HILACHAS
Aciagos murmullos
alfombran las hojas
En el barro
desplumados recuerdos
Entre tules
sucumben
las hilachas.
ANA
ROMANO – Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO
ARGENTINA
PRESIDENTE: NORBERTO PANNONE
HILACHAS
Aciagos murmullos
alfombran las hojas
En el barro
desplumados recuerdos
Entre tules
sucumben
las hilachas.
ANA
ROMANO – Buenos Aires, Argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO
ARGENTINA
“POESÍA MERIDIANA, ll “
Por: RAFAEL MÉRIDA CRUZ-LASCANO
poeta y escritor guatemalteco
Hombre de Maíz” 2009
SELAE,
Italia: Premio Mundial a la Trayectoria, 2011.
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
Se denomina
REDONDILLA meridiana, A LA ESTROFA CREADA POR EL POETA GUATEMALTECO, Rafael
Mérida Cruz-Lascano. 20, marzo, 2025, Que, cumpliendo con sus normas clásicas,
el cuarto verso en la última palabra… abraza, empala, asocia, vincula (en la
última palabrea del primer verso.
Reacias/resistencia, = carencia/ no es completa,
= mi faceta/ apostólico/ = católico/Jesucristo,= Cristo/Espíritu Santo.= TANTO/Inmaculada,=
Llamada/Escuchad.
EL HORIZONTE DE LAS TRAJEDIAS
Qué sueños
tan fantásticos, ver que seguimos ‘naciendo’ y toma mayor vigor, cuanto se
puede imaginar; sobre todo cuando se sigue certificando el horizonte de los
escenarios apocalípticos. Pero: ¡Qué sabe hacer el Ser Humano! Busca lo
trascendente; lo encuentra y subestima su Progreso; al ir caminando, hacia la
búsqueda del Futuro Social. ¡Pero no acierta, porque “lo que es vivir”, no
consigue centrar la atención en lo más hermoso, que siempre será “Una Sociedad
Libre”. Para que sea posible terminar con los fabricantes de Dolor; los
fabricantes de Odio; y que fabrican Fortunas, sin que la
honorabilidad de los Ciudadanos honrados, deba quedar en entredicho fantasioso.
¡Los fabricantes de Tragedias son señalados con especiales fomas, porque
saben diseñar sus propios intereses; esos que ‘suelen vivir en palacios’; en
‘mansiones con el poder del privilegio’; en las lujosas pasarelas, con alfombra
para el ‘exhibicionismo’. Y nunca son capaces de terminar con la miseria de la
tristeza; permitiendo eternizar la tragicomedia, en medio de los Círculos
Sociales, donde se pueden expresar las monumentales indignas verdades que
se suelen practicar, aunque siempre
represoras- hasta la fecha; aunque con toda clase de reservas. El
Vicio que disfruta, porque lo practica permanentemente “la Alta
Alcurnia”, evidencia ‘lo más miserable de las humanas costumbres. El
horizonte de las Tragedias, pone en juego constante, lo que todavía no
se sabe desvelar -desde la responsabilidad política-; ya que no se sabe
enmendar, “tal vez por que en el forcejeo”, se pierde la brújula de la
existencia. Los Humanos ‘no saben vivir su propia realidad’; sobre todo desde
la que deben transmitir, enseñar y proteger para conservar la Vida; a pesar de
las dificultades que surgen mientras se van conociendo los nuevos caminos; que
en definitiva, se deben ‘conquistar, superando los escenarios desapasionados,
en cada situación advenediza. Es un lujo que se permiten los Humanos, desde que
salen de la Cuna: Y se protegen, con la costumbre constante, unos de los
otros; porque “son demasiadas dudas”, que despiertan cada día; y suelen
poner precio a todo lo que hacen; por que siempre hacen de ‘lo privado’, un
proyecto prometedor; poniendo alto nivel en las luchas que desarrollan, casi
siempre en los campos del enfrentamiento. En el horizonte humano se encuentran
las grandes aventuras; despertando todos los riesgos; viviendo las mayores
rutinas ‘sin sentido común’. ¡No acierta el Ser Humano a vivir “en Paz”!
Se pasa toda la Vida huyendo de si mismo. No logra escapar de “sus propias
maldades”. Y “algunos”, dedican demasiado tiempo a rezos divinizados, sabiendo
que son promesas baldías.
