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miércoles, 11 de septiembre de 2019

IMPASSE, Ana María Raffaelli, Buenos Aires, Argentina

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IMPASSE


He anunciado mi llegada.
he anunciado mi partida,
en un sinfín de palabras
ya por el mundo recorridas.
Diccionarios enciclopédicos,
sinónimos y antónimos
ninfas y querubines
en románticas frases poéticas
surcarán las páginas de miles de obras.
¿Cuál será la mejor?
¿Quién decide una mención
de un lamento
que del alma ha surgido?
¿O se las llevará el olvido,
como un monte de espinos
junto con la pasión?
¿Quedarán en prisión?
Me verán partir
envuelta en pétalos de rosas,
con una toga centenaria,
me llevará el viento
alejándome de este tormento.

©ANA MARÍA RAFFAELLI, (Anett Yoly), poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA



LENGUAJE Y SILENCIO, Carlos Penelas, Buenos Aires, Argentina

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LENGUAJE Y SILENCIO


El ojo ha de ser bello para percibir la Belleza. Plotino
Cierra los ojos para ver. Carlos Fuentes
Para ver hay que saber. Ingres


Recoger aquello que está en el borde de la mirada, en el umbral de lo no visto. Nos conmueve el poema, el sueño de libertad. Nos conmueve lo digno, lo solidario, lo fraternal. La utopía. Con los ojos de un niño, desde la evocación de una aldea. Somos parte del universo. Según Alain Bosquet, el poema inventa al poema. Podemos suponer que el poema que inventa al poema es creado por la poesía, cuando se manifiesta de manera verbal. Recoger aquello que está al borde de la mirada.

“Hacer un poema como la naturaleza hace un árbol”, exhortaba Vicente Huidobro. Indagación de la palabra, lenguaje que crea realidad. El lenguaje es mi límite con el mundo. Con el interior y con el exterior. Desde la poesía nunca estamos en la misma realidad sino en la versión de la realidad. Las palabras proferidas son impresiones del silencio, de los abismos y los límites de nuestra condición humana.

La obra poética moviliza nostalgias, desprendimientos, amores inseguros. Es portadora de estados de ánimo, de sensaciones. Refleja lo que descubre y lo que intuye. Alejada de falsos pudores su vocación está en la soledad, en la madurez de la voz, en la ambigüedad de lo cotidiano.

La poesía predice. Celebra la constelación del lenguaje, libertad que habla en sí, que es signo de sí. Inaugura lo humano y su elevación. Es connotación temporal, proximidad. El diálogo nos habita en la insurrección del desarraigo.

Nunca es la misma realidad sino la versión de la realidad… Éste es el verso inicial de un poema en el que Wallace Stevens desnombra cada vez más lo que llamamos “realidad”, evidenciado su construcción merced al lenguaje. Entonces vemos, sentimos… el cielo en palabras y las palabras en sonidos de sonidos. Fantasmagoría configurada por la palabra, que conduce al desnombramiento extremo señalado por Aristóteles: “Las palabras proferidas son símbolos o signos de las impresiones del alma, mientras que las palabras escritas son signos de las palabras proferidas”.

Veamos otra mirada sobre lo poético. Raymond Carver no se plantea la poesía y el relato como dos géneros distintos.  La soledad de sus personajes y sus pequeños grandes dramas cotidianos son constantes tanto en su prosa como en su poesía. Esta falta de comunicación representa en sus textos, como en la pintura de Edward Hopper, la angustia y la incertidumbre.  En palabras de Tess Gallagher: “Algunos de los nuevos poemas de Ray difuminaban los límites entre poema y relato, igual que sus relatos a menudo adquirían fuerza gracias a estrategias dramáticas y poéticas”.  

Debemos vincular la poesía de Carver con la tradición de la poesía inglesa post-romántica. Allí observamos el monólogo dramático, poemas en primera persona, en circunstancias vitales que muestran lo cotidiano, lo concreto. Encontramos un enigma, algo que no se cuenta. Con su silencio organiza el clima, la atmósfera, la búsqueda de otra indagación.

