan lugar a la vida, desde el pequeño átomo a los 100.000 millones de galaxias, cada una de las cuales alberga a su vez 100.000 millones de estrellas o soles, estando todo ordenado en función a la aparición del hombre. De tal manera, que, la más mínima alteración en los cambios que se van dando en la evolución, habría hecho inviable la existencia humana.

Dicho esto, es fácil preguntar, ¿qué había antes?  ¿Antes de qué?  Pues, si no hay materia, tampoco puede haber tiempo. Y también, ¿dónde ocurrió el Big Bang, que dio lugar a todo lo que hoy existe? En ninguna parte y en todas partes a la vez, pues no había espacio ni tiempo. Esto es lo que dice la Ciencia.

Por su parte, la Filosofía nos dirá, que lo que no existe no puede darse la existencia a sí mismo. Entonces, ¿queda algo que no sea apelar a la Creación?

En cuanto a la Teología, viene a decir algo rotundo: toda la creación está hecha para el hombre.  El ordenamiento de la evolución ha sido diseñado en función de la aparición del ser humano. Y esto la Ciencia lo confirma en lo que se llama “Principio Antrópico”, indicando que, si se estudian las características del Universo, sus fuerzas y la evolución, se llega a la conclusión de que no puede cambiarse prácticamente nada sin que las leyes físicas inmediatamente nos digan que no podríamos existir.

Somos el resultado de una evolución procedente de un programa original. Por analogía, pensemos en un ordenador. ¿Podemos decir- ni siquiera pensar- que el ordenador está en la mesa “porque sí”, que “se ha hecho a sí mismo”, y “que ha diseñado su propio programa para arrancar a funcionar? ¿Resultaría esto creíble? Alguien tendrá que escribir un programa y diseñar un código para que ese programa obligue a las corrientes eléctricas a hacer algo, de lo cual el ordenador ignora todo. ¿O no?

De acuerdo, la materia está en todo lo creado. Pero, si todo es materia ¿de dónde surge la inteligencia humana, que es inmaterial? Porque, ninguna, ni todas las fuerzas de la materia son capaces de escribir una poesía, sensibilizarse, alegrarse ni entristecerse, conmoverse con el arte, tener una ética o poseer sentido de la libertad. Esto es inmaterial. Luego, si no es materia, solo el espíritu podrá explicar la actividad del hombre más allá de la animalidad. ¿Hablamos aquí también de casualidad o de causalidad?

Preguntémonos con decisión: Lo que existe y somos, ¿responde, si o no, a un plan proyectado en las leyes azarosas por una inteligencia superior, haciendo posible que las constantes vayan entrelazándose hasta alcanzar el objetivo diseñado?

Pensemos para poder situarnos en el para qué de las cosas. Tomemos la astrofísica como referencia. Una de las muchas razones del por qué son así. ¿Cuál es la función de la luna?

Parece ser, que hace unos 4.000 millones de años, cuando todavía la Tierra era incandescente, un planeta algo menor que Marte colisionó con ella; no de manera frontal, sino lateral, como si se rozasen, lo cual ocasionó que los núcleos de hierro se uniesen, constituyendo una masa que atrae los cuerpos hacia el centro del planeta, esto es, la gravedad, y al mismo tiempo, los fragmentos de la colisión se agruparon en el espacio formándose el satélite. Si no existiese la Luna, la Tierra cabecearía como hace un trompo conforme se le va agotando la fuerza giratoria. ¿Qué pasaría entonces?  Sencillamente, eso bastaría para que cambiase de manera catastrófica el clima, que hace posible las estaciones, y en tal caso la evolución no habría llegado hasta el ser humano.

De nuevo la misma pregunta: ¿Casualidad o causalidad? Si admitimos la casualidad, habremos de admitir igualmente que todo lo que existe, Universo y hombre proceden de la “nada”. Quien esté dispuesto a admitirlo, que lo explique. La nada, nada responde. Queda, pues, una segunda opción, que es el creacionismo. El Misterio. Lo que se reconoce como Principio y Fin de todo. ¿Con qué nos quedamos?

 

Si se acepta su existencia, entonces es posible formular la segunda pregunta: ¿Se sobrevive a la muerte?

¿No es realidad lo que la inscripción de una tumba de un cementerio olvidado recuerda al hombre?: “Yo era como tú y tú serás como yo” O aquellos versos de Jorge Manrique, que comienzan diciendo:” Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte/contemplando cómo se pasa la vida/cómo se viene la muerte”.

En tanto vivimos inmersos en el ruido de la vida y sus afanes no suele pensarse en ella, pero, al final, sintiendo su presencia, ¿podrá ignorársela?