Noviembre ******* 2025
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una pasión encendida; que en el hombre más feliz, aunque se sane la herida, se queda la cicatriz. |
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA
EL CIEGO
Kate Chopin
Con una pequeña caja roja en una mano, un hombre caminaba lentamente por la calle. Su viejo sombrero de paja y su ropa descolorida daban la impresión de que la lluvia los había batido muchas veces, y las mismas veces el sol los había secado encima de él. No era mayor, pero parecía débil; y caminaba bajo el sol, por el pavimento asfaltado que abrasaba. Al otro lado de la calle había unos árboles que proyectaban una sombra espesa y agradable: toda la gente andaba por aquel lado. Pero el hombre no lo sabía, porque era ciego, y además era tonto.
En la caja roja había uno lápices que intentaba vender. No llevaba bastón, y se guiaba arrastrando los pies por los bordillos de piedra, o la mano por las verjas de hierro. En cuanto llegase a las escaleras de una casa, las subiría. A veces, una vez alcanzada la puerta con mucha dificultad, no lograría encontrar el botón eléctrico, con lo cual bajaría pacientemente y seguiría su camino. Algunas de las puertas de hierro estaban cerradas con llave, ya que los dueños estaban fuera durante el verano, y gastaría mucho tiempo esforzándose por abrirlas, pero daba igual, porque tenía todo el tiempo que había a su disposición.
A veces conseguía encontrar el botón eléctrico: pero el hombre o la criada que contestaba al timbre no necesitaba lápices, o bien no se les podía persuadir de molestar a la ama de la casa para tan poca cosa.
El hombre llevaba mucho tiempo fuera y había caminado mucho, pero sin vender nada. Esa mañana, alguien que se había cansado de tenerlo dando vueltas le regaló esa caja de lápices, y lo envió a ganarse la vida. El hambre, con sus colmillos afilados, roía su estómago y una sed implacable resecaba su boca y lo torturaba. El sol achicharraba. Llevaba demasiada ropa: una chaqueta y un abrigo encima de su camisa. Tendría que habérselos quitado y llevado en el brazo, o haberlos tirado, pero no se le ocurrió. Una buena mujer que lo vio desde su ventana sintió lástima por él, y deseó que cruzase la calle para ponerse a la sombra.
El hombre giró en una calle lateral, en la que un grupo de niños ruidosos y alborotados estaban jugando. El color de la caja que llevaba los atrajo y quisieron saber qué había en ella. Uno de ellos intentó quitársela. Con el instinto de proteger su pertenencia y único sustento, resistió, gritó a los niños y los insultó. Un policía que pasaba la esquina y vio que él era la causa del disturbio, lo sacudió brutalmente agarrándolo del cuello; pero, al percatarse de que era ciego, moderó bastante sus ganas de aporrearlo y lo mandó a seguir su ruta.
Siguió caminando bajo el sol.
Durante su vagabundeo sin rumbo, giró en una calle en la que había monstruosos vehículos eléctricos tronando de acá para allá, haciendo sonar campanas salvajes y literalmente temblar el suelo bajo sus pies en su tremendo impulso.
Empezó a cruzar la calle.
Entonces ocurrió algo, algo horrible que hizo que las mujeres se desmayaran y que los más fuertes de los hombres que lo presenciaron se pusieron enfermos y se marearon. Los labios del conductor de la locomotora se pusieron tan grises como su cara, o sea de un gris ceniciento, y se puso a temblar y a tambalear del esfuerzo sobrehumano que había tenido que hacer para parar su vehículo.
¿De dónde salió la multitud tan de repente, como si fuera por arte de magia? Chicos corriendo, hombre y mujeres arrancándose de sus vehículos para ver este espeluznante espectáculo: médicos apresurándose en calesas como guiados por la Providencia.
Y el horror creció cuando la multitud reconoció en la figura muerta y aplastada a uno de los hombres más ricos, más valiosos y más influyentes de la ciudad, un hombre conocido por su prudencia y previsión. ¿Cómo había podido ser alcanzado por una fatalidad tan terrible? Tenía prisa, después de haber salido con retraso de su trabajo para reunirse con su familia, que, una hora o dos más tarde, iba a viajar a su casa de verano en la costa atlántica. Con la prisa, no se dio cuenta de que otro coche venía en sentido contrario, y la común y terrible escena se repitió.
El ciego no supo la razón del alboroto. Había cruzado la calle, y ahí estaba, avanzando y dando traspiés bajo el sol, arrastrando sus pies a lo largo del bordillo.
KATE CHOPIN - EE.UU
“The Blind Man”,
Vogue, 1897