Las realidades que veo y creo comprender están en el mismo lado de la hoja. Intento sentir aquello que imagino, sospecho que se detectan del otro lado del espejo, del otro lado de esta hoja blanca. Siento que hay una barrera temporal, que las intenciones se encuentran buscando la necesidad del arte. Sé que las necesidades del arte son las de la vida. De allí la mirada insurrecta, insumisa. Aquello que responden a nuestras percepciones, a nuestros desafíos.

La mediocridad nos abruma. La cultura de la fachada y la cultura de contrafrente nos agobian. Lo cortesano, lo oficial, lo burocrático, termina fatigándonos sin piedad. Una sociedad impúdica y grosera ha transformado la literatura en algo homogéneo, ha comprado la industria editorial en todo el mundo. Pero sin duda, existen alternativas precarias, insurgentes. Vivimos una sociedad donde todo se articula en forma de apelaciones, de presuntos prestigios, y de ella nos rescatan el cuadro, el poema.

El hombre que lee está siempre solo. El hombre que lee no es fácil de manipular. La lectura lo hace diferente, lo hace fantasioso. El Estado busca capturar la conciencia colectiva, la arbitrariedad encarnada en el pueblo. Y la conciencia colectiva no existe desde el punto de vista ontológico. Es difícil hacer entender a políticos, sociólogos o intelectuales que ninguna multitud existe orgánicamente; que incluye a todos y a cada uno de los individuos. Es cuando suele aparecer el aparato del miedo, la propaganda, la masificación. Toda lectura es un conjuro simbólico. Y la pasión siempre es elocuente, distante de la estatuaria como de la diatriba.

Posibilidad e imposibilidad de la palabra. “La originalidad, declaró Borges en cierta ocasión, es imposible. Uno puede variar muy ligeramente el pasado, cada escritor puede tener una nueva entonación, un nuevo matiz, pero nada más. Quizá cada generación esté escribiendo el mismo poema, volviendo a contar el mismo cuento, pero con una pequeña y preciosa diferencia: de entonación, de voz y basta con eso”. Y también nos dejó como legado: “Virgilio es nuestro amigo. Cuando Dante Alighieri hace de Virgilio su guía y el personaje más constante de la Comedia, da perdurable forma estética a lo que sentimos y agradecemos todos los hombres”.

Heidegger sostuvo que el lenguaje es la morada del ser y que “la poesía es la función del ser por la palabra”. Con respecto a este tema y refiriéndose a la poesía de Rainer María Rilke, afirmó algo fundamental y cada vez más acuciante para los tiempos que corren: “Esta es la función del poeta, sobre todo en épocas de penuria”.

Todo poeta recoge de sus maestros un estímulo constante. De esa veneración crece la ingenuidad creadora, la capacidad de ver en lo múltiple. Una suerte de admirar aquello que late con sentido universal. Sin el sentido de lo sagrado no existe poesía, pero sin estudio, sin investigación crítica, sin reverenciar la avidez de conocimiento, sin la voz que lega lo esencial es casi imposible estructurar una obra. Asimismo es válido recordar que los poetas, además de tener biografía, encarnan una época: son su voz. El poeta lee el mundo.

Quizá nuestro verdadero destino es buscar la felicidad desde la ausencia de esperanza. La poesía nos proporciona la sapiencia y el espíritu del alma universal: el perfecto uso del lenguaje medido entre pasión y razón, ingenuidad creadora, mirada penetrante de asombro. Junto al desamparo gestamos una ética.

La aproximación a lo poético es el clima, la emoción en un mundo de significados, de hondura infrecuente. El poema crea una atmósfera, un ámbito que es también ruptura del tiempo, presente de la conciencia, modulación. Es cuando se transforma en distensión, en tensión, en hueco que abre lo temporal. Ese mundo es símbolo, metáfora del hombre. El hombre es el sueño de la sombra, nos enseñó Píndaro. Eso admiramos en Pirandello, en Cervantes, en Thomas Mann. También en Chaplin, Goya o Fellini. Pero el amor en el poeta es la búsqueda de lo imposible, melancolía y huésped de otro sueño, de una lejanía. De esa lejanía interior nace la lírica. De esa contemplación en la intemperie.

