Del libro “Otro él”, poemas - Ediciones del Valle, Buenos
Aires, 2000.
LUIS ALPOSTA - Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CUTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA
PRESIDENTE: NORBERTO PANNONE
Del libro “Otro él”, poemas - Ediciones del Valle, Buenos
Aires, 2000.
LUIS ALPOSTA - Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CUTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA
TE DESCUBRÍ
LO ESPIRITUAL EN EL SIGLO XXI
¿Qué lugar ocupa lo espiritual -la espiritualidad-
en estos momentos, cuando ya hemos dejado atrás una cuarta parte del siglo XXI,
en el mundo occidental? ¿Qué interés despierta este asunto, que siempre inquietó
a la Humanidad, en la era de la inteligencia artificial? ¿Y qué decir cuando
las tan difundidas neurociencias buscan explicar que toda conducta humana así
como intereses y decisiones depende -exclusivamente- de asuntos físico/químicos
que acontecen -exclusivamente- en el cerebro? ¿Lleva esto a deducir que
sólo somos materia y que la muerte es el fin definitivo?
Claro que antes de buscar responder a tales
interrogantes -de gran importancia puesto que son imprescindibles para definir
la condición humana- corresponde enunciar qué es lo espiritual, a qué llamamos
espiritualidad. Y digamos, desde ya, que el tema no pasa por la práctica de
cultos, religiones o creencias sino que, en verdad, está enmarcado en la
persona misma buscando determinar cuál es el lugar que le corresponde -si así
fuera- en la gran arquitectura universal.
El tema de la espiritualidad es un asunto que ocupó
a filósofos, teólogos y pensadores desde hace miles de años.
Así en la Filosofía la idea de espiritualidad se
entiende a partir de la oposición entre materia y lo no físico. Por lo que
puede asociarse la espiritualidad a una búsqueda del sentido de la vida que
trasciende lo mundano.
Recordemos que, el sustantivo “spiritus”, puede
traducirse como “alma”. A su vez, el alma es definida como la esencia
inmaterial que otorga individualidad y humanidad a una persona, siendo
considerada el principio que otorga sentido a cada humano. Desde el
análisis filosófico (de Aristóteles hace 2.500 años a las corrientes modernas),
se define como la fuerza vital y la forma organizativa de todo lo viviente.
DEFINICION
En principio se lo podría definir como una
experiencia personal (es decir, que hace a la individualidad de cada uno) de
especial realización, que busca encontrar las conexiones, que superando lo
meramente material, lo vincula con algo que se percibe como mayor que uno
mismo.
Como fuere, podemos afirmar que al tratarse de un
asunto que supera la inteligencia humana, la definición de espiritualidad no es
universal ni única. Varía según culturas, tradiciones y contextos personales.
Tal vez podríamos indicar que la espiritualidad,
por lo usual, se describe como aquella forma de autoindagación en
búsqueda de una posible comprensión de las causas de la propia existencia, la
relación con lo trascendente, buscando orientación de la existencia de un sentido
que se encuentre fuera de los límites de la vida terrena.
Aquí vamos a utilizar la definición que enunciara
el filósofo francés René Guénon (1886 - 1951) sobre quien el escritor argentino
Ricardo Güiraldes -de quien se cumplen 160 años de su nacimiento y un siglo de
la primera edición de su obra más destacada Don Segundo Sombra-
escribió:
“El mejor y más claro de los libros europeos que
hasta ahora haya leído sobre la metafísica oriental es el de René Guénon.”
Explica Guénon que la espiritualidad “es el
conocimiento trascendente y supremo, aquel que supera el dominio humano y
también, más en general, el mundo manifestado, aquel conocimiento que no es ya
físico, sino metafísico en el sentido etimológico de la palabra.” Para agregar
que “lo espiritual, está ligado al conocimiento metafísico y trascendente.”