Decía nuestro Unamuno “Me dan raciocinios en prueba de lo absurda que es la creencia en la inmortalidad del alma; pero esos raciocinios no me hacen mella, pues son razones y nada más que razones, y no es de ellas de lo que se apacienta el corazón. No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí. Yo soy el centro de mi universo, el centro del universo, y en mis angustias supremas grito con Michelet: “¡Mi yo, que me arrebatan mi yo!” ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo todo si pierde su alma? (Mat XVI,26)

La muerte es la extinción del “yo”. Perder la consciencia de ser es contrario al sentido de vivirnos. Y la muerte representa la “nada”. Dejar de ser. ¿No sería una chapuza divina si el hombre, a pesar de no haberlo pedido, ha de nacer, sufrir (y si no, que se lo pregunten al pobre Job), y finalmente morir…para nada?

Sin embargo, convive en él otra posibilidad. De igual manera que el gusano renace transformado en crisálida, dejando de arrastrar su existencia para poder volar por el cielo infinito, así el hombre. Por sí mismo no puede, pero si el lector ha admitido de alguna manera como más lógica la existencia de un ser supremo que la no existencia (entre otras cosas, porque no hallaría justificación de él mismo), entonces puede razonadamente confiarse a Él. Abandonarse. La elección es simple: la nada o el absoluto. La admisión del sinsentido de todo, esto es, el más puro nihilismo, o apostar por una vida guiada por la última razón del vivir: la confianza en la resurrección.

Llegado aquí hemos de plantarnos ante la tercera pregunta.

La fe, aun siendo un don, contiene un elevado componente de credulidad, pues todo conocimiento nos viene dado de fuera. Y de la misma manera que aceptamos lo que nos transmite la historia acerca de hechos y personajes, habrá de aceptarse la figura histórica de Jesús. Incluso los signos (milagros) que realizaba eran reconocidos por sus enemigos, si bien los atribuían al poder de Belcebú. Y lo que es decisivo, el hecho de su resurrección. Cuando menos será lícito preguntarse qué tuvo que suceder, para que, tras la muerte, sus seguidores, que temerosos de correr su misma suerte habían huido, volvieran para anunciarlo al mundo y entregaran su vida, dando lugar a la aparición del cristianismo.

Pero, todavía nos queda por responder la pregunta, si bien para hacerlo habría primero de conocerse la realidad de quién es Dios. Por eso, modifiquémosla por esta otra: ¿Cómo puede este hombre serlo? O mejor aún: ¿Por qué se hace Dios hombre?

 Lutero nos ofrece una pista en su obra “El Deus absconditus”, diciendo que se hace accesible como contrario a lo que podemos captar de él. El hombre lo entiende desde su Omnipotencia, que incluye ser el autor de todo lo existente, y, no obstante, viene al mundo asumiendo la condición humana. Podemos decir, siguiendo esta línea, que entra en el mundo porque el hombre no puede por sí mismo escalar el cielo.

 La obra que culmina su creación, el hombre, se ha apartado de él.  Con su caída, ha roto el cordón umbilical que mantenía unido criatura y creador, haciéndose la distancia insalvable. Este es el relato del Paraíso, que el existencialista Sartre recrea en la fábula “Las moscas”, poniendo en boca de Oreste el desafío, cuando se encara con Júpiter: “Apenas me has creado, he dejado de pertenecerte”. Aquí reside la raíz del mal. El hombre quiere ser hombre prescindiendo del Creador, lo cual implica perderse en la muerte.

La Encarnación experimenta su amor como salvación a su juicio. El hombre merece ser abandonado a su suerte, pero la compasión supera aquí la justicia. Se humaniza para que el hombre pueda ser divinizado. Y se acerca tanto al hombre, que se confunde como uno de los suyos. El juicio de la Providencia es el amor, y el desamor humano lo condena a muerte: “¡Crucifícale!”, gritará la plebe ante Pilatos.

El que es Todopoderoso se encarna en lo humano. De esta manera podemos entender a Cristo. No se trata tanto de concebir un hombre divinizado, sino más bien al Dios humanizado.

Dios es “Uno” como esencia (el que es), pero “Trinus” (misterio la Trinidad) como “manifestación” al mundo. Inmutable y mudable a la vez.