Roberto Juarroz, que indagó en la relación entre poesía y realidad, nos manifiesta: “La poesía es una forma de reconocimiento de la escala total de la realidad”. Y también: “El mayor acoso posible a la totalidad de lo real”. Y de pronto toca lo extremo, aquello que conmueve: “La poesía no es sólo el reconocimiento del ser, sino también la creación del ser y por ende creación de realidad, de presencia”. Se abre un mundo que nos llega a recordar a Hegel quien en su Estética relaciona lo lírico con el sujeto individual, con el mundo interno en el que el poeta encuentra “las pasiones de su propio corazón y espíritu”.

Para Octavio Paz el objeto de la actividad poética es el lenguaje, pues la experiencia del poeta es ante todo verbal. Esa experiencia se convierte en conciencia poética. Para Hans Robert Jauss  -Experiencia estética y hermenéutica literaria, 1977,  teórico de la estética de la recepción -  paralelo a los estudios sobre “el lector modelo” de Umberto Eco, alude al carácter imaginativo de la lírica y destaca que se refiere a “la manifestación de aquello que es diferente al mundo de nuestra experiencia cotidiana”.

Todo y cada cosa es una amenaza de eternidad. El poeta siempre anima una dialéctica sutil, por momentos incomprensible. Anhela la solidaridad entre forma y existencia, sufre la imperiosa necesidad del instante, esa fugacidad que emerge y se define por sí misma. Hay plenitud en lo dramático, éxtasis y continuidad que le dan fuerzas para enfrentar un mundo absurdo.

 Gerardo Diego, en 1931, escribió: “Poesía. Creo en la realidad de la Poesía. Y la entiendo como la eterna y fatal Belleza Contraria que tienta con su seguro secreto a tal hombre de espíritu ardiente”. Estas palabras nos indican una fuerza directriz en la cual recordamos a los clásicos greco-latinos. Ahora la voz de Novalis: “Cuando un poeta canta estamos en sus manos: él es el que sabe despertar en nosotros aquellas fuerzas secretas; sus palabras nos descubren un mundo maravilloso que antes no conocíamos”.

Lo inmedible provoca soledad y pavor, la desnudez es al mismo tiempo despojamiento interior, vuelo, sentimiento cósmico. El poeta, a partir de la creación, reclama infinitud, desmesura, pasión, drama. Nace la revelación y el abismo, lo absoluto de esa marcha peregrina en la que necesita sentir finitud y asedio. O como sintió Goethe: “Un hombre y una mujer verdaderamente enamorados son el único espectáculo de este mundo digno de ofrecer a los dioses.”

Calla lo callado para ofrecer su voz, su temblor en lo imperceptible, donde conviven el silencio y el lenguaje de las cosas. La imagen que perdura es, ante todo, la de la memoria de aquello que vivimos, una parábola de lo sinfónico, una cosmogonía de la vigilia. Es entonces cuando la poesía dice su ser. El poeta redescubre confesiones, compromete al hombre con su dignidad, muestra la indivisibilidad de la belleza y la verdad, el latido.

Primero la imaginación, la fantasía que anhela mitos. El poeta profetiza, vislumbra un advenimiento, canta lo que no es, arriba a playas de islas desiertas. Genera una aventura espiritual para volver a sí mismo. El poeta despierta en el alba del niño que fue, la memoria del paraíso inicial. Descifra su naturaleza en una suerte de alquimia. Es cuando aparece el conflicto por la dignidad del hombre, la frondosidad del mundo, las luchas sociales y el acoso de la existencia. La avidez por lo absoluto y el pan cotidiano. La eternidad y lo transitorio. El poeta acrecienta su soledad en lo soñado. Allí lo ontológico, la ensoñación.

En un principio fue la palabra, el poema oral, el gesto. El sonido, el color. Es una voz que viene desde lo emotivo, desde la contemplación de lo emotivo. A partir del lenguaje nos descubrimos, nos iluminamos en cada partícula de nuestra mirada. Rainer María Rilke tensa materialidad y esencia. “Se debería esperar y saquear toda una vida, si es posible una larga vida, y después, por fin, más tarde, quizás se sabría escribir las diez líneas que serían buenas. Pues los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen demasiado pronto), son experiencias”.

