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sábado, 8 de octubre de 2022

LA CAUTIVA, JOSÉ DE ESPRONCEDA, España









LA CAUTIVA

Ya el sol esconde sus rayos,

el mundo en sombras se vela,

el ave a su nido vuela,

busca asilo el trovador.

Todo calla: en pobre cama

 

duerme el pastor venturoso;

en su lecho suntüoso

se agita insomne el señor.

 

Se agita, mas ¡ay! reposa

al fin en su patrio suelo;

 

no llora en mísero duelo

la libertad que perdió.

Los campos ve que a su infancia

horas dieron de contento,

su oído halaga el acento

 

del país donde nació.

 

No gime ilustre cautivo

entre doradas cadenas,

que si bien de encanto llenas,

al cabo cadenas son.

 

Si acaso triste lamenta,

en torno ve a sus amigos,

que, de su pena testigos,

consuelan su corazón.

 

La arrogante erguida palma

 

que en el desierto florece,

al viajero sombra ofrece,

descanso y grato manjar;

y, aunque sola, allí es querida

del árabe errante y fiero,

 

que siempre va placentero

a su sombra a reposar.

 

Mas ¡ay triste! yo cautiva,

huérfana y sola suspiro,

en clima extraño respiro,

 

y amo a un extraño también;

no hallan mis ojos mi patria;

humo han sido mis amores;

nadie calma mis dolores,

y en celos me siento arder.

 

¡Ah! ¿Llorar? ¿Llorar?... No puedo,

ni ceder a mi tristura,

ni consuelo en mi amargura

podré jamás encontrar.

Supe amar como ninguna,

 

supe amar correspondida;

despreciada, aborrecida,

¿no sabré también odiar?

 

¡Adiós, patria!, ¡adiós, amores!

la infeliz Zoraida ahora

 

solo venganzas implora,

ya condenada a morir.

No soy ya del castellano

la sumisa enamorada:

soy la cautiva cansada

 

ya de dejarse oprimir.

 

JOSÉ DE ESPRONCEDA, España

Nacimiento: 25 de marzo de 1808, Almendralejo, España

Fallecimiento: 23 de mayo de 1842, Madrid, España

Wikipedia


AUREOLA MÁGICA, Hilda Augusta Schiavoni, Inriville, Córdoba, Argentina










AUREOLA MÁGICA



Acacia florida
en racimos pendientes
como pecho maduro
que ofrece gustoso
la blandura de su pezón.
Acacia florida,
te encasquetas
igual que la más perfecta
simbiosis de amor
y exhalas un aroma
sedoso de caricias,
embriagas con tu lujuria
a la estación casi estival.
Eres la síntesis
de pureza ambrosiaca
del más genuino
reino tropical.
Enclavada en las calles
calvas
de mi pueblo natal,
desgarras con tu perfume
de alondra y manantial.

 

Hilda Augusta Schiavoni – Inriville, Córdoba

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

I - LA MUJER[1] (Los Últimos Días), Adrián Néstor Escudero, Santa Fe, Argentina

 



I - LA MUJER[1] (Los Últimos Días) 

A Edith Caliani de Villordo, in memoriam.

Uno

     Madrugada. Hacía frío en la ciudad de los hombres viejos. El frío del décimo milenio para el reloj cósmico. Estaba muerta la ciudad. No podía ser de otra forma. Desde la medianoche hasta las cinco de la mañana, tenía la obligación de estar muerta. Porque quien vive, necesita respirar… Por ende, nada de circular entre las cintas aéreas que revoloteaban aquellos caminos de nubes cristalizadas. Nada de querer arrimarse a las sin límite murallas donde vivían, técnicamente bien, casi todos los hombres, y visitar a otros hombres. La ciudad, debía estar muerta.

     La luna intentó por un millar de veces más encender el rostro de la joven mujer que corría, jadeante y temerosa. Mujer hermosa y triste… Más, no pudo. Se resignó. Es que no entendía a estos hombres viejos. De antiguo se había sentido sensual y vanidosa de poder acariciar, en aquellas verdes plazas, los sueños de millones de rostros enamorados. Rostros que jugaban con ella, ocultos en la primavera tras los azahares, como bufos cómplices abotagados de amor y de misterio; que la buscaban o evitaban para descubrir o esconder candorosos besos prendidos a tiernas mejillas sonrojadas…

     Ahora, ella también estaba triste. Y, al igual que los hombres viejos, sólo podía vestirse de navegante espacial y trepar las terroríficas alturas donde yacían los últimos escalones del oprobio. Porque las terrazas son quietas. No podía ni deseaba jugar con ellas. Hizo, pues, un postrer intento en averiguar por qué corría la mujer, furtiva e incansable, tras un punto de luz que parecía muy difícil de alcanzar.

     Pero una nueva frustración tiznó su brillo. Entonces se puso el traje de astronauta, y se difuminó grávida como una burbuja nocturna. Por lo demás, fue la negrura sin límites que contuvo al espacio quien devoró, en un segundo, sin prejuicios y para su bien, a la hermosa y triste mujer…

     La joven indefensa arrastraba las distancias pesadamente. Su cara era un modelo de angustias y de miedo tallado en la oquedad de la noche. El aire corrompido arqueaba su cuerpo en contenidas convulsiones, mientras un aroma fétido flotaba y caía manso sobre el cemento del mundo. Sabía que arriesgaba demasiado.

     Los autómatas tenían orden de destruir cualquier factor dinámico que perturbara la muerte de la ciudad. Porque quien vive, necesita respirar… El buen aire. El olvidado.

     La silueta, doblada y aterida por el hielo de las sombras, continuó su marcha hacia el objetivo, confundiéndose entre las columnas y muros de un camino aceral… De pronto, se detuvo. Y lo hizo a tiempo. Una pequeña cabina de televideofono le sirvió de refugio. La recortada cabellera cereza se le endureció al verlo pasar, mientras los ojos verdes se le agrandaban de espanto y el corazón se le henchía de terror. Todo su ser se estremeció. Fue un segundo. El autómata pasó rígido a su lado, blanqueando las tinieblas con el palpitar sincrónico de unos ojos luminosos y eléctricos.

     Gina no respiró. Una estatua como de mármol ocupó su lugar. La menor vibración del aire daría al autómata la señal de que un ser dinámico se hallaba próximo y en horario prohibido. Y ella debería… Pero nada ocurrió.

     (La mujer dio gracias. A quién, no sabría decirlo).

Dos

     Ya no sentía el frío de la noche. Ahora sus huesos hervían en brutal agitación. Pero todo continuaba oscuro, muy oscuro.

     Gina alzó la vista y buscó con desesperación a su luna…

     No la encontró.

     Supo que, como ella, triste y etérea, había huido finalmente de allí. Y pensó en Maniel, su compañero, inmóvil y enfermo. También en su bebé, único y dormido.

     El circuito de emergencia se había descompuesto y no podía emplear otro medio. Ni siquiera acudir a la asistencia de un vecino. Se había descuidado sin alcanzar a evitarlo.

     Había llegado al límite de su cuota de oxigenación familiar y no podía robarle vida a sus seres queridos. En el exhausto recipiente metálico agonizaba una porción vital de ese elemento, pero la enfermedad de Maniel exigía una mayor cantidad molecular. Y ella tendría que compensarla.

     Sí, necesitaba aire. Algo más de oxígeno esta noche para sobrevivirla hasta la llegada del amanecer, cuando todo volvería a ser normal…

     Por ello, sin auxilio de nadie y sin poder comunicarse con el Centro Médico más próximo, se había jugado por entero y escapado de la Colmena infringiendo la ley de queda. Escapado a las diminutas calles de una ciudad que tenía la obligación de estar muerta en esas horas. Y debía llegar. Tenía que hacerlo. Diciembre era su mes de suerte: por algo había superado ya un duro escollo. Por otra parte, el sitio estaba ahora sólo a unos cuatrocientos metros por delante… Y la cuestión era llegar. Conseguir llegar. Luego vería…

     (Sus dedos apretaban con fuerza la ficha amarilla).

Tres

     En sigilo, continuó la marcha.

     Después de media hora de esquivo y medroso caminar, alcanzó el objetivo. La Gran Campana estaba iluminada con intensidad. De tanto en tanto, su resplandor exhalaba movimientos intermitentes, y su gigantesco y semiesférico caparazón se transformaba en un monstruo de onírica pesadilla. Su diámetro de trescientos metros y su elevación central de igual medida, encerraba las fuentes de la Vida. Las últimas clases de vegetales de la Tierra y el oxígeno de sus poros.

     Y debía alcanzarlo… Porque ahí estaba, a pocos pasos, el Centro de Oxigenación DV-4 de la Compañía “Días Verdes”, Sociedad Cósmica. El mayor de los complejos comerciales pertenecientes a un monopolio secular mundial,  y cuyos dueños entendían que no era bueno para sus intereses permitir la libre oxigenación de los humanos, aunque la capa de ozono se hubiere recuperado ya hace mucho tiempo; y ello, con total ignorancia de los sumisos habitantes de la Colmena…

     Arrogante, Mr. Sosep Ralod, presidente del H. Consorcio, sostuvo desde el primer día: --- “Nadie destruirá este brillante negocio. No lo permitiremos…”. Alguien gritó también en ese primer día: --- “Fortuna; ¡botín de poderosos!”. El resto, no tuvo tiempo de hacerlo. Hubo un ejército de autómatas que se encargó de ello.

     Gina volvió a ocultarse. Lo hizo por enésima vez; y en la ocasión, tras uno de los incontables sostenes del edificio departamental -contiguo a la Gran Campana- de más doscientos pisos, y que reducía el tamaño de su humanidad a la de un germen…

     Y se dejó caer.

     Trató de recordar a Maniel y a su hijo, pero la cabeza le bamboleaba locamente a causa de los sentidos aturdidos por la falta de oxígeno. Sintió ganas de vomitar. Logró dominarse. Tanteó con angustia la ficha de identificación. Estaba en su lugar todavía. Era un alivio, aunque de nada serviría si… Pero casi lo había logrado. Entonces rogó.

     (A quién, no sabría decirlo).

Cuatro

     El animalito de las estrellas recogió su cuerpo y esperó impaciente el momento para sortear los últimos metros que restaban aún para alcanzar el Panel de Control. La suerte volvió a sonreírle. Al menos, eso pensó. Sí, diciembre era su mes de suerte.

     La esfera redonda y sin aberturas visibles se detuvo. Había arribado por el riel médico hasta la puerta principal del Centro de Oxigenación. Unos humanoides descendieron del familiar vehículo asistencial. Llevaban en camilla a una persona. Era una anciana.

     Inmovilizada por dos gruesas correas plásticas gritaba y jadeaba con desesperación. Gritaba que se ahogaba, que necesitaba aire para respirar… Los autómatas apuraron el paso. Introdujeron una ficha amarilla en la ranura del cilíndrico panel y la puerta de acceso se abrió en silencio. Luego, se cerró.

     Gina sabía lo que harían ahora. La transportarían en el carril hasta una cabina esterilizadora, y, después de acondicionarle el cuerpo, la enviarían a fantástica velocidad hacia una Unidad Libre de Oxigenación. La operación duraría pocos segundos: hasta que la anciana recuperara su capacidad de absorción atmosférica, o, simplemente, muriera de asfixia. Pocos segundos, nada más.

      A la sazón, la esfera comenzó a moverse otra vez por el carril médico. Alguien la había solicitado de nuevo utilizando el circuito de emergencia. Como un rayo partió desde otra vía hacia algún sector de la ciudad… Junto a ella, otro millar de esferas se dispararon hacia las entrañas de la ciudad que dormía sin sueños.

     Gina pensó que el momento había llegado. Nadie estaba a la vista. El frío volvió por un instante a arrancarle bocanadas de esfuerzo, y todo su cuerpo se contrajo –llagado de escalofríos- preparando sus reservas para el último salto. Corrió furiosamente. Empleó la magia de su ánimo, y, como un niño intentando atrapar una sortija de calesita atómica, alargó el brazo que portaba la ficha amarilla pensando en ellos

     No pudo hacerlo. De pronto, estaba muerta. Como la ciudad. Como su luna.

     El oscuro y gris, y nuevamente oscuro y gris autómata, guardó el arma.

     (Chirriaron un poco sus extremidades al cambiar de rumbo).

 

ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA



.

 

 


COSTUMBRE, Olga Hernández Osorio, Osterode, Alemania

 









COSTUMBRE

 

Me acostumbre al calor de tu mirada,       

a la constante y gentil ofrenda de tus besos, 

al calor de tus caricias en la madrugada, 

como al instante fugaz de tus embelesos 

 

Esa fuente cristalina de todos tus arrullos, 

en el ocaso tempranero de la noche, 

como hechizo embriagador de cualquier pena, 

de pasiones y amores, haremos derroche 

 

Al suave aroma de tu piel y tu regazo, 

entibiar mi alma bajo tu brillante lumbre, 

de tu esbelto cuerpo del cual soy un pedazo, 

así, amorosamente, se volvió costumbre 

 

Aunque pase el tiempo volveremos a viajar 

con el aroma sutil de besos y caricias, 

remando juntos sobre el agitado mar, 

acariciando el alba, plena de delicias. 

 Osterode Alemania agosto 27 de 2022 

 

Olga Hernández Osorio 

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

Derechos reservados de autor 


EL CARRUAJE DE MIS SUEÑOS, Liliana Escanes, Bahía Blanca, Argentina

 









EL CARRUAJE DE MIS SUEÑOS


Hay cosas incomprensibles... Inauditas... Increíbles...
Sobre todo, viniendo de los humanos...
Lejos están de los bosques frescos y de la hierba húmeda…
De los tréboles y de los capullos encendidos…
De los geranios, de los girasoles, de las lavandas…
Lejos están de lo puro y noble, de la belleza, de la comprensión,
del diálogo, de la tolerancia… Del respeto, de la unión,
de la libertad, de la justicia, de la armonía, de la oración…
De la fe, de la esperanza, de LA POESÍA…
¡Lástima!... ¡Podría ser un mundo mejor!...
¡Lástima!... ¡Todos podríamos vivir mejor!...
Las aves pasaron fugaces por la tarde…
Surcaron el celeste intenso del cielo y partieron…
El resplandor alumbra nuevos abrazos y encuentros…
Cariño, tréboles, senderos, trinos…
Prados floridos, sendas agrestes, claveles, flores silvestres…
Amaneceres en las sierras… Amaneceres en los muelles…
Sin recuerdos… Sin olvidos… Sin querellas…
Sólo luz, paz, ternura, quietud, frutos, flores y mieses…
Serenidad, arrullos, manantiales y rompientes…
Sólo yerbabuena y romeros… Lirios de paz… Ésos que tanto espero…
Sólo amaneceres en las sierras… Amaneceres en los muelles…
Sólo luminosos, dorados, resplandecientes... amaneceres en las sierras…
Brumosos, rosados... amaneceres en los muelles…

Y desde ellos... audaz, indómita, esperanzada aún... y a pesar de tanto...
aguardar el carruaje azul y dorado de mis sueños... que me porte lejos...
Que me porte lejos... Que me porte lejos...
Donde todo sea azul y dorado... Azul y dorado...
Como ellos...

27 septiembre, 2022


 LILIANA ESCANES, Bahía Blanca, Argentina

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


ORIGEN, Liana Friedrich, Rafaela, Santa Fe, Argentina

 











ORIGEN 

 

¿Es posible imaginar sinuosos Paraísos 

donde Eva y Adán nunca se encuentran? 

(Tal vez donde el Árbol de la Vida 

inaugure con cantares la mañana, 

engarzada en alas de fragancia…) 

más allá de insensatos holocaustos 

y ante tanta soberbia desatada 

que envilece en inútiles diatribas  

las consciencias de odio impregnadas. 

 

 

¿Será posible acallar los aullidos 

de estas hordas lobo-sapiens, 

disfrazadas de famélicos ovinos 

apenas con harapos macilentos? 

En la porfía de un verano eterno, 

sangrando néctares antiguos, 

hagamos girar en retroceso  

la rueda desgastada de los tiempos 

con rumbo a latitudes ancestrales… 

  

Hasta arribar al instante primigenio,  

inmaculado, inmarcesible, ingenuo, 

¡cuando la Palabra era un gesto de grandeza! 

 

LIANA FRIEDRICH (RAFAELA, ARGENTINA)

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


sábado, 1 de octubre de 2022

¡ESTÁ VIVO!, Luis Alposta, Buenos Aires, Argentina











Luis Alposta y Daniel Melingo


¡ESTÁ VIVO!

 

Aria de la “Ópera del Linyera”

Letra: Luis Alposta / Música: Daniel Melingo

 

 

Se dibuja en la luna

el vuelo color tierra de un gorrión.

Y el Linyera agoniza.

Como un afiche desgarrado a mano.

Sin embargo, todo suena a regreso.

Porque entre su agonía

y la frialdad candente de los otros,

cabe un sueño.

 

Claro rostro del día,

antípoda de la oscuridad y del aullido,

que habrá de concretarse en otros días,

y uno tras otro, en su continuidad,

tamizarán el sol.

 

Y en la torre celeste,

en su silencioso reloj,

imperturbable destejedor de horas;

en los silencios y en las estridencias;

en oboes, en chelos y violines,

él volverá en un eco.

 

 El eco de su voz y su presencia.

¡El Linyera está vivo!

 

LUIS ALPOSTA, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA

 

¡ESTÁ VIVO!

Click:

https://www.youtube.com/watch?v=gb6lLY9bJJ4&ab_channel=MelingoMelingo