EL LUGAR
A veces, cuando indago en mis recuerdos, encuentro
una casa de paredes muy blancas. Toda blanca. Blanca por fuera, pintada a la
cal; blanca por dentro, con azulejos blancos. Los muros parecían ser de
cemento. Si… no podían ser de otro material… Eran altos, lisos, imposibles de
escalar. Por encima, alambres de púas retorcidos a la manera de los campos de
concentración o de las trincheras. Causaban dolor en la piel con sólo mirarlos.
Las puertas eran blindadas, gruesas, tan fuertes
que únicamente con aquellas grandes llaves de acero se podían abrir.
El patio era blanco y amplio. En algunos lugares,
como puestos al descuido, había bancos de granito… también blancos.
Añosos árboles daban a los que se paseaban por allí
su sombra a veces protectora, otras no tanto.
El césped estaba cortado de manera demasiado
prolija para mi gusto. No se le permitía a la hierba crecer desordenadamente,
lo cual hubiese sido un vano intento de libertad vegetal…
La palabra imposible parecía reírse en secreto de
todos nosotros y, cada vez que soplaba el viento, desde las ramas de los viejos
árboles se podía oír: “¡IMPOSIBLE HUIR!”, a veces, el viento cesaba y llegaba
la lluvia repitiendo con su golpeteo: “¡IMPOSIBLE HUIR!”.
En el patio, más de una vez, fui testigo de ese
deseo inútil de escapar. El “loco” Ariati arreaba gansos imaginarios por el
desierto, camino a Tánger. Entonces, los practicantes venían, lo llevaban en
camilla hasta la enfermería y lo calmaban. Poco a poco íbamos perdiendo nuestra
identidad. No éramos ni siquiera números, sólo uniformes grises.
Los familiares fueron espaciando
las visitas hasta abandonarnos.
Pero, ¿cómo llegué hasta aquí?
Imprevistamente, un día mi mente comenzó a elaborar los recuerdos. Era como
armar un esqueleto pieza por pieza, hueso por hueso. Todo en su lugar exacto,
hasta culminar la forma de la realidad:
Algo me obsesiona: Veo a Laura besando a Roberto y me arrojo
sobre ella, Roberto me golpea, yo reacciono y le muerdo una oreja, le cortó el
pedazo y la mastico hasta tragarla, Roberto pierde mucha sangre y trata de
tapar la herida con un trapo, yo comienzo a desnudarme y así, sin ropas, corro
por las calles gritando: “¡Qué sabrosa es la oreja de Roberto! ¡A mi me gusta
la oreja de Roberto y a Laura le gustan los besos de él!”. La policía me
detiene, me envuelven en una sábana para tapar mi desnudez y me llevan a la
seccional, una vez allí, subo sobre el escritorio del oficial a cargo y orino
sobre los papeles y la máquina de escribir, luego, me siento en el piso y pido
un diario que tenga noticias sobre la bolsa de Wall Street. En lugar del diario
me dan un calabozo de dos por dos con una cama de cemento, luego me traen ropa
dos tallas más grandes que la que uso y allí pasó la noche. Días después, me
llevan ante un tribunal. Cuando entro a la sala grito delante del Juez: “¡Soy
un espantapájaros!”. Alguien dice: “¡Está completamente loco!”, entonces me
traen aquí, me dan otro calabozo, ahora de tres por tres. Es más cómodo,
además, acá tengo cama; colchón; sábanas limpias, baño para mí solo. A veces me
estanco y me quedo un rato con los brazos extendidos en cruz. Me regocija ver
que ningún pájaro se acerca. Ja,ja,ja… ¡Me tienen miedo!
Me han quitado el bien más
preciado: La libertad.
Si me pongo triste, recuerdo el
himno nacional y sus versos resuenan en mis oídos: “¡Libertad, libertad,
libertad!” Cuando esto ocurre, vienen los asistentes porque oyen mis gritos
desaforados, me arrastran hasta un cuarto vacío y me bañan con agua helada.
Luego me secan, me visten con un traje color gris, me ponen una corbata azul y
me conducen hasta una oficina, allí, me indican un sillón, me siento con las
piernas cruzadas y miro hacia fuera por la ventana contemplando a los pobres contagiados
que recorren el patio.
Pienso que, después de todo, no
es tan terrible perder la libertad para llegar a ser el Director de este
establecimiento de salud mental.
Mi vieja siempre insistió para
que hiciera la especialidad de Psiquiatría.
Creo que sus deseos no fueron muy
acertados.
NORBERTO PANNONE, poeta y escritor argentino