Bienvenidos

sábado, 30 de mayo de 2026

LA CENA - Carlos Penelas - Buenos Aires, Argentina

 


LA CENA

Anoche tuve una de las cenas más agradables de mi vida. Y no fue planificada. Por la tarde recibí una llamada que atendió mi secretario. Me dijo que había llamado un tal Cristóbal Colón y que deseaba conocerme. Dejó el número de un celular. Por supuesto, de inmediato llamé. Hablamos unos minutos y lo invité a cenar a casa. Indiqué mi dirección. Le pregunté si deseaba que lo fuera a buscar, dónde se alojaba y otra pregunta que en este momento no puedo precisar. Lo agradeció pero respondió que tanto para él como para mí era más sencillo y menos complicado ir solo. Y no señaló nada más. Perdón, me solicitó que no lo comunicara con nadie. Ni la llamada ni la comida. Así lo hice.
Se sentó, era lo mínimo de buen anfitrión, que lo hiciera en la cabecera. Venía con su vestimenta que solemos ver en sus retratos. No llegó como lo hizo en su última etapa. No, no llegó como un monje. Usaba las ropas propias de los nobles acomodados. Era un hombre bien formado, un poco más alto que la media estatura, nariz aguileña. El cabello blanco. Al abrirle la puerta de mi departamento me saludó en gallego-portugués y luego en castellano antiguo durante la cena. Con una sonrisa al sentarse a la mesa dijo: "Nadie podrá cruzar el océano a menos que tenga el suficiente coraje de dejar de ver la costa". Y me miró fijo a los ojos.

No es mi deseo abundar en detalles. Así, por otra parte me rogó que lo hiciera. Hablamos de Pedro Álvarez de Sotomayor, conocido como Pedro Madruga. También de Jorge Alberto de Portugal, tercer conde de Gelves, tataranieto de Colón. De la hija del IX conde de Lemos. Es falso que murió en la pobreza, el testamento que le dejó a sus hijos lo comprueban. Y no entremos en discusiones banales.

Efectivamente nació en Moureira, Pontevedra. Antiguo barrio de marineros y pescadores. Me habló de sus raíces judías sefardí, pero fue al pasar, no quiso ahondar a pesar de dos o tres preguntas que le hice. Ponderó a Celso García de la Riega. Me contó dos anécdotas de María Fonterosa, de la fragata La gallega, bautizándola con el sobrenombre de Nao de Santa María. Mencionó su diario de viaje, el desconocimiento del italiano, los nombres con que fue dando a ciertas costas descubiertas en el Nuevo Mundo, todos ellos vinculados con la geografía de Pontevedra.

En el postre lo escuché monologar sobre La Pinta y de Martín Alonso Pinzón. Mencionó también, entre otros nombres, a Enrique Zas, Manuel Casás, Torcuato Luca de Tena... también hizo mención a Eduardo Esteban y a dos nombres que no puedo recordar, tal mi emoción y mi perplejidad, mi falta de claridad mental.

Muy brevemente evocó a Felipa Muniz Perestrelo, noble portuguesa que le dió a Diego Colón. Y luego, emocionado, me refirió su relación con Beatriz Enriquez de Arana, madre de Hernando. No quise recordar, por prudencia, a Beatriz de Bobadilla, Señora de La Gomera. Me respondió ante mi pregunta si sabía latín y respondió con una sonrisa. Por supuesto, por supuesto. Ya de pie mencionó a las Indias, el puerto Palos de la Frontera, su equivocación al negar a Erastóstenes, el astrónomo griego. Conocía, eso me confesó, de los viajes de cartagineses, vikingos, musulmanes... y ponderó el estudio cartográfico de Abraham Zacuto.

Ya de pie, el descubridor de América, el hombre de los cuatro viajes, el de los vientos alisios, me estrechó la mano. Alguien con mala intención dirá que es una fantasía de mi parte, un juego de un charlatán o embaucador. No, no. Dejó sobre la mesa del comedor una reliquia: la misiva que data de 1493. Allí escribe las primeras descripciones que el comandante gallego había hecho de La Indias. Está a su disposición. En el cajón de mi escritorio. De insulis nuper invetus.
Buenos Aires, 18 de mayo de 2026


CARLOS PENELAS – Buenos Aires, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

No hay comentarios:

Publicar un comentario