Para Aristóteles “el poeta y el historiador se distinguen en que el historiador cuenta los sucesos que realmente han acaecido y el poeta los que podrían acaecer. Por eso la Poesía es más filosófica que la Historia y tiene un carácter más elevado que ella”. Hoy
pensamos que la poesía que leemos en blogs, en performances, en  recitales,  está relacionada  con la decadencia de una sociedad, con la publicidad, el marketing, la industria del entretenimiento, las disciplinas de autoayuda, el auge de la imbecilidad. Quizás tengamos que someternos a la cruel imprecación de Theodor Adorno: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”.

La poesía es la consecución de su propio objeto. La inmigración no sólo implica cruzar el océano, sino también destruir los signos de su propio hogar, abandonarse al exilio, a la irrealidad del absurdo. La función del poeta es revelar los momentos de trascendencia, lo individual y universal que redescubre su mirada. El poema es siempre un objeto de placer y no de juicio. En lo poético, la memoria de la infancia y el resplandor de la eternidad. “El inconsciente está estructurado como un lenguaje” afirmó Jacques Lacan. La indecisión del sueño es el contorno del poema, su universo mágico. Por eso su deslumbrante incertidumbre, su intuitiva explicación. El vulgo – también ciertos críticos y profesores – se deslumbran a menudo con modas, con destellos accesorios, por desconocer la emoción estética. Confunden el reflejo de la luz con la luz misma.

Recoger aquello que está en el borde de la mirada. En el umbral de lo no visto. La belleza poética debe hacernos vibrar como el goce de la mujer amada, pues lleva la mitología de las cosas, el símbolo del destino. Todo poema es una profecía.

La primera tarea del poeta es desanclar en nosotros una materia que quiere soñar. Gastón Bachelard

Morir, dormir… ¿dormir? Tal vez soñar.
Shakespeare

Carlos Penelas Buenos Aires, agosto de 2019

©CARLOS PENELAS, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

A 120 años de su nacimiento otro poco del humor de Borges, Roberto Alifano, Buenos Aires, Argentina

