LA CENA
Anoche tuve
una de las cenas más agradables de mi vida. Y no fue planificada. Por la tarde
recibí una llamada que atendió mi secretario. Me dijo que había llamado un tal
Cristóbal Colón y que deseaba conocerme. Dejó el número de un celular. Por
supuesto, de inmediato llamé. Hablamos unos minutos y lo invité a cenar a casa.
Indiqué mi dirección. Le pregunté si deseaba que lo fuera a buscar, dónde se
alojaba y otra pregunta que en este momento no puedo precisar. Lo agradeció
pero respondió que tanto para él como para mí era más sencillo y menos
complicado ir solo. Y no señaló nada más. Perdón, me solicitó que no lo
comunicara con nadie. Ni la llamada ni la comida. Así lo hice.
Se sentó, era lo mínimo de buen anfitrión, que lo hiciera en la cabecera. Venía
con su vestimenta que solemos ver en sus retratos. No llegó como lo hizo en su
última etapa. No, no llegó como un monje. Usaba las ropas propias de los nobles
acomodados. Era un hombre bien formado, un poco más alto que la media estatura,
nariz aguileña. El cabello blanco. Al abrirle la puerta de mi departamento me
saludó en gallego-portugués y luego en castellano antiguo durante la cena. Con
una sonrisa al sentarse a la mesa dijo: "Nadie podrá cruzar el océano a
menos que tenga el suficiente coraje de dejar de ver la costa". Y me miró
fijo a los ojos.
No es mi deseo abundar en detalles. Así, por otra parte me rogó que lo hiciera.
Hablamos de Pedro Álvarez de Sotomayor, conocido como Pedro Madruga. También de
Jorge Alberto de Portugal, tercer conde de Gelves, tataranieto de Colón. De la
hija del IX conde de Lemos. Es falso que murió en la pobreza, el testamento que
le dejó a sus hijos lo comprueban. Y no entremos en discusiones banales.
Efectivamente nació en Moureira, Pontevedra. Antiguo barrio de marineros y pescadores.
Me habló de sus raíces judías sefardí, pero fue al pasar, no quiso ahondar a
pesar de dos o tres preguntas que le hice. Ponderó a Celso García de la Riega.
Me contó dos anécdotas de María Fonterosa, de la fragata La gallega,
bautizándola con el sobrenombre de Nao de Santa María. Mencionó su diario de
viaje, el desconocimiento del italiano, los nombres con que fue dando a ciertas
costas descubiertas en el Nuevo Mundo, todos ellos vinculados con la geografía
de Pontevedra.
En el postre lo escuché monologar sobre La Pinta y de Martín Alonso Pinzón.
Mencionó también, entre otros nombres, a Enrique Zas, Manuel Casás, Torcuato
Luca de Tena... también hizo mención a Eduardo Esteban y a dos nombres que no
puedo recordar, tal mi emoción y mi perplejidad, mi falta de claridad mental.
Muy brevemente evocó a Felipa Muniz Perestrelo, noble portuguesa que le dió a
Diego Colón. Y luego, emocionado, me refirió su relación con Beatriz Enriquez
de Arana, madre de Hernando. No quise recordar, por prudencia, a Beatriz de
Bobadilla, Señora de La Gomera. Me respondió ante mi pregunta si sabía latín y
respondió con una sonrisa. Por supuesto, por supuesto. Ya de pie mencionó a las
Indias, el puerto Palos de la Frontera, su equivocación al negar a
Erastóstenes, el astrónomo griego. Conocía, eso me confesó, de los viajes de
cartagineses, vikingos, musulmanes... y ponderó el estudio cartográfico de
Abraham Zacuto.
Ya de pie, el descubridor de América, el hombre de los cuatro viajes, el de los
vientos alisios, me estrechó la mano. Alguien con mala intención dirá que es
una fantasía de mi parte, un juego de un charlatán o embaucador. No, no. Dejó
sobre la mesa del comedor una reliquia: la misiva que data de 1493. Allí
escribe las primeras descripciones que el comandante gallego había hecho de La
Indias. Está a su disposición. En el cajón de mi escritorio. De insulis
nuper invetus.
Buenos Aires, 18 de mayo de 2026
CARLOS PENELAS – Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO
HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

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