A partir de allí, me permito -entonces- definir a
la espiritualidad como aquella capacidad que sólo los humanos tenemos por la
cual podemos indagar -en la medida de que la búsqueda sea continua y perseverante-
en cuál es el sentido trascendente que tiene nuestra existencia.
AUTOINDAGACION
El sentido de la vida de cada persona es una
cuestión esencial para una vida en armonía. Requiere, ante todo, algo que la
cotidianeidad actual ha quitado: el hecho de tener tiempo para uno mismo. Esto
es, inevitablemente, un espacio diario -no algo, un rato, de vez en cuando-
para la autoindagación, para analizar lo que se está haciendo, por qué y para
qué. No actuar como un autómata.
Hasta no hace muchos años esto no era complicado.
Cada quien tenía su espacio en cada jornada para pensar - fuera caminando,
escuchando música o con la mirada perdida en el cielo- el sentido de la vida
que se estaba llevando.
Hoy la agitación, la necesidad de inmediatez y de
estar todo el tiempo haciendo cosas -estar tranquilo y reflexionando pareciera
un momento perdido- conduce a tantas frustraciones y malestares.
Todo parece haberse convertido en intereses
materiales. Las mismas ciencias (sobre todo la Medicina) pareciera querer
hacernos creer (no es otra cosa que una mera creencia puesto que demostración
fundamentada no hay) que toda la condición humana se reduce al producto
de reacciones físico/químicas, dejando de lado -precisamente- poner atención a
aquello que se encuentra más allá de los cinco sentidos. Lo metafísico, para
seguir a Guénon.
San Ignacio de Loyola (fundador de la Compañía de
Jesús, orden católica de la que formaba parte el Papa Francisco) enseñaba que
lo fundamental es que cada individuo pueda responder dos preguntas: “¿A dónde
voy y para qué voy?”
Importantísimo. Porque la única posibilidad de
tener eso en claro es darse tiempo para indagarse uno mismo. No alcanza
con el pensamiento racional y reflexivo. Hay que atreverse a ir más lejos.
Transitar el sendero de la espiritualidad con la cuál encontrar el alivio que
implica entender el sentido trascendente de la presencia de cada uno en este
lugar y momento.
No hay necesidad para lograrlo de transformarse en
monje ni como ermitaño irse a vivir a una cueva. De ninguna manera. Lo que si
resulta imprescindible es atreverse a no ser mero efecto de los estímulos
externos que nos llegan permanentemente en esta “civilización de pantalla” y si
atrevernos -como nos transmitiera Carl Gustav Jung- a volvernos “únicos e
irrepetibles.”
Lo que sólo es posible indagando el sendero de la espiritualidad. Encontrar esas señales por las cuales podemos establecer el necesario y sabio encuentro entre uno mismo y la Creación.
ANTONIO LAS HERAS – Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR DE ASOLAPO ARGENTINA
* Antonio Las Heras es doctor en Psicología Social
y magister en Psicoanálisis; filósofo, parapsicólogo, historiador y escritor.
Más información en www,antoniolasheras.com
HISTÓRIAS - Don PANCHO ORMEÑO
El médico de la cuchilla
Don Francisco Ormeño, más conocido por don Pancho Ormeño, bien podría ser un personaje salido de la más pura y extravagante ficción, un invento del pueblo tan propenso a estos recursos para tejermilagrerías y sucesos de tinte folclórico. Don Pancho tiene la altura de mito popular pero no lo es. Fue un hombre de carne y hueso portador de un apellido cuyo linaje remonta a los rancios apelativos coloniales del noroeste riojano. Dotado de sabiduría, santidad, taumaturgia, filosofía, magia, esoterismo, clarividencia descubrió los secretos más recónditos de la Naturaleza la cual decía conocer como un don divino y que le permitía a su vez curar a los enfermos. La naturaleza en plenitud le entregó el conocimiento y el poder telúrico que las aulas no le dieron pues don Pancho jamás pisó una escuela. Sus hijos ignoraban cómo aprendió a leer y escribir. Contemplativo, fundía su mirada en la cordillera, principio y fin del mundo y de la vida misma. El Famatina Lo fascinaba, era su cuna y su sepulcro. Allí entregó sus huesos ya casi nonagenarios luego de un bien ganado respeto y reconocimiento en su hermoso valle de la Cuchilla en 1939. Nació en Aicuña, provincia de La Rioja en 1850. Su apellido, añejo y tradicional es tan limpio como los títulos de su heredad serrana.
Construyó su casa en La Cuchilla
donde se dedicó a la cría de ganado. Logró una importante fortuna
principalmente con el caballo criollo, la que se acrecentó luego con el producto de sus curaciones. Casado con Manuela del Rosario Oliva tuvo cuatro hijos. A la edad madura don Pancho se inicia en el noble sacerdocio de la terapéutica fitonímica como un llamado divino abriendo una nueva etapa en su vida. El don de curar y conocer el mal de las personas se reveló espontáneamente. Fue conocido en todo el noroeste argentino y en urbes litoraleñas como “El médico de la Cuchilla”. Famoso por sus increíbles y milagrosas curaciones don Pancho, de luenga figura y crecida barba, cargaba sobre sus hombros muchos años y mucho prestigio bien ganado. Así lo conocieron miles de personas dolientes que llegaban al valle en largas peregrinaciones y así lo conoció el país entero cuando diarios y revistas lo daban a conocer con su clásica estampa de inconfundible cuño patriarcal. Don Pancho no era alto pero tenía una personalidad y una jerarquía que engrandecían toda su humanidad porque crecía desde otra dimensión. Como dicen en sus pagos, “tenía aire de cumbre”. Los bigotes abundantes y gruesos se fundían en una poblada y canosa barba dándole un aura de patriarca hebreo que infundía respeto. La barba simbolizaba sabiduría y poder. Se decía que en sus largos pelos residía el secreto de su poder curativo. Las manos arrugadas y huesudas surcadas por huellas profundas de años y de trabajo terminaban en largos dedos poco acostumbrados al continuo y efusivo apretón cordial. Don Pancho Ormeño no era hombre de muchos saludos, menos de abrazos y manoseos personales que no sean los de sus verdaderos y cercanos afectos. Saludaba como quería y lo sentía, sin compromisos ni cumplidos lejos de las normas sociales más elementales. Eso sí, jamás dejaba de atender a nadie que haya llegado a él por su ayuda. Su vestimenta se reducía a un traje oscuro desteñido y sobrio, un chaleco desabrochado y una camisa de cuello grande con el faltante de algún botón. Nunca un pañuelo en el bolsillo superior del saco y menos aún una flor.
Don Pancho tenía pasión por las plantas. Los árboles, los arbustos, las hierbas y las flores fueron su debilidad desde niño. En su pago natal mientras cuidaba su ganado caprino y ovejuno o pacía el rebaño de las vacas, se deleitaba curioseando con gran interés toda clase de vegetales y plantas a su alcance. Las observaba, las olía, las probaba, se comunicaba con ellas en un idioma propio. Con esa pasión botánica llegó a distinguir el sabor y la fragancia de cada planta lugareña y también a experimentar las propiedades y el poder terapéutico con el íntimo deseo de aplicarlas a la medicina herborista casera. Pronto esa pasión se transformó en sacerdocio. Aprendió también de la antigua farmacopea indígena y de las viejas curanderas, salamanqueras y sabios surgiendo así el más afamado médico herborista urólogo del norte argentino. Obraba milagros taumatúrgicos. Tenía el poder del machi araucano, del sancóyoc incaico, del payé guaraní. No solo la fitoterapia heredó del ancestro diaguita sino también la zooterapia. Recetaba aplicaciones de la carne, del cuero, o de venas y tendones. Don Pancho nunca cobró ni exigió retribución por sus curaciones. Practicó el bien por el bien mismo. La gente dejaba voluntariamente su tributo. Innumerables objetos de toda laya y calidad; desde vinos y joyas hasta instrumentos musicales y dinero que Pancho no tocaba y era repartido entre los pobres. “El médico de la Cuchilla” era experto uróscopo, conocía los males del cuerpo y del alma a través de la observación de la orina bajo el reflejo del sol y obtenía el diagnóstico y la curación. Muchas veces el tratamiento de algunos pacientes era largo y los enfermos eran hospedados allí mismo en viviendas construidas para esos fines. Los pacientes permanecían bajo el cuidado del taumaturgo hasta finalizada la curación, a veces días, a veces meses. Así también era su franqueza para decirle al enfermo cuando no tenía cura. Su clarividencia le permitía predecir enfermedades a la distancia incluso la muerte con sólo mirar las “aguas menores”. El oráculo de “La Cuchilla” no se equivocaba jamás. Curó casos emblemáticos de locura como el de un ex interno desahuciado en el neuropsiquiátrico de Oliva, Córdoba; otros de paludismo, cáncer, parálisis, ceguera, traumas psicológicos, hizo caminar tullidos, y muchos otros. Todos ellos casos documentados.
“El médico de la Cuchilla” tenía otro rasgo fundamental, su profunda fe religiosa. Diariamente al caer el sol concurría a la capilla lugareña a rezar su plegaria a Dios, invocaba a Jesús y a San Francisco. Lo acompañaban los enfermos que se encontraban en curación o esperando su turno para ser atendidos. Había que obedecer a su llamado con diligencia. Los enfermos acudían con premura, con fervor y obediencia admirables. La fiesta máxima en la Cuchilla era la patronal de San Francisco de Asís que Don Pancho celebraba el mismo día de su nacimiento, 12 de marzo, aún cuando no se correspondía con el calendario pastoral ya que no había ningún santo que coincidiera con ese día. Pero el patriarca de “La Cuchilla” así lo había decretado. Las fiestas patronales eran un verdadero jolgorio, duraban 3 días, del 12 al 15 de marzo. Previo a estos festejos se rezaba el novenario en la capilla y se honraba al Santo Patrono. Había misa y procesión encabezadas por un sacerdote traído de Sañogasta o Chilecito. Luego la fiesta con comida copiosa, bebida en abundancia, baile, canto y música regional. Y todo corría por cuenta de Don Pancho, el patriarca de “La Cuchilla”, generoso, hospitalario y gran filántropo. Como decía Atahualpa Yupanqui, “gente de ciencia, del país y también extranjeros, salían asombrados de este saber sin vueltas de Don Pancho Ormeño, el médico de la cuchilla”.
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
MIENTRAS
TÚ EXISTAS...
Mientras
tú existas,
mientras mi mirada
te busque más allá de las colinas,
mientras nada
me llene el corazón,
si no es tu imagen, y haya
una remota posibilidad de que estés viva
en algún sitio, iluminada
por una luz cualquiera...
Mientras
yo presienta que eres y te llamas
así, con ese nombre tuyo
tan pequeño,
seguiré como ahora, amada
mía,
transido de distancia,
bajo ese amor que crece y no se muere,
bajo ese amor que sigue y nunca acaba.
ÁNGEL
GONZÁLEZ - Oviedo, España
MIEMBRO
HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
EN EL JARDÍN
Desde un
rincón me observaba estático
en vez de
deslizarse agazapado.
Me quedé
quieto, muy cerca,
hasta que
no aguanté más y me moví.
La culpa
debe haber sido de los dos,
no era
sólo la suya por cambiar de color.
O me
pareció.
Algo
bueno tiene que haber pasado
para
poder compartir ese silencio.
LUIS ALPOSTA - Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO Y ASESOR CULTURAL DE ASOLAPO ARGENTINA
De su libro “Entelequias” - poemas. Ed. Torres Agüero, Buenos Aires,1994.