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TRIBUNA

A 120 años de su nacimiento otro poco del humor de Borges

En ocasiones, sobre todo cuando se trataba de tomarse en broma a sí mismo, el humor de Borges solía ser desopilante, y muy desconcertante. De esta manera, nuestro célebre escritor fue generando una obra verbal paralela a su obra escrita que competía con ella y la enriquecía todo el tiempo. Sucedió que la fama le dio a este tímido irreductible, a este invulnerable temeroso de los demás (que no era vulnerable por lo que comúnmente se teme a los otros; es decir, por lo que suele afectarnos, sino por los posibles diálogos elementales, carentes de literatura, conque lo abordaban muchos mediocres periodista, carentes de conceptos); digo que estas simplezas le fueron dando una seguridad social de sí mismo que lo hizo ganar en desparpajo y osadía. Y así, a fuerza de tanto reportaje, se animó a criticar públicamente a los próceres Federico García Lorca, Antonio Machado y Guy de Maupassant; al primero lo calificó de “andaluz profesional”, al segundo de “ignoto hermano de Manuel Machado” y, al tercero, en la mismísima Sorbona, de “sumiso escritor que nació imbécil y murió loco”.
Por supuesto que no fue todo. Divertido y travieso, aquí, en la Argentina, también dejó un tendal sin un solo títere con cabeza. Empezando, claro, por nuestra obra gauchesca cumbre, el Martín Fierro, de quien dijo, refiriéndose al personaje “que era un vulgar cuatrero criminal y racista”. Siguió luego con casi todos los mitos nacionales, pasando desde el sacrosanto tango (“esa música sensiblera y prostibularia”) al venerado Carlos Gardel (“un malevo sentimental que adocentó la canción de Buenos Aires”). Y así por el estilo, de este y del otro lado del Océano, rescató a muy pocos; digamos que a Quevedo y Cervantes, en España, a Flaubert y Victor Hugo, en Francia y entre nosotros a Leopoldo Lugones y Enrique Banchs, a Silvina Ocampo y a don Ezequiel Martínez Estrada.
Con los escritores contemporáneos casi nunca se comprometió. Se disculpaba diciendo que, como estaba ciego, no los había leído. Yo quizá cometí la imprudencia de leerle, en dilatadas mañanas, más o menos hasta la mitad Cien años de soledad, del egregio Gabriel García Márquez, hasta frunciendo el ceño que me interrumpió diciendo: “Bueno, creo que ya empieza a repetirse; con cincuenta años hubiera sido suficiente, ¿no le parece?”
He dicho, o creo haber dicho, que para nuestro escritor pocas cosas le merecían seriedad. Acaso algún recuerdo familiar, el dolor por la pérdida de algún amigo, el amor no correspondido; pero siempre trataba de encontrarle el lado gracioso que lo llevaba a reírse de sí mismo. Recuerdo que en almuerzo con nuestro amigo común, el periodista Horacio de Dios, trajo a colación como una traición amorosa lo llevó ante un dentista para que le sacara dos muelas que le molestaban, sin el uso de ninguna anestesia. “A un sufrimiento hay que quitarlo con otro sufrimiento mayor”, nos aconsejó sin pretender darnos un consejo.
No viene mal, quizá, para ilustrar un poco más nuestras ideas, que recordar aquella famosa sentencia latina Verba volant scripta manent (que el proverbial orador Cayo Tito Vespasiano, usara como advertencia ante el implacable y justiciero senado romano, cuyo significado es “las palabras vuelan, lo escrito queda”), donde se resalta la fugacidad de las palabras, a menudo llevadas por el viento, frente a la permanencia de las cosas escritas. Pero, todos sabemos que el devenir de la ciencia arrasó después con esta remota cita, dando aparentemente a los latinos una temeraria seguridad, que demolieron más tarde Thomas Alva Edison y Emil Berliner, al dejar grabadas para siempre las voladoras palabras, sumándole a la calidad escrita, la melodía y el tono de voz del que carecen la tinta y el papel en el libro. Y aquí, me parece, podemos volver al fabuloso Borges oral, beneficiado por los gentiles inventores que, más tarde, con el cine y la televisión se le agregó la imagen.
Venturosamente para el arte de la retórica y, en algunos casos, desdichadamente para él, nuestro Borges, a través de la mordacidad y del sarcasmo, se hizo un especialista de la injuria, y hasta le dedicó un célebre ensayó que tituló “El arte de injuriar”; sobre todo en el controvertido juego de la política, donde sus opiniones aún siguen irritando a los intolerantes carentes de humor o de lucidez, que no admiten ni le perdonan su anti peronismo. Aunque con generosidad, por supuesto, me admitió a mí que lo comparara con Perón, pues ambos eran dos criollos viejos, maestros de la ironía y del doble sentido. En este terreno Borges se divertía mucho, muchísimo consigo mismo; al tiempo que desconcertaba a los demás. Si uno repasa su descomunal iconografía no es raro sorprenderlo, casi siempre, con una sonrisa o una risa de oreja a oreja. Es probable que la difícil coincidencia de ceguera e inteligencia lo aislaran de maravillas para elucubrar sus siempre geniales comentarios.
Yo vivo repitiendo que uno de los dones que le debo a la vida es mi dilatada relación con Borges, en la que alternaba simultáneamente como amigo, discípulo y colaborador. Tuve la felicidad de estar a su lado durante dilatados años, que se prolongaron en una década. Cuando nos vemos con mi admirado amigo, el poeta Luis García Montero, siempre recordamos aquella mañana en que Borges lo recibió en su casa y yo lo presenté como “un joven poeta venido de Granada”.
-¡Caa-ram-ba! -exclamó Borges meneando la cabeza con una risita de complicidad, o complacencia- yo fui joven alguna vez, pero no sé si he llegado a ser poeta”.
Otra mañana (yo trabajaba con él desde las 9 hasta la 1 o las 2 de la tarde), después de atender en el teléfono un llamado de París, me dijo, sin ocultar la emoción:
-¡Bue-eee-no, qué gran noticia! -y empezó a reír con toda la cara iluminada-. Alifano, he conseguido engañarlos a todos. Soy un perfecto impostor.
-¿Por qué, Borges? -pregunté intrigado.
-El llamado era de la editorial Gallimard para darme la buena noticia de que me incluirán en una colección donde estaré ilustremente acompañando a escritores como Gustave Flaubert, Victor Hugo, Honoré de Balzac y Paul Claudel. ¿Qué me cuenta, he conseguido engañar a esa gente?
-¿No entiendo, Borges? -volví a preguntar.
-Pero sí, un generoso error de estos editores. Incluirme a mí, que soy un atrevido plagiario, junto a esos creadores. ¿Me parece mentira?
Y elaboró enseguida este comentario definitivamente afín a su sorprendente humor:
-Quizá a mi padre le hubiera resultado tan divertido como a mí; él tenía mucho sentido del humor. Mi madre no; ella creía sinceramente que yo tengo talento… ¡Pobre madre, qué equivocada estaba! Yo soy un discreto y hábil maestro de la variación; que en otras palabras significa un atrevido plagiario. Lo cual es lícito, porque no hay Adán literario, ya todo está escrito o formulado. Lo que sucede es que hay que saber plagiar; de lo contrario es preferible tener la irresponsabilidad de ser original.
¡Qué maravilla tener ese sentido del humor! Asombroso que un genio literario, sin duda el más literario de la historia de la literatura si lo tomamos frase por frase, ya que es el único que admite la obra completa con idéntica calidad del primero al último texto, se tomara en broma. No tomarse en serio es la consigna, me parece, para considerarnos quizá menos astutos que lúcidos, y lúdicos a la vez, pues nada en el fondo es tan serio como para tomárnoslo tan en serio, en especial a nosotros mismos. Borges nos dejó esa gran lección que bien vale la pena tener muy en cuenta.

©ROBERTO ALIFANO, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


TESTIMONIO, Antonio Las Heras, Buenos aires, Argentina

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TESTIMONIO 
                                  
Mujer enigmática,
Extraña, silenciosa.
Mujer profunda.
Profunda mirada.
Mirada lúcida.
Lúcida templanza.
Templanza vívida.
Nostalgia cegada.
Cegada ternura.
Ternura dispuesta.
Dispuesta respuesta.
Respuesta alucinada.
Mujer enigmática,
seductora,
trascendente.
Mujer extraña
Arrancando pieles.
Mujer silenciosa
Infinita eres.
Luces enamorada.

©ANTONIO LAS HERAS, poeta y escritor argentino
MIEMBRO ASESOR DE ASOLAPO ARGENTINA


ABRIGAR UNA ESPERANZA, Salomé Moltó, Alcoy, Alicante, España


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ABRIGAR UNA ESPERANZA

.- Así que ha permanecido aquí, en su casa ¿y usted no sabía que era un criminal?
.- Pues no, era un hombre herido.
.- Sí, ¡con una bala en el hombro!
.-No, yo sólo vi un rasguño y me dijo que se lo había hecho con la rama de un olivo.
.-¿Sabe usted que la puedo acusar de obstrucción a la justicia y… presentarle una acusación formal y..?
.- Tómese la ginebra, seguro que sus hombres le dan alcance y el Gobernador le otorga una medalla al valor…
.- Bueno, me marcho y ya tendrá noticias mías, del servicio de comisaria, claro está (dijo el policía con un ligero balbuceo)
.- Será un placer, siempre a sus órdenes.
Cuando el jefe de policía del pueblo se fue, bastante alterado porque suponía que yo había ayudado al “delincuente” a escapar, me senté al lado de la vereda y mientras me tomaba un vasito de vino de la Rioja, pensé que había hecho algo positivo, salvar a un hombre de la cárcel ¿un criminal?, lo dudo, un desesperado con marcas evidentes de las palizas que la policía le había propinado, con las manos ajadas de deambular por la sierra como maqui.
Las manos sangrientas, un ojo hinchado, que seguramente perdería, la penicilina que le inyecté y el reposo que hizo en casa seguro que le salvó, y ahora en el barco de Tomás, dentro de poco llegaría a Oran donde emprendería una nueva vida. A la memoria me venían la cantidad de republicanos que marcharon al exilio, al terminar la guerra, huyendo de la represión que tantos miles de muertos causó, de muchos de ellos que pudieron llegar hasta América, México y Argentina sobre todo, donde fueron acogidos con un gran humanismo.
Eran los recuerdos de las narraciones de mi abuela que siempre me han conmovido.