 

©ÁNGEL MEDINA, poeta y escritor español

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

Página autor:  https://www.facebook.com/novelapoesiayensayo/

 

 


Borges y los cementerios de su amada Buenos Aires, Roberto Alifano, Buenos Aires, Argentina

 











Borges y los cementerios de su amada Buenos Aires

 

Para felicidad de sus lectores, un poeta es un nostálgico del amor, de su tiempo y del sitio en el que nació. Así empieza Borges el espléndido soneto dedicado a Buenos Aires, su entrañable ciudad, que ve unida a su propio destino:

Y la ciudad ahora es como un plano

de mis humillaciones y fracasos.

Desde esa puerta he visto los ocasos

Y ante este mármol he aguardado en vano…

En el final, los dos últimos endecasílabos, con el dístico contundente, le dan un hondo dramatismo a su ya famosa, antológica y descarnada confidencia:

No nos une el amor sino el espanto;

será por eso que la quiero tanto.

Estos versos parecen menos una declaración de amor que una forma de resignado rechazo, y acaso expresan lo mismo. Son parte de las muchas confesiones que Borges nos hace de la ciudad que lo vio nacer y a la que nunca dejará de cantarle; eso sí, con una ternura crítica donde a un tiempo la exalta y la reprocha. Es el poeta asombrado ante el ocaso amarillo y la luna de enfrente que se incendia sobre el horizonte. El agudo observador, que construye versos delicados y ásperos, donde perduran el arrabal y los rincones de patios con macetas, donde hay la recuperación del barrio, sus desoladas calles o los sorpresivos callejones; las breves ochavas de las esquinas, las arboladas plazas, los violentos olores de las sangrientas carnicerías, que contrastan con perfumados jardines, las honduras de iluminadas veredas, “el almacén rosado como revés de naipe”, las desgarradoras ausencias, los suburbios, los melancólicos amaneceres, silenciosamente iluminados por una luna que declina ante el nacimiento del sol; la dilatada arboleda que se agiganta de frente al amanecer, ensombrecido a veces por la tormenta tempranera; los solitarios sepulcros de los dos cementerios de la ciudad: el de Chacarita y Recoleta; las desgarradoras ausencias y, sumado a todas estas vertientes evocatorias, su propia historia ligada a Buenos Aires; también, de manera no menos explícita, aquello que para el poeta es la recuperación de lo perdido, “ de lo perdido y lo recuperado”:

Y sentí Buenos Aires,

esta ciudad que yo creí mi pasado

es mi porvenir, mi presente;

los años que he vivido en Europa son ilusorios,

yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires...

Su primer libro, Fervor de Buenos Aires, publicado en 1923, lo abre con el poema “Las calles”, donde el joven Borges nos habla de las ávidas calles incómodas de turba y de ajetreo, exaltándolas como si fueran una parte de su ser más íntimo:

Las calles de Buenos Aires
ya son mi entraña.
No las ávidas calles,
incómodas de turba y ajetreo,
sino las calles desganadas del barrio,
casi invisibles de habituales,
enternecidas de penumbra y de ocaso...

Hacia el Oeste, el Norte y el Sur

se han desplegado -y son también la patria- las calles;

ojalá en los versos que trazo estén esas banderas…

En Cuaderno San Martín, otro poemario publicado en 1927, Borges manifiesta su relación con la muerte en dos barrios de los alrededores con sus respectivos cementerios, el de Recoleta y el de Chacarita. Aquí el poeta establece un paralelo social al describirlos. Y dice al nombrar al primero:

Convencidos de caducidad

por tantas nobles certidumbres del polvo,

nos demoramos y bajamos la voz

entre las lentas filas de panteones,

cuya retórica de sombra y de mármol

promete o prefigura la deseable

dignidad de haber muerto…

Al referirse al de Chacarita, el cementerio más popular, el poeta es descarnado y acaso patético cuando refiere la peste que castigó a la Argentina hacia fines del siglo XIX:

...fue saciada por la fiebre amarilla hasta decir basta;
porque los conventillos hondos del sur
mandaron muerte sobre la cara de Buenos Aires
y porque Buenos Aires no pudo mirar esas muertes,
a paladas te abrieron
en la punta perdida del oeste,
detrás de las tormentas de tierra
y del barrial pesado y primitivo que hizo a los cuarteadores…

Cabe aclarar que no hay un menosprecio del uno por el otro. Es un reconocimiento a los dos cementerios. También describe los respectivos barrios, y al referir a Chacarita, escribe:

Una dura vegetación de sobras en pena
Hace fuerza contra tus paredes interminables
Cuyo sentido en perdición,
Y convencidas de mortalidad las orillas
Apuran su caliente vida a tus pies
En calles traspasadas por una llamarada baja de barro
O se aturden con desgano de bandoneones
O con balidos de cornetas sonsas en carnaval…

Al citar a Recoleta, donde están las bóvedas de sus familiares y de los ilustres patricios argentinos, no es menos explícito que conmovedor:

Tu frente es el pórtico valeroso
Y la generosidad de ciego del árbol
Y la dicción de pájaros que aluden, sin saberla, a la muerte
Y el redoble, endiosador de pechos, de los tambores
en los entierros militares…

Por último, perplejo, el poeta ensaya una reflexión más sobre el cementerio popular del barrio de Chacarita:


Desaguadero de esta patria de Buenos Aires, cuesta final,
Barrio que sobrevives a los otros, que sobremueres,
Lazareto que estás en esta muerte no en la otra vida,
He oído tu palabra de caducidad y no creo en ella,
Porque tu misma convicción de angustia es acto de vida
Y porque la plenitud de una sola rosa es más que tus mármoles.

Y en augustas estrofas, que dedica a Recoleta, exalta con premura vindicativa, definitivamente explícita, aunque cargadas de sutiles alusiones líricas:

Dije el enigma y diré también su palabra:
Siempre las flores vigilaron la muerte,
Porque siempre los hombres incomprensiblemente supimos
Que su existir dormido y gracioso
Es el que mejor puede acompañar a los que murieron
Sin ofenderlos con soberbia de vida,
Sin ser más vida que ellos.

En otro poema, dedicado a la Plaza San Martín, Borges nos dice que allí encuentra la tarde perfecta, y nos transmite su dócil emoción al referirla preciosamente adjetivada en la más vibrante exaltación:

¡Qué bien se ve la tarde

desde el fácil sosiego de los bancos!

Y nos la describe o, mejor dicho, nos la revive con el fervor de su propio sentimiento detenido en las antiguas puertas cancel y en los corredores de las casas de inquilinato:

Ya estaban los zaguanes entorpecidos de sombra.
Con fino bruñimiento de caoba
La tarde entera se había remansado en la plaza,
Serena y sazonada,
Bienhechora y sutil como una lámpara
Clara como una frente,
Grave como ademán de hombre enlutado…

Emocionado, el poeta también nombra -con finura exquisita- otro elemento característico de la cosmopolita ciudad de Buenos Aires, su ecuménico puerto que generoso se abre hacia el mundo:

Abajo
El puerto anhela latitudes lejanas...

Pero el mayor reencuentro con su amada y a veces enjuiciada ciudad se da en el volumen Cuaderno San Martín, donde el aedo se regocija jugando con imágenes íntimas y entrañables; en especial con el verso demasiado famoso de “Fundación mitológica de Buenos Aires”, que más tarde, en futuras ediciones, llevará el título de “Fundación mítica de Buenos Aires”. En este poema, un Borges exultante, recrea, con su imaginación prodigiosa, aquel remoto día que el navegante español pisó este lado del Atlántico, que se prolongaba en la pánica llanura para fundar su ciudad:

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro…


A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y el aire.

Pero es en la composición “Versos de catorce” donde sentimos el hondo estremecimiento del poeta al revivir buena parte de los elementos tan afines a su poesía, que seguirá nombrando en toda su creación estética al cantar a Buenos Aires:

A mi ciudad de patios cóncavos como cántaros
y de calles que surcan las leguas como un vuelo
a mi ciudad de esquinas con aureola de ocaso
y arrabales azules, hechos de firmamento,

a mi ciudad que se abre clara como una pampa..

A lo largo de los días, el poeta asombrado, que llega a dudar de su existencia, con paso vacilante, se detiene en una esquina para advertirnos emocionado -en este caso con su prosa incomparable, también pura poesía- que “es al otro Borges, a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico".

 

 

©ROBERTO ALIFANO, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

 

 

 

 

 


VIERNES 13 (Desazones cotidianas), Adrián Néstor Escudero, Santa Fe, Argentina

 









VIERNES 13

(Desazones cotidianas)


A lo inescrutable

 

 ¿Qué estoy pensando?, me pregunta mi Página de Facebook…

 Pienso... Pienso que hoy es Viernes 13, y un joven imprentero -ahora lo compruebo: aprendiz a editor sin dudas- me hace (luego de 5 –sic- meses de trámite editorial colaborando con un colega de cierta edad, y a fin de proveer -en fraterna amistad- a la feliz edición de su interesante libro de Narrativa, tipo “Obras Completas”), me hace, digo, desde su empresa librera y celular mediante, dos insólitas preguntas, y aunque no se crea: Sí, la primera interrogaba acerca de si "el laminado de Tapa (del libro, va) es con brillo o mate"; y la segunda, si "el papel impreso -del libro- es (de tinte) blanco o ahuesado"... Ello, ¡a 5 (sic) meses del contrato suscrito y con Cinco (5) (sic) Pruebas de Galera corregidas, pago del 50% por parte del atribulado Autor, y recibo mediante a modo de eficaz presupuesto! (“¡Asombroso!”).

Sabía que era 13 (Viernes) y que algo iba a pasarme, lo sabía (“¡Aaajjjhhh!!!”). Y que sin salir de casa y por algún lado, algo o alguien, me habría de hacer salir de las casillas (las que, con motivo del agote pandémico actual saben estar revueltas ya de por sí)… Algún incrédulo de la kabalá de los números nefastos, me dirá: “Es mental, viejo. Es mental… Estás predispuesto… El Universo te lee las vibraciones de cuerpo astral y te responde en tu medida y armoniosamente… Culpa tuya, viejo. Culpa tuya…)”…. “¡Gruuu!”, y me dio una bronca, porque el Misterio es tan “misterioso” (inescrutable, digo, en sus designios, aunque muchos nieguen los ancestrales conocimientos advenidos de horóscopos, tarots y lectura de manos, etc., provenientes de aquellos tiempos –prima facie- oscuros y post cavernarios –e incluido, de hecho, a los imperios persas, egipcios, griegos y romanos- donde la ciencia estadística y probabilística de la que en la actualidad usan y abusan los políticos del mundo, o en Argentina al menos (“a boca de urna”), me parece, ni siquiera imaginaban posible en su mítica, mágica y mística concepción del cosmos)…, insisto, tan misterioso, tan enigmático, que, a lo mejor, mi amigo tenía razón…

Y entonces, recé al mediodía el Angelus, y salí en mi auto paciente y prudente junto a mi esposa e hija interesada en el asunto que nos impulsaba a llevarla: esto es, a buscar una correspondencia urgente en la Empresa de Transportes OCA S.A. (Filial local) –y disculpas por la propaganda; pero es que abonan la gentileza, ¡ja!-, para dejarla luego –a ella, a mi preciosa hija- sana y salva en su hogar céntrico –nuestro yerno, trabajando, por supuesto- …

Pero todo el trayecto sin dejar de pensar que, al día siguiente, cuando el maldito 13 se muriera como si no hubiere existido jamás (aunque sin él no habría podido escribir este relato a modo de litúrgico exorcismo… “¡Hummmnnn! ¡Qué desazón hubiere sido!”), una horda de albañiles e improvisados capataces invadirían mi añoso hogar, todo queja desde hacía varios años, y deseando chapa y pintura por todos lados y, en particular, a los fondos, donde era imprescriptible anular esos “agujeros negros” que, los numerosos, imperturbables y sapientes chinos (para lo bueno y lo malo), aconsejan difuminar ordenando el caos de una cultura gringa que había construido, acullá, y para los amigos y parientes que arribaban a “la América”, caserones entubados tipo conventillos… Y que, entonces, uno debería sí o sí madrugar -jubilado como estaba de tantos afanes laborales financieros y culturales- para atender y controlar las obras materiales contratadas.

O segunda bronca y de tipo anticipado, sin necesidad ni de un positivismo científico ni de alquimias extrañas. Pero cuidado: alertado como estaba por mi buen amigo, uno se iba instalando de a poco y haciendo chistes al volante, y gala además de una franciscana serenidad, y diciéndose en voz baja y forma reiterada: “todo es mental, todo es metal, todo es mental…”.

Sí, a lo mejor el disgusto con la Editorial podría haber sido una penosa y casual causalidad de la ignota sinergia del dios Cosmos… Cosas veredes, Sancho, que non crederes… Tranquilo. Lo de la Editorial ya está solucionado. Lo de los albañiles, también: descansaría un rato más –aunque no mi esposa quien y según ella, y desde pequeña, dormía siempre como los gallos, “con un ojo”, ¿vale?- porque, mientras esperábamos a nuestra hija instalada en OCA S.A. (y ya van dos veces que la nombro, porque unos pesitos siempre vienen bien), me habló por el celu uno de mis varones gauchos, y me dijo que me daba una mano con el control de los “muchachos del cucharín”… Así que suegra y nuera podrían beber orondas “la bebida de los pueblos fuertes” (que no es el vino, como ustedes mal piensan, sino… ¡el mate criollo, ahijuna!¡Y sin azúcar, ándale! ¡Coños! -nótese al respecto el sabor criollo mixturado con las raíces hispanas del suscrito-).

 Pero…

 Pero…

Pero no va que ni bien arribo al garaje de casa y ya de vuelta del periplo familiar gestionario, el número 5, (ese… ¡otro!) el del disgusto (porque la tabla aprobada desde niño en la primaria no falla; les recuerdo: uno, conversarás: dos, desencuentro; tres, encuentro; cuatro, noviazgo o amistad; cinco, disgusto, seis, noticia; siete, piensan en ti; ocho, celos, nueve: lo verás y diez: te ama y conversará con él/ella… ¿Vale?)… estaba clavado al final de la cifra del cuenta vueltas… ¡O disgusto en puerta, nuevamente! ¡Dios!

¿Entonces?

“Mamá, agarrá el termo y el mate; tengo un cinco. Un cinco. Y ya sabés… Ese no falla. ¿Vos lo sabés, verdad? Aunque lo hayas negado un millón de veces, ¿no? Así que, si juntás este 5 esperando quietito en el garaje y el 13 que nos depositará mañana en un infierno de ruidos, golpes, caños, escaleras, pinturas, gritos de alerta de los obreros, residuos de cemento y arena, y…”.

“Está bien… Esperá… Esperá un poco, por favor. Vuelvo rápido. Estacionalo bien afuera, y ya traigo todo…”.

“Disculpá, ¿viste?; pero así, hacernos otras gauchadas y cambiamos la suerte… ¿Te parece? Don José Romero me pidió que averiguara si el único libro de cuentos de su cosecha, publicado en CABA que le queda, puede ser reproducido noblemente por la gente de la Librería y Editorial cercana a nuestro barrio Constituyentes… Vamos y averiguamos. Porque plata para una reedición y a sus noventa años…, imposible. Y también, a unos metros más allá, sobre Boulevar, podemos comprarle el diario de ayer; me dijo por teléfono que el 12 de este mes, al cumplirse un nuevo aniversario del fallecimiento de Elena, su querida esposa (y de un cáncer maligno fatal y muy doloroso), había sacado en el vespertino local un hermoso recordatorio y publicado, en su homenaje (faltaba más para un artista como él), un poema de su autoría y de cuando era mozo, allá en Sevilla, a poco de emigrar por las razones que ya sabés… Y viste que yo le guardo todo al andaluz… Es un maestro… Y ese revistero sabe tener diarios del día anterior… Aunque con esto del on line…”.

(De hecho me anticipo a informarles que... tampoco el famoso revistero tuvo un ejemplar al menos del diario que luego, buscaríamos infructuosamente por toda la ciudad. Habría que ir en ocasión más propicia, hasta las oficinas del Diario capitalino, cuya sede se emparentaba con las veredas vecinas a la Estación de Ómnibus de la ciudad).

 "Está bien… Esperá… Esperá un poco, por favor. Vuelvo rápido. Estacionalo bien afuera, y ya traigo todo…”, había dicho. Y así lo hice. Esperé. Esperé confiado con la estoica serenidad de un astronauta que, mi amigo, me había contagiado… Lo que das, recibes. Pienso bien, me irá bien…

Pero…

Y mamá (mi esposa) que se demora… El sol en Santa Fe pega fuerte al mediodía aunque sea primavera… Y al aire acondicionado del auto no podía tenerlo funcionando con el motor apagado para ahorrar nafta (hubiera podido, pero… -otro pero…-)… Así ni con las ventanillas abiertas podía respirar… Demoraba… Paciencia. Mi amigo tiene razón. Todo es mental… De paso, tomaba algo de sol; esos minutos que los médicos aconsejan “tomar” (al igual que el somnier que, claro como era 13, apareció con una mancha voraz en los extremos, como si alguien hubiera derramado una taza de café con leche, ¡Ja!)... Pero retomo: esos diez minutos por día y para alcanzar, asimismo, con ejercicio sicofísico acorde a la edad, un buen sistema neumonológico; ello, y sobre todo, en estos tiempos de virósica pandemia china preanunciada por un sospechoso enviado del pool de laboratorios mundanos, y que, mediante los medios adecuados a sus ominosos fines, agitaba proféticamente y desde las sombras de una hipócrita fama de filántropo universal, las aguas catastróficas de un inminente Nuevo Orden Mundial por venir…

Había dicho: “El Apocalipsis no vendrá por una guerra nuclear, sino por un virus…”. Y hasta el dibujo del virus que mostraba en su estrado de (¿extraño?) disertante y falso gurú telemático (malthusiano, dicen) , envarado frente aquel auditorio de clones salidos del ITM, tenía la misma imagen (la de un micro meteorito puntiagudo) que, al cabo, ratificarían los médicos especialistas del planeta, y cuya estampa real se haría famosa todos los días de todos los días, en todos los meses de todos los meses, y en un mundo porfiadamente acuarentado, confinado, amurallado y secuestrado en sus libertades más dignas debido al “infortunado desliz” de un biólogo asiático que, junto a otros bienhechores de la Humanidad europeos y americanos, buscaban desde Asia, dicen, un remedio contra la Haemofhilus influenzae (Hib) o mal semejante, qui lo sá… (fruto malsano de la histórica, irreverente e impiadosa concupiscencia humana, y a no -separado a-no- dudar: ¡Ja!...).

De hecho, cualquiera que formulara ciertas hipótesis que condenara lo sucedido, y formulara hipótesis más o menos fundadas acerca del inicio de la Tercer Guerra Mundial de tono bacteriológico, y en cabeza de este demonio denominado Covid19, de esta Corona del Mal liberada o sustraída a la Caja de Pandora que los hombres de pie de barro tenían en sus bodegas venenosas, mientras jugaban, impúdicamente, a ser a dioses, pero de barro también (confrontación ya alertada desde el fatídico Cambio Climático Mundial, la política de lanzamiento satelital para engrandecer el Poder del Gran Hermano, la creación de las Fuerzas Armadas Espaciales, y la gestación de drones de guera y armas misilísticas láser, apoyado todo por Acuerdos non sanctos e interpotencias, con el objeto de higienizar "democráticamente” al planeta), sería tenido –ese cualquiera- como falaz complotador ideológico de arriba o de abajo, de izquierda o de derecha, de centro o de afuera, no importa…


Y mientras estas absurdas cavilaciones hacían mella a mi cerebro, a puro guapo contenido en una especie de esperanza forzada por el buen consejo de mi amigo, lo cierto es que mamá (mi esposa) se demoraba… Y no tardé en llamarla por el móvil para enterarme por qué lo hacía. Porqué tardaba tanto en preparar el mate y el termo para…

“Disculpá querido. Me pongo un poco de pancutan y voy; ya voy. Este termo ya no sirve más y te quemás aunque lo agarrés bien… Ya puse el agua en el otro. Aguantame un poco más…”.

Un poco más… Un poco más… El que piensa bien, recibe bien… Todo es mental… "¡Pura patraña eso del viernes 13 y del número 5 en el cuenta vueltas del auto…! ¡Patrañas! Pura diabólica blasfemia!”.

Y yo esperaba… Y el sol me quemaba los brazos en la misma zona –pude comprobarlo- en las que mamá (mi esposa) se los había quemado con el termo importado al cabo de unas vacaciones en el Uruguay… Un inconsciente (¿otra casual causalidad?) solidaridad matrimonial… Me sonreí…

¡Ja! Volví a hacerlo cuando ya íbamos -pues- en camino de la Librería de Boulevar… Sonreía casi tontamente cuando ella volvía a describirme, hasta el último detalle, su molesto percance culinario, y en tanto yo controlaba que, con el susto, no se hubiera olvidado el barbijo como en la primera vuelta que hiciéramos con nuestra hija y por el tema de OCA… (¿Ven? No hay dos sin tres: ¡qué ilustre –sabia- la sabiduría popular!).

Así que bueno, y hablando de tres, no solo el asunto del libro de don Romero ni de su obituario periodístico, sino que habría -de pronto- una necesaria parada en el supermercado de la zona…

“Vuelvo rápido”, me dijo… “Me falta soda y algunos ingredientes para los tacos mexicanos de esta noche; creo que viene Esteban con los chicos…”.

“Dale, pero mirá que no pude estacionar a la sombra, y ya son como las dos, y el sol está bravo, ¿eh?”.

“Síiiii…”. Dijo; y desapareció tras la puerta del Mercado luego de ser chequeada ante la posibilidad de fiebre -virósica- y de barbijo -virósico- bien colocado… De a uno por vez… Distanciamiento social… La prevención lo es todo…

Me puse a revisar el celu… Facebook. Vaya, tenía mucha información pendiente… De todos modos, como lo pensado, no tendría mucho tiempo para consultar más que una decena de datos… Pero no fue así… Se demoraba… Otra vez se demoraba… Y el sol hervía...

