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martes, 17 de enero de 2017

EL HOMBRE “ENCHUFADO”, Ángel Medina, Buenos Aires, Argentina
























EL HOMBRE “ENCHUFADO”

El hombre es un ser complejo, pues conviven en él diversas personalidades. Está la que él muestra y cree tener y que le acompaña a diario. La de su propia máscara.  La del actor que interpreta un papel. En boca de Balzac, fingimiento, comedia, rutina.  También, la  del que desearía ser- de forma más o menos consciente-, sueño, proyección, según Calderón.  Y  la que de él percibe los otros. Así, pues ¿cuál es la real? ¿Vivimos o somos vividos, como decía Freud?
Hay hombres  que agonizan en su propio desierto. El oasis está próximo, tan cerca que ni siquiera lo perciben, pues está dentro de ellos. Bastaría con que prestasen atención a la voz interior para que la máscara fuese derritiéndose.
Y sin embargo, prefieren convivir con el anonimato. No el anonimato de lo escondido y lo humilde, sino en el del oscurantismo autoimpuesto, quizá por aquello de que es mejor ignorar que comprometerse. Por eso, la sociedad corre el riesgo  de caminar hacia una nueva versión del hombre. El hombre anónimo. El hombre desesperanzado. El hombre aturdido que no razona  por él sino que lo hace movido por un impulso ciego que proviene de la información almacenada desde el exterior, bien sea la que acumula de  lecturas que no asimila, o el bombardeo constante de los medios de comunicación. Y siéndole más cómodo no complicarse, vacía su pensamiento, teniendo como todo juicio la ausencia del mismo. Todo lo cual le lleva a desvincular la realidad con su yo auténtico, entreteniéndose con sustitutos externos para evadirse, obteniendo el ruido como silencio. 
¿Quién es este hombre?
El retrato robot puede servir de carta de presentación.
Busca la compañía solitaria o la incomunicación acompañada por una multitud invisible, con la diferencia que puede oírles e incluso verles, pero no tocarlos. Es lo que el aliento a la voz: palabras ahuecadas que se llevan las ondas y aterrizan en múltiples partes. De lo personal a lo colectivo y de la masa a la soledad. En el fondo es lo que busca: el descompromiso. La desconexión de sí mismo, anclado en un multiplicador, rehuyendo cualquier nudo gordiano que le ate a su yo, sujeto a infinidad de hilos, con la facilidad de poder deshacerlos apretando un simple botón; mejor aún: dejando de oprimirlo.
Es el modernismo del momento.
Este hombre no gusta de enfrentarse consigo. Se asemeja a una suerte de huésped cuya alma es presa de su envoltorio, sin alcanzar a obtener consciencia de ella misma.
Entre la percepción de lo que debe ser y lo que han elegido los otros, no permite que desde el exterior penetre en su interior aquello que le pueda empujar a la reflexión. A querer entendérselas con su propia identidad,  y todo lo que le pueda hacer discernir acerca de quién es realmente es relegado de inmediato y ocupa su lugar lo banal, lo efímero, lo que teje el entretenimiento sin más moraleja, abonándose a lo ramplón y a lo insulso, viniendo a ocupar su mente el cosmos universal  que proviene de sus proveedores de ideas. Y a base de no  cavilar, uno de los hemisferios de su cerebro se va atontando, obnubilando, a la usanza de las maquinitas  aritméticas, que con tanto uso, el que la soba acaba por perder cualquier facultad de cálculo personal y  termina contando con los dedos. Todo lo cual abona aquel  slogan  de un anuncio de detergentes, tan desafortunado en su expresión como afortunado por la realidad: “usted no piense, nosotros lo hacemos por usted.”
Así, con el tiempo acaba convirtiéndose en parte de la robótica social. Y por mucha precisión que pueda tener un engendro, es bien sabido que carece de sensibilidad al adolecer  de alma. ¿Dónde situar lo anímico si ni siquiera tiene constancia de ello? ¿Dónde la racionalidad, cuando no gasta neuronas?
Él, animal como el resto de las criaturas, progresivamente va haciendo algo revolucionario: alterar su naturaleza. Pues, en tanto que una fiera es incapaz de abandonar su estado primitivo, sin embargo él puede modificarla sustancialmente, y alejándose de su ser persona, deteriorar su sensibilidad progresivamente por el vaciamiento de los sentidos, convirtiéndose en un hombre no-pensante, sin religamiento a lo superior, terminando en un ser tele-dirigido.
Por eso, se enchufa a una cosa llamada sistema operativo, convirtiéndose al final en una especie de parte del cableado al más puro estilo “Matrix” y como último invento al “Whatsapp”  (= ¿qué es esta aplicación?). A cualquier hora del día y de la noche es necesario estar conectado para ser.
Desconectar para conectarse. That is the question. No prestar tal grado de atención, que se convierte en adición a los modernos medios de interrelación social; tener espacios para poder regar la mente con agua que  obre el milagro de producir semillas de pensamientos de mayor calado;  desechar tanta información desinformadora que terminan por embotar el conocimiento.
Y más allá de ello, después de ponerlo en práctica, preguntarse. Sí, preguntarse.  Doblemente. Primero, interpelándose  con aquélla frase de los Beatles” ¿Qué hace un chico como yo en un lugar como éste? O lo que vendría a ser lo mismo: ¿Puedo ser yo mismo, dejándome sustituir por los demás? Y luego, vaciado de lo de fuera y acongojado por lo que vislumbra  dentro, decirse: “¿Hacia dónde dirigir mi razón y mi voluntad para recuperar el rumbo? De lo limitado a lo infinito. El cielo como montera.
Por ello, se impone recuperar el “yo” perdido y abandonar tantas  clavijas. De no hacerlo es muy fácil caer en la definición de hombre masa. Y lo peor de todo, sentirse. ¿Eres? ¿Somos? La medida está en la dependencia a las conexiones.

©ÁNGEL MEDINA, Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO DE ASOLAPO ARGENTINA


ATRAVEZAR LA LINEA DE FUGA, Estela Porta, Tafí Viejo, Tucumán, Argentina


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ATRAVEZAR LA LINEA DE FUGA

atravesar la línea de fuga
o la línea de plumas
es yacer en el vuelo abierto
abierto

es preciso el milagro del gorjeo
que invente el pan al niño
y se haga agua en el sediento
paloma de la Paz en la línea de fuego


©ESTELA PORTA, poeta y escritora argentina
ASESORA CULTURAL de ASOLAPO ARGENTINA
en Tafí Viejo, Tucumán, Argentina,
(de hilos de la Historia…, 2016.”

DON JULIAN, Salomé Moltó, Alcoy, Alicante, España

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DON JULIAN

Martina salió ya muy tarde a tirar la bolsa de basura. Soplaba un aire frío pero se sentía a gusto de quedarse un rato al fresco, no había salido en todo el día de casa. Se sentó en el borde de la verja y vio a lo lejos una figura que se acercaba lentamente. Observó con más detenimiento y comprobó que se trataba de D. Julián, su vecino. Desde que  había quedado viudo iba todas las tardes a dar un paseo y volvía entrada la noche.
.- ¿Dando el paseíto de todas los días?  Le dijo.
.- Sí, pero no consigo acallar mi conciencia.  –repuso D. Julián mientras que en su mano derecha apretaba una pequeña caja de píldoras.
Miró a Martina como ausente, luego, fijando su mirada más atentamente en ella le dijo con voz entrecortada.
.- He matado a mi mujer y no puedo con mi conciencia.
.-¡Pero! ¿Qué dice?   Se ha pasado usted un montón de años cuidándola  Gracias a sus atenciones  ha podido sobrevivir a la trombosis que tuvo! ¿Cómo dice eso D. Julián?.
.- Sí, pero no le di esto que la hubiera salvado- contestó con tono amargo mientras mostraba a Martina la cajita de píldoras que llevaba en la mano.
.- ¿Pero...?
.- Sí, las medicinas que tomaba eran muy caras porque venían del extranjero. Con los ajustes presupuestarios del Gobierno, dejaron de llegar, esas medicinas imprescindibles para mi esposa. Consulté con el médico y me recetó otras, pero que tampoco las pude hallar. Tuve que recorrer toda la ciudad, todas las farmacias, las casas particulares de los médicos, y las de otras personas que tenían la misma enfermedad que mi mujer. Fue todo en vano, la última caja se terminaba y yo no encontraba por ningún sitio la dichosa medicina. Mi esposa era consciente de todas mis inquietudes, de mi impotencia y desesperación. Hubiera bajado al mismo infierno por salvarla. Fue una gran mujer y una gran compañera y, aunque no tuvimos hijos, supo amarme como nadie, me perdonó mis debilidades y me apoyo en todos mis proyectos, aunque algunos fueron descabellados. Cuando tuve el revés, ese revés que la vida siempre te aguarda, y perdí el trabajo, estuvo a mi lado tendiéndome una mano amiga. ¿Cómo no hacer cuanto fuera necesario por salvarla? Por último fui a ver a mi amigo Sammuel, el judío, le expuse mi situación. Por la tarde me llamó y fui a recoger estas pastillas. "Ven una vez al mes" me dijo secamente con su característica y profunda mirada. Esa mirada testigo mudo de todo el devenir humano.
Cuando llegué a casa, aunque cansado, me dispuse animoso a darle la medicina. Ella me cogió del brazo y me dijo
.- Julián, no me des las pastillas, llevo muchos años sufriendo y haciéndote sufrir. Quiero descansar ya.
Me derrumbé en el sillón y no reaccioné. Aquella misma noche murió , yo no la había obligado a tomarse las pastillas. ¡No hice nada!...¡ Nada..!
Martina escuchaba impresionada e impotente. Don Julián seguía llorando.
Sólo el aire cada vez más frío, movía las pocas hojas de las acacias que todavía no habían caído.
.- Don Julián, está usted muy solo. Dentro de unos días es Navidad, venga a comer a casa con nosotros, hay pavo y el calor familiar que a usted le falta.
Minutos después, encorvada su espalda, cansino su paso, Don Julián se perdía tras la vetusta acacia que iniciaba el recodo del sendero.


©SALOMÉ MOLTÓ, poeta y escritora española
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA