Bienvenidos

martes, 13 de enero de 2015

¿QUO VADIS?, de Irene Mercedes Aguirre, Buenos Aires, Argentina



¿QUO VADIS?

¿Qué vendrá luego? ¡Si alguien lo supiera!
Sólo vivimos, sin tener certezas,
confiadamente, a veces , con torpezas
más  siempre abiertos a lo que Dios quiera!

¡Nada sabemos! Pese a la entereza
con que enfrentamos el dolor, la espera,
detrás del mito de la primavera
la muerte aguarda, muda y sin tibieza.

¡Queda el poeta, quedarán los versos
plenos, teñidos de existencia y sueños,
dulzura  y llanto , cánticos y aliento!

¡Y en sus palabras nuevos universos
darán sentido al mundo y sus empeños
rumbo  al futuro, corazón al viento!

©IRENE MERCEDES AGUIRRE, poeta y escritora argentina.
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
Buenos Aires, diciembre 2014



lunes, 12 de enero de 2015

LAS BUENAS INTENCIONES, Juana Castillo Escobar, España

LAS BUENAS INTENCIONES


Juana Castillo Escobar

¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cuán rápido vuelan los años! De nuevo llega otra Navidad y otra Nochevieja. Recuerdo las Nocheviejas en casa de mis padres: todo eran risas, jarana y buenos deseos. Mi madre acostumbraba, desde tiempo inmemorial (pues se lo veía hacer a su abuela), a darnos una hojitas de papel en blanco, en ellas anotábamos todos y cada uno de nosotros nuestras "buenas intenciones" para el año que pronto iba a comenzar. Después, doblábamos el papel y poníamos nuestro nombre bien visible. Cuando la última campanada de la media noche había sonado, tras descorchar las botellas de sidra y haber acabado de tragarnos los restos de uvas, darnos los tradicionales besos y abrazos, mamá sacaba la bombonera de las buenas intenciones. Volcaba sobre la mesa los papelitos del año anterior y, con gesto solemne, íbamos depositando en el vacío recipiente las propuestas para el nuevo año. Después nos repartía las hojas atrasadas, las leíamos y comprobábamos si todo lo que nos propusimos el año anterior lo habíamos llevado a cabo. Para finalizar, lo quemaba en un cenicero de cristal.
También recuerdo cómo un año, ya en mi adolescencia, no devolví la hoja y la guardé en mi diario. ¿Por qué quemarla? En ella, con letra pequeña, redonda, aún infantil había escrito: "Este año debo esforzarme más en todo: en estudiar, arreglar mi habitación, no gritar al hablar, no tener tan alto el volumen de la cadena musical..."
¡Qué chorradas! ¡Se nota que era pequeña! De todo lo que me propuse, aunque parezca mentira, creo que tan sólo cumplí con lo de estudiar. La habitación estuvo arreglada uno o dos días (tenía que hacer sitio para lo que llegara por Reyes), después volvió a ser la leonera que tanto disgustaba a mi madre. Creo que continué hablando a gritos con mis hermanos, eso no lo recuerdo bien; lo que sí recuerdo es que los discos que les cogía a mis hermanos de "Los Bravos", "Fórmula V" o "Los Pekenikes" continuaban atronando desde los altavoces.
Hoy en día, ya casada, continúo con la ancestral costumbre de mamá: guardar las buenas intenciones, de un año para otro, en una bombonera de cristal y quemar, con fuego purificador, las pasadas.

Y, de nuevo, Nochevieja. Todo el día metida en la cocina, guisando y buscando platos nuevos para dar gusto a todos los comensales. Trajinamos en ella, mi marido y yo, casi sin parar. El tiempo vuela, la familia está a punto de llegar y el niño pronto a levantarse de su larga siesta. Hoy es su primera Nochevieja en familia. Nos arreglamos, después al niño y, antes de que el bullicio no nos deje hacerlo, anotamos nuestras intenciones para el año próximo y las dejamos, provisionalmente, en un cajón.