Estaba sofocado. En el patio de estacionamiento del super no había sombra. “Me voy afuera; debajo de uno de esos árboles”… Y allí fui. Al reparo sombreado de una noble criatura pero de otra especie: la vegetal… Donde anidan los pájaros del cielo… Y las palomas… Las palomas… Cucú, cucú. Cucú, cucú…

Ocupado como estaba en sacarme (estirparme) de la remera verdiblanca (seguramente por eso las Criaturas de la Paz me habían confundido con el follaje del árbol), y a pesar del fuerte ruido que escuchara a poca distancia de donde estaba esquivando, caramba, los fines estiletes de febo que se filtraban tenaces por la hojarasca sombrillera, mientras sacudía la tremenda resaca negruzca que se acunaba en un de los hombros de mi atribulada cabeza…

Al ruido lo había desatendido. Pero al grito de mamá (mi esposa), no. Luego, y solo luego pude relacionar ese como choque de metales crujientes, y la salida con los frenos chirriando de otro automóvil semejante al mío, justo delante del portón de salida donde estaba el árbol en que tomaba sombra y en el que había sido como bautizado (de lo Alto), por aquellas deliciosas criaturas con que los pintores litúrgicos famosos –y perdón por la semejanza; pero por algo soy católico- pintan al… Espíritu Santo.

Y bien... O, y mal..., espeté:

“¡Dios! ¡¿Y ahora qué te pasa, Angélica?! ¡Santo Cristo!”…

“Es que esa bestia… Ese malnacido que acaba de salir disparado de la playa de estacionamiento, parece haber hecho una mala maniobra, y… ¡mirá cómo ha quedado el costado izquierdo de nuestro auto…!”

Sí, era viernes 13, y el 5 todavía no había concluido de dar su vuelta completa en el bendito marcador y antes de que arribáramos a nuestro segundo y tercer compromiso amical, y el tercer evento que estaba sobreviniendo como colofón de una jornada algo más que nefasta, resultó insoportable… ¡Y sin seguro contra todo riesgo!

"¡Mi madre!", grité.

Sí. Y no hay dos sin tres… Y si el hombre no quiere, ni Dios puede…; porque debemos entender que, Él, no permite mayores males sino para mayores bienes… Aunque, de hecho, como apuntara, no había seguro contra todo riesgo… Pero bueno. Todo era una cuestión mental… Una cuestión mental, insistía mi amigo y no sé por cual orificio de mis cinco sentidos, lo seguía escuchando una y otra vez, una y otra vez…

Y eso de “No me vengan con un Viernes 13” sería mansa, prudente, paciente y franciscanamente pronunciado por mis labios resecos, mis codos hacinados y mi remera aceitada por una asquerosa papilla volátil… Y…, sin contar que, mañana, mañana, oh mañana vendrían ellos, los albañiles y sus ruidos y sus caños y sus gritos y sus escaleras y su cemento y su arena… Y…

Tranquilo. Tranquilo…

Pero deben creerlo. Porque, a la semana siguiente, y ya con nuestro nido de amor medianamente prolijado de tanta vetustez, lo narrado no sería sino objeto (y sujeto) obligado de una anécdota hilarante (con espasmos de terror cotidiano), disfrutada a más no poder por nuestro inquisitivo e inteligente (inmenso) grupo familiar reunido en sus Jardines, cena opípara mediante y merced a los buenos oficios y dones de mi amada esposa (la Angélica)…

Y es que brindando en el decimotercer cumpleaños, el séptimo nieto varón del Clan Escobar que, a su corta edad, sorprendería a todos muy risueño, y con respuestas precisas a todo tipo de tema, más allá de su anavajado corte de cabello a lo millenium, lucía ya no el tatuaje de estilo y moda entre los pibes de hoy, sino más bien y en ambos brazos (ya no quemados por el sol o por el agua casi hirviendo de un termo) como una profusa pelambre semejante a la de un… (¿lobizón?)…

Así que ahora no solo el 13 y el 5 sino el 7 entrarían en la macabra lista de números a sospechar, porque que las hay las hay ("El séptimo hijo varón de cada familia...")...

“¡Puro cuento! ¡Pura patraña! Y no me vengan hoy con otro Viernes 13… ¡Por favor, que somos grandes, somos bastante grandes, cheee!”, protestaría nuestro patriarca Bisabuelo de unos ojos, nariz y oídos grandes, muy grandes, tan grandes como... (¿Como los del lobo feroz que...?), y con una enorme dentadura postiza a punto de escapársele de su boca enorme, tan enorme (¿Como la del lobo feroz que…?)…, y tras lidiar -en vano- con un sabroso, gigantesco trozo de aceituna verde…

Claro que sí, mi admirado, anónimo y susurrante amigo Rodrigo Díaz de Vivar en tu Cantar del Mio Cid...: "Cosas veredes, Sancho, que non crederes...".-

 

©ADRIÁN NESTOR ESCUDERO, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA