Burila
de ancha copa sobre metal sonoro
con lenta y dócil mano, triunfal alegoría:
una danza de Ménades -una blanca theoría
de vírgenes- o Europa robada por el Toro.
Un
delicado símbolo graba en sus flancos de oro
para que el labio colme su sed en la alegría,
y la visión ahuyente de la melancolía
como de dulces flautas el invisible coro…
Con
grácil movimiento de lánguidas sirenas
inclinarán el cuello las ánforas de Athenas
sobre la esbelta copa que cinceló tu mano.
Se
escucharán los himnos de los vendimiadores,
y las agrestes ninfas deshojarán sus flores
sobre la cabellera de Anacreonte anciano.
Ayer pasó la
muerte por mi casa... Se hizo una noche solitaria en torno, y en medio de las sombras de la noche, se hacinaron escombros sobre escombros.
El isócromo golpe de las picas desmoronó el hogar. Así fue cómo se desplomaron los antiguos muros, y hoy ya no son más que ceniza y polvo.
Un agrio ruido de hachas rechinaba en el huerto infeliz. Tronco por tronco, los árboles cayeron en un vasto montón sobrío de ramajes rotos.
Noctívagos murciélagos, rondando por el húmedo ambiente borrascoso, con sus alas de trapa y de tiniebla marcaban el compás de mis sollozos.
Unos búhos graznaban en la sombra... Transido de terror, clamé socorro... Dos búhos de la sombra me escucharon... Se asentaron los dos sobre mis hombros.
Desde entonces, de pie sobre las ruinas, a los recuerdos del ayer me acorro; y cuando nadie mis angustias sabe, doblo la frente, y por mis padres lloro.
Arturo Capdevila, poeta, escritor e historiador argentino nacido
en Córdoba en 1889 y fallecido en Buenos Aires en 1967.
Reconozco esta hora.
Es esa que solía llegar enmascarada entre los pliegues de otras horas;
la que de pronto comenzaba a surgir como un oscuro arcángel detrás de la neblina
haciendo retroceder mis bosques encantados,
mis rituales de amor, mi fiesta en la indolencia,
con sólo trazar un signo en el silencio,
con sólo cortar el aire con su mano.
Esa, la de mirada como un vuelo de cuervo y pasos fantasmales,
que venía de lejos con su manto de viaje y las mejillas escarchadas,
y se iba bajando la cabeza, de nuevo hasta tan lejos
que yo buscaba en vano la huella del carruaje en el pasado.
Hora desencarnada,
color de amnesia como dibujada en el vacío del azogue,
igual que una traslúcida figura enviada desde un retablo del olvido.
¿Y era su propio heraldo,
el fondo que se asoma hasta la superficie de la copa,
la anunciación de dar a luz las sombras?
No supe descifrar su profecía,
ese susurro de aguas estancadas que destilan a veces los crepúsculos,
ni logré comprender el torbellino de plumas grises con que me aspiraba
desde un claro de ayer hasta un vago anfiteatro iluminado por lluvias y por
lunas,
allá, entre los ventisqueros del irreconocible porvenir;
aquí, donde ahora se instala, maciza como el demonio del advenimiento,
en su sitial de honor en medio de la asamblea de otras horas, pálidas,
transparentes,
y me dice que mis bosques son luces extinguidas y aves embalsamadas,
que mi amor era erróneo, como un espejo que se contempla en otro espejo,
que mi fiesta es un cielo replegado en el sudario de mis muertos.
Y se queda esta vez, sin bajar la cabeza.
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
Dice el
proverbio que la generosidad bien entendida
empieza por uno mismo, posiblemente sea verdad, sobre todo, cuando buscamos un equilibrio
social, y nuestra posición en ella.
Meditando un poco habría que buscar en
este noble sentimiento algunas connotaciones que le añaden valor y otras que se
lo restan.Como instinto, la generosidad, es algo que
aflora en las relaciones humanas cuando se observa algún que otro motivo de
injusticia; este es el motor que la pone en marcha; querer subsanar una
injusticia cuando detectamos que alguien no goza de un bien universal como es
la justicia, la equidad, la igualdad, cualidades éstas, que a fin de cuentas
son matices de un mismo aspecto, el sentir humano de solidaridad hacia los
demás.También
puede tratarse de una disposición personal, e incluso un medio de afirmar el
ego de cada cual.
Ejercer la generosidad es una labor
delicada que requiere mesura, razón y sobretodo, oportunidad.
El
que ofrece sin medida puede causar dos resultados diferentes y diferenciados:
herir la sensibilidad del receptor, ya que éste puede interpretar que se
menoscaba su valía, o bien empujarlo a una comodidad superficial que limita su
reacción ante la adversidad y obstruye su capacidad para hacer frente a los problemas,
que sin duda la vida presenta.
Frecuentemente
la generosidad se convierte en invasión del terreno ajeno, de lo personal del
otro, donde no vale ni la espontaneidad ni la abundancia. Se impone, más bien,
el ser comedido y discreto. Practiquémosla en la intimidad, sin luces ni
taquígrafos, con suavidad y con compostura y sin retención de memoria, porque
nunca pasaremos factura de un acto de generosidad a menos que queramos
frustrarlo, para convertirlo en mera especulación.
Los
que pueden dar y lo hacen deberían reflexionar antes, hasta donde les lleva su
actitud, ya que, se puede nutrir al aprovechado, al oportunista en vez de
ayudar al necesitado.
Leí
en un artículo de “Cenit”, una hermosa expresión, que según su autor la
escribió Alberto Carsi Lacase, cuñado de V. Blásco Ibañez, decía así: ”El agua
es la única divinidad que vemos bajar del cielo”. Viene a colación por esa
disposición que mucha gente viene esperando resolver sus problemas económicos
por la “generosidad divina”, por los juegos de azar, loterías, boletos de
múltiples rifas. Se sigue esperando una generosidad y la unimos a una fantasía
creciente, a un capricho del destino.
En
las familias es frecuente comprobar que no todos son generosos con los demás y
es a menudo la madre la que está en mejor disposición para darlo todo por los
otros, no sólo en lo material, también en lo moral, en sacrificio, en lo que
sea.. Otras veces es el padre, que después de muchas horas de trabajo sólo
lleva en su pensamiento qué ofrecer a los suyos para que no carezcan de nada
La
generosidad puede ser, y a veces, lo es un “parche” necesario de una sociedad
en evolución, ya que si justicia hubiere la generosidad estaría demás.
No encontró culpa, y sin embargo lo mandó
ajusticiar de manera ignominiosa.
Hace algún tiempo se comentó en un periódico
norteamericano la noticia de que un grupo de israelitas pretendía revisar el
procesoal que fue sometido
Jesucristo. Un procedimientoplagado
de fallos y en el cual, el reo fue ajusticiado sin condena. Aquello quedó
finalmente en aguas de borrajas, pero si se hubiese celebrado ante un tribunal
legalmente constituido, sin duda el fallo habría sido absolutorio. Aquella
causa adoleció de garantías legales. También de autoridad competente y defensa.
Estaba claro que lo que de antemano se pretendía era ajusticiarlo como fuese.
Leonardo Castellani, jesuita, hondo pensador,
teólogo y poeta, apartado de la Compañía y posteriormente readmitido, prolífico
escritor, citando al S.J Luis de Palma en su obra clásica “Historia de la Pasión” reseña en su “El evangelio de Jesucristo”
una cantidad de ilegalidades de tal magnitud, que si se hubiesen tenido en
cuenta habría necesariamente concluido el veredictocon el resultado de nulidad por las irregularidades jurídicas que
contenía.
El Sanedrín o Tribunal Supremo se reunió
durante el tiempo de la Pascua, cosa que no le estaba permitido. Asimismo, se
reunieron testigos contradictorios y el reo no tuvo defensor, tomándose una
respuesta suya como prueba, convirtiéndose el juez en fiscal. La resolución del
Sanedrín no se dio por votación y se celebraron dos sesiones en el mismo día,
sin la interrupción legal que debía darse entre la audición y la
sentencia.El acusado fue diferido a la
autoridad romana, que los judíos no reconocían como legítima y que no entendía
jurisdiccionalmente de delitos de índole religiosa, con lo cual, la acusación
de “Éste se ha hecho Dios y deberá morir por ello”, no era un delito ante aquel
tribunal. Ni siquiera el delito que promovieron después para acusarlo, alegando
que conspiraba contra el César era pasible de crucifixión; es más, tampoco de
muerte, como sí lo era el de sedición a mano armada, algo que manifiestamente
no hizo Cristo y sí Barrabás. En suma, Pilatos no profirió una sentencia
oficial, diciendo: “Ibis ad cruce”,
sino que dijo “Haced lo que queráis con
él”, cosa que de manera alguna puede hacer un juez, porque es abdicar de su
oficio.
Así, más tarde, no hallando culpa se los
entregó diciendo “Non invenio in eo
culpam” y lo mandó al patíbulo, una suerte de muerte de extremada crueldad,
siendo ultrajado y apaleado antes de ser colgado del madero, hasta que el peso
de los tormentos, y desgarrándose el cuerpo en la cruz acababa por sobrevenir
la muerte por asfixia.
Sus palabras como enjuiciador proclamaron la inocencia,
pero como mandatario sucumbió al temor de una revuelta.
¿Qué fue lo que pasó por la cabeza de Pilatos
para que la historia fuese cómo fue?
La recta conciencia del hombre tiende a la
justicia. Sólo el malvado disfruta haciendo el mal. Y por lo general, en aras a
satisfacer sus propios intereses. Pilatos era un político y disfrutaba del
privilegio del poder. Pero el poder tiene un precio: la sumisión. Quien quiera
salir en la foto no tiene que moverse. Y al Procónsul trataron de moverle la
silla los que mangoneaban la Ley echándole sobre sus hombros la responsabilidad
de una revuelta. Si actuaba según derecho, ajustándose no sólo al derecho
romano, del cual era representante, habría de ponerlo en libertad (no es
necesario insistir en lo anteriormente dicho acerca de la ilegalidad del
procedimiento y él lo reconoció así). Era eso lo que barruntaba en su interior,
e incluso tuvo el apoyo de su mujer, Claudia Prócula. Mas, ante el giro de
acusación de ser rey, y por tanto enemigo del César, debió de pensárselo.
El historiador Flavio Josefo nos dice que el
gobernador mantenía una antigua relación con Sejano, amigo del emperador, que
acabó siendo ejecutado ante la sospecha de conspirar contra él, temiendo, pues,
enemistarse con Tiberio, alarmado no solo por su carrera, sino incluso por su
vida.
Hasta aquí la
situación de la Historia. Ahora, la moraleja.
¿Hasta qué punto llevamos un Pilato dentro de
cada uno? Porque, en esencia, lo hasta aquí dicho acerca del personaje se
concreta en la tibieza y el miedo.
El tibio es el indeciso. El hombre que se
queda atrapado en la duda. Mejor dicho, en la indecisión. Sabe qué debe hacer,
`pero vacila. No avanza. Se detiene y es incapaz de tomar una decisión. Y
mientras, los que procuran hacerse con su voluntad se mantienen en su demanda,
gritando ¡Hazlo! ¡Si no, atente a las consecuencias! Entonces, siente la
amenaza de aquello que le provoca escuchar los cantos de sirena que se le
ofrecen en las mundanas tentaciones: dinero, prestigio, poder y hedonismo. Todo
puedes perderlo. Todo a cambio de una “minucia”: desentenderse de su deber.
¿Cuántos han de caer? ¡Qué más da! ¡Tú, piensa en ti, Poncio!
Hoy día se siguen dando en nuestra sociedad
situaciones en las que se ejecuta a inocentes sin derecho a defensa alguna. No
hace falta recordar la condena a Sócrates ni a Miguel Servet. Haber, hay muchas
más. Pero todavía es mucho más injusta la inhibición de mirar hacia otra parte
cuando la víctima no es un uno, sino legión, a sabiendas que es totalmente
imposible hacer recaer sobre ellos culpa alguna. Y para mayor injusticia,
exonerando al culpable.¡Y encima,
hablan de derechos! Conviene traer a colación las palabras del historiador
Huizinga, cuando dice” Curioso es el sentir de todo un pueblo al estimar que
una acción intrínsecamente perversa puede convertirse en buena, porque una
mayoría así lo quiera”.
¿Cuántos millones de no nacidos son
condenados a muerte cada año? Un holocausto cuya recompensa es ofrecer que
prive el hedonismo a la vida, brindando una cultura de muerte. A cambio, el
Pilato político espera recibir la recompensa del voto, mientras que la sociedad
mira hacia otra parte. Al grito de “¡Crucifícalo!” del populacho, se consuma el
genocidio. Indiferencia y miedo, anulándose la responsabilidad que se contrae y
que conlleva a responder de aquello que libremente se hace. Cuando la sociedad
recupere el sentido de humanidad y justicia podrá revisar las leyes permisivas.
Entonces, ¿cuál será el veredicto? O más aún, ¿cómo devolver la vida a aquellos
inocentes a los que se les privó de ella?
¡Gran noche!…
¡Tanta majestad me aterra
tanta sublimidad me causa espanto!
Dios cobija el misterio de la tierra
con el misterio augusto de su manto.
Al son de aquella mística armonía
la inmensa tierra estático contemplo
como un cadáver, lívida, sombría,
bajo la santa bóveda del templo.
Esta sublime paz que me estremece
este silencio asombrador, profundo,
mas bien que una hora mundanal, parece la
víspera imponente de otro mundo.
Como una tregua entre la culpa inerme
y el rayo que se apronta a fulminarla,
cuando la pobre humanidad se duerme
Dios desciende en secreto a visitarla.