"Yo quisiera -escribo- que todo salga bien. Que los deseos de paz, amor y felicidad que tanto manejamos en estas fechas se cumplan. Pienso que debo ser más paciente con mi familia política. También me gustaría que mi cuñada no fuera tan plasta, ni mi suegra tan exigente..." Pensándolo bien, la verdad es que han variado poco con respecto a las del año pasado.

La familia ha llegado. Todos traen cara de júbilo.
- ¡A cenar, que es gratis! -dice uno de los invitados. El resto ríe la broma.
Ya sentados en torno a la mesa, da comienzo la ceremonia de la cena: sirvo caldo gallego para los más frioleros, salpicón de marisco para los más atrevidos, bacalao con tomate para los amantes del pescado... Una serie de platos distintos para que puedan elegir. Se oye la voz de mi suegra, como siempre agria, entre el bullicio general:
- Este caldo está frío.
- No se preocupe, abuela, ahora mismo se lo caliento -y corro solícita hasta la cocina.
Cuando regreso es mi cuñada la que habla:
- ¿Son congelados estos langostinos? -Nadie responde, ella continúa-: Es que, por el tamaño que tienen..., os han debido costar caros.
Mi marido la mira y mira a su hermano quien, por debajo de la mesa, da un empellón con la rodilla a su mujer para que se calle.
El ambiente se está caldeando. ¿Es que siempre va a ocurrir lo mismo? Al cabo parece que todo se calma y cenamos en paz (por el momento). Quedan pocos minutos para que den las doce de la noche, la familia ríe: unos cuentan las uvas, no vaya a ser que les haya caído alguna de más; otros las pelan; otros cambian impresiones... En esto se escucha nítidamente:
- Mamá, caca.
Todos callan y miran hacia la esquina de la mesa. Mi hijo repite:
- Mami, caquita. El culete tene caquita.
- Por favor, cariño, ¿no puedes esperar sólo un poquitín?
Pero el olor me dice que no puede esperar, y él también. Insiste. Tira de mis mangas, de la falda. Me estoy levantando cuando mi cuñada ataca de nuevo, con voz avinagrada exclama a los cuatro vientos para que se le oiga bien:
- ¡Qué niños! ¡Pero qué mal educados que están!
La miro, me callo y, con el niño casi en volandas, salgo del comedor. Voy echando chispas y deseando que todo acabe y se marchen a sus casas porque, creo, no voy a poder aguantarme ni un sólo minuto más.
Cambio al niño de pañal y regresamos al salón. Mi hijo está excitado porque es el primer año, de sus dos de vida, que se queda levantado hasta tan tarde, ríe y da palmas. Cuando todos estamos comiendo las uvas nos mira embobado; supongo pensará que todos estamos chiflados porque a uno se le atraviesa un hollejo y hace unas muecas horribles; otro trata de no ahogarse; otros, como yo, estamos al borde del ataque de risa y nervios y, a otros, les rezuma el caldo por las comisuras de los labios.
Ha sonado la última campanada. Se descorchan las botellas de cava. Todo son risas, besos, entrechocar de copas y, según parece, felicidad. Mi cuñada coge en volandas al niño y lo estruja, a él no le gusta y con su sonajero de colores le arrea un golpe en la cabeza. Casi me lo tira al suelo al soltarlo, de tan mala leche lo hace que se tambalea y la que se cae es ella.
¡Para qué contar ni decir lo que salió por su boca!
Yo quería aguantarme la risa, lo conseguí parapetándome tras el niño. Los demás reían abiertamente. Mi suegra, sentada en el sillón, la mira y con voz temblona dice:
- ¡Pobrecita, con lo mayor que es y qué forma más idiota de caerse!
Después soltó una sonora carcajada. Se ve que no le tiene mucho aprecio. ¡La que se lió fue de campeonato! ¡Menos mal que se marcharon pronto y nos dejaron en paz; sino, no sé cómo habría acabado todo! Lo que sí sé es que, para el próximo año, procuraré no pasar la Nochevieja en casa.
Acostamos al niño, que no quería dormirse por la excitación del día. Por fin cayó rendido después de cantarle unas cuantas nanas. Mi marido y yo regresamos al salón. Parecía que había pasado un huracán por él. Saqué la bombonera y, de ella, las buenas intenciones del año anterior. Sin leerlas las quemé. Mi marido me miró y me hizo un guiño:
- ¿Qué has puesto para este próximo año?
- Lo mismo que el anterior -le respondí-, pero creo que voy a variar el texto que había redactado antes.
- ¿Y, se puede saber qué se te ha ocurrido? Porque, si me gusta, te plagio. Tampoco yo he conseguido todo lo que me propuse hacer.
- Pues te diré que mis buenas intenciones serán: hacer un largo viaje hasta Orión o las Pléyades. Y, tal vez, con un poco de suerte, nos trague un agujero negro y no regresemos en muchos, muchos años. ¡Ah, y ojala al otro lado las cosas sean mejores o, como mucho, distintas!

Madrid, 2005


©Juana Castillo Escobar, poeta y escritora española.
Miembro Honorífico de Asolapo Argentina











EL TÍO JAIME, escribe María Inés Malchiodi, San Luis, Argentina



EL TÍO JAIME


Te voy a contar la historia de mi tío Jaime, el que siempre andaba apurado para irse de fiestas.
Tenía unos cuántos años más que mi padre, pero desde chicos salieron juntos, buscando la diversión después de tantas horas de trabajo arduo en el campo. Se empilchaban que daba gusto, rasuraban bien la cara, recortaban el bigote y partían. Aunque a mi viejo apenas le asomaban unos pelos hirsutos en el borde de la quijada, pero igual, le hacía que se pasara la maquinita para quedar con la piel suave, como de niño recién parido.
El tío Jaime tenía unas pilchas  nuevitas, relucientes, que guardaba con mucho celo en el fondo del ropero de su cuarto allá en el rancho y las usaba nada más que para los fines de semana, cuando salían para tener fiestas en algún lugar del pueblo. A mi viejo apenas si le daba unas chirolas para que tuviera en el bolsillo por si alguna vez se le antojaba algo raro, pero no era cuestión de andar gastando en pavadas. Solo si surgía algo de momento, y no estaban tan cercanos como para andar rasguñando los bolsillos en la búsqueda del sustento que les permitiera tirarse una cana al aire, según se presentara la fiesta.
Los preparativos llevaban unas horas, aunque desde la tarde anterior sabían que al día siguiente no se trabajaría hasta tarde. No se comía demás, por las dudas que se descompusieran en los bailes, tanto hamacarse en los compases de las milongas y las cuecas. Era puro jolgorio saber que al día siguiente podrían bailar con las chicas, engordar el ojo para que dure hasta la semana que viene…
Mi viejo era demasiado chico para enamorarse en serio, decía el tío Jaime.
Si al final de cuentas, él mismo era un solterón empedernido que había jurado no volver a buscar a nadie que le propinara lisonjas y caricias robadas a las estrellas, detrás de la enramada de los patios donde se celebraban las fiestas.
Tenían la conducta de beber hasta que las velas no ardieran, pero siempre, debían volver juntos para las casas, no fuera cosa que en el entrevero de las despedidas, alguno quedara tirado en una acequia de pura curda nomás…
La música era la invitación primera para los bailes comunes, cuando se miraba a la chica y se le hacía la cabeceadita, ese murmullo de ojos y sonrisas demasiado esquivas, por si la niña decía que no, y no quedaran expuestos a la negativa.
Mi viejo no pretendía mucho, todavía era muy joven; pero el tío Jaime, cuentan que ya andaba medio desesperado buscando alguna niña de su casa que supiera de los quehaceres del día y las bienaventuranzas de la noche, sin haber pasado demasiado por los catres ajenos y las sábanas de paja de los graneros. Había que ser un poco cauto, no era cuestión de andar desparramando ilusiones entre algunas que no tenían merecido.
Salían después de la última comida de la noche, los viernes de casi todas las semanas. Ya sabían de antemano quién de todos los de la zona se encontrarían en el baile, cómo se saludarían entre cada uno con las manos francas, extendidas y fuertes en el apretón que dejaría la impronta de la sinceridad del guapo que trabajaba bien la tierra. Mi viejo apenas si tocaba el ala del sombrero en el saludo, y en seguida extendía su mano franca y un poco temblorosa, aunque nadie le prestara demasiada atención. Sólo iba de acompañante del tío Jaime y nadie preguntaría por él si algún día no llegaban juntos. El  muchacho tendría que hacerse hombre, quemarse el garguero con la ginebra y darle un toque de macho a su voz cambiante de aquélla época. Tenía que aprender a beber y a no caer. A bailar y no sentir, a querer y no enredarse en la partida. Todo eso pensaba el tío Jaime cada vez que salía con mi padre en búsqueda de una noche de parranda y vino tinto.
Las trancas eran machazas. Venían zigzagueando por las banquinas, a veces de a caballo, otras en el carro de algún vecino, tirados sobre los fardos, mirando para arriba. Cuando la noche se empañaba de rocío la curda se hacía más cruda, apenas si reconocían. Les dijeron que para llegar más erguidos a las casas, tendrían que valerse de algún jugo de hinojos y cenizas, pero dónde hallarlos en las amanecidas borracheras de tío y sobrino.
Las chicas eran siempre las mismas. No había demasiadas variantes entre las que venían al baile cada viernes, apenas si cambiaban los vestidos. Pero una noche, bien brillante la luna sobre los postes del camino, el tío Jaime volteó la vista y allí la vio; una niña preciosa, pura sonrisa en el rostro, el pelo cayéndole en rizos cobrizos sobre los hombros, una seda brillante ciñendo apenas la curva de sus caderas firmes, anchas, buena matrona sería. La invitó a bailar llegándose hasta la mesa. No era cuestión de andar con cabeceadas, ni medias sonrisas. Cruzó todo el salón para acercarse donde la chica estaba rodeadas de tías y comadres, como corresponde a una verdadera joyita que sea digna. Pidió permiso a las viejas, ninguna le miró el rostro. Alguna de ellas, bien hubiera querido que el tío Jaime la llevara al centro de la pista. La niña puso su mano sobre la del hombre. Una mano firme, pequeña, blanquecina. Toda ella era blanca, transparente, cristalina. El soplo de un ángel parecía. Bailaron toda la noche. Entre trago y baile, la mirada del tío se hizo nublada, los pasos lánguidos, las voces apenas susurros de muselina.
Mi viejo se quedó a un costado, esperando que la música callara y los de la orquesta decidieran dar por terminada la velada. Medio mareado, medio cansado, todo a medias, también hastiado por la espera, salió al patio y el cielo ya estaba clareando, se cernía un frío húmedo que calaba los huesos hasta hacer rechinar los dientes. La curda de esta noche sofrenaba el paso, pero había que esperar al tío. Mientras limpiaban la barra, le ofrecieron otra caña, y la mandó de un solo trago. Para calentar la fibra, pensó, y miró para donde estaba su compañero. En eso, vio que salían, la niña ya no tenía a sus acompañantes que la esperaban. Nadie más que ellos quedaban a las puertas del baile, y entre mareos y suspiros, el tío Jaime se quitó el saco para cubrir los hombros de la muchacha que temblaba, entre el amanecer y el rocío.
Tenían que acompañarla hasta la casa, y emprendieron el camino. Había caballo para dos, y ella no  quería montar.  Mi viejo subió a su zaino, y el tío de a pié fue llevando a la yegua de tiro, y a la niña del brazo. Por un tramo largo fueron zigzagueando, llenándose de tierra las botas, escurriéndose en las cunetas, saltando charcos y escuchando gallos amanecidos. La chica le agradeció tanto por esa noche de fantasía… se colgó de su cuello, lo besó con tierna cadencia mortecina, apenas el roce de su labio sobre la cara curtida.
Llegaron a la casa y el tío prometió que la visitaría al día siguiente, y al otro y al que vendría. La chica le dio una ramita de poleo de la planta que había en la puerta del rancho, y el tío Jaime la guardó en su pecho, acaso queriendo amortiguar el hedor de tanto vino. La muchacha cortó un ramito, lo olió despacio, impregnando todo su cuerpo con olor a sierras amanecidas.
 Por obra de Dios habían llegado caminando hasta el lugar; habría que ver si el caballo y la yegua se animaban a encontrar el rumbo hasta las casas y dejarlos que el sueño borrara los rastros de la tranca de aquella noche. Tan boleados estaban los dos, uno de sueño y otro de amor, que ninguno creyó que el alcohol fuera el motivo por el que estaban felices, babeantes, distendidos, sonrientes, aunque la cabeza comenzara a girar en órbitas más amplias, y el martilleo de las sienes semejara el galope que los animales no se atrevían a emprender.
-          Qué te pareció mi china, sobrino? – dijo el tío Jaime al día siguiente, como a las cinco de la tarde cuando despertó de su prolongada siesta.  Era feriado y no tenían las obligaciones del trabajo en el campo, podrían dormir a pata ancha hasta que se les acabara la resaca.
-          Bonita, tío. Volverá a verla?
-          Ya mismo me voy a su casa. Le dije que al atardecer estaría buscándola para dar un paseo.
Así fue como el tío Jaime partió solo y fresco. Ni rastro de la borrachera de la noche anterior, ni de las de siempre. No había pasado nada por ese cuerpo, más que la dulzura de esa niña por la que convenía andar los pasos aunque fuera a pie para llegar a la casa del poleo en la puerta.
Golpeó las manos, y al rato, apareció una vieja. Preguntó por la chica. Matilde se llamaba. Al menos, eso le dijo entre los bailes y las risas.
-          Acá no hay nadie con ese nombre, dijo la mujer con sorpresa.
-          Mire, doña. Anoche acompañé a su casa a una chica, estaba con usted y las comadres en el baile de La Petra, recuerda?
-          Pero aquí no hay ninguna niña, ni con ese nombre ni con ninguno. Se ha equivocado de plano, amigo- dijo otra vez la vieja.
Al rato salió un hombre. Llevaba puesto un sombrero grande, gastado y mugriento. No se parecían en nada a la chica. Ni por las tapas hubiera dicho que eran parientes de la niña de la noche de la fiesta del pueblo.
 El tío Jaime volvió unos pasos hacia atrás. Miró en derredor, tocó la planta, recorrió las pequeñas ramas hasta dar con la cicatriz  fresca de unos  cortes. Si era allí donde dejara a Matilde, por qué negarla, si la dejaron bailar toda la noche…
Buscó las huellas. Había pisadas frescas de caballos. Botas de hombre marcadas en la tierra. No cabían dudas. Era la casa, era la puerta, era la planta de poleo y el recuerdo.
Por qué negarla, volvió a preguntarse en medio de tanta tierra.
-          Puedo pasar?-  preguntó el tío Jaime, en un último intento de encontrarla…
-          Mire, don Jaime – dijo el hombre, entrejuntando las cejas. – Matilde hace mucho que se ha ido de esta casa. Era m´hija, sabe? Pero no le haga más preguntas a la vieja. La va a poner triste. No vale la pena. Matilde murió hace mucho…  M´hijita es una estrella que titila de esperanza cada noche. Pero usté no vuelva.
-          No puede ser, dijo el tío Jaime.  -Yo vine aquí, mi sobrino me acompañaba. Él no me dejará mentir… déjeme entrar, seguro no quiere que yo la vea.
-          Pase… si usté desea…
El tío Jaime entró.
En un extremo de la cama de hierro del cuarto de Matilde, colgaba el saco con que la noche anterior, la cobijara del frío.
A los pies de la cama yacía, apenas mustio, un ramito de poleo…

© MARÍA INÉS MALCHIODI, poeta y escritora argentina.
MIEMBRO ACTIVO DEL GRUPO DE AMIGOS DE ASOLAPO ARGENTINA.
Desde San Luis, Argentina




domingo, 21 de diciembre de 2014

LA ASOCIACIÓN LATINOAMERICANA DE POETAS, ESCRITORES I ARTISTAS (ASOLAPO INTERNACIONAL)

LA ASOCIACIÓN LATINOAMERICANA DE POETAS, ESCRITORES I ARTISTAS
                                  (ASOLAPO INTERNACIONAL)

Le hace llegar en esta NAVIDAD el mensaje de CRISTO, para que reviva en vuestros hogares, trayendo ventura, dicha i prosperidad.

Sea la NAVIDAD melodía
que convertida en canción,
les llegue hasta el corazón
i les colme de alegría.

Que el espíritu de la NAVIDAD
con ustedes siempre sea,
que DIOS por ustedes vea
i les de felicidad.

Reciban las bendiciones, del NIÑITO DIOS.

NAVIDAD
LUZ SAMANEZ PAZ

NAVIDAD de azules horizontes,
NAVIDAD de montes,
de retablos i luceros.
NAVIDAD de cándidas almas,
NAVIDAD de los NIÑOS.

La NAVIDAD vendrá
a abrir los corazones,
vendrá a despertar de su sueño
a los NIÑOS.

Ruedan por la nieve
las blancas ilusiones,
junto a los copos
de algodón dulce.

Rompamos la piñata
azul del cielo,
para que caigan
estrellas de azúcar,
juguetes i esperanzas,
para todos los NIÑOS
del MUNDO.

FELICES PASCUAS
I PRÓSPERO AÑO NUEVO

LES DESEA:

LUZ SAMANEZ PAZ

Presidenta de ASOLAPO Internacional


martes, 16 de diciembre de 2014

NOTICIAS DE NUESTROS MIEMBROS: María Cristina Aráoz, Buenos Aires, Argentina


Cumplimos en informar, como lo hacemos habitualmente, sobre las actividades de nuestros queridos  Miembros
de Asolapo Argentina.
Hoy, destacamos el lauro otorgado por la Sociedad Argentina de Escritores de Zarate, homenajeando en la oportunidad a nuestra Miembro Honorífico MARÍA CRISTINA ARAOZ, poeta y escritora argentina, con más de cuarenta años de tránsito por los caminos de la intelectualidad.

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

FELICITACIONES!!! 

SALUTACIÓN DE ASOLAPO ARGENTINA

Para nuestros queridos miembros, amigos, artistas, colaboradores,  poetas y escritores
del mundo:

ASOLAPO ARGENTINA LES DESEA LA PAZ Y EL ÉXITO EN EN ESTE NUEVO ESCALÓN CRONOLÓGICO DE LA VIDA!
Norberto Pannone
Presidente de ASOLAPO ARGENTINA

sábado, 13 de diciembre de 2014

EL TODO Y LO DIVERSO, de Irene Mercedes Aguirre, Argentina


El Todo y Lo diverso

Como una caminante, persistente,
me aproximo a lo oculto  en la penumbra
y penetro a un espacio que se  alumbra
cada vez que interrogo con mi mente.

¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí, sobre la Tierra?
¿Qué maravillas guarda, bajo llave,
el universo entero? ¿Con qué clave
podré acceder a la verdad que encierra?

¿Por qué lo diferente, lo diverso,
convive con trasfondos de sentido
que indican lo común,  aún en lo adverso?

¿Por qué a la par centrado y esparcido
el Todo siempre espera, en el reverso
de la torpeza nuestra, incomprendido?


© IRENE MERCEDES AGUIRRE, poeta y escritora argentina.
MIEMBRO HONORÍFICO de  ASOLAPO ARGENTINA




SE VOLARON LOS PICHONES, Libia Carciofetti, Santiago del Estero, Argentina

SE VOLARON LOS PICHONES

Se volaron los pichones... les quedó muy chico el nido... y comprendieron que ese no era su sitio para pernoctar.
Los miraba desde mi ventana cada mañana al levantarme y abrir las ventanas...
Sus piquitos abiertos esperando llegara "mamá colibrí" a traer el dulce almíbar libado de las flores.
Hoy descorrí la cortina y lo vi vacío... ¡en que momento volaron! ¿Cómo aprendieron a hacerlo tan pronto?
No pude evitar que me corriera una lágrima, ya eran casi de mi pertenencia... empujaba mi auto del garaje sin ponerlo en marcha para no asustarlos...
Pero hoy ya no están, volaron... porque para eso le crecieron alas y eran aves...
El nido soportó las últimas tormentas y vientos… se columpiaba el nido pero ellos en su refugio quedaban al resguardo.
Hoy me siento una mamá que crio a sus hijitos, primero en el nido materno de su vientre o en su corazón, y al momento de dar a luz se siente que le arrancaron el alma...
¡Claro! Los hijos son hijos de la vida dice "una frase", los hijos no nos pertenecen, hay que soltarlos... necesitan volar su propio vuelo!
Palabras que se las lleva el viento... cuando el nido queda vacío, nos vaciamos también nosotros un poco...
Entendemos allí que las lágrimas de nuestros padres cuando nos fuimos a hacer nuestra propia vida, son las mismas lágrimas de esta ausencia que no se satisface con nada...
Entonces nos acostamos un ratito en sus dormitorios abandonados para sentir "el olorcito" que dejaron, y recorremos sus cuadernos del jardín, los de la primaria, sus primeros dibujos que siguen guardados celosamente.
Y rompemos a llorar cuando abrimos el cajón y están sus escarpines, baberos y prendas lavaditas y perfumadas que quedarán con nosotros por años sempiternos, el cajón con sus juguetes que luego mostraremos a nuestros nietos, y el osito de peluche naranja con el que se dormían abrazados y se despertaban jugando...
“Ahora llueve”… miro por la ventana y veo el nido vacío... y pasan por mi mente los recuerdos ya vividos...
Sé que la rueda de la vida no se detiene, pero debo acariciarme el corazón para quitar esta angustia que comienzo a sentir.
Porque la vida, pese a lo que siento debe continuar...

©Libia Beatriz Carciofetti, Canciller Cultural de ASOLAPO ARGENTINA en la Pcia de Santiago del Estero.



NOTICIAS DE NUESTROS MIEMBROS, Silvia Longoni, premiada en Uruguay

NOTICIAS DE NUESTROS MIEMBROS

La escritora y poeta Silvia Longoni, Miembro Honorífico de ASOLAPO ARGENTINA, laureada en la ciudad de Montevideo.

En la ciudad de Montevideo, a las 22 horas del día 22 de agosto de 2014, se reúnen los miembros del Jurado de Clasificación del Concurso Internacional de Narrativa "Revista Letra Nueva - Ediciones Botella al Mar": Rocío Cardoso, Carlos Lucena y Alfredo Ma. Villegas Oromí quienes, luego de recibir los poemas finalistas seleccionados por el jurado de selección integrado por el Staff de la Revista Letra Nueva y Ediciones Botella al Mar, entre las 68 serie de poemas recibidos. Una vez leídos, el jurado ha resuelto otorgar:
Dada la calidad de los poemas finalistas, el Jurado –haciendo uso de sus atribuciones reglamentarias– resuelve distinguir SEIS Finalistas, en lugar de los CINCO previstos y otorgar TRES menciones (sin distinción de orden y se las detalla por orden alfabético del título), en lugar de las DOS previstas:

Premio Único a la serie de poemas   "Tan callando",
                                                         Seudónimo: Aparte
                                                         Autora: Silvia Longoni (Buenos Aires, Argentina)
Menciones de Honor a la serie de poemas
                                                         "Quietud"
                                                         Seudónimo Antígona
                                                         Autora: Teresa Díaz Sánchez (San Carlos, Uruguay)
                                                         "Silencio Perpetuo",
                                                         Seudónimo Artemisa II
                                                         Autora: Pilar Sastre Tarduchy (Madrid, España)
                                                         "Razones",
                                                         Seudónimo Cabesy Dejasca Beren
                                                         Autor: Carlos Felipe Vázquez Segura (México)
Finalistas la serie de poemas         "Justicia poética",
                                                         Seudónimo Rosaura
                                                         Autora: Lidia Díaz (Argentina / Estados Unidos)
                                                         "Moliendas",
                                                         Seudónimo Cala
                                                         Autora: Claudia Calace (Montevideo, Uruguay)

sábado, 6 de diciembre de 2014

EN EL ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL INMORTAL JOSÉ MARÍA ARGUEDAS - POR LUZ SAMANEZ PAZ, PRESIDENTA DE ASOLAPO INTERNACIONAL



EN EL ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL INMORTAL JOSÉ MARÍA ARGUEDAS - POR LUZ SAMANEZ PAZ, PRESIDENTA DE ASOLAPO INTERNACIONAL



EN EL ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL INMORTAL JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

LUZ SAMANEZ PAZ, Presidenta Internacional de ASOLAPO
 
JOSÉ MARÍA ARGUEDAS ALTAMIRANO, este hombre prodigioso, nacido en Andahuailas (Apurímac-Perú), arrancado del Ande, tenía la piel de sepia i la mirada tan negra, dentro de cuyo cráneo las ideas se precipitaban llenas de furia i con frecuencia lanzábance en una vorágine de relámpagos. ARGUEDAS, fue dejándonos entre afirmaciones i negaciones, entre luces i sombras su mensaje. Era un cuerpo transido de dolor i de hambres, al que la tragedia esencial del INDIO, le había saturado las entrañas desde niño. era el hombre que este nuestro pueblo escogió, para reivindicar a su raza andina, para cantar su tristeza i esperanza i sonreirle a la muerte, para que el mundo sepa quiénes somos, qué dolor nos hiere i qué ideal sostiene nuestras ansias. ARGUEDAS era nuestro i no podía ser de nadie más. ¿Qué otro pueblo andino, sino el nuestro podía haber creado una mente tan llena de pavores, de miedos, de iras, de ideas, de gracia?  La sustancia de su genio, los grandes vuelos de su espíritu, cuando perfilaba su magnífica figura intelectual, proviene i solo debe provenir de una raza como la nuestra; forjada por los rayos, bañada por las lluvias, amasada por la Pachamama, que eslabona una sucesión de vértebras nacionales, sobre la curva dorsal del planeta.
 
ARGUEDAS, es una raza geológica de agro i tierra, templada en los fuegos del Ande i ese amor a nuestros indios con los que vivió, ese amor a sus montañas, a sus nevados, a sus árboles, a su pasado tan persistente, tan doloroso, que no se mitiga sino, cuando nos sentimos por fin abrazados en el corazón profundo de la Pachamama, porque estamos formados de nuestra madre universal, de nuestra Madre Tierra, por lo tanto somos tan eternos  como ella, no tenemos otra misión de eternidad, pero nos basta para existir i resistir todos los embates de la vida.
 
Porque ARGUEDAS, llevaba en su rostro la tristeza, en sus ojos la luz de la mañana i en su corazón todo el dolor i la angustia de su pueblo andino, de los más olvidados i maltratados, de los más pobres i despojados. Lo cual le permitió sentirse andino, ver quiénes sufrían la miseria i el olvido. Intentó romper las ataduras de la impiedad, deshacer cadenas opresoras, liberar a los oprimidos. Su heroica misión en la vida, era reivindicar a la raza indígena, era su amor a la justicia.
 
Justamente, en homenaje a dos insignes personajes, el XXVIII Encuentro Internacional de Poetas, Escritores y Artistas de ASOLAPO, se denomina "ERNEST HEMINGWAY Y JOSÉ MARÍA ARGUEDAS", a realizarse en julio de 2015, en Miami Beach (USA).



A JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

LUZ SAMANEZ PAZ

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS,
voz andina, voz de piedra,
cortada a trazos
por el grave perfil
del pensamiento.

Deshojas tus sentimientos
en el aire caliente
de tus narraciones,
teñidas a veces de sangre.

Peregrino de siglos
otorgaste a los hombres,
con tu acento de Biblia:
más henchida de protestas,
más grávida de universo,
el dictado de la reivindicación
de tu pueblo andino.

Tu alma dialogaba
con la Pachamama,
que era preludio de poemas
que se deshojaba en waynos.

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS,
eres un ser arrancado del Ande,
endurecido en la carne i en el hueso,
macerado a golpes de infortunio,
al que  la tragedia esencial
de nuestra estirpe andina,
le había saturado las entrañas,
abrazándole, ardiéndole en la sangre.

Eres el hombre
que este nuestro pueblo escogió...
para revalorar a la raza indígena,
para cantar su tristeza i esperanza.