©SALOMÉ MOLTÓ, poeta y escritora española
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
                                                                                                      
                                                                                             




KAFKIANISMO, Ángel Medina, Málaga, España





















KAFKIANISMO
                                                                
En buena lógica estas líneas deberían estar en blanco. Porque, ¿la “nada” es nada o tal vez algo? Y si fuese algo, ¿podría provenir algo de la nada?  Pero, como necesitamos poder expresarnos para transmitir las ideas habremos de renunciar a buena parte de la lógica y ser incongruentes, aceptando utilizar siquiera un lenguaje metafórico aproximativo.                                                                                                                   
Hay gente que se aferra a la” nada” más bien que a “algo”.  Sencillamente admiten la existencia de algo, pero niegan la Mayor. Aceptan lo inmediato, incluso lo tangible, pero rechazan que deba tener una causa. Silogismo inconcluso. Y la respuesta es “nada”. Es tal cosa, porque sí. Afirman el ser y niegan el ente. La expresión abarca de lo sencillo a lo complejo. Lo primero, por ejemplo, cuando ocurre un suceso, se le resta importancia diciendo “no hay que preocuparse; es nada”.  Pero ¿cómo se niega lo que antecede a lo presente, si se está afirmando el hecho? En cuanto a lo segundo se recurre a la reflexión filosófica -Sartre se refiere a ella en su obra “L´être et le neant” (el Ser y la Nada), donde dice que, mientras que los objetos no tienen consciencia de su existencia (por ejemplo, una piedra), el hombre, al tenerla, está en condiciones de reconocerse, si bien ello implica admitir su procedencia primera como algo “que es”, contrario a lo inexistente.  De lo que se colige la causalidad.
 Por tanto- tomando como partida de la pregunta la percepción de su existencia- ¿puede el hombre aceptar sin más acabar en “nada”? ¿Adónde conduce la nada? ¿Qué explica la nada? ¿Es integración o absurdo? ¿Caos en lugar de orden?
A poco que nos introduzcamos en la reflexión nos iremos sumiendo en la aporía. Por eso, a veces las cosas solemnes se diluyen mejor en el prisma de lo grotesco. En la moraleja de la parábola, diciendo de   lo serio en el lenguaje de lo absurdo. Verdades de payaso.
¿Queréis una versión surrealista?  ¡Pues hela aquí!
Conozco a un sesudo, del cual dicen que está como una cabra, pero siempre genial y sarcástico, presto a responder con causticidad y muy locuaz. Y hablando de la “nada” me desconcertó diciéndome que a veces también la nada produce algo. Luego, desbrozó su idea con plasticidad.
Había una vez un hombre muy pobre. No tenía nada a excepción de su imaginación. ¿Y qué es la imaginación sino humo, algo etéreo, es decir, nada? – Insinuó-Nuestro hombre tenía que subsistir, por lo que se decidió abrir una tienda. No disponía de medios para hacerse propaganda, optando por   rellenar a mano unas octavillas en las que figuraba escuetamente la palabra “NADA” y una dirección, esparciéndolas como un reguero por las calles de la ciudad. Y como la gente no quiere preocupaciones, pero en el fondo siente curiosidad por las cosas más inverosímiles, resultando el anuncio sugerente, acudió en masa.
En la puerta colgaba un cartel que invitaba a que cada cual- gentileza de la casa- se sirviese la bebida que quisiera. Misión imposible, pues no disponía ni de botellas ni copas. Nada.
A partir de aquí comenzaba lo estrafalario y la incongruencia, porque al entrar no había personal que les pudiera atender. Ni dependiente, ni nada. Tan solo un holograma que proyectaba la inubicable figura de un hombrecillo de aspecto astuto y mirada retorcida. Nadie con quien regatear ni pagarle. ¿Pagar, el qué, si dentro del habitáculo tampoco había mercancía ni género alguno? Luego si no compraban, tampoco tenían que abonar nada. Así, en una rueda que giraba alrededor de lo irracional, pasada la sorpresa inicial, pensando que les habían tomado el pelo, igual que entraban, salían. La bobada les había hecho perder el tiempo para nada. El último en entrar fue un hombretón grueso y sudoroso, vestido de negro de pie a cabeza, (otra vez la nada, pues el negro es la ausencia de todos los colores, simbolizando el fin) portando un carterón desollado por el uso y de idéntico color. Y allí mismo, tras ojear en derredor suyo, escrutando hasta el último rincón, convencido que no había nadie más, se plantó ante los dos rayos de luz del láser e hizo unas preguntas al fotografiado; al no obtener respuesta (cosa lógica, porque al que veía no estaba: o sea, otra vez nada) sacó del maletón una calculadora y empezó a aporratar el teclado como un poseso. A continuación, rellenó un impreso y, dando por finalizada su tarea lo dejó a sus pies, bufó y se marchó ufano.
El día amaneció plomizo. La cola era larga; no hay nada que enaltezca más el ánimo que acudir a Hacienda a pagar cualquier clase de impuesto con el que se desagua la sangre de nuestras economías. El funcionario de información estaba cabizbajo, y al levantar la mirada observó que habían depositado sobre el mostrador un formulario cumplimentado, en cuya casilla final figuraba el guarismo “0” (lo que equivale a nada). Lo repasó de arriba abajo y farfulló algo entre dientes, disponiéndose a devolver sellada la copia del mismo.  Su sorpresa fue grande al comprobar que no había nadie.  Y con gesto mecánico, empujó la copia de mala manera, viniendo a caer a los pies del despistado que acababa de entrar. Al instante, temeroso de la Gran Recaudadora, y tal vez pensando que Hacienda somos todos, la recogió sumisamente, considerando por lógica que debía de ser para él, y sin pensarlo (en ocasiones nos dejamos orientar por el impulso y no por el análisis, lo cual no conduce a nada) se encaminó taciturno hacia la ventanilla de pagos, y confundiendo el empleado la casilla, acabó abonándola.
Y así, la “nada” produjo el efecto de “algo”, pues no siendo reconocida, acaba por perturbar el sentido de cualquier razonamiento. Porque, de algo y no nada estoy convencido: para enfrentarnos a la nada es necesario reflexionar acerca de su extraña lógica irracional; esto es, adónde conduce abrazarse a ella. Y, como mínimo, llegaremos a la conclusión que a ninguna parte. Finalmente, a eso, a nada. Pues eso. Más de nada.

