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sábado, 28 de marzo de 2026

VIERNES DE DOLOR - Ángel Medina - Málaga, España

 


VIERNES DE DOLOR

   

¿Cómo definir el dolor? Yo diría que, como manifestación del desgarro humano, tanto física como moralmente. Porque el dolor “duele”. Se siente. Si no, pregúntesele al paciente Job que soporta estoicamente el mal que se presenta alrededor suyo, primero entre sus bienes, hasta perderlo todo, y luego al sobrevenir la muerte de sus seres queridos tan inesperada como bruscamente para finalmente asumirlo y concentrarlo en su cuerpo, que se vio invadido por las llagas desde los pies hasta la cabeza.

Pero también existe el dolor del ánima o psíquico que consiste en lo intangible, propio o ajeno, que perturba todo el ser. Quien haya sufrido la tortura de una depresión profunda podrá entenderlo. El punto más álgido del dolor físico es el sufrimiento lento pero inexorable de la caducidad humana, saboreándola sorbo a sorbo, como el suplicio del Sísifo cargando con la pesada piedra cuesta arriba, y al faltarle la energía retroceder, y así una vez tras otra, antojándosele que la eternidad se detenía en el tormento. El del alma es el espanto de ver a quien más se quiere en este perro mundo cargando con las culpas ajenas hasta la extenuación de una muerte infame, en la que la inocencia es considerada culpable.

El Viernes Santo es el día del dolor supremo.  Hablar de crucifixión es recordar el sufrimiento. Un tormento extremo ideado por los persas, que se extendió por diversos pueblos del Mediterráneo y que Roma hizo suya, aplicándola a los esclavos y criminales. En la antesala del dolor, esos momentos en los que se llega a presentir moralmente el dolor físico que se va a infringir, los evangelios dicen que Jesús sudó sangre en Getsemaní, algo que la medicina conoce como “hematidrosis”, lo cual es posible cuando los vasos capilares de las glándulas sudoríparas llegan a romperse, y que puede ocurrir si existe un elevado porcentaje de sufrimientos psicológico. La proximidad de la muerte violenta y la traición posterior de uno de los suyos fue el comienzo de los dolores. Un dolor refinado y cruel.  Como paso previo a la ejecución el reo era azotado con el flagelum, un látigo de mango corto y varias colas que terminaban en bolas de plomo, y que causaba daños terribles desgarrando espalda, nalgas y piernas, dejando al descubierto músculos y tendones, lo cual ocasionaba una gran pérdida de sangre, hasta el punto de llegar a producir el desmayo. Luego, en su caso particular le fue incrustada en sus sienes una corona de punzantes espinos, con la doble función de causarle mayor dolor y humillarle, al haber sido denominado como el rey de los judíos. El condenado, agotado por la brutal paliza era forzado a portar el travesaño horizontal del madero, una tabla que pesaba casi treinta kilos, obligándosele a recorrer una distancia aproximada de dos kilómetros hasta llegar a la cumbre del Gólgota, situado a las afueras de la ciudad, debiendo soportar las burlas, los escupitinajos y las piedras que le arrojaban los que contemplaban el espectáculo a lo largo del camino. Al llegar, el aspecto del hombre era, como lo había descrito Pilatos, el de un hecce homo. Entonces, completamente desnudo— en las representaciones se ocultan las zonas púdicas con un taparrabos— era tendido sobre los dos travesaños del leño. En uno era clavado, atravesando sus muñecas unos clavos puntiagudos que medían entre trece y dieciocho centímetros, destrozándole el nervio mediano. Los maderos eran juntados, configurándose la cruz. En el que era más largo le traspasaban sus pies, disponiendo la parte inferior de un sedile o tablilla para que pudiese apoyarlos, prologándose así la agonía. Finalmente era levantada, hundiendo el tablón vertical en un boquete que previamente había sido excavado en el suelo. Al pender el cuerpo en postura vertical el peso tendía a desplazarse hacia abajo, con la constante sensación de desgarrarse las axilas, cada vez más conforme transcurría el tiempo— quien quiera hacerse una idea somera le bastará colgarse a una barra sin poder tocar el suelo—, haciéndose necesario forzar todos los músculos de la espalda para conseguir respirar. En esta postura dolorosa el condenado acabará muriendo por asfixia al empujar sus órganos internos los pulmones, produciéndose finalmente un fallo cardiaco. Cuando se va acercando el momento, el ritmo del corazón empieza a enlentecer y el dióxido de carbono de la sangre se va diluyendo como ácido carbónico, lo que acarreará un aumento de la acidez, transformándose el pulso en irregular. Es palpable que el ajusticiado lo percibía, entendiendo que se aproximaba el momento de la muerte. A la hora nona, tras tres horas de tormento, expiró. Si hubiésemos de hacer una autopsia al cuerpo exangüe del condenado, posiblemente habría que concluir en que se trató de una agonía lenta y que mantuvo la consciencia hasta el último instante. La causa inmediata de la muerte fue una hipovolemia por la sangre derramada y la deficiencia respiratoria por la falta de movilidad, las graves lesiones de los músculos intercostales y la insuficiencia cardiaca. Hasta aquí el proceso de la ejecución.

Pero, no sólo fueron tormentos físicos los que tuvo que soportar aquel hombre condenado de manera ilegal e injusta, sino también anímicos. Desde lo alto del patíbulo la mirada se derramaba a su alrededor. Allí se encontraban la soldadesca que se mofaba de él, aquellos que excusó diciendo que no sabían lo que hacían, y el discípulo preferido junto a las mujeres.

¿Dónde estaban todos aquellos que le habían vitoreado el día anterior? ¿Dónde sus seguidores? ¿Dónde los apóstoles? ¡No estaban! Se habían dispersado como ovejas a las que hiere su pastor. Entonces, al daño corporal hubo de añadirse el dolor psíquico. El alma también duele. La incomprensión bien pudo instalarse en su cabeza. Porque, ¿cuál fue su crimen? Sencillamente mostrar el “Rostro” que el Pueblo invocaba en el salmo 27 “Muéstranos tu Rostro, Señor”. A diferencia de otras maneras de religarse al Misterio en las distintas religiones, el dios-cristiano se muestra al mundo dentro del mundo en la cercanía de un Hombre para con los hombres.

Pero no era suficiente. Cuando el hombre siente la sensación de la impotencia ante la muerte brota en su interior aquel grito del que Unamuno se hace eco en su obra “El sentimiento trágico de la vida”, recordando a Michelet: “¡Mi “yo”, que me lo arrebatan!”. El “yo”, la sustancia, la esencia del hombre. Entonces, al ser consciente de que el mundo no puede responderle para darle el apoyo que necesita invoca al Misterio del que todo procede y al que todo va. Al poder de la omnipotencia del amor divino de Dios, al que él invocaba como “Abba” (Padre). Pero el grito pronto se ahoga en su garganta al no sentir el consuelo y clama aquello de “Eloi. Eloi, ¿lamá sabactaní”? (¿Dios mío, por qué me has abandonado?) Ni siquiera ve la substancia humana en el trance de la muerte el hilo invisible que conecta lo divino con lo humano, el cielo con la tierra. El crucificado muere como un maldito. Entonces, es cuando la nada que aún pervive en la vida es capaz de encontrar la respuesta en el abandono al entregar la última voluntad en la que el hombre mantiene su ser al misterio al que es entregado. Sólo entonces vuelve a pronunciar sus últimas palabras, reconociendo que el amor ha de ser más fuerte que la muerte: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Es la entrega de la vida y de la última confianza. O el abismo o el cielo.

Se impone el silencio. Parece que el aguijón de la muerte ha triunfado, y, sin embargo, el silencio de Dios se convierte en palabra de vida resucitándolo como primicia para el hombre.

Abajo, la Madre saborea con amargura la predicción del viejo Simeón, cuando le profetizó que una espada le atravesaría el alma. Es la manifestación del dolor del alma como consecuencia del dolor ajeno.

ÁNGEL MEDINAMálaga, España

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

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