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miércoles, 26 de octubre de 2016

GRANDES POETAS Y ESCRITORES de CHILE, Seleccionamos: Gabriela Mistral; Pablo Neruda; Vicente Huidobro, Nicanor Parra.

GRANDES POETAS Y ESCRITORES de CHILE

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CHILE

Seleccionamos: Gabriela Mistral; Pablo Neruda; Vicente Huidobro, Nicanor Parra.


GABRIELA MISTRAL
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“VERGÜENZA”
Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
como la hierba a que bajó el rocío,
y desconocerán mi faz gloriosa
las altas cañas cuando baje al río.

Tengo vergüenza de mi boca triste,
de mi voz rota y mis rodillas rudas;
ahora que me miraste y que viniste,
me encontré pobre y me palpé desnuda.

Ninguna piedra en el camino hallaste
más desnuda de luz en la alborada
que esta mujer a la que levantaste,
porque oíste su canto, la mirada.

Yo callaré para que no conozcan
mi dicha los que pasan por el llano,
en el fulgor que da a mi frente tosca
en la tremolación que hay en mi mano...

Es noche y baja a la hierba el rocío;
mírame largo y habla con ternura,
¡que ya mañana al descender al río
lo que besaste llevará hermosura!


Gabriela Mistral (Seudónimo literario de Lucila Godoy Alcayaga; Vicuña, Chile, 1889 - Nueva York, 1957) Poetisa y educadora chilena.
Parte de su obra: Desolación (1922). Lecturas para mujeres (1923). Las mejores poesías (Barcelona, 1923) con prólogo de Manuel de Montoliu. Ternura (1924). Poesía. La lengua de Martí. Conferencia elaborada para la Secretaría de Educación en La Habana, 1934. Nubes blancas y breve descripción de Chile (1934). Tala (1938). Libro de poemas que dedicó a los niños vascos víctimas de la Guerra civil española. Todas íbamos a ser reinas (1938) Su poesía ha sido traducida al inglés, francés, italiano, alemán y sueco, entre otros idiomas, resultando muy influyente en la obra creativa de muchos escritores como Pablo Neruda y Octavio Paz.



PABLO NERUDA
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POEMA 20

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
 
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería. 
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. 
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. 
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. 
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca. 
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. 
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.


Pablo Neruda (Seudónimo de Neftalí Ricardo Reyes Basoalto; 
Parral, Chile, 1904 - Santiago de Chile, 1973) Poeta chileno, 
premio Nobel de Literatura en 1971 y una de las máximas figuras 
de la lírica hispanoamericana del siglo XX. Parte de su obra: 
Veinte poemas de amor y una canción desesperada; Residencia 
 en la tierra (1933-1935; Canto general (1950); Odas elementales 
(1954-1957). Su obra póstuma es la autobiografía: Confieso 
que he vivido.




VICENTE HUIDOBRO
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NOCHE

Sobre la nieve se oye resbalar la noche
La canción caía de los árboles
Y tras la niebla daban voces

De una mirada encendí mi cigarro

Cada vez que abro los labios
Inundo de nubes el vacío

En el puerto
Los mástiles están llenos de nidos
Y el viento

gime entre las alas de los pájaros

Las Olas Mecen El Navío Muerto

Yo en la orilla silbando

Miro la estrella que humea entre mis dedos


Vicente Huidobro, (Santiago, Chile 1893 - Cartagena, Chile, 1948) 
Poeta chileno fundador del Creacionismo, movimiento poético 
vanguardista. Fue además uno de los impulsores de la poesía de 
 vanguardia en América Latina.
Parte de su obra: seis poemarios impresos en su país natal 
(Ecos del alma, La gruta del silencio, Canciones en la noche, 
Pasando y pasando, Las pagodas ocultas y Adán), uno aparecido 
en Buenos Aires (El espejo de agua) y otro publicado en París 
(Horizon Carré). A ellos se añadirían pronto cuatro nuevos 
poemarios (Poemas árticos, Ecuatorial, Tour Eiffel y Hallali).




NICANOR PARRA
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HAY UN DÍA FELIZ

A recorrer me dediqué esta tarde
Las solitarias calles de mi aldea
Acompañado por el buen crepúsculo
Que es el único amigo que me queda.
Todo está como entonces, el otoño
Y su difusa lámpara de niebla,
Sólo que el tiempo lo ha invadido todo
Con su pálido manto de tristeza.
Nunca pensé, creédmelo, un instante
Volver a ver esta querida tierra,
Pero ahora que he vuelto no comprendo
Cómo pude alejarme de su puerta.
Nada ha cambiado, ni sus casas blancas
Ni sus viejos portones de madera.
Todo está en su lugar; las golondrinas
En la torre más alta de la iglesia;
El caracol en el jardín, y el musgo
En las húmedas manos de las piedras.
No se puede dudar, éste es el reino
Del cielo azul y de las hojas secas
En donde todo y cada cosa tiene
Su singular y plácida leyenda:
Hasta en la propia sombra reconozco
La mirada celeste de mi abuela.
Estos fueron los hechos memorables
Que presenció mi juventud primera,
El correo en la esquina de la plaza
Y la humedad en las murallas viejas.
¡Buena cosa, Dios mío!; nunca sabe
Uno apreciar la dicha verdadera,
Cuando la imaginamos más lejana
Es justamente cuando está más cerca.
Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice
Que la vida no es más que una quimera;
Una ilusión, un sueño sin orillas,
Una pequeña nube pasajera.
Vamos por partes, no sé bien qué digo,
La emoción se me sube a la cabeza.
Como ya era la hora del silencio
Cuando emprendí mi singular empresa,
Una tras otra, en oleaje mudo, 
Al establo volvían las ovejas.
Las saludé personalmente a todas
Y cuando estuve frente a la arboleda
Que alimenta el oído del viajero
Con su inefable música secreta
Recordé el mar y enumeré las hojas
En homenaje a mis hermanas muertas.
Perfectamente bien. Seguí mi viaje
Como quien de la vida nada espera.
Pasé frente a la rueda del molino,
Me detuve delante de una tienda:
El olor del café siempre es el mismo,
Siempre la misma luna en mi cabeza;
Entre el río de entonces y el de ahora
No distingo ninguna diferencia.
Lo reconozco bien, éste es el árbol
Que mi padre plantó frente a la puerta
(Ilustre padre que en sus buenos tiempos
Fuera mejor que una ventana abierta).
Yo me atrevo a afirmar que su conducta
Era un trasunto fiel de la Edad Media
Cuando el perro dormía dulcemente
Bajo el ángulo recto de una estrella.
A estas alturas siento que me envuelve
El delicado olor de las violetas
Que mi amorosa madre cultivaba
Para curar la tos y la tristeza.
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces
No podría decirlo con certeza;
Todo está igual, seguramente,
El vino y el ruiseñor encima de la mesa,
Mis hermanos menores a esta hora
Deben venir de vuelta de la escuela:
¡Sólo que el tiempo lo ha borrado todo
Como una blanca tempestad de arena!


Nicanor Parra, (Chillán, 1914) Poeta chileno que, junto con 
Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Vicente Huidobro, está considerado 
 uno de los grandes de la poesía de su país, y una de las mayores 
voces de la lírica latinoamericana.
Parte de su obra: Inició su labor literaria en 1937, con 
la publicación de Cancionero sin nombre, ya en 1935 Gato en 
el camino. El Cancionero sin nombre 1954.  
Cantos a lo humanoPoemas y Antipoemas.
Discursos, que apareció el mismo año, fue publicado de forma 
conjunta con Pablo Neruda. Le siguieron Manifiesto 
(1963) y Deux Poèmes (1963), en edición bilingüe en francés 
y castellano. Canciones rusas (1967. Artefactos (1972).




sábado, 22 de octubre de 2016

CONVERSIÓN, Alba Oliva, Buenos Aires, Argentina


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Imagen de: www.cementeriochacarita.com.ar


CONVERSIÓN

Si vas a matar,
No lo hagas hermano
No sé si  eres de una u otra parte.
Ni que idioma hablas.
Ni que llevas por estandarte
Pero pisas la tierra igual que yo
Entonces tengo que rogarte:
No manches tu vida con sangre,
No envilezcas tu alma con odio.
Ensaya el perdón en todas sus facetas
Entonces cuando lo hayas alcanzado,
Veras que inagotable y cuan profundo tu alma ahueca;
Será como develar  el misterio que el mundo te ocultó
Por tanto tiempo.
Y  trocaras tu rumbo sin saberlo
Serás el artífice sereno de algo que no tienes y esperabas,
Una palabra grande y un hondo misterio
Te envolverá en sus redes con denuedo
El mismo que bajó de la cruz y entregó  todo
Es el amor, ahora conócelo,
Atesóralo en tu corazón con mil cuidados.
No puedes aún quizás creerlo
Pero ese es el mismo que albergabas: el odio,
Convertido en amor, puedes hacerlo.

©ALBA AIDA OLIVA, poeta y escritora argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA


SONETO DE ABYA YALA, Alfredo Torres, Rufino, Santa Fe, Argentina

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Imagen de: Taringa.com


SONETO DE ABYA YALA


era la tierra madre tierra y era
la libertad creciente y desdoblada

la fructificación multiplicada
un florecer de otoño a primavera /

se descolgó como una enredadera
negra y feroz la muerte con la entrada

del intruso / la vela desplegada
su mentira / su espada / su bandera /

y entre dos grandes aguas fue la tierra
violada / escarnecida / hundida en guerra
bautizada a la mala y escindida /

la vida de feliz / pasó a ser pena
la desmesura de una atroz condena
mataron la inocencia sorprendida //

©ALFREDO TORRES, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA



DESOLACIÓN, Juan Julio Giangiácomi, Junín, Buenos Aires, Argentina

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Imagen de: mascotas


DESOLACIÓN

Transitando en un largo camino,
exento de refugios y de abrigo,
despojado de un bien lenitivo,
con gran pesar vi, un ser tirado.
Un ser humano, mano despiadada,
al cruento desamparo había arrojado,
un ave doméstica que despreciada;
muy vagabunda y sin oriente andaba.
Andaba o no; no sé si pasos eran,
la marcha aquella que le notara,
o sería el impulso de un fantasma
de bochornosa ofuscación que aterra.
Esto es quizás lo que marchar hacía,
al animal sin aliento o fuerza alguna,
cual hace el aire con la suelta pluma
burlando y maltratando su agonía.
Pasé, pensé, miré y casi he llorado;
muy pronto un lago  de melancolía
se formó en mi alma y angustiado,
en soliloquio entré y he reprochado.
¡Veo un delito en esta obra impía!;
de quién despreocupado hace esto.
Ya no se repara el tan indigno gesto,
si no se reencuentra con su propia vida.

©JUAN JULIO GIANGIÁCOMI, poeta y escritor argentino

MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

PLANCHANDO AL SOL, Libia Carciofetti, Santiago del Estero, Argentina

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PLANCHANDO AL SOL

Estoy planchando el sol
que está arrugado
como el planeta entero
que está enojado...
Se abate el mar
en desesperada furia
enloquece el viento
se desatan lluvias.
Clama el hombre a gritos
por una paz que no es suya.
Tarde se acordó
que despilfarró la riqueza
que DIOS puso en sus manos
no para que la destruya.
Y por más que plancho
este sol dorado...
Nubes de tristeza
hay del otro lado,
del que sufren todos
los que son mis hermanos.
Niños que perecen
y son sepultados
por escombros sucios
y muy, muy pesados.
Cuando el hombre reaccione
ya habrá terminado
la tregua de paz
por la que tanto clamamos.

 ©LIBIA BEATRIZ CARCIOFETTI, poeta y escritora argentina
GOBERNADORA CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA
EN SANTIAGO DEL ESTERO


jueves, 20 de octubre de 2016

GRANDES POETAS Y ESCRITORES ARGENTINOS, Seleccionamos: Jorge Luis Borges; Oliverio Girondo; Silvina Ocampo; Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte); Juan Gelman, Conrado Nalé Roxlo


GRANDES POETAS Y ESCRITORES ARGENTINOS


Seleccionamos: Jorge Luis Borges; Oliverio Girondo; Silvina Ocampo; Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte); Juan Gelman, Conrado Nalé Roxlo


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ARGENTINA

Jorge Luis Borges




“EMMA ZUNZ”
El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.
Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.
En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre “el desfalco del cajero”, recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.
No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico… De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.
El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.
Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova… Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.
¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como esta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia.
Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día… El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.
Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer -¡una Gauss, que le trajo una buena dote!-, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.
La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.
Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.
Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando este, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar…”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.
Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble… El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté…
La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.-

Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 - Ginebra, Suiza, 1986) Escritor argentino considerado una de las grandes figuras de la literatura en lengua española del siglo XX. Cultivador de variados géneros, que a menudo fusionó intencionadamente.
Parte de su obra la constituyen: Ficciones (1944), El Aleph (1949) y El Hacedor (1960) tres de sus colecciones de relatos de mayor proyección. A pesar de que su obra va dirigida a un público comprometido con la aventura literaria, su fama es universal y es definido como el maestro de la ficción contemporánea.


Oliverio Girondo



APARICIÓN URBANA”

¿Surgió de bajo tierra?
¿Se desprendió del cielo?
Estaba entre los ruidos,
herido,
malherido,
inmóvil,
en silencio,
hincado ante la tarde,
ante lo inevitable,
las venas adheridas
al espanto,
al asfalto,
con sus crenchas caídas,
con sus ojos de santo,
todo, todo desnudo,
casi azul, de tan blanco.

Hablaban de un caballo.
Yo creo que era un ángel.


Oliverio Girondo (Buenos Aires, 1881 - 1967) Poeta argentino que revolucionó la estética de su país, pertenece a la vanguardia poética argentina, junto a Jorge Luis Borges y Raúl González Tuñón. Parte de su obra: Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922), Calcomanías (1925) y Espantapájaros (1933) A continuación publicó Plenilunio (1937), Persuasión de los días (1942) y Campo nuestro (1946). Su última obra, En la masmédula (1954), es quizás la más arrojada de todas por el caos verbal y alucinatorio que propone.


Silvina Ocampo

“ENVEJECER”

Envejecer también es cruzar un mar de humillaciones cada día;
es mirar a la víctima de lejos, con una perspectiva
que en lugar de disminuir los detalles los agranda.
Envejecer es no poder olvidar lo que se olvida.
Envejecer transforma a una víctima en victimario.
Siempre pensé que las edades son todas crueles,
y que se compensan o tendrían que compensarse
las unas con las otras. ¿De qué me sirvió pensar de este modo?
Espero una revelación. ¿Por qué será que un árbol
embellece envejeciendo? Y un hombre espera redimirse
sólo con los despojos de la juventud.
Nunca pensé que envejecer fuera el más arduo de los ejercicios,
una suerte de acrobacia que es un peligro para el corazón.
Todo disfraz repugna al que lo lleva. La vejez
es un disfraz con aditamentos inútiles.
Si los viejos parecen disfrazados, los niños también.
Esas edades carecen de naturalidad. Nadie acepta
ser viejo porque nadie sabe serlo,
como un árbol o como una piedra preciosa.
Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas.
No quería ser joven, porque perdía el tiempo en amar solamente.
Ahora pierdo más tiempo que nunca en amar,
porque todo lo que hago lo hago doblemente.
El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece
que lo que quedó atrás tiene más realidad
para reducir el presente a un interesante precipicio.
Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1906 - 1993) poeta Escritora argentina.  En su obra aparecen con carácter de importancia: Viaje olvidado (1937). Enumeración de la patria (1942).  Espacios métricos (1945). Poemas de amor desesperado (1949). Los nombres (1953).  Pequeña antología (1954).  Lo amargo por lo dulce y Amarillo celeste. Ocampo colaboró con el dramaturgo Juan Rodolfo Wilcock en la redacción del drama titulado Los traidores (1956).


Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte)


¡AVANTI!
Si te postran diez veces te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas...
No han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.

Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
Se formaron los santos y las santas.

Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura

que se rompen las garras de la suerte...
¡todos los incurables tienen cura
cinco segundos antes de la muerte!

¡PIU AVANTI!

No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido,
que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;
no la cobarde intrepidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora,
o como Lucifer, que nunca reza,
o como el robledal, cuya grandeza

necesita del agua y no la implora...
¡Qué muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo tu cabeza!


Pedro Bonifacio Palacios, poeta consagrado, usó el seudónimo Almafuerte, nació en la ciudad de San Justo, Provincia de Buenos Aires, el 13 de mayo de 1854. Falleció el 28 de febrero de 1917, a los 62 años de edad en la ciudad de La Plata, donde pasó gran parte de su vida. Las referencias de este poeta, sus obras, manuscritos, dibujos, se conservan en esta ciudad, en un museo que lleva su nombre.
Parte de su obra:
1906 Lamentaciones
1907 Siete sonetos medicinales
1917 Poesías
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Conrado Nalé Roxlo



“EL GRILLO”
Música porque sí, música vana
como la vana música del grillo;
mi corazón eglógico y sencillo
se ha despertado grillo esta mañana.

¿Es este cielo azul de porcelana?
¿Es una copa de oro el espinillo?
¿O es que en mi nueva condición de grillo
veo todo a lo grillo esta mañana?

¡Qué bien suena la flauta de la rana!...
Pero no es son de flauta: en un platillo
de vibrante cristal de a dos desgrana

gotas de agua sonora. ¡Qué sencillo
es a quién tiene corazón de grillo
interpretar la vida esta mañana!

Conrado Nalé Roxlo (Buenos Aires, 1898 - id., 1971) Escritor argentino. Cultivó todos los géneros con un amplio registro que, en su poesía, va desde la ternura y el humor (El grillo, 1923) hasta la melancolía y la reflexión (Claro desvelo, 1937; De otro cielo, 1952). Sus dramas recrean poéticamente argumentos de origen legendario: así, en La cola de la sirena (1941), El pacto de Cristina (1945) y Judith y las rosas (1956). Fue autor de escritos humorísticos, publicados bajo el seudónimo de Chamico, que tuvieron una gran aceptación y algunos de los cuales se recogieron en colecciones de cuentos. Junto con M. Mármol escribió las biografías de Amadeo Villar (1963) y Alfonsina Storni (1965).




Juan Gelman



“CONFIANZAS”


se sienta a la mesa y escribe
“con este poema no tomarás el poder” dice
“con estos versos no harás la Revolución” dice
“ni con miles de versos harás la Revolución” dice

y más: esos versos no han de servirle para
que peones maestros hacheros vivan mejor
coman mejor o él mismo coma viva mejor
ni para enamorar a una le servirán

no ganará plata con ellos
no entrará al cine gratis con ellos
no le darán ropa por ellos
no conseguirá tabaco o vino por ellos

ni papagayos ni bufandas ni barcos
ni toros ni paraguas conseguirá por ellos
si por ellos fuera la lluvia lo mojará
no alcanzará perdón o gracia por ellos

“con este poema no tomarás el poder” dice
“con estos versos no harás la Revolución” dice
“ni con miles de versos harás la Revolución” dice
se sienta a la mesa y escribe


Juan Gelman, poeta y periodista argentino, nace Buenos Aires, Argentina el 3 de mayo de 1930 y muere en México DF el 14/01/14.

Publicó casi 30 poemarios, entre los que se pueden subrayar: "Velatorio del solo", "Hechos y relaciones", "Salarios del impío" y "El emperrado corazón amora".