©ÁNGEL MEDINA, poeta y escritor español
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA




EL AVIADOR, Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina















EL AVIADOR

Sin saber nada de aviones
y pretendiendo volar
se le vino a dar la cosa
cuando se acercó al hangar.

El debut lo hizo de un saque.
Le metió para adelante
y sin pensarlo dos veces
se mandó un vuelo rasante.

Cuando consiguió el brevet
tras pocas horas de vuelo,
era difícil hallarlo
con los dos pies en el suelo.

Y así, volando… volando…
con maquinaria caduca,
perdió brújula una noche
y se encomendó a San Tuca.*

Y al igual que el Principito
hoy vive en otro planeta,
no quedando rastro alguno
ni de él ni de su avioneta.

"tuca" (colilla de un cigarillo de marihuana)

©LUIS ALPOSTA, peta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

Click:

EL AVIADOR (2008) - Letra: Luis Alposta - Música: Acho Estol

domingo, 1 de septiembre de 2019

UN AÑO, Norberto Pannone, Buenos Aires, Argentina

















UN AÑO

A la hora venturosa del recuerdo,
una noche de fría madrugada
escuchó el ladrido de los perros
y el eco de sus pasos que llegaban.

El ruido de la puerta que se abría,
anuncio fatal de su llegada,
le partió el corazón que se moría
de zozobra y soledad desventurada.

Al fin, después de tanta espera,
de un año agriado en primavera,
abrió el cajón pequeño de la mesa
y extrajo el arma que aguardaba,
cansada de lágrimas y esperas
con hijos de plomo y de quimeras.

Un año de silencios sin que ella
montando los recuerdos se volviera
una noche de insomnio como aquella.
Apuntó sin temor a equivocarse.
Estaba tan seguro que esa noche
la opción de morirse, cierta era.

©2018, NORBERTO PANNONE. (Derechos reservados)
Poeta